1991/09/26 07:00:00 GMT+2
El chorreo que el Papa Karol Wojtyla nos echó el otro día es de los que hacen época. Según él, últimamente hemos caído víctimas de un complejo aberrante de amplio espectro que nos ha transformado en una banda de borrachuzos, drogotas, descreídos, solterófilos, divorcistas, licenciosos, hedonistas, economicistas (sic) y violentos. Lo dijo urbi et orbi: somos la tira de neo-paganos.
La cosa no acaba ahí. Resulta tan total nuestro afán por atesorar la gama entera de las humanas miserias morales que -cuando el ateísmo, el sexo y las drogas nos dejan algo de tiempo, supongo- parece que también nos entregamos en cuerpo y alma a la manipulación genética. Qué bestias.
Oído el mensaje papal, enseguida nos hemos liado todos a debatir sobre él. En el bando pro-wojtylista se han integrado, amén -ay- de sus incondicionales, varios cristianos progresistas y un puñado de ateos regeneracionistas. Reconocen que el sucesor de Pedro ha exagerado un poco, sin duda; pero tiene razón, según ellos, en lo fundamental, esto es, en su denuncia del proceso degenerativo de nuestra sociedad, atacada por una peligrosísima falta de valores espirituales y entregada al culto de los bienes materiales. Julio Anguita, con esa finura tan suya, lo ha expresado tal que así: «Me congratula que el Papa se haya inspirado en los documentos de Izquierda Unida».
Lo que es a mí, la lectura de la transcripción del discurso del Papa me produjo una reacción bastante menos amistosa, incluidos esos pasajes que Anguita acoge con tanto alborozo.
¿Razones de mi oposición? Me conformaré aquí con tres.
Primera, con dedicatoria especial para Anguita: si el Papa habla de nuestra presente degeneración es porque la situación moral en la que nos encontrábamos antes le parece que era mejor. Así de sencillo.
Segunda: cuando el Papa mete en el mismo saco consumismo y libertad sexual, injusticia social y aborto, reparto desigual de la riqueza y control de natalidad, no incurre en ningún exceso más o menos accidental; él se limita a transmitirnos con franca fidelidad su concepción del mundo, tal cual. No cabe separar unos factores de otros sin traicionar su pensamiento.
La tercera y principal razón de mi oposición al mensaje papal apunta a su hilo conductor mismo. Lean el discurso con atención y verán cómo, para él, todas las aberraciones humanas proceden de una misma e inevitable fuente: el desvaimiento de la fe católica. Si España va de mal en peor -él así parece creerlo- no es por estas o aquellas razones de raíz social, política o económica: es porque está dejando de lado la fe católica, y punto. El pensamiento papal se asienta, en efecto, en una inconfesa dicotomía reductivista: catolicismo o barbarie.
Me ofende esa identificación de lo nocatólico con lo aberrante. Casi tanto como la identificación de lo católico con lo noaberrante.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de septiembre de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de octubre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1991/09/26 07:00:00 GMT+2
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1991/09/21 07:00:00 GMT+2
El caso de Adolfo Pastor, que ha pasado de defender a las Comisiones, con mayúscula, a hacerse millonario con el cobro de comisiones mayúsculas, es solamente uno entre tantos, y si merece atención periodística -o sociológica, o antropológica- no es como rareza, sino como paradigma.
Parto del criterio de que nadie cambia de manera tan definitiva en un santiamén. «No se hiela el río a dos metros de profundidad en una sola noche», dice un sabio refrán chino. Uno no deja la oposición al sistema social imperante y se dedica al disfrute de sus beneficios como quien opta entre el cine y el teatro. Entre el Adolfo Pastor comunista y el Adolfo Pastor comisionista, con independencia de lo que asomara a la luz, digo yo que han tenido que existir muchos otros Pastores intermedios: el Pastor militante comunista que desea convertirse en un señor de posibles; el Pastor que simultanea sus funciones de teórico del cambio social con las de práctico del cambio personal; el Pastor que es ya Pastor Alonso del Prado SA pero aún conserva ciertos signos externos de su militancia... Y así hasta lo de ahora, que ya ven.
Ignoro el detalle de la peripecia de Adolfo Pastor, pero me sé de muchas otras semejantes, y aun más espectaculares. El gran aparato del Poder, de todos los Poderes -del Estado, de la industria, de las finanzas-, está hoy atiborrado de ex revolucionarios que hace apenas dos décadas se declaraban del todo hostiles a esos mismísimos Poderes en cuya defensa -y en cuya gestión- se muestran ahora tan diligentes.
Es un fenómeno que sugiere diversas reflexiones. Me pregunto, en particular, si la reconversión de tantos revolucionarios de antaño en gente de orden hogaño no puede ayudar a entender por qué muchas revoluciones triunfantes tienden a hundirse con pasmosa frecuencia en los pantanos de la burocracia y el arribismo: hay sobrados motivos para deducir que el afán de medro es una constante en la raza humana; que son los límites de la realidad los que encauzan a los ambiciosos por un rumbo o por otro.
«El Poder no corrompe; el Poder desenmascara», sentenció Rubén Blades hace meses, cuando vino a darse un garbeo musical. Pues se ve que aquí tenemos una verdadera legión de gente con unas ganas enormes de desenmascararse. Una vez perdida la ocasión histórica de desenmascararse como gobernantes de la revolución, se han puesto al servicio de las demás posibilidades de desenmascararse, convirtiéndose en subsecretarios, viceconsejeros, directores generales, intermediarios de altos vuelos, gabineteros de Prensa, expertos en imagen (en la de otros), asesores financieros o especuladores inmobiliarios.
Son como Mahoma y la montaña. Ya que el Poder no se acercó por donde estaban ellos, se han visto obligados a peregrinar ellos hasta donde se encontraba el Poder. No hubo sorpresa: les estaba esperando.
Javier Ortiz. El Mundo (21 de septiembre de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de octubre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1991/09/21 07:00:00 GMT+2
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1991/09/10 07:00:00 GMT+2
En vísperas de la Revolución de 1917, Lenin, acusado de pretender un levantamiento armado contra el Gobierno de Rusia, se escondió en Finlandia para evitar su detención. El aislamiento le dio ocasión de redactar un texto que no logró terminar. Llevaba por título El Estado y la Revolución. Era el fruto de sus últimas reflexiones sobre el cambio de sociedad al que él aspiraba.
El conjunto del folleto partía de una idea que Lenin retomaba de ciertos textos de Marx y Engels: los comunistas, decía, «no pueden limitarse a conquistar el poder del Estado y ponerlo al servicio de sus propios fines»; deben «destruirlo», «hacerlo añicos», para levantar sobre sus ruinas «un Poder de nuevo tipo». Y ello por una razón esencial: un aparato de Estado modelado expresamente para asegurar el sistema de privilegios de una minoría y mantener a raya a la mayoría no es reconvertible a la función contraria. En consecuencia, si se desea una transformación revolucionaria de la sociedad hay que empezar por «destruir el Estado», edificando sobre sus ruinas unos órganos de Poder que sea expresión del verdadero predominio de la mayoría sobre la minoría.
Basta con repasar las páginas de El Estado y la Revolución para cerciorarse de que Lenin no estaba haciendo agitación demagógica circunstancial: por el contrario, estaba exponiendo un ideal, próximo del anarquista, del que se había persuadido poco a poco y no sin esfuerzo. De hecho, escasos años antes había tenido una más que agria polémica con Nikolai Bujarin al respecto, zahiriéndole por defender tesis semejantes a las que ahora él mismo abrazaba.
En octubre de 1917 los bolcheviques realizaron un golpe de mano que les permitió hacerse con el gobierno de Rusia.
Se habla de «la Revolución de Octubre» y casi todo el mundo imagina, ayudado por las bellas imágenes de Serguei Eisenstein, que fue algo muy aparatoso.
En realidad, se trató de una acción revolucionaria de escasa envergadura. Hacerse con el gobierno les resultó relativamente fácil a los bolcheviques: el ejecutivo en funciones, incapaz de resolver los problemas de la participación de Rusia en la I Gran Guerra y de asegurar el alimento de la población, se hallaba muy debilitado y carecía de verdaderos apoyos.
Pero, pese a haber tomado el gobierno, el poder real de los bolcheviques en 1917 era muy limitado. Contaban con una organización bastante débil: débil desde un, punto de vista cuantitativo, puesto que apenas sumaba unas pocas decenas de miles de miembros -una gota de agua en la marea humana del imperio ruso-, y débil también desde el ángulo cualitativo, dado que la gran mayoría de sus militantes había ingresado en sus filas en los nueve últimos meses y apenas tenían experiencia política.
Lenin, que había asegurado que el acto supremo y definitorio de la revolución es la destrucción del Estado anterior, se encontró con que carecía de fuerzas para llevar a término esa tarea.
Para empezar, ni siquiera contaba con efectivos humanos en cantidad suficiente como para levantar un aparato de Poder propio y exclusivo.
Añádase que solo una proporción ínfima de sus militantes poseían la capacitación cultural y técnica necesaria para ocupar los muchos cargos que, amén de preparación política, requerían competencia profesional.
Además de que eran pocos y mal preparados, tampoco cabía convertir a todos los bolcheviques en funcionarios: necesitaban que siguieran haciendo su vida civil, para asegurar la relación del partido con «las masas».
En fin, enseguida se inició la intervención militar extranjera y la nueva guerra, con lo que miles de bolcheviques hubieron de acudir al frente para atender las tareas militares más acuciantes.
Todo lo cual hubiera tenido importancia en cualquier sociedad, pero la cobraba aún más en Rusia, por la particular importancia que en aquellos lares tenía el Estado.
En tanto el desarrollo de la industria, el comercio y las comunicaciones habían ido creando en el conjunto de los Estados de Europa un entramado de homogenización de sus poblaciones, el Imperio ruso seguía sin tener otro factor decisivo de unificación que no fuera el propio aparato de su Estado.
Era el Estado el pilar de la unidad del Imperio; era el Estado el que organizaba la vida de las comunidades agrarias; era el Estado el que tomaba en sus manos el impulso de la incipiente industria... Rusia no poseía una «sociedad civil», en el sentido moderno del término. La burocracia del Estado, hiperdesarrollada, mastodóntica, era el factor clave de organización de la economía, de la vida social, religiosa, cultural.
Desde el comienzo de su mandato, los bolcheviques se encontraron en la más flagrante de las contradicciones.
De un lado, se suponía que su finalidad como partido político era la de destruir el Estado anterior, dirigir el ascenso del proletariado al Poder y avanzar cuanto antes hacia el logro de una sociedad sin clases.
Pero, del otro lado, se encontraban con que:
a) Si bien contaban con el apoyo de una parte importante de la población, ésta no les sostenía para que realizaran un programa revolucionario de orientación comunista, sino para que trajeran la paz, repartieran la tierra entre los campesinos y aseguraran el abastecimiento de alimentos, según habían prometido ellos mismos;
b) No podían asegurar «el Poder de la clase obrera» porque ésta, que ya era escasa en número en 1917 -el capitalismo seguía siendo allí un fenómeno casi incipiente-, salió definitivamente debilitada de la guerra civil: la parte políticamente más radical del proletariado industrial soviético acudió al frente de guerra, en donde sufrió terribles bajas, y otra parte, cuantitativamente decisiva, abandonó las ciudades desabastecidas para regresar al campo, del que no hacía tanto había emigrado;
y c) No podían destruir el Estado, porque no tenían los medios necesarios para poner en pie otro que lo sustituyera en sus funciones.
Lo que ocurrió entonces es que, dicho abreviadamente, fracasó la revolución socialista pretendida. No hubo tal. Y ello, en realidad, porque era imposible.
Son muchos los discursos y escritos de los últimos años de Lenin que revelan el drama íntimo que le provocaba la conciencia de no poder actuar en la dirección en que le empujaban sus convicciones y verse en la obligación de traicionarlas para conseguir lo que poco a poco se convirtió en la exigencia fundamental: mantenerse en el Poder. Este conflicto desgarrador no solo le acompañó hasta la tumba; probablemente también le ayudó a ir a ella.
La primera y más dramática renuncia de los bolcheviques fue la que les condujo a contemporizar y aceptar el mantenimiento de todo el «ejército» de servidores del Estado zarista (burócratas, ingenieros, técnicos, administradores locales, «cuadros» de la industria y el comercio, etc.) que debían encargarse de hacer que la «máquina» estatal funcionara.
No solo admitieron que siguieran, sino que, para ganarse su fidelidad, aceptaron mantener, e incluso acrecentar sus privilegios sociales.
Los «reconvertidos», por su parte, pasaron de una actitud inicial de rechazo hacia los comunistas a asimilar que los métodos de ordeno y mando que éstos aportaban, pletóricos de energía, les eran particularmente útiles para cumplir sus funciones. Un puñado de años después, ellos mismos optaron por pedir en masa su propio ingreso en el Partido Comunista.
Este dejó de ser una organización integrada básicamente por revolucionarios idealistas para irse convirtiendo poco a poco en la estructura de la nueva casta dominante.
En las filas de la «vieja guardia» bolchevique existían, desde tiempo atrás, dos bandos, dos estilos -dos «sensibilidades», como dicen ahora los cursis- de perfiles difusos.
«Los emigrados» -llamados así porque casi todos ellos hubieron de tomar durante el zarismo el camino del exilio- eran por lo general intelectuales de sólida formación política y humanística. Su trayectoria personal, ligada al movimiento revolucionario internacional, les daba una visión amplia de los acontecimientos: no pensaban «en ruso», sino «en comunista»; despreciaban el nacionalismo granruso y la estrechez nacional; soñaban con la revolución mundial. En este campo hay que situar a Lenin, sin duda, y también a Trotski, Bujarin o Kollontai, por diferentes que fueran entre sí.
En el otro bando se situaban aquellos a los que, medio en serio medio en broma, se les llamaba «los prácticos» o «los rusos». Estos, que en su mayoría pudieron (o debieron, por culpa del destierro) quedarse en Rusia durante los años pre-revolucionarios, mostraban escaso interés en la vertiente internacional de su acción. Acostumbrados al duro y difícil trabajo militante de todos los días, tampoco se mostraban muy dados a las fantasías ideológicas. Su principal representante resultó ser Josif Djugashvili, llamado Stalin. «Sergo» Ordjonikitze y el incombustible Molotov actuaron como sus lugartenientes.
Desde los primeros momentos de la revolución, sobre Stalin fueron a recaer algunas responsabilidades oscuras pero fundamentales. Como cabeza de la Inspección Obrera y Campesina, dirigió la labor de «reconversión» del viejo aparato del Estado de supervisión de los nuevos órganos de Poder. Como secretario del Comité Central, recayó sobre él la tarea de marcar los criterios de selección de nuevos miembros. El y sus «prácticos» encontraron pronto un buen terreno de entendimiento con muchos de los servidores del anterior Imperio zarista: el del «patriotismo» ruso basado en el bienestar de su burocracia.
Mientras «los emigrados» polemizaban sobre las posibilidades de la revolución, «los rusos» se iban adueñando de ella sin alharacas. Poco antes de su muerte, Lenin dio la voz de alarma: «Stalin ha acumulado en sus manos un poder inmenso» (Carta al Congreso). Se enfrentó a él precisamente por el problema de las nacionalidades, le acusó de chovinista granruso y de burócrata. Era ya tarde, y tampoco había una solución de recambio viable.
Lenin, un revolucionario auténtico, se engañó a sí mismo a la hora de la revolución. Llamó «poder de la clase obrera» a lo que no era sino la dictadura de un partido revolucionario progresivamente desnaturalizado. Trágicamente, ese error fue su único éxito duradero: hasta hoy la URSS y todo el mundo han seguido sirviéndose de esa terminología engañosa, llamando «comunismo» a lo que no ha sido sino una aparatosa y singularísima transformación del viejo eterno Estado ruso.
La gran derrota de Lenin no se ha producido ahora, con el derrumbamiento de sus estatuas. La definitiva derrota de Lenin se produjo todavía en vida de él mismo, cuando su programa socialista imposible chocó con la dura realidad, abriendo así el camino para que los «realistas» y ambiciosos se hicieran dueños del Poder.
Su mujer, Nadejna Krupskaia, se escandalizó cuando el cadáver de Lenin fue embalsamado y puesto en un mausoleo. Lenin odiaba el culto de los dirigentes. De todos en general y de él en particular. Los ciudadanos soviéticos que han derribado sus estatuas le han hecho sin querer un favor póstumo.
Y es que las estatuas que erigió Stalin eran todas ellas, con independencia del personaje que reflejaran, estatuas de Stalin.
Javier Ortiz. El Mundo (10 de septiembre de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de septiembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1991/09/10 07:00:00 GMT+2
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1991/09/08 07:00:00 GMT+2
Tuvieron el mismo final. Nacieron en el mismo país. Sus vidas tuvieron mucho en común. Uno de ellos decidió servir a su pueblo como policía. El otro empuñó las armas en pos de un ideal. Son ejemplo trágico de la violencia que desgarra desde hace tiempo a Euskadi. No serán los últimos muertos. Más allá de las declaraciones oficiales, de los comunicados políticos, de las manifestaciones que generaron sus funerales, había dos vidas. La de Juan Mari y la de Alfonso.
No se conocían, pero se conocían bien. Se habían visto desde niños: otros como él, tantos como el otro. En la escuela, en el bar, de excursión, en aquella romería, en las fiestas del pueblo. El uno en Hernani, Gipuzkoa; el otro en Sondika, Bizkaia. Los dos separados, los dos unidos por un convencimiento común: el de ser vascos, el de tener razón.
Fue sin duda ese convencimiento el que condujo a ambos a la decisión que acabaría convirtiéndose para ellos en la suprema: la de tomar las armas. Alfonso Mentxaka lo hizo por la vía legal, convirtiéndose en miembro de la Ertzaintza. Juan Mari Ormazabal, por la más irregular de las posibles, haciéndose militante de ETA. Si hoy vivieran –¡si hoy vivieran!– los dos explicarían del mismo modo el paso que dieron en aquella ocasión: querían servir a Euskadi, es decir, a su pueblo, es decir, a los suyos. Así de simple. Así de mortal.
La escena final de este drama doble se produjo el pasado 29 de agosto, poco después de las diez y media de la noche, en la rotonda de acceso al parque de Etxebarria, en el barrio de Begoña, en Bilbao, allí donde arranca el terreno que hace una semana ocupaban las barracas de la feria, en la resaca de la Semana Grande de la capital de Vizcaya.
Murieron frente a frente, el uno contra el otro. Sin conocerse. Y conociéndose muy bien.
¿Que cómo fue? Dios lo sabe.
La versión oficial es rotunda: Juan Maria Ormazabal Ibarguren, alias «Turco», de 27 años de edad, natural de Hernani (Gipuzkoa) y con numerosos antecedentes policiales, perseguido desde hace años en tanto que dirigente del «comando Vizcaya» de ETA, acusado de haberse integrado ya a los 19 años en el «comando Tximistarria», auxiliar del «comando Donosti», personalmente responsable de haber cometido desde entonces numerosos atentados, con resultado de varias muertes y diversos destrozos, acudió el jueves 29 de agosto al ferial del parque de Etxebarria, de Bilbao, en compañía del también miembro de ETA José María Mendinueta, alias «Manu».
Ambos portaban una bomba de péndulo, que tenían proyectado colocar en el automóvil de un miembro de las Fuerzas de Seguridad del Estado.
Para cumplir esa misión se habían dado cita en el mencionado lugar con tres jóvenes, integrantes de un comando de los llamados «legales», esto es, compuesto por personas desconocidas de la Policía.
Miembros del Grupo Especial de Intervención de la Policía Autónoma Vasca, que llevaban siguiendo el rastro de los etarras desde hacía semanas, procedieron, poco después de las 22 horas a la detención de los tres integrantes de «ese comando legal», que no opusieron resistencia.
Sobre las 22:35, apercibidos de la presencia policial, los dos «liberados» de ETA trataron de emprender la huída. Para ellos se dirigieron a un coche R-19, matrícula VI-0585-M, que estaba estacionado en las inmediaciones, y amenazaron a su conductor, conminándole a que les sacara del lugar. Este, que era un miembro de la Ertzaintza de paisano, integrado en la operación, abandonó el vehículo y escapó. Entonces los etarras comenzaron a disparar contra los agentes de la Policía autónoma, hiriendo gravemente a uno de ellos, Alfonso Mentxaka.
Juan María Ormazábal, alias «el Tturko» se dirigió entonces hacia el ertzaina herido con ánimo de rematarlo, momento en que los otros agentes abrieron fuego, acabando con la vida del activista. Su compañero, que intentó darse a la fuga, fue alcanzado por un disparo que le dio en una pierna.
¿Les vale esta versión? Hay otras. Los familiares de Ormazabal, apoyados por sus abogados y por dirigentes de Herri Batasuna, sostienen que, según manifestaciones del médico forense, el cadáver del militante de ETA presenta un tiro en la sien derecha, realizado a escasa distancia, y dicen que hay testigos presenciales que aseguran que Ormazabal fue «rematado». Queda, en todo caso, el hecho de que el cuerpo del militante de ETA no se encontraba junto al lugar en que fue recogido Alfonso Mentxaka, el ertzaina herido.
Créanme si les digo que he pasado horas contrastando la versión oficial de lo ocurrido con las afirmaciones de los testigos y con lo expresado por los periodistas que llegaron al lugar de los hechos poco después de producirse. ¿Qué ocurrió realmente? No lo sé. ¿Qué sucedió en la media hora transcurrida entre las 22:05 de la noche, momento en que se dice que fueron detenidos los tres miembros del «comando legal», y las 22:35, cuando comenzó el tiroteo? ¿Por qué la Ertzaintza, si tenía controlados a los militantes de ETA desde hace semanas, eligió un momento y un lugar tan desfavorables para intentar detenerlos?
Un periodista grabó la siguiente comunicación de radio de la Ertzaintza: «LARU para J2. Atentos, que se escapan. Dos van para un lado y dos para abajo. Van corriendo. En la farola sólo quedan tres. Voy hacia ellos». Más complicaciones: aquí nos encontramos, en total, con siete integrantes del «comando». Y además no hacen frente, sino que huyen corriendo.
Pero tampoco saquen ninguna conclusión precipitada de eso. Tengan en cuenta, por ejemplo, lo que nos relató Belén Mentxaka, hermana del ertzaina muerto: «Mi hermano, que estaba consciente, me contó que él iba corriendo detrás de los dos militantes de ETA, sin armas, y que desde un coche le dispararon. "Caí y vi que el de ETA venía a matarme", me dijo. "Entonces mi compañero le disparó". Mi hermano sufría porque era el primer miembro de ETA muerto por la Ertzaintza. "El primero, y lo han matado por mí", se lamentaba».
Y frente a esto, a su vez, las palabras del activista de ETA herido, Mendinueta, pronunciadas poco después de ingresar en el hospital de Basurto: «Le han dado también a un civil», dijo a las enfermeras. «No es un civil: es un ertzaina», le contestaron. «Será lo que sea, pero nosotros no le hemos disparado», añadió. Cierto es que el corría para escapar, y puede que no viera bien lo ocurrido.
«Gora Euskadi Askatuta!», clamó una voz enérgica cuando el funeral llegaba a su fin.
«Gora!», respondieron con grito seco casi todos los presentes.
Les estoy hablando del funeral de Alfonso Mentxaka, el ertzaina muerto, y debo decirles que el «Gora!» más rotundo quizá fue el que partió de las filas en que se situaban los policías compañeros del fallecido.
Alfonso Mentxaka Lejona nació en Sondika el 31 de marzo de 1962. Fue un niño apacible, tranquilo y formal, que realizó sus estudios sin problemas, y del que sus padres no tenían por qué inquietarse. «Me podía ir de casa y dejarle al cuidado de todo sin ninguna preocupación», dice su madre.
De joven no cambió de costumbres. «No le gustaba ir de bares. Prefería el deporte, pasear por el monte y montar en moto», añade su hermana.
Alfonso hizo la «mili» en Colmenar Viejo, en Madrid. «Allí le metieron en la Policía Militar, pero era para controlarlo, porque sabían que tenía muchos amigos de Herri Batasuna», comentan los suyos.
Alfonso Mentxaka era un nacionalista convencido, pero sin militancia partidista. Consideró que podía hacer un buen servicio a su pueblo dentro de la Policía vasca, e ingresó en ella el 12 de mayo de 1986.
Hasta su integración el pasado año en el Berrozi Berezi Taldea (Grupo Especial de Intervención de la Policía autónoma), estuvo destinado en Eibar, y poco después en el servicio de escoltas. Durante meses protegió a Baltasar Marín, entonces director general de la Ertzaintza y hoy gerente de la EITB , la Radiotelevisión Vasca. (Marín rehusó hacer declaraciones sobre Alfonso: «Una relación así es muy intensa, porque se comparten muchas horas del día. Pero el de Alfonso Mentxaka es un recuerdo que guardo para mí», nos explicó, en tono abiertamente abatido).
Hace dos años, Alfonso Mentxaka contrajo matrimonio con Ana Robredo, bilbaína de 27 años, con la que en unos días pensaba salir de vacaciones, rumbo a Escocia.
Alfonso estaba convencido de que iba a salir de esta. Herido de bala en el tórax y las dos piernas, sólo se sintió en peligro en las primeras horas. «En el camino, he estado haciendo esfuerzos por no quedarme inconsciente. Pensaba que, si lo hacía, no me volvería a despertar. Ahora estoy seguro de que pronto iré a casa», dijo a su madre. Los médicos apoyaban su opinión. «Es un deportista; es muy fuerte. No habrá problemas». Pero un acceso de tos imprevisto dio al traste con todo. Encharcamiento pulmonar. La muerte.
«Y ahora, ¿quién me va a dar cariño?», susurra su madre con un hilo de voz y la vista perdida. «Debía haber muerto yo en lugar de él», sentencia la abuela, Juana Mentxaka, que vive en el viejo caserío familiar.
En Sondika hay una pancarta firmada por HB en la que el partido abertzale radical manifiesta su pesar por la muerte de Alfonso Mentxaka y ofrece su pésame a la familia.
Quizá a muchos de ustedes les parezca absurdo, pero yo les aseguro que, por lo menos en lo que se refiere a los militantes de HB que fueron amigos de Alfonso, el texto de la pancarta es sincero.
Y es que para entender –entender, no aprobar–, hay que conocer.
Llego a Hernani entre las brumas de la mañana, cuando el sol lechoso de septiembre se anuncia sobre los balcones, muchos de ellos todavía con ikurriñas de crespón negro. En la Plaza del Gudari Muerto, –«la Plaza del Gudari», a secas, la llaman en el pueblo, y es terrible– son visibles las trazas del masivo homenaje que hace escasos días se tributó a Juan Mari Ormazabal: «El pueblo no olvidará», dicen las pintadas en euskera. También las cabinas de teléfono y las señales de tráfico destrozadas sirven de recordatorio.
–¡« El Turco»! ¡Vaya bobada! «Tturko Enea» es el nombre del caserío de la familia y «tturkos» han sido siempre todos ellos. Mira, por ahí debe andar otro «tturko». Es un bertsolari que no ejerce, tío de Juan Mari.
Nada que ver con Turquía, mucho que ver en Hernani.
–No quiero hablar con periodistas. No quiero que me manipulen –repite, una y otra vez, la pequeña Ormazábal, veinte años de tristeza en su cara redonda y risueña, oscurecida por la desconfianza, a cien escasos metros de donde aventaron bajo la lluvia las cenizas de su hermano mayor, al pie de un roble recién plantado por su padre y su hermano.
–Sólo contaré lo que me digas.
–No. Nada. Lo siento, –repite cinco, seis, diez veces en euskera–. Ez. Ezerrez. Barkatu.
De pie en la puerta de «Tturko Enea», me reclamo a mí mismo el esfuerzo. Aquí no se trata de un individuo fotografiado de frente y de perfil contra la pared de una comisaría, ni del ensangrentado despojo envuelto en una bolsa de plástico que estuvo tirado durante horas entre dos coches en el parque de Etxebarria: aquí lo que flota es el recuerdo de un chavalote alegre que vivió en estos prados de verde intenso, que bajaba del caserío al pueblo después del trabajo, que paseaba con los amigos, que hacía bromas, que se pirriaba por los críos: un hermano, un hijo, un amigo.
–De él, ninguna queja –dice la madre, recia, recia y escueta, y me pregunto si lo que veo en su mejilla es sudor o bien, definitivamente el rastro de una lágrima.
–Si tenía un par de horas, las trabajaba. La víspera de marchar, aquí estuvo, cortando hierba –remata el padre, un breve sesentón de cara simpática y calva tostada por el aire libre.
Juan Mari Ormazabal Ibarguren («Tturko», sí, como todos los suyos) tenía 27 años. El también fue un muchacho trabajador y muy querido de quienes le rodearon. Dicen los que le conocieron de chaval que –al igual que Alfonso Mentxaka– era tranquilo y poco amigo de parrandas, a lo que tal vez contribuyó su sordera, que le libró de la «mili».
Hablamos con sus compañeros de clase. De puro discreto, algunos tienen dificultad para recordarlo. Fernando Ortega sí lo guarda en la memoria: «Era una clase con mucha gente difícil. Pero él no. No le gustaba estudiar, pero tampoco armar broncas».
No es fácil saberlo, pero todo hace suponer que su militancia se inició muy pronto, casi en la adolescencia, y tal vez eso le movía a ser doblemente discreto. Huyó de Hernani con apenas veinte años, tras la desarticulación del «comando Donosti».
Lo que sigue ya lo han contado otros, ateniéndose a la ficha policial: estancia en el País Vasco francés, regreso a Bizkaia en 1987, nuevo paso de frontera en el 89, nuevo retorno en el 90, tras la detención de Carmen Guisasola... Y, en medio, un reguero de acusaciones: bomba en el Banco de Vizcaya de Billabona; muerte de Arturo Quintanilla, propietario de un bar de Hernani; secuestro del empresario Andrés Gutiérrez, asesinato de un policía, un guardia civil y un camarero; bombas en Cantabria...
No me pidan que les diga si fue él quien hizo todo eso. Hubiera sido una tarea para los jueces, y ya no tendrán ocasión de cumplirla.
Las vidas separadas de Alfonso Mentxaka y de Juan Mari Ormazabal fueron a coincidir poco después de las diez y media de la noche del 29 de agosto de 1991, con el absurdo telón de fondo de unas barracas de feria y el estruendo festivo de un puñado de canciones pachangueras.
«¡Tírense al suelo! ¡Rápido, joder!», dicen que gritó un ertzaina. Y varias decenas de personas –algunos críos entre ellas– asistieron al más penoso de los espectáculos: el de ver cómo dos jóvenes vascos, que en otras condiciones no hubieran tenido problemas para ser amigos, se mataban a tiros.
Antes de abandonar Hernani doy un largo paseo. Recorro las calles, me detengo en el mercado, miro las pintadas y carteles («Puto Madrid», dice la más lacónica de ellas), hablo en los bares con los jóvenes y los menos jóvenes. Me voy con el convencimiento de que, si las cosas siguen como están, el de «Tturko» no será el último homenaje que se celebre en la Plaza del Gudari Muerto, junto al viejo Ayuntamiento.
Una radio deja oír la voz cansina y monocorde de Leonard Cohen: Oh el viento, el viento sopla; sobre las tumbas sopla el viento. Pronto llegará la libertad. Y saldremos de estas sombras.
Que el cielo haga buena la profecía. Y cuanto antes.
Reportaje elaborado con información de Xabier G. Argüello (Bilbao) y Andoni Alonso (San Sebastián).
Javier Ortiz. El Mundo (8 de septiembre de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de enero de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1991/09/08 07:00:00 GMT+2
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1991/08/28 07:00:00 GMT+2
Desengañémonos; Yeltsin podrá ser todo lo héroe que se quiera, pero por aquí sigue sin gustar. ¿Será por ese rictus de mala uva eslava que tanto le afea la cara? ¿Tal vez por esa impúdica adoración de sí mismo de la que hace gala y que tanto contraviene los modos jesuíticos (o estalinistas, o victorianos, que tanto da) de las castas políticas convencionales? Se le reconoce -qué remedio- su papel decisivo en la resistencia contra el putch de la Nomenklatura, pero con casi obvio disgusto: aquí Yeltsin, ya digo, no cae bien.
Después de estudiar el asunto, he llegado a la conclusión de que el desagrado no es personal, sino político. Se repudia en su persona al abanderado de los nacionalismos que han hecho eclosión en la URSS. Y es que aquí fastidia que los enterradores del neoestalinismo no se limiten a postular el imperio de las libertades individuales, según manda el viejo canon jacobino, y que estén poniendo por delante la reivindicación de las libertades nacionales. Pase una URSS más o menos roja; una URSS rota, nunca.
Es curiosa esa repugnancia, y no resulta fácil de entender. ¿Qué hay de malo en que la inmensa cárcel de pueblos que ha sido por tiempo inmemorial el Imperio zarista-estalinista salte hecha pedazos de una buena vez? Cierto es que eso obligará a nuestros perezosos compatriotas a aprender que no todo el mundo desde Vilna a Vladivostok es ruso, y que deberán incorporar a su bagaje mental el nombre de algunos pueblos y algunas lenguas que, aunque más viejos que la pana, se habían permitido ignorar hasta ahora. Pero no parece que la natural aversión que el cerrilismo local siente por el conocimiento sea causa suficiente para explicar el rechazo a ese gran acto de profilaxis histórica que es el hundimiento de un imperio.
Tiendo a sospechar entonces que hay entre nosotros muchos que, cuando oyen a Yeltsin defender la independencia de Ucrania, de Estonia o de Azerbaiján, no se les pone mala cara porque consideren que esos países deban seguir aplastados y bien aplastados bajo la bota imperial eslava, sino más bien porque temen que, una vez abierta la caja de los truenos, el diluvio pueda acabar siendo universal. Y el gachó encima habla en nombre de Moscú.
Javier Ortiz. El Mundo (28 de agosto de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 31 de agosto de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1991/08/28 07:00:00 GMT+2
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1991/08/21 07:00:00 GMT+2
Parece que, al final, el problema es que no hemos invertido lo suficiente en perestroika.
Felipe González, que ha adoptado la no muy modosa costumbre de servirse de sí mismo como constante fuente de citas de autoridad, nos lo recordó anteayer: él no solo aseguró que es muy difícil predecir el pasado; también fue él quien anunció urbi et orbi que había que invertir en perestroika; no se le hizo caso, y así están las cosas.
El mundo fracasa, pero no por falta de imprudencia, que decía un tal Jacques Brel, sino porque desoye una y otra vez los consejos de la cúpula del PSOE, pese a que ella los emite con la generosidad de quien, aunque quisiera, no podría gastar todo su enorme caudal de clarividencia en sus propios asuntos. Los soviéticos desoyeron los consejos de Alfonso Guerra de un modo insultante: ni siquiera fueron a oírle, por más que el propio hermano de Don Juan había tenido la gentileza de desplazarse en persona al teatro de operaciones para facilitarles el aprendizaje.
Simultáneamente, cual si de una torpe conspiración universal se tratara, el resto del mundo se encargaba de desatender la certera recomendación de Felipe González.
Estoy seguro de que no haber invertido en perestroika ha sido, como muy bien dice González, un error histórico que el futuro se encargará de evidenciar, dando al César -o sea, a Felipe- lo que es del César, y a Dios -o sea, a él también- lo que es de Dios. Su verdadera talla de estadista mundial se verá así justamente recompensada.
A cambio, parece menos claro que haya sido un error financiero. Quienes optaron por confiar sus dineros a la causa de la perestroika, sea porque se dejaron convencer por el verbo certero de González, sea porque vieron la luz por sí mismos, tal vez estén dubitativos pensando en estos momentos en el dudoso futuro de su inversión.
Sería de su parte una mezquindad arrepentirse.
Tal vez hayan tirado por la borda unos cientos de milloncejos, pero habrán tenido a cambio la oportunidad de financiar una tesis histórica.
Javier Ortiz. El Mundo (21 de agosto de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de agosto de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1991/08/21 07:00:00 GMT+2
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1991/08/14 07:00:00 GMT+2
Hace ya días que Euskadi es una fiesta. Del Ebro para abajo hay muchos que no saben eso (¡son tantas las cosas de Euskadi que no se saben del Ebro para abajo!) y el común de los mortales se piensa que, ahora mismo, todos los vascos estamos en ágora permanente, dedicados con gran seriedad a discutir sobre la autovía de Leizarán.
Del Ebro para abajo no se sabe que ahora mismo Euskadi es una pura fiesta, todo jolgorio, música, alcohol, disfraces pintorescos, gigantes, cabezudos y fuegos de artificio. Es posible que eso explique lo mal se ha entendido el asunto de la autovía. No se ha tenido en cuenta que esta discusión está integrada en el programa de actos y festejos de la temporada. De haberlo sabido, se habría comprendido la razón por la cual hay en el debate tantas posturas de estilo pachanguero, tanta ruidosa pirotecnia, tanto gigante de cartón piedra, tanto cabezudo, tanto disfraz y tanto discurso que induce inevitablemente a pensar en los efectos desinhibidores del alcohol.
Reconozco que no siento ningún tipo de irresistible atracción por estas fiestas veraniegas. Me fastidia el mido, llevo fatal los altavoces en plena calle, me repelen los bailes de disfraces y me cargan esos tipos que se empeñan en perseguirte para pegarte con una vejiga -¿por qué no se pegan entre ellos, si tanto les gusta, y nos dejan en paz a los demás?-. Cuando la fiesta acaba, además, el resultado es siempre el mismo: toneladas de basura.
Temo que, al final, el acuerdo sobre la autovía no vaya a ser sino un episodio más de ese género.
Dada la peculiar idiosincrasia vasca, me parece que hubiera sido mejor dejarse de fiestas. No digo yo que no deberían haberse reunido los representantes de la Diputación y de Lurraldea, pero podían haberlo hecho en secreto (una reunión secreta más no hubiera molestado a nadie). Una vez establecido el feliz acuerdo, hubieran podido transmitírselo a todos los partidos -siempre muy discretamente-, para buscar por último el modo de sacar la resolución a la plaza pública sin que nadie tuviera la desazonante sensación de haberse quedado con sus partes pudendas al aire.
Porque, por tonto que resulte, en esto del desaire puede estar al final la clave de todo.
Javier Ortiz. El Mundo (14 de agosto de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de agosto de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1991/08/14 07:00:00 GMT+2
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1991/08/07 07:00:00 GMT+2
Dicen que Bokassa, el que se proclamó emperador de Centroáfrica, se comía a los niños crudos. También era muy capaz de engullir carne de adulto, pero él prefería la de niño, porque le parecía más tierna. Y es que Jean-Bédel Bokassa era caníbal, pero no imbécil.
Bokassa hacía que sus cocineros trocearan a los infantes, y lo que no podía comerse de una tacada —no resulta fácil zamparse a un niño entero, a nada crecidito que esté— lo metía en el frigorífico imperial, para sucesivos festines.
Cuando se tuvo noticia de este último extremo, muchos europeos —Giscard d'Estaign excluido— se declararon horrorizados. A mí me parece, en cambio, que lo de la carne congelada constituía un elogiable detalle de austeridad. De no ser por ello, la dieta paidófaga imperial habría precisado de más víctimas.
Dejando a un lado estas diferencias de apreciación, quizá podamos ponernos de acuerdo en que, de todos modos, Bokassa, considerado en términos generales, no fue un emperador totalmente ejemplar.
¿Y bien? Nunca me han interesado los estudios realizados sobre la personalidad del ex soldado francés llegado a emperador. Era un tipo extraño; de acuerdo. Un tanto cruel: sea. Pero, con la enormidad de individuos que poblamos la Tierra, ¿cómo no encontrar personajes para todos los disgustos?
La cuestión trascendente no es, creo yo, la de saber qué factores psicológicos hicieron que Bokassa llegara a convertirse en una mala bestia —asunto que empieza y acaba en su persona—, sino determinar qué poderosos factores y fuerzas sociales, locales e internacionales, permitieron que una mala bestia como ésa se aupara a la jefatura de un Estado. Un arduo problema que —éste sí— nos afecta a todos.
Es como lo de Jesús Gil y Gil. Permítanme que no gaste espacio en adjetivar al personaje: otros lo han hecho ya con mucha precisión.
Nuestro problema colectivo no es que vivamos en una sociedad en la que pueden surgir tipos como Gil y Gil. Lo que debe preocuparnos es que haya fuerzas sociales dispuestas a elevar a homínidos así a la categoría de alcaldes, de presidentes deportivos, de héroes, de vedettes televisivas. El problema no es Gil: lo grave son sus votantes y sus fans.
Javier Ortiz. El Mundo (7 de agosto de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de enero de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1991/08/07 07:00:00 GMT+2
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1991/07/31 07:00:00 GMT+2
Si se trataba de «normalizar», el objetivo quizá se haya conseguido plenamente.
Mientras escribo estas líneas, las calles del centro de San Sebastián son una perfecta bronca: cargas policiales, amagos de barricadas, pelotas de goma, humo... Como esto es lo normal por estos pagos y en estos casos, el objetivo de la normalización parece totalmente logrado.
Antes de tomar el camino del Palacio de Miramar, donde ofrecían su recepción los reyes -que no «los monarcas», como dicen algunos periódicos, –olvidando que monarca sólo hay uno por cada Monarquía– he pasado varias horas deambulando por la ciudad, esperando encontrar los signos de tanto profundo cambio como se me había anunciado en los discursos oficiales.
Lo que he encontrado es la misma ciudad de siempre, intemporal y metafísica, tramposa y cautivadora: idéntica que hace treinta años; elegante y coqueta, ferozmente nacionalista y distantemente irónica, capaz de alimentar a la vez recepciones y barricadas, sin diferencias.
En el restaurante de la Parte Vieja, el joven camarero mira con desprecio el folleto de propaganda turística.
–Mira: «España», han puesto.
–¿Qué? «España» –masculla despectivo.
–Qué poco patriota eres –le ironiza su compañero.
–Lo que me faltaba. ¡Patriota!
¿Sabían ustedes que en Euskadi, considerados los índices de lectura según las tendencias políticas de los lectores, resulta que son los votantes de HB los que más leen? Quizá por ello, en la mini-Feria del Libro del Boulevard, bajo el sol justiciero del verano, el tema favorito era la manifestación de la tarde.
–Si me toca llevar la pancarta, seguro que llueve –dice la chica que ordena los libros de su «stand». La manifestación es para ella el pan suyo de cada día.
La ciudad está llena de Policía. Con uniforme y sin él, en coche y a pie, cerca de los puntosclave y lejos. Y esa inflación vigilante, de dudosa utilidad, contribuye a acentuar el caos circulatorio a los pies de la arena veraniega. Los parkings han adelantado su agosto en cuarenta y ocho horas: sabiendo lo que puede ocurrir en la superficie, cada cual prefiere introducir bajo tierra el fruto rondante de sus ahorros.
Ya en Miramar, tras pasar diez, quince cordones policiales que no se tomaban el trabajo de ser discretos, tuvimos asegurado el otro espectáculo.
–Está el todo San Sebastián –me dice, entusiasta, una señora que, como muchas, parece salida de una estampa fin de siécle.
–No, señora –le contesto–. El todo San Sebastián no existe.
–¿Qué dice?
–Nada. Déjelo.
Entre los centenares reunidos en la recepción, a los que don Juan Carlos y doña Sofía han dado ritualmente la mano con sonrisa resignada, no encuentro casi monárquicos. De los pocos que esperaba –Areilzas y otros Satrústeguis–, no veo a ninguno.
Me topo al fin con uno, vestido de almirante, al que encuentro con Sánchez Asiain. Su entusiasmo parece convincente. Lo suyo tiene sentido: forma parte del personal de la Casa Real.
–Está vez ha resultado mejor.
–Supongo que sí, le digo.
«Yo no soy monárquico, desde luego» –me dice un político nacionalista que se ha distinguido por el entusiasmo de sus saludos al monarca–. «Pero tampoco republicano. Si en España hubiera ahora mismo una República, el presidente sería del partido socialista. Sería peor todavía.»
Aquí todo el mundo cuchichea, con la sonrisa de ceremonia, y todo el mundo parece tener lo mismo que decir, por lo menos a nosotros: que su presencia se justifica por circunstancias extremadamente especiales.
La reunión muestra una irremediable tendencia a la teoría:
–Oye, te aseguro que a veces lo de la democracia da peores resultados. ¿No te parece mejor el príncipe Carlos que Thatcher?
Acabo acordándome del comienzo de «La Reina de Africa», apenas anteayer en las pantallas de TVE.
A Bogart le suenan las tripas mientras toma el té con el viejo pastor protestante y su puritana hermana. El canadiense Bogart, azorado, se empeña en tratar de justificar sus ruidos interiores. Pero la moral victoriana de sus contertulios no le autoriza a mencionar tan desagradables asuntos. En el borde de Africa tampoco era conveniente citar lo evidente, por desagradable.
–Debe estar comenzando la manifestación en el Boulevard, digo, mirando mi reloj.
Y nadie contesta.
–Yo le he visto más mayor, responde una señora.
A esta sociedad le suenan las tripas. Cosa de mala digestión, como a Bogart.
Pero aquí nadie quiere hablar de esas cosas desagradables.
Están todos. Del Gobierno vasco. De las diputaciones. De los ayuntamientos. Y los junteros. Veo –por ver– a los líderes de Unidad Alavesa, y al PNV en pleno, y al PSOE.
No veo a nadie de Eusko Alkartasuna, y aún menos de Herri Batasuna. No, no está «el todo San Sebastián». Si aún se tratara de la playa...
Allí sí parece estar «el todo San Sebastián», bronceándose, esperando que el tiempo –nadie sabe si monárquico, republicano, español o vasco– siga su curso lento, inexorable.
Javier Ortiz. El Mundo (31 de julio de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de enero de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1991/07/31 07:00:00 GMT+2
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1991/07/25 07:00:00 GMT+2
Cuando uno hace un trabajo tan duro, que requiere una tal capacidad de concentración, ha de estar a lo que está, y punto.
Cuando uno se encuentra vigilado por los rivales más temibles, profesionales de una pieza que se han pasado todo el año esperando este momento como halcones ante su pieza, cualquier distracción, cualquier desaliento le puede ser fatal. ¿A quién le interesa que Miguel Indurain (Miguel, claro que sí: ¿y por qué no?) se vea en la obligación de introducirse en un berenjenal teórico de tan resbaladizos perfiles? ¿Alguien desea que se ponga nervioso? ¿Que se sienta mal en su piel, acosado? Y, si es así, ¿por qué, para qué? ¿Se considera Indurain sólo navarro? ¿También vasco? ¿Español? ¿Vascoespañol? ¿Vasco-navarro? ¿Todo a la vez? ¿Nada de todo eso? ¿Y qué más da? Una cosa está clara: que forma parte de la nación de los ciclistas, que utilizan el pasaporte de sudor y hablan en el esperanto de la pedalada.
Navarra y Euskadi han hecho bandera de Indurain, y a él eso le gusta. Pero no tiene nada en contra -muy al contrario- de que haya gentes de otras latitudes que se apunten a su causa. No siente un entusiasmo particular por los patriotismos de ningún género, y quisiera estar a bien con todos. Si ustedes se sienten patriotas de esta o la otra patria, benditos sean, pero dejen a los ciclistas que se dediquen a lo suyo y tengan la fiesta en paz.
Y a Miguel Indurain -a él precisamente: un escapado de toda militancia extra-deportiva- permítanle que se concentre en lo que sabe y debe hacer: ganar el Tour.
Javier Ortiz. El Mundo (25 de julio de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de julio de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1991/07/25 07:00:00 GMT+2
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