Esta entrevista con José Miguel de Barandiarán fue realizada en el verano de 1988. La verde naturaleza de San Gregorio, apenas salpicada por los alegres caseríos y el agua del río Oria, allí todavía limpia, fue el lugar del encuentro. El etnólogo y antropólogo vasco hace balance de su vida, íntegramente dedicada al estudio y la investigación.
Pregunta.- Está usted ya en las puertas del segundo siglo de existencia...
Respuesta.- Un año me queda para cumplir los cien; sí. Poca gente llega a mi edad, ¿verdad?
P.- Y con la mente despejada.
R.- Sí; eso es lo más importante. Si la cabeza falla; uno ya está ido.
P.- Usted se retiró de la enseñanza a los ochenta años. ¿Qué opina de la jubilación forzosa de aquellas personas que, conservando sus capacidades mentales, desearían seguir trabajando y no se lo permiten?
R.- En mi caso no se planteó. A mí nadie me dijo que me retirara de la enseñanza. Fui yo mismo el que decidí que los ochenta años eran una edad adecuada para pasar a ocuparme de otras tareas. En cuanto a lo que me plantea, ¿qué quiere que le diga? Antiguamente no existía el retiro. Mientras se tenía salud, se trabajaba. Forzando la jubilación de quienes quieren y pueden seguir trabajando, la sociedad desaprovecha un gran caudal de experiencia.
P.- Comparemos las diversas etapas de su vida. Tomando, por ejemplo, los últimos veinticinco años, ¿su labor ha sido más, menos o igual de intensa que. en la fase anterior?
R.- Depende de en qué sentido hablemos. Desde el punto de vista de las publicaciones, ha sido probablemente más amplia. Hasta los ochenta años, he realizado muchos trabajos de investigación, que combinaba con la enseñanza universitaria. Durante los veranos en particular trabajaba en yacimientos prehistóricos. A los 80 años me retiré.
P.- Se fatigaba.
R.- No. No fue esa la razón de dejarlo. Es que comprendí que había reunido tan gran cantidad de material, de notas, etcétera, que iba a necesitar muchos años para dar salida a todo ello en forma de libros, artículos, ensayos. Por mucho que mi vida se prolongara, tenía ya suficiente tarea por delante.
P.- ¿Cuántas horas del día dedica usted a escribir?
R.- No tantas como antes, porque ahora duermo bastante. O por lo menos estoy en la cama. Pero, en fin, siempre que no tengo muchas visitas, paso unas ocho horas escribiendo.
P.- ¿Escribe a mano?
R.- Tengo letra clara y todavía mi pulso es bueno, así que los editores me han dicho que no vale la pena que pase a máquina los manuscritos.
P.- ¿Cómo es posible alcanzar una edad como la suya en condiciones físicas tan buenas?
R.- Yo he contado con una gran ventaja: a los veintitantos años tuve una úlcera de estómago. Eso me obligó a acostumbrarme a cuidar mi salud. Eso es todo.
P.- Que un sacerdote católico huyera del franquismo es algo que sorprenderá a muchos.
R.- No fue por mi deseo, desde luego. Le contaré cómo ocurrió. Estaba yo cuando comenzó la guerra, en 1936, trabajando en unas excavaciones por la parte de Deba, en compañía de Telesforo de Aranzadi, con el que colaboré durante veinte años. Allí nos sorprendió la guerra y nos dejó aislados, de manera que no podíamos desplazarnos en ninguna dirección. El doctor Aranzadi decidió entonces ir por mar hasta Francia, para regresar luego por la frontera. Yo seguí su ejemplo y marché a San Juan de Luz en barco, con la idea de volver desde allí hasta Vitoria. Pero, cuando llegué a San Juan de Luz, me informaron de que la Policía tenía una ficha sobre mí en la que se me pintaba corno peligroso, porque, según ellos, yo era de ideas rojo-masónicas judeo-separatistas, o algo así. De modo que desde Vitoria rne señalaron que era mejor para mí que no regresara.
P.- ¿Y cómo fue el regreso?
R.- Fue gracias al lingüista Antonio Tovar. Cuando éste puso en marcha la cátedra «Larramendi», en la Universidad de Salamanca, decidió que yo era la persona indicada para dictar la lección inaugural, y me llamó. Le contesté que estaba perfectamente dispuesto a ello, pero que tuviera en cuenta mi situación. El hizo gestiones con el que era entonces ministro de Instrucción Pública, Joaquín Ruiz Giménez, el mismo que recientemente fue Defensor de Pueblo, y me aseguraron que podía regresar sin problemas.
P.- Usted ha dedicado su vida a la Etnografía, al estudio del pasado más pretérito. ¿A qué conclusiones ha llegado en sus investigaciones?
R.- El llamado «tipo vasco» es, como ocurre con sus pueblos vecinos, un heredero directo del tipo de Cromagnon, que sucedió a su vez al del tipo de Neardenthal. En estas tierras viven tipos humanos como los actuales desde hace muchos miles de años; más de cuarenta mil. Surgieron tras la última glaciación, cuando al transformarse el clima fue posible cambiar también el modo de vida humano, centrado hasta entonces en las cavernas, que eran los lugares más aptos para protegerse del intensísimo frío reinante. A partir de entonces pudieron vivir en el exterior, desplazarse a mayores distancias, subir a zonas más altas... Cambió también su alimentación, gracias a la aparición de vegetales, etcétera. Fue evolucionando, en suma. Es un proceso común a todas las poblaciones de la zona europea occidental. Cuando me hablan de que los vascos pueden proceder de pueblos de la zona caucásica, basándose en que se encuentra tal o cual parecido, me hace gracia. ¿Y por qué no iba a ser al revés, que aquellos pueblos procedieran del vasco? Que yo sepa, el viaje tiene la misma distancia de allí hasta aquí o desde aquí hasta allí.
P.- ¿Y la lengua vasca?
R.- Digo casi lo mismo. la lengua vasca no tiene necesidad de venir de ninguna parte, de ningún lugar. Esta no es una tierra que haya empezado a habitarse hace poco. Por los restos que yo he encontrado, estaba habitada ya hace cien mil años. Y podrían aparecer restos más antiguos.
Javier Ortiz.El Mundo (22 de diciembre de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de enero de 2018.
En la línea marcada por el principio general que fue banderín de enganche para la victoria del PSOE en 1982 -«Vamos a dejar este país que no lo reconocerá ni la madre que lo parió», Felipe González hacía a la sazón un retrato sardónico del funcionario hispánico especializado en la hábil utilización del llamado «truco de la chaqueta». Contaré en qué consiste, por si su contacto con el género ha sido escaso: nuestro buen funcionario aparece en la dependencia ministerial por la mañana, pone la chaqueta en su silla y, acto seguido, se larga a hacer cualquier otra cosa o, mejor aún, a no hacer nada en absoluto. ¿Que alguien pregunta por él? Siempre hay un compañero solidario -hoy por ti, mañana por mí- que replica al instante: «Debe de estar en otro departamento, porque tiene aquí la chaqueta».
González contaba esto, ya les digo, y a continuación exclamaba: «iEsto se va a acabar!». Entonces, el auditorio -en el que, por supuesto, había no pocos aplicados chaquetistas ministeriales- reía y aplaudía arrobado.
Eso era -ya les digo- en 1982.
Han pasado más de nueve años.
En algunas dependencias oficiales, el panorama no sólo lo reconoce la madre que lo parió, sino incluso la bisabuela que parió a la abuela de la madre que lo parió. Yo mismo he conocido algunas dependencias ministeriales -dependientes del Ministerio de Trabajo, para más sarcasmo- que encajarían sin el menor problema en el Vuelva usted mañana de Larra. El «truco de la chaqueta» se ha visto mejorado, eso sí, con innovadoras aportaciones pícaro-tecnológicas que permiten obviar los relojes que algún ingenuo colocó para controlar las horas de entrada y de salida del personal. En plena hegemonía socialista, tenemos funcionarios ministeriales que se las arreglan hasta para tener dos empleos con el mismo horario. Otros venden enciclopedias, se han vuelto expertísimos crucigramistas múltiples, logran jugar inacabables partidas de tute o le hacen diario hueco en la pensión de la esquina a sus añejos amores clandestinos.
Los hubo que interrumpieron estas prácticas por un breve tiempo: el que tardaron en darse cuenta de que no valía la pena que cambiaran ellos, porque, nada iba a cambiar.
Javier Ortiz. El Mundo (20 de diciembre de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de diciembre de 2012.
Se ha dicho y repetido hasta la saciedad: «Un pueblo que pierde su memoria pierde su identidad». Pasados tres lustros del fin del franquismo, ya casi nadie se acuerda de aquel sombrío periodo de nuestra Historia: los mayores, porque únicamente lo evocamos a título de anécdota, y de Pascuas a Ramos; los menores, porque nadie les ha contado de qué fue la cosa y, a lo que se ve, tampoco sienten la irreprimible urgencia de saberlo.
¿Corre nuestro pueblo el riesgo de perder su identidad por esta falta de memoria? No lo creo. Si es que este pueblo tiene una identidad -extremo del que parece lícito dudar, seguro que forma parte de ella la irreflexión sobre el pasado. Nunca ha hecho nada de eso; a cuento de qué lo iba a hacer ahora.
Me parece la mar de normal que el pueblo llano deje en el olvido un pasado que tampoco entendió cuando era presente y que maldita la falta que le hace recordar. Lo sorprendente, en todo caso, es que el ejercicio de aparente amnesia colectiva abarque también a los que vivimos de ese género de materias, o sea, a los historiadores, a los periodistas y a los políticos.
Pero, en realidad, también en este caso resulta comprensible. ¿Se podría reprochar a Bruto que no realizara un análisis riguroso del mandato de César? ¿Podrían haberlo hecho mejor Pompeyo, Casio, Catilina, sus deudos, sus hijos, sus cómplices? Todos ellos sabían muy bien qué había pasado, pero optaron por el silencio: tenían demasiado que ocultar.
Tampoco aquí hemos olvidado el ayer. Simplemente, no hablamos de él. Y ello por tres tipos de razones.
Unos guardan silencio porque fueron lacayos y aduladores del pequeño César español, y no les gusta que eso se recuerde.
Otros callan -o mienten: vean a Guerra diciendo ahora que él fue republicano para mejor legitimar la monarquía- porque vendieron su memoria a los pupilos del César; a cambio -digamos, por abreviar- de su benevolencia armada.
Quedamos, por último, los que preferimos no hablar del pasado no porque no nos guste, sino porque hemos comprobado que recordar no sirve para nada: nadie nos oye. Así que recordamos, pero no lo decimos. Por lo menos cuando no nos tocan demasiado las narices.
Javier Ortiz. El Mundo (13 de diciembre de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de diciembre de 2010.
De creer a los especialistas en ese género de estudios, parece ser que los vascos tenemos una curiosa tendencia a definirnos en función de lo que carecemos. Los psicólogos nos interrogan acerca de las tópicas manchas de tinta sobre el papel en blanco, y la mayoría de los vascos, en vez de expresar como los demás mortales lo que nos parece que se insinúa en el borrón, respondemos -dicen- especulando sobre lo que dibuja el espacio que queda sin nada, o mejor, con nada. Aseguran que eso se debe a que nos atrae irrefrenablemente el vacío, el noser, la inmaterialidad.
No son pocos los que afirman que, en el mundo mental vasco, la nada es algo. Fíjense: en euskara, el golpe fallido no se expresa por su lado negativo. Si uno golpea y falla, no es que no haya dado: «Le ha pegado -se dice, traducido de modo literal- al vacío».
Hay muchas viejas especulaciones sobre todo esto a las que, como racionalista impenitente, nunca he prestado crédito. Las historias sobre Lo Vasco y La Nada, a partir de las cuales el gran Jorge Oteiza ha construido tanta literatura -escrita y esculpida, me dejaban frío.
Ahora ya no estoy tan seguro de que deba rechazarlas de plano.
Las dudas me han asaltado tras pasar un año observando directa y detalladamente la política vasca.
Y no lo digo porque eso me haya permitido comprobar que la Nada está cómodamente aparcada en el cerebro de muchos políticos vascos. Ni por la abrumadora cantidad de retórica vacía que son capaces de generar. Al contrario: ésos son aspectos en los que Euskadi se homologa, más que distancia, de la cruda realidad cotidiana que se vive del Ebro para abajo.
Lo digo por la insólita capacidad que los vascos demostramos para encarar la política del mismo modo que -ya digo: dicen- abordamos el ejercicio de las manchas de tinta: especulando con lo que nos falta, discutiendo sobre lo que podría haber, dejando de lado lo que se nos presenta tangible.
Pensarán ustedes que lo formulo como reproche. No tanto. Porque tan malo es ser rehén de los sueños como esclavo de lo existente. Y a menudo lo real no representa sino otra forma de la Nada: otro Gran Vacío, presuntuoso y mezquino.
Javier Ortiz. El Mundo (6 de diciembre de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de diciembre de 2010.
Aquí no dimite nadie. El uno -el huno- porque, como dice Trillo, ha sido elegido por el pueblo, y el pueblo no se equivoca, según se demostró muy bien con Adolf Hitler. Los otros tampoco dimiten, porque son fieles a la palabra dada. «¡No nos moverán!», cantaron de jóvenes. Y no se mueven: cumplen la promesa.
Se aferran al Poder. Puede que, para estas alturas, éste sea el único principio que les queda: no soltar el cargo, pase lo que pase.
¿Que el presidente de Cantabria y la mitad de sus consejeros son empapelados por delitos de leso bolsillo público? Perfecto: se apela a la presunción de inocencia -tan buen imperativo legal como absurdo político- y ya está; santas pascuas.
¿Que se descubre que el ahora ministro de Sanidad hizo negocios turbios de especulación con una banda de estafadores? Él evoca el modelo que ofrecen los países más avanzados -la escuelas unidas de Chicago, Friedman y Capone- y a otra cosa. Sus jefes, además, le apoyan. «Por descontado», dice Serra. Por descontado, o sea: hoy por ti, mañana por mí.
Aquí nadie dimite, salvo Anguita, que tiene muy poco poder y que, además, se está limitando a aplicar el modelo González -si lo sabrá Pablo Castellano-: dimitir para volver más fuerte.
Aquí nadie deja el Poder si no le echan. Y, bien visto, hasta quizá sea razonable. ¿A qué cambiar a un chapucero por otro, que lo más probable es que llegue al cargo con las manos vacías, es decir, pendiente de llenarlas? La experiencia nos ha demostrado elocuentemente que detrás de cada Barrionuevo que se va hay casi siempre un Corcuera dispuesto a avalar la máxima de Juan de Mairena: nada en este mundo es totalmente inimpeorable.
Dice Isabel Tocino que con todo esto se corre el peligro de sembrar el descrédito sobre el conjunto de quienes ostentan cargos políticos. Un punto de vista exageradamente optimista, el de la diputada del PP: esa siembra se completó hace mucho tiempo, y ya se han recogido incluso varias cosechas.
Ahora asistimos a otra siembra, abonada con dosis intensivas de corrupción, autoritarismo y crisis. Ya veremos qué fruto sale de eso, pero la mezcla tiene una pinta fatal. De momento, huele que apesta.
Javier Ortiz. El Mundo (29 de noviembre de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de noviembre de 2011.
Lo leímos el 20-N: Guerra aseguró en Brasil que se siente «más socialista que nunca». Mi buen amigo Gervasio Guzmán, quizá inspirado por la fecha, aprovechó para comparar esta frase del Gran Ex con otra que Franco largó en uno de sus últimos mensajes navideños: «Hay algunos que especulan con mi edad, pero yo me siento más joven que nunca». «Es el tipo de tonterías que sólo dicen quienes se saben acabados», sostiene mi amigo Guzmán.
Yo pienso, por el contrario, que lo de Guerra puede ser cierto. Es más: algunas de las cosas que están ocurriendo en los últimos tiempos me llevan a dudar si no será que el ex vicepresidente está urdiendo un vasto complot para resucitar y extender ese mismo marxismo que apenas hace unos años repudió con socialdemocrático desdén.
Fijémonos, por ejemplo, en el escándalo de Caja de Ronda, del que es responsable -no pasen el dato por alto- el guerrista Braulio Medel. Primero, opta por llevar las multimillonarias deudas del PSOE al capítulo de «fallidos», luego lo niega en redondo y, en fin, se queda tan ancho ante la publicación de los documentos qué desmienten su desmentido. ¿Resultado? El pueblo llano sienta cada vez más el firme convencimiento de que es el sistema mismo el que está corrompido.
Otro punto clarísimo: el boicot reiterado de Guerra y los guerristas al parlamento. Les ha costado Dios y ayuda pero, con la colaboración de algunos compañeros de viaje y otros tontos útiles, lo han logrado: ya todo el mundo -incluso el PP- está convencido de que el Congreso de los Diputados es pura filfa; que la mayoría socialista convierte la representación popular en un mero mecanismo de ratificación de lo que ellos han decidido previamente que se haga (en síntesis: lo que les da la gana) o que no se haga (v. gr.: investigar los beneficios que logran haciendo lo que les da la gana).
Todo lo cual viene a confirmar uno de los principios políticos del marxismo: que las elecciones sirven tan sólo para decidir quién se gana el derecho a sacar tajada del pueblo durante unos cuantos años.
Guerra está haciendo lo posible por reforzar y extender esta máxima capital del marxismo. Lo que viene a confirmar sus palabras: está, desde luego, más socialista que nunca.
Javier Ortiz. El Mundo (22 de noviembre de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de noviembre de 2010.
Me gustan los cementerios. Para conocer una ciudad -su historia, el modo de ser de sus habitantes, no hay nada como recorrer sus cementerios. Allí se encuentra siempre el testimonio de sus dramas, la seña de sus gustos, el signo de sus devociones: su ser.
De todos los cementerios que conozco, el más bello es el del Pére Lachaise, en París. Siempre que voy a la capital francesa, me reservo una mañana para vagar por ese Mont Louis viejo y melancólico que los jesuitas convirtieron en casa de campo y que la villa de París, en los albores del XIX, reconvirtió en camposanto. Sigo entonces un rito fijo: me escapo de la tumba del odioso Thiers, saludo a Abelardo y Eloísa, expreso mis respetos al señor Moliére, me detengo un rato con Rossini y Chopin -Ingres suele venir a acompañarnos, digo a Balzac que lo suyo, de veras, fue genial... y, cumplidos los cumplidos, me encamino a mi rincón favorito, junto al muro de los federados.
Cuando llego al lugar, me inclino con respeto. Cuánta gloria junta: los anónimos federados, Edith Piaf, Paul Lafargue y Jenny Marx, los pobres milicianos del antinazismo español... y Jean-Bautiste Clément, cuya tumba, aguada y gris, aporta tan sólo una escueta información: «Autor de Le Temps des cerises».
Tiempo de cerezas. Como no podía cantar en libertad, Clément recurrió a la parábola, y la Comuna de París -el otro histórico Mayo de Francia- se transmutó en fruta del mes: «Siempre amaré el tiempo de las cerezas / y los recuerdos que guardo en el corazón».
Me aprendí la canción casi de crío. En el disco que alguien me trajo de Francia, la cantaba un tipo bien plantado: Yves Montand. Años después, volví a toparme con el recuerdo de Clément en el título de una novela que firmaba una joven catalana: Montserrat Roig. Temps de cireres.
Ambos se me han muerto en un solo fin de semana. Montse se ha quedado en Barcelona. Montand no; él se tumbó anteayer en la fosa -nuestra fosa común- del Pére Lachaise.
La próxima vez que vaya a pasear al Pére Lachaise, llevaré cerezas. Para todos: para los federados, para Yves, para Edith, para Clément... Y también para Montse.
Aunque tampoco ella esté allí.
Javier Ortiz. El Mundo (15 de noviembre de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de julio de 2010.
Pasaba por ser calculador frío y maquiavélico. Ha demostrado que no lo es. Que no lo es, por lo menos, a la necesaria altura. Le falta la frialdad necesaria y le sobra visceralidad, impaciencia, soberbia y, sobre todo, urgencia de venganza. Una urgencia que -todavía peor- ni siquiera acierta a disimular.
«Tendrán su sanmartín», vaticinó apenas hace un mes, maldiciendo a sus demasiados enemigos. Podía haberse limitado a pensarlo, a rumiarlo, a desearlo en silencio. ¿A qué la amenaza? Pero no: él cedió a la tentación de largar. Ahora sus enemigos gozan comprobando cómo, precisamente en las fechas del profetizado San Martín, a la hora del sacrificio de los cerdos, es él quien se encuentra en francas dificultades, con un amenazante cuchillo en el gaznate ferrazino.
«A todos los cerdos les llega su sanmartín». Creyó Guerra que se mostraba enérgico recurriendo al viejo dicho, pero evidenciaba tan sólo sus peores debilidades. De hecho, éste es uno de los aforismos menos lúcidos que haya destilado la sabiduría popular. La Historia, esa vieja y cruel harpía, no tiene por costumbre hacer justicia: por el contrario, se ha especializado en privilegiar a los cerdos -él debería saberlo- y en dañar a los honestos. Sólo en muy contadas ocasiones abandona a los déspotas. E incluso en estos casos -breves relámpagos de virtud en la larga noche de los siglos, no los castiga por haber sido canallas, sino por haberlo sido torpemente.
Un político que se pretenda hábil e inteligente no puede dejarse cegar por una sed de venganza personal: el objetivo es demasiado pequeño. Alfonso Guerra lo está haciendo. Y lo está haciendo, además, muy mal, porque se le nota. Su obsesión monográfica le empuja a amontonar demasiados enemigos, a combatir simultáneamente en demasiados frentes, a apuntar demasiado pronto demasiado alto. Va de torpeza en torpeza. Ya no envía, como antaño, dardos envenenados; reparte coces alocadas a diestro y siniestro.
Con lo cual la discusión se nos desplaza bastante, aunque sin salirse del reino animal: lo que hace un mes era una discusión sobre cerdos, ahora es ya tan sólo un asunto de burros. Esté tranquilo Guerra: los asnos suelen morirse de viejos.
Javier Ortiz. El Mundo (8 de noviembre de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de noviembre de 2011.
Estaba previsto mucho. Demasiado. Debían acudir personalidades a tenor del acontecimiento: madame Danielle Mitterrand, el ministro francés de Cultura, monsieur Semprún... O sea: la tira.
Al final, como suele ocurrir, se presentaron los que quisieron. Pocos, y todos locales.
Era el estreno mundial de una ópera, compuesta por todo un ministro. Se suponía que debía atraer a la flor y nata europea. Mediterránea, al menos. Pero los compromisos oficiales son muchos. Y Bilbao, por lo que se ve, demasiado poco.
–A esta individua le aplican la Ley de Extranjería y adiós ópera –dice alguien al que no logro ver en el barullo del entreacto.
Punto de vista algo arrastrado, pero científico a más no poder. Porque de eso va la historia.
Medea es, en efecto, una extranjera. Bruja, como todas las extranjeras. Con dos hijos a cuestas. Traída por Jasón, tal vez con ayuda de los Argonautas, desde un país atrasado –¿no fue Jasón el que anduvo por Georgia, junto al monte Ararat?– hasta la civilizadísima Grecia, dispuesta a exigir amor –de madre, de esposa–, a disputar por él.
Hay dos focos poderosos que apuntan al escenario, lleno de colores cálidos, sobre el que deambula un coro bellísimo, empeñado en cantar en griego con acento del Nervión. Hace calor. Los abanicos agitan las luces azules que se desprenden, lánguidas, del escenario.
–Algunos críticos han estado estudiando la partitura. Dicen que parece compuesta por un chaval de catorce años. No me pidan que les dé un punto de vista técnico. Yo sólo sé que crecí con la música fantástica de Theodorakis pegada a la piel, transformada en memoria (¿sabían ustedes que fue él quien compuso aquella Luna de miel que nos contagiaron Lasso y Garci?).
Sólo sé que fue ese mismo Theodorakis el que me encantó, mano a mano con los Calchakis, dejando resbalar Libertadores por las notas dulces de una quena súbitamente uruguaya. Theodorakis el de Z, el de Zorba, el del Canto General, el que entonó con Maria Farandouri y una voz cascada Nuestros primeros muertos...
–Deberíais haber oído esa maravilla, antes de poneros crueles con él –les digo a los críticos crueles. Y trato de explicar que lo de menos es la ópera.
Cierro los ojos y me imagino a Lena Platanós, esa voz de cristal tantas veces prestada al rival, Manos Hajdidakis –qué otro pedazo de compositor–, cantando sin Katerina Ikonómu este drama. Nos hubiera bastado con un piano, un buzuki y un par de guitarras. Para qué más.
Pero aquí Mikis Theodorakis ha preferido, rebajarse desde la música popular hasta el gran espectáculo. Es un reto. Una mezcla de saber hacer, griego y vasco. Una ensalada fantástica. Feminismo, filosofía de la existencia, composición clásica.
Les diré que hay una poderosa actriz, que además canta, y que se pasa horas en el escenario sin que se le note. Es Katerina Ikonomu: Medea. Hay también un tenor espléndido, que hace de Jasón: Sajos Tersakis. Y Alejandra Papadiaku, y María Marketu, como corifea y nodriza.
Hay también, deambulando por el escenario sin que nadie lo vea, un señor que se hacía llamar Eurípides. A él le debemos tensos versos, que la pantalla de traducción simultánea deja caer: «Quieren llegar a reyes sin grandezas ni infortunios», «Desventuradas las mujeres, que tenemos alma e inteligencia y, sin embargo, no somos nada».
Javier Ortiz.El Mundo del País Vasco (2 de octubre de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de enero de 2018.
Me parece muy buena idea que nuestros gobernantes hayan decidido que lo del 92 no sirva para conmemorar la conquista de América. Nada de conquistas, colonizaciones y otras referencias brutales. Lo que vamos a celebrar en 1992 es el Quinto Centenario del «encuentro de dos culturas».
Es cierto que esto del «encuentro de dos culturas» no es un concepto demasiado científico -me da que, en materia de culturas, del lado americano había más de una-, pero resulta de lo más diplomático y tranquilizador. Presenta además la ventaja de que facilita la aceptación de los fastos por parte americana. ¿Quién puede resistirse a que se conmemore algo tan lindo como es la fusión de dos mundos, una vez obviado el intrascendente dato de que esa fusión se realizó a golpe de mandoble y arcabuz?
La idea es tan buena que no entiendo por qué sus inventores no la extienden a otros históricos encuentros de dos culturas en los que nos hemos visto involucrados. En concreto, no me explico por qué no celebramos por todo lo alto el encuentro que nuestros antepasados godos tuvieron con la cultura árabe desde el año 711 y durante cerca de ocho siglos extraordinariamente fructíferos.
Sería, además, una ocasión muy adecuada para que el Gobierno español predicara con el ejemplo y, del mismo modo que pide a los herederos de Tupac Amaru y Atahualpa que no miren lo sucedido hace cinco siglos con ánimo torvo, optara él por abordar con espíritu constructivo y fraterno el hecho de la presencia árabe en lo que ahora llamamos España.
Harían falta algunos retoques en las tradiciones locales, sin duda. Habría que revisar los homenajes al apóstol Santiago, hasta ahora celebrado como «matamoros», y algunos otros mitos y leyendas deberían caerse del pedestal en el que han estado durante varios siglos, empezando por la tontería esa de llamar «Reconquista» a un proceso guerrero de 774 años que no reconquistó nada, porque España nunca había existido como unidad política hasta entonces.
El recuerdo de la toma católica de Granada, que se verificó también en 1492, podría servir de acicate para el necesario reestudio de esa importante fase histórica. Este otro Quinto Centenario nos permitiría de paso rendir tributo de homenaje a la nación árabe, agradeciéndole lo mucho que se esforzó para tratar de desasnar a nuestros antepasados -con un éxito más bien relativo-, enseñándoles ciencia, arte y buen vivir.
Brindo gratis la idea al Gobierno español. Estoy convencido de que su afición a celebrar los «encuentros de dos culturas», más allá de viejas pendencias trasnochadas, se verá colmado con esta nueva posibilidad que le ofrezco de mostrarse lúcido y generoso.
Oj Alláh!
Javier Ortiz. El Mundo (28 de septiembre de 1991). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de octubre de 2011.