2010/12/17 08:47:0.435000 GMT+1
Que las filtraciones de WikiLeaks traerían consigo complejos y sorprendentes efectos en terrenos insospechados, era algo más que presumible desde que vieron la luz los primeros documentos. Esto se confirma sin más que ojear las páginas de los principales diarios del mundo, no solo las de los cinco privilegiados que recibieron el regalo de esta primicia.
Algunas de esas consecuencias han alcanzado, por ejemplo, a los miembros de la Fuerza Aérea de EEUU. Cuando la pasada semana alguno de ellos, desde el ordenador de su mesa de trabajo, intentó leer la página web de uno de los diarios antes citados, una ominosa ventana se abrió en la pantalla: “Acceso denegado: el uso de Internet está siendo registrado y analizado”. La cosa puede impresionar algo, pero no es para tanto, como enseguida se verá.
Observado desde fuera, parece una medida inútil, puesto que cualquier persona interesada en leer esos documentos puede hacerlo desde su ordenador doméstico o yendo al quiosco de periódicos. Sin embargo, hay que saber que el origen de todo esto se halla en el elaborado sistema de manejo de la información clasificada que rige en el seno de las Fuerzas Armadas de EEUU, un asunto muy complejo que obliga a conocer y cumplir a rajatabla muy variados requisitos regulados por los reglamentos correspondientes.
Los militares españoles que a mediados del pasado siglo empezamos a viajar a EEUU para realizar cursos en sus bases militares tuvimos que aprender dónde y cómo guardar los documentos que se nos entregaban, pues no era lo mismo utilizar un cajón con llave, un archivador oficial o una caja fuerte, en función del grado de clasificación de cada uno: confidencial, restringido, secreto, etc.
Lo que nos pasaba al principio es que nosotros procedíamos de otro mundo. Poco tiempo antes, a principios de los años cuarenta, en una guarnición militar del norte de España, el coronel de un regimiento, al preguntársele dónde convendría guardar los planos de la defensa de un cierto sector de los Pirineos (cuando el curso la 2ª Guerra Mundial no estaba todavía bien decidido), contestó con esta frase histórica: “Déjenlos ahí, en lo alto de ese armario, porque ahí nadie mira nunca”. Tras una respetuosa objeción del jefe de la Plana Mayor, aceptó meterlos dentro del armario de su despacho que, naturalmente, carecía de cualquier llave y solo contenía su pistola reglamentaria, las escalillas del arma -en las que analizaba cuidadosamente sus posibilidades de ascenso- y algunos otros efectos personales. Ciertos compañeros, al parecer más enterados, le habían comentado que “en el Ministerio” los papeles secretos se guardaban en unos túneles que nadie había visitado jamás; pero como en aquel cuartel el único túnel conocido correspondía a una salida del alcantarillado, el procedimiento no parecía utilizable.
Volviendo al caso de EEUU, conviene saber que el militar que lea documentos clasificados en fuentes no autorizadas puede ser castigado por ello. Una agencia de la Casa Blanca se encargó de recordarlo la pasada semana: “La información clasificada, sea o no difundida en páginas web o revelada a los medios, sigue siendo clasificada y por tanto debe ser manejada como tal hasta que se desclasifique oficialmente”.
Se presta a ciertas consideraciones irónicas el hecho de que, en el caso de WikiLeaks aquí comentado, solo se autoriza a leer la información clasificada a ciertas personas, que son quienes habrán de juzgar si puede o no ser leída libremente por los demás. Los que sufrimos el sistema de censura cinematográfica de los años de la dictadura recordamos a aquellos religiosos y altos cargos del régimen que podían regocijarse contemplando las escabrosas escenas de ciertas películas que luego eran vedadas al público en general. Algo parecido ocurría con la censura de libros y otras publicaciones.
Si se tiene en cuenta que, a pesar de tanto cuidado en la protección de la información clasificada, en una previa filtración de WikiLeaks quedaron al descubierto muy críticas y reprobables actividades militares en Irak, habrá que pensar que el sistema de protección de documentos en su conjunto no parece ser digno de mucho crédito. Para obtener ese tipo de resultados bastaba con haber guardado los documentos secretos encima del armario del despacho del coronel.
Desde la Federación de científicos americanos, aunque no se apoya esta elemental solución, un especialista en control de secretos ha emitido también su opinión al referirse a las nuevas medidas de control: “Se trata de una política fracasada, que dejará a algunos funcionarios del Gobierno menos informados de lo que deberían estar”. Tan sorprendente declaración parece insinuar que habría de ser a través de WikiLeaks como esos funcionarios alcanzarían el nivel de conocimientos apropiado para su función. Habrá que dar gracias al ya famoso Assange, no solo por reavivar la mortecina libertad de información en nuestras adormecidas democracias, sino también por proporcionarnos motivos de entretenimiento mejores que muchos tebeos.
Publicado en República de las ideas, el 17 de diciembre de 2010
Escrito por: alberto_piris.2010/12/17 08:47:0.435000 GMT+1
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2010/12/10 09:02:10.514000 GMT+1
El mal llamado proceso de paz en Oriente Próximo vuelve a estar en punto muerto. En realidad, en muy pocas ocasiones ha estado vivo. Esta vez, la paralización se debe al anuncio hecho público en Washington por el Departamento de Estado, el martes pasado, de que el Gobierno de Obama "había abandonado los esfuerzos para persuadir a Israel de que renovara la congelación de su programa de asentamientos". En el mismo comunicado se hacía ver que "esto no significa el final de los esfuerzos de EEUU", aunque salta a la vista que esta vergonzante coletilla no es capaz de aportar ya un mínimo de esperanza.
Lo primero que se advierte es cierta hipocresía en la declaración estadounidense. ¿Quién puede creer que EEUU sea verdaderamente incapaz de ejercer sobre Israel la presión suficiente para que atienda a sus requerimientos? Bastaría con que insinuara al Gobierno de Netanyahu que, ya que él no congelaba la construcción de nuevos asentamientos durante los pocos meses que a juicio de Obama eran necesarios para entablar nuevas conversaciones, EEUU congelaría las ingentes aportaciones de ayuda económica, militar, industrial, comercial, diplomática, etc. gracias a las que Israel se permite hacer de su capa un sayo, ignorar sistemáticamente las resoluciones de la ONU y consumar, poco a poco, la destrucción del pueblo palestino mediante una política basada en la ocupación y fragmentación de sus tierras, la humillación de sus gentes y su paulatina asfixia económica, política y social.
La heterogénea coalición que gobierna Israel, a la que los halcones de la extrema derecha amenazan con abandonar en cuanto algo no les satisface, ni siquiera ha aceptado la "zanahoria" que Obama ofreció en forma de veinte cazabombarderos F-35, de los llamados "invisibles", y ha decidido hacer oídos sordos a sus requerimientos. De paso, no está de más considerar si los cazabombarderos resuelven los problemas que afronta Israel, o si ayudan mejor a aliviar los que pueda sufrir la industria aerospacial de EEUU en estos tiempos de crisis económica.
Desde 1967 hasta hoy, Israel ha venido incrustando nuevos asentamientos ilegales en el seno de la Cisjordania palestina, instalando cerca de medio millón de habitantes judíos en más de 120 colonias. De ese modo, el territorio sobre el que habría de asentarse el futuro Estado palestino ha quedado reducido a un mosaico disperso de fragmentos territoriales aislados entre sí, con los que la sola idea de poder constituir una entidad estatal viable resulta inconcebible. Además de esto, existe una amplia franja, paralela al río Jordán y al mar Muerto, prohibida al pueblo palestino, que unida a la proliferación de asentamientos en torno a Jerusalén rompe la contigüidad terrestre entre los dos fragmentos en que queda dividida Cisjordania, al norte y al sur de la capital.
Esta evolución de los acontecimientos parece confirmar las sospechas de que las promesas de Obama para avanzar en las conversaciones de paz obedecían más a sus necesidades electorales en los comicios de noviembre pasado que a una verdadera voluntad de reforzar las vías que conduzcan hacia la paz.
¿Qué puede ocurrir ahora? Los más pesimistas opinan que todo volverá al punto anterior: cohetes lanzados contra Israel y aumento en la represión violenta del pueblo palestino. La esperanza de una solución basada en dos Estados independientes se esfuma. Y el ánimo de los más optimistas nos recuerda la situación en que se hallaban los gobernantes de la República Española a principios de 1939, cuando ya solo esperaban su salvación en la posibilidad de que estallase la guerra en Europa entre los fascismos y las democracias. Son cada vez más los que piensan que solo una guerra abierta, que implique a Irán, a algunas potencias occidentales y a ciertos países de esta zona, podría cambiar radicalmente el curso de los acontecimientos. Ningún gobernante sensato, oriental u occidental, puede desear tal tipo de solución. Lo que viene a corroborar la gravedad de la parálisis a la que se ha llegado.
Desde el interior de Israel y en vastos círculos palestinos se sospecha también que el enorme peso que tienen en EEUU los grupos de presión judíos, unido a los beneficios que obtienen los fabricantes de armamento en los países aliados de Oriente Medio, impedirá alcanzar una solución a este problema. Desde Arabia Saudí hasta los emiratos del Golfo, un sostenido desequilibrio militar es la mejor propaganda para quienes construyen y venden cazabombarderos, carros de combate o cualquier otro instrumento de la panoplia bélica. ¿Qué harían después, si en esta región estallara una paz tan poco favorecedora para sus intereses?
En todo caso, lo que estamos presenciando es, una vez más, una sucesión de acontecimientos y decisiones políticas que, en último término, acabarán arrastrando inexorablemente al pueblo palestino al basurero de la Historia, donde hará causa común con otros pueblos que ya le han precedido en este ignominioso camino.
Publicado en República de las ideas el 10 de diciembre de 2010.
Escrito por: alberto_piris.2010/12/10 09:02:10.514000 GMT+1
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2010/12/06 22:01:17.487000 GMT+1
En una viñeta de El Roto, publicada en el diario El País el pasado mes de enero, se leía sobre el frontispicio de un negro portón, ante el que hacía guardia un sombrío y amenazador vigilante uniformado, la siguiente inscripción: "Por su propia seguridad, permanezcan asustados", remedando en cierto modo los repetidos avisos tan escuchados en aeropuertos y estaciones.
Era una brillante manera de vincular estrechamente, de modo gráfico, dos conceptos que vienen configurando las inquietudes de gran parte de la humanidad: el miedo y la seguridad. Dos conceptos a cual más borroso e indefinido, y que, por esa misma razón, se convierten en útiles instrumentos para manipular a las personas, cuando se idealiza la seguridad como una aspiración absoluta y se recurre al miedo para abdicar de la propia dignidad humana, aceptar humillaciones y renunciar a los más elementales derechos.
Ni siquiera en los momentos más inquietantes de la pasada Guerra Fría, cuando algunos paranoicos individuos construían refugios antiatómicos en sus jardines y los habituales agoreros de las catástrofes hacían su agosto anticipando el apocalipsis nuclear, ha estado la humanidad tan asustada como ahora y tan dispuesta a aceptar lo inaceptable en aras a disfrutar de una imaginaria seguridad.
Siendo muy amplio el espectro de los efectos producidos por el miedo y afectando a muy diversas facetas de las actividades humanas, merece la pena detenerse un poco sobre una de ellas, que ha suscitado recientemente amplias protestas: el control de los viajeros de las líneas aéreas.
Cuando un pasajero estadounidense, indignado por el vergonzoso trato recibido en un aeropuerto de su país, protestó airadamente, el agente de la Transportation Security Administration (TSA) que lo cacheaba sin contemplaciones le advirtió: "Al comprar su billete de avión usted está renunciando a muchos de sus derechos".
Este suceso se cita en el texto de un proyecto de ley que, para llamar la atención sobre los exagerados extremos a los que se está llegando en lo relativo a la seguridad en la aviación comercial, ha presentado un congresista del partido republicano, Ron Paul. Con él trata de "proteger a los americanos (sic) del abuso físico y emocional causado por los agentes de la TSA que efectúan controles en los aeropuertos nacionales". Para justificarlo, recuerda que "hemos leído los casos de americanos sometidos a humillantes máquinas de imagen corporal o forzados a ser manoseados y palpados en las partes más íntimas de su cuerpo".
Tras afirmar rotundamente que los ciudadanos jamás deberían abdicar de sus derechos para poder viajar en avión, comparaba los derechos garantizados por la Constitución de EEUU, que son "inalienables", con los de la antigua Constitución Soviética, que podían ser anulados en cualquier momento a capricho del Gobierno.
Es interesante leer el final del texto presentado al Congreso: "Mi legislación es sencilla. Los registros de seguridad en los aeropuertos no están por encima de ninguna legislación de EEUU que regule el contacto físico con otras personas, la captación de imágenes o el daño que pueden causar los aparatos emisores de radiaciones". Terminaba así: "Imaginemos que las elites políticas de nuestro país hubieran de sufrir en los aeropuertos las mismas vicisitudes que los que viajan por negocios, por asuntos familiares y todos lo demás. Quizá este problema se resolviera si cada miembro del Gobierno o del Congreso o de otras instancias de la administración de Obama tuvieran que ser sometidos a los mismos degradantes procedimientos de registro que sufren los ciudadanos que pagan sus sueldos".
Al ser preguntada Hillary Clinton hace unos días sobre los citados registros y cacheos afirmó que a ella no le gustaría sufrirlos, si pudiera evitarlo: "¿A quién le gusta eso?", añadió. Pero declaró que esas medidas "ofensivas" eran importantes para la seguridad. Naturalmente, según se comenta en la prensa estadounidense, la Secretaria de Estado casi nunca ha tenido que atravesar descalza un arco detector de metales, estirar los brazos para ser explorada por un detector de explosivos o analizada por una cámara de revisión corporal, ya que desde 1992, como esposa del entonces presidente, viene disponiendo de la protección especial de los servicios secretos.
La indignación que el congresista muestra en su propuesta legislativa no se extiende a la mayoría de la sociedad estadounidense que, según recientes encuestas, acepta con gusto las molestias que implican los cada vez más exigentes controles previos a embarcar en una aeronave. Lo mismo, aunque a menor escala, se advierte en la opinión pública europea. Nos han hecho creer que cacheándonos, privándonos del cinturón, haciéndonos extraer los ordenadores de los maletines mientras observan cansinamente en una pantalla el contenido de éstos, viajamos plenamente seguros. Saben que la plena seguridad es inalcanzable; pero nuestro miedo les ayuda a engañarnos.
Publicado en CEIPAZ el 6 de diciembre de 2010
Escrito por: alberto_piris.2010/12/06 22:01:17.487000 GMT+1
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2010/12/02 22:42:28.363000 GMT+1
En mis breves años trabajando en el servicio diplomático español, como Agregado de Defensa a una embajada en Europa, tuve ocasión de observar algunos aspectos del funcionamiento interno de la diplomacia y aprender bastantes cosas sobre esta especial actividad, que algunos consideran una de las artes políticas más antiguas del mundo y para otros no es sino un instrumento más al servicio del Estado.
La polémica ahora suscitada por la difusión de numerosos documentos diplomáticos elaborados por el servicio exterior de Estados Unidos, me ha llevado a recordar una anécdota que puede ilustrar esta cuestión. Recién llegado a la capital europea sede de mi nuevo trabajo, hube de realizar una visita privada al embajador, antes de que tuviera lugar el acto formal de presentación e incorporación a mi nuevo destino de jefe de la Agregaduría. Me recibió el embajador en su residencia, en una de las raras noches en que no era requerido por actividades sociales de representación, y no es fácil que olvide las circunstancias en que se produjo la entrevista.
Al entrar en su salón privado, y antes de que se levantara para darme una afectuosa bienvenida, advertí asombrado que quien iba a ser mi jefe de misión, sentado en una butaca, tenía ante sí una montaña de periódicos que consultaba con detenimiento. Pero, a la vez, frente a él, un televisor transmitía un noticiero internacional y en una mesita contigua una radio portátil tenía sintonizada una emisora que difundía un boletín informativo. Junto a los periódicos, observé una pila de documentos oficiales -que discretamente él ocultó a mi mirada cuando me acerqué- que probablemente esperaban ser examinados personalmente por el embajador.
Alguien pudiera pensar que se trataba -como así era en realidad- de una persona con gran capacidad de trabajo, poca predisposición a delegar tareas en los demás y gran sentido de la responsabilidad. De cualquier modo, la imagen gráfica que dejó grabada en mi memoria la escena vivida sirve para describir exactamente una de las misiones principales de cualquier diplomático: enterarse de lo que sucede en el país o en el área internacional de su incumbencia.
Bien es verdad que, dentro de los muros de la misma embajada o fuera de ellos bajo diversos disfraces, suelen convivir con el personal puramente diplomático otros expertos en información clandestina que también se enteran de asuntos fuera del alcance de la diplomacia oficial. La amalgama, a veces delicada pero siempre inevitable, entre los diplomáticos y los espías, tiene como función esencial la obtención de información.
Información que debe ser puesta a disposición del Gobierno para que, una vez analizada, contrastada con otras de distinto origen y fiabilidad, y en función de los intereses del Estado, se adopten las decisiones convenientes por los órganos responsables en cada caso.
Pues esto, y nada más que esto, es lo que revelan los documentos difundidos por WikiLeaks. Un mero examen de lo publicado hasta ahora hace ver, sobre todo, que el servicio exterior de EEUU funciona con gran intensidad y eficacia y sin muchas barreras que lo obstaculicen. Sus funcionarios están haciendo aquello para lo que todos los diplomáticos del mundo han sido preparados y por lo que se les suele pagar con generosidad. Nadie puede ser tan ingenuo como para creer que el éxito de una embajada consiste en sus cenas, bailes y recepciones o en sus actividades benéficas en la “fiesta de la banderita“.
Se entiende que la jefa de la diplomacia estadounidense haya puesto el grito en el cielo y se lamente de las molestias que la indiscreción de WikiLeaks va a causar a algunos de sus subordinados, por más que éstos se hayan limitado a actuar como tenían ordenado. Más comprensible es la sensación de bochorno de quienes aparecen citados en los “cables” (tradicional expresión diplomática) cediendo de modo poco honroso a presiones foráneas o colaborando a ellas con entusiasmo, por mucho que tuvieran razones para hacerlo. O de quienes ven al descubierto sus engaños o sus dobles discursos, con una versión para el público local y otra, muy distinta, para la realidad internacional.
Tampoco se salva de la ignominia la prensa escrita mundial, ni los grandes diarios de relumbre que han tenido el dudoso honor de ser seleccionados por WikiLeaks para recibir la primicia. Aunque esta fuga de documentos sensibles sirva también para poner en evidencia la falta de seguridad de algunas redes diplomáticas, deja al descubierto la deprimente constatación de que los principales medios de información, incapaces de obtenerla por su cuenta, acaban dependiendo de una página web, al parecer australiana, contra cuyo fundador y director van a dispararse ahora dardos y venablos, porque nada hay que incite más a la venganza de los poderosos que la vergüenza de quedar al descubierto en sus puntos más débiles. En esos casos prefieren matar al mensajero que averiguar los motivos del mensaje.
Publicado en República de las ideas, el 3 de diciembre de 2010
Escrito por: alberto_piris.2010/12/02 22:42:28.363000 GMT+1
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2010/11/26 09:12:51.141000 GMT+1
Mucho se ha celebrado el hecho de que en el nuevo concepto estratégico de la OTAN, aprobado en Lisboa el pasado fin de semana, se haya hecho constar que “la OTAN no es una amenaza para Rusia”. Hay que reconocer que, tras el enfriamiento de relaciones entre ambas partes, producido por la guerra ruso-georgiana del verano de 2008, la presencia activa de Medvédev en esa conferencia y su positiva voluntad de cooperación con la Alianza en varios aspectos (facilidades logísticas para apoyar la guerra de Afganistán, defensa combinada antimisiles, acuerdos compartidos para afrontar otras amenazas misceláneas) ha mostrado claramente un cambio de talante en las relaciones entre la OTAN y Moscú.
Pero no conviene olvidar que, aunque no con el eco ahora obtenido en los medios de comunicación ni con tanta necesidad de mostrar un esfuerzo común para rebajar tensiones, no es la primera vez que esto sucede. Tanto Yeltsin como Putin fueron acogidos varias veces por la OTAN, con la que firmaron acuerdos y establecieron órganos de coordinación que luego fueron cayendo en el olvido y la inoperancia. Además, al menos en dos ocasiones, el fragor de las armas en tierras europeas reavivó el recelo mutuo y produjo un notable enfriamiento: cuando la OTAN bombardeó Serbia en 1999 y con motivo de la ya citada guerra de apoyo ruso a las repúblicas secesionistas georgianas de Abjasia y Osetia del Sur. Esto, sin olvidar la cumbre de la OTAN en Bucarest en 2008, donde se abrió la caja de Pandora al poner sobre el tapete la ampliación de la OTAN a Georgia y Ucrania, lo que encrespó a los dirigentes rusos.
Hay razones que inclinan a pensar que el nuevo entendimiento confirmado en Lisboa puede resultar más duradero que sus antecesores, pues a ambas partes interesa que así sea. Obama quiere reafirmar su voluntad de reiniciar desde cero las relaciones entre Washington y Moscú, como prometió en su campaña electoral, ahora que, en posición más débil en el Congreso y con serias dificultades para sacar adelante otras promesas, necesita recuperar credibilidad ante su pueblo y mostrarle que todavía sostiene firme el timón de la nación.
Por otra parte, aunque algunos comentaristas rusos han reprochado a Medvédev una cierta debilidad en la conferencia, es muy posible que su expresa voluntad de concordia responda a un deseo de marcar distancias con su primer ministro, Putin, en la idea de que en las elecciones presidenciales de 2012 el voto ciudadano se incline favorablemente hacia el candidato que muestre más habilidad para relacionarse positivamente con EEUU, la OTAN y Europa, alejándose de las posturas extremas del nacionalismo más radical e involucionista.
Debido a la voluntad de ambas partes para sacar adelante la conferencia y marcar un “hito” en la historia de la OTAN -como han repetido hasta la saciedad muchos participantes-, se han eludido ciertas cuestiones pendientes sobre las que se ha pasado de puntillas. Aunque esto es común en las conferencias en las que todas las partes implicadas desean alcanzar un éxito resonante, en este caso concreto hay un aspecto bastante llamativo: se ha ignorado el hecho de que en la doctrina estratégica rusa, aprobada este mismo año, se incluya a la OTAN como una de las principales amenazas militares, definida como “la voluntad de dotar a las fuerzas de la OTAN de unas funciones globales que son ejecutadas violando las normas de la legislación internacional, y la de desplazar hacia las fronteras de la Federación Rusa la infraestructura militar de los países de la OTAN, incluso ampliando el bloque”.
Nadie en la conferencia exigió a Medvédev que aclarase este punto, y en su lugar se prefirió tratar de esas otras amenazas misceláneas, arriba citadas, capaces de afectar a ambas partes y frente a las cuales es fácil alcanzar acuerdos: terrorismo, crimen organizado, ciberguerra, piratería naval, etc. Tampoco se aclaró suficientemente el funcionamiento combinado de los sistemas de defensa antimisiles ruso y otánico, que presenta peliagudos aspectos en lo relativo a precisar quiénes serán los enemigos contra los que hay que protegerse y las condiciones en que haya de activarse dicha defensa.
También conviene tener en cuenta que, aunque la OTAN ya no considere a Rusia una amenaza, sí lo sigue siendo para algunos miembros de la Alianza. Bastantes recelos habrán de ser superados en Polonia y en las repúblicas bálticas, por citar solo los casos más evidentes. En Lisboa tampoco se ha aludido a ningún plan de ampliación de la OTAN, lo que podría dar al traste con los acuerdos alcanzados.
Aunque muchas son todavía las sombras que no han sido iluminadas por la conferencia de Lisboa, hay que convenir en que, en líneas generales, ha representado cierto avance en una dirección que puede beneficiar la estabilidad del continente europeo. Bastantes pasos más habrán de darse todavía hasta que las ventajas sean ostensibles para todos.
Publicado en República de las ideas, el 26 de noviembre de 2010
Escrito por: alberto_piris.2010/11/26 09:12:51.141000 GMT+1
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2010/11/22 18:23:9.636000 GMT+1
Casi todos los asuntos tratados en la conferencia de la OTAN a nivel de jefes de Estado y de Gobierno, que se ha celebrado en Lisboa el pasado fin de semana, fueron ya objeto de análisis anticipado en el Anuario de CEIPAZ 2010-2011 ("La OTAN y su papel en la seguridad internacional", pág. 213 y ss), al que se remite a los lectores interesados en profundizar sobre esta cuestión.
Era de esperar una decisión conjunta para establecer plazos y fechas en lo que atañe al papel de la OTAN en el conflicto afgano. A causa de la creciente impopularidad de esta guerra, cabe afirmar que éste ha sido el problema más urgente que ha provocado la reunión, calificada por el Secretario General de la OTAN como "una de las cumbres más importantes en la historia de la Alianza". Se ha alcanzado un acuerdo teórico de retirada gradual de las tropas, que ha satisfecho a los participantes pero que, forzosamente condicionado por la "situación real sobre el terreno", sigue siendo una variable de muy difícil definición, porque la situación no depende solo de EEUU y la OTAN sino de muchos otros actores de impredecibles decisiones.
Sobre la mesa de los dirigentes allí reunidos se plantearon otras importantes cuestiones. Más sonoridad y énfasis, y ciertas repercusiones en las misiones futuras de la Alianza, tiene el llamado "Nuevo concepto estratégico", aprobado por unanimidad, con el que, al fin y al cabo, solo se pretende insuflar nueva vida en una organización militar defensiva que perdió al enemigo para el que fue creada. También se trata de reducir costes superfluos, reestructurar una desmedida burocracia y adaptar la Alianza a las condiciones del presente, muy distintas, cuando no contrarias, a las de la época en que se fundó.
Si la participación en la cumbre del presidente afgano obedeció a lo antes señalado (la necesidad de ver una luz al final del túnel y satisfacer a unas opiniones públicas que dan muchos signos de cansancio), mucho más significativa -y casi revolucionaria en la historia de la OTAN- ha sido la presencia, activa y participante y no simplemente observadora, del presidente ruso. No ha obedecido solo a las facilidades que viene ofreciendo Rusia a las operaciones afganas, en lo relativo a las líneas de aprovisionamiento logístico, sino a la expresa voluntad de Obama de establecer mejores relaciones con Moscú. También se ha llegado a un principio de acuerdo sobre los sistemas antimisiles para una protección común del vasto territorio de los países de la OTAN y del gigante euroasiático. Este acuerdo podría ser el broche final a las secuelas de la Guerra Fría, en palabras de Medvédev: "Hemos superado un periodo de relaciones muy difíciles y tensas".
También se han definido algunos riesgos comunes a la OTAN y a Rusia, centrados en torno al terrorismo, la ciberguerra, la piratería y el crimen internacional organizado. Sin embargo, son precisamente estos nuevos "enemigos" los que deben suscitar cierta preocupación, puesto que en el impulso para dar una nueva vida a la OTAN se corre el grave peligro de militarizar algunas cuestiones que deberían mantenerse dentro del ámbito de las fuerzas policiales y de seguridad, de la cooperación de la justicia internacional y bajo la égida de Naciones Unidas.
No todo son luces brillantes ni conviene lanzar las campanas al vuelo, puesto que si la cumbre ha resuelto algunos problemas que requerían ser tratados con urgencia, también ha suscitado otros que a no más tardar requerirán atención. Esto sucede, por ejemplo, con los más recientes miembros de la Alianza que antes formaron parte del Pacto de Varsovia, algunos de los cuales ven con desconfianza el estrechamiento de lazos entre Washington, Bruselas y Moscú. Será preciso trabajar para despejar y aclarar los motivos de esa desconfianza. Una foto de la cumbre, difundida por la agencia AP, en la que Obama avanza sobre un fondo de banderas donde destaca la crucífera blanquirroja georgiana, muestra que algunas cuestiones siguen pendientes.
Por otra parte, la reciente debilidad de Obama ante el Congreso ahora renovado, con una Cámara de Representantes hostil, puede significar tropiezos para aprobar algunas de las decisiones adoptadas en la cumbre, sobre todo en lo relativo a la limitación de armas nucleares.
No solo se advierten dificultades en el Oeste, sino también en el Este. Algunos analistas rusos tachan a Medvédev de "blando" en su participación en la cumbre y lo atribuyen al deseo del actual presidente ruso de marcar distancias con su primer ministro, Putin, con vistas a las elecciones presidenciales de 2012, en las que la capacidad de los candidatos para relacionarse con Europa, la OTAN y EEUU puede decidir el voto ciudadano.
Es probable que, desde un punto de vista práctico, haya sido más viable reformar lo existente que partir desde cero y construir algo nuevo en función de las exigencias del presente. Pero esta "nueva OTAN" no deja de ser una vieja herramienta anticuada, parcheada para que siga funcionando y, lo que preocupa más, en su asentada burocracia todavía se siguen suscitando reflejos y reacciones más en consonancia con los fantasmas de la Guerra Fría que con el mundo actual.
Publicado en CEIPAZ el 22 de noviembre de 2010
Escrito por: alberto_piris.2010/11/22 18:23:9.636000 GMT+1
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2010/11/19 08:50:27.218000 GMT+1
El pueblo español vivió de espaldas a la Primera Guerra Mundial, aunque la neutralidad de España en ese conflicto permitió a algunos empresarios crear emporios industriales y financieros que cimentaron el poder y el prestigio de quienes supieron aprovecharse de la situación.
Desde entonces, el llamado Día del Armisticio (que puso fin a la guerra) viene siendo celebrado en los países europeos según costumbres apenas conocidas en España. A las 11 horas del día 11 del undécimo mes del año (noviembre), las campanas tañen en recuerdo de los que murieron en aquella horrenda carnicería. Se celebran ceremonias de distinta naturaleza, según los países, y se guarda un tiempo de silencio en su honor.
En EEUU pasó a llamarse Día de los Veteranos y en el Reino Unido se le conoce como Día del Recuerdo. En otros países se le conmemora como el Día del Soldado Desconocido. En general, se ha encontrado siempre bastante apoyo popular a estas ceremonias, en recuerdo de unas guerras que concitaron el apoyo mayoritario de sus pueblos.
Bajo el Arco del Triunfo parisino, en tan señalada fecha del año pasado, la canciller alemana y el presidente francés ofrendaron una corona en la tumba del Soldado Desconocido, rubricando con ello el hecho de que ya no se celebra la guerra sino su conclusión y la reconciliación entre los que, como enemigos acérrimos, lucharon a muerte y cubrieron de sangre los campos de Europa.
No está de más observar que nada parecido a esto tuvo reflejo en España tras nuestra guerra civil. Una guerra que desangró al país y dividió cruelmente a los españoles en vencedores y vencidos, en caballeros mutilados y despreciados rojos lisiados y derrotados, donde unos cayeron por Dios y por España y en cuyo honor se erigieron monumentos y otros fueron asesinados y enterrados anónimamente en sembrados y cunetas. Todavía están pendientes de dar los pasos definitivos hacia la reconciliación total.
Volviendo al hilo de lo anterior, en torno al 11 de noviembre de cada año es habitual encontrar referencias a la actividad militar de los países europeos. El pasado domingo, la edición dominical del británico The Telegraph publicaba una entrevista con el recién nombrado Jefe del Estado Mayor de la Defensa del Reino Unido. El general David Richards no olvidó aludir a la conmemoración: “En este tiempo del Recuerdo, es también importante tener presentes no solo los sacrificios de tantas personas a lo largo de los años, sino la razón por la que esos sacrificios merecieron la pena”.
Tocaba con esa frase un tema candente que surge siempre que se habla de guerras y de muerte: ¿mereció la pena tanto sacrificio? A partir de ahí es obligado seguir con otras cuestiones derivadas: ¿a quiénes mereció la pena? ¿a los mismos que murieron? ¿a los que se beneficiaron de la guerra y, por tanto, de la muerte de otros? Pero, como es comprensible, no entró en terrenos tan resbaladizos.
Probablemente obligado por su cargo y por sus responsabilidades, declaró que los soldados británicos en Afganistán luchan para impedir que se extienda “una forma perniciosa de fundamentalismo islámico ideológicamente distorsionado” y que, por eso, son un reflejo de “la valentía de los que arriesgaron y dieron sus vidas en la lucha contra el fascismo en la 2ª Guerra Mundial“.
Tras este ejercicio de inyección moral para sus tropas, hubo de reconocer otros aspectos más preocupantes de la guerra de Afganistán y la lucha contra Al Qaeda. Declaró que nunca habrá una victoria clara sobre el islamismo militante, al estilo de las guerras tradicionales. Pero considera posible contener su malignidad y limitar sus efectos. Dijo que las armas más eficaces contra el terrorismo son “la educación, la prosperidad, el entendimiento y la democracia”, capaces de alejar a los pueblos de la violencia terrorista. Paradójicamente, esas son las únicas armas sobre las que él no ejerce mando alguno.
Tras reconocer los errores del pasado (como la irracional invasión de Irak, que dejó sin concluir lo empezado en Afganistán) añadió que la OTAN ” no supo entender la naturaleza del conflicto”. Esto no deja en buen lugar a la burocrática Alianza y viene a confirmar que fue el Gobierno de EEUU, por su supremacía en la OTAN, el que había perdido la brújula desde el principio.
Hay otras cuestiones a las que el general no aludió, que atañen a ese crítico punto donde se articula la dirección política y el mando militar y son de vital importancia. Para saber cómo y contra quién se lucha, es necesario analizar por qué el fundamentalismo islámico se ha hecho peligroso para el mundo, mientras el cristiano o los de otras sectas y religiones no lo son. Averiguar si de verdad hay un enfrentamiento entre los islamistas moderados que dicen desear más democracia, admitir los derechos de la mujer y la separación entre religión y Estado, y los fanáticos de Al Qaeda que se oponen a ello; y, si así fuese, reconocer que aún no se ha encontrado el modo eficaz de cooperar con los primeros, sea con la guerra, sea con la ayuda humanitaria.
Y en esas estamos; recordando una “Gran Guerra” del pasado, cuyas heridas están ya curadas, y sin saber encontrar el modo de afrontar en el presente una imprecisa guerra menor que tiene en vilo a gran parte de la humanidad y que influye negativamente en el día a día de todos nosotros.
Escrito por: alberto_piris.2010/11/19 08:50:27.218000 GMT+1
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2010/11/11 22:18:10.567000 GMT+1
Un bulldozer (escrito así, en bastardilla) es, según el diccionario de la Real Academia Española, “una máquina automóvil de gran potencia, provista de una pieza delantera móvil, de acero, que le permite abrirse camino removiendo obstáculos”. La RAE también acepta llamarla “buldócer” (ahora sin bastardillas), pero como esta palabra suena a chuchería infantil (¡mamá, cómprame un buldócer!) es casi seguro que el vocablo no llegará a arraigar entre nosotros.
En todo caso, se trata de un artefacto bastante común entre la variada maquinaria de obras públicas, al que se suelen atribuir efectos generalmente benéficos para la comunidad, tales como despejar vías y carreteras obstaculizadas, abrir caminos y colaborar activamente, en suma, en caso de catástrofes naturales u otro tipo de contingencias.
En el mundo de la maquinaria pesada y entre sus usuarios tiene especial relevancia la marca Caterpillar, la empresa estadounidense que ya a finales del siglo XIX empezó a fabricar tractores sobre orugas (no otra cosa significa la el vocablo inglés caterpillar) para aplicaciones agrícolas. Como sucede a menudo, todo lo que pueda tener utilización militar acabará siendo utilizado por los ejércitos, y así ocurrió durante la 1ª Guerra Mundial, a partir de la cual se empezó a llamar “caterpillar” a todos los tractores que remolcaban por el teatro de operaciones europeo aquellos enormes cañones y obuses que vieron la luz en esa contienda.
Bastantes años después, el nombre comercial de Caterpillar saltó a las primeras páginas de la actualidad por un lamentable acontecimiento. En marzo de 2003, una de esas máquinas utilizadas por el ejército israelí en Gaza aplastó a una joven activista estadounidense, Rachel Corrie, que se manifestaba contra la demolición de una vivienda palestina. Conviene saber que el empleo de maquinaria pesada de nivelación es habitual por el ejército de Israel en la destrucción de edificios y, según los datos de algunas organizaciones no gubernamentales judías, casi 12.000 hogares palestinos han sido destruidos por tan expeditivo método en los últimos diez años.
En el catálogo de Caterpillar se incluye un modelo especial de bulldozer, el D9R, provisto de blindaje, adecuado para uso militar, modificado en Israel para resistir disparos de armas ligeras, proyectiles perforantes y explosiones de minas. Esta fue la máquina que aplastó a la joven norteamericana.
Por aquel tiempo la rama estadounidense de Amnistía Internacional (AI) hizo público el siguiente comunicado: “Como principal proveedor de armas a Israel, EEUU debe adoptar medidas para garantizar que las armas que suministra no se utilicen violando sus propias leyes o las internacionales. AI y otras organizaciones de defensa de los derechos humanos en Israel y Palestina han informado del uso por Israel de fuerza desproporcionada, excesiva y letal, sin cuidarse de la vida del personal civil, así como de ejecuciones extrajudiciales y destrucción ilegal de la propiedad privada, que han causado la muerte de personas inocentes”.
Las cosas de palacio van despacio, según se dice, y mucho más despacio ocurren en Israel los casos en los que las atrocidades que sufre el pueblo palestino salen a la luz y son sometidas a escrutinio ante los ojos del mundo. Pero algo se ha movido y el diario israelí Jerusalem Post informaba el mes pasado de que Caterpillar había suspendido temporalmente la entrega de varias decenas de esas máquinas niveladoras al ejército israelí.
Lo ocurrido abre una puerta a la esperanza: los padres de la joven que hace más de siete años fue aplastada en Gaza iniciaron un proceso civil contra el Gobierno de Israel en un juzgado de Tel Aviv por la muerte de su hija. Mientras dura su tramitación, ha quedado en suspenso el acuerdo comercial entre Caterpillar y el ejército de Israel, que se estima en unos 50 millones de dólares. Las organizaciones defensoras de los derechos humanos creen ver en esta medida una admisión indirecta de culpabilidad de la corporación estadounidense, en el sentido de que el uso que se está dando a sus máquinas en Israel viola la legislación internacional.
Es posible que, a pesar de todo, nada cambie y que, concluido el juicio, se declare la irresponsabilidad del ejército en la muerte de la joven activista y se la atribuya a una simple imprudencia personal. Pero no deja de suscitar cierta esperanza el hecho de que la justicia -aunque sea la de Israel y quepa dudar de su imparcialidad en el caso- tome cartas en un asunto que implica seriamente al Gobierno israelí, a la industria pesada de EEUU y al pueblo palestino. Tres vértices de un triángulo -EEUU, Israel, Palestina- en el que se juega en gran medida la estabilidad del Oriente Próximo.
Publicado en República de las ideas el 12 de noviembre de 2010
Escrito por: alberto_piris.2010/11/11 22:18:10.567000 GMT+1
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2010/11/04 21:18:25.996000 GMT+1
Dos de las antiguas potencias históricas europeas, Francia y el Reino Unido, que además son los únicos países de la Unión Europea poseedores de armas nucleares (y con asiento permanente y derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU), acaban de firmar un acuerdo militar de larga duración. Causa ciertas dudas el hecho de que un Gobierno tan alejado del europeísmo, como es el de David Cameron, suscriba un compromiso duradero -su validez inicial es de 50 años- con la Francia dirigida por Sarkozy, quien si por un lado se esfuerza por mantener a su país en el eje y el corazón de lo que pueda llegar a ser Europa en el futuro (cuestión que sigue todavía en el aire), por otro lado suele anteponer sin ningún disimulo los intereses franceses a los europeos, por los que no parece sentir demasiado entusiasmo.
A este acuerdo no se ha llegado por vías puramente estratégicas o, dicho de otro modo, por razones político-militares, según los usos de la vieja geopolítica europea. Como comentó un analista del Centro para la Reforma Europea, “Francia y el Reino Unido se enfrentan al dilema de disminuir drásticamente los gastos y mantener a la vez su posición como grandes potencias europeas. Si no desean reducir sus potencialidades, tendrán que ahorrar gastos colaborando entre sí”. A esta razón de raíces económicas conviene añadir el hecho de que Francia se ha ido reintegrando en la estructura militar de la Alianza Atlántica, con lo que se ha reforzado la confianza entre ambos Gobiernos.
Claro está que hubo que obtener la previa aquiescencia de EEUU, sin cuyo visto bueno nada puede hacerse en lo que se refiere a la defensa militar en el teatro europeo. Esto quedó evidente ya a mediados del pasado mes, cuando el Secretario General de la OTAN anunció su beneplácito a un principio de acuerdo sobre el mantenimiento de los misiles nucleares británicos por técnicos franceses. Rasmussen dejó también traslucir la opinión de EEUU al respecto, cuando declaró que las reducciones en el gasto militar de ambos países no deberían llegar al “punto donde no se está cortando solo la grasa, sino el músculo y, finalmente, el hueso”.
El acuerdo abarca un amplio espectro de medidas de cooperación militar entre ambos países. Compartirán el empleo de un grupo naval con portaaviones, estudiarán el modo de organizar un cuerpo expedicionario combinado y desarrollarán infraestructuras comunes para probar armas nucleares, entre otras cosas.
Pronto han salido a la luz algunos reparos. Por parte británica Cameron afirmó, en conferencia conjunta con su homólogo francés, que el acuerdo iba a “reforzar la soberanía británica porque suprimía gastos militares superfluos” y porque “no impedía las intervenciones militares independientes” del Reino Unido, quizá recordando la Guerra de las Malvinas, que tan hondamente ha marcado la conciencia defensiva de los ingleses. Claro está que tenía que guardarse las espaldas ante la oposición de sus propios partidarios, alguno de los cuales ha afirmado que “no es posible una fusión estratégica con un país [Francia] que históricamente ha tenido y ahora sigue teniendo objetivos estratégicos diametralmente opuestos en el escenario mundial”.
Sarkozy, por su parte, aseguró que el acuerdo desmentía a los que critican la falta de visión estratégica europea: “Durante toda mi vida política he defendido un acercamiento entre Londres y París. Ha sido un compromiso permanente desde que entré en política. La soberanía no implica aislamiento. Cuando uno está aislado ya no es soberano, sino vulnerable”. Su entusiasmo por el acuerdo fue evidente: “Esta es una decisión sin precedentes y muestra un nivel de cooperación y confianza entre nuestras dos naciones, único en la Historia”.
Han propiciado también el acuerdo las dificultades del Reino Unido con sus costosos submarinos nucleares, anticuados y que necesitan ser reemplazados. Aparte de las estrecheces económicas, no se entiende la necesidad de tener en patrulla permanente un submarino dotado de armas nucleares. Sobre todo, cuando los analistas de la coalición hoy gobernante en Londres estiman que el mayor riesgo que deben afrontar los ciudadanos británicos es el terrorismo de Al Qaeda y, en segundo plano, los residuos del terrorismo del IRA. Siguen en orden de prioridad los ataques cibernéticos, las catástrofes o riesgos naturales (como una pandemia) y alguna crisis militar que implique a sus ejércitos o a los de sus aliados. La lista incluye también un ataque con armas de destrucción masiva, una guerra civil u otro tipo de inestabilidad que pudieran explotar los terroristas, como sería la agravación de la delincuencia organizada.
Aunque el Parlamento británico ha de confirmar los acuerdos firmados por ambos dirigentes, es segura su aprobación. Sin embargo, es legítimo sospechar que su implementación no ayudará en nada a que el conjunto de la Unión Europea alcance en el futuro cierta autonomía en materias de seguridad y defensa. La diplomacia común europea, recientemente inaugurada, seguirá careciendo del palo que, mal que nos pese, usualmente acompaña a la zanahoria, pues éste seguirá en manos de la OTAN, de EEUU o del nuevo eje franco-británico si llega el caso.
República de las ideas, 5 de noviembre de 2010
Escrito por: alberto_piris.2010/11/04 21:18:25.996000 GMT+1
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2010/11/02 12:22:20.770000 GMT+1
Un antiguo compañero en los esfuerzos por analizar las causas de los conflictos y avanzar por los enrevesados caminos que pueden conducir a la paz, es ahora director ejecutivo del Norwegian Peacebuilding Centre, radicado en Oslo. Mariano Aguirre, bien conocido en España como competente investigador sobre la paz en varios centros y organizaciones y por sus publicaciones sobre estos asuntos, ha llevado a cabo en Israel un interesante trabajo de investigación sobre el terreno el pasado verano.
El documento por él elaborado será publicado en breve por el centro donde trabaja (www.peacebuilding.no) y contiene aspectos que merecen ser tenidos en cuenta, ahora que el conflicto palestino-israelí está volviendo, sin muchas esperanzas de resolución, a los primeros planos de la actualidad, de los que en realidad nunca ha estado del todo ausente.
La investigación no se ha repetido en el lado palestino, por lo que sus resultados solo conciernen a una de las partes del conflicto en cuestión. Aun así, dado que la parte concernida es la que posee el poder, la fuerza y los principales recursos de todo género, además del sostenido apoyo de EEUU, es importante conocer la percepción que en Israel se tiene de lo que, en resumidas cuentas y para los que desde fuera observamos el conflicto, es la ilegal y violenta ocupación del territorio palestino y la continuada opresión y humillación que sufre su pueblo.
Los variados asuntos que abarca el citado informe no caben en este breve comentario. Aludiré solo a algunos de ellos. Entre los aspectos ideológicos no se puede prescindir del planteamiento de algunos sionistas liberales que parece conducir a un callejón sin salida: por una parte, el Estado de Israel tiene que elegir entre seguir siendo judío pero no democrático, o ser democrático y no judío; la otra opción es crear un Estado palestino que permita a Israel ser a la vez judío y democrático. Este complejo planteamiento se parecería más a la enrevesada explicación del misterio cristiano de la Trinidad que a un problema de política práctica. Pero así es como se plantea la realidad que hay que afrontar para iniciar la resolución de este acuciante problema y no se trata de una cuestión bizantina sino del meollo mismo del conflicto.
Los informativos televisados nos suelen mostrar a los colonos de los asentamientos ilegales exhibiendo orgullosos los símbolos de su religión, sus banderas -y sus armas- y mostrándose como la vanguardia militar e ideológica del pueblo judío. Aguirre nos explica que "consideran el regreso de los judíos a la tierra de Israel como el cumplimiento de la voluntad divina". Son una mezcla, afirma, "de fanática devoción y activismo militante", aunque detecta que entre los colonos existen ciertas diferencias que rompen su aparente homogeneidad. Sin embargo, en su mayoría se sienten menospreciados por la sociedad israelí y por eso se abrazan a los sectores ultraortodoxos y a los partidos de extrema derecha. Un militar retirado comentó al autor que los colonos "secuestran al Gobierno israelí, debilitándolo". En su opinión, los nacionalistas religiosos "prefieren luchar por la nación judía -desde el Jordán al Mediterráneo- más que aceptar un Estado judío". He aquí otro planteamiento conceptual no fácil de entender por los profanos.
Además del serio obstáculo que todo lo anterior supone para el débil y apenas reiniciado proceso de paz, Aguirre muestra en su informe lo difícil que es para Israel vencer la profunda desconfianza que le inspira el pueblo palestino. Desconfianza que los actos terroristas han convertido en un opaco muro que hace a los palestinos "invisibles para la mayoría de la población". La derecha israelí está convencida de que la "coalición iraní [formada por Siria, Hamás en Gaza y Hezbolá en Líbano] boicoteará cualquier iniciativa que permita avanzar en las negociaciones". De este modo, según parece, se justifica el continuado boicoteo israelí a cualquier intento de negociación que pudiera fructificar.
Como se advierte fácilmente, los problemas se agravan y las heridas permanecen en carne viva. La psicosis israelí sobre la seguridad, que es también otro obstáculo a la pacificación, se advierte en la cuestión planteada por ciertos analistas judíos: "¿Quién nos asegura de que, si se crea un Estado palestino, Hamás no se haga con el poder, desplace a Al Fatah y ataque a Israel desde Cisjordania, como hizo Hamás cuando nos retiramos de Gaza?". Es la teoría de la seguridad a toda costa, la misma que alimentó la Guerra Fría durante largos decenios, para beneficio de las multinacionales del armamento y en perjuicio de los pueblos que sufrieron sus efectos.
Aguirre refleja el sentir de los expertos judíos que, ante las dificultades de la negociación, creen que "nada sucederá sin una guerra o algo que sacuda a todos los gobernantes de Oriente Medio". Ese algo es, para muchos, la guerra contra Irán. Es grave constatar que Irán representa una amenaza existencial para Israel. Quizá no tanto por las bravuconerías de su actual presidente, sino también por lo que parece deducirse de la opinión de un consultor judío de seguridad: "Una amenaza nuclear iraní debilita a Israel por tres razones: restringe la inmigración judía, aumenta la emigración de los que abandonan el país por miedo y reduce las inversiones extranjeras". No todos están de acuerdo con esto y es sabido que muchos israelíes no abandonarían su país en caso de guerra. Pero las incertidumbres siguen presentes y no se aprecia resquicio alguno por donde pudieran empezar a resolverse.
Publicado en CEIPAZ el 2 de noviembre de 2010
Escrito por: alberto_piris.2010/11/02 12:22:20.770000 GMT+1
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