Según se lee en El País (20 julio de 2010), un ciudadano español, Francisco Gil Hellín, que para los católicos españoles ejerce como arzobispo de Burgos, ha difundido públicamente su opinión personal (que, según él, es también la opinión oficial de su Iglesia) incitando a los españoles a incumplir una ley legítimamente promulgada el pasado día 5 de julio.
La ha calificado de "ley inicua" frente a la que exige "una oposición frontal y sin distingos" porque "esta ley no es ley".
Ahora pregunto: ¿no hay una figura penal que castiga a quien estimule y promueva el incumplimiento de la Ley? ¿Está exento el señor Gil Hellín del cumplimiento de las leyes, extensivo a todos los demás españoles? ¿A qué espera la Fiscalía General del Estado para abrir las correspondientes diligencias indagatorias a fin de establecer las circunstancias de este posible delito o falta?
William J. Astore es un teniente coronel de Aviación de EEUU, ahora retirado, que fue profesor de la Academia de la Fuerza Aérea y actualmente enseña Historia en una universidad de su país. Ha publicado recientemente un breve ensayo en un medio dedicado al análisis de la política exterior de EEUU. En él expone su opinión sobre las causas por las que EEUU se empeña a menudo en guerras, como las de Iraq y Afganistán, de complicada ejecución, de incierto final y que perduran y se encadenan año tras año sin encontrar el modo de ponerles fin.
El autor lo atribuye a varias razones. Merece la pena comentarlas porque reafirman lo que he expuesto más de una vez. Empieza afirmando: "hacemos la guerra porque somos buenos haciéndola y porque nos sale de lo más hondo creer que nuestras guerras llevan el bienestar a otros pueblos". No solo la población de EEUU cree a pie juntillas que sus ejércitos son los mejores, los más preparados y mejor armados, sino que está convencida de que luchan siempre por motivos altruistas. Al contrario que otros países bárbaros que siembran la muerte por doquier, sus guerreros llevan consigo la libertad y otros dones. Esta ilusión, arraigada en el espíritu de la mayoría de la población, le permite aceptar las guerras prolongadas en cualquier parte del mundo.
Además de contar con el apoyo de la población, EEUU hace la guerra "porque dedicamos enormes recursos a ello. Es para lo que estamos mejor preparados". El complejo militar industrial "es una máquina de obtener beneficios y las Fuerzas Armadas son nuestro hijo predilecto, a quien nada se le niega y todo se le consiente". Pero se trata de un hijo predilecto que tiene poco contacto con la población desde que se suprimió el servicio militar obligatorio y los esfuerzos bélicos recaen sobre la minoría socialmente más desprotegida. Por otro lado, el recurso a contratistas privados, para muchas misiones relacionadas con la guerra, aleja todavía más las actividades militares del vivir cotidiano de la población. La guerra ya no incide directamente, como antes ocurría, en los sentimientos y las emociones de la mayoría del pueblo de EEUU, que puede aislarse a voluntad de sus más nefastos efectos.
"La sociedad americana se militariza aceleradamente", afirma el autor. Se puede discutir sobre la destitución de un general imprudente, como acaba de ocurrir, pero cualquier otra crítica sobre la actuación de los ejércitos es calificada de inmediato como "desviada o antiamericana". La densa red de intereses comunes que engloba a los ejércitos y a numerosos sectores de la sociedad, incluidos los medios de comunicación, cierra el paso a las opiniones heterodoxas que permitirían observar la situación desde otros puntos de vista.
Los medios tecnológicos de combate a distancia han permitido reducir sustancialmente el índice de bajas, lo que atenúa las críticas ante los resultados de la guerra. "En un mismo periodo de tiempo, mientras en Vietnam murieron más de 58.000 soldados, en Afganistán ha habido poco más de 1000 bajas". Es ésta otra razón que aleja la guerra y sus efectos del sentir de la población.
Además, como consecuencia del gran desarrollo de su industria bélica, EEUU domina ya el mercado mundial de las armas. Incluso en esta época de crisis económica global, las corporaciones del armamento siguen registrando índices de crecimiento, aunque más reducidos. "Las guerras permanentes -señala Astore- son permanentemente provechosas, quizá no para todos nosotros, pero sí ciertamente para quienes están en el negocio de la guerra".
Para concluir, es necesario añadir a los aspectos ya reseñados un factor de tipo psicológico de gran fuerza persuasiva: son las predicciones catastrofistas que muchos de los llamados expertos anuncian periódicamente, advirtiendo de que por muy nefastas que sean las guerras todavía serían peores las consecuencias para el pueblo de EEUU si aquéllas concluyeran de modo apresurado o indebido. Como es imposible demostrar que tales predicciones sean erróneas o exageradas, cualquier tendencia a criticarlas es ignorada y muere en el silencio.
Muchas son, pues, las razones que, reforzándose unas a otras, sostienen la inacabable actividad bélica de EEUU. Y muchos y diversos serían, en consecuencia, los ámbitos en los que habría que actuar para frenar esta peligrosa tendencia. No es una misión imposible, pero, hoy por hoy, está fuera del alcance incluso de los bienintencionados deseos del presidente Obama. Por mucho que sorprenda al lector, viene aquí a cuento el atinado comentario de Fidel Castro tras el nombramiento de Obama como presidente de EEUU: "Sería bastante ingenuo creer que las buenas intenciones de una persona inteligente podrían cambiar lo que siglos de intereses y egoísmo han creado. La historia humana demuestra otra cosa".
Por el momento habrá que contar con esta constante tan arraigada ya en los comportamientos y prácticas de la primera superpotencia mundial: su predisposición intrínseca a resolver cuestiones internacionales recurriendo a la fuerza de las armas.
Dentro de la confusa guerra que se desarrolla en Afganistán -y que una vez más ha recabado la atención de la ministra española de Defensa y de sus altos mandos militares, con una visita relámpago a Kabul y a la nueva base de nuestras tropas-, un incidente sufrido por el contingente británico el mismo día de la citada visita sirve para poner de manifiesto otros peligros que acechan a las fuerzas allí desplegadas.
Entre los dirigentes políticos de los países que intervienen en las operaciones militares en territorio afgano, es común intentar acallar las protestas de la opinión pública insistiendo en que, más que combatir, sus ejércitos despliegan allí para instruir a los afganos a fin de que puedan hacerse cargo de la situación lo antes posible. Coincide esto con uno de los aspectos principales de la estrategia que propugna el general Petraeus, ampliamente difundida por los medios de comunicación, para cumplir los planes de retirada establecidos por el presidente Obama. Su principal valor es psicológico, porque permite divisar una luz al final del túnel, al establecer unos plazos, por discutibles que puedan parecer, para poner fin al despliegue militar y traer las tropas a casa.
Formar soldados y policías afganos aparecería así como una misión menos arriesgada y con mayores expectativas de éxito que prolongar una guerra a la que no se ve fin y que obliga a unos esfuerzos continuados y a unos sacrificios cuya justificación es cada vez más difícil. Que sean los propios afganos los que persigan y aniquilen a los talibanes es el objetivo final que se anuncia. No es difícil ver en esto una adaptación a los tiempos actuales de aquella estrategia de “vietnamización” con la que Nixon y Kissinger intentaron poner fin a lo que ya entonces aparecía como un conflicto envenenado y de negativas repercusiones para la política interna de EEUU; sus resultados son de sobra conocidos.
Pues acaba de suceder que uno de esos soldados afganos, que en su periodo de formación compartía vida y misiones con una unidad británica (un regimiento de Infantería de los famosos gurkas nepaleses) asesinó a un capitán británico, a un oficial de la misma nacionalidad y a un soldado gurka, además de herir a otros cuatro soldados antes de darse a la fuga e incorporarse a la insurgencia, según informó un portavoz talibán. No es la primera vez que las tropas británicas sufren incidentes de estas características.
Tanto el presidente afgano como el general Petraeus expresaron su pésame por lo ocurrido. El general añadió: “Esta es una misión conjunta, soldados afganos y de la Alianza combatiendo codo a codo contra los talibanes y otros extremistas”. Tras otros sucesos análogos se había dado la orden de que los soldados británicos estuvieran siempre armados en el interior de sus bases y que en las patrullas mixtas uno de ellos se mantuviera siempre vigilante empuñando su arma automática. Es evidente que estos asesinatos harán que aumente la desconfianza entre los soldados británicos y sus homólogos afganos, lo que no contribuirá al éxito de la misión formativa que, para ser eficaz, ha de basarse en una cierta confianza recíproca entre instructores e instruidos.
Para evitar esos efectos negativos, un portavoz del ejército británico aseguró: “Es fundamental que comprendamos esto bien: se trata de nuestra estrategia de salida… hemos de instruir al ejército nacional afgano hasta un nivel y una calidad que les permitan asumir el combate en cuanto estén listos”. Un analista militar de la misma nacionalidad declaró: “Este soldado [el afgano causante del atentado] podía ser un excelente soldado que se radicalizó o que se pasó a los talibanes tras su periodo de formación. De un caso aislado no pueden extraerse conclusiones generales. Esto no cambia las cosas en términos prácticos, pero sí en el aspecto político, porque hace más difícil explicar a la opinión pública la estrategia adoptada”.
El pasado mes de junio batió todos los registros de bajas en los nueve años de guerra, con 103 muertes; y en lo que va transcurrido de julio han muerto ya 40 combatientes. Los explosivos improvisados, instalados en calles, caminos y carreteras, son las armas más letales y producen numerosas bajas también en la población civil. Es comprensible, por tanto, que en todos los países participantes en esta guerra se extienda la preocupación sobre si las estrategias adoptadas podrán alcanzar algún objetivo, y de qué objetivo se trata. Ahora, además, la estrategia de “afganización” del conflicto sufre un duro revés con el incidente aquí comentado. Cualquier soldado aliado, en su misión formativa de los soldados afganos, temerá ver en sus alumnos al asesino que en un momento imprevisto acabe con su vida. Así no puede llevarse a efecto la instrucción militar básica.
En EEUU, hay analistas que ni siquiera ven claro qué se puede entender por el final de la guerra, y temen que traiga al pueblo estadounidense nuevos y peores problemas y costes económicos en un futuro Afganistán de una posguerra que muy pocos se atreven a imaginar. Sospechan que los intereses creados por EEUU en ese país generarán nuevas y complejas situaciones de las que será difícil desentenderse a corto plazo. Nada nuevo hay en esto. Recordemos el viejo principio fundamental de que en las guerras se sabe cuándo se entra, pero no cómo ni cuándo se sale. En esta tesitura están ahora los que participan -o participamos- en el enrevesado conflicto afgano.
Publicado en República de las ideas, el 16 de julio de 2010
La expresión “contrainsurgencia” (en sigla, COIN) es cada vez más frecuente en los medios de comunicación de EEUU, cuando en éstos se discute sobre el mejor modo de derrotar al terrorismo que se manifiesta -como ocurre en Iraq, Afganistán y más recientemente en Pakistán- bajo la forma de acciones cuyos responsables se embeben en la población y no combaten en campo abierto. No siempre esta palabra ha significado lo mismo. Durante los más penosos “años de plomo” de muchos países de Iberoamérica, ha servido para encubrir el más brutal terrorismo estatal con el pretexto de que los opositores al régimen estaban librando contra éste una guerra en toda regla y no se trataba solo de una cuestión de orden público. En estas circunstancias, contrainsurgencia y contraterrorismo venían a ser sinónimos.
La nefasta Escuela de las Américas, que funcionó en Panamá desde 1946, nació para instruir a los ejércitos y a los políticos de los países latinoamericanos en las técnicas del combate guerrillero, de la obtención de inteligencia entre la población propia y en los más eficaces métodos de tortura. Fueron alumnos de este centro de enseñanza algunos de los más notorios dictadores y asesinos que han cubierto de sangre el continente americano. La escuela abandonó Panamá en 1984 (un presidente de este país la había calificado como “la base más grande para desestabilizar América Latina”) y se reconstruyó después en EEUU con un nombre altisonante: “Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación de Seguridad”.
El núcleo del problema que se plantea al abordar la espinosa cuestión que aquí se comenta se entiende mejor escuchando las recientes palabras del ex general Jorge Videla, el ex dictador argentino (ya condenado y en prisión por otros delitos) procesado ahora por su responsabilidad en el fusilamiento de una treintena de presos en 1976. En el juicio a que ha sido sometido declaró que el tribunal que le juzga no tiene competencias para hacerlo, porque Argentina estaba en guerra en aquellos tiempos y, por tanto, debería ser juzgado por un tribunal militar. Y llevando de este modo la cuestión al puro terreno de la milicia, tuvo que reafirmar que él era el único responsable de todo lo ocurrido porque sus subordinados se limitaron a cumplir sus órdenes en pleno estado de guerra.
Así pues, ¿cuándo puede decirse que un país está en guerra? ¿Estaba Argentina en guerra durante los años en los que Videla pasó de ser el jefe del Ejército a convertirse en Presidente de la Junta Militar que violentamente se hizo con el poder? Por otra parte, parece más fácil responder a otras cuestiones como ¿está hoy Afganistán en guerra? ¿las técnicas de contraterrorismo del dictador argentino son parecidas a las de contrainsurgencia que EEUU aplica en Afganistán? Una vez más, la delgada línea que separa la guerra y la paz (o la no-guerra) es motivo de confusión y, a menudo, permite justificar lo injustificable.
Para los generales y políticos estadounidenses el dilema actual consiste, en términos simples, en matar muchos talibanes enemigos y pocos afganos inocentes. Dado que, con las técnicas de combate utilizadas, es imposible matar solo talibanes, habrá que admitir la muerte de afganos. Encontrar el equilibrio entre ambos extremos es problema arduo en el que hasta el presente han fracasado los más brillantes generales de West Point, tanto en Iraq como en Afganistán. No se puede satisfacer a todos a la vez. Las medidas establecidas para contener y controlar el fuego propio -a fin de evitar bajas en la población civil- han sentado mal entre los soldados: “Me gustaría que los generales recordaran lo que pasaba cuando eran tenientes y mandaban una sección. O nunca han entrado en combate o lo han olvidado pronto”, comentaba un suboficial del ejército de EEUU. Y refiriéndose a la pretendida tibieza del Gobierno (“los pusilánimes de la Casa Blanca“), no era otra la crítica que se desprendía de los cáusticos comentarios del cesado general McChrystal.
Ann Jones, autora de libros y ensayos sobre Afganistán y sobre la relación entra la mujer y las guerras, ilustra con cierto sarcasmo este problema: “La fórmula básica de la COIN es algo parecido a esto: si se mata a algunos inocentes cuando se persigue a los malos, habrá que compensarlo construyendo una carretera. Este negocio ayuda a entender por qué en algunas partes de ese país interminable (y a menudo desierto) aparecen negras cintas de asfalto entre la arena y las rocas, pero no explica por qué los afganos, aun así recompensados, están más irritados que nunca”.
Su último documento sobre la guerra de Afganistán termina de este modo, casi desgarrador: “Y la cosa sigue imparable, la máquina inexorable, la elaborada construcción del capitalismo corporativo en guerra, generando inmensas sumas de dinero para un número relativamente pequeño de personas, una deuda inmensa para nuestra nación [EEUU], un enorme sacrificio para nuestros combatientes y para los afganos comunes y para todos aquellos que los estiman y son apreciados por ellos, momentos de esperanza y promesas, momentos de rabia y claridad, y momentos de negra carcajada que a veces no puede contener la creciente desesperación”. Es lo que tiene levantar la alfombra para mirar debajo de las palabras mágicas, como contrainsurgencia: allí espera, inocultable, la desesperanza.
Publicado en República de las ideas, el 9 de julio de 2010
La fiebre futbolística dominante estos días ha hecho que algunos de los más curiosos entre los aficionados al balón abran el atlas para situar las ciudades sudafricanas en cuyos estadios se dirime el honor nacional. Pero quizá pocos de los que hayan localizado Durban (la ciudad en cuyo estadio se congeló temporalmente el optimismo hispánico frente a la escuadra helvética) hayan advertido una curiosa anomalía geopolítica, situada a unos 300 km al oeste de esa ciudad: el reino de Lesotho.
Su más evidente característica es la de ser un enclave en el interior de Sudáfrica. No menos sorprendente es su naturaleza política: un reino cuya dinastía se remonta al primer tercio del siglo XIX. Fue instaurado para unir a los basutos ante las amenazas de otros pueblos vecinos y rivales, sobre todo el poderoso reino de los zulúes. Cuando el panorama se agravó con la amenaza de los boers, el soberano basuto creyó conveniente pedir la protección británica. Y esto fue lo que ha permitido a su reino sobrevivir hasta hoy, pues al Imperio británico le convenía impedir que el Estado Libre de Orange tuviera salida al mar a través de las tierras de los basutos. Como es común en gran parte de África, muchas fronteras fueron arbitrariamente trazadas para satisfacer los intereses de las potencias colonizadoras y acabaron definiendo el mapa político africano cuando el continente alcanzó la independencia.
Regresando ahora de la geopolítica al fútbol, el hecho es que hace ya algunas semanas Sudáfrica endureció los requisitos para entrar en su territorio, por motivos de seguridad, durante el desarrollo de la competición. Por esta razón, miles de lesothenses se vieron privados de su medio habitual de vida, trabajando en la vecina Sudáfrica y atravesando a diario la frontera.
Si Lesotho es considerado uno de los más bellos países africanos, su pueblo roza los límites del desastre general. Entre sus dos millones de habitantes sobreviven más de 400.000 niños a los que el sida ha dejado sin familia. Un tercio de la población es seropositiva. La esperanza de vida ha bajado a 34 años, según se informa en The Guardian Weekly. Los salarios son miserables: un trabajador que gana 300 $ al mes en Sudáfrica, se tendrá que conformar con unos 90 $ mensuales en las plantas textiles chinas instaladas en Lesotho.
Ante esta situación no debe extrañar que muchos ciudadanos hayan pedido a Sudáfrica que se anexione Lesotho. En los tiempos que corren, esto es también una novedad geopolítica, ya que las tendencias centrífugas de las nacionalidades tienden a moverse en sentido contrario. Además de buscar en el exterior el modo de salir de un infortunio galopante que avanza en el interior, hay otras razones que apoyan la demanda. Al fin y al cabo, en la Sudáfrica segregacionista lo que hoy es Lesotho fue un bantustán cuya principal misión era proveer de mano de obra al país gobernado por y para la población blanca.
Un reciente informe de la Unión Africana relativo a la situación en Lesotho advierte de que en este país existe "una amenaza permanente de conflicto interno", denuncia problemas de corrupción y falseamiento de las cuentas públicas y aconseja "su integración económica en Sudáfrica". Un destacado jefe local opinaba que el pueblo se sentía unido a la monarquía pero no a sus políticos. Y añadía: "El maloti [moneda local] no vale nada. Ni siquiera lo imprimimos y lo traemos de Inglaterra. Tiene el mismo valor que el rand [moneda sudafricana], así que podríamos suprimirlo". Un dirigente del movimiento unionista insistía en que no hay "razón alguna para que Lesotho exista como un Estado con moneda y ejército propios".
En apoyo de la demanda de integración se resalta también el hecho, a la vez sentimental e histórico, de que el Congreso Nacional Africano -origen de la resistencia armada al apartheid y del fin del Estado racista- fue fundado precisamente en Lesotho por el rey Letsie II. Se trata de reforzar los argumentos que vinculan Lesotho a Sudáfrica. El objetivo final consistiría en convertir el reino lesothense en la décima provincia sudafricana.
La miseria y el subdesarrollo son incompatibles con el desarrollo de la soberanía y todo lo que de ésta se deriva: ejercicio del poder, relaciones exteriores, justicia y ordenación política, entre otras cosas. Primum vivere, deinde philosophare podría traducirse en este caso, y en muchos otros similares, como "primero comer y luego organizarse políticamente". Cuando el brillante foco de la atención mundial abandone Sudáfrica, concluido el torneo, pocos serán los que se preocupen por el destino de ese pueblo pequeño, olvidado y casi siempre manipulado desde fuera, sobre el que parecen abatirse todas las desgracias de los tiempos modernos. Gracias al fútbol hemos podido dedicarle un mínimo de atención, y con esto seremos capaces de olvidar el hecho estremecedor de que solo con los ingresos anuales de las opulentas estrellas del llamado "deporte-rey" que hoy pasean por Sudáfrica, el reino de Lesotho vería algo de luz al final de un túnel, hoy por hoy tan negro como la muerte.
Se acaba de celebrar el cincuentenario de la independencia de la República Democrática del Congo, que el 30 de junio de 1960 rompió oficialmente las ataduras coloniales que durante varios decenios la habían sujetado al reino de Bélgica.
Ahora que por motivos futbolísticos África vuelve a ocupar amplios espacios en los medios informativos, no está de más recordar algunas épocas pasadas que han contribuido a que este continente sea lo que conocemos hoy. También los diarios europeos y estadounidenses de finales del siglo XIX se refirieron extensamente a nuestro vecino continente, desde que empezaron a observar y comentar el desvergonzado reparto de los pueblos y territorios africanos entre las potencias coloniales europeas, tras la firma del Tratado de Berlín en febrero de 1885.
Para valorar la amplitud del expolio que el tratado consintió, basta saber que a esta rebatiña internacional solo sobrevivieron dos Estados independientes: Liberia y Etiopía. El primero, por ser una creación artificial de EEUU, para instalar allí a los esclavos negros liberados; el segundo, a causa de su antiquísima historia y su estrecha vinculación con el cristianismo naciente, aunque esto no le evitó tener que soportar años después la ocupación militar de la Italia musoliniana.
Bajo el pretexto de llevar el progreso y la civilización a unos pueblos que vivían en el atraso cultural y el paganismo religioso, apenas se escondía el verdadero motivo, que no era otro que el de explotar los enormes recursos africanos, establecer puertos y bases navales para los ejércitos y escuadras coloniales y alcanzar o mantener situaciones de privilegio en el concierto de las naciones. Del mismo modo que, tras la 2ª Guerra Mundial, los Estados poseedores de armas nucleares configuraron una élite que se esforzó en modelar a su arbitrio las relaciones internacionales, en las postrimerías del siglo XIX solo se consideraban grandes potencias las que poseían y explotaban colonias y territorios esparcidos por todo el planeta.
Pero el caso de África es especial y el del Congo sobresale por sus llamativas características de crueldad, codicia e hipocresía. A causa de estas nefastas cualidades, el actual rey Alberto II de Bélgica ha tenido que guardar un discreto silencio durante la celebración del cincuentenario, quizá para olvidar las palabras de su hermano, el rey Balduino, hace 50 años, que lejos de cualquier ironía, y entre otras lindezas, declamó así: "La independencia del Congo es la cúspide del trabajo concebido por el genio del rey Leopoldo II con firme valor, y continuado por Bélgica con perseverancia".
A lo que respondió el recién elegido presidente del Gobierno, Patrice Lumumba: "...hemos conocido ironías, insultos y golpes que hemos debido sufrir, mañana, tarde y noche, porque éramos negros. Hemos visto nuestras tierras explotadas al amparo de leyes que solo reconocían los derechos de los más fuertes. Leyes distintas para los negros y para los blancos. Hemos conocido los atroces sufrimientos de los encarcelados por sus opiniones políticas o religiosas y de los exiliados en el propio país. Su destino era peor que la muerte. ¿Quién olvidará los disparos que mataron a tantos de nuestros hermanos o las mazmorras a las que fueron arrojados los que no quisieron someterse al régimen utilizado por los colonizadores para dominarnos?".
Lumumba fue poco después asesinado con la complicidad de algunas potencias occidentales, pero el efecto de aquel discurso llega hasta hoy. En 1960 Balduino tuvo que abandonar apresuradamente la capital congoleña, abreviando la tensa ceremonia de la independencia, y el país inició una terrible trayectoria de guerras, violencia y muerte de la que apenas hoy empieza a recuperarse.
Pero la Historia ha condenado ya a Leopoldo II, durante cuyo reinado en el llamado Estado Libre del Congo -entonces posesión personal del rey- fue exterminada casi la mitad de la población. El incansable escritor y periodista Mark Twain publicaba en 1905 un artículo titulado: "¿Debería el rey Leopoldo ser colgado?". Y en otro comentario de la misma época no dudó en calificarle de "asesino de quince millones". Estudios posteriores han mostrado que entre 8 y 10 millones de congoleños murieron bajo la brutal dominación del monarca belga. A su lado, Hitler y Stalin apenas serían unos principiantes.
Los nativos del Protectorado español en Marruecos tenían su peculiar visión de las consecuencias del reparto europeo de África: "Inglaterra pega y paga. Francia pega, pero no paga. España ni pega, ni paga". Era una irónica comparación de las actividades militares y económicas de tres países colonizadores del continente africano y sirvió para indignar y excitar a quienes en España eran partidarios de la mano dura en Marruecos.
A la luz de lo que la Historia ha desvelado sobre la colonización belga del pueblo congoleño, habría que añadir otra línea: "Bélgica no paga, pero mata". Aunque el asesino más notorio no era propiamente Bélgica, sino un individuo llamado Leopoldo II, "rey de los belgas", por otro nombre Louis Philippe Marie Victor de Sajonia-Coburgo.
Publicado en República de las ideas el 2 de junio de 2010
Aunque el general Stanley McChrystal no lo expresó literalmente, la entradilla del artículo publicado por la revista Rolling Stone en su último número, titulado The Runaway General (que puede traducirse como el general escapado o desbocado), no deja lugar a dudas sobre el contenido del polémico trabajo periodístico: “[McChrystal] ha tomado el control de la guerra prestando siempre plena atención al verdadero enemigo: los pusilánimes de la Casa Blanca”.
A lo largo de las seis páginas que abarca la crónica firmada por el periodista independiente Michael Hastings en la web de la citada publicación, se describe con meridiana claridad -y a menudo con expresiones harto despectivas- el rechazo y el desdén con el que McChrystal y sus inmediatos colaboradores se refieren a los más altos responsables del Gobierno de EEUU, incluido el presidente. Solo se salva la Secretaria de Estado, Hillary Clinton, y esto porque, según un miembro del equipo del general, Clinton había ordenado: “Si Stan [McChrystal] desea algo, dadle todo lo que necesite”.
La respuesta de la Casa Blanca no se hizo esperar y, en cuanto se produjeron las primeras filtraciones del artículo, Obama declaró públicamente que el general no había sabido “cumplir con lo que se espera de un general con mando en campaña”, y precisó que su conducta “ponía en peligro el control civil de los militares, que es el corazón de nuestro sistema democrático, además de romper la confianza entre las ramas civil y militar del Gobierno”. Acto seguido fue destituido de su cargo, para el que se nombró el general Petraeus, hasta entonces el superior inmediato del destituido McChrystal.
Éste, por su parte, reaccionó como era de esperar en un profesional responsable que comprende que ha cometido un error de graves consecuencias: “Apoyo firmemente la estrategia del Presidente en Afganistán y estoy profundamente comprometido con las fuerzas y los países aliados, así como con el pueblo afgano. Por respeto a este compromiso, y porque deseo que la misión tenga éxito, he presentado mi renuncia al cargo”. ¿Renuncia antes de ser destituido? Digamos que es la fórmula para intentar salvar su prestigio personal.
Varias pueden ser las consecuencias de este conflicto, aparentemente resuelto con rapidez y energía y dentro de la más estricta y legal práctica política. La primera de ellas es que Obama ha mostrado decisión para ejercer sin vacilaciones su responsabilidad como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de EEUU, cerrando así el paso a cualquier actitud de insubordinación y al enfrentamiento soterrado entre los más altos cargos del Estado.
Aun así, dará que pensar a Obama el hecho de que la creciente oposición social que viene sufriendo desde su nombramiento, y que le acosa por todos los flancos, intentará alistar en sus filas al destituido general. Para ello le hará aparecer como una víctima más de ese nuevo Gobierno que está traicionando los más hondos valores nacionales y derivando hacia peligrosas perspectivas socialistas (o incluso comunistas, para algunos fanáticos), como desaforadamente proclaman ciertos sectores de la más reaccionaria derecha anti-Obama.
Es también indudable que Obama habrá tenido que sopesar cuidadosamente el paso dado, porque no es una buena medida cambiar el mando supremo en Afganistán cuando se está preparando una operación, que se desea definitiva, contra el corazón talibán radicado en la zona de Kandahar. Sin embargo, la designación del general Petraeus reduce el riesgo de este cambio, ya que desde su anterior puesto como jefe del Comando Central, del que dependen a la vez Irak y Afganistán, nada de lo que en este país suceda le será ajeno.
En último término, no debería sorprender que las palabras de despedida de McChrystal apoyen la estrategia de Obama en Afganistán, porque fue el general quien la concibió, con pleno apoyo de la Casa Blanca. Sin embargo, bastantes cosas habrán de cambiar en esa estrategia, a todas luces errónea y mal orientada, como venimos exponiendo en anteriores comentarios.
Desde otro punto de vista hay que reseñar que son bastantes los que hubieran deseado que la rapidez de reflejos de Obama y su firmeza para tomar decisiones, como ha mostrado en el relevo de McChrystal, hubieran dado más vigor y eficacia a aquella tímida protesta que la Casa Blanca expresó frente al último acto de bandolerismo internacional perpetrado por Israel, ese Estado más desbocado (runaway) que el destituido general y tan habituado a vulnerar los principios más elementales del derecho internacional, como quedó probado en el criminal asalto a la llamada “flotilla de la libertad”, que pretendía aliviar la suerte del pueblo palestino, encerrado en esa cárcel a cielo abierto en que Israel ha convertido al territorio de Gaza.
Publicado en República de las ideas el 25 de junio de 2010
A pesar de ser una de las principales preocupaciones del presidente de EEUU, es fácil advertir que una sensación de impotencia y fracaso sobre el desarrollo de la guerra en Afganistán empieza a dominar en el Pentágono y la Casa Blanca. Ésta ha anunciado para diciembre próximo una reunión a alto nivel, a fin de revisar la estrategia a seguir y concretar fechas, plazos y compromisos, a la vista de la situación real, bastante distinta de lo que se preveía hace seis meses, cuando Obama ordenó la intensificación del esfuerzo militar.
En unas declaraciones al International Herald Tribune, el comandante en jefe de las fuerzas de EEUU en Afganistán, general McChrystal, ha anunciado que las operaciones preparadas contra los talibanes en la zona de Kandahar (la segunda fase de un amplio plan concebido para aniquilar la presencia talibana en el SE del país) "se ejecutarán más despacio de lo que inicialmente se había previsto", lo que confirma las vacilaciones que aquejan a la dirección político-militar de la guerra.
Lo que se advierte claramente es que, sea cual sea la estrategia adoptada, en el fondo de ella subyacen serias dudas, al no saber bien qué es lo que se puede hacer para dar fin a la guerra y ante la necesidad de satisfacer a todas las partes implicadas y que ejercen gran influencia sobre la toma de decisiones. De entre ellas tiene especial peso la opinión pública estadounidense, pero no hay que olvidar ni al Gobierno de Kabul ni al pueblo afgano.
Sobre éste se intensifica ahora la presión de los talibanes en forma de atentados suicidas, como el que en mayo atacó en el mismo Kabul a un convoy de las fuerzas aliadas, produciendo la muerte de doce civiles afganos y seis soldados de las tropas de ocupación, además de medio centenar de heridos entre la población. Como analiza el director del diario local Sarnawisht, los talibanes persiguen dos objetivos con este tipo de atentados. En primer lugar, y sobre todo, hostigar y debilitar a las tropas ocupantes. Pero también desean transmitir a la población la sensación de que está en peligro porque las tropas aliadas la utilizan deliberadamente como escudo. Con esta táctica intentan propagar la idea de que son las fuerzas de ocupación las responsables de las bajas civiles, y no los insurgentes talibanes, en una evidente operación de guerra psicológica.
El citado periodista lo expresa así: "La principal razón por la que el pueblo detesta a los ocupantes es el número de bajas civiles producidas por los ataques suicidas, los explosivos improvisados en las carreteras y los bombardeos". Y aconseja: "Si los extranjeros desean apaciguar ese odio, deben evitar las bajas civiles, abandonar las ciudades y dejar de patrullar por las zonas más populosas".
Los talibanes, por su parte, no cejan en su empeño. Uno de sus portavoces, tras mostrar su pesar por la muerte de personas inocentes en esas acciones, recordaba que ellos insisten en que el pueblo no frecuente los lugares donde se hallan los ocupantes: "Nos hemos alzado en armas para proteger a nuestro país, nuestra religión y nuestro pueblo: ¿cómo vamos a querer matarles? Nuestro objetivo son los extranjeros y les atacaremos allí donde se encuentren". Y planteaba una cuestión de cierto calado: "Si atacamos a los extranjeros en el campo, ellos bombardean los pueblos y matan personas inocentes. Si les atacamos en las ciudades, se esconden entre la población. Así que el pueblo tendrá que decidir quién los utiliza como escudos humanos y quién los mata".
Esta argumentación ha llegado a calar incluso entre los parlamentarios afganos, que discuten sobre las ventajas e inconvenientes de las patrullas militares en las zonas pobladas. La discusión incide también en la diferencia entre los convoyes de ISAF, que transportan asesores a los lugares del trabajo diario de reconstrucción, y los de las tropas de combate, que organizan operaciones ofensivas contra los núcleos talibanes.
Las guerras no solo se ganan con armas más eficaces, mayores y mejores ejércitos, y tácticas y estrategias más adecuadas. Llevan también consigo un importante componente psicológico que, en el caso concreto aquí comentado, tiene importancia capital. Por mucho esfuerzo que el ejército ocupante dedique a "ganar los corazones y las mentes" del pueblo al que pretende ayudar, siempre estará en inferioridad de condiciones ante los insurgentes locales que entienden mejor a sus compatriotas y explotan con facilidad la sensación humillante de sentirse invadidos y controlados por ejércitos extranjeros. Los victoriosos soldados napoleónicos lo aprendieron en España, y aquellos guerrilleros nativos empalaban a los soldados de unos ejércitos que pretendían traer a España la libertad y el progreso, del mismo modo que los talibanes colocan bombas contra los que intentan exportarles la democracia. Difícil cuestión la que tiene que resolver Obama.
La historia del pensamiento militar está llena de sorprendentes contenidos, expresados por lo general en términos poco comprensibles para el profano. Ya de las legiones romanas se dice que utilizaban el llamado “orden oblicuo”, que al atacar al enemigo en diagonal permitía desequilibrar sus líneas y ser superior a él en el lugar elegido. Un ataque “de costadillo”, como hubiera dicho un castizo. Y el sempiterno Clausewitz, cuya cita no puede faltar siempre que se trate de estrategia militar, no dudó en llamar “principio de polaridad” al hecho, más que evidente para todos, de que en una batalla cada una de las dos partes quiere vencer, y la victoria de una será la derrota de la otra.
Hagamos una honrosa excepción a lo anterior: Sun Tzu también escribió sobre la guerra, pero lo hizo en términos mucho más sencillos y sin recurrir a expresiones esotéricas (suponiendo que las traducciones que utilizamos sean fieles al idioma en que se expresó el estratega chino). Sus fórmulas eran sencillas, tales como: “El que sabe cuándo hay que combatir y cuándo no, será el vencedor”. Sorprende que una máxima tan elemental no formara parte del acervo intelectual de Bush, por limitado que fuese, cuando decidió golpear dos veces seguidas sobre el temible avispero de Oriente Medio, sin pensárselo mucho y con el estimable apoyo moral del entonces presidente del Gobierno español.
Los que, cadetes de las academias militares o alumnos de las escuelas de Estado Mayor, tuvimos que estudiar los diversos aspectos del llamado arte de la guerra, comentábamos desenfadadamente a veces que, al fin y al cabo, tanto la estrategia política como la militar se basan en antiguas fórmulas que el paso del tiempo ha confirmado y algunas de las cuales, probablemente, tienen su origen en las operaciones cinegéticas de nuestros antepasados prehistóricos. “Amagar y no dar”; “quien da primero, da dos veces”; “ver sin ser visto”; “no te fíes ni de tu padre” (a la que hoy habría que añadir “no te creas ni lo que ves”, en esta época de imágenes digitales trucadas).
Viene esto a cuento de la embrollada intervención militar de EEUU en Afganistán y de las declaraciones de un funcionario de la Casa Blanca, al ser preguntado sobre la estrategia que allí desarrollan las fuerzas estadounidenses. Conviene empezar recordando que la conocida operación “Libertad duradera”, con la que EEUU pretende erradicar las bases terroristas de ese país, se arrastra desde octubre de 2001 entre dudas, vacilaciones y fracasos, sin alcanzar su objetivo. Hace ya seis meses que Obama decidió reforzar sus tropas, a la vez que establecía la fecha del comienzo de la retirada en julio del 2011.
Desde entonces la sensación de impotencia y fracaso reina entre los dirigentes del Pentágono. La Casa Blanca anuncia una reunión para el próximo mes de diciembre, a fin de revisar fechas, plazos y compromisos. Confirman esta sensación de desconcierto las declaraciones del comandante en jefe de EEUU en Afganistán, general McChrystal, que afirmó que las operaciones preparadas contra los talibanes en la zona de Kandahar “se ejecutarán más despacio que lo que se había previsto inicialmente”, según se lee en International Herald Tribune.
El ya citado funcionario de la Casa Blanca se ha referido a la estrategia de EEUU en Afganistán de este modo: “Algunos indicios nos hacen pensar que no se va a seguir una línea recta de progreso. Se describiría mejor como una línea en zigzag. Algunos días, habrá dos pasos hacia adelante y uno hacia atrás, o un paso adelante y dos atrás”. Es curioso escuchar, repetida en boca de un alto cargo estadounidense, la vieja máxima revolucionaria que Lenín escribió a principios del pasado siglo, lo que muestra, una vez más, la universalidad de algunas estrategias, aunque cambien sus nombres.
Añadida queda, por tanto, la “estrategia del zigzag” a la larga lista de sus predecesoras en la historia de las guerras. Como muchas de éstas, la nueva estrategia también tiene un nombre más sencillo, que todos entienden: es la estrategia de la duda, del no saber bien qué hacer y de intentar contentar a las innumerables partes implicadas en el prolongado conflicto afgano.
Partes ya de por sí numerosas y contrapuestas (Senado, Congreso, Pentágono, Gobierno afgano, grandes corporaciones de EEUU, así como su sector financiero, sus industrias, etc.), a las que ahora se van a unir los diversos agentes que intentarán gestionar los antagónicos intereses que inevitablemente surgirán, si es cierta la reciente información sobre el descubrimiento de valiosos yacimientos minerales en Afganistán, efectuado por un equipo de prospección del Pentágono. A las sospechas obligadas (¿qué pinta un equipo del Pentágono perforando el suelo afgano?) se añade el temor que anuncia la idea de que Afganistán se pueda convertir en “la Arabia Saudí del litio”, como se informa en The New York Times.
¡Pobres afganos, lo que se les viene encima! Algo no muy distinto, aunque a escala mucho mayor, de lo que para los rifeños supuso la Guerra de Melilla de 1909 (y su continuación en la Guerra de Marruecos, que duró hasta 1927), en cuyo origen se hallaba la explotación española de las minas de hierro de Beni Bu Ifrur, en las que tenían intereses unos destacados prohombres de la aristocracia financiera. Cambie el lector lugar, años, personajes y guerras, pero conserve la idea de lo que supone la explotación minera en un país ocupado militarmente en régimen de protectorado. Comprobará que los problemas se repiten, aunque se inventen nuevos nombres para viejas estrategias.
Publicado en República de las ideas, el 18 de junio de 2010
Tengo que reconocer que con mi mensaje del pasado día 7 he pagado la novatada de los nuevos blogueros. Los que al principio nos hacemos preguntas: "¿Leerá alguien esto? ¿Merece la pena seguir?"
Los comentarios suscitados, amables, sensatos y razonables, me lo han hecho ver y casi estoy avergonzado de haber enviado ese mensaje.
Así que, nada, seguiré al peu del canó, como se canta en esa bonita habanera titulada El meu avi, que compuso un viejo compañero de profesión, que todavía vive en el recuerdo de los que le conocimos.
El viejo cañón que desde la muralla sirve todavía para alertar con sus disparos cuando se aproximan las huestes del fanatismo, de la insolidaridad y el odio, de la superstición...