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2010/09/09 22:09:22.217000 GMT+2

Dios, Hawkings y el arzobispo

Las aguas religioso-científicas bajan estos días algo revueltas, por la polémica desencadenada tras la presentación del último libro del astrofísico británico Stephen Hawking, en el que demuestra que no es necesaria la existencia previa de un dios creador del Universo, para que éste nazca y, con él, la energía y la materia que se nos muestran después como los astros, los mundos y, en último término, la vida.

Esta polémica surge ahora como si fuera continuación de la anteriormente suscitada por la última obra de su compatriota, el etólogo Richard Dawkins, que tampoco ve necesaria la existencia de ningún dios para que en la Tierra la vida eclosione, evolucione y llegue al grado actual de desarrollo, bien conocido y estudiado por todas las ramas de la ciencia.

Si el Imperio británico vio desarrollarse en su seno la renovadora potencialidad de la mente de Darwin, estos dos seguidores y compatriotas suyos nos muestran que el pensamiento científico de vanguardia sigue siendo patrimonio de esa vieja Inglaterra que "reinó sobre las olas" y que ahora parece tener recursos intelectuales suficientes para reinar también sobre el pensamiento global.

No parece que en el lado de los administradores terrenales de ese Dios -para aquéllos innecesario y para éstos imprescindible-, es decir, en el ámbito de las religiones monoteístas y sus jerarquías eclesiales, aparezca ahora otro pensamiento capaz de refutar con certeza y brillantez a ambos científicos. Aunque solo fuera algo parecido a aquellas hipótesis, muy originalmente elaboradas, sobre las que trabajó el jesuita francés Teilhard de Chardin en los años 50 del pasado siglo. Durante algún tiempo llegaron a satisfacer las dudas de algunos que, reacios a renunciar a la fe religiosa en la que habían sido educados, no podían aceptar los mitos acientíficos e irracionales de las religiones "del libro". Las ideas de De Chardin fueron condenadas post mórtem por la Iglesia católica y sus teorías acabaron siendo desechadas por la ciencia positiva.

La polémica hasta ahora desarrollada en España, vista desde el lado de la religión, no parece ni siquiera rozar el nivel intelectual del jesuita francés, al menos en lo que los medios de comunicación han reproducido sobre el modo como el arzobispo de Oviedo ha pretendido "rebatir" (verbo utilizado en varios titulares de la prensa española) a Hawking.

No habla muy favorablemente del monseñor ovetense el hecho de que base su argumentación en frases tan carentes de sentido científico y racional como esta: "Existe Dios y la vida lo sabe". ¿Cómo ha llegado él a conocer lo que sabe la vida? Sería bueno que nos explicara dónde ha encontrado a ese interlocutor al que llama "vida", de qué medios se ha valido para preguntarle su opinión sobre Dios y en qué forma ha podido escucharla.

Ante el pasmo que provoca semejante declaración, el eclesiástico se justifica diciendo que "basta tener las antenas bien puestas y la cobertura suficiente para entender que Dios está, emite, tiene algo que decirnos, mucho en lo que acompañarnos, y con su acostumbrada discreción Él está presente".

No podría publicar sus deducciones en ninguna revista científica que se precie -al contrario que sus opositores-, a menos que no explicara con detalle a qué antenas se está refiriendo, en qué longitud de onda emite su Dios, qué es lo que nos dice y cómo nos acompaña. Resulta muy difícil aceptar que ese Dios esté acompañando conscientemente toda la miseria, la injusticia, el sufrimiento y la maldad que se extienden sobre la Tierra. A no ser que, como la creación del mundo en menos de una semana, el arzobispo prefiera hablar mediante parábolas y metáforas, interpretables según el gusto de cada parroquiano. La Iglesia católica ha desmostrado ser muy dada a tales maniobras.

Pero donde yerra patentemente el pastor de almas ovetense es al atribuir una "acostumbrada discreción" a ese Dios suyo, que ha hecho llover fuego sobre la Tierra cuando le ha parecido oportuno para castigar a los que no le temían lo suficiente, ha aniquilado pueblos y naciones, ha enviado plagas y castigos por doquier, y llegó a arrasar su propia creación con un Diluvio porque no le gustó el modelo inicial, entre otros brutales actos de presencia bien reseñados en los libros que el arzobispo tiene por sagrados. ¿A qué Dios discreto, que apenas hace sentir su presencia, se está refiriendo el monseñor?

El curso político que ahora comienza se va a ver animado por polémicas de este tipo, reavivadas por las visitas que el jefe de la jerarquía católica hará a varias ciudades de esta España democrática, cuyos gobernantes no acaban de ajustar de modo satisfactorio su relación con las religiones. Al menos, quizá esto sirva para ejercitar la razón de los polemistas habituales, huir de los fanatismos y dedicarse a "dar con el mazo" cuando haga falta, en lugar de limitarse a rogar a santos, vírgenes y dioses para que nos resuelvan los problemas que nosotros mismos creamos y los enredos en los que voluntariamente nos embrollamos. Que así sea.

Publicado en República de las ideas, el 10 de septiembre de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/09/09 22:09:22.217000 GMT+2
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2010/09/04 09:35:46.522000 GMT+2

Afganistán: entre el asesinato y la reconstrucción

Una de las razones que hacen difícil entender el continuado fracaso de las operaciones militares que EEUU y la OTAN llevan a cabo en Afganistán pudiera estar en la confusión entre dos términos utilizados con mucha frecuencia: contraterrorismo y contrainsurgencia. Como esta confusión parece extenderse también a algunos medios de comunicación que abordan la guerra de Afganistán con espíritu no muy distinto al que inspiraría una sección de sucesos, convendría matizar esta cuestión.

El contraterrorismo es hoy, en Afganistán y en otros países de esa zona, el resultado de la "guerra global contra el terror" iniciada por Bush. Su objetivo es localizar y aniquilar a los terroristas, sin limitaciones -y sin contemplaciones- en cuanto a los modos de hacerlo. En el argot de esta guerra, esto se logra mediante las misiones llamadas capture/kill (apresar/matar), que además de los ejércitos también llevan a cabo ciertas fuerzas especiales que actúan en la sombra y algunas de cuyas operaciones han sido reveladas en los documentos últimamente filtrados a través de Internet.

La contrainsurgencia, por el contrario y en el mismo contexto, buscaría anular el efecto de atracción que sobre el pueblo afgano ejercen quienes se alzan contra las fuerzas ocupantes y protegerle a la vez de las actividades terroristas de estos últimos. Se basa en ayudar a la población para que recupere unas condiciones que faciliten las actividades necesarias para el normal desarrollo de la vida cotidiana. Es la misión de los llamados "Equipos provinciales de reconstrucción", constituidos por personal civil y unidades militares, que colaboran en tareas muy variadas de carácter humanitario: construcción de carreteras, escuelas y otras instalaciones, programas de agricultura y desarrollo del comercio, etc.

Es fácil ver que la línea que separa unas operaciones de otras se presta a la confusión, pero sus efectos sobre la población son muy distintos. En el último número de la revista militar estadounidense Joint Forces Quarterly, se leía: "Existe el acuerdo común de que la aproximación indirecta a la contrainsurgencia [es decir, la ayuda a la reconstrucción] debería tener prioridad sobre las operaciones de capture/kill. Sin embargo, está ocurriendo lo contrario".

Otras voces militares comentan que las unidades especiales antiterroristas, como la llamada Task Force 373, si bien cumplen la misión de hostigar y desequilibrar al enemigo, ignoran la causa principal del conflicto y no les preocupa conocer las razones por las que el pueblo apoya a los talibanes. "Estamos matando a las personas equivocadas, a los talibanes de nivel medio, que solo nos atacan porque estamos ocupando su país. Si nosotros no estuviéramos allí, ellos no combatirían contra EEUU", declaraba un antiguo miembro de la citada unidad 373, que dimitió del posterior cargo que alcanzó en el Departamento de Estado, por mostrar sus discrepancias con la estrategia adoptada en Afganistán.

Se puede afirmar que, en último término, esta cuestión se convierte en una dialéctica entre el asesinato y la reconstrucción. El problema se centra en que ambas acciones proceden de un origen común: el binomio formado por la OTAN y el Pentágono, que es el protagonista principal de la guerra de Afganistán. La OTAN, por un lado, controla las operaciones de reconstrucción de ISAF (cuyas siglas inglesas corresponden a la expresión "Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad"), en la que está incluido el contingente español. Por otro lado, en el Pentágono funciona un órgano de carácter muy secreto, el "Mando Conjunto de Operaciones Especiales", que a juicio del periodista estadounidense Seymour Hersh (el que desveló la masacre de My Lai en la guerra de Vietnam) no es otra cosa que una "rama ejecutiva de asesinatos", tan apreciada por el anterior vicepresidente Dick Cheney y que sigue actuando con su tradicional impunidad.

Ciertas luchas por la prioridad y los espacios mediáticos han enfrentado a veces a la CIA y al Pentágono en la ejecución de operaciones antiterroristas, y han permitido entrever el fondo de tan oscuras misiones. Éstas no han cesado con la llegada de Obama a la Casa Blanca sino que, por el contrario, han intensificado su actuación mediante aviones sin piloto. Desde una base aérea en el estado de Nevada (EEUU) se controla a distancia el ataque de un avión teledirigido contra un grupo de afganos perdido en alguna remota aldea. Las más avanzadas tecnologías se ponen así al servicio del asesinato organizado de los terroristas, pero también de los que, sin serlo, tienen la mala suerte de pasar por allí. El distanciamiento físico y psicológico entre el atacante y su víctima se hace así completo y la guerra alcanza el máximo grado de deshumanización, por difícil que parezca.

Es lamentable que la reconstrucción no pueda servirse  también de las ventajas de la moderna tecnología. Reconstruir a distancia es imposible; matar, no lo es. La globalización de la muerte desde el aire avanza implacable. Pero cada vez serán más los países que se sirvan de esos instrumentos de muerte teledirigida para aniquilar a "sus" terroristas. Lo malo es que, a la vez que los aniquilan, ayudan a crear nuevas generaciones alimentadas por el odio y el ansia de venganza.

Publicado en CEIPAZ el 4 de septiembre de 2010

 

Escrito por: alberto_piris.2010/09/04 09:35:46.522000 GMT+2
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2010/09/03 00:00:52.263000 GMT+2

¿Misión cumplida?

Como cualquier político que se estime, cuando alguna de sus promesas electorales se cumple de acuerdo con lo previsto, el presidente Obama aprovechó el martes pasado una alocución dirigida al pueblo de EEUU para congratularse del anunciado fin de la misión de combate en Iraq:
“… hemos cumplido con nuestra responsabilidad. Ahora es el momento de pasar de página”.

Para sus conciudadanos, se trataba de decirles que, habiendo resuelto un difícil problema exterior que demandaba gran parte de su atención, ésta se volcaría ahora hacia otros asuntos de orden interno que les atañen más de cerca: “Hemos gastado fuera muchos recursos en una época de restringidos presupuestos interiores”. Como es sabido, Obama no es ajeno al hecho de que la más acuciante prioridad para muchos gobernantes del mundo se halla hoy en el terreno de la economía más que en el de la política exterior, o incluso más que en la lucha contra el terrorismo. Y tanto más, cuanto que la grave crisis que aqueja a gran parte del mundo desarrollado nació en el propio corazón de EEUU y fue causada por la codicia y el descontrol en sus actividades financieras.

Sin embargo, es obligado poner en duda el hecho de que EEUU haya “cumplido con su responsabilidad” en Iraq, y es todavía más difícil imaginar que Obama pueda “pasar página” en ese país. Estas dos expresiones, ampliamente reproducidas en los titulares de todo el mundo, requieren un comentario crítico.

¿Cuál puede ser la responsabilidad de un país que desencadena una guerra injusta, sabiéndolo y basándose en mentiras, y que, como consecuencia, hunde en el caos al país invadido? ¿Está seguro Obama de que ahora el pueblo iraquí se halla en mejor situación que al comenzar la guerra? Muchos ciudadanos de Bagdad dudarían bastante antes de responder afirmativamente. El recuerdo del ahorcado dictador que les tiranizó largo tiempo se difumina a lo lejos, mientras que los problemas de hoy se muestran cada vez más acuciantes: agravada inseguridad, desorganización generalizada, enfrentamientos internos, perspectivas de un futuro incierto: desesperanza, en suma.

Obama habló así: “Muchas cosas han cambiado desde aquella noche [en la que Bush anunció el comienzo de la guerra en Iraq]. La guerra para desarmar a un Estado se convirtió en una lucha contra la insurgencia. El terrorismo y los enfrentamientos sectarios amenazaban con desgarrar Iraq. Miles de americanos entregaron sus vidas; decenas de miles fueron heridos. Nuestras relaciones [exteriores] sufrieron tensiones. Nuestra unidad interior fue puesta a prueba”.

Con la salvedad de que el terrorismo comenzó después de la invasión y antes no afectaba a Iraq, las palabras de Obama reflejan bien el brutal error cometido por EEUU en 2003. Si Iraq sufría una “amenaza de desgarre”, fue la invasión la que destruyó del todo las estructuras del Estado y completó su desgarramiento. Una invasión que, para mayor vergüenza de sus planificadores, ni siquiera tenía previsto lo que habría que hacer después, aparte de controlar los codiciados recursos petrolíferos.

¡Claro que murieron soldados americanos! Según datos oficiales de EEUU hubo 4.400 víctimas mortales, pero las mismas fuentes reconocen la muerte de más de 70.000 ciudadanos iraquíes, cifra estimada muy por lo bajo según otras valoraciones. Ahora bien, el pueblo americano debería reconocer que no es lo mismo morir atacando e invadiendo que morir siendo agredido e invadido.

Con un ojo atento a la política interior de EEUU y al descenso que ha sufrido su valoración personal en los últimos meses, Obama intentó suavizar sus relaciones con el partido republicano -en noviembre tendrá lugar un nuevo y crítico proceso electoral- con una alusión a su predecesor: “Nadie pudo negar el apoyo que [Bush] prestó a nuestras tropas, el amor a su país y su compromiso con nuestra seguridad”. Es significativo que solo pudiera recordar tres banalidades que se dan por supuestas en cualquier gobernante: el apoyo a “sus” tropas, el amor a “su” patria y la preocupación por la seguridad de “sus” conciudadanos. No es una brillante tarjeta de presentación para un país acostumbrado a invadir, atacar y resolver con las armas los asuntos peliagudos, y que además quiere ocupar un puesto de privilegio en este mundo globalizado.

La página que Obama desea pasar con rapidez es más pesada de lo que parece. Las seis brigadas que permanecerán en Iraq siguen siendo tropas combatientes, aunque se diga que ha concluido la misión de combate. Hay que sumar a aquéllas, además, los nutridos contingentes de las compañías privadas de seguridad que deberán proteger las numerosas instalaciones del Departamento de Estado en el país que hoy se reclama “soberano e independiente” en palabras de su presidente en funciones.

Debajo de la retórica subsiste la realidad. Aunque no es muy probable que el anterior incendio iraquí se reproduzca en toda su intensidad, tanto Obama como quien haya de ser el presidente de Iraq deberían recordar aquella triunfal aparición de Bush, en mayo de 2003 y en el espectacular escenario de un portaaviones en alta mar, cuando proclamó ¡Misión cumplida! y el caos no había hecho más que empezar.

Publicado en República de las ideas, el 3 de septiembre de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/09/03 00:00:52.263000 GMT+2
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2010/08/27 09:33:27.531000 GMT+2

Verano en Afganistán

En los días finales de este acalorado agosto que se ha abatido sobre muchos españoles, no es aconsejable atosigar las mentes de los lectores con nuevos comentarios sobre los muy variados asuntos que ocupan amplios espacios en los medios de comunicación.

¿Tragarán los palestinos la nueva ficción de conversaciones de paz que les propone EEUU? ¿Se alcanzará alguna vez una conclusión definitiva sobre si hay pagar rescates a los secuestradores? ¿Habría que pagar también con dinero público la audacia o la irresponsabilidad de algunos deportistas de riesgo cuando requieren la urgente ayuda de los medios de salvamento del Estado? ¿Es conveniente construir una mezquita al lado de donde estuvieron las destruidas Torres Gemelas neoyorquinas? ¿Ha habido dejadez gubernamental en el espectacular accidente de la mina chilena? ¿Y en la chapuza, presuntamente antiterrorista, de la policía filipina ante el secuestro de un autobús turístico? ¿Qué es lo que está pasando realmente en Afganistán? Así podríamos seguir largo rato.

Todo eso viene siendo motivo de discusión en nuestro mundo, pero hay muchos problemas en otros lugares que ninguna discusión resolverá. Entre sollozos, mordiendo nerviosamente el extremo de su turbante y acuclillado en la plaza del pueblo, así se expresaba Rahmatullah Khan, un vecino de Rigi, en la provincia afgana de Helmand: “Mi mujer y mis cinco hijos están ya enterrados. No tengo nada que perder, así que me uniré a los talibanes”. Su familia había sido aniquilada en un ataque aéreo de la OTAN. Ingenuamente se preguntaba: “Si ellos miran con prismáticos antes de disparar, me tenían que haber matado a mí, que voy vestido como los talibanes, pero ¿por qué a mi mujer, si ella no se vestía así? ¿Por qué la mataron?”. No lejos de allí, Haji Rahmim, cuya casa quedó arrasada y sólo se salvó él, se lamentaba: “Mi esposa, que estaba embarazada, y mis tres hijos yacen bajo las ruinas y los escombros. Ojalá hubiera muerto yo también”.

Tras la habitual polémica y los sucesivos desmentidos y rectificaciones sobre el incidente, a cargo de los portavoces de la OTAN y del Gobierno de Kabul, ya no puede dudarse de que ese tipo de operaciones son un eficaz instrumento para reclutar nuevos talibanes. Forman parte de una mal orientada estrategia de contrainsurgencia, que más que ayudar al pueblo que sufre el terrorismo contribuye a diezmarlo y exasperarlo.

“Yo esperaré a ver si el presidente Karzai lleva ante la Justicia a los culpables de esos asesinatos -comentaba al periodista un afgano-. Pero si no hace nada sobre este asunto, yo mismo me vengaré de esos infieles. Conozco bien sus intenciones y sabemos de sobra que cuando los talibanes les acosan, ellos bombardean a la población civil”.

Ignorantes de los cambios introducidos en la estrategia por los sucesivos mandos militares de EEUU, conocen bien, por el contrario, sus efectos, porque los sufren en carne propia. Un periodista afgano, especializado en asuntos militares comentaba: “La gente llega a tener confianza en los soldados americanos, comparados con otros de la misma zona [la provincia de Helmand], porque gastan dinero y nos traen algo de seguridad. Pero este tipo de incidentes en los que mueren personas inocentes tiene un efecto muy negativo y pone a los americanos al mismo nivel que los británicos”. Un antiguo militar afgano, residente en la zona, añadió: “En la situación actual, cada muerte de un paisano prepara el camino para que mueran cinco soldados de EEUU”. O dos guardias civiles españoles, como acaba de ocurrir.

No hay vacaciones de verano en Afganistán aunque esté concluyendo el mes de agosto. La muerte sigue abatiéndose sobre este afligido pueblo. Ellos no mueren, como nosotros, en las atestadas carreteras de los fines de semana que conducen a las playas. Ni gozando de los placeres de un deporte de riesgo en el mar o en la montaña. La muerte, para ellos, a veces viene súbitamente al explotar una mina artesanal. En otros casos se anuncia con el lejano sonido de un avión que se aproxima, la espantada mirada dirigida al cielo, intentando adivinar por dónde llegará el rayo letal, las apuradas voces de alarma, las carreras alocadas buscando un imposible refugio y, de repente, la explosión, los ruidos de cascotes cayendo desde el aire, los gritos, el polvo y la sangre. Después, tras ese instante de silencio que siempre anuncia la tragedia, los lacerantes aullidos de dolor de los heridos y los moribundos, y los lamentos de desesperación de los supervivientes.

Recordémosles a todos ellos, por favor, mientras discutimos acaloradamente sobre Melilla y sus “graves” problemas (según afirmaron algunos dirigentes de la oposición), o sobre los cooperantes catalanes liberados y el dinero que haya podido costar su rescate, o sobre algunas otras cuestiones de nuestro agrio enfrentamiento político cotidiano, que palidecen ante la cruda realidad de los que cada día juegan a cara y cruz con la vida y la muerte.

Publicado en República de las ideas, 27 de agosto de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/08/27 09:33:27.531000 GMT+2
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2010/08/25 09:53:17.679000 GMT+2

¿Para qué seguir en Afganistán?

El pasado 16 de julio publiqué un comentario titulado "Una estrategia con trampa en Afganistán", que puede leerse algo más abajo en este blog y del que extraigo este fragmento:

...Pues acaba de suceder que uno de esos soldados afganos, que en su periodo de formación compartía vida y misiones con una unidad británica (un regimiento de Infantería de los famosos gurkas nepaleses) asesinó a un capitán británico, a un oficial de la misma nacionalidad y a un soldado gurka, además de herir a otros cuatro soldados antes de darse a la fuga e incorporarse a la insurgencia, según informó un portavoz talibán. No es la primera vez que las tropas británicas sufren incidentes de estas características.

Tanto el presidente afgano como el general Petraeus expresaron su pésame por lo ocurrido. El general añadió: “Esta es una misión conjunta, soldados afganos y de la Alianza combatiendo codo a codo contra los talibanes y otros extremistas”. Tras otros sucesos análogos se había dado la orden de que los soldados británicos estuvieran siempre armados en el interior de sus bases y que en las patrullas mixtas uno de ellos se mantuviera siempre vigilante empuñando su arma automática. Es evidente que estos asesinatos harán que aumente la desconfianza entre los soldados británicos y sus homólogos afganos, lo que no contribuirá al éxito de la misión formativa que, para ser eficaz, ha de basarse en una cierta confianza recíproca entre instructores e instruidos.

La noticia con la que han abierto hoy, miércoles 25 de agosto, varios informativos, es la muerte de dos miembros de la Guardia Civil española en circunstancias muy parecidas a las que ahí se comentaban.

Mi comentario concluía con esta reflexión:

... Cualquier soldado aliado, en su misión formativa de los soldados afganos, temerá ver en sus alumnos al asesino que en un momento imprevisto acabe con su vida. Así no puede llevarse a efecto la instrucción militar básica.

Si los trabajos de reconstrucción están siendo obstaculizados por la insurgencia, y si la labor formativa de las futuras fuerzas afganas no puede llevarse a cabo ¿para qué seguir en Afganistán?

(Sobre los motivos por los que los afganos se unen a los talibanes versará mi próximo comentario en la prensa digital).

Escrito por: alberto_piris.2010/08/25 09:53:17.679000 GMT+2
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2010/08/19 23:56:46.128000 GMT+2

El islam en el conflicto hispano-marroquí

El viejo conflicto hispano-marroquí, nunca resuelto y siempre latente, se ha reavivado estos días como consecuencia de los problemas creados en la frontera melillense por organizaciones políticas del vecino país, cuyo último objetivo parece ser el de poner contra las cuerdas al Gobierno español y forzarle a ceder en lo relativo al futuro estatus del Sáhara Occidental.

Parece claro que ese es el principal objetivo marroquí en la actual fase del conflicto. España, que como potencia descolonizadora sigue teniendo voz en la resolución del problema saharaui, viene aceptando escrupulosamente las decisiones de Naciones Unidas y no apoya la autonomía restringida que propugna Marruecos, sino el referéndum ordenado por la ONU y sistemáticamente obstruido desde Rabat. Por ese motivo nuestro país es visto como un obstáculo para las ambiciones territoriales del Gobierno de Rabat.

Bien es verdad que hablar de “Gobierno de Rabat” es una ficción. No hay tal Gobierno, sino la omnímoda voluntad del monarca marroquí, que ejerce como soberano absoluto sobre el Reino de Marruecos -además de ser el supremo dirigente religioso de sus súbditos-, y ni siquiera puede asegurarse tampoco que sea Rabat la sede de esa monarquía absoluta que, como en la España de la época del emperador Carlos V, tiene como capital la ciudad donde se asienta la corte que atiende a la real y sagrada persona.

Atizar el odio a un enemigo exterior es una fórmula de gobierno tan vieja como la política, cuando los problemas internos no tienen fácil solución. Mohamed VI lo sabe y lo viene utilizando siempre que lo estima necesario, del mismo modo que lo hizo su padre. De puertas adentro, pues, la actual conflictividad que está haciendo mella en la vida cotidiana de Melilla, y que puede extenderse a Ceuta, no es nada nuevo visto desde Marruecos.

Como no es nada nuevo que EEUU y Francia -como antigua potencia colonial- tiendan a apoyar a Marruecos en sus pugnas con España. No debería extrañar, por tanto, que todo esto suceda ahora, cuando los graves problemas que aquejan al mundo y a nuestro país ponen a nuestro Gobierno ante serias dificultades. Dificultades que se ven agravadas, de modo muy irresponsable, por una oposición política, obcecada y oportunista, de la que son muestra las inconcebibles declaraciones públicas del vicesecretario de comunicación del PP y su insólita presencia en Melilla, que fue calificada por el PSOE como “casi de agitador profesional”, y a la que luego se sumó la visita de Aznar, otro audaz pescador en aguas revueltas.

Tampoco es de extrañar que en una España que día a día vive un áspero y bronco proceso preelectoral, con un Gobierno asediado por todos los flancos y una oposición que, carente de programas innovadores para ninguno de ellos, solo aspira a ocupar el sillón de sus adversarios, el análisis del actual conflicto hispano-marroquí adolezca de cierta superficialidad.

Porque a las razones ya citadas, aludidas por casi todos los comentaristas, hay que añadir una que subyace a todo este problema y que en este momento es la que inflama numerosas regiones del planeta: el radicalismo islamista. Desde Filipinas hasta Argelia, y desde el Cáucaso hasta Somalia, los enfrentamientos basados en el fanatismo religioso islámico son hoy día uno de los riesgos más letales que afectan a la humanidad.

La principal baza con la que juega el autócrata marroquí estriba precisamente en esto. ¿Qué escalofríos recorrerían Europa si se supiera que en Casablanca era lapidada en público una mujer tenida por adúltera? ¿O que Marruecos prohibía a las mujeres conducir automóviles? Dicho de otro modo: ¿qué urgencias y apresuramientos harían estremecerse a las cancillerías europeas si un día se apoderara del Gobierno de Marruecos un régimen islamista? Por el momento, no parece fácil llegar a este extremo, pero, si como muestra basta un botón, el indignante tratamiento que las mujeres policía españolas han sufrido en el actual conflicto es un indicativo de que la religión está ya envenenándolo, aunque todavía sea en tono menor.

Con razón o sin ella, no faltarían en tal caso los agoreros de siempre que verían en Turquía y Marruecos las dos pinzas abiertas del escorpión islamista que habría de emponzoñar a la vieja y decadente Europa. Es este temor el que juega a favor de cualquier política emprendida por el rey de Marruecos, mientras desde el mundo occidental se siga viendo en la frontera marroquí una barrera infranqueable a los delirios del islamismo radical. Jugar con los grados de “infranqueabilidad” de la citada barrera es el instrumento que utiliza Mohamed VI para recabar el apoyo de Occidente. Frente a eso, España tiene que encontrar el obligado equilibrio entre firmeza y diplomacia que evite una peligrosa agravación del conflicto.

Publicado en República de las ideas, 10 de agosto de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/08/19 23:56:46.128000 GMT+2
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2010/08/13 09:16:20.335000 GMT+2

Arte y práctica de la mentira politica

En 1733 publicó Jonathan Swift (el autor de Los viajes de Gulliver) un breve opúsculo titulado El arte de la mentira política. En él se define la mentira política como “el arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables y hacerlo a  buen fin”. Que la mentira tenga un “buen fin” no quiere decir que propenda a algo intrínsecamente bueno sino que satisfaga los deseos de quienes, por profesión, se dedican a este sutil arte, que por lo general son siempre los miembros de la clase gobernante.

Para un lector de hoy no deja de ser significativa la alusión que el autor hace a la guerra, como actividad política muy apta para generar mentiras: “Sin un gran número de esas falsedades saludables -opina Swift- no habríamos alimentado tanto tiempo la guerra”. Se refiere a la Guerra de Sucesión Española, por la que el pueblo inglés no sentía mucho entusiasmo y en la que España perdió Gibraltar y Menorca, pero que satisfacía los intereses del partido whig (los futuros liberales).

Tiene también un estrecho paralelismo con otras situaciones actuales lo que se refiere a las que él llama mentiras para aterrorizar, una de cuyas reglas básicas consiste en “no enseñar al pueblo con demasiada frecuencia objetos terribles, no sea que acabe acostumbrándose a ellos” (¿No piensa el lector en las armas de destrucción masiva?). Respecto a otro tipo habitual de mentira política, el que tiene por objeto “animar y enardecer al pueblo”, aconseja no “sobrepasar los grados habituales de verosimilitud”, que sean “variadas” y no “insistir obcecadamente en una misma y única mentira”.

Si hasta aquí he hecho, para conocimiento del lector, un breve extracto de este sencillo manual de teoría política, que en algunos momentos roza aspectos tocados por Maquiavelo en forma didáctica y por Orwell de manera predictiblemente novelesca, un curso completo sobre la práctica de la mentira política se está desarrollando en Londres durante las sesiones del llamado “comité Chilcot”, que investiga la participación británica en la Guerra de Irak. La lección principal sobre el arte de la mentira política ha corrido a cargo de la señora Eliza Manningham-Buller, que dirigía los servicios secretos internos (el denominado MI5, equivalente en cierta forma al FBI estadounidense) durante la época de Tony Blair.

Lejos de coincidir con las alucinaciones de Bush en su febril guerra total contra el terrorismo, la directora afirmó que esa guerra había aumentado significativamente la amenaza terrorista en Inglaterra. Alegó que la amenaza que suponía Sadam Hussein antes de la invasión era pequeña, pero que la eliminación del dictador proporcionó a Osama Ben Laden una útil cabeza de puente en Irak y radicalizó a la juventud musulmana británica.

Sobre el peligro que las supuestas armas nucleares iraquíes presentaban en combinación con la actuación de grupos terroristas, declaró: “No era una preocupación a corto ni a medio plazo ni para mí ni para mis colegas”. Las invasiones de Irak y Afganistán sí contribuyeron a radicalizar a toda una generación musulmana que interpretó esas guerras como “un ataque contra el islam”.

Afirmó que no existían pruebas de la implicación de Iraq en los atentados del 11-S contra EEUU, en lo que la propia CIA estaba de acuerdo. Fue precisamente esto lo que impulsó al Secretario de Defensa de EEUU, Rumsfeld, a organizar un nuevo servicio de inteligencia que le resultase más manejable y obsecuente que la CIA.

El grupo de trabajo establecido en Washington, para coordinar los servicios de inteligencia de EEUU, le pareció a la directora del MI5 “falible”; dijo también que no había analizado a fondo el problema de Iraq y que la información utilizada para invadir este país fue “improvisada”. Al solicitarle el presidente del comité una impresión final de conjunto, declaró que lo más importante a reseñar era “el peligro de entrar en guerra basándose en informaciones incompletamente elaboradas”.

Tanto al pueblo británico engañado por Blair, como a los estadounidenses manipulados por Bush o los españoles que creyeron a Aznar a pie juntillas, Jonathan Swift no hubiera dudado en calificarlos de pueblos crédulos, que aceptaron “falsedades saludables” con el buen fin de apoyar los innumerables intereses existentes en torno a ambas guerras, intereses que a ellos no les producían ventajas sustanciales, pero sí a los artistas que manejaron a su gusto el Arte de la mentira política.

Publicado en República de las ideas el 13 de agosto de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/08/13 09:16:20.335000 GMT+2
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2010/08/06 08:00:50.762000 GMT+1

La problemática salida de Iraq

El lunes pasado, ante una convención de veteranos de guerra, Obama confirmó que a finales de este mes de agosto solo quedará en Iraq un contingente de unos 50.000 soldados, tal como había prometido hace dos años durante la campaña electoral. Estas tropas, recordó el Presidente, permanecerán allí hasta finalizar el próximo año, dedicadas a apoyar e instruir a las fuerzas de seguridad iraquíes, proteger al personal e instalaciones de EEUU en ese país (su embajada en Bagdad es un enorme complejo fortificado, capaz de albergar un millar de funcionarios) y organizar operaciones antiterroristas.

También cambiará el actual nombre en código de la intervención militar de EEUU en Iraq, "Libertad iraquí", que pasará a ser conocida como operación "Nuevo amanecer". Esto traerá, sin duda, algunos recuerdos a los lectores españoles de cierta edad. Por el bien de los iraquíes -que ya han sufrido bastante-, hay que desear que su amanecer sea más democrático y menos sangriento que el que trajo a nuestro país el que se cita en el himno oficial de la Falange Española.

Gracias a reafirmar públicamente ese punto de su programa electoral, Obama puede pasar por alto, una vez más, el flagrante incumplimiento de otra promesa que despertó grandes expectativas: el cierre de la prisión militar de Guantánamo. En todo caso, y como era de esperar, la declaración presidencial ha suscitado numerosos comentarios en uno y otro sentido. 

El aspecto que ha sido más discutido es el que se refiere a la retirada definitiva que se completará al concluir 2011. Como esto es parte de un acuerdo formalmente suscrito entre el Gobierno iraquí y el de EEUU (durante la presidencia de Bush), solo podría modificarse renegociándolo con Bagdad, donde todavía el resultado de las elecciones celebradas en marzo pasado no se ha materializado en la formación de un nuevo Gobierno.

 Una primera objeción de urgencia es obligada: no existe Fuerza Aérea en Iraq y, por tanto, la retirada total de EEUU dejaría a este país sin posibilidad de controlar su propio espacio aéreo, con todo lo que esto significa en una región de tan crítica inestabilidad. ¿Habrá que hacer una excepción con la Aviación de EEUU? Obama, una vez más, parece haberse dejado atrapar por sus buenos deseos: "Nuestro compromiso con Iraq está cambiando, desde un esfuerzo militar conducido por nuestras tropas hacia un esfuerzo civil gestionado por nuestros diplomáticos". ¿Tienen éstos capacidad suficiente para cubrir tan amplia responsabilidad?

Es fácil, por el contrario, interpretar muy negativamente la designación de una fecha fija de retirada: puede considerarse como un modo de sugerir a la insurgencia que tenga paciencia y espere, que se rearme en la clandestinidad y que esté dispuesta a volver a poner toda la carne en el asador a partir de esa fecha, en la casi seguridad de que las circunstancias volverán a serle favorables.  

Al final, ¿de qué ha servido todo esto? Ni Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva, ni Iraq había participado en los ataques terroristas contra EEUU en septiembre de 2001, ni la invasión iba a crear una democracia donde solo existía una brutal dictadura de carácter laico (no muy distinta a otras coetáneas), sustituida ahora por un hervidero de odios y rivalidades religiosas. Hubo una embajadora de EEUU en Bagdad que con imprudencia, y probablemente recordando el viejo entendimiento entre los dos países durante la guerra entre Iraq e Irán, contribuyó en 1990 a dar luz verde a Sadam en su conflicto petrolífero con Kuwait. Propició con ello una desastrosa y acelerada sucesión de prolongadas violencias que todavía prosigue hoy. Un distinguido miembro de la élite washingtoniana opinó poco después que "había que bombardear Iraq hasta hacerlo volver a la Edad de Piedra". Cuando la Historia juzgue lo ocurrido es muy probable que reparta las responsabilidades casi por igual entre el execrado y ahorcado dictador iraquí y los falaces, prepotentes y presuntuosos gobernantes occidentales que creyeron que las armas lo arreglarían todo. 

Los actuales ocupantes de Iraq y Afganistán harían bien en recordar una frase de aquel pacifista que liberó la India del dominio británico sin disparar un solo tiro: "No hay ningún pueblo en la Tierra que no prefiera un mal Gobierno suyo a un buen Gobierno de una potencia extranjera". Lo que es doblemente cierto si, además, los modos de gobierno que aplican los ocupantes, aunque sea desde la sombra y mediante presiones más o menos solapadas, no se distinguen precisamente por su eficacia ni por su adaptación a las peculiares circunstancias de los dos países que han venido sufriendo los efectos de las guerras promovidas por EEUU y sus aliados.

Publicado en República de las ideas, el 6 de agosto de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/08/06 08:00:50.762000 GMT+1
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2010/07/30 08:48:32.377000 GMT+2

El otro lado de la colina

Con las palabras que encabezan este comentario, Liddell Hart tituló en 1948 uno de los libros que más ha influido en el moderno estudio de las guerras (The Other Side of the Hill). Prolífico escritor sobre la guerra, Sir Basil Henry fue historiador (sus síntesis de ambas guerras mundiales no han sido aun superadas en perspicacia interpretativa), un teórico de la táctica y la estrategia y un competente e incisivo crítico militar y político. Aunque murió en 1970, Sir Basil Liddell Hart ocupa hoy un puesto destacado entre los clásicos del Arte de la Guerra y su nombre se codea con los más conocidos pensadores que han tratado esta cuestión: Sun Tzu, Jomini, Maquiavelo, Clausewitz, etc.

El origen del título de la obra se explica en el prefacio. Está en la respuesta que el duque de Wellington (el laureado vencedor en Waterloo y el que expulsó de España al ejército napoleónico) dio a un amigo, con el que en cierta ocasión cabalgaba, entreteniéndose ambos en adivinar qué es lo que habría detrás del cambiante horizonte de su itinerario. Éste mostró su sorpresa porque el duque siempre acertaba en sus predicciones, a lo que Wellington respondió: "No le extrañe, amigo; he pasado muchos años de mi vida intentado averiguar lo que había al otro lado de la colina".

Liddell Hart explica la observación de Wellington por la necesidad que tiene todo general en campaña de adivinar lo que hay "al otro lado de la colina", es decir, detrás del frente de los ejércitos enemigos y dentro de la mente de sus jefes. Pudo comprobar la certeza de sus análisis teóricos porque, concluida la Segunda Guerra Mundial, participó en el interrogatorio de muchos generales y almirantes alemanes hechos prisioneros tras la derrota. Con esto recopiló datos de gran interés que, filtrados y elaborados gracias a su aguda capacidad de síntesis, le permitieron estudiar en profundidad muchos aspectos de la guerra.

Si pongo al lector al tanto de estos antecedentes es porque, hoy día, y para los ciudadanos de muchos países implicados en la guerra de Afganistán, al otro lado de la colina parece evidente que hay muchas cosas que nos deberían preocupar. No solo un ejército enemigo y los propósitos de sus generales; a veces está también el ejército propio, con algunas actividades funestas que se ocultan culpablemente para engañar a la opinión pública. Se puede declarar oficialmente que los soldados de un país están allí en misión de paz y descubrir, al otro lado de la colina, que en realidad están implicados en una confusa guerra civil en la que se han visto obligados a tomar parte por uno de los bandos.

Se puede afirmar públicamente que se está teniendo gran cuidado para no causar víctimas entre la población civil y luego descubrir al otro lado de la colina, cuando una organización estadounidense publica por sorpresa en Internet unos documentos hasta entonces ocultos, que en muchas ocasiones sus soldados aplican la táctica de "primero disparar y luego preguntar" (a los que queden vivos para responder).

Se descubre, también, que al otro lado de la colina hay autobuses ametrallados cuando transportaban niños, madres y abuelos; que se llevan a cabo misiones de ejecución sumaria de presuntos enemigos, asignadas a unas tropas especiales que apenas rinden cuentas de modo abierto; y que, más a menudo que lo que se publica habitualmente, se causan víctimas entre la población civil en incidentes que nunca llegan a ver la luz.

Los varios miles de documentos filtrados ahora a la opinión pública constituyen un demoledor testimonio que echa por tierra mucha de la retórica que ha venido acompañando a la guerra de Afganistán. Como los documentos son anteriores a diciembre de 2009, desde la Casa Blanca, y para salvar la cara en situación tan embarazosa, se atribuyen los hechos a decisiones tomadas por el anterior presidente y su Gobierno. Pero eso no disminuye la gravedad de las acusaciones para el ejército de EEUU y los de los aliados que participan en algunas operaciones de dudoso carácter.

Es probablemente más peligroso que todo lo anterior, y más demoledor en el plano de las alianzas internacionales suscitadas en torno a Afganistán, constatar ciertas actividades del ejército pakistaní, enfrentado en varias ocasiones a quien debería ser su principal aliado: el ejército afgano. Y también algunas acciones del servicio secreto pakistaní y su implicación a favor de los insurgentes afganos. Aunque algunos documentos puedan estar basados en la llamada "propaganda negra", la que se fabrica para salvar los errores propios, las filtraciones publicadas muestran que también, al otro lado de la colina, las alianzas y los apoyos internacionales no son exactamente los mismos que anuncian algunos de los Gobiernos más enredados en esta guerra.

Según Clausewitz, la "niebla del combate" (la confusión inherente a toda batalla) es un factor que complica seriamente la toma de decisiones en la guerra. Si, además, es casi imposible adivinar lo que hay "al otro lado de la colina", porque los mismos gobernantes que dirigen la guerra como "continuación de la política por otros medios" procuran ocultarlo, no debe extrañar que sea cada vez más difícil encontrar salida al enrevesado caos en que se está convirtiendo el conflicto afgano.

Publicado en República de las ideas el 30 de julio de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/07/30 08:48:32.377000 GMT+2
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2010/07/22 18:17:42.677000 GMT+2

El olvidado telón de fondo afgano

La amplia conferencia que el pasado martes reunió en Kabul a representantes de más de setenta países implicados en el conflicto de Afganistán se ha movido en dos planos distintos. Ambos tienen fuerte incidencia en el presente y el futuro inmediato de este país, sumido en una guerra que dura ya nueve años.

Por una parte, los donantes de la coalición han aceptado aumentar el porcentaje de ayuda que administrará directamente el gobierno de Kabul (del 20 al 50%) a pesar de la desconfianza que inspira la comprobada corrupción que emana de la capital y alcanza todos los rincones del país. Era una exigencia de Karzai a la que resultaba muy difícil oponerse, cuando todos los afanes de los países allí reunidos se centran en encontrar el modo de salir del avispero afgano. Este es el plano económico, el que más notoriedad ha alcanzado en los medios de comunicación

El segundo plano es el estratégico, donde el objetivo principal es determinar una fecha en la que las inquietudes de la opinión pública occidental vean la luz a la salida del túnel y se pueda empezar a hablar de una recuperación de la soberanía afgana, ahora en régimen de ocupación militar de facto. Se ha acordado que el gobierno de Kabul asumirá todas las responsabilidades de un Estado normal el año 2014. No habrá cambios de estrategia, por lo que ha podido conocerse hasta el momento. Sobre una trampa que esta estrategia encierra y que dificulta su ejecución trató mi comentario de la semana pasada, anticipando la celebración de la conferencia. Pero hoy conviene aludir a algo de más calado, algo que va más allá de las ayudas económicas o los planes estratégicos.

Por importantes que sean los dos planos antes citados y la incidencia que han tenido sobre los resultados de la cumbre, poco se ha hablado de un tercer plano, de la máxima importancia, que constituye el verdadero telón de fondo de lo que sucede en Afganistán. La óptica occidental a través de la que la OTAN, EEUU y otros países observan lo que allí sucede no les permite abarcarlo en su totalidad. Para ello, hay que ampliar el mapa geopolítico y extender el campo de visión a Pakistán, la India y Cachemira. Y, por otra parte, reducirlo, aplicando a Afganistán un zum de gran aumento.

Empezando por esto último, se constata que en este país se viene librando una guerra civil desde los años setenta: entre los pueblos del norte y los del sur, entre los tayikos y los pashtunes, entre los aldeanos y los ciudadanos, entre el islam y la secularización. Sobre esta guerra cayó de improviso la invasión aliada de 2001. El ocupante, sin previo análisis ni información, se vio combatiendo del lado de los norteños, los ciudadanos, el laicismo (dentro de lo que esto puede significar en el mundo islámico) y los tayikos. Esa guerra es vista desde dentro de Afganistán como la rebelión pashtún contra un régimen dominado por tayikos, uzbekos y hazaras (éstas son las cuatro etnias principales). A pesar de que Karzai es pashtún, su gobierno, bajo presión de la OTAN, ha instalado en Kabul el régimen de la antigua Alianza del Norte, que combatió a los talibanes y a los pashtunes, a pesar de que éstos constituyen la mayoría demográfica del país. Esta grave causa de conflicto no ha sido ni siquiera abordada por la conferencia internacional.

Cambiando el zum por el gran angular, entran en escena Pakistán y la India, así como el conflicto pendiente entre ambos sobre la soberanía de Cachemira. Tampoco de esto se habló en Kabul el pasado martes, a pesar de implicar a dos grandes países -uno de ellos una inminente superpotencia-, provistos de armas nucleares. Dos Estados, además, con fuertes intereses -aunque de distinta naturaleza- en Afganistán.

El hecho es que ambas potencias se enfrentan en la sombra sobre terreno afgano. Para los militares que ejercen el poder de facto en Pakistán, cualquier presencia india en Kabul es un peligro en un territorio que para ellos es la retaguardia estratégica. Los servicios de inteligencia pakistaníes apoyaron a los talibanes y los cuidaron a fin de seguir controlando la política afgana. Presionan a Karzai para que de algún modo acepte en su gobierno a algunos sectores talibanes "moderados"(?). Ni EEUU ni la OTAN advirtieron la complejidad del problema.

Según comenta el historiador William Dalrymple, especialista en Asia central y meridional, esta situación es una oportunidad que la India no debería desaprovechar. Sugiere que convendría alcanzar un acuerdo por el que la India renunciaría a su presencia en Afganistán a cambo de que Pakistán diera por concluido el viejo conflicto de Cachemira; y para satisfacer a la OTAN, Pakistán habría de poner fin a la presencia de Al Qaeda en sus territorios fronterizos. Es difícil, si no imposible, llegar a una solución regional satisfactoria ignorando las raíces de este problema. Y es casi seguro que si la OTAN aplicara sus esfuerzos diplomáticos en esta dirección, el resultado sería mucho más positivo que lo que está consiguiendo con sus ofensivas militares, los ataques de sus aviones no tripulados y su visión alicorta de lo que allí está en juego. Reconocer que, en el fondo, la OTAN solo puede ejercer un papel secundario no es del agrado de ninguno de los aliados, pero probablemente se acerca más a la realidad que las teorías que se sustentan en su Cuartel General bruselense.

Publicado en República de las ideas, el  23 de julio de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/07/22 18:17:42.677000 GMT+2
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