1995/12/02 07:00:00 GMT+1
Ya conocen ustedes, imagino, el manido tópico: «Hablar de inteligencia militar es incurrir en una contradicción in terminis». Y el otro, de similar intención: «La inteligencia militar es a la inteligencia lo que la música militar a la música».
Las gentes de izquierda solemos menospreciar imprudentemente la capacidad intelectual de nuestros enemigos políticos. Tendemos a considerarlos irremediablemente poco dotados para el raciocinio. A todos en general. Y a los militares muy en particular.
Pero es un error. El pensamiento militar no sólo existe, sino que resulta de muy particular interés. Dado que debe aplicarse a asuntos de vida o muerte, en los que el margen de error permisible es mínimo, suele dar prueba de un estimulante apego a lo concreto y verificable.
A lo largo y ancho de la Historia, filósofos, ensayistas y pensadores se han dedicado a expresar sobre la guerra reflexiones tan profundas y moralmente enaltecedoras como inútiles. Los teóricos de la guerra, entretanto, han cumplido un papel práctico de mucho más valor: han estudiado cómo guerrear y vencer. Settembrini afirmaba que en la guerra vence «aquel que tiene un gran principio que defender». Karl von Clausewitz le corrigió con ruda crudeza: en la guerra vence aquel que logra destrozar más y mejor la fuerza viva del enemigo.
La teoría de la guerra no es útil sólo para matar gente y aniquilar países. Puede ser también aplicada a la política, como el propio Von Clausewitz subrayó. Por desgracia, hay muy pocos políticos que planean su acción de acuerdo con los sabios principios del arte de la guerra.
Tomemos el caso de Aznar. El líder del PP dice que está dispuesto a apoyar a Solana para que se vaya a la OTAN, porque de ese modo González tendrá que presentarse como cabeza de lista en marzo. Asegura que prefiere derrotarlo ahora y no tenerlo dando la murga como jefe invicto de la oposición. Yerra. Todo militar avezado sabe que se debe conjugar la audacia estratégica con la prudencia táctica. Hay que atraverse a todo desde el punto de vista de la guerra en su conjunto, pero cada batalla debe ser planteada con el máximo de garantías. «Uno contra diez en el plano estratégico, diez contra uno en el plano táctico», recomendaba Troung Chinh, el astuto estratega vietnamita. Si Aznar elaborara sus planes con inteligencia militar, se daría cuenta de que Solana es un enemigo mucho más asequible. Con Solana de jefe del felipismo, su victoria sería más segura.
Aznar cree que enfrentarse a Solana es poco. Quiere acabar ya directamente con González. Mal pensado. El escenario de la política no es un tablero de ajedrez. Las variables son casi infinitas. Nadie sabe qué habrá exactamente sobre el campo de batalla cuando acabe la primera escaramuza. Hay que empezar por ganarla, y luego ver.
Sería tragicómico que, al final, Aznar fuera víctima de un error típico de la izquierda: despreciar la inteligencia militar.
Javier Ortiz. El Mundo (2 de diciembre de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de diciembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/12/02 07:00:00 GMT+1
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1995/11/26 08:00:00 GMT+2
Dianología.- En contra de lo que se supone, la nueva estrella de la televisión, mistress Windsor -ella nacida Spencer, en su día-, no atiende por «Di» porque se llame Diana, sino como diminutivo del conjunto de las palabras que mejor la retratan: di-abólica, di-ctadora, di-famadora, di-amante (que no lo es, pero le gustan muchísimo), di-fícil, di-fusa, di-lapidadora, di-nástica, di-neral (el que cuesta), di-va, di-namita, di-vulgar...
Todo eso y más, pero en ningún caso -ah, eso sí que no- di-vorciada.
¿Cómo puede ser que haya fascinado tanto su intervención en la BBC?.- Porque la televisión es un medio esencialmente imbécil. En efecto, no hay ninguna idea medianamente compleja e inteligente que pueda ser expresada oralmente en menos de dos minutos. Y, en televisión, cualquier intervención que dure más de dos minutos resulta inaguantable, según han establecido los expertos. Lady Di está a la altura del medio: es capaz de soltar las mayores simplezas, y las mentiras más llamativas. Pero eso es lo de menos. Lo de más es que las dice con voz encantadora, ladeando la cabeza de modo muy coqueto, haciendo unos mohínes muy monos y con unos aires de inocente que para sí hubiera querido la propia Juana de Arco. Gracias a lo cual, cautiva al público. Se conoce tan bien las técnicas modernas de la comunicación de masas que habría que llamarla Lady Di-gital.
¿Cuál es la verdadera historia?.- El príncipe Carlos es el verdadero culpable. Cometió el más grave de los errores: casarse con ella. Diana no tardó en demostrar que combinaba un conjunto de defectos difíciles de soportar: exhibicionista, ambiciosa, cortita de luces y con un equilibrio emocional de estabilidad más bien limitada. Las dos primeras características las mostraba sin parar, participando en más actos sociales y luciendo más modelitos que nadie. Su inestabilidad emocional quedó patente así que empezaron sus intentos de suicidio. Su inteligencia limitada se comprobó en cuanto se vio que, por más que intentaba acabar con su vida, no lo conseguía: se hacía cortes en las muñecas y en las piernas, en lugar de pegarse un eficaz tiro entre ceja y ceja.
¿Pudo morir de otro modo?.- Se puso tan pesada que a muchos no nos hubiera extrañado que su marido se hubiera decidido a apuntarle y hacer Diana. Claro que Su Alteza, por definición, no podía rebajarse a eso.
Momentos estelares de su intervención en TV.- 1) Sobre su primer embarazo: «Me quedé embarazada y sentí un gran alivio cuando me dijeron que era un chico. Me parecía que todo el país estaba de parto conmigo». Está muy claro que lo suyo son las paridas.
2) Le preguntan cómo se enteró de que su marido estaba liado con Camilla Parker. Contesta: «Mi instinto de mujer me lo decía». El entrevistador insiste: alguien se lo diría. «Bueno, sí, personas...», responde. Claro: nada mejor que un buen chivatazo para que el instinto funcione a tope.
3) «En mi matrimonio éramos tres, y tres son demasiados», pretende, en plan púdico. Pero en otro punto de la entrevista reconoce que en 1989 ella ya había ligado con James Hewitt. ¿Cuántos eran entonces en realidad? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿O cinco, contando al jugador de rugby?
4) Afirma, sentenciosa: «Pienso con el corazón, y no con la cabeza». Admitámosle el 50%: con la cabeza, desde luego, no parece que piense.
5) Pero sí calcula: «No me voy a ir sin más. Ese es el problema. Voy a luchar hasta el final porque creo que tengo una tarea que cumplir y unos hijos a los que sacar adelante». Ay, los pobres niños. Si mamá falla, lo mismo se quedan sin pan que llevarse a la boca.
6) ¿Y en qué consiste la tarea que tiene que cumplir? La explica: «La principal enfermedad actual es que la gente siente que nadie la quiere. Yo sé que puedo dar amor: un minuto, media hora, un día, lo que sea. Eso es lo que quiero hacer». No sé, pero eso a mí me suena a un anuncio por palabras: «Diana. Disciplina inglesa. Doy amor real. Un minuto, media hora, un día, lo que sea. Se admiten tarjetas. Y castillos. Y pensiones vitalicias.»
Otra declaración enfática.- «No soy un animal político». Político, desde luego, no.
Pero ¿no hay ninguna maniobra política detrás de todo este lío?.- El diputado laborista Tony Benn escribió en The Guardian: «Hay una formidable coalición enfrentada al nostálgico absurdo de que Gran Bretaña es una democracia, la Corona está por encima de la política y de cualquier reproche, y de que nuestro sistema de Gobierno es la envidia del mundo».
La verdad, ¡qué cosas más raras pasan en Inglaterra!
Javier Ortiz. Zooilógico, El Mundo (26 de noviembre de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de septiembre de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/11/26 08:00:00 GMT+2
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1995/11/25 07:00:00 GMT+1
González tiene claro el porqué de los 122 votos contra el suplicatorio de Barrionuevo: «Ha sido una votación en conciencia, y se puede explicar por eso», dijo ante los periodistas cuando concluyó la cosa.
A mí no me parece que el asunto sea tan simple. No basta con apelar a la conciencia. Los 122 votaron en conciencia, vale, pero ¿en qué conciencia? La conciencia dista de ser algo unívoco.
Se habla a veces de «conciencia» como conocimiento reflexivo de las cosas. Otras, se utiliza el término por su lado ético. El lenguaje nos muestra todos esos matices: puede decirse, por ejemplo, que ciertos policías interrogan a los detenidos a conciencia, pero es posible que hacerlo no les cause ningún cargo de conciencia. Y, por el otro lado: también cabe que alguien obre mal sin conciencia de ello, en cuyo caso, la ausencia de conciencia es, desde el ángulo moral, un atenuante. En suma, que hay conciencias para muy diferentes funciones.
Así, de entrada, la conciencia de la que dieron prueba los 122 del «no» puede producir su tanto de pavor: que, para una vez que a los diputados socialistas les dejan votar lo que les dé la gana, les dé la gana votar a favor de una trama de terrorismo de Estado, tiene sus bemoles. Pero cabe también que ni siquiera se hayan planteado el problema en esos términos. Puede ser que hayan aplicado su conciencia -su consciencia- a examinar en qué situación se hallan. Y tal vez eso les llevara a la conclusión de que es muy peligroso para ellos, como partido, que la investigación del Tribunal Supremo siga adelante (o, mejor dicho, hacia arriba). De lo que deducirían en conciencia -o sea, conscientemente- que debían votar «no». Que lo contrario sería una inconsciencia.
Por supuesto que algunos de los que apoyaron el «sí» pudieron hacerlo también en conciencia, es decir, tras un cálculo consciente. Quizá pensaron que: a) el «sí» iba a triunfar de todos modos; b) no convenía que hubiera muchos «noes», porque quedaría feo; y c) tampoco era mala idea echar a Barrionuevo a los leones, a ver si así se les pasaba el apetito por un cierto tiempo.
Se trata -ya me hago cargo- de cálculos bastante retorcidos, de ésos que se habrán hecho González y los pocos más que se encargan de pensar. Otros diputados, más probablemente, habrán votado «en conciencia» echando mano de algo que les suena de cuando, a la altura del XXVIII Congreso del PSOE, leyeron un poco sobre marxismo para enterarse de qué narices era eso a lo que iban a renunciar. Entonces se enteraron de que Karl Marx hablaba de la conciencia de clase. Y lo mismo se dijeron: «Barrionuevo es de nuestra misma clase. Si he de votar en conciencia, lo haré con conciencia de clase».
Que tampoco resulta un mal modo de afrontar el problema, si bien se mira. Porque es cierto que la mayoría de ellos -no todos, por fortuna- son gente de la misma clase.
Javier Ortiz. El Mundo (25 de noviembre de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de diciembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/11/25 07:00:00 GMT+1
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1995/11/20 07:00:00 GMT+1
El sondeo que este periódico publicó ayer confirma que a una amplia mayoría de la población le parece bien que la sociedad española transitara hasta el actual régimen parlamentario a partir de la propia legalidad franquista, es decir, que triunfara la reforma, y no la ruptura.
Se habla ahora de la reforma y la ruptura como si hace veinte años la población de este país, imbuida de hondos sentimientos democráticos, hubiera evaluado ambas posibilidades y decidido que la reforma era el mejor sistema para instaurar un régimen de libertades.
La realidad distó de ser ésa.
Una encuesta realizada en 1973 por los autores del Informe Foessa revela que en aquel tiempo sólo el 42% de los estudiantes, el 40% de los empleados y el 57% de los trabajadores estaban a favor de la libertad de partidos políticos. Años después, otro sondeo, en el que se preguntó a los ciudadanos cómo habían reaccionado ante la muerte de Franco, permitió saber que aquel suceso «entristeció mucho» al 22%; a un 20% le produjo una viva sensación de miedo e incertidumbre, y a un 27% no le provocó ningún sentimiento en especial. Sólo un 9% declaró haber experimentado «una sensación de liberación».
Podrían apuntarse muchos otros datos similares, tomados de la realidad de hace dos décadas.
Si la ruptura no triunfó, fue -en primer lugar y al margen de cualquier otra dificultad- porque los demócratas consecuentes constituían en 1975 en España una exigua minoría. El antifranquismo sólo tenía verdadero arraigo en Cataluña, en Euskadi, en algunas zonas obreras y en determinados ambientes universitarios e intelectuales.
Tampoco venció la reforma porque sus protagonistas anhelaran las libertades, sólo que de modo menos enérgico. Se impuso, sencillamente, porque en la Europa del Mercado Común, que ya apuntaba hacia cotas más altas de integración, resultaba económica, política, social y hasta militarmente inviable una España dictatorial, de partido único y censuras todas. Por las mismas razones por las que se demostró inviable el Portugal de Salazar y Caetano, y la Grecia de los coroneles.
A estas alturas, es absurdo seguir polemizando sobre qué hubiera sido mejor, si la reforma o la ruptura. Viene a ser como discutir qué ventajas habría tenido para España que su subsuelo guardara grandes yacimientos de petróleo.
Tiene, en cambio, mucho interés estudiar la sociología de la reforma, y las repercusiones que sobre la España de hoy ha tenido el hecho de que el régimen actual se construyera haciendo un híbrido entre los sectores menos cavernícolas -o más realistas- del franquismo y los círculos menos escrupulosos -o menos puristas- de la oposición antifranquista.
En mi opinión, el efecto más pernicioso que ese hecho ha tenido sobre nuestra vida política es de género ideológico. Al hacer de cara al público como si todo el mundo fuera demócrata de toda la vida y como si aquí no hubiera pasado nada durante cuarenta años de bárbara dictadura, reservando la verdad para las conversaciones privadas y los cuchicheos, tomó carta de naturaleza una peligrosa doble moral, cuyas repercusiones se están haciendo sentir llamativamente en los últimos años. En efecto, no son pocos los políticos de la nueva hornada que, tras acostumbrarse a hacer la vista gorda ante los desmanes y los crímenes cometidos por otros, perdieron el sentido de la línea que separa lo que es lícito de lo que no lo es. También en sus propios actos.
Algunos felipistas se preguntan en voz alta ahora por qué, si a los prebostes franquistas se les perdonó todo, en nombre de los intereses superiores del Estado, no se puede hacer en estos momentos lo propio, por ejemplo, con los responsables de los GAL. Un pensamiento que tiene su lógica, sin duda. Porque ¿en nombre de qué ética pueden escandalizarse con algunos crímenes de hace diez años los mismos que hace veinte pasaron por alto muchísimos más horrores?
«Las cosas no pudieron ser entonces de otro modo», alegan. Y es posible que tengan razón. Pero eso no blanquea ninguna biografía, ni personal ni colectiva: nada obligó a nadie a aceptar el sentido de la corriente.
La victoria otorga muchos títulos a los triunfadores. Pero entre ellos rara vez se encuentra el certificado de decencia.
Javier Ortiz. El Mundo (20 de noviembre de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de noviembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/11/20 07:00:00 GMT+1
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1995/11/19 08:00:00 GMT+2
Octopología.- Está documentada en otros países la existencia de los llamados «tiburones de las finanzas». Se trata de una especie desconocida en España. El género depredador que más prolifera en nuestras aguas económicas exclusivas es el del llamado «pulpo financiero» (octupus forratus), de extraordinaria capacidad prensil y admirables dotes huidizas. Incluso cuando les falta uno de sus brazos -caso de la variedad Pradus et Colon de Carcamal-, los pulpos españoles nunca son mancos: pillan a velocidad inaudita. Incapaces de consumir tanto como atrapan, construyen guaridas secretas y alejadas que tienen forma de caja: son las denominadas Helvetiæ Cuentæ, muy difíciles de localizar.
¿Qué particularidades tiene su sistema de defensa?.- Como todos los cefalópodos, poseen una glándula, situada cerca del ano, que les permite segregar tinta y difundirla a su alrededor cuando se sienten en peligro. La mayor parte de las veces se trata de tinta de imprenta, pero en algunos casos no. El pulpo denominado Javier de la Cosa, por ejemplo, es especialista en segregar medias tintas; el antes mentado Pradus et Colon -nombre este último que se le aplica por estar situado en el intestino, entre el ciego y el recto- suda tinta; el ahora menos visible Miguel Foyer se esconde con tinta china y, en fin, el pulpo conocido como José María Ruin Mareos trata de utilizar tinta simpática, aunque sin éxito.
Pulp Fiction.- La actualidad española se ha visto envuelta en los últimos días en una historia truculenta, que muchos no han sabido interpretar: que si los 12.000 millones, que si las cartas falsas, que si será De la Rosa y el Puño, que si será el Prado, el Pradera o los de Pradillo, que si real, qué si imaginario... Eso le pasa a la mayoría porque no conoce como nosotros -de buena tinta- las particularidades de nuestros pulpos locales y su modus estafandi. Precisaremos algunas verdades que han quedado ocultas tras los ríos de tinta que se han vertido en esta Pulp Fiction local:
1ª) Si Pujol dijo que De la Rosa era «un empresario ejemplar», fue porque no sabía. Porque no sabía que se acabaría conociendo la verdad.
2ª) Era absurdo no sospechar que el Prado tenía que estar sembrado.
3ª) Prado no recordaba haber recibido los 12.000 millones de KIO porque en su día aplicó el precepto bíblico: «Que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda». La verdad es que ahí De la Rosa le ganó por la mano.
4ª) Es falso que las cartas falsas fueran falsas. Eran verdaderas. Lo falso era lo que contaban.
5ª) El lío que montaron es tan complejo que cualquier juez se las vería Moreiras para aclararlo.
6ª) Si Moreiras no acaba de emplumar a De la Rosa es tan sólo porque quiere que se le aplique la Justicia con todas sus garantías. Con todas las garantías de De la Rosa, claro.
7ª) Prado dice que cobró los 12.000 millones por «determinados servicios». Es creíble. El servicio de Stefi Graff, sin ir más lejos, le proporciona a la tenista aún más dinero.
8ª) Se dice que aquel servicio concreto consistió en lograr un plus de apoyo oficial español a la operación «Tormenta del Desierto». También resulta plausible: es para hacer ese tipo de cosas malolientes para lo que la gente va al servicio.
¿Qué pasó en realidad?.- ¿De verdad quieren saberlo? Pues se lo vamos a decir brevemente: que De la Rosa y Prado no son sino un par de elementos de los tantos que pululan por las cumbres de las finanzas españolas. Gente que cuando no camina por el filo de la navaja es porque la tiene en la mano. Su función principal es establecer unos vasos comunicantes con la economía, gracias a los cuales suelen conseguir que cuanto peor nos va a los demás mejor les va a ellos.
¿Y por qué hemos llamado a este episodio Pulp Fiction?.- Porque con tanto Cuentín como tienen todos ellos, es como para volverse Tarantino.
Javier Ortiz. Zooilógico, El Mundo (19 de noviembre de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de septiembre de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/11/19 08:00:00 GMT+2
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1995/11/18 07:00:00 GMT+1
Ya deambuló en otra ocasión el espectro de la conciencia por los pasillos del Congreso de los Diputados. Ocurrió cuando se empezó a hablar de la votación del nuevo supuesto despenalizador del aborto. Creo que fue entonces Matilde Fernández la que afirmó que, «tratándose de un asunto tan delicado, en el que están en juego las convicciones más íntimas de cada cual» -o algo así-, convenía que se permitiera a los diputados del PSOE votar «en conciencia».
Confieso que sentí en aquel momento franca curiosidad. ¿Qué aspecto tendrían los diputados socialistas votando en conciencia? Esperé y esperé pacientemente para ver tan inaudito fenómeno, pero pasó el tiempo y nada: lo del aborto no progresó ni a la de tres -el PSOE no quería enfadar a sus socios de CiU y PNV- y no se produjo la votación de marras, ni en conciencia ni desalmada.
Pero hete aquí que, por esas cosas curiosas que tiene la vida, viene lo del suplicatorio de Pepe Barrionuevo y se ven cumplidos de golpe y porrazo mis deseos: el asunto va a merecer una votación «en conciencia». Así lo ha decidido la jefatura del grupo parlamentario socialista, que lidera por poderes -o sea, por falta real de ellos- ese caballerete tan bienhumorado, cachazudo y sincero -sobre todo sincero, hagámosle justicia- que responde por Almunia.
La impaciencia me corroe: ¡el próximo jueves vamos a asistir por fin, españoles todos, después de trece largos años de atribulada espera, a una votación socialista en conciencia! ¿Se dan cuenta ustedes? ¡Ríanse de los cerdos de tres cabezas: para cosa admirable, ésta!
Me hago perfecto cargo de que no se trata de ensombrecer tan augusta y meritoria circunstancia con pijaicas y tiquismiquis, pero, de todos modos, me parece de rigor llamar la atención sobre el hecho de que, si los parlamentarios del PSOE han resuelto como un solo hombre que el jueves van a votar en conciencia, nos reconocen por las mismas que el resto de las veces, ay, no votan en conciencia.
Lo cual conduce a un par de conclusiones un tanto enojosas. La primera, de tipo legal -que pongo en conocimiento del fiscal general, como se estila ahora-, es que admiten que lo normal para ellos es pasarse por salva sea la parte el artículo de la Constitución que prohíbe a los diputados someterse a mandato imperativo: deberían votar siempre en conciencia, según su saber y entender, pero ellos nos confiesan tranquilamente que nada, que ni caso. Está feo.
Pero mucho más feo todavía está que reserven su conciencia para una ocasión como ésta. Que no la saquen a pasear cuando deciden sobre las leyes que condicionan el destino de los trabajadores, de las mujeres, de los jóvenes, de los inmigrantes, de la Naturaleza... y sólo se acuerden de que tienen conciencia cuando lo que está en cuestión es el problemático destino de un compinche en apuros.
El lunes se cumplen veinte años. El general puede descansar en paz. Al menos las conciencias sí que las dejó atadas y bien atadas.
Javier Ortiz. El Mundo (18 de noviembre de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de noviembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/11/18 07:00:00 GMT+1
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1995/11/12 08:00:00 GMT+2
Codigología: ¿Qué es un Código? Depende de los países. En los EUA, por ejemplo, se llamaba código a la orden que se daba a Buffalo Bill Cody para que se fuera. En España, en cambio, denomínase código, mayormente, a todo corpus de leyes expuesto de forma metódica y sistemática. Los principales son: el Corpus Christie, que se aplica el jueves sexagésimo día después del domingo de Pascua de Resurrección, y también a los crímenes de ciertas novelas policíacas; el Código Civil, que castiga, como su nombre indica, sólo a los paisanos -nunca a los de fuera-; el de Justicia Militar, muy uniforme, que fue hecho por mera afición a las paradojas; el postal, que sirve para zaherir a los que se empeñan en seguir enviado cartas por correo, pese a saber que casi siempre se pierden; el genético, que penaliza la paternidad irresponsable -o sea, la paternidad- y, en fin, el penal, que se utiliza para meter a la gente en la cárcel, razón por la cual también se le suele llamar código de barras.
El Código Penal de la Democracia. En nuestro país acaba de aprobarse un nuevo Código Penal, con la tonta excusa de que el anterior databa de 1848. Conforme a ese desordenado afán de modernidad, el día menos pensado tiran abajo el acueducto de Segovia y convierten la Alhambra en una hamburguesería. Para evitar que entre nosotros pueda tomar carta de naturaleza una cosa tan ajena a nuestras tradiciones, hemos decidido introducir en el citado «Código Penal de la Democracia» algunas reformas, en orden a facilitar que se vaya convirtiendo en lo que está destinado a ser: el Código Venal de la Dedocracia. Proponemos añadir los siguientes contundentes artículos:
Art. 147-bis. El que ofendiere, menospreciare o simplemente citare en vano a la Corona, su titular o sus suplentes, será castigado a aprenderse de memoria la lista de los Reyes Godos y a leerse diez biografías de Don Juan, si lo hace en privado. Si obrare con publicidad, será obligado a sintetizar en sólo diez folios las infinitas razones por las que los miembros de las Casas Reales del mundo entero se merecen la Medalla del Trabajo.
Art. 147-bis-bis. Se condenará con penas de prisión menor -como la de Girona, por ejemplo- no sólo a aquel que estuviere contra la Corona, sino también a cuantos manifestaren que están hasta la coronilla.
Art. 147-bis-bis-bis. Tendrán prohibida su presencia en España los ciudadanos suecos, noruegos, daneses, checos y cualesquiera otros que persistieren en tratar la corona como moneda de cambio.
Art. 344-bis l). Por razones de imperioso patriotismo, se considerará eximente del delito el blanqueo de capitales procedentes del narcotráfico el blanqueo realizado con blanco de España.
Art. 161.4. En los casos de injurias y calumnias, se considerará circunstancia agravante que lo imputado públicamente se quede corto.
Art. 406.4 (también llamado «artículo mortis»). Será eximida de toda responsabilidad la mujer que causare la muerte violenta de su marido si pudiere demostrar que el suprascrito escuchaba en la cama por las noches programas radiofónicos deportivos.
Art. 33. El divorciado que se hiciere el longuis y no pagare a su ex esposa la correspondiente pensión será castigado a pagarle un hotel. O dos, si son pequeños.
Art. 3.14.16. Se instaurará como variante de castigo de fin de semana la reclusión domiciliaria con obligación de volver a ver en TV la serie completa de «Verano Azul». En casos de especial gravedad, se combinará con la visión de varias entrevistas de Lauren Postigo a Carmen Sevilla.
Se instaurará igualmente como castigo sustitutorio de la pena de cárcel la obligación de atravesar Madrid en hora punta conducido por un taxista nostálgico del franquismo que diga cada cinco minutos: «¿Sabe usted cómo resolvía yo todo esto?».
Art. 0. El funcionario público que vejare, rajare, torturare, apalizare o enterrare en cal viva sin causa justificada al detenido será castigado a la pena de admonición privada y a escribir cien veces «No permitiré que la próxima vez se sepa».
Art. 777. El funcionario público que en el desempeño de sus funciones se llevare la caja a casa, se construyere chalets por el morro o pagare joyas a cargo del erario será condenado a la pena de prisión mayor con patada en la puerta, a no ser que diga: «No sabía que era delito».
Art. Uro. En los casos de terrorismo, y por orden del todavía presidente del Gobierno, se instaurará la pena especial «pudrirse en la cárcel».
Javier Ortiz. Zooilógico, El Mundo (12 de noviembre de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de septiembre de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/11/12 08:00:00 GMT+2
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1995/11/12 07:00:00 GMT+1
Las palabras engañan. Los conservadores no siempre son partidarios de conservar: hay veces que se dedican a destruir con singular entusiasmo. Y al contrario: en ciertas ocasiones, corresponde a los más revolucionarios tomar en sus manos la tarea de proteger la conservación de lo existente.
Suele ocurrir cuando se trata de la Naturaleza. Y del urbanismo.
Aprendí esa lección en mi juventud donostiarra. Eran siempre las fuerzas que se proclamaban conservadoras las que se empeñaban en que se construyeran supuestos rascacielos y otros mamotretos de cemento. «¡Como en América!», decían. Nos resistimos con uñas y dientes. No ganamos del todo: de nuestra derrota parcial dan testimonio los dos enormes descalabros verticales que afean San Sebastián, Sagrado Corazón aparte. Pero de nuestra parcial victoria da cuenta el resto de la ciudad.
La conciencia de que el progreso verdadero depende de la conservación de lo que está bien -en urbanismo como en todo- tardó en extenderse por la costa mediterránea, por desgracia. Y así está. Pero ya se ha propagado.
Lo destruido no tiene remedio. Lo que queda sí.
En Valencia está a punto de cometerse un atentado terrorista urbanístico. El Ayuntamiento de doña Rita Barberá ha autorizado que se construyan dos enormes torres de 20 pisos junto al Jardín Botánico, en el solar de los Jesuitas. El invento no es suyo: es parte de la herencia recibida del PSOE. Pero ella lo ha mantenido. Y saldrá adelante si el buen sentido no lo remedia. Se trata de un disparate. De un disparate que va a dar muchos millones a algunos, a costa de tapar la vista y amargar la vida a los demás.
Doña Rita Barberá es ya, desde hoy, presidenta de la Federación Española de Municipios y Provincias. Si las torres de los Jesuitas de Valencia acaban elevándose como muestra del modo en que el PP concibe nuestro futuro municipal, lo dejo dicho aquí solemnemente: me declaro en guerra con el partido de la alternancia.
O él o yo.
Javier Ortiz. El Mundo (12 de noviembre de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de noviembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/11/12 07:00:00 GMT+1
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1995/11/11 07:00:00 GMT+1
El consenso es general: De la Rosa es un perfecto impresentable. ¿Y Conde? Conde también, por supuesto. ¿Y Roldán? Lo mismo. ¿Y Mariano Rubio y sus Ibercorp boys? Otros que tal bailan. ¿Y Aida Alvarez? ¿Y Sancristóbal? ¿Y Salanueva, con su BOE y sus pinturitas? Todos, todos una recua de impresentables.
Vale, bien, sin duda. Pero no nos podemos quedar ahí. Habrá que preguntarse en razón de qué ha podido producirse aquí semejante erupción de impresentables. Porque todo país tiene su cuota parte de sinvergüenzas. Pero no en todos los países los sinvergüenzas llegan a ser financieros de alto copete, jefes de la Policía, gobernadores del Banco Central, responsables del Boletín Oficial del Estado y coordinadores de finanzas del partido gobernante, entre otros cargos de la máxima importancia política y económica.
Sólo encuentro dos posibles explicaciones para tan singular fenómeno local: o bien en España los sinvergüenzas se emboscan muy bien y son de una astucia diabólica, sin par en otros horizontes, o bien hay algo propio de nuestra realidad social que propicia que los granujas se promocionen fácilmente.
El conocimiento personal de nuestros pícaros obliga a descartar de inmediato la primera de las hipótesis. Ustedes escucharon ayer las cintas de De la Rosa. El tipo es de una zafiedad que apesta. ¿Hubo un tiempo en que pudo engañar? Tal vez. Pero ¿cómo pudo seguir engañando cuando ya había datos más que suficientes para sospechar que no era trigo limpio? Todavía hace muy pocos meses, pasado por la cárcel y todo, Jordi Pujol volvió a decir de él que le parecía «un empresario ejemplar».
Esta es una constante de nuestra experiencia última. También Felipe González dio la cara por Rubio cuando ya estaba con el pompis al descubierto. Y por Roldán, cuando le faltaba un pelo para salir por piernas. Y siguió teniendo a Conde por confidente cuando las trampas multimillonarias del financiero habían aflorado al dominio público.
La conclusión me parece obvia: aquí, el hecho de que un individuo tenga todas las trazas de ser un corrupto no resulta suficiente para que el Poder lo trate como tal. El sistema es perfectamente capaz de mantener en su seno a completos granujas siempre que eso le venga bien. La prueba más fehaciente la aporta Conde: hoy sabemos que González, en la época en la que se llevaba estupendamente con el banquero -porque era útil a sus intereses-, conocía al dedillo la situación calamitosa de Banesto y las andanzas del personaje, gracias al informe Crillón y a las auditorías del Banco de España. Pero no hizo nada contra él. En cambio, meses más tarde, cuando comprobó que se convertía en un peligro para él, pasó a clasificarlo públicamente como sinvergüenza.
La gran mayoría de los que hoy tenemos por prototipos de la corrupción no son sino la espuma visible del potaje cocinado por el felipismo. Sus juguetes rotos.
¿En qué se distinguen un De la Rosa o un Conde de tantos y tantos felipistas de aire honorable? En que a los dos primeros se les ha caído ya la careta. Simplemente.
Javier Ortiz. El Mundo (11 de noviembre de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de noviembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/11/11 07:00:00 GMT+1
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1995/11/10 07:00:00 GMT+1
Si José Barrionuevo Peña -llamadle «Pepe», que es la moda- hubiera participado en la lucha clandestina contra el franquismo, se acordaría del consejo que daban los militantes veteranos a los neófitos para el caso de que fueran detenidos por «los sociales», o sea, por la Policía política: «No pretendas engañarles hablando mucho. Por listo que te creas tú y tontos que te parezcan ellos, sé lo más parco que puedas. Créelo: el que tiene que mentir y habla mucho acaba por traicionarse».
Barrionuevo no estuvo en esas historias. Su primer contacto con la Policía fue ya para mandar sobre ella. Sabe mucho más de perseguir que de ser perseguido. Por eso desconoce el viejo consejo y habla demasiado, tratando de liarnos. Y se lía él.
La última gracia que ha inventado para mantener su desastrosa contumacia verborreica es la de quejarse de que quienes denunciamos sus tácticas dilatorias pretendemos someterle a un «juicio sumarísimo». Le ha debido parecer un hallazgo magnífico, porque lo repite sin parar.
Como es sabido, el procedimiento sumarísimo, propio sobre todo de la jurisdicción militar -un recurso al que la dictadura franquista apeló con anonadante frecuencia como instrumento de represión política- se caracteriza porque la causa se sustancia en pocos días, o incluso en horas, con lo que todo empieza y acaba en un plisplás.
¿Es éste el caso? Los primeros indicios serios de la implicación de Barrionuevo en la actividad de los GAL datan de hace más de diez meses. Desde que Amedo y Domínguez confesaron, en diciembre del pasado año, la Justicia ha ido recogiendo datos con gran minuciosidad y parsimonia para ver si era pertinente tomarle declaración en calidad de imputado y, llegado el caso, procesarlo. Él mismo se venía quejando de lo que le parecía excesiva demora. Ahora el Tribunal Supremo ha decidido que puede haber base para inculparlo, y ha solicitado el suplicatorio, que tiene también una tramitación compleja, y no precisamente vertiginosa. No hay en ello, como puede verse, nada de sumarísimo.
Item más: como se sabe, desde la «reforma Múgica», los sumarios pueden instruirse por el procedimiento llamado «abreviado», que permite -permite: no obliga, como ya demostró sobradamente Marino Barbero- acortar el tiempo que media entre la apertura de una causa y su vista en juicio. En esta ocasión, y atendiendo precisamente a la muy especial naturaleza del caso, la Justicia optó por no seguir el procedimiento abreviado, sino el tradicional, que es más premioso, pero también más garante. Con lo que se añade otra razón suplementaria para considerar disparatada la referencia de Barrionuevo a lo «sumarísimo».
A estas dos consideraciones de tipo jurídico hay que añadir una tercera, de carácter político, que mueve a rechazar la alusión a lo «sumarísimo» no sólo por absurda, sino también por directamente intolerable. Porque de mal gusto intolerable es, en efecto, que se queje de la tendencia de los demás a lo sumarísimo aquel que tantas veces ha justificado -si es que no promovido- la sumarísima acción de los GAL.
Cabría preguntarle al señor Barrionuevo: cuando sus amigos de los GAL pusieron una bomba bajo el coche de Juan Carlos García Goena, ¿qué clase de procedimiento cree que aplicaron? ¿El normal? ¿El abreviado? ¿No le parece que aquello resultó estremecedoramente sumarísimo?
Los tribunales militares del franquismo hicieron muchos juicios sumarísimos. «Farsas», los llamábamos por entonces, y con razón. Pero permitían un simulacro de defensa. Y solían dictar sentencias monstruosas, pero no necesariamente de muerte. Gracias a ello, Mario Onaindía, por ejemplo, está hoy vivito y coleando, y puede compartir el gozo de la militancia felipista con el propio Barrionuevo. Los promotores del terrorismo de Estado, en cambio, no dejaron que sus víctimas se defendieran. No se lo permitieron a García Goena. Ni a Segundo Marey. Ni a Lasa y Zabala. Ni a los clientes de Monbar, La Consolation y Batzoki.
José Barrionuevo sí tiene derecho a defenderse. Agradézcaselo al Derecho que su Ministerio atropelló. Y no empeore su situación aún más poniéndose gallito. No hable de «juicios sumarísimos». Que el linchador es el menos adecuado para mentar la soga en casa del ahorcado.
Javier Ortiz. El Mundo (10 de noviembre de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de noviembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/11/10 07:00:00 GMT+1
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