1987/12/01 06:00:00 GMT+1
Una exigencia de la buena mesa
Las técnicas de pesca tienen una influencia decisiva en la calidad del producto que llega a la mesa. En el caso de la merluza fresca, las diferencias pueden ser sencillamente abismales, según se trate de merluza pescada con arrastre al cerco, con palangre o con pincho-caña. La técnica utilizada para esta última modalidad pesquera es, a distancia de las otras, la que mejor asegura la excelencia del pescado. Sin embargo, es también la menos usual. En el Cantábrico, tan sólo de los puertos de Cudillero, Bermeo, San Sebastián y, sobre todo, Fuenterrabía, salen barcos para pescar merluza con pincho-caña.
Ustedes habrán oído lo de la merluza de pincho. Es posible que no sepan muy bien qué tiene de particular esa merluza; a cambio, se habrán apercibido de un hecho ciertamente llamativo: su precio. En efecto, la merluza así denominada resulta bastante más cara que la presentada como normal. Lo es a la hora de la venta en lonja, también en los mercados y, desde luego, lo continúa siendo, con la correspondiente multiplicación, en las mesas de los restaurantes. ¿Qué es la merluza de pincho ¿A qué se debe su elevado precio? ¿En qué consiste su superior calidad?
Las respuestas a estos interrogantes hay que buscarlas en el Cantábrico. Cabe obtenerlas en el puerto de Cudillero, en Asturias. O en el de Bermeo. Incluso en San Sebastián. En cada uno de estos tres puertos se captura, en determinadas épocas del año, merluza de pincho. Pero hay un puerto que, sobre cualquier otro, se lleva la palma en esta modalidad de pesca, superando a todos los demás en volumen de capturas: es el puerto de Fuenterrabía.
Fuenterrabía (digan ustedes mejor Hondarribia, pues la ciudad tiene adoptado ya oficialmente su nombre euskérico) posee la más importante de las flotas merluceras dedicadas a la modalidad de pesca que responde al nombre de pincho-caña. Y a ello se dedica durante casi todo el año, obteniendo capturas mensuales que pueden llegar –pongamos por caso las cifras de enero del año en curso- a los 10.271 kilogramos.
De las nueve decenas de barcos hondarribitarras existentes en la actualidad, unos sesenta se dedican a la pesca de la merluza. Pero la merluza puede ser pescada de diferentes modos. El más extendido es el practicado por las flotas arrastreras de altura, que trabajan al cerco. También se pesca merluza con palangre. La flota de Hondarribia se sirve de un tercer arte de pesca, que es el menos frecuente: el pincho-caña. En viejos tiempos, el sistema consistía en tener la pita cogida con la mano, esperar a que la merluza picara e izarla entonces a bordo. Ahora es una caña la que hace las veces del brazo humano. Cada barco lleva seis cañas; los más grandes, ocho. Cada aparejo tiene catorce anzuelos.
Esta modalidad de pesca presenta un grave inconveniente: se pesca poco. A cambio, aporta una considerable ventaja: lo que se pesca es bueno. Al sacar del agua al pez así que ha picado el cebo, su carne no sufre el más mínimo daño. En cuanto llega a la superficie, la merluza es limpiada y conservada en hielo. Dado que los barcos merluceros de Hondarribia regresan todas las tardes, el proceso asegura que el comprador tiene ante sí en la lonja la más fresca de las merluzas. El secreto es ése. Ese tan sólo.
Pero la diferencia resulta fundamental. Todas las otras modalidades de pesca de merluza implican la posibilidad -y en algunos casos la certeza- de que el pescado sufra un deterioro notable en el momento mismo de la pesca. Aparte de eso, pueden transcurrir varios días, bastantes incluso, entre el momento de la captura y aquel otro en que llegan a puerto. Añádanle el tiempo que puede cubrirse todavía hasta llegar a su mesa y estarán en condiciones de sopesar la diferencia.
Pero no dejen ustedes que les hablen de merluza de pincho. El pincho en cuestión no hace referencia sino al anzuelo. En consecuencia, dado que el palangre también emplea anzuelo, nada impide que la merluza palangrera sea asimismo llamada de pincho. Pero verán que no es lo mismo. El palangre merlucero se realiza conforme a la modalidad denominada de piedra y bolo. No es palangre en sentido estricto en la medida en que el aparejo no queda horizontal al lecho marino. Al tirar de él los bolos hacia arriba, presenta una sucesión de subidas y bajadas. El sistema permite que cada barca pueda lanzar hasta siete u ocho mil anzuelos por barco. La ventaja es que pueden obtenerse capturas muy superiores. La desventaja, desde el punto de vista de la calidad del producto, es obvia: el pescado atrapado puede quedar muerto bajo el agua durante largo tiempo, antes de ser izado a la superficie. Suele decirse que "se ahoga", por paradójico que ello resulte en un pez. Comienza en ese momento, en realidad, su proceso de deterioro, acelerado por su permanencia en el agua después de muerto. Esa merluza, apresurémonos a decirlo, no es en absoluto mala. Sencillamente, no puede ser tan buena como la de pincho-caña. Es de "pincho", si se quiere, pero no de pincho-caña.
Preocupa a los pescadores de Hondarribia el tejemaneje al que suele estar sujeta su merluza. En último término, cuando un vendedor del mercado o un restaurador afirma a su cliente que la merluza ofrecida es de pincho-caña, o que es merluza "de Fuenterrabía", el comprador no tiene más opción que evaluar la fiabilidad del ofertante. Sólo su palabra, como garantía. De ahí que hayan realizando las gestiones necesarias para que, a partir de un futuro próximo, las merluzas de Fuenterrabía lleven un distintivo. Será una chapa metálica que cada merluza llevará prendida en la boca y que permitirá al comprador contar con la certeza de que esa merluza que paga como merluza de Fuenterrabía lo es efectivamente.
La utilización de la modalidad de pincho-caña por los merluceros hondarribitarras no responde únicamente a criterios de búsqueda de calidad del producto. Antes que eso y por encima de ello se encuentra otra aspiración, más honda y trascendente: la de cuidar la mar, no esquilmarla.
-Los pescadores estamos abusando de la gentileza del mar- nos dice Esteban Olaizola, presidente de la Cofradía de Pescadores de Hondarribia, una de las de mayor solera de toda la península-. No es posible ponerse al servicio de criterios económicos a corto plazo y buscar tan sólo la máxima rentabilidad inmediata. El mar tiene que ser una forma de vida con futuro. Si hoy abusamos de los caladeros, mañana no habrá pesca.
Es una extraña filosofía la que exhibe Esteban Olaizola. Extraña para los tiempos que corren. Según ella, la cuestión no es hacerse rico con el mar, sino obtener de éste lo necesario para vivir con dignidad. Y cuidar de él, para que el día de mañana pueda seguir ofreciendo a las generaciones sucesivas la misma riqueza suficiente. De ahí su defensa cerrada de la modalidad de pincho-caña. Porque se trata de un arte que permite una pesca extraordinariamente selectiva, limitada, y que no agota los caladeros. De ahí también la batalla continua que los pescadores de Hondarribia llevan para que sus caladeros tradicionales no sean invadidos por barcos que utilizan artes de pesca que ellos consideran peligrosas: las artes de arrastre pelágico, en particular, que arrasan el mar. Entre esos caladeros, uno porta un nombre ya célebre: el triángulo de Eskota, por cuya defensa los pescadores de Fuenterrabía llegaron a enfrentarse no hace mucho con los buques de la Armada francesa, consiguiendo al final que los gobiernos de París y Madrid llegaran a un acuerdo específico, garantizador de los derechos hondarribitarras.
Esta preocupación de los pescadores de Fuenterrabía por el cuidado de los caladeros en los que faenan habitualmente no presenta tan sólo facetas cuantitativas, sino también cualitativas. Ello se traduce en un cuidado que abarca asimismo a la talla del pescado capturado y a las épocas de pesca. El nombre de merluza sólo es aplicable a los ejemplares de más de dos kilogramos. La pieza de entre uno y dos kilos es considerada ya mediana. La pescadilla, variante más pequeña de la especie, es la que, sin llegar al kilo de peso, sobrepasa los 20 centímetros de longitud. En realidad, el FROM, regulador de las tallas autorizadas de pesca, permite capturarlas bastante más pequeñas, pero los hondarribitarras no quieren hacerlo: forma parte de su actitud conservacionista. Del mismo modo, los merluceros de Fuenterrabía se autoimponen vedas, destinadas a conseguir una adecuada recuperación de los caladeros. Esto les lleva a no pescar apenas, o a pescar cuotas mínimas, entre los meses de septiembre y diciembre, y también durante un cierto período de la primavera, durante los meses de marzo y abril.
Una actuación así –digámoslo con franqueza- no es habitual entre las gentes de la mar, ni en España ni fuera de ella. Lo normal, dentro de la mentalidad marinera, es concebir la capacidad del mar como un pozo sin fondo: el pescador captura y la naturaleza se encarga de reponer lo perdido. Tal vez ello fuera cierto en el pasado, cuando las técnicas de pesca limitaban las posibilidades extractivas. Hoy en día, sin embargo, el hombre puede depredar a un ritmo muy superior al de la reproducción de las especies. Y ello sin contar con que determinadas técnicas de pesca –así la pesca con dinamita, por ejemplo- llegan a provocar alteraciones catastróficas del medio marino. De ahí que en los últimos tiempos se haya urgido la adopción de una nueva actitud ante la pesca, entrando en danza las evaluaciones de biólogos y ecólogos especializados, actitud que choca por lo general con la mentalidad marinera tradicional, pero que coincide fundamentalmente con la exhibida por los arrantzales de Fuenterrabía. En su pesquería, la calidad del producto no es el fin absoluto, sin el corolario de una cierta filosofía de pesca y, más en general, de la vida.
Sea la motivación una o la otra, el hecho es el mismo: que la merluza de pincho-caña es, indiscutiblemente, la mejor de las posibles. Razón por la cual es este tipo de merluza el que se presenta como ideal para la cocina.
No es fácil enumerar la variedad de recetas que la cocina vasca tradicional reserva para la merluza de pincho-caña. Si se incluyen en el recetario las posibilidades laterales (pasteles de merluza, kokotxak…), las fórmulas consagradas pueden acercarse a las cuatro decenas: desde la merluza albardada a la llamada "bearnesa", desde la que se prepara con salsa roja a la que se sirve con puré, sin contar con las muy diversas variedades que admite la receta de la merluza dicha "a la vasca" (imprecisa denominación, puesto que todas las otras variedades son igual de vascas que esta última). De la merluza en salsa verde, cuya receta originaria se atribuye a Plácida de Larra –quien, dicho sea de paso, insistía en la necesidad de utilizar merluza "de pincho", hay recetarios que recogen hasta siete modos diferentes de preparación. Hoy en día, dado el carácter experimental aportado por los protagonistas de la nueva cocina vasca, las posibilidades crecen día a día, convirtiendo el repertorio de la merluza en materia prácticamente imposible de inventariar.
La presente temporada está resultando particularmente brillante en Fuenterrabía. Las capturas de merluza vienen siendo importantes y todo lleva a creer que en el próximo invierno se alcanzarán cotas de producción cercanas a los diez mil kilogramos por mes. Pero, atención: también los precios serán importantes. En enero de este año, el kilo de merluza en lonja se quedó a dos duros de las 1.500 pesetas. El pasado septiembre alcanzó las 1.700. La marcha hacia las 2.000 pesetas parece casi imparable. Y eso en lonja: hagan ustedes cálculos de cómo llegará a los mercados minoristas y vayan preparando la chequera.
Javier Ortiz. Merluza de pincho-caña. Revista Sobremesa. Diciembre de 1987. Subido a "Desde Jamaica" el 1 de marzo de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1987/12/01 06:00:00 GMT+1
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1986/10/01 08:00:00 GMT+1
A pocos kilómetros al sur de la ciudad de Valencia se extiende uno de los parajes naturales de mayor riqueza medioambiental, no ya de la península, sino de Europa entera: es el ecosistema que tiene al lago de la Albufera como centro. Víctima de un desarrollo industrial tan fuerte como mal planificado, rodeada de un amplio abanico de núcleos urbanos que utilizan el lago como destino de sus vertidos y sometida a expolios y desconsideraciones sin cuento, la Albufera está hoy en un punto crítico que bien puede calificarse de límite: un poco más allá, el desastre será ya irreversible. Tratando de poner coto a esta situación, la Generalitat Valenciana acaba de declarar al conjunto del ecosistema albufereño Parque Natural. Queda por delante la necesidad de un intenso esfuerzo de recuperación y de reestructuración del conjunto de actividades contaminantes que allí se desarrollan.
De entre todos los colectivos implicados, uno destaca por la urgencia con que reclama la puesta en práctica de las mediadas que el Decreto de Parque Natural anuncia. Hablamos de los pescadores de la Albufera, que tiene en la localidad de El Palmar su centro más importante. HOJA DEL MAR ha visitado la Albufera, ha entrevistado a las diferentes partes concernidas y ha recorrido El Palmar. Una parte de la información recogida da cuerpo al presiente dossier, en cuya redacción han colaborado Juan de Damborenea, José Manuel Montero Llerandi y Javier Ortiz. Antonio Girbés realizó las fotografías.
Hay veces que el agua se torna de un verde oscuro, inquietante. El cielo es entonces gris, y el horizonte se aploma, anunciando la vecina tormenta. Pero aquí no es eso. El agua de la Albufera se ha vuelto intrínsecamente verde, y verde queda aunque el sol brille furioso, y tinta en verde sigue incluso cuando salta al chocar contra la quilla de la barca.
Me acuerdo cuando venía con mi padre – dice el pescador–. Tiraba una perra gorda, y la veíamos caer hasta el fondo, y allí se quedaba brillando. Y decía: «El agua está demasiado transparente. No es buen día para la pesca.»
Ahora no es el verde de la esperanza, aunque haya quien diga que se ha abierto una ventana hacia ella. Es, ese sí, el verde de los billetes (miles, dólares) ambicionados por fabricantes, arroceros, cazadores, dispuestos a teñir de color papel moneda las aguas de esta mar pequeña –así la bautizó algún árabe– vendida por un rey al Ayuntamiento de Valencia en tiempos no tan viejos.
Temps era temps... Hubo un tiempo en que la Albufera se extendía pletórica, y vivía entonces transparente, y peces y gambas cursaban a su antojo, y las cañas y el barro (tampoco era rica en aquel tiempo su ribera, don Vicente) se enseñoreaban del entorno, patria de patos y garzas. Fue luego el turno de los aterraments, y las ciudades de desecho, y las industrias mortales.
A eso le llaman progreso, y sólo hay otra cosa más terrible: que lo fue.
Vaya que sí– asegura don Ramón, el viejo sacerdote de El Palmar–; entonces sí que se pescaba. Pero, como apenas pagaban por la pesca,, la gente era pobre. Ahora que la pagan bien, no se pesca casi nada.
Quizá sea por eso– insinuamos.
No, qué va. Es que todo ha subido mucho.
Ya.
Sólo la llisa ha aguantado bien el tirón venenoso del desarrollo. Las gambas se suicidaron poco a poco, pese al amoroso cuidado de los pescadores, que hasta las besaban antes de devolverlas al lago, si alguna caía en sus redes. Anguilas, pocas quedan: apenas las necesarias para alimentar los platos de all i pebre local. Hay, eso sí, cangrejos del Mississipi, el viejo río hermano de los negros, que alguien trajo de Sevilla y que se reproducen con fervor, para angustia de los arroceros y satisfacción de los pescateros de Madrid, que se los llevan en masa. La Albufera se ha vuelto radicalmente darwiniana, como los tiempos: no sólo hace falta fortaleza para sobrevivir; es necesario también ser capaz de aguantar la corrupción del ambiente.
Decir que está contaminada no es decir nada. Contaminar, también la propia Naturaleza contamina, arrastrando lodos, restos de vegetación, animales muertos. La Albufera sufrió asimismo, a lo largo de los siglos, el impacto terrible de la desecación progresiva del lago, destinada a ampliar la zona de cultivo agrícola, del mismo modo que sus aguas fueron engullendo los desperdicios dejados por una población humana en continuo crecimiento. Fue mucho, pero no definitivo.
Lo peor vino a traerlo nuestro tiempo, y tuvo tres vertientes desiguales, pero confluyentes en su significado de fondo. La primera, el despegue económico, con la aparición en la zona de varios miles de industrias –unas 3.000, según los más cautos– que vierten sus desechos al lago. Algunas de ellas, como las de muebles, envían a las aguas productos particularmente venenosos, que producen efectos devastadores en flora y fauna. La segunda fuente procede de los vertidos urbanos, que hoy en día incluyen materias orgánicas y detergentes muy perjudiciales para el entorno. En fin, en el escalón inferior de la cadena aparecen los productos químicos fitosanitarios utilizados en la agricultura intensiva. Todo ello combinado, la Albufera acabó por transformarse en un verdadero museo de la toxicidad, hasta llegar al punto límite actual, en el que el adjetivo «irreversible» se encuentra al alcance de la mano.
Y los de El Palmar es ahí donde pescan. No sólo ellos, pero sí ellos sobre todo, como integrantes de la más vieja y representativa de las comunidades pesqueras de la Albufera.
Pero situémonos. Empecemos por decir –no es obligatorio saberlo– que estamos hablando de un gran lago de agua dulce asentado a unos 15 kilómetros al sur de la ciudad de Valencia, pegado a la costa mediterránea y separado del mar por una estrecha franja de tierra, dehesa bautizada con el nombre de El Saler. Su longitud y anchura media es de unos seis kilómetros y está rodeada en el resto de su orilla por grandes arrozales. Del lado de la Dehesa, cuyo brazo tiene algo más del kilómetro de anchura media, se junta al mar en tres puntos, en los que se sitúan las compuertas o golas por las que, cuando así se decide, desagua, y a través de las cuales recupera su memoria de vieja bahía.
Hay antiguos relatos, como el del romano Fausto Avieno, que permiten concluir que la Albufera se extendió en tiempos desde el río Turia hasta el Júcar, que desembocaban en ella. Tendría entonces una superficie aproximada de 30.000 hectáreas. Para el siglo XVIII éstas ya se habían reducido a menos de 14.000. Mediado el XIX, quedaban aún algo más de 8.000. A comienzos del XX, los aterraments aceleraron el trabajo desecador, dejando la extensión de lago en 5.000 hectáreas, que en 1903 eran 3.400. A partir de ahí, continuó el recorte progresivo: 3.114 en 1903; 2.950 en 1944... Hasta llegar a las aproximadamente 2.000 hectáreas que suma ahora. El lago tiene una profundidad media, de cerca de un metro.
Y, en medio, El Palmar, que fue en tiempos isla, y que hoy está unido por los aterraments al Saler y el interior, a través de una estrecha carretera de inverosímiles curvas. El Palmar, rodeado de arrozales, como casi único heredero de aquella Comunidad de Pescadores del Lago de Valencia a la que el rey Jaume I otorgó el control de la pesquería local, y que llegó a dar sustento a millar y medio de pescadores. Vino 1927 y el gobierno de la Dictadura puso término al privilegio de los pescadores de El Palmar, que eran hasta entonces los únicos autorizados a pescar con el redolí (puntos fijos de pesca, asignados anualmente por sorteo) en toda la Albufera.
El Palmar pescaba entonces en las aguas del término municipal de Sueca, y en los de Sollana, Silla, Catarroja y Valencia– dice Jaume Ferrer, alcalde pedáneo de El Palmar y presidente de la Comunidad de Pescadores–. Pero salió entonces una ley diciendo que cada término municipal tenía derecho sobre sus aguas. Y luego vino la otra dictadura, y en 1952 nos quitaron aún más espacio. Nos dejaron sin media Albufera.
Jaume Ferrer pertenece a una saga que, hasta lo que la memoria alcanza, ha sido preeminente en El Palmar. Su abuelo fue ya primer jurado (presidente) de la Comunidad de Pescadores. Su padre unió a ese título, obtenido repetidas veces en votación, el de alcalde pedáneo. El padre de este Ferrer era cabecilla blasquista de la localidad y amigo personal del líder político y novelista Vicente Blasco Ibáñez. Él proporcionó a Blasco la mayor parte de la información que permitió escribir la celebérrima Cañas y Barro, cuya acción se desarrolla precisamente en El Palmar. Ahora, por esas cosas de la vida, cuando la gente de El Palmar habla de Cañas y Barro, no lo hace de la novela, sino de la serie de televisión.
En el puerto de Valencia, una sorprendente exposición, montada con gracia y gran despliegue de medios, evoca la vida y la obra de Blasco Ibáñez, y permite reconstruir el ambiente de la Albufera, tal y como era en las primeras décadas del siglo. Pocos motivos se encuentran para mitificar ese pasado: barracas, barro, miseria. Por paradojas del destino, ahora que las artes de los pescadores vuelven casi vacías y el lago corre peligro de muerte, El Palmar se presenta como un pueblo limpio, con casitas sólidas y bien acabadas, y sus habitantes parecen vivir, ya que no con desahogo, sí al menos al ritmo de sus necesidades primeras.
Está, por supuesto, el fruto de esas decenas de restaurantes, todos de nombre obvio («Palmar», «Isla», «Lago», «Albufera», «Cañas y Barro», etcétera), sobre los que cae cada fin de semana una auténtica nube de valencianos, dispuestos a disfrutar de la paella, el all i pebre, el arroz a banda y demás especialidades del lugar. Formica, manteles de papel, más de una uralita en el tejado: olvídense ustedes de las exquisiteces con que se regalan los que han montado su negocio de lujo en la dehesa del Saler, al otro lado de la orilla, a la vera de urbanizaciones turísticas que son una afrenta para la vista y un atentado para el ecosistema. Y está también, cómo no, lo que aportan las 3.000 anegadas de tierra, de las que sale un arroz cuya importancia no parece necesario mentar: lo uno y lo otro permiten completar la economía de este pequeño pueblo de un millar de habitantes, muchos de los cuales siguen saliendo cada nueva temporada a pescar, sea bajo las leyes colectivas del redolí, sea al riesgo del involant, en el que cada cual se las apaña como puede.
La llisa y el cangrejo –éste foráneo, y tal vez problemático para el equilibrio del ecosistema acuático– son los únicos que acompañan a los pescadores en su empecinada lucha contra la degradación del lago. La producción de llisa (múgil) se ha cuadruplicado en un cuarto de siglo, gracias a su resistencia frente a los contaminantes y frente a la disminución de oxígeno en el agua. En ese mismo periodo, las capturas de carpa descendieron desde las 100 toneladas a cero; las de anguila (maresa y pasturenca) de 90 a 11; el llobarro (lubina), de 30 a nada. En las puertas de la Albufera, los pescadores del Perelló y el Perellonet han practicado tradicionalmente la pesca de la angula (de gran calidad por cierto, como lo prueba el hecho de que buena parte de su producción sea encaminada rápidamente... hacia Aguinaga). El descenso de las capturas de angula ha sido también muy notable (tal vez de un 90 por 100, lo que tiene que ver con las pérdidas sufridas por la población de anguilas, de las que las angulas son larvas desarrolladas. Otras especies, como el fartet, el samaruc, el moixó, han desaparecido ya de las aguas de la Albufera.
Todos los estudiosos reconocen que la comunidad pesquera de El Palmar ha sido extremadamente cuidadosa del equilibrio ecológico del lago. Que ha combatido contra la contaminación, la pesca desconsiderada, la caza furtiva. Que llamó la atención sobre los problemas desde el mismo momento en que empezaron a mostrarse. El pescador de El Palmar tiene una mentalidad alejada de la que es norma en los puertos de mar: él es más bien un agricultor de la pesca. Conoce sus límites, los respeta; cuida el medio hasta los mayores extremos.
Ahora vive en la confianza –o quizá, después de tanto desengaño, simplemente en la espera– de que el decreto que ha declarado la Albufera Parque Natural se lleve a la práctica. De que se frene la llegada de tanto veneno a las aguas del lago. De que no se les muera para siempre.
Javier Ortiz. Hoja del Mar, octubre de 1986. Subido a "Desde Jamaica" el 22 de febrero de 2017.
Nota: publicación del Instituto Social de la Marina que ha tenido diversos nombres desde su surgimiento: "Hoja Informativa del Pescador" (1963), posteriormente la "Hoja del Mar" y, actualmente, "Mar". No recordamos quién nos hizo llegar este texto que permanecía escondido en una carpeta de "Pendientes", pero desde aquí le damos las gracias efusivamente.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1986/10/01 08:00:00 GMT+1
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1986/10/01 06:00:00 GMT+1
Entre Burela y la Estaca de Bares
Pocos tramos conservará la costa peninsular más puros e incontaminados que éste. Y no estamos hablando ahora de la limpieza de las aguas –que también-, sino, sobre todo, de la transparencia personal, de la falta de cálculo monetario en las relaciones que el viajero establece con sus gentes. Es un espacio mínimo del litoral cantábrico, rodeando a Sargadelos: desde el extremo septentrional de la península, en la Estaca de Bares, a la desaliñada Burela.
Cae aquí, sí, la lluvia, mansamente enviudada de las nubes, cual si se conformara con abrillantar los largos prados verdes, las rocas pardas a cuyo pie reposa fieramente cada ola, los tejados de triste pizarra sin escuela. Bajo la tenue luz del mediodía, los puertos descansan, apenas visitados por las gaviotas –grandes, escandalosas– que se detienen con elegancia en los palos, los toletes, las maromas, en pose de fotografía turística.
Mal destino de actrices les espera, en esta tierra de mucho mesonero y poco huésped.
-La gente no viene -dice el viejo del bar, a un paso de Portocelo, frente a la larguísima playa sin un alma– porque dicen que aquí llueve más que en ningún otro lugar de Galicia.
Y el sol se abre desganado paso entre las nubes, y un arco iris perfecto se dibuja sobre el mar.
Cuando se habla de la Galicia marinera, el foráneo evoca casi siempre aquella que el Atlántico baña, desde Bayona a Ortigueira, con cita de Góngora incluida. Tal vez haya quien recuerde vagamente que existe también una norteña, jalonada de algún nombre conocido: Ribadeo, Foz… Pero es cierto que casi nadie repara en esta otra: pequeña fracción costera, cogida entre el extremo occidental de La Mariña lucense y la brevísima parte en que la provincia coruñesa se vuelve cantábrica, de Estaca de Bares a Porto do Barqueiro. Una nada; apenas cinco decenas de kilómetros litorales y varios pueblos de no demasiado renombre: Burela, Viveiro, Celerio, Bares, Barqueiro, San Ciprián, qué se yo, media docena más, algunas aldehuelas, muchas playas, dos rías, varias islas, poca gente… y todo el mar.
Porque aquí es el mar, sin duda, quien ordena. Quien dicta el sentido de amistades y rencillas. Quien convierte tal pueblo en solitario y tal otro en populoso. Quien, tras siglos de extraña emulación con el campo, ha acabado por imponer su ley, transformando la pesca en centro comarcal, con Celeiro y Burela a la cabeza dos puertos que son hoy punteros en la cornisa cantábrica, tanto por el volumen de sus capturas como por la importancia de sus ventas.
El bonito, la merluza… y lo demás
Burela le ha ganado su puerto a la mar abierta, como si quisiera homenajear a las boyas de corcho que tal vez dieron motivo a su nombre, hundido en los tiempos en que sus primeros pescadores partían a la búsqueda de la ballena, bajo los auspicios del deán de Mondoñedo. Ahora, cada temporada son más de setenta los barcos de este puerto que salen a perseguir el bonito, desde la primavera al otoño. Burela disputa en estos tiempos la primacía en el mercado del bonito del norte a las vascas Guetaria y Bermeo, de la misma manera que Celeiro acumula fama por la merluza que su flota palangrera trae desde aguas comunitarias.
Bonito, merluza… y lo demás. Porque la producción pesquera de la zona no se limita a estas dos pesquerías. A ellas hay que añadir las nada desdeñables capturas de pez espada, maruca, congrio, rape, pescadilla, besugo, sardina, jurel, chicharro y palometa. A lo que se suma, claro, el inevitable pulpo, y las nécoras, langostas, percebes, bogavantes, almejas, berberechos, etcétera, sin los cuales esta tierra no podría ser tenida por gallega.
Extraña, fascinante tierra. Cada cual es muy dueño de elegir el destino de sus pasos, pero tengo para mí que pocas personas resistirían el encanto de un paseo mañanero hasta la Estaca de Bares, límite convencional del Cantábrico: bajar por el difícil camino hasta el extremo del cabo, contemplar cómo rompen las olas contra las afiladas rocas, tomar descenso luego en la quietud de la montaña hasta el empinado pueblo de Bares, con su recoleta playa sembrada de barcas y el espigón del puerto, flanqueado por piedras de extraña redondez, y terminar en alguno de los escasos restaurantes, en los que es posible apreciar las virtudes de un marisco recién llegado, una buena lubina o una generosa ración de merluza, todo ello a precio más que asequible, admirando por el ventanal del comedor la larga ría del Sor, con la isla Coellera al frente, tamizada por la bruma. O llegarse a la desaliñada Burela tras una visita detenida a la fábrica de cerámica de Sargadelos y seguir el rastro de los cocineros que bajan al puerto a comprar el bonito desembarcado ahora mismo y probar más tarde el resultado de su labor en alguna casa de comidas de las que reservan su más agradable sorpresa para el momento de la cuenta.
Pocos tramos conservará la costa peninsular más puros e incontaminados que éste. Y no estamos hablando ahora de la limpieza de las aguas –que también-, sino, sobre todo, de la transparencia personal, de la falta de cálculo monetario en las relaciones que el viajero establece con sus gentes, de la desinteresada hospitalidad del trato, de la posibilidad de sentirse uno más entre los propios.
Y es que, como no viven de ti, no aspiran a venderte su sonrisa.
Elegir la paz
Ben es un marino senegalés que ha elegido el Cantábrico como puerto de retiro.
–En mi tierra, nadie comprende esta manía de los europeos de tumbarse en las playas y quedarse quietos hasta ponerse morenos. La gente de allí está convencida de que eso demuestra que los blancos sienten vergüenza del color de su piel.
Ya son cada vez más los –y las– que han comprendido que el tiempo de ocio no tiene necesariamente por qué ser agotador. Que cabe incluso tratar de convertirlo en una fuente de relajamiento, de satisfacción, de goce, material y espiritual. Para quienes abordan así su tiempo libre, estos escasos kilómetros de costa cantábrica pueden representar un objetivo más que apetecible.
Antonio Raimundo Ibáñez, marqués de Sargadelos, librepensador, amigo personal de Goya, caballero de amplios posibles y muchas ideas, trató en su tiempo de dar un impulso renovador al norte lucense, introduciéndolo por la vía de la industrialización, sin por tal pagar tributo excesivo a los desastres que el progreso industrial –ya entonces– acarreaba. El marqués, que el sordo de Aragón dejó inmortalizado en tela de lienzo, montó una fábrica de cañones y, más tarde, una industria de cerámica. Curiosos tiempos aquellos: fue esta segunda la que alcanzó mayor éxito. El de Sargadelos, que tuvo trágico fin en Ribadeo, puede ser tenido como uno de los ancestros del galleguismo, dada su inclinación por el ideario autonómico.
Es como si la Galicia cantábrica que rodea Sargadelos estuviera hoy a un paso de recoger las banderas dejadas por el viejo marqués a la hora de su muerte. El villorrio mismo que le diera título se ha convertido en un foco cultural del galleguismo más dinámico y progresivo, sirviendo de escenario a encuentros, exposiciones y muestras culturales de primera importancia, colocadas bajo la advocación del Nos más ilustre: Castelao. Y, en el entorno, balbucea un despegue económico notable, que ha convertido esta franja costera en la de más alto nivel de vida de Galicia, por más que casi nadie lo sepa (o lo diga ).
Todo está en lo que acabe por quedar. Si el modelo riguroso lo impondrán esos puertos pesqueros que, olvidándose del maná caprichoso del turismo, aseguran el sustento de sus poblaciones sin atentar contra el escenario que la Naturaleza ha regalado, o si terminará por imponerse el ejemplo de los extraños engendros industriales –aluminio, caolín, papeleras– que, realidades o proyectos, fantasmagorean en paralelo por la costa.
De momento, aún es la paz la que manda. Una paz suave, tal vez melancólica, rodeada de nieblas y lloviznas, encantadora.
Javier Ortiz. El otro Cantábrico. Revista Sobremesa. Octubre de 1986. Subido a "Desde Jamaica" el 22 de febrero de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1986/10/01 06:00:00 GMT+1
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1986/05/01 06:00:00 GMT+1
El señor embajador de Portugal gesticulaba animadamente desde la callada pantalla del televisor de la sala. Estaba, sin duda, felicitando a UCD –y quizá también felicitándose- por su espectacular victoria electoral, y a los reunidos sólo se nos permitía el privado desquite de suprimirle la voz.
Estrenábamos nuestra democracia particular: su libertad de expresión, nuestro derecho al silencio. Alguien puso música para acompañar la melancolía del ambiente. Mandolina, Heb Pedersen, Fayssoux Starling, Doña Emmylou: ‘And in her eyes you see nothing, no sign of love behind the tears cried for no one…’. No recuerdo quién había acarreado dos botellas de txakolí a la reunión. Cielos, qué mezcla. Basque Country, habría que llamar a eso. Pero la evocación de los Beatles no desentonaba.
Yo no había probado el txakolí desde hacía siete años, cinco meses y veinte días, hora más o menos, cuando ya tenía las maletas dispuestas para abandonar San Sebastián, y Francia se preparaba, sin saberlo, para asquearme con choucroute y betterave durante cinco eternos años. ‘París, sí, sí; París para los señoritos’, había escrito el de Bilbao (Nota de edición: Blas de Otero). Qué gracioso.
Pero eran entonces pasados los años de la fiera diáspora, detenida en aquella noche de junio madrileño, con las dos botellas de txakolí sobre la mesa, y Eva en medio del bullicio, echando una manta sobre los dos y rehuyendo las miradas de su compinche. Juegos de sociedad con la transición clavada en las entrañas. Desde el dolor hasta la amargura, desde el vértigo hasta la náusea, desde la lid hasta la soledad, joven hermana. Y la mano que se desliza clandestina –es la costumbre- bajo la manta.
-A mí el txakolí me sienta fatal.
-Pues a mí me da ganas de llorar.
Y era verdad. Demasiados amigos, demasiados recuerdos, demasiadas esperanzas. Claro que dos botellas es bien poco, sobre todo cuando son varios los que esperan soñar a su costa. No creo que me tocara ni media botella en el reparto.
Desde entonces no he vuelto a probar el txakolí. Incluso cuando visito San Sebastián, prefiero la sidra y el vino de Cigales. Tampoco he visto mucho más a Eva, y menos a su manta. Aquella noche, en fin, perdí todo mi interés por los embajadores extranjeros.
He vuelto a oír, sin embargo, infinitas veces el mismo disco, la misma canción. Claro que ahora los tiempos son ya irremediablemente otros: cuando del surco cansado sale la voz dulce de doña Emmylou hablando de las lágrimas inútiles, prefiero tratar de engañar la melancolía con dos generosos tragos de whisky.
Javier Ortiz. Llorar por nadie. Nº 26 de la Revista Sobremesa. Mayo de 1986.
Nota de edición: Javier recordó este momento en un apunte de 2002: Donde no hay encanto, no hay desencanto.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1986/05/01 06:00:00 GMT+1
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1977/12/01 06:00:00 GMT+2
A la hora de plantearse el problema de la forma de Gobierno, parece claro que hay muchas y buenas razones de principio para optar por las republicanas, desechando las monárquicas. La República, al colocar la jefatura del Estado también bajo el sufragio popular, muestra una coherencia democrática de la que carece el sistema monárquico.
Desde un punto de vista formal, cabría objetar a las Monarquías occidentales su inutilidad, su parasitismo. Esta objeción vendría precisamente justificada por las declaraciones de tantos liberal-monárquicos que se escudan en la pretendida inhibición en la vida política concreta de los monarcas, al parecer situados por encima de las banderías políticas. En la práctica, sin embargo, la cosa es más grave. Porque, al margen de que las Monarquías puedan ser un caro adorno, son también y sobre todo, un factor de continuismo y de estabilidad para los manejos políticos de la burguesía. Pero nuestra intención no es disertar con vaguedades acerca de las Monarquías y las Repúblicas en general. Nuestra obligación es incidir en el tema desde el ángulo concreto del aquí y ahora. No de las Monarquías, sino de esta Monarquía. A ello va dedicado nuestro dossier quincenal. El lector volverá a comprobar en él que la izquierda no tiene un punto de vista homogéneo al respecto, y podrá interrogarse sobre las razones aducidas por unos y otros.
Hay cosas que, sin embargo, forman parte del dominio de lo objetivo. Es un hecho objetivo que, históricamente, en el Estado español, las formas republicanas de Gobierno se han identificado con el progreso, y las monárquicas con la reacción. Es un hecho igualmente objetivo que la Monarquía fue rechazada en su día por la vía del sufragio universal y que, a lo largo del casi medio siglo posterior, no fue echada de menos, ni poco ni mucho, por los pueblos del Estado español. Es un hecho objetivo también, y cuánto, que esta Monarquía fue engendrada en las entrañas mismas del fascismo, creció en ellas, juroles fidelidad, acató sus desmanes...
Demasiadas cosas en un plato de la balanza. ¿Y en el otro? «Una función de equilibrio», «una labor de puente», «un elemento estabilizador»... Por nuestra parte, damos en creer que, si aquí ha habido equilibrio, puente y estabilización – en la medida en que ha habido–, no se debe a las discutibles virtudes de un personaje, sino a los intereses concretos de la clase dominante y a la relación de fuerzas sociales en presencia. Convengamos igualmente en que las virtudes aducidas son demasiado coyunturales y momentáneas, aún en el supuesto de que fueran reales, como para que hubieran de obligamos a cargar de por vida con toda una cohorte de reyes, reinas, príncipes, princesas, cortesanos y cortesanas en general.
Sobre todo si se tiene en cuenta que aquí –a diferencia de esas fábulas en que las ranas se transforman en reyes– corremos francamente el peligro de que el rey nos salga rana.
Ramón Collar (uno de los alias de Javier Ortiz). Saida (Diciembre de 1977). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de mayo de 2009. Texto remitido por Marcos desde Cantabria. Muchas gracias.
Del recuerdo escrito por Jaime Pastor: "Ese esfuerzo se vio confirmado con su papel como editorialista, con el seudónimo de Ramón Collar, en el “quincenario de información y crítica” Saida, una experiencia esperanzadora de periódico de la casi totalidad de la izquierda revolucionaria, incluyendo a la libertaria, surgida en septiembre de 1977, y que tropezó repetidamente con la censura del gobierno de la UCD y de los tribunales. El caso más sonado fue la publicación de un dossier titulado “¡Viva la República!” en el número 11 de esa revista, en diciembre de 1977, que costó el procesamiento y posterior encarcelamiento durante un mes por “injurias al Jefe del Estado” del director “oficial” (Miguel Bayón) y de 4 dirigentes de organizaciones de la izquierda radical -entre ellos Miguel Romero, por la LCR- que se declararon coautores de los dos artículos motivo de la acusación, uno de ellos escrito por Javier. Por cierto que la (re)lectura de los editoriales y de los artículos que aparecieron en sus sucesivos números durante los pocos –pero intensos- años de vida de esta revista podría ser muy útil para desmitificar esa visión idílica de la “transición” que se nos sigue vendiendo".
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1977/12/01 06:00:00 GMT+2
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1977/10/01 06:00:00 GMT+2
El Movimiento Comunista es un partido de creación relativamente reciente (el MC nació en enero de 1972; su origen se remonta a 1967), que ha sido ajeno, en consecuencia, a toda una serie de hechos característicos que han venido a configurar la realidad actual del movimiento revolucionario en el Estado español. Esto comporta ventajas y desventajas, naturalmente. Desventaja es, sin duda, el no poderse beneficiar de la experiencia histórica del movimiento revolucionario anterior sino parcial e indirectamente. Ventaja, sin embargo, el no estar marcado sino parcial e indirectamente por los aspectos negativos de esa misma experiencia.
Sentarse a la altura de 1977 a pontificar sobre lo que hicieron o dejaron de hacer los revolucionarios de épocas anteriores, repartir condenas y alabanzas a unos y a otros -teniendo en la mano lo que ellos no tenían: el conocimiento del resultado de su acción, y pasando por alto las dificultades y condicionamientos de todo tipo a los que estuvieron sujetos- sería erróneo y sin sentido. Al encarar el pasado de nuestro movimiento revolucionario, lo importante es discernir críticamente qué es lo que hace falta asimilar, qué debe recogerse sólo parcialmente y qué debe ser rechazado. Y ello con la vista puesta en nuestra propia práctica política actual.
El aspecto que quizá merece un replanteamiento más concienzudo y libre de prejuicios es el de las tradiciones acumuladas por la práctica del Partido Comunista de España, que durante muchos años fue el principal componente de las fuerzas revolucionarias del Estado español.
Se ha dicho -con justicia, pensamos- que es necesario reivindicar la tradición revolucionaria del Partido Comunista de España, tradición a la que sus actuales líderes han dado, en nuestra opinión, la espalda. Desde su fundación en 1921 hasta su conversión en la vanguardia efectiva de la revolución; desde la época de la guerra popular contra el fascismo (1936-1939); en las primeras décadas de la resistencia contra el régimen dictatorial fascista... en todo ese período de más de treinta años, el PCE tuvo una acción que ofrece numerosas enseñanzas válidas y positivas, de las que aún hoy, décadas después, estamos obligados a tomar ejemplo.
Sin embargo, eso no exime de la necesidad de examinar críticamente el conjunto de aquella acción, para determinar en qué medida hay que darle hoy continuidad y en qué medida encierra prácticas, actitudes y criterios superados, o sencillamente erróneos.
Nuestro Partido estima que en todo aquello hay un alto número de aspectos positivos que ningún revolucionario de hoy puede permitirse desconocer. Somos herederos de una tradición de combatividad, de coraje y de espíritu de sacrificio realmente ejemplares, que han asombrado al mundo en más de una ocasión. Somos los herederos de un movimiento revolucionario que ha puesto en jaque en muchas ocasiones a la reacción; que combatió con intransigencia el reformismo y el espíritu de capitulación; que no dudó en tomar las armas para defender su libertad y su honra cuando las supo en peligro... Tal es la tradición comunista -y no sólo comunista, sino también, en diversa medida, anarquista, socialista revolucionaria, republicana de izquierda, nacionalista radical- que el pasado nos lega.
Pero es ineludible reconocer que, junto a estos y otros aspectos enormemente positivos, había en aquello un cierto número de factores que nos parece particularmente importante desterrar hoy de nuestra práctica. No son simples realidades pasadas, sino prácticas, actitudes y criterios que siguen de algún modo presentes: sea en el actual PCE, sea en determinadas otras fuerzas que, buscando retomar la tradición revolucionaria del PCE de antaño, recogen, sin demasiado discernimiento, lo erróneo al lado de lo justo.
¿A qué realidades hacemos referencia? Sería largo enumerarlas todas. Vamos a señalar solamente algunas, particularmente graves y particularmente rechazables.
Durante muchos años, por ejemplo, el movimiento revolucionario del Estado español -y el propio Partido Comunista- pusieron insuficiente énfasis en la defensa de su independencia frente a movimientos revolucionarios de otros países. El Partido Comunista de la Unión Soviética, muy particularmente, intervino frecuentemente en la determinación de la línea política de los comunistas del Estado español, imponiendo -con el consentimiento de la dirección del PCE- criterios que no siempre estaban en consonancia con el sentir de los militantes comunistas y de los trabajadores del Estado español. Llegó a crearse una relación de abierta dependencia. Esa dependencia tuvo una importancia indudable en los sucesivos giros derechistas que la dirección del PCE tomó en la década de los cincuenta, como la había tenido antes en la comisión de diversos errores, y como la ha tenido posteriormente.
Determinar libremente la propia política, más allá de toda presión o intervención exterior -incluyendo en tal consideración a las fuerzas revolucionarias de otros países- es no sólo un derecho, sino un deber revolucionario de primera importancia. Toda relación de tutela -material, ideológica o política- lleva al empobrecimiento de la propia capacidad revolucionaria, o a su hipoteca.
En la época del PCE que reivindicamos como revolucionaria hubo -y eso no deja de tener relación con lo anterior- un estilo dogmático, poco creador, de entender, de asimilar, de estudiar -y de aplicar, en consecuencia- la teoría socialista. Es de rigor reconocer que había (y aún hay, aunque esto desborde ya ampliamente al actual PCE) una tendencia a conformarse con unas pocas ideas, tomadas como un manual o un recetario, apoyándose por lo demás en el trabajo creador de otros partidos comunistas, y de otros teóricos extranjeros. La pobreza teórica de los líderes revolucionarios ha sido una constante, con las negativas consecuencias que de ello se desprenden inevitablemente: tendencia a imitar experiencias ajenas de manera mecánica y simplista, escaso análisis de la propia realidad, dificultad grave para establecer un camino revolucionario ajustado a las condiciones concretas del tiempo y del lugar en que se vive...
El MC no tiene la pretensión de haber superado plenamente este estilo: por el contrario, somos muy conscientes de que lo sufrimos nosotros también. Todo lo más, podemos atribuirnos la conciencia de que ese problema existe, y de la necesidad de movilizar todos los esfuerzos para superarlo. En todo caso, afirmamos nuestra voluntad de estudiar críticamente las experiencias del pasado y de los demás países; de buscar por nuestros propios medios, apoyándonos en la experiencia de nuestros pueblos y en el análisis concreto de la situación real, un camino revolucionario que nos sea propio.
Otra característica que cuenta con una lamentable tradición en el movimiento revolucionario del Estado español es el sectarismo. El sectarismo en las relaciones con otros partidos y organizaciones de diverso tipo, y el sectarismo en las relaciones con la gran masa de gentes sin partido. El PCE no fue ajeno desde su fundación a esta tendencia al sectarismo, que lleva a confundir a menudo el interés limitado del propio partido con los intereses generales del pueblo trabajador, sometiendo en la práctica éstos a aquel. Una identificación entre el propio partido y la revolución que lleva igualmente a menospreciar de hecho el papel jugado por otros partidos progresistas, a ser incapaz de aprender de ellos y a no ser leal en la colaboración con ellos, más allá incluso de las afirmaciones formales de lo contrario.
Ser el partido dirigente de la revolución no se consigue a base de mesianismo, o de atribuirse ese título arbitrariamente, sino a base de trabajo, de lucidez política y de constancia en la defensa de los intereses del pueblo revolucionario. Por otra parte, un partido puede ser dirigente, pero no por ello agota las posibilidades de expresión organizada de las diversas corrientes revolucionarias. Le interesa a la revolución que diversas corrientes revolucionarias recojan la variedad de posiciones, de ideologías, y también de intereses, que caben en el amplio cauce de la lucha por la transformación de la sociedad y del mundo en conjunto. Pero no basta con reconocer eso: hace falta asumirlo plenamente y ser consecuente con ello en las relaciones con las fuerzas que se sitúan del mismo lado de la trinchera. Y aquí es necesario reconocer que son más frecuentes las declaraciones pomposas que las actitudes positivas concretas. Nosotros nos esforzamos para conseguir mantener una actitud no sectaria, de colaboración leal y honesta con los diferentes partidos y organizaciones de todo tipo que juegan un papel progresista, y nos esforzamos igualmente por no tratar de suplantar en ningún caso el papel de las amplias masas del pueblo, sabiendo que es a ellas a quien corresponde el papel protagonista, estimulando su iniciativa propia y combatiendo para que sean ellas las que vayan adquiriendo cada vez mayor fuerza y poder decisorio.
También en el estilo de dirigir, o de tratar de dirigir, hubo y hay tradiciones extremadamente erróneas, que abarcan igualmente a la vida interna de partido. Tendencias a confundir la disciplina con la disciplina ciega, el seguidismo y la falta de democracia interna. Es cierto que no han sobrado, dentro del movimiento revolucionario en el Estado español, ejemplos de partidos con una vida interior seriamente democrática, donde la necesaria centralización y disciplina se obtuvieran a partir del concurso auténticamente libre y consciente de la base militante. El PCE, incluso en la época en que tuvo un más acentuado estilo revolucionario, recurrió en ocasiones a métodos de dirección impositivos, llegando a sustituir el sistema de la persuasión por acciones de estilo policial —y empleamos este término con conciencia de su gravedad—, que han dejado un funesto rastro. Y ello tanto en lo referente a la dirección de los propios militantes como en la dirección de sectores del pueblo no pertenecientes a él.
Todos hemos podido percibir la existencia de esa tradición, que sigue presente entre las fuerzas de tendencia revolucionaria. Para nosotros no cabe la menor duda de la necesidad de cortar radicalmente con ese estilo. Los derechos democráticos del militante deben ser escrupulosamente respetados, y no deben tolerarse bajo ningún concepto las violaciones de la legalidad democrática marcada en los Estatutos establecidos por los Congresos representativos. Debe asegurarse por todos los medios el libre uso de los derechos democráticos, también de los ciudadanos en general, como un deber del propio partido.
Otra tradición lamentable de nuestro movimiento revolucionario a lo largo de su historia ha sido la falta de una sensibilidad plena hacia el grave problema de las nacionalidades y regiones en el Estado español, con las consiguientes tendencias al centralismo. Ha habido y hay una inclinación constante a desconfiar de las reivindicaciones nacionales y regionales de los diversos pueblos que componen el Estado español, a ver en ellas el germen de todo tipo de peligros reaccionarios. Se desprecia el sentido de la lucha por el recobramiento de la identidad de cada pueblo como empresa de dudoso interés para el proletariado, y se considera, todo lo más, necesaria "dentro del marco de la lucha por los derechos democrático-burgueses", sin comprender que en este combate ha estado y está encerrado un enorme potencial revolucionario, que enfila directamente por el camino de la revolución socialista. Esta tradición, muy sensible en la historia del comunismo español, ha sido utilizada constantemente para atizar sentimientos anticomunistas entre los sectores nacionalistas, maniobra que difícilmente podría haber progresado si los comunistas hubieran demostrado ser capaces de ponerse en vanguardia de la lucha por la liberación de las nacionalidades.
He aquí un cierto número de importantes vicios adquiridos por el movimiento revolucionario en el Estado español. Ellos aparecen íntimamente mezclados con los bien merecidos laureles de una lucha gloriosa y heroica.
El pasado no tiene vuelta de hoja. El presente y el futuro sí: en nuestras manos está escribirlo de una manera o de otra.
Hemos recibido de nuestros predecesores una herencia, en la que hay mucho de bueno y también de malo. El problema fundamental no está en establecer si cupo hacerlo de otro modo; el problema está principalmente en no tropezar nosotros con las mismas piedras.
Un partido revolucionario de nuestra tierra y nuestro tiempo no puede ser el simple continuador de las tradiciones que hemos heredado: debe retomar algunas, sí, pero debe imponer un nuevo estilo en gran número de otras. Se trata de construir un partido hecho a la medida de las necesidades revolucionarias de nuestra realidad, sin lastres ni prejuicios.
Javier Ortiz alias Fermín Ibáñez. Las tradiciones a las que renunciamos. 1977. Texto recuperado para el número de junio de la revista Hika.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1977/10/01 06:00:00 GMT+2
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1977/09/15 08:00:00 GMT+1
A lo largo de la Historia de las sociedades burguesas, no han faltado los regímenes que han intentado en algún momento frenar su hundimiento tratando de amedrentar a sus enemigos con una violencia de pretensiones "ejemplares". Con ejecuciones "ejemplares", por ejemplo. Digamos rápidamente que las ejecuciones "ejemplares" no han sido privilegio exclusivo de las dictaduras fascistas. En momentos cruciales, las democracias parlamentarias -burguesas- han recurrido también a ello. Los Estados Unidos, paraíso democrático, sentaron en la silla eléctrica a Incola Sacco y Bartolomeo Vanzetti tras un proceso que ahora la propia Justicia yanqui califica de "injusto". También los esposos Ethel y Julius Rosemberg fueron ejecutados tras un proceso farsa similar, en plena era maccarthista, acusados de un tan misterioso como inexistente "espionaje" a favor de la URSS. ¿Hará falta recordar que un tal François Mitterrand, ministro de Justicia, llevó a la guillotina también a un militante del Frente de Liberación Nacional de Argelia, asimilando la guerrilla anti-colonial al bandidaje puro y simple? La lista sería interminable...
Pero los regímenes fascistas se han distinguido por su recurso particularmente sistemático y cruel a la pena de muerte. En ocasiones, sin tomarse siquiera el trabajo de darle una envoltura jurídica: se coge y se mata, y cuanto más mejor. En otras, con envoltura jurídica. De esos casos, en este tiempo y en estas tierras, nos ocupamos en un informe que publicamos en las páginas interiores. Casos que se llaman Grimau, Granados, Delgado, Puig, Otaegi, Txiki, García Sanz, Baena y Sánchez Bravo: nueve nombres que nosotros no olvidamos. Y aquí hay algo que nos interesa dejar muy claro desde ahora mismo. Ese "nosotros no olvidamos" no viene de que nos anime ningún particular rencor, ninguna particular sed de venganza. No nos anima ni más rencor ni más sed de venganza que la que alimentaban los jueces de Nuremberg. Por ejemplo. Lo que nos anima es un deseo, una voluntad firmísima de que a esos nueve nombres no se añadan en un futuro próximo un décimo, un undécimo... Lo que nos mueve es la intención de impedir que se vuelva a las andadas. Y para impedir que se vuelva a las andadas hay que poner la vista encima de los que anduvieron. Porque los que hacen un cesto pueden hacer ciento. Eso es tanto más importante cuanto que aquí nadie parece dispuesto a devolver a cada cosa su nombre. Cuanto que los del cesto de ayer no sólo andan sueltos, sino que siguen teniendo en sus manos no pocas de las riendas del Poder. No descubrimos nada nuevo, desde luego. Son muchos los que esto se lo saben de memoria. La diferencia es que nosotros lo decimos.
Ramón Collar (seudónimo de Javier Ortiz). Revista Saida. Nº 4, 15 de septiembre de 1977. Subido a "Desde Jamaica" el 3 de marzo de 2017.
Han pasado casi 40 años desde que Javier escribiera estas líneas. Estos días estamos también de aniversario por la llamada primavera de Reinosa, 1987 (Reinosa debe vivir ha escrito recientemente Marcos Gutiérrez) y hoy es el aniversario de los sucesos de Vitoria: 3 de marzo, Vitoria, 1976 (Javier escribió: Recuerdo de un 3 de marzo en 1999).
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1977/09/15 08:00:00 GMT+1
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1977/05/04 12:30:00 GMT+1
La izquierda tiene una misión histórica concreta: hacer la Revolución. Se trata de una verdad que puede ser tachada de elemental. Sin embargo, mucho nos tememos que más de uno y más de dos no hayan esperado demasiado a olvidarse de lo más elemental.
Así nos encontramos hoy con un conjunto de partidos (que no sólo se dicen de izquierda, sino que a menudo aspiran a repartirse entre ellos el monopolio de ser la izquierda) y que ponen el centro de su perspectiva, como razón suprema, la obtención de votos. Votos, más votos, cuantos más votos mejor, todo para conseguir más votos. Todo en función del voto. Quita todo lo que aleje votos; coje todo lo que pueda traerlos.
El asunto es más grave de lo que pudiera parecer.
En primer lugar, porque cuando se subordina todo a la obtención de votos se impone ponerse a la cola de los estados de opinión momentáneos, de las ideas de mayor circulación en la situación dada. No a tenerla en cuenta -cosa lógica y necesaria- sino a subordinarse a ellas. Dicho en pocas palabras: si las ideas revolucionarias no se venden bien en el mercado electoral, entonces hay que sustituirlas por otras que se vendan. Así de simple. Resultado: lo mismo se «olvida» la posicion marxista ante las instituciones represivas del Estado que se adoptan enseñas perfectamente extrañas; lo mismo se habla en favor de la propiedad privada que se felicita -deportivamente, por supuesto- a Suárez... Cuestiones de marketing. Marketing en vez de principios.
En segundo lugar, porque el voto como objetivo supremo tiene sus servidumbres. Puestos a sacar votos, mejor que sean en propiedad. Me hace falta saber a mí, Fulano, y a mi partido, Mengano, cuántos son los votos que he logrado sacar. Entonces no me interesa ir en compañía de nadie a las urnas. Nada de unidad, nada de coaliciones: mis votos son cosa mía, y mis diputados tienen que llevar etiqueta de la empresa. Por lo menos esta primera vez. Luego, una vez enseñados mis poderes, quizá me preste a otro juego (el juego democrático le llaman: luego es un juego. Para ellos).
Pero el deber de los revolucionarios es hacer la Revolución. Y eso tiene exigencias muy concretas. Por ejemplo: subordinar la obtención de votos particulares al avance de posiciones en el combate general y colectivo. Por ejemplo: proponerse ganar votos, pero no cualquier tipo de votos y a no importa qué precio, sino votos en favor del programa que apunta a la transformación socialista de la sociedad.
De tal modo, que lo que hoy se plantea a la ciudadana y al ciudadano de izquierdas no es ya escoger entre unas y otras candidaturas de izquierda, sino el empezar por preguntarse si determinadas candidaturas, por más que estén integradas por hombres y mujeres (casi siempre, en realidad, por hombres) de izquierda, son realmente o no de izquierda por su contenido fundamental, por el sentido profundo de su acción. Y habrá que concluir que, en más de un caso, más que de candidaturas de izquierda hay que hablar de negocios privados hechos por gente de izquierda.
Cabe decir que la derecha ha hecho mucho, y bien, por dividir a la izquierda. Pero no hay en ello nada que valga de excusa: la derecha se ha limitado a cumplir con su deber. Es a la izquierda a la que hay que reprocharle no haber sabido cumplir el suyo.
Por un tiempo pareció que, de todas formas, había algunos intentos serios, protagonizados por algunos partidos de izquierda y determinadas organizaciones de masas, de dar cuerpo a una opción unitaria dentro de una perspectiva de lucha por el socialismo y la liberación de los pueblos. Ahora, cuando cerramos este número, nos llegan noticias que ponen en entredicho la realización de esos intentos, por lo menos en algunas nacionalidades y regiones. Es difícil saber en qué quedará la cosa. Ahí queda el «dossier» preparado, de todos modos, así sea como testimonio de lo que ha podido ser.
Para nosotros, pese a todo, sigue estando perfectamente claro que no basta con votar para que se pueda hablar de libertad. Que la libertad sigue formando parte de los objetivos a alcanzar con la lucha.
A. Fernández / Javier Ortiz / Ana Puértolas. Revista Saida. 4 de mayo de 1977. Subido a "Desde Jamaica" el 18 de febrero de 2021.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1977/05/04 12:30:00 GMT+1
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1977/02/05 07:00:00 GMT+1
1.- No existe la menor duda sobre la existencia de un auténtico plan fascista. Su finalidad: dar pie a una aplicación cabal, abierta y generalizada de los métodos fascistas de Gobierno, desprestigiados y en semibancarrota.
2.- Las diversas siglas que aparecen tras atentados y secuestros no son sino diferentes manos ejecutoras al servicio de las mismas fuerzas políticas, económicas y sociales, las cuales constituyen el soporte material del fascismo en el Estado español. El verdadero problema hay que situarlo, en consecuencia, en la existencia de esas fuerzas. Se trata de determinados sectores de la oligarquía financiero-terrateniente del aparato burocrático franquista y -más particularmente- del complejo entramado represivo nacido al calor de los últimos cuarenta años. Tales sectores son irreductiblemente hostiles a la libertad y la democracia. En esas condiciones, si se desea superar efectivamente la situación actual, se impone desmantelar a fondo los mecanismos de poder con que esas fuerzas cuentan.
3.- Por su origen, por su composicion, por su programa esencial y, sobre todo, por las fuerzas en que se apoya, el Gobierno actual está incapacitado para llevar a cabo esa tarea. El mismo es fruto de un equilibrio con las fuerzas a desmantelar, y se sostiene precisamente sobre ese equilibrio, por lo demás precario e inestable. Sólo un Gobierno de demócratas, libre de toda hipoteca con el régimen a superar y apoyado en el pueblo trabajador, podría llevar a término el afrontamiento con las fuerzas ultrarreaccionarias, únicas responsables de la crítica situación presente.
4.- La reacción del gobierno ante los últimos hechos ilustra las afirmaciones anteriores. Siendo patente el origen fascista de los atentados, ha evitado enfrentarse con sus inspiradores, los cuales siguen teniendo las manos libres. En cambio, ha preferido arremeter contra organizaciones democráticas y de izquierda, evidentemente ajenas a las actuaciones terroristas. Nuestro partido ha sido uno de los que ha sufrido las consecuencias, pese a su actitud más que neta ante estos hechos.
5.- Las organizaciones democráticas que en los últimos días han adoptado la táctica de respaldar con su apoyo al Gobierno han cometido un error de bulto. De un lado, por haber dado ese apoyo sin obtener a cambio unas garantías elementales de que iba a ser utilizado para respaldar una acción gubernamental decidida contra los sectores pinochetistas. De otro lado, por haberlo dado ignorando la incapacidad del actual Gobierno para dar una solución resuelta a los problemas básicos que laten bajo la actual crisis.
6.- Hay que salir al paso de la intolerable amalgama que se está tratando de hacer con el uso del término "extrema izquierda". Se trata de confundir en un mismo cajón de sastre a fuerzas absolutamente dispares, cuando no totalmente contrarias: desde siglas (como el GRAPO) que apenas disimulan su carácter provocador al servicio de los planes fascistas, pasando por grupos radicalizados, carentes de peso político, hasta partidos que, sustentando puntos de vista de izquierda revolucionaria, hemos realizado una considerable contribución a la lucha por la libertad y la democracia. Es de lamentar que determinadas formaciones políticas no vean que, dejándose arrastrar hoy al juego de las exclusiones, están facilitando las tácticas confusionistas reaccionarias, y sus posteriores consecuencias.
Javier Ortiz firma como miembro del Movimiento Comunista en Cuadernos para el Diálogo. 5 de febrero de 1977. Subido a "Desde Jamaica" el 12 de enero de 2021.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1977/02/05 07:00:00 GMT+1
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1976/09/04 21:50:00 GMT+2
Parece ya tradición: cada tanto, el tema de una posible escisión y disolución de Coordinación Democrática salta al primer plano de la actualidad.
No faltan interesados en ello. De un lado, un Gobierno que (¿cómo reporchárselo?) preferiría tener enfrente una oposición agrupada conforme a otros esquemas, de los que la izquierda revolucionaria quedara excluida y, en consecuencia, incapaz de influir a la hora de los contactos al máximo nivel. De otro lado, ciertos sectores de la propia oposición, pero ajenos a Coordinación, que verían en el rompimiento de tal organismo la ocasión de materializar una alianza con una parte de sus componentes, dejando en la cuneta a otros cuya presencia les resulta -al parecer- especialmente incómoda.
Naturalmente que hay hechos que llevan a aquéllos y a éstos a pensar que no son los suyos sueños vanos. Cierto que Coordinación viene atravesando por sucesivos momentos críticos, que han puesto incluso a veces en peligro su misma existencia. Así ocurrió cuando algunos partidos creímos percibir en el organismo unitario una escasa energía en la defensa de nuestros primeros cuatro encarcelados (Camacho, Trevijano, Dorronsoro y Aguado). O cuando se manifestó una apreciable debilidad ante la política agresiva que encarnaba Manuel Fraga. O cuando pareció que determinados partidos no acababan de resistirse a los cantos de sirena de la nueva Ley de Asociación Política. O, en fin, más recientemente, tras la aparición de los documentos llamados "de los 32", documentos que se han realizado sobre la base de una deliberada y explícita exclusión de algunas fuerzas políticas (incorrectamente identificadas con la corriente de izquierda revolucionaria).
Me permito pensar, no obstante, que Coordinación Democrática, sin dejar de zarandearse de vez en cuando por temporales de una u otra naturaleza, va a seguir quilla arriba, contra viento y marea, aún por tiempo.
Desde luego que a ello contribuirá la labor de aquellas fuerzas -entre las que el MC se encuentra-, cuyos intereses coinciden con los de la existencia y el programa de Coordinación. Empero, tiendo a pensar que la unidad del organismo se mantendría aun y cuando hubiera organizaciones cuyos intereses pudieran diferenciarse de éstos. No hablo, pues, de la pervivencia de la unidad en función de ninguna pía esperanza en la lealtad de unos u otros hacia los compromisos adquiridos. Hoy por hoy, mi confianza se basa más bien en el convencimiento de que la unidad se va a mantener, sencilla y fundamentalmente, porque nadie puede romperla.
Entiendo que, para que Coordinación pudiera romperse, deberían cumplirse tres condicoines: tres condiciones que, vistas desde la atalaya de la Comisión Ejecutiva del propio organismo unitario, parecen de difícil concurso. Me voy a permitir enumerarlas una a una con un mínimo de detalle.
-Haría falta, en primer lugar, que las que (impropiamente) son llamadas "grandes fuerzas políticas" pudieran prescindir, para la necesaria alianza actual entre ellas, de la presencia de las demás fuerzas: izquierda revolucionaria, demócratas independientes, izquierda social-demócrata... Hay muchas y muy variadas razones para pensar que no ha llegado aún el día en que puedan hacer tal cosa, en el hipotético caso de que lo desearan.
-Haría falta, en segundo lugar, que cesara o disminuyera cualitativamente la presión popular en favor de la unidad. Es sintomático que los momentos de más sólida cohesión interna que ha vivido Coordinación hayan venido siempre precedidos por una agudización de la acción unitaria de las masas en la calle. Sobre la base presumible de que esa acción va a agudizarse una vez doblado el cabo del verano, parece poco probable que el rompimiento de Coordinación fuera tolerado por la opinión popular y, muy particularmente, por las bases militantes de los respectivos partidos.
-Haría falta, en tercer lugar, que el poder apareciera capaz de asegurar una perspectiva política mínimamente segura, afirmada en unos compromisos firmes y creíbles, capaces de llevar a las antes aludidas "grandes fuerzas políticas" a la conclusión de que esa alianza para la ruptura democrática que es Coordinación no tiene ya la suficiente vigencia. Mi consideración de las posiblidades objetivas del actual Gobierno me hace descartar también esto. Creo al Gobierno capaz de hacer gestos -más o menos aislados, más o menos incoherentes-, pero no le veo ni los apoyos ni la representatividad necesarios como para poder poner en marcha todo un plan general de esa naturaleza.
La política no es una ciencia exacta, pero me parece lícito concluir que, en tanto estas condiciones no se reúnan, Coordinación Democrática va a seguir siendo un punto de encuentro obligado para las fuerzas de la oposición democrática. Lo que ya es, de por sí, una gran cosa para quienes creemos que la ruptura democrática es, además de difícilmente evitable, conveniente.
Pero no nos vamos a conformar con que el organismo perviva, de una manera en cierto modo vegetativa. Vamos a poner todo nuestro empeño en darle más y más solidez, en aumentar su capacidad operativa, en extender su influencia... Ello es posible y necesario.
Qué duda cabe de que, si las cosas se desarrollan efectivamente así, no harán las delicias de los enemigos de Coordinación. De los abiertos y de los camuflados. De los que apenas ocultan su satisfacción al anunciar una y otra vez inminentes escisiones, una y otra vez desmentidas por los hechos. Por el bien de la democracia, por el bien de nuestros pueblos, ¡ojalá se sigan equivocando por mucho tiempo!
Javier Ortiz. Firma como "miembro de la dirección del Movimiento Comunista (MC). Forma parte de la Comisión Ejecutiva de Coordinación Democrática". Cuadernos para el Diálogo. 4 de septiembre de 1976. Subido a "Desde Jamaica" el 19 de septiembre de 2018.
Hay una entradilla a este artículo y a otro de Juan García-Barbón que dice así:
La Comisión Ejecutiva de Coordinación Democrática confirmó que el 4 de septiembre se celebrará en Madrid una "cumbre" de toda la oposición democrática. Al mismo tiempo, Coordinación convocaba un pleno extraordinario para el día 3, con objeto de ultimar su postura de cara al citado encuentro del sábado. Frente a los intermitenes rumores de crisis e incluso de demolición del organismo unitario, dirigentes de dos partidos de CD -Movimiento Comunista e Izquierda Democrática- analizan desde dentro las posiblidades de pervivencia de Coordinación y la misión que la actual realidad española parece haberle encomendado.
Finalmente, tal y como aparece en la entrada sobre Coordinación Democrática de la Wikipedia, la plataforma desapareció en octubre de 1976. Es decir, se rompió.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1976/09/04 21:50:00 GMT+2
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