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2010/10/29 09:00:40.869000 GMT+2

Los papeles de la guerra

A los militares españoles que desde mediados de los años 50 del pasado siglo empezamos a efectuar con frecuencia estancias en EEUU, para seguir cursos de formación táctica y técnica, nos sorprendían muchas cosas de nuestros homólogos estadounidenses; en general, en sentido favorable. Uno de los aspectos que más me llamaba la atención era la proliferación de impresos, formularios y estadillos que había que rellenar cuidadosamente con motivo de cualquier actividad. No había tarea que no quedara debidamente registrada y filling the form (rellenar el impreso) era algo obligado en toda operación. Para los oficiales de aquel ejército español, desmedrado tras las penurias de la Guerra Civil y donde las carencias "se suplían con el celo" -según frase común-, ver cómo funcionaba un ejército moderno era una novedad extraordinaria.

Para los militares estadounidenses era entonces la guerra de Vietnam la principal pesadilla, pues su fin no se veía próximo. Cuando aún quedaban más de diez años para que concluyera, oí comentar, en el club de oficiales de la base en la que me alojaba, que el mejor procedimiento para acabar con el Vietcong sería lanzar desde el aire, mediante los famosos B-52, todas las toneladas de papel que la guerra había generado: el territorio enemigo y su población quedarían aplastados bajo una gruesa capa de documentos, con lo que se daría fin a la guerra, aunque solo fuese por asfixia.

Este recuerdo se ha reavivado al conocer lo que los medios han dado en llamar "filtración" de documentos militares de la guerra de Irak, que ha causado un escándalo de grandes proporciones. Esta segunda andanada es mucho más de lo que podría deducirse del nombre de la organización que la ha disparado. WikiLeaks se traduce como "las filtraciones de Wiki", pero los casi 400.000 documentos que acaban de ver la luz, más que una simple filtración, constituyen una enorme marea o una gigantesca inundación.

Si pertenece al ámbito del humor la idea de un Vietnam sumergido bajo un océano de papel, no se puede dudar de que el actual equivalente digital de los documentos generados por la ocupación de Irak, difundidos sin fronteras por Internet, supone para el Pentágono, la Casa Blanca y el Gobierno de Bagdad un huracán político de consecuencias muy devastadoras. También a Londres han llegado fuertes ramalazos.

Muchas conclusiones se irán extrayendo del análisis de esta documentación. Pero una de las más demoledoras, tras un examen superficial, es la crueldad y el sadismo (ejecuciones sumarias, palizas, electrocuciones, uso de ácidos y de taladros eléctricos contra los detenidos) mostrado por los soldados del ejército iraquí contra su propio pueblo. ¿No era así como actuaban las tropas de Sadam? Asumido el culpable fiasco de las armas de destrucción masiva ¿no se aseguró insistentemente que la invasión tenía por objeto poner fin a las prácticas tiránicas del ahorcado dictador? Pues no parece que las cosas cambiaran para bien del sufrido pueblo iraquí, cuando se comprueban las sevicias que ha padecido a manos de sus soldados y, lo que es peor, la tolerancia mostrada por las fuerzas ocupantes, que tenían orden de no investigar los casos que solo afectasen a torturas o violencia entre iraquíes. Eso, cuando no eran los mismos soldados de EEUU los que entregaban expresamente sus prisioneros a los especialistas iraquíes en tortura.

Ante tan aplastante colección de pruebas incriminatorias, es muy hipócrita pasarlas por alto y argüir que su difusión pone en peligro la seguridad de las tropas, como se ha dicho en Washington. Aunque hoy sea Afganistán, y no Irak, el principal motivo de preocupación, es difícil separar y compartimentar en el tiempo y en el espacio unas actuaciones que vulneran los más elementales códigos de la ética humana y del comportamiento de los ejércitos en las guerras. Lo que ocurrió en Irak ¿se repetiría en Afganistán si hubiera permanecido oculto?

Forzoso es constatar, como consecuencia de lo anterior, que se necesitan unos árbitros independientes, como WikiLeaks y otras organizaciones análogas. Árbitros no implicados directamente en el terrible juego que allí se desarrolla (¿quién dará crédito, ahora, a los informes oficiales del Pentágono?) y capaces de actuar con valentía contra los Estados que, en virtud de una pretendida conciencia democrática y de difusión de los derechos humanos, recurren a la guerra para imponer por las armas los principios que luego no practican sobre el terreno cuando llega el momento de la verdad.

Los papeles de la guerra de Irak están cumpliendo una función para la que no fueron concebidos: en vez de atender a las exigencias de la burocracia militar, sirven para denunciar los horrores de una guerra que jamás debió iniciarse. Y en vez de atacar al mensajero, como suele ocurrir en estos casos, lo que exige la más elemental moral militar, política y cívica es comprobar los delitos revelados y proceder contra sus perpetradores en la forma que cabe esperar en cualquier Estado que se tenga por democrático.

República de las ideas, 29 octubre 2010


 

Escrito por: alberto_piris.2010/10/29 09:00:40.869000 GMT+2
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2010/10/22 09:16:5.233000 GMT+2

Ganar las guerras

Cuando el general Franco firmó el 1 de abril de 1939 el famoso parte "de la victoria" (la de media España sobre la otra media), pudo escribir de su puño y letra, sin ningún género de dudas, la conocida frase que lo remataba: "la guerra ha terminado". Desde entonces, pocas veces se ha podido establecer de modo tan claro el final de una guerra y el momento en que unos se proclaman vencedores y los otros pasan a engrosar la trágica lista de los derrotados.

No hubo documento análogo para poner fin a la catástrofe que para Europa supuso la Segunda Guerra Mundial. Ésta fue concluyendo tras las actas de rendición que tuvieron que aceptar sucesivamente los derrotados generales alemanes en los diversos frentes del teatro de operaciones europeo. Lo que realmente marcó la derrota definitiva de Alemania (aunque no el fin de la guerra, pues ésta proseguía en el Pacífico) y pudo ser el equivalente a la sonora frase del entonces generalísimo español, fue la ceremonia de rendición protagonizada por el mariscal Wilhelm Keitel. Éste, en el más puro estilo prusiano, saludó con el bastón de mando y un sonoro taconazo a sus vencedores, encabezados por el mariscal Zúkov, se sentó en la mesa que ocupaban y, tras pulcramente quitarse el guante de la mano derecha, estampó la firma que ponía fin definitivo al Tercer Reich alemán. Poco después sería ahorcado.

Así pues, para los aliados occidentales el día de la victoria fue el 8 de mayo de 1945 y desde entonces se le llama "día V-E" (victoria en Europa). Pero el 8 de mayo en Washington era ya el día 9 en Moscú, y Rusia sigue celebrando en esta fecha lo que fue el fin de la Gran Guerra Patriótica. Su comienzo tampoco coincidió con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, pues aquélla empezó con el ataque alemán a la URSS en junio de 1941, mientras que para los aliados europeos la guerra había empezado con el ataque alemán a Polonia, en septiembre de 1939. Cada uno ve la guerra desde su propio observatorio y ya se advierte que no es fácil generalizar fechas, plazos o tiempos.

Tan distorsionada debía ser la imagen que, desde su observatorio de la Casa Blanca, tenía Bush II de la guerra que cuarenta días antes había desencadenado contra Iraq, que el 1 de mayo de 2003 se permitió parodiar al general Franco (él no lo sabía, claro) anunciando espectacularmente desde un portaaviones que la guerra había terminado, aunque lo hiciera en su idioma nativo: "Mission accomplished". Es mucho suponer que, en el retiro de su rancho tejano, se avergüence de tan sonora metedura de pata, pues sabido es que los dirigentes carismáticos nunca reconocen sus errores, por flagrantes que sean.

Volviendo al presente, la situación no es mucho más clara que en los casos antes citados. Hace más de nueve años, las primeras bombas estadounidenses cayeron sobre Afganistán -eso sí, con las bendiciones de la ONU y el beneplácito de las potencias aliadas-, como brutal represalia por los no menos brutales atentados terroristas del 11-S.

Entramos, pues, en el décimo año de una guerra que se inició con el sobrenombre de "guerra contra el terror". En el argot de esos códigos que con palabras crípticas sirven para disfrazar la barbarie bélica, también se la conoce como "Libertad duradera". No se sabe si el pueblo afgano, en cuyo honor y para cuyo beneficio se libra esta guerra, se sentirá ahora más libre. Pero lo que no cabe duda es que se trata de una operación "duradera", hasta el punto de que, tras tan larga duración, la principal preocupación de las potencias allí implicadas ha pasado a ser la de salir del avispero pronto y del mejor modo posible.

Si para concluir esta guerra el gobierno de Kabul ha de aceptar en su seno a algunos destacados jefes talibanes, con la aquiescencia de EEUU, tras haber sido tenidos como los fanáticos enemigos a exterminar, es inevitable recordar un episodio de la Guerra Civil española, no muy conocido. Aquel digno caballero socialista que fue Julián Besteiro esperó en Madrid la entrada del ejército de Franco, para oficializar la entrega del poder del Estado, que hasta entonces él ostentaba, y con la esperanza de poder contribuir, por su prestigio y destacada posición política, a suavizar la paz que habría de seguir a los tres años de fratricida contienda. Vano empeño: murió en prisión un año después.

Pero ni EEUU ni Kabul rechazan la colaboración de los talibanes si, con ella, Washington tranquiliza a su opinión pública y confirma una pronta retirada, y en Kabul se refuerza la sensación de soberanía, aunque conviva con la corrupción y el anárquico poder de los caudillos locales.

De ese modo, todos podrán decir que han ganado la guerra: EEUU y la OTAN, porque retiran a sus tropas allí desplegadas, sin sensación de derrota; Kabul, porque nominalmente vuelve a recuperar el poder del Estado; y los talibanes, porque se integran oficialmente en él. Si todos creen ganar una guerra, esto es la más evidente demostración de que nadie la ha ganado y de que todos han perdido mucho con ella. Solo lo sabremos cuando hayan pasado los años y otras guerras peores nos hagan olvidar el horror de las anteriores.

Publicado en República de las ideas el 22 de octubre de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/10/22 09:16:5.233000 GMT+2
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2010/10/19 09:55:24.953000 GMT+2

Entre la violencia y la seguridad


Son tantas las frases célebres atribuidas a Napoleón que es muy poco probable que éste hubiera tenido siquiera tiempo de llegar a pronunciarlas a lo largo de su vida. Algo parecido sucede con Winston Churchill, a quien se atribuye esta significativa expresión: "Nosotros podemos dormir tranquilamente en nuestras camas porque hay unos hombres brutales [rough] dispuestos durante la noche a ejercer violencia sobre los que podrían hacernos daño".

El sentido de la frase no es puramente literal; no se trataba con ella, claro está, de justificar la actividad de los vigilantes nocturnos, a los que sería ciertamente exagerado, en la mayoría de los casos, calificar de brutales. Ni siquiera se aplicaba a la existencia o a la actuación de los cuerpos policiales. Su alcance es mucho más amplio y abarca a todos aquellos que están investidos de la capacidad de utilizar la violencia para garantizar la seguridad de los demás.

La frase apunta a ese núcleo esencial de las relaciones humanas y sociales desde el que a lo largo de la Historia han ido surgiendo ejércitos, fuerzas de seguridad, policías, milicias, etc. Sin embargo, a mi entender, lo grave de esta reflexión no consiste en que algunos puedan "ejercer violencia" de forma legítima, legal y regulada por las leyes. Lo peligroso de ese pensamiento estriba en el adjetivo "brutales", aplicado sin muchos escrúpulos a quienes están autorizados a actuar de ese modo. Es decir, la pretendida justificación de la brutalidad de unos pocos por la necesidad de garantizar la seguridad de los demás.

Así fue como, para garantizar la seguridad del pueblo alemán y evitar su contaminación por la nociva influencia de los judíos, el régimen de Hitler dio al mundo una de las mayores muestras de brutalidad que cabe concebir con la exterminación sistemática de los judíos. Está claro que Churchill no la aprobaba, pero su famosa frase permitiría justificar los excesos de los nazis, cuyos "hombres brutales" (los miembros de las SS y otros de análoga calaña) garantizaban que el pueblo alemán durmiera tranquilo, a salvo de las temibles conjuras tramadas por los descendientes de David.

Pero no deberíamos pensar solo en los asesinos universalmente reconocidos, como Hitler, Stalin, Pol Pot o Suharto, por citar solo unos pocos. También ha habido "hombres brutales" que han aplicado -y siguen haciéndolo en bastantes casos- una violencia sin límite contra otros pueblos que sufren sus consecuencias, sean éstos vietnamitas, palestinos, chilenos o argentinos. Sin que los españoles podamos olvidar, naturalmente, la brutalidad con la que se produjo la represión que siguió a la Guerra Civil española y cuyos efectos todavía estamos sintiendo.

En todos esos caos se buscaba el mismo resultado: que las gentes "de orden" pudieran dormir tranquilas porque existían unas personas investidas de la capacidad de "ejercer violencia" contra los que pretendieran hacerles daño. Esto mismo, a escala internacional, está ocurriendo ahora en Afganistán y ha ocurrido antes en Iraq. Para que los Estados del mundo desarrollado no volvieran a sufrir las consecuencias de los actos terroristas, la brutalidad se desencadenó en forma de guerra y ha venido recayendo indistintamente sobre las cabezas de culpables o de inocentes, porque en la guerra no se puede discriminar con precisión entre unos y otros.

En un reciente libro sobre el conflicto de Afganistán (War, de Sebastian Junger), un miembro de las fuerzas especiales británicas admitía que lo único que le había impedido en cierta ocasión matar a tres afganos desarmados con los que se encontró había sido el miedo a que los medios de comunicación llegaran a tener conocimiento del hecho. Ninguna alusión a problemas morales o éticos. Ninguna sensación de culpabilidad. En todo caso, la justificación escuchada con insistencia es la misma: "estamos en guerra y yo cumplo con mi misión"

Ya está bien de debatir sobre tácticas y estrategias a aplicar sobre el terreno afgano, y de dar vueltas de modo incansable a la eterna cuestión de la retirada de las tropas de ocupación. Tanto los afganos que están sufriendo a diario sus efectos, como los demás ciudadanos del mundo que contemplamos lo que allí ocurre, veríamos con agrado un debate sobre la inmoralidad de esta guerra -que aunque ahora no se llame "guerra contra el terror", como la bautizó Bush, sigue siendo su continuación- y sobre la necesidad de poner fin a las acciones de esos "hombres brutales" de los que hablaba Churchill que, para que podamos dormir tranquilos en nuestros lechos, se han habituado a desencadenar una violencia no solo aplicada a quienes "pueden hacernos daño" sino a todo lo que se les pone por delante. Esa es la dialéctica propia de la guerra, a menudo concentrada en una simple frase: "o mato o me matan". ¿Se puede descansar tranquilo en el lecho sabiendo cómo actúan en muchas ocasiones esos "hombres brutales" que protegen nuestro sueño?

Publicado en CEIPAZ el 18 de octubre de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/10/19 09:55:24.953000 GMT+2
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2010/10/14 23:28:4.235000 GMT+2

Reflexión en torno a un desfile

Contemplando la exhibición de fuerza militar que tuvo lugar el pasado martes en el espectacular escenario del madrileño paseo de La Castellana, era inevitable entornar los ojos y dejarse arrastrar por una reflexión sobre el poder. No se trataba, claro está, de rememorar aquel poder militar de las legiones victoriosas que regresaban de luchar en tierras bárbaras y que, desfilando a través de Roma, no vacilaban en imponer por la fuerza un nuevo emperador, cuando esto placía a sus centuriones.

Mucho han evolucionado los ejércitos desde entonces, pero la Historia está repleta de intervenciones de la fuerza militar, que ha sido un factor hegemónico y preponderante incluso después de que la mayoría de los Estados modernos aceptara el reparto de poderes que sistematizó Montesquieu, reflejando en sus constituciones democráticas la sumisión de la fuerza militar a los legítimos poderes del Estado.

Era inevitable relacionar lo que nuestros ojos observaban aquella mañana con otros momentos de la Historia más reciente. Como el aplastante poder de aquellos cazabombarderos de la Fuerza Aérea chilena que con su fuego contribuyeron a deponer al presidente democráticamente elegido por el pueblo, cuando desde el aire que señoreaban sin enemigo a la vista atacaron el Palacio presidencial santiaguino en septiembre de 1973. Naturalmente, son muchas más imágenes las que suscita la imponente presencia de los carros de combate, esos monstruos acorazados, ruidosos y letales, que en numerosas ocasiones han exhibido sus poderosas armas frente a los ciudadanos inermes, como ocurrió en Praga (1968), en Valencia (1981), en Tiannamen (1989) y en otros lugares.

No son imprescindibles los tanques, como intentó mostrar el golpista Tejero, para cambiar el rumbo político de un país. A veces, basta con la Infantería a pie. En octubre de 1981, durante un desfile militar y mientras los aviones trazaban en el aire los colores de la bandera egipcia, desde un vehículo militar que estaba desfilando en su honor descendieron los soldados que asesinaron a tiros al presidente de Egipto, Anuar el Sadat.

Esas penosas imágenes se disipan con una sensación de alivio y esperanza en esta España de 2010, cuyas Fuerzas Armadas han encontrado su lugar apropiado en el entramado de un Estado democrático y de derecho, y han abandonado la vieja y enraizada tendencia, que muchos conocimos y vivimos desde dentro, de erigirse en columna vertebral de la Nación, en vez de ser, como corresponde a la legitimidad política, el “brazo armado del Estado”. Tras un largo y difícil proceso, no exento de conflictos, los ejércitos españoles han dejado de ser temidos, no generan desconfianza en el pueblo que los sostiene y han asumido, con plena naturalidad, una amplia gama de misiones inimaginables años atrás.

Sin embargo, allí mismo, junto a las tropas de la parada, se observaban elementos de otros dos poderes que, no incluidos en la trilogía tradicional, están llegando a ser más temibles que lo que fueron los ejércitos de nuestro país en el pasado. Dos poderes que de hecho configuran el mundo de hoy y que con frecuencia obligan a plegarse a sus deseos a quienes ostentan el poder ejecutivo, el legislativo o el judicial, como observamos que ocurre en España y en muchos otros países.

Unos grandes edificios que jalonaban la carrera del desfile, coronados por las siglas de establecimientos bancarios y financieros, nos recordaban dónde reside parte de otro poder que influye decisivamente sobre los tres poderes habituales. No era el poder financiero de las entidades allí representadas, al fin y al cabo, acólitos de otro poder superior, cuyas decisiones se toman en Nueva York, Tokio, Londres o Frankfurt, y cada vez más en Singapur y otros centros financieros del Este asiático. Es el mismo poder que ha desencadenado la actual crisis económica (la que ha obligado a reducir el número de tropas participantes en el acto motivo de estas reflexiones), un poder que apenas admite intromisiones sobre sus métodos y designios, y del que depende la suerte de millones de ciudadanos en todo el mundo, que poco o nada podemos influir en él. Los que comprobamos que las libertades democráticas no nos dan para mucho más que para votar a nuestros dirigentes políticos, situados a un nivel que, visto desde Wall Street o desde la City londinense, es meramente insignificante, cuando no subordinado.

El otro poder al que me refiero era más visible: los medios de comunicación y la profusión de periodistas, cámaras e informadores. Montesquieu no lo previó, y en El espíritu de las leyes no pudo imaginar que la televisión llegaría a decidir quién haya de gobernar un país; que una presentadora de un vulgar programa popular pudiera aspirar a una candidatura política o que las encuestas se erigieran en textos sagrados sobre los que basar trascendentales decisiones políticas. Ni que el perfecto maquillaje de un candidato o el sudor de otro contribuyeran a decidir el sentido del voto de un ciudadano teóricamente libre, pero degenerado en simple consumidor de información. O que un alto cargo político temiera más al director de un periódico que a un golpista militar.

Así pues, querido lector, opine usted mismo: ¿dónde están los ocultos poderes que desde lejos rigen nuestras vidas? Evidentemente, no entre los cañones y los sables que el cielo de Madrid iluminó ese día.

Publicado en República de las ideas el 15 de octubre de 2010.

Escrito por: alberto_piris.2010/10/14 23:28:4.235000 GMT+2
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2010/10/07 23:54:50.685000 GMT+2

Asusta, que algo queda


En aquellos grises años del pasado, que para algunos (según Mayor Oreja) fueron época de “extraordinaria placidez”, había muchos españoles asustados. Tenían parientes asesinados o desaparecidos de los que no se podía hablar; habían militado en sindicatos o partidos políticos antes de la guerra que desencadenó la nueva situación; habían desarrollado ciertas actividades (escribir, leer… incluso pensar) que les calificaban oficialmente como “no adictos al Régimen”; eran vulnerables, en suma, ante las nuevas circunstancias y formas de vida de aquella España que “empezaba a amanecer” y un velado miedo impregnaba sus vidas.

En aquel ambiente se movía un curioso individuo, poseedor de un extraño sentido del humor. Apostaba con sus amigos a que, siempre que quisiera, podía saber lo que contenía la bolsa de cualquiera de las mujeres que salían del mercado. Para ello, vestido con el habitual juego de traje y corbata casi obligado en aquella época, abordaba a su objetivo con una frase fija -”Por favor, señora ¿me permite?”- a la vez que, con ademanes corteses pero sin andarse con contemplaciones, le abría la bolsa de la compra y comenzaba a hurgar en ella, mientras iniciaba un breve interrogatorio sobre su contenido: “Y ahí debajo ¿qué tiene? A ver, ¡enséñemelo! ¿Para qué ha comprado esto?”. Si la mujer, recuperada de su sorpresa, lo que pocas veces ocurría, se atrevía a esbozar una protesta -”Bueno, señor, y esto ¿a qué viene? si puede saberse…”-, el bromista respondía impertérrito: “Nada, señora, nada. Simple curiosidad, simple curiosidad”.

Esta broma hubiera sido imposible en cualquiera de los países democráticos de entonces, donde los ciudadanos conocían sus derechos y no aceptaban intromisiones fuera de la legalidad. En España, la guerra y la posguerra habían creado una sensación de miedo, inseguridad y sumisión a toda apariencia de poder, dominante en gran parte de la población, sobre todo la que no se sentía identificada con lo que se había dado en llamar “el nuevo Estado español”.

Años después, los ciudadanos de otros Estados, incluso del que se tiene como faro de la democracia y las libertades en todo el mundo, también están llegando a sufrir los efectos del miedo. El Departamento de Estado de EEUU difundió el domingo pasado una alerta general a todos sus ciudadanos contra previsibles ataques terroristas de Al Qaeda. Un pueblo que ya fue víctima del miedo tras los ataques terroristas del 11-S contra Washington y Nueva York y de las confusas amenazas posteriores producidas por los sobres portadores de ántrax, poco necesita para volver a sentirse asustado.

Más todavía, en cuanto que el aviso oficial, que intentaba ser previsor, solo ha conseguido alarmar más a quienes lo tomaron al pie de la letra. ¿Dónde tienen que moverse con precauciones los estadounidenses? Respuesta: en Europa. La vaguedad de esta alarma se intentaba concretar después: viajando en metro, en ferrocarril, buques, aviones o en cualquier instalación turística. Es decir: en cualquier parte. Y cuando un ciudadano escrupuloso intenta saber de qué modo ha de hacer caso a sus autoridades y cuál será la forma de protegerse del peligro tan vagamente anunciado, la respuesta que recibe es que “tenga cuidado con todo lo que le rodee y que adopte las apropiadas medidas de seguridad para protegerse cuando se está de viaje”.

Urgido a precisar algo más, uno de los subsecretarios de Estado afirmó que no pretendía que los norteamericanos dejasen de viajar sino que tomasen precauciones como “vigilar la presencia de bultos abandonados, ruidos intensos y abandonar el lugar en cuanto ‘algo empiece a pasar’(sic)”. Vamos, lo mismo que se puede escuchar por los altavoces de cualquier aeropuerto.

En resumidas cuentas, con el pretexto de que se ha detectado un peligro, las autoridades de EEUU han suministrado a sus ciudadanos una dosis especial de miedo, conscientes de que existe peligro terrorista en todas partes y que nada puede hacerse para evitarlo del todo. Con ello, aseguran, salvan su responsabilidad si llega a producirse algún atentado grave: “Necesitamos hacer todo lo posible para afrontar esta conspiración y proteger al pueblo americano”. Es casi seguro que con esa nueva alarma no protejan a nadie y sí asusten a muchos.

¿Conspiración? Veamos lo que se sabe de ella. El caso es que un ciudadano alemán de origen afgano fue apresado en Afganistán el pasado mes de julio. Había viajado desde Hamburgo al territorio pakistaní de Waziristán, donde recibió instrucción en el manejo de armas. A sus interrogadores declaró que había conocido allí a un alto dirigente de Al Qaeda, quien le dijo que Osama Ben Laden deseaba organizar algunos ataques en Europa. Para ese resultado no se necesita utilizar los complejos medios de los servicios de inteligencia más avanzados del mundo.

Pero la conclusión siempre es la misma. Tanto bajo un régimen dictatorial donde el poder es reverenciado, como en una democracia que se tiene por modelo, nunca está de más para los poderes públicos mantener a los ciudadanos en una cierta situación de miedo. Miedo al poder, miedo al terrorismo, miedo a un enemigo indefinido, miedo a la crisis económica y a sus consecuencias. Asusta, que algo queda: sumisión, supresión de la crítica, tendencia a la pasividad. Así siempre ha sido mucho más fácil gobernar.

Publicado en República de las ideas. el 8 de octubre de 2010

 

Escrito por: alberto_piris.2010/10/07 23:54:50.685000 GMT+2
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2010/10/05 22:46:28.719000 GMT+2

La ciencia señala el camino

Brian Cox es un científico británico, profesor universitario y especialista en física de partículas, muy conocido en el Reino Unido por su implicación en diversos medios de comunicación, esforzándose siempre por difundir del modo más claro posible los elementos científicos sobre los que investiga. Forma parte de esa polifacética vanguardia de científicos ingleses que a lo largo del tiempo ha ido abriendo camino a la ciencia entre los arraigados prejuicios sociales y religiosos que tantos obstáculos han interpuesto en su avance. Recordemos a Charles Darwin, Stephen Hawking o Richard Dawkins; y sin olvidar a otros que, como Cox, también han popularizado la ciencia, entre los que destaca el infatigable naturalista David Attenborough a través de la BBC, bien conocido por algunos telespectadores españoles.

En una reciente entrevista publicada en el semanario The Guardian Weekly, Cox aborda de modo indirecto el conflicto entre los descubrimientos científicos y algunas creencias religiosas, sociales o políticas que se oponen a ellos. Inicia su argumentación diciendo que, para poder partir desde una base indiscutible, hay que dejar bien establecidos desde el principio algunos datos básicos, ya bien comprobados. Es importante saber que el Universo comenzó su existencia hace unos 13.700 millones de años, y que nuestro Sol y nuestro sistema solar nacieron hace algo menos de 5.000 millones de años.

Considera también conveniente recordar que solamente en nuestra galaxia hay unos 200.000 millones de estrellas, y que se conoce la existencia de unos 100.000 millones de galaxias en el Universo. Este aluvión de abrumadoras cifras, difícilmente concebibles por la mente humana, es, sin embargo, el substrato sobre el que la ciencia va construyendo sus hipótesis. Causa asombro constatar que, desde nuestro pequeño rincón del Universo, la mente humana haya podido medir y cuantificar datos tan apabullantes, gracias al tesón de los investigadores y a los métodos científicos, elaborados y reafirmados al paso de los siglos.

Cox no pretende ridiculizar a quienes, interpretando literalmente algunos textos religiosos, trabajan con cifras y conceptos distintos, en abierta oposición a cualquier dato comprobable experimentalmente. Al preguntarle sobre los dilemas éticos que plantea hoy la ciencia, responde así: "Creo que uno de los principales retos para la comunidad científica es el modo de debatir con personas que argumentan desde opiniones legítimas, pero que se ha demostrado que son erróneas y potencialmente peligrosas".

Las principales religiones hoy dominantes nacieron en un mundo precientífico; Cox no alude a esto en su entrevista, pero es evidente que las religiones "del Libro" nacieron en los albores de la razón científica, entre pueblos incultos y periféricos respecto a lo que entonces era el mundo culturalmente más avanzado. De ahí que arrastren en la literalidad de sus textos elementos nefastos, como los que hacen que los Testigos de Jehová se nieguen a aceptar transfusiones de sangre, aunque peligre su vida. Otros se oponen a las vacunas y sabido es el rechazo que a lo largo de la Historia mostró la Iglesia ante cualquier teoría cosmogónica que no pusiese a la Tierra en el centro del Universo. También es conocida la errónea y peligrosa postura actual del Vaticano sobre la prevención del sida, esa plaga que hoy afecta a parte de la humanidad.

"La ciencia es muy clara en esos aspectos -asegura Cox- y es la mejor guía de que disponemos para hacer frente a los problemas globales. El dilema es cómo convencer a unas minorías muy ruidosas de que un planteamiento racional y científico no es una amenaza para sus creencias políticas o religiosas y que es el mejor modo de abordarlos".

Ocurre que a nadie le gusta ser tenido por irracional, y los que creen firmemente en la próxima llegada del Mesías o que el mundo se creó en seis contados días, descargan la irracionalidad de su pensamiento en la pretendida autoridad de un Ser supremo e imaginario, que dejó escritas para siempre las normas que regulan toda existencia. "Creyendo, no puedo equivocarme", exclamó en mala hora aquel que, con esa rotunda frase, creía destruir para siempre la posibilidad de una visión científica del universo y poner freno a cualquier progreso de la humanidad.

No se engañe el lector: la ciencia no es inocua. La ciencia nuclear produjo Hiroshima, la química aportó las cámaras de gas y otras ramas contaron con "doctores" tan monstruosos como Mengele o Vallejo-Nájera sénior. Pero las religiones han dado vida a la Inquisición, a la lapidación o a la Ley del Talión, ejemplos destacados de inhumanidad. Cualquier instrumento puede utilizarse al servicio de la maldad y la ciencia no es una excepción. Aunque la religión sea lo único capaz de hacer que una persona buena obre el mal, según dicho común.
 
En un mundo asediado por minorías fanáticas que hacen de la religión un instrumento de odio o de dominación, es necesario volver los ojos hacia la ciencia, no para hacer de ella una nueva religión que sustituya a las otras, sino para que de su contacto con la realidad objetiva de la que formamos parte, y de modo imparcial y neutro, nos provea de los instrumentos de juicio necesarios para ser capaces de mejorar las condiciones de la humanidad, aquí y ahora.

Publicado en CEIPAZ el 6 de octubre de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/10/05 22:46:28.719000 GMT+2
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2010/10/01 08:22:19.439000 GMT+2

EEUU y China: rumbo de colisión

En el Wall Street Journal del pasado 20 de julio, un destacado economista de la Agencia Internacional de la Energía declaraba que China había superado ya a EEUU como el principal consumidor de energía del mundo. Esto puede considerarse desde varios puntos de vista. Uno de ellos supondría que China todavía no ha alcanzado el alto nivel tecnológico de EEUU y, por ello, el rendimiento que obtiene por cada unidad de energía consumida es inferior al de la potencia americana. Dicho de otro modo, gasta más energía para obtener un mismo resultado, lo que por otra parte es usual en los países en vías de desarrollo.

Hay otro modo de interpretar ese dato, atribuyéndolo al continuado e imparable crecimiento de la potencia asiática que, incluso a pesar de sufrir los efectos de la crisis económica, sigue creciendo en torno a un 8 ó 9% anual, según datos recientes. Esta hipótesis se combinaría con las dificultades experimentadas por EEUU y la incertidumbre sobre la solidez y viabilidad de su recuperación económica.

Se escuchan a veces humorísticas suposiciones sobre lo que tardarían en desaparecer los bosques del planeta si todos los chinos utilizaran papel higiénico con la misma prodigalidad que el mundo desarrollado. Pero lo que no se puede ignorar es la demanda energética de la megapotencia asiática, capaz de seguir aumentando todavía de modo casi inconcebible, si se tiene en cuenta que más de un 40% de su población vive con menos de 2€ al día. De modo que ya no se trata del papel higiénico sino, por citar solo un ejemplo, del combustible de los vehículos que muchos millones de chinos adquirirán inevitablemente en los próximos decenios.

Pero la energía no es un producto más: es la base de la mayoría de las actividades del mundo en el que vivimos; su reparto y distribución entre los distintos países va a convertirse en el más crítico problema que tenga que afrontar la humanidad en el futuro inmediato. Por otra parte, las fuentes de energía elegidas por cada país son también un factor crucial en lo relativo al sostenimiento de las condiciones de vida de nuestro planeta. Utilizar carbón, petróleo, energía nuclear ordinaria, energías renovables o desarrollar la fusión nuclear (quizá la única fuente energética viable en el futuro), todo esto son problemas que afectan a la humanidad en su conjunto. Las decisiones que tome China para gestionar su futuro energético -ahora excesivamente basado en el contaminante carbón mineral- tendrán repercusiones que alcanzarán a todos los rincones del planeta.

Según estudios del Departamento de Energía de EEUU, el consumo de energía de China requerirá, dentro de 25 años, una capacidad adicional equivalente a toda la energía consumida por Europa y Oriente medio en 2007. No es difícil, por tanto, entender que una de las principales preocupaciones de los gobernantes de Pekín será prever el modo de disponer de los productos necesarios para atender a esa creciente demanda de energía.

Desde un punto de vista estratégico, una potencia como China no desea depender de suministros del exterior para tan importante suministro; por otro lado, al ser el carbón el principal producto autóctono, es de temer que las emisiones contaminantes de China crezcan considerablemente. Según datos del citado Departamento, en el año 2035 China encabezará la lista de países contaminantes. Como contrapartida, se estima que China va a convertirse en el país con mejor tecnología aplicada a las energías renovables, en especial a las turbinas eólicas y la energía solar, productos que ha empezado a exportar a EEUU, creando allí el temor de que supere y arruine la tecnología occidental en estos campos.

Por último, se observa que China está aprendiendo ya la tradicional política de EEUU de hacerse aliados en los países productores de petróleo, vendiéndoles armamento y contribuyendo a garantizar en cierto modo su seguridad. Son paradigma de esto las relaciones de EEUU con Arabia Saudí y otros Estados del Golfo Pérsico. China estrecha también lazos con Venezuela y no pierde de vista a otros países, como Arabia Saudí o Nigeria. En EEUU se estima que China se convertirá en el principal importador mundial de petróleo antes del año 2030. No es, pues, extraño imaginar un futuro en el que China y EEUU entren en rumbo de colisión, luchando por apoderarse de los limitados recursos energéticos del planeta. Mucho va a depender del modo como China plantee la forma de atender su creciente demanda energética en los próximos años.

Los problemas antes citados, por graves que sean sus consecuencias para el planeta, habrán de ser reconsiderados más adelante y aplicados a otros países cuyo inevitable crecimiento traerá serias repercusiones, de análoga naturaleza, para el resto de la humanidad, como son India, Brasil, Egipto, Nigeria, Indonesia, etc. Compleja es, pues, la tarea a la que se van a enfrentar los dirigentes del mundo, si antes éste no se desintegra como consecuencia de la irrefrenable metástasis de esa moderna enfermedad llamada capitalismo neoliberal especulativo, cuyos síntomas ya estamos empezando a sufrir.


Publicado en República de las ideas, el  1 de octubre de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/10/01 08:22:19.439000 GMT+2
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2010/09/24 09:17:37.503000 GMT+2

No lo pregunte, no lo cuente

Una de las políticas más hipócritas oficialmente adoptadas en el mundo, para discriminar los derechos de las personas que no son heterosexuales, es la que está actualmente en vigor en las Fuerzas Armadas de EEUU. Se la conoce mediante la frase Don’t ask, don’t tell, es decir, “no lo pregunte, no lo cuente”.

Su objetivo es doble: por un lado se trata de impedir a los mandos y autoridades militares que investiguen la condición sexual de sus subordinados y, por otro, se busca evitar que se alisten en los ejércitos personas que hayan mostrado de modo abierto ser homosexuales o bisexuales. La fórmula funciona así: la autoridad “no lo pregunta” y el militar “no lo cuenta”. De esta absurda manera ha resultado hasta el momento imposible solucionar de modo satisfactorio la cuestión de la presencia de homosexuales, lesbianas o bisexuales en los ejércitos.

La razón de esta antigua discriminación está explicada en los textos legales con el argumento de que “se crearía un peligro inaceptable para las altas exigencias de la moral, el orden y la disciplina, que constituyen la esencia de la actividad militar”, si se admitiese la presencia en los ejércitos de personas “que demostrasen propensión o deseo de implicarse en actos homosexuales”.

Expresada con otras palabras, y naturalmente por motivos distintos, se trata de la misma razón que impidió durante largo tiempo la incorporación de la mujer a los ejércitos en muchos países, incluido el de EEUU. En éste, además, un razonamiento análogo se utilizó en tiempos anteriores para mantener a los negros segregados dentro de las unidades militares, hasta que en 1948 -una vez que durante la 2ª Guerra Mundial los ciudadanos negros de EEUU demostraron que combatían y morían como si fueran blancos- el presidente Truman ordenó la integración total en las Fuerzas Armadas. Aunque hubo resistencias, la última unidad militar compuesta solo por soldados negros desapareció mediados los años 50.

Pero ocurre que en estos tiempos preelectorales, y de modo parecido a lo que vemos en el Parlamento español, en el Senado de EEUU se están padeciendo unos niveles de agrio enfrentamiento y cerrada oposición que hacen muy difícil que Obama pueda cumplir este año con su promesa electoral de eliminar la política de “no lo pregunte, no lo cuente”.

Esta dura oposición ha afectado también a un nuevo proyecto de ley presentado por el Pentágono, que además de lo anterior pretende suavizar algunas de las más nefastas consecuencias de la inmigración ilegal en EEUU, en relación con los jóvenes que, de niños, entraron en el país con sus padres y carecen de documentación legal. Se propone que ellos, una vez autorizado su alistamiento en las Fuerzas Armadas, puedan tener acceso a la educación superior y, tras un plazo prudencial, alcanzar incluso la plena ciudadanía.

Está claro que el proyecto no intenta solamente poner fin a la hipocresía de la situación actual y salir al paso de tan evidente discriminación y violación de los más elementales derechos humanos para un determinado sector de la población. Se trata también con él de aprovecharse de esa situación para aumentar los contingentes militares, que en vez de sufrir la sangría que supone la expulsión de los militares que violan la hipócrita política hoy en vigor (13.000 en los últimos seis años, según datos del International Herald Tribune) se vean beneficiados por esa nueva puerta que supone el reclutamiento de los jóvenes “sin papeles”.

No solo los senadores y los representantes van a quedar en evidencia ante la obstrucción prevista en el Congreso para evitar el debate de la citada ley antes del proceso electoral de noviembre. El conjunto del pueblo estadounidense será responsable de seguir manteniendo una discriminación injusta y disfrazada tras una fórmula cuya hipocresía no debería aceptar una sociedad que se cree en la vanguardia del mundo desarrollado.

Es verdad que el poder ejecutivo podría imponer de hecho la suspensión de esa práctica, simplemente negándose a expulsar de los ejércitos a los militares que no la respeten, o incluso basándose en algunas resoluciones judiciales que han dictaminado su posible inconstitucionalidad. Pero Obama, además de atender a sus promesas electorales, es consciente de que seguir manteniendo la política de “no lo pregunte, no lo cuente” es una burla para cualquier Estado donde el respeto a los derechos humanos forme parte de sus valores esenciales.

No se trata de recordar que muy destacadas e históricas figuras del Arte de la Guerra tuvieron una vida sexual que el ejército de EEUU hubiera rechazado. Se trata, en resumidas cuentas, de que los hechos respalden esa retórica que tan a menudo disfraza en EEUU una realidad inaceptable.

Publicado en República de las ideas, el 24 de septiembre de 2010.

Escrito por: alberto_piris.2010/09/24 09:17:37.503000 GMT+2
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2010/09/20 21:18:56.910000 GMT+2

El arte de lo posible y lo deseable

Se suele decir a menudo, para intentar justificar el olvido de algunas promesas electorales o el desvío de lo que es la base ideológica de los partidos políticos en su praxis cotidiana, que la política es el "arte de lo posible". Valga esto como excusa, pero no como explicación de lo que suele ser, con frecuencia, un modo más discreto y elegante de parodiar a Groucho Marx cuando decía: "Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros".

Si en la práctica política siempre se hubiera seguido esa fórmula que, al fin y al cabo, es un reflejo evidente de la ley del mínimo esfuerzo, los grupos humanos serían regidos todavía por monarcas ungidos por un dios inescrutable y lejano y controlados de cerca por chamanes religiosos, administradores de lo inefable, y jefes guerreros, investidos para ejercer la violencia.

Esto es así, porque limitarse a "lo posible" sin esforzarse denodadamente por "lo deseable", por lejano o utópico que esto parezca, es el modo más común de dejar las cosas como están. Y dejar las cosas como están es mantener las injusticias inherentes a las sociedades más primitivas, aquellas en las que la fuerza y la opresión -física o espiritual- fueron durante largo tiempo los instrumentos básicos de la acción política.

Al fin y al cabo, dejar las cosas como están tiene un nombre muy descriptivo: conservadurismo. No merece la pena recordar aquí que todos los avances que la humanidad ha ido consiguiendo y que le han permitido progresar y alcanzar cotas superiores de bienestar en muchos ámbitos de la sociedad, han sido logrados siempre con esfuerzo y sacrificio, al servicio de un ideal político y mediante el coste de innumerables vidas humanas. En todos esos casos fue el convencimiento de que había que saltar al otro lado de "lo posible" para conseguir "lo deseable": libertad, bienestar, igualdad... fraternidad, etc. 
 
Las medidas recientemente adoptadas por el presidente francés para deshacerse de la presencia de un grupo humano -los gitanos rumanos-, visto con desagrado por un amplio sector de la población, es un claro ejemplo de lo que aquí se está tratando. Una viñeta gráfica mostraba hace pocos días a Sarkozy explicando así sus medidas: "Expulsando a los gitanos haré que vote menos gente a Le Pen y así no gobernará la extrema derecha". Es el mismo principio de Groucho Marx, expresado con otras palabras.

La polémica que este asunto ha suscitado en Europa, rápidamente acallada en los órganos ejecutivos y legislativos de la UE, ha venido a mostrar que los elevados ideales con los que se modeló este conglomerado de países que se ponen en pie al escuchar el "Himno a la Alegría" con música de Beethoven, han sufrido un serio revés, del que tardarán mucho en reponerse, en aras a ese "arte de lo posible". Poca alegría se puede sentir al observar lo que está sucediendo ahora en nuestra Europa.

Pero el peligro más inminente que se desprende de todo esto es el auge del populismo demagógico, tanto en la izquierda como en la derecha. Ya no se trata de formar políticamente al pueblo, antiguo ideal del socialismo más igualitario, como incluso prescribe nuestra Constitución al establecer que los partidos políticos deben contribuir "a la formación y manifestación de la voluntad popular". El populismo es justamente lo contrario: se trata de detectar cuáles son los aspectos que suscitan mayor irritación entre la gente, para explotarlos electoralmente. 
 
Bien es verdad, que en ese mismo artículo de nuestra Carta Magna se exige a los partidos que su "estructura interna  y su funcionamiento deberán ser democráticos", lo que está bien alejado de la realidad en la España de hoy. En último término, esto es una muestra más de que entre la Constitución y la realidad cotidiana de nuestro país hay un creciente vacío que parece no importar a casi nadie.
 
En este inestable ambiente de crisis económica que nos ha tocado vivir, los Gobiernos están tan preocupados por superar los graves obstáculos que ha generado el codicioso e incontrolado sistema financiero internacional, que olvidan a menudo los programas electorales que les llevaron al poder. La peor consecuencia que de ello puede derivarse es el descrédito de la democracia y de la política en general.
 
Si el pragmatismo que parece necesario para capear tan duro temporal puede hacer que el "arte de lo posible" sea el instrumento a corto plazo, nunca se podrá dejar de lado la imprescindible aspiración a "lo deseable", que es lo que, a la larga, es capaz de movilizar los más nobles recursos de los seres humanos basados en la solidaridad y el apoyo a los más desfavorecidos y menos poderosos.

Publicado en CEIPAZ el  19 de septiembre de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/09/20 21:18:56.910000 GMT+2
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2010/09/16 23:31:28.249000 GMT+2

Cara y cruz de la guerra

Un nuevo libro sobre la guerra, escrito por un periodista que en varias ocasiones acompañó en sus misiones de combate en Afganistán a una Sección de la 173ª Brigada Paracaidista del Ejército de EEUU, ha venido a engrosar la amplia lista de textos bélicos iniciada por el mítico Homero cuando decidió dejar constancia para el futuro de las vicisitudes político-militares del sitio de Troya.

En War, Sebastian Junger no solo describe con agilidad y perspicacia todo lo que rodea al combate, desde la perspectiva de un observador que hasta entonces nada sabía de la guerra y de todo lo que ésta implica, sino que utiliza sus conocimientos en otros campos de las ciencias humanas para penetrar en el interior de la mente de los soldados y explicar qué es lo que pasa por ella en los momentos más decisivos.

Algunas cosas de las que se sorprende son obvias para todos los que han conocido la experiencia del combate real o los que lo han analizado desde muchos puntos de vista a lo largo de los siglos, sobre todo después de que el mundo asistiera horrorizado a aquella carnicería bélica que fue la Primera Guerra Mundial, a partir de la cual se multiplicaron extraordinariamente los textos narrativos y analíticos sobre el fenómeno social de la guerra.

Nada nuevo descubre el autor al señalar que, en casi todas las guerras, los soldados no luchan hasta la muerte por una bandera, por una idea o por algún otro símbolo. Ni siquiera por la Patria. El compañerismo, la abnegación y la entrega de la vida se subliman, sobre todo, hacia el compañero. Por el que combate a su lado. La esencia de la formación básica del combatiente la expresa acertadamente Junger cuando escribe que las decisiones personales que en cada momento ha de tomar un guerrero, a veces con urgencia y casi siempre bajo la presión de la muerte, “no se basan en lo que es mejor para él sino en lo que es mejor para el grupo. Porque si todos actúan así, el grupo sobrevivirá; si no, muchos morirán”. Y remacha: “Esto, en esencia, es el combate”.

Un hecho de armas narrado de pasada en ese libro ha causado ahora cierto revuelo en EEUU, cuando la Casa Blanca decidió la pasada semana conceder la Medalla de Honor a un soldado -hoy sargento- que en 2007 puso en gravísimo riesgo su vida para salvar la de sus compañeros durante una violenta emboscada en tierras afganas. Es la primera medalla de esta categoría -la máxima condecoración militar en EEUU- concedida a un soldado vivo desde la guerra de Vietnam. La confirmación de la concesión habrá de pasar por un largo trámite de revisión de todas las circunstancias del hecho, que puede retrasarla bastante tiempo. Pero el sargento Salvatore Giunta ha pasado a ser considerado hoy como uno de esos mitos de heroísmo militar, tan necesarios para el pueblo de EEUU.

Junger también advierte una paradoja de la guerra: el compañerismo impide que ésta se convierta en un salvajismo total, pero esa sensación de hermandad, esa fuerte idea de protección grupal que suscita, pueden convertir en salvajes a los hombres o hacer que actúen como tales. A poco de publicarse el libro en cuestión, una terrible noticia ha venido a confirmar esa hipótesis. Doce soldados del Ejército de EEUU han sido procesados por constituir o encubrir lo que el juez instructor denominó un “equipo asesino”, un grupo de soldados que mataban afganos al azar y por pura diversión y guardaban sus dedos como trofeos de guerra.

Es estremecedor leer en el documento de acusación la brutalidad con la que estos soldados actuaban y cómo el compañerismo se puede pervertir hasta convertirse en delincuencia. El asunto se descubrió el pasado mes de mayo, como consecuencia de una brutal paliza que había recibido un soldado que denunció a sus superiores el uso de hachís y alcohol de contrabando por algunos de sus compañeros en los dormitorios que compartían. Por compañerismo -declaró- se había mantenido en silencio durante algún tiempo, antes de cursar el parte, pero la brutalidad y las amenazas de sus compañeros aumentaron, lo que motivó su denuncia. Ésta fue la que permitió descubrir la existencia del citado equipo asesino, que había matado hasta entonces a tres afganos, solo por entretenimiento.

Se ha sabido que el sargento principal responsable de los hechos, que había estado alardeando ante sus soldados de las barbaridades que anteriormente había realizado en Iraq, sondeó a los componentes del pelotón a su mando sugiriéndoles “lo fácil que sería tirar una granada contra alguien y matarlo”. Eso hicieron en tres ocasiones. En una de ellas, además, depositaron un kalashnikov junto al cadáver para justificar el asesinato.

Así es la guerra. Entre la desinteresada abnegación y el más vil asesinato, cabe todo un espectro de actividades humanas capaces de enaltecer a unos y denigrar a otros. Al regresar a casa, concluida la guerra, unos llevarán consigo las semillas del odio y la violencia, pero pocos de los que ejercieron la abnegación habrán sobrevivido para poder contarlo.

Publicado en República de las ideas, el 17 de septiembre de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/09/16 23:31:28.249000 GMT+2
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