1995/07/31 07:00:00 GMT+2
Se dice, y es verdad: Felipe González todavía reina, pero ya no gobierna. Su falta de gobierno es patente: las actividades ministeriales están colapsadas, cada ministro hace la guerra por su cuenta -y frecuentemente contra los demás-, nadie sabe si debe trazar sus planes a nueve, seis o tres meses vista -en realidad no sabe siquiera si vale la pena trazar planes-....
Considerado como totalidad, el Ejecutivo no es un conjunto: es una amalgama, inhábil para afrontar coordinadamente los problemas concretos y prácticos del país.
Pero lo peor para González no es que se muestre incapaz de gobernar en este sentido del término -incapaz de administrar, en suma-, sino que tampoco gobierna ya -y eso es lo definitivo- en el otro sentido, en el genuino: ha perdido su capacidad para mandar con autoridad, su aptitud para marcar el rumbo. Empuña el timón, pero como si no: ni tiene fuerza para dirigirlo ni sabe adónde quiere ir. Sólo sabe adónde no quiere ir, y eso no basta para navegar. Va a la deriva, empujado por la fuerza de las corrientes y las mareas.
El fenómeno parece reciente y, en su forma actual -patética, escandalosa-, lo es. Pero su origen hay que buscarlo hace cuatro o cinco años: en el momento en el que el círculo felipista empezó a perder su capacidad para fijar el orden del día político.
Algunos lo dijimos: durante mucho tiempo, el mayor poder del felipismo estribó en que era él quien determinaba de qué se hablaba. Las diversas oposiciones podían opinar lo que les diera la gana sobre el temario establecido, pero carecían de la fuerza necesaria para lograr que la sociedad pusiera otros asuntos en el centro de su atención. El felipismo marcaba la agenda social. Y quien decide la agenda (perifrástica pasiva latina: «las cosas que han de ser hechas») predetermina en muy buena medida el resultado de lo que se hace.
Pero a partir de un cierto momento -¿cuándo fue? ¿Tal vez con lo de Juan Guerra?-, González perdió el monopolio de la agenda. Y en las tertulias, en los bares, a la hora de la sobremesa, los ciudadanos comenzaron a opinar sin atenerse estrictamente al orden del día dictado por los telediarios. Ese fue el inicio de la ruina política del felipismo.
El proceso ha sido lento, pero inexorable. Ahora no es ya que se le escape el control de la agenda. Es que no sabe ni dónde está.
¿Ha sido el triunfo de los pocos medios de comunicación críticos que osamos ponernos enfrente? No seamos presuntuosos: nosotros lo contamos, pero hacía falta que hubiera quien quisiera escucharlo.
Javier Ortiz. El Mundo (31 de julio de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de agosto de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/07/31 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
felipe_gonzález
1995
el_mundo
felipismo
| Permalink
| Comentarios (1)
| Referencias (1)
1995/07/29 08:00:00 GMT+2
La plebe reclama a gritos la cabeza del acusado y Molins-Pilatos se siente incómodo. Preferiría no verse obligado a decidir si se la entrega o no. No tiene nada contra el convicto -antes al contrario: le ha hecho bastantes favores-, pero tampoco quiere que el populacho se le eche encima. Imagina entonces una fórmula de circunstancias: que el reo trate de convencer a la chusma de su inocencia. Pero, ¿cómo podrá hacerlo? Ya ha tenido ocasión de defenderse y, frente a todas las acusaciones, sólo ha sido capaz de articular un argumento: «¡Soy un santo varón! ¡Soy un santo varón!». «Bueno -le dice Molins-Pilatos-, habrás de sustituir la calidad por la cantidad: repite tu protesta una y otra vez. Te concedo cuarenta días de plazo. Aunque, te lo advierto: si para entonces el gentío sigue creyéndote culpable, no tendrá más remedio que permitir que te rebanen el gaznate».
¿No se da cuenta Molins-Pilatos de que, después de cuarenta días oyendo al pesado repetir «¡Soy un santo varón! ¡Soy un santo varón!», la ya enfurecida concurrencia puede estar que fuma en pipa? Seguramente sí. En realidad, sus escasas esperanzas las cifra en que la masa se rinda por aburrimiento. Sencillamente, trata de ganar tiempo. A ver qué pasa. Para argüir el día de mañana: «Yo hice lo que pude». De lo que parece no darse cuenta es de que, tras cuarenta días de letanía, la turba puede desear fervientemente no sólo la cabeza del reo, sino también las de Molins-Pilatos y toda su parentela.
Como modesto miembro de la chusma, yo ya solicito esas cabezas. La táctica que ha adoptado CiU ante González no es una táctica: es una canallada. Reclamar del presidente del Gobierno que comparezca ante la opinión pública «cien y mil veces» de aquí hasta mediados de septiembre para repetirnos lo que en una semana ya nos ha contado en tres ocasiones -que él es un santo varón-, representa someternos a una tortura ante la que los mismísimos verdugos de Tántalo empalidecerían de envidia. Sólo de pensar en ello siento escalofríos.
¿Qué pretende Pujol? ¿Hundir todavía más a González? ¿Dejarlo en ridículo para los restos? ¿O es a la sufrida ciudadanía a la que desea castigar, por díscola y mala pécora? ¿O trata tal vez de vengarse de los medios de comunicación hostiles, obligándonos a dar cuenta todos los días del rollo patatero gonzalino hasta que el público deserte en masa de los kioscos por pura profilaxis mental?
Yo no sé si los jefes de CiU han perdido la chaveta, si se mueven por razones oscurísimas o si son víctimas de un chantaje inconfesable. Lo que sí sé es que nos han hecho a todos una faena de aquí te espero.
Javier Ortiz. Zooilógico, El Mundo (29 de julio de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de septiembre 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/07/29 08:00:00 GMT+2
Etiquetas:
zooilógico
1995
el_mundo
molins
felipismo
cataluña
pujolismo
ciu
españa
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1995/07/28 07:00:00 GMT+2
Tanto Felipe González como Joaquín Molins lo tienen muy claro: la gente es que es muy suya. González habló de «pérdida del sentido común». Molins, de los extraños mecanismos por los que la opinión pública se empeña en pensar por su cuenta, al margen de las mayorías parlamentarias. Se ve que el personal no está a la altura de las circunstancias y es incapaz de entender las exigencias de la gobernabilidad.
Quizá el problema de la opinión pública es que se deja influir excesivamente por esa futilidad que llamamos hechos. Oye a González decir que el Estado no ha tenido nunca nada que ver con las actividades de los GAL y, en vez de hacer como el señor Molins y creerle, se acuerda de que cuatro geos fueron pillados en Francia cuando pretendían secuestrar a un militante de ETA, y que el Gobierno les dio amparo, y recuerda que Lasa y Zabala fueron secuestrados en Francia y asesinados en España, y recuerda que hay un porrón de responsables políticos de la época y de altos funcionarios policiales que reconocen que participaron en el secuestro de Segundo Marey y que ese secuestro se financió con pesetitas de los fondos reservados del Ministerio del Interior, y recuerda que hay un periodista que cuenta que el propio presidente del Gobierno le anunció el nacimiento de los GAL, y recuerda que hay un ex lehendakari que relata que González le hizo una apología de los Escuadrones de la Muerte de Carlos Andrés Pérez... y va y no le cree. Y cuando escucha al jefe del Gobierno preguntarse en voz alta: «¿Tenía alguna lógica poner en marcha acciones ilegales en territorio francés?», refiriéndose a las condiciones de 1984, le responde: «Pues no sé, chico, pero a los geos aquellos alguien tuvo que enviarlos, y no parece que fueran Aznar y Anguita».
Tienen razón: la opinión pública es muy influible. Y eso lo explica todo. La opinión pública se deja manipular muchas veces por los medios de comunicación. Y eso es lo que explica la historia de estos últimos trece años. Gracias al hecho de que el felipismo ha contado con el entusiástico apoyo del conjunto de las cadenas de televisión, de la casi totalidad de las emisoras de radio y de la gran mayoría de los periódicos, ha podido un individuo de la catadura moral de González aparecer como un gran estadista y como un adalid de la democracia.
Pero incluso la capacidad manipuladora del aparato de propaganda tiene sus límites. Mucha, muchísima gente tiende a ser crédula e ingenua. Pero estúpida al cien por cien hay muy poca. Antes o después -casi siempre después, por desgracia- la mayoría acaba por ver las cosas como son. Y son como González y Molins no quisieran que se supiera.
Javier Ortiz. El Mundo (28 de julio de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de octubre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/07/28 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
1995
el_mundo
molins
felipismo
cataluña
felipe_gonzález
gal
pujolismo
ciu
lasa_y_zabala
marey
españa
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1995/07/26 07:00:00 GMT+2
En los últimos tiempos, en cuanto le dan ocasión, el presidente de la Generalitat catalana muestra su irritación por la -a su juicio- «falta de racionalidad» que presenta la vida política española. Y pone como ejemplo de ello la actitud de aquéllos que reclaman -que reclamamos- que CiU se comprometa de antemano a rechazar el proyecto de Presupuestos del Estado que presente el Gobierno de González. «Si está bien, lo apoyaremos», dice. Y apostilla: «Apoyaremos aquellas propuestas y medidas que nos parezcan bien, y rechazaremos las que nos parezcan mal».
El razonamiento parece de cajón, sin duda. Rebosante de sentido común. Y así habría que reconocerlo, si no fuera porque se formula días después de que el Comité de Enlace de CiU tomara la determinación de cambiar de política hacia el Ejecutivo de Madrid. Con lo que la lógica de la posición de Pujol se tambalea. Porque, en efecto, si el cambio de política consiste en que a partir de ahora CiU solo defenderá las iniciativas de González con las que esté de acuerdo, habremos de deducir que el líder de Convergència reconoce que hasta ahora venía apoyando también iniciativas que le parecían mal. Lo cual, planteadas las cosas en el terreno simplista en que las presenta el honorable, no parece precisamente el colmo de la racionalidad.
Ocurre que no hay una sola racionalidad que sirva de medida universal de lo correcto y lo erróneo en política. Hay diversas. La que seguía CiU hasta el pasado 17 de julio era una. La que aplica ahora, otra. Y la de quienes creemos que Pujol y los suyos deberían negar de antemano su apoyo a los Presupuestos de González, otra más.
¿Por qué Pujol venía dando su apoyo sistemático a la política de González, incluyendo aspectos de ésta que en otras condiciones habría rechazado? Por un comprensible sentido del do ut des. CiU ha venido cediendo en algunas cuestiones relativamente secundarias -relativamente secundarias para CiU- a cambio de lo cual obtenía importantes concesiones en materia de política económica y social, en materia de transferencias y en otros terrenos, algunos no tan groseramente materiales como suele pretenderse.
¿Por qué CiU ha decidido moderar su apoyo al Gobierno central y pasar a una política de acuerdos concretos -y, en consecuencia, se supone, de rechazos concretos-? Porque ha comprendido que su incondicionalidad anterior, si bien le reportaba sustanciosas ventajas, le aportaba también cada vez más inconvenientes, contaminándole del creciente desprestigio felipista. El electorado nacionalista catalán ve con peores y peores ojos la aventura de González, y CiU no puede dejar de tenerlo en cuenta. Y menos en vísperas de unas elecciones autonómicas.
Por lo demás, la nueva política de CiU con respecto al Gobierno del PSOE presenta más novedades en las formas -gestos de cierta desafección, algunos modos rudos, un tono crítico más desabrido- que en cuanto a los contenidos prácticos: estamos aún por ver un asunto de importancia en el que, al final, no se imponga el chalaneo de siempre.
Quiero decir con ello que había una cierta racionalidad en la posición anterior de CiU, como la hay en la actual, pero que son racionalidades políticas peculiares: hay que entenderlas desde su lógica interna. También hay que entrar en la lógica interna del planteamiento de quienes reclamamos a Pujol que rompa definitivamente con González para entender desde qué racionalidad lo hacemos. A cada cual le corresponderá entonces optar, no entre la racionalidad y la irracionalidad -como abusivamente pretende el president-, sino entre unas y otras racionalidades.
En mi criterio, no hay modo de abordar certeramente la crisis actual si no se tiene en cuenta que el problema de fondo, el crucial, no es de naturaleza estrictamente política, sino ética, de principios generales, por más que se presente en el escenario de la vida política. La cuestión no es que González y los suyos lo hagan mal, hayan cometido muchos errores y sean torpes. La cuestión es que han desbordado ampliamente la frontera de lo que es tolerable en un régimen de libertades democráticas.
Una conciencia democrática coherente debe tener nítidamente clara la diferencia que hay entre el error y el crimen. Los asesinatos de los GAL no son errores; son crímenes. El aprovechamiento personal del erario no es un error; es un crimen. La formación de una trama mafiosa para el cobro de comisiones a cuenta de favores de los poderes públicos no es un error; es un crimen. Y, por la vía contraria: negarse durante años a establecer una paridad sensata de la peseta y rebajar los tipos de interés no es un crimen; es un error. Y aceptar el Tratado de Maastricht no es un crimen; es un error. Como es un error, y no un crimen, haber desmantelado la industria, o haber puesto en marcha la LOAPA.
Lo que hace urgente e insoslayable la dimisión de González no son los mil errores en que ha incurrido. Son los crímenes que se han cometido por su culpa. Por su manga ancha y su desidia, en la hipótesis más benevolente. Por su total falta de escrúpulos democráticos, en la más severa. Su expulsión de la vida política, su necesario ostracismo -en el sentido ateniense del término-, no debe venir dictado por su inhabilidad, sino por su indignidad.
Cabe plantearlo como un problema de Justicia -cabe, porque lo es-, pero puede abordarse también como una exigencia de educación democrática general. De los políticos y de la ciudadanía. Nos es imprescindible que cada cual sepa qué es lo que se puede hacer y qué es lo que no se puede hacer de ningún modo. Un político puede desbarrar, disparatar y patinar a placer, si el electorado le ha autorizado para ello. Lo que no puede hacer, así esté respaldado por diez millones de votos, es matar, robar y extorsionar. Educar a la población en este principio rector de la democracia es tarea irrenunciable. Tanto más cuanto que comprobamos a diario lo poco que ha calado todavía en la conciencia colectiva, según nos demuestran los muchos que siguen proclamando la aberración de que lo peor de los GAL no es lo que se hizo (el crimen) sino lo mal que se hizo (el error).
Esa, me temo, es la misma lógica en que se apoya la racionalidad del planteamiento de CiU. Sus centros de interés se sitúan sistemáticamente en el terreno propiamente político, desdeñando los asuntos que plantean problemas de principios éticos. A CiU, proclamas abstractas e intrascendentes al margen, le dan igual los GAL, los fondos reservados, Filesa o las escuchas del Cesid. Le importan sobremanera, en cambio, la normalización lingüística -a mí también-, el despliegue de los Mossos d'Esquadra, la liberalización del despido o la Ley de Costas. Le preocupan los errores y se desentiende de los crímenes. Sólo presta atención a estos últimos cuando salen a la luz y se convierten en escándalos. Y, en tales casos, su labor es siempre contemporizadora, tibia, laxa. Y no porque los vea poco claros o tenga dudas: en privado, pocos líderes de CiU dejan de señalar con el dedo en dirección a La Moncloa cuando se trata de esos dislates. Sencillamente, son asuntos que no les quitan el sueño. Y eso es lo grave.
Estamos, pues, sin duda, ante racionalidades de carácter contradictorio. Una parte de la consideración de que la política es una técnica para conseguir lo que se quiere a costa de lo que sea. Otra se basa en el criterio de que la actividad política tiene límites éticos que nadie está autorizado a rebasar. Y que, si los rebasa, tiene que pagar por ello. No ya ante los tribunales, que también. Ante la opinión pública, primero y sobre todo.
Cuando los que hacemos nuestra esta segunda concepción de la política reclamamos a CiU que no apoye los Presupuestos de González no estamos refiriéndonos en realidad a los Presupuestos. O, por lo menos, no a ese tipo de presupuestos. Estamos reclamándole que contribuya a establecer los mínimos de decencia que deben regir la actividad pública. Le estamos pidiendo que demuestre que se rige por criterios distintos de los del felipismo.
Si es que es así.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de julio de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de julio de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/07/26 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
1995
el_mundo
cataluña
felipismo
pujol
felipe_gonzález
pujolismo
ciu
españa
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1995/07/22 07:00:00 GMT+1
Ya están otra vez con la misma murga: «¡Que comparezca, que comparezca!». ¿Y para qué carajo querrán que vaya al Parlamento? ¿Qué se piensan, que también él va a acabar cantando? ¿O tienen curiosidad por ver qué berzas se inventa esta vez? A mí, lo que es, me aburre soberanamente. Está más visto que el tebeo.
Esto es una pura patochada. Ellos saben que lo que han contado todos, desde Amedo a García Damborenea, es verdad. No toda la verdad, desde luego. Porque, de creerles, habría que pensar que, así como el secuestro del pobre Marey fue prácticamente una manifestación de masas, de tantos que participaron en él, los demás atentados de los GAL hubieron de ser cosa de Felipe González en persona, porque nadie sabe nada de ellos. Pero, bueno, descontado eso, que es comprensible -son criminales, no imbéciles-, está más que claro que los hechos sucedieron como los cuentan. Lo contrario es imposible. No cabe que individuos que ocuparon cargos de tanta responsabilidad y que, además, salen tan perjudicados por lo que ellos mismos confiesan, se inventen una historia tan concordante y que, por lo demás, coincide tan exactamente con los datos recuperados de aquella realidad.
Saben de sobra que es verdad. Lo sabe, mejor que nadie, González, que recuerda sin duda la historia entera: García Damborenea convenciéndole de la utilidad del ojo por ojo sin pasar por el juzgado, sus conversaciones con unos y otros defendiendo la utilidad del terrorismo de Estado -algunos las han contado- y poniendo a las bandas parapoliciales de Carlos Andrés Pérez como ejemplo, sus despachos en La Moncloa con el propio Dambo para informarse de cómo iba el negocio... Lo sabe Pujol, vaya que sí, al que de ese asunto sólo le molesta que algunos no hayamos sabido callarlo con la debida discreción. Y lo sabe, por supuesto, el staff del PSOE: unos porque participaron en él, otros -como el llorica de Jáuregui- porque les pilló al lado, otros porque lo han oído contar a los que estuvieron de uno u otro modo en el ajo.
Lo saben, pero se aferran al tinglado. Tienen miedo de que se les caiga encima. Y de eso se aprovecha el gran farsante para seguir representando el papel del que nunca supo nada de nada. Aunque tenga plena conciencia de que ya no le creen ni los más fanáticos de la causa de Santa Rita.
La oposición reclama que el asunto vaya al Parlamento. Sea así, si tanto les apetece. Pero que nadie piense que la solución va a salir del Parlamento. Ahí, en la sede central de los números, donde no cuenta la verdad sino la suma de escaños, no hay nada que hacer. La solución está en la calle. Sólo cuando salgan a ella y nos vean a todos de espaldas se darán cuenta de que la farsa no puede continuar. Y caerá el telón.
Javier Ortiz. El Mundo (22 de julio de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de noviembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/07/22 07:00:00 GMT+1
Etiquetas:
1995
el_mundo
felipismo
pujol
ramón_jáuregui
felipe_gonzález
gal
marey
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1995/07/20 07:00:00 GMT+2
Oigo -más que escucho- la enésima declaración autoexculpatoria de González. Repite: él no puede ser acusado de nada relacionado con los GAL porque nunca supo nada y nunca hizo nada. Debemos suponer entonces que en su equipo gubernamental reinaba un maravilloso caos, propicio al happening político. Había gente que se levantaba una buena mañana, pensaba que lo mejor que cabía hacer -para llenar de emociones la aburrida jornada, probablemente- era organizar una trama de terrorismo de Estado. La montaba implicando en ella a secretarios de Estado, gobernadores civiles, comisarios, aduaneros y otros muchos servidores de la Paz y el Orden. Y, por descontado, no consideraba que fuera oportuno informar al jefe del Gobierno de esas menudencias. Para no interrumpir sus severas reflexiones sobre el porvenir de Europa. Y sobre el futuro de la Internacional Socialista, cuyo destino compartía con estadistas de la talla de Betino Craxi y Carlos Andrés Pérez.
Seamos francos: o ese tío es imbécil o se piensa que lo somos los demás.
Claro que, bien mirado, no hay nada de excluyente entre ambas posibilidades. No hay por qué dar por hecho que sea inteligente. Consideremos el hecho, indiscutible, de que la mayor parte de sus grandes apuestas, tanto a escala internacional como en el ámbito local, han sido un perfecto fiasco, y que -según propia declaración- tampoco ha sido un lince, precisamente, eligiendo a sus más próximos colaboradores: ya tiene a dos vicepresidentes en el cementerio político, y quemados a una docena de personajes sobre los que puso la mano en el fuego. Lo de los GAL es también un irrefutable test de inteligencia -o sea, de falta de ella-: si le montaron ese tinglado sin que él se enterara, es que estaba en Babia, y si él intervino en su montaje, es que no vale ni para entrenador de Gil y Gil.
Y, a la vez, es perfectamente posible que eso que llamamos «la ciudadanía» -de algún modo hay que llamarlo- esté bastante en Babia, y que eso explique que, entre la baba del uno y la Babia de los otros, llevemos trece años de felipismo intensivo.
Todo lo cual puede quebrarse si, a modo y semejanza de sus congéneres policías -policías-políticos o políticos-policías-, tipo Sancristóbal, Alvarez o Planchuelo-, Ricardo García Damborenea, el «Dambo» de las Españas, se decide a cantar de plano.
Porque «Dambo» no es como los otros. Se equivocan quienes creen que su declaración apenas añadiría nada a lo ya relatado por los demás. «Dambo» puede contar lo que hablaba con González en las numerosas entrevistas que tuvo con él en La Moncloa en los tiempos en que los GAL inciaron su andadura.
Sancristóbal «supone». Damborenea sabe. Y sabe, entre otras cosas, porque no fue alguien muy distinto de él quien sugirió a González la genial idea de poner en marcha los GAL.
¿Alternancia o «alterfrancia»?
Era preocupante lo poco que se estaba comentando la sorprendente decisión de José María Aznar de apoyar la barbaridad que Jacques Chirac se dispone a hacer en Mururoa. ¿Estamos tan obsesionados por los disparates del indeseable Felipe González que nos cuesta comprender que el sindicato de los indeseables no es en absoluto un club exclusivo, y que admite afiliados de los más diversos partidos? Hay varios e importantísimos terrenos en los que la presunta alternancia del Partido Popular se parece como un huevo a otro huevo a lo que el Partido Socialista ha venido haciendo. Uno de ellos es el de la política exterior. Aznar parece dispuesto a ser como González, sólo que con menos retórica y más bigote. ¿Qué pinta España apoyando las pruebas nucleares francesas en aguas del paradójicamente llamado Océano Pacífico? ¿Qué nos ofrece el líder del PP: la alternancia o sólo una alter Francia?
Javier Ortiz. El Mundo (20 de julio de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de julio de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/07/20 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
1995
el_mundo
felipismo
felipe_gonzález
gal
damborenea
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (1)
1995/07/15 07:00:00 GMT+2
He tratado varias veces de contemplar un encierro de San Fermín por televisión. No he conseguido nunca ver uno entero. Me puede el horror. No soporto que haya gente que se divierta jugándose la vida. Y no entiendo que la Iglesia católica -tan preocupada por las formas de vida no inteligente, como la de los embriones- acepte sin queja que haya adultos que invoquen a un santo de su culto para patrocinar esa ruleta rusa indígena. Se ve que la Iglesia hace abstracción de ese aspecto de la fiesta.
Uno de los aspectos más temibles de la raza humana es su enorme capacidad para hacer abstracción del horror.
Discuto con quienes disfrutan presenciando la lidia de toros. Entiendo perfectamente que no gozan viendo cómo el animal se desangra, agoniza y muere. Que es el arte con el que los matadores domeñan la bravura del toro lo que les interesa. Ellos hacen abstracción del lado sangriento del espectáculo. Pero ahí reside justamente lo peor: en que sean capaces de obviar que un animal esté siendo tomado por acerico. Tampoco el público que asistía a los circos romanos gozaba con la muerte de los gladiadores: lo que le interesaba era la esgrima de los combatientes. No iba a ver morir. Simplemente, alguien tenía que morir, o resultar herido grave, para que el arte de luchar se pudiera poner de manifiesto. Lo mismo sienten -o, mejor dicho: no sienten- los aficionados al boxeo. No se regocijan viendo sufrir. Hasta es posible que, si pensaran en ello, les diera lástima el sufrimiento del boxeador. Pero tendrían que pensar en ello. Tendrían que pensar.
Europa asiste estupefacta a la reedición de Noche y Niebla que están protagonizando los serbios de Bosnia. Se pregunta atónita cómo un pueblo puede caer tan bajo. Yo se lo diré. En realidad, los serbios no han caído tan bajo. Ya estaban.
Como integrantes de la raza humana, los serbios tienen una gran capacidad para hacer abstracción del horror. Lo dice todo el mundo que lo ha experimentado: en las guerras, te impresionan mucho las primeras muertes a las que asistes (o que produces); luego ya, haces abstracción. El sufrimiento de los bosnios es para los serbios tan sólo la condición necesaria de su éxito nacional. No es que gocen con la desgracia de sus enemigos; es que no piensan en ella. La obvian.
Por lo demás, la civilizadísima Europa también hace abstracción. De veinticuatro horas que tiene el día, apenas dedica unos minutos para compadecerse de Bosnia. El resto del tiempo la olvida. Como ha olvidado a Ruanda, perdida ya en las nubes de la abstracción. Como ha olvidado a Somalia. Y a Chiapas. Y al Kurdistán.
Por favor, no sigan diciendo que los serbios de Bosnia son inhumanos. Son humanísimos. La nuestra es la única especie del reino animal capaz de tales horrores. Los serbios hacen abstracción de sus crímenes para poder protagonizarlos. Y los demás, para poder tolerarlos.
Javier Ortiz. El Mundo (15 de julio de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de julio de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/07/15 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
1995
chiapas
bosnia
balcanes
kurdistán
serbia
ruanda
méxico
sanfermines
preantología
yugoslavia
somalia
toros
navarra
el_mundo
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1995/07/08 07:00:00 GMT+2
Tal parece que el nuevo Código Penal -si es que se aprueba de una puñetera vez, que ésa es otra-, va a dejar establecido que no es delito hacer propaganda independentista.
De ese modo -se nos asegura- quedará probado que nuestra joven democracia es la pera. Ahí es ná: se podrá decir, escribir y clamar a los cuatro vientos que a uno le pirriaría que este país no fuera un país, sino varios, y tan ricamente. Solamente será delito -delito de rebelión, en concreto- que los independentistas se alcen en armas para que ese deseo tan suyo se haga realidad. De momento la decisión está en el aire, por culpa de una zancadilla leguleya del PP, pero pronto el asunto se dará un garbeo por el Senado, y allí será aprobado por amplia mayoría.
¿Es un importante avance? Eso aseguran muchos. Ayer le oí decir a Pilar Rahola que se trata de un gran éxito del independentismo democrático. Me da que la Pilarica exagera. O que no se ha percatado del fondo de la cuestión.
No seré yo, desde luego, quien desdeñe que se respete la libertad de expresión, en este asunto como en cualquier otro. Pero tampoco seré yo quien confunda la libertad de expresión con el conjunto de las libertades. Porque una cosa es que esté permitido hacer profesión de fe del ideario independentista y otra -muy, pero que muy muy muy distinta-, que el Estado acepte que ese ideario concreto pueda llegar a plasmarse en la realidad.
Ignoro cómo funcionará el magín de la gente independentista, porque no lo soy. Pero, si lo fuera, me da que tendría ganas de que, antes o después, mi independentismo acabara triunfando. De cara a lo cual me parecería de perlas que me dejaran soltarme el rollo en plan legal, pero aún más importante me parecería que fuera también legal independizarse.
Y ahí es donde el tinglado falla. Porque en España, gracias al nuevo Código Penal, uno podrá defender el independentismo, si le da la gana, pero lo que no podrá es conseguir que sus ideas triunfen. Porque eso está prohibido.
Pongamos que uno defiende la plena independencia de Cataluña, y que la gran mayoría del pueblo de Cataluña decide que esa idea es chipén. Pues como si lloviera. No está previsto. O, mejor dicho: está previsto lo contrario. Hay varios artículos en la mismísima Constitución destinados a que nadie pueda tener veleidades de ese tipo.
A mí eso me parece como si me dejaran participar en un juego con la condición expresa y firme de que no puedo ganar. No me importa perder. Me ocurre sin parar. Pero, para encontrarle a un juego un mínimo de gracia, tengo que pensar que cuento con alguna posibilidad de vencer, por remota que sea.
Para que el juego éste de la democracia tuviera alguna gracia, haría falta que la Ley considerara tan delito de rebelión alzarse en armas contra la unidad de España como hacerlo para defenderla.
Javier Ortiz. El Mundo (8 de julio de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de julio de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/07/08 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
1995
el_mundo
cataluña
independentismo
euskal_herria
galicia
antología
euskadi
españa
| Permalink
| Comentarios (1)
| Referencias (1)
1995/07/05 07:00:00 GMT+2
Somos injustos. Ustedes verían el artículo de Pedro J. Ramírez del pasado domingo. Era -literatura e ironías al margen- una amarga queja. Venía a decir que el verdadero beneficiario de toda nuestra labor de denuncia de los desastres del Gobierno, de cinco años para aquí, ha sido Jordi Pujol. Y, en cierto sentido, no le falta razón: cada zurriagazo que le hemos atizado al felipismo en el centro de la cresta -que si Filesa, que si Renfe, que si Palomino, que si CESID- ha permitido a CiU dar más y más vueltas a la llave inglesa con la que ha venido abrazando la tuerca del Gobierno central. Le ha permitido subir cada vez un poco más -o un mucho más- la cotización de su apoyo.
Pero, si eso es verdad, no menos cierto es que nosotros también hemos salido ganando con la jarana que se ha montado.
Seamos realistas. Supongamos -así sea sólo por un momento- que el felipismo no hubiera sido el felipismo, sino el Gobierno del PSOE, y que hubiera gobernado mejor o peor, pero con buena voluntad, sin contratar asesinos para acabar con ETA en un plispás y sin promocionar a individuos empeñados en hacerse ricos en aún menos tiempo. ¿Qué habría sido de nosotros? El cazador no es nada si no hay presas que cazar, del mismo modo que la Iglesia necesita de los pecadores (¿a qué se dedicaría, si no fuera por ellos?). Tal cual, si no hubiera corruptos, El Mundo sería una perfecta caca sin apenas interés: un papelucho que valdría para enterarse de las previsiones del tiempo, de los números de la Bonoloto y de la capacidad de algunos columnistas para soltarse sin parar el mismo rollo pareciendo -a veces- que es diferente.
Nos hacen falta los corruptos. O mejor dicho: nos hacen falta los corruptos aferrados al Poder.
Pero, llegados a este decisivo punto, debemos ser sinceros con nosotros mismos y preguntarnos con franqueza: ¿cómo hubieran podido los políticos felipistas corruptos -perdonen ustedes por el pleonasmo- aferrarse al Poder, si Pujol no los hubiera sostenido?
Ergo Pujol nos es imprescindible.
No me cabe la menor duda de que el día de mañana, si se instala en La Moncloa el Gobierno de otro partido -pongamos que sea el PP-, el surtido de escándalos será también abundante, de modo que los profesionales de la denuncia seguiremos teniendo no poca tarea entre manos. Y doy igualmente por hecho que, llegado el caso, Jordi Pujol apoyará eso que suele llamar «la gobernabilidad». Es decir, que sustentará a los chanchullistas, si pagan lo bastante.
Pero es ciento volando. De momento, me quedo con el pájaro en mano. O sea, con González.
No le abandones, Jordi. Que siga haciendo de las suyas. Que con las cosas de comer no se juega.
Javier Ortiz. El Mundo (5 de julio de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de julio de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/07/05 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
periodismo
1995
españa
cataluña
pujol
felipe_gonzález
corrupción
pedro_j_ramírez
el_mundo
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
1995/07/01 07:00:00 GMT+2
Personalmente, y en contra de lo que algunos me atribuyen, no tengo nada en contra de que Felipe González se mantenga al frente del Gobierno (o, mejor dicho, detrás de él, puesto que lo utiliza como parapeto).
No me parece nada mal que siga. Al contrario. De hecho, alimento la esperanza de que, cuanto más dure la presente legislatura, más arruinará el hombre éste su magro prestigio. Así será más improbable que, cuando caiga del trono, pueda levantar cabeza y volver a darnos la vara.
Reconozco que resulta un tanto cansado, y a veces hasta irritante, seguir explicando una y otra vez por qué debería largarse. Pero, qué le vamos a hacer: está visto que hay bastante personal que es duro de mollera y necesita mil dedos y mil llagas para creer en la verdad de lo que clama al cielo. Ya vamos por las novecientas veinte llagas: ochenta más o menos, tanto da.
También me hago cargo de que mi reflexión no parece el colmo del patriotismo. Porque es verdad que, en tanto él siga en el machito, la res publica andará tirando a pocha (la res publica monárquica, por supuesto). Me doy perfecta cuenta de ello, y no me gusta nada. Pero llamo la atención sobre las ventajas que tienen los inconvenientes. Subrayo -muy en la línea del otro cuando voló Carrero- que no hay mal que por bien no venga.
Sin embargo, hay algo que sí me preocupa de veras en esto de la continuidad de González. No en «el hecho en sí», que diría un kantiano, sino en los efectos que ese hecho puede causar en la conformación -en la deformación- de la conciencia popular. Porque se corre el grave peligro de que, a fuerza de asistir una y otra vez al mismo fenómeno, la ciudadanía de este tan singular país acabe creyendo que todo esto que está ocurriendo es normal. Que se piense que no hay nada de raro en que tipos sospechosos de haber cometido la tira de desafueros sigan ocupando cargos públicos. Que dé en aceptar como si tal cosa que esos individuos se aferren al sillón alegando que ningún tribunal les ha condenado todavía en firme, como si nos hiciera falta un certificado judicial y no nos bastara con las narices para notar que lo suyo, sea cual sea el emblema de su partido, no huele precisamente a rosas.
Me preocupa sinceramente que llegue a instalarse tal conformismo en el sentir común de la población no porque Felipe González pueda aprovecharse de él -eso ya está hecho y no tiene remedio- sino porque podría ser que los siguientes inquilinos de La Moncloa -si es que alguna vez llega a haber siguientes- sintieran la tentación de seguir sacando también partido de él para hacer de nuestra capa su sayo y quedarse más anchos que largos, sometiéndonos al mismo suplicio.
Porque una cosa es ser realista y tener conciencia de que los que mandan siempre van a abusar de nosotros y otra, muy diferente, es que nos resignemos sin más a que el recochineo actual sea perpetuo.
Javier Ortiz. El Mundo (1 de julio de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de julio de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/07/01 07:00:00 GMT+2
Etiquetas:
felipe_gonzález
1995
el_mundo
felipismo
| Permalink
| Comentarios (1)
| Referencias (0)
Siguientes entradas
Entradas anteriores