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2000/10/31 06:00:00 GMT+1

Sebastián Rodríguez

Me telefonea mi buen amigo Gervasio Guzmán: «¿Has visto las imágenes del atentado de Madrid? ¡Qué horror!».

Le respondo que sí. A ambas cosas.

«Acabo de leer un artículo muy bueno», prosigue. «Reclama que los terroristas se pudran en la cárcel. Estoy de acuerdo.¡Cadena perpetua, claro que sí! ¡Es lo que se merecen!».

Le recuerdo que ese vehemente anhelo vengativo ya lo expresó Felipe González hace bastantes años, cuando aún era presidente del Gobierno, con los resultados que se conocen. Y le apunto que, para que alguien «se pudra» en la cárcel, como él dice, no hace falta la cadena perpetua: todos los expertos están de acuerdo en que 20 años de encarcelamiento en régimen de primer grado bastan y sobran para destrozar psicológicamente a cualquiera. No digamos ya con los 30 años de cumplimiento efectivo que prevé el Código Penal vigente.

«Bueno, y qué», me responde. «Me da igual. Lo que yo quiero es que nadie que haya participado en un atentado terrorista vuelva a ver la calle en su puñetera vida».

Le pregunto si conoce el caso de Sebastián Rodríguez.

No lo conoce. Se lo cuento.

Le explico que Sebastián Rodríguez Veloso, al que sus amigos llaman Chano, es un gaditano residente en Vigo, vendedor del cupón de la ONCE y avezado nadador, que acaba de lograr cinco medallas de oro en los Juegos Paralímpicos de Sydney, pulverizando de paso cuatro récords mundiales.

«Pues me alegro mucho. ¿Y qué?», me interrumpe Gervasio.

«Pues que Sebastián Rodríguez no es sólo un gran nadador que por tierra se mueve en silla de ruedas. Es también un exrecluso de los GRAPO que fue condenado a 84 años de cárcel por haber participado en el asesinato del empresario andaluz Rafael Padura y por haber puesto un buen número de bombas», le preciso.

Encarcelado en 1984, Rodríguez mantuvo en 1990 una larga huelga de hambre en demanda del reagrupamiento de todos los presos de los GRAPO en un solo centro de reclusión. Debilitado en grado sumo, se negó una y otra vez a recibir asistencia sanitaria. Lo alimentaban por la fuerza pero, en cuanto recuperaba energías, volvía a la huelga de hambre. Al final, su organismo se quebró para siempre y quedó postrado en una silla de ruedas, como ésa en la que ha paseado sus cinco medallas de oro por Sydney.

En noviembre de 1994, Instituciones Penitenciarias lo puso en libertad.

«Estará rehabilitado», apunta Gervasio.

«¡Pero, hombre! ¿No me habías dicho que tienen que pudrirse en la cárcel a perpetuidad? ¿Qué más da que se haya rehabilitado o no?», le replico. Pero le aclaro que, de todos modos, no: no se ha rehabilitado, si por rehabilitación se entiende arrepentimiento. Rodríguez es miembro activo de una organización de solidaridad con los presos de los GRAPO. Sus amigos bromean comentando lo mucho que habrá tenido que sufrir estos días en Sydney viendo izarse tantas veces por su culpa la bandera monárquica.

«Supongo que reclamarás que vuelvan a meterlo en la cárcel para que cumpla íntegra su condena, ¿no? Si está en condiciones de ganar medallas deportivas, no veo qué puede impedirle pudrirse en una celda», pregunto a Gervasio.

Se queda en silencio.

«Hombre... No sé... No es tan fácil... Si ha rehecho su vida...», musita al final.

No puedo evitar la ironía: «Venga, Gervasio: pon de acuerdo tu cerebro y tus vísceras y, cuando lo hayas conseguido, vuelves a telefonearme, ¿vale?».

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (31 de octubre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de abril de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/10/31 06:00:00 GMT+1
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2000/10/30 06:00:00 GMT+1

Entre Llamazares y Bebel

La buena sociedad burguesa alemana y sus medios de comunicación elogiaron en cierta ocasión, allá por los inicios del siglo XX, el «buen sentido» del ya veterano fundador de la social-democracia alemana, Augusto Bebel. Lejos de alegrarse, el anciano tornero se quedó muy preocupado. «¡Ah, viejo Bebel!», escribió. «¿Qué tontería habrás hecho para que esta gentuza te alabe?».

Ya casi nadie recuerda al bueno de Bebel, que fue pionero de la causa feminista, entre otras. Es una pena. Si lo hiciera el nuevo coordinador general de IU, Gaspar Llamazares, tendría serios motivos para sentirse preocupado: los grandes medios de comunicación han acogido con indisimulado alivio su nombramiento. Su condescendente benevolencia hacia él ha sido tan llamativa como la radical animadversión que han manifestado hacia la candidatura de Ángeles Maestro, tildada de «guardiana de las esencias comunistas» y acusada del nefando crimen de llamar «a la lucha en la calle contra el FMI y la explotación capitalista».

No conozco lo suficiente ni a Llamazares ni a Maestro como para inclinar mis preferencias de ningún lado. Supongo que habrá que dejarles tiempo para que enseñen sus respectivas cartas. Y para que las jueguen en la práctica. En todo caso, no oculto que la preocupación de Llamazares por tomar posiciones en el terreno de la realpolitik -el mismo que pretendía ocupar Frutos, dicho sea de paso- está lejos de fascinarme. En cambio, simpatizo con la incitación de Maestro «a la lucha en la calle contra el FMI y la explotación capitalista». Y el hecho de que haya molestado con ello a los voceros de la globalización y el neoliberalismo, lejos de preocuparme, me reafirma en esa toma de postura inicial.

El terreno más propicio para el combate contra la injusticia esencial del nuevo orden internacional no está ni en las contiendas electorales de cada cuatro años ni en los florilegios parlamentarios, que a casi nadie interesan y que apenas dejan margen operativo para la oposición real. Está en la confluencia «en la calle» -extramuros del sistema- de todos las causas de descontento. Y ha de plantearse a escala internacional, puesto que el mundo entero es el escenario en que el enemigo ha planteado su ofensiva.

No he oído que Llamazares enfoque por esa vía su liderazgo. Confiemos en que lo haga en cuanto los líos burocráticos de IU le dejen tiempo.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (30 de octubre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de abril de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/10/30 06:00:00 GMT+1
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2000/10/29 06:00:00 GMT+1

Amarillismo

Vivimos una apabullante eclosión del amarillismo periodístico.

La mayoría de los españoles no sabe qué es realmente el amarillismo. Cree que ese término sirve para definir la publicación a bombo y platillo de denuncias sensacionales. Cuando El Mundo se dedicaba a sacar a relucir los trapos sucios del felipismo (GAL, Filesa, apropiación privada de los fondos reservados, escuchas ilegales del Cesid, etcétera), muchos decían: «El Mundo hace amarillismo».

Lo que hacía El Mundo puede verse como una variedad del periodismo sensacionalista. Discutible, pero sólo en el terreno de las formas. Hay quien prefiere que las noticias, por importantes que sean, se presenten siempre de manera sobria, sin alardes tipográficos ni repique de campanas. Es un criterio. En todo caso, hacer lo contrario no es amarillismo.

El amarillismo tiene dos rasgos característicos esenciales: el primero es que toma como gran noticia lo que no lo es; el segundo, que rinde complaciente culto a los más bajos instintos de la mayoría.

El Mundo no hacía ni lo uno ni lo otro. Las noticias que convirtió en estelares eran verdaderamente importantes. Además, provocaron no poca desazón en amplísimos sectores de la opinión pública, a los que molestó que salieran a relucir. Desengáñese quien piense lo contrario: la denuncia de las actividades criminales de los GAL -por poner un ejemplo significativo- nunca agradó a la mayoría.

En cambio, es amarillismo puro lo que están haciendo ahora mismo muchos medios de comunicación.

La campaña sobre la necesidad de ampliar las condenas por delitos de terrorismo, llegando si se tercia a instaurar la cadena perpetua, es amarillismo. Los medios de prensa que la han emprendido saben de sobra que esas medidas no tendrían ningún alcance práctico positivo en la lucha por la erradicación del terrorismo, pero las defienden para dar carnaza a la opinión pública, mayoritariamente indignada por los crímenes de ETA y frustrada por la incapacidad del Estado para ponerles coto.

Es amarillismo, y de la peor especie, el trabajo sistemático de malevolencia que hacen con Ibarretxe y con el PNV. Se ha llegado al punto de que da igual lo que digan: siempre es espantoso y repugnante. Si van por su cuenta, son exclusivistas; si quieren ir juntos, ponen trampas. Han conseguido que la mayoría identifique nacionalismo vasco y perversión y, a partir de eso, se dedican a deformar todo lo que ocurre para que encaje con ese criterio y lo retroalimente.

Es amarillismo todo el rollo que se están trayendo sobre la publicación de las listas de maltratadores de mujeres y sobre la catalogación de lo que llaman «terrorismo doméstico». Han descubierto que la demagogia en ese terreno es altamente rentable y no paran de rendirle culto, aunque sepan de sobra que lo de las listas es tan aberrante desde el punto de vista del Estado de Derecho como inútil de cara a la prevención de la violencia de género, y aunque les conste que llamar terrorista a ese tipo de violencia no sirve más que para llenarse la boca con grandes palabras y darse aires, porque la condición primera para que quepa hablar de terrorismo es que se trate de una violencia organizada, lo que no hace al caso.

Y así con tantas otras materias. El grueso de la Prensa española de hoy en día renuncia a educar a la opinión pública en los principios del Estado de Derecho y se dedica entusiásticamente a jalear sus querencias más irracionales y oscurantistas.

Eso es amarillismo.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (29 de octubre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de abril de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/10/29 06:00:00 GMT+1
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2000/10/28 07:00:00 GMT+1

El peñazo de Paco Vázquez

A Paco Vázquez, alcalde coruñés, le gusta mucho cómo ha conducido Manuel Fraga los asuntos de Galicia en la última década. A Paco Vázquez le repatea la política que sigue el Partido Socialista de Galicia y, muy en particular, que los socialistas de su tierra hayan llegado a compromisos con el Bloque Nacionalista Galego. Paco Vázquez dice que el PSdeG se ha aliado con «los amigos de Lizarra». Habla el alcalde coruñés del BNG como si fuera una especie de embajada plenipotenciaria de ETA en Galicia. Y es que Paco Vázquez es alérgico a los nacionalismos periféricos, en bloque. Y, sobre todo, en Bloque.

Paco Vázquez tiene todo el derecho a pensar como le venga en gana, e incluso a fundar y presidir la Cofradía de Adoradores de San Manuel Fraga, si eso le colma.

Lo que resulta un tanto extraño, sin embargo, es que se empecine en defender esas ideas desde las filas del PSdeG, en lugar de hacerlo desde las del PP, que sería lo suyo. Carece de sentido. En el PSdeG no tiene nada que rascar. Sabe muy bien que si el sector del socialismo gallego que respalda sus tesis decidiera reunirse en asamblea, podría hacerlo cómodamente en una cabina de teléfonos.

El jefe de los socialistas gallegos, Pérez Touriño, quiere que Paco Vázquez sea expulsado del PSOE. Rodríguez Zapatero y compañía se niegan. Temen que se les acuse de autoritarios.

Es autoritario excluir al militante que disiente en algunas cuestiones específicas. No lo es, en cambio, mandar al guano a alguien que, tras haber cambiado de bando, permanece en el tuyo nada más que para hacerte la vida imposible.

El peñazo de Paco Vázquez es una reedición, a su escala particular, de la historia de Cristina Almeida y Diego López Garrido con IU. ¡Qué manía la suya de seguir en IU, cuando su sitio estaba evidentemente dentro del PSOE! Los echaron de una puñetera vez de la coalición, se fueron con Almunia, perdieron en su nueva compañía toda su furia discrepante y ya se disponen a entrar mansamente en la casa común socialista, donde seguramente colmarán todas sus expectativas (salvo las de poder, que ahora en el PSOE hay muchos más aspirantes a cargo que cargos repartibles).

A Vázquez le ocurre otro tanto. Estoy seguro de que, si lo echan del PSOE, en seguida se hará del PP, o independiente en las listas del PP, con lo que no sólo se quedará más tranquilo el PSdeG, que bastantes problemas tiene -entre ellos, el de impedir su extinción-, sino que él mismo será mucho más feliz. Tendrá incluso la oportunidad de oponerse a la legislación sobre el aborto sin traba alguna, y podrá decir «La Coruña» cuantas veces le apetezca, hasta hartarse.

¿Qué más quiere?

Javier Ortiz. El Mundo (28 de octubre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de octubre de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/10/28 07:00:00 GMT+1
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2000/10/28 06:15:00 GMT+2

Hebe de Bonafini

La presidenta de las Madres de la Plaza de Mayo se ha metido en un buen lío. Ha dicho que el Estado español mata, tortura y encarcela a la gente por sus ideas, y que ETA tiene bastante razón. Todo el mundo se le ha echado encima.

Desde siempre se sabe que no hay modo más contundente de desprestigiar una idea que llevarla a sus últimas consecuencias. La Policía española no ha matado desde hace tiempo. Hay un buen número de denuncias de tortura. La Policía española tortura, es verdad, y la propia Amnistía Internacional se ha hecho eco de ello, pero es absurdo equiparar la situación actual con la del franquismo, como hace Hebe de Bonafini. De hecho, cuando se le pregunta por los casos de tortura que su organización ha podido constatar, responde: «Nos constó un caso concreto». Es penoso.

Lo mismo cabe decir de los encarcelamientos por razones ideológicas. Los hay: recordemos la delirante redada contra la «red de desobediencia civil» organizada por el tándem Mayor Oreja-Garzón. Pero de ahí a pretender que la gran mayoría de los presos vascos son «presos de conciencia» hay un larguísimo trecho.

Cuando 10 es diez, hay que decir que es 10. Porque, si dices que es 100, lo más probable es que todo el mundo te tome por loco o por estafador, y deduzca que probablemente 10 es 0.

Con lo que habrás hecho un espantoso servicio a la causa de la denuncia del 10.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (28 de octubre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de abril de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/10/28 06:15:00 GMT+2
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2000/10/28 06:00:00 GMT+2

IU y la necesidad social

«Y usted, ¿a qué atribuye que sus escritos no tengan un reconocimiento público mayor?», me preguntaron hace unos meses en una entrevista.

«Si prescindimos de cuestiones de calidad, en las que no me parece elegante entrar», respondí, «creo que la razón hay que buscarla en la propia realidad. Mis reflexiones no responden a ninguna necesidad social imperiosa».

El entrevistador se me quedó mirando, perplejo. «Vaya, este tío se dedica a tirar piedras contra su propio tejado», debió de pensar. Pero es que es así. No digo que no haya en España gente que simpatice con una crítica radical de la organización social vigente. La hay, pero en proporción extremadamente minoritaria. Por vía de consecuencia, un escritor que se dedique a realizar ese tipo de crítica está condenado, hoy por hoy, a tener un público también muy minoritario. En realidad, se ven abocados a la exigua minoría incluso quienes realizan una crítica reformista digna de ese nombre, en la línea de la socialdemocracia clásica.

Una parte de la militancia de IU quiere conseguir que su coalición sea coherentemente crítica con los postulados del neoliberalismo y que, a la vez, goce de un respaldo electoral relativamente amplio, que deambule entre el 10% y el 15% de los votos. No entiende que la realidad es la que es y que, como suele decir un amigo mío, «la vaca no da más leche».

Cuanto más coherente y profunda sea la crítica, menos votos recolectará. (De momento, ya digo).

Ahora bien: que nadie crea que ese axioma es reversible. Rebajar la intensidad y radicalidad de la crítica no conduce necesariamente a lograr un éxito digno de ese nombre. Por una razón elemental: la oferta electoral posibilista es muy amplia, y los votantes posibilistas tienden, por lógica elemental, a serlo también en sus opciones: prefieren votar a la candidatura posibilista con más posibilidades de éxito.

Ése es el drama de IU: cuanto más coherente sea, más estancará -o reducirá, incluso- su ámbito de influencia; pero cuanto más acomodaticia se muestre, más tenderá a confundirse con el PSOE y a verse anegada por su muy superior tirón electoral.

«Cuando el hambre entra por la puerta, el amor huye por la ventana», escribió Marx (Groucho). El navajeo que se vive en la Asamblea de IU no es fruto de ninguna propensión natural perversa de las personas que encabezan las diferentes candidaturas a la jefatura de la coalición. Es el resultado de la cruda realidad que afronta y de la incapacidad de sus dirigentes para admitir que, por extraño que parezca en abstracto, resulta ruinoso dedicarse a vender helados en el desierto. No es que la idea sea intrínsecamente mala: es que por allí apenas pasa nadie.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (28 de octubre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de abril de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/10/28 06:00:00 GMT+2
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2000/10/27 06:00:00 GMT+2

Paco Vázquez

A Paco Vázquez, alcalde coruñés, le gusta mucho cómo ha conducido Manuel Fraga los asuntos de Galicia en la última década. A Paco Vázquez le repatea la política que sigue el Partido Socialista de Galicia y, muy en particular, que los socialistas gallegos hayan llegado a compromisos con el Bloque Nacionalista Galego. Paco Vázquez dice que el PSdeG se ha aliado con «los amigos de Lizarra». Paco Vázquez da por supuesto que el acuerdo de Lizarra fue algo así como un aval para ETA, haciendo como que no sabe -quizá no lo sepa- que el documento que se suscribió en Lizarra se basaba en una rechazo expreso de la utilización de métodos violentos de lucha, razón por la cual EH acabó distanciándose de él. A Paco Vázquez esos matices se la traen al pairo -a él como a tantos otros, ciertamente- porque lo que Paco Vázquez no soporta es el nacionalismo periférico, adopte las formas que adopte. Porque Paco Vázquez es alérgico a los nacionalismos periféricos, en bloque. Y, sobre todo, en Bloque. Anteayer, el secretario general del PSdeG, Pérez Touriño, defendió la construcción de una España federal. Paco Vázquez echa espumarajos por la boca.

Paco Vázquez tiene todo el derecho del mundo a pensar así, e incluso a fundar y asumir la presidencia de la Federación Mundial de Adoradores de San Manuel Fraga, si eso le hace feliz.

Lo que resulta un tanto extraño, sin embargo, es que Paco Vázquez se empecine en defender esas ideas desde las filas del PSdeG, en lugar de hacerlo desde las del PP, que sería lo suyo.

Lo de Paco Vázquez y su empeño en seguir en el PSdeG representa un desafío a la lógica. Es, más o menos, como si un forofo del Barça eligiera a los Ultra Sur como plataforma para propagar su antimadridismo en la capital del Reino.

Vázquez sabe que sus tesis son respaldadas por muy pocos socialistas gallegos. Si el sector que las apoya decidiera reunirse en asamblea, podría hacerlo cómodamente en una cabina de teléfonos.

Pérez Touriño pidió el pasado lunes a la Ejecutiva Federal socialista que iniciara las gestiones estatutarias de rigor para expulsar a Paco Vázquez del PSOE. Rodríguez Zapatero y compañía se asustaron y le respondieron que no. Temen aparecer como autoritarios.

Sería autoritario expulsar a un militante porque disiente en tales o cuales cuestiones. No es autoritario, sino simplemente clarificador, expulsar a alguien que, tras haber decidido situarse en otra órbita política, se empeña en permanecer en la tuya sin más ánimo que el de fastidiarte al máximo.

Lo de Paco Vázquez es una reedición, a su escala particular, de la historia de Cristina Almeida y López Garrido dentro de IU. ¡Qué manía la suya de seguir en IU, cuando su sitio estaba evidentemente dentro del PSOE! Los echaron de una puñetera vez de la coalición, se aliaron con el PSOE, perdieron en su nueva compañía toda su furia discrepante y ya se disponen a entrar mansamente en la casa común socialista, donde seguramente colmarán todas sus expectativas (salvo las de poder, que ahora en el PSOE hay muchos más aspirantes a cargo que cargos para ocupar).

A Vázquez le ocurre otro tanto. Estoy seguro de que, si lo expulsan del PSOE, en seguida se hará del PP, o independiente en las listas del PP, con lo que no sólo se quedará más tranquilo el PSdeG, que bastantes problemas tiene -entre ellos, el de impedir su extinción-, sino que él mismo será mucho más feliz. Incluso podrá oponerse a la legislación sobre el aborto sin traba alguna, y podrá decir «La Coruña» hasta hartarse. ¿Qué más quiere?

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (27 de octubre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de abril de 2017.

Nota: el 28 de octubre publicó esta columna, o al menos muy similar a ella, en El Mundo con el título de El peñazo de Paco Vázquez.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/10/27 06:00:00 GMT+2
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2000/10/26 20:00:00 GMT+1

Medios de comunicación y pensamiento único

No llevo ya la cuenta de las veces que he pronunciado esta conferencia en los últimos seis o siete años. Pero nunca ha sido exactamente la misma. A medida que ha ido transcurriendo el tiempo, me he visto obligado a corregirla para pintar la realidad con tintes más y más oscuros. La versión que incluyo a continuación, notablemente actualizada, es la que utilicé el 26 de octubre de 2000 en Valencia en la conferencia inaugural de la sede de Ca Revolta.

«Medios de comunicación y pensamiento único».

¿Qué es eso del pensamiento único?

Algunos damos ese nombre a la ideología del neoliberalismo económico. Una ideología que defiende no ya la supremacía de la propiedad privada, sino su superioridad moral; que es hostil por principio a la intervención del Estado y a la regulación de las relaciones sociales y que ve con entusiasmo y patrocina el actual proceso de globalización de la economía, en la que él mismo participa.

Aunque sus consecuencias principales se expresen en los planos económico y social, el pensamiento único no sólo tiene recetas económicas: es toda una concepción del mundo, que entroniza el individualismo más exacerbado y recela de cualquier planteamiento colectivo. Luego volveré sobre esto.

El pensamiento único es una ideología, un modo de ver la realidad política, económica y social, pero se niega a presentarse como tal. Aquellos que lo sustentan no creen que el suyo sea un modo de ver el mundo, sino el único modo sensato de verlo. Para ellos, quien no considera la realidad a su manera es, sencillamente, o un idiota o un insensato, si es que no un embaucador.

Los medios de comunicación están, prácticamente en su totalidad y a escala internacional, dominados por el pensamiento único. Lo cual no quiere decir que sean clónicos. Como más tarde analizaré, hay diferencias que los separan, en buena medida determinadas por sus diversos planteamientos empresariales. A lo que me refiero es a que su ideología de fondo ha alcanzado un grado de homogeneidad desconocido en el pasado. Una homogeneidad apenas separada no ya por intereses de clase contradictorios, sino incluso por intereses nacionales en conflicto.

Pero, para llegar a la situación actual, ha sido necesario recorrer un largo camino. Para llegar a lo superlativo, ha habido que pasar previamente por lo grande.

Antes de abordar la actual situación de los medios de comunicación a escala internacional, y para poder entenderla, me parece necesario empezar por analizar cómo son los elementos que la constituyen, esto es, los medios de comunicación concretos, y de qué modo éstos crean una situación que enmarca y en buena medida condiciona la labor periodística.

Lo haré ateniéndome a la realidad que mejor conozco: la de la prensa diaria escrita. Tanto la prensa que sigue otra periodicidad, como la radio y, sobre todo, la televisión, tienen sus propios problemas específicos, si bien es cierto que la gran mayoría de esos problemas reproducen y multiplican los del periodismo diario escrito.

Iremos, pues, de lo particular a lo general; de la célula al cuerpo.

 

¿Qué es un periódico? Un periódico es, antes que nada, una empresa. Algunos periodistas y muchos lectores tienden a menospreciar esta realidad. Imperdonable error. Una empresa periodística próspera puede hacer un mal diario -burocrático, aburrido, sin chispa: ha ocurrido, ocasionalmente-, pero una empresa periodística deficiente jamás podrá sustentar un buen diario: algo antes o algo después, lo hundirá.

De modo que la condición primera de un periódico -es decir, su primer condicionante- le viene dado por la prioridad que debe conceder a los criterios empresariales.

Es cierto que ha habido y hay periódicos que ponen por delante otros criterios, diferentes de los empresariales. Algunos son partidistas, lo que les proporciona fuentes de ingreso atípicas. Es el caso, entre nosotros, de Avui, Deia y Gara. No es que a éstos no les importe vender, pero tampoco ése es para ellos el factor decisivo.

Hay otros periódicos no partidistas, pero sí explícita y voluntariamente militantes, que se conciben a sí mismos como complementarios. Son diarios que funcionan con muy pocos medios y que, por tanto, no están en condiciones de atender las necesidades informativas de su público lector, que se ve obligado a comprar algún otro periódico.

La experiencia demuestra que estos periódicos tienden a ser efímeros. Porque, o funcionan bien, o funcionan mal. Si funcionan mal y acumulan pérdidas, acaban cerrando. Fue el caso, en España, del diario Liberación. Y si van bien, rara vez se resisten a la tentación de abandonar ese terreno marginal y entrar en competencia con los grandes periódicos. Fue el caso, en Francia, del diario Libération. Pero esta evolución no es obligatoria: en Alemania sigue existiendo el Tage Zeitung, aunque desconozco en qué condiciones en los últimos tiempos. En todo caso, se puede afirmar sin miedo a equivocarse que esas experiencias son ya meras reminiscencias del pasado. Las posibilidades de sacar hoy en día con éxito un diario independiente son mínimas, por no decir nulas. También sobre esto volveré más tarde.

Un periódico vive -cuando vive- de sus lectores y de la publicidad. Vistas las cosas superficialmente, podría decirse que vive sobre todo de la publicidad, dado que ésta proporciona ingresos más limpios que la venta en kiosco, que hay que repartir con el kiosquero, el distribuidor, etc. Pero la publicidad, con la parcial excepción de la institucional, en realidad también depende de los lectores: los anunciantes acuden más prestos a los periódicos que tienen más y mejores lectores (entendiendo por mejores los que lo son para los anunciantes, que prefieren lectores con mayor nivel adquisitivo).

Lo que nos lleva a otras dos conclusiones: primera, que como suelo decir de modo deliberadamente brusco, el periodismo es ese trabajo que se hace en los huecos que deja libre la publicidad; y segunda: que no tiene nada de sorprendente que los periódicos muestren una tendencia casi biológica a no contrariar excesivamente a los grandes anunciantes (en el caso de España, El Corte Inglés y los grandes fabricantes de automóviles, sobre todo).

La relación de los periódicos con los lectores es relativamente compleja. Sobre todo la de los grandes periódicos.

Los lectores condicionan también el periódico. Cada periódico tiene un determinado público y está obligado no sólo a dirigirse a él, sino también, en términos generales, a contentarlo. No puede contrariarlo sistemáticamente, porque corre el riesgo de que lo abandone. Cada periódico sabe qué público es el suyo: a qué clases sociales pertenece y en qué proporciones; qué querencias ideológicas y políticas predominan en él, etcétera. El periódico influye sobre sus lectores, pero los lectores ponen también límites a su periódico.

En una sociedad como la española, el público de prensa de información general -digo de información general: no olvidemos que el diario español de más venta es Marca- admite subdivisiones. Como se sabe, en nuestro país se han consolidado tres grandes periódicos de difusión estatal: El País, ABC y El Mundo. Los tres tienen un público asentado básicamente en las clases medias y medio-altas. Se trata, en consecuencia, de un público que, en términos generales, goza de una buena posición económica. El público de ABC es de más edad, y el de El Mundo, mayoritariamente más joven. Pero las mayores diferencias entre los lectores de estos tres periódicos no están ni en el plano sociológico ni en el de la edad, sino en el político. Los de ABC se identifican mayoritariamente con la derecha más tradicional, heredera del franquismo. Los de El País simpatizan con el centrismo de corte felipista: un centrismo que se obtiene mezclando derechismo político y hábitos culturales de izquierda. Los de El Mundo procedían sobre todo, hasta hace unos años, del centrismo antifelipista. Ahora tiene también muchos pertenecientes a la nueva derecha, simpatizante del ala menos vetusta del PP.

Son diferencias que han podido tener mucha importancia en el escenario de la política de cada día, e incluso seguir teniéndola, pero que resultan relativamente mínimas en lo que se refiere a su ideología profunda: estamos ante posiciones que van desde la derecha al centro-izquierda, o sea, desde el rancio conservadurismo hasta un vago reformismo sin aristas para el sistema.

No trato de decir que no haya más público que ése. También hay un público menos conformista. Conscientes de ello, tanto El País como El Mundo incluyen determinados contenidos destinados a ese segmento social, y tienen en plantilla personas que pueden conectar con esas posiciones. Pero ese público, minoritario, no tiene capacidad para servir de soporte a un gran diario. Tampoco interesa del mismo modo a los anunciantes, que saben que las personas más orientadas hacia la izquierda se dejan influir menos por la publicidad y suelen tener, además, menos disponibilidades económicas.

Los profesionales de la información trabajan, pues, para un público que, en su gran mayoría, espera recibir un mensaje ideológicamente moderado.

He mencionado ya algunos condicionantes clave que enmarcan la actividad de los medios de comunicación: la empresa, los anunciantes, el público... Pero hay más.

Al referirme antes a las empresas de la comunicación no he mencionado a los accionistas. Los accionistas, incluidos los minoritarios, también tienen influencia. Pondré un ejemplo referido al medio para el que trabajo. Uno de los grandes accionistas de El Mundo es Rizzoli (RCS Mediagroup), emporio italiano de la comunicación. El principal accionista de Rizzoli es Agnelli, propietario de la Fiat. Francamente, no veo yo a la sección de Motor de El Mundo poniendo a parir al último modelo puesto en la calle por la Fiat. Aunque -todo sea dicho- tampoco la veo haciendo lo propio con el último modelo de la Renault, la Opel o la Citröen, que proporcionan al periódico unos fantásticos anuncios de página entera que pagan a muy buen precio.

Pero dejemos ya los condicionantes concretos de cada medio y elevemos un poco más el punto de mira, para ver de qué fuentes beben los periódicos.

La prensa diaria en el mundo presenta, como no podía ser menos, una gran variedad, dependiendo de las tradiciones de las diversas áreas culturales, e incluso de las de cada país, de su fortaleza económica, del nivel de alfabetización de las poblaciones respectivas, etcétera.

No obstante, esa variedad es más aparente que real. Se refiere más a las formas que a los contenidos. Por un lado, la progresiva desideologización de la labor periodística -entendiendo por tal la adopción de patrones ideológicos equivalentes, si no idénticos, que entronizan los postulados formales de la ideología neoliberal- y, por otro, la estandarización de las técnicas de redacción de las noticias hacen que los contenidos de los periódicos se estén uniformizando cada vez más a lo largo y ancho del mundo.

A ello contribuyen poderosamente dos factores.

En primer lugar, la labor de las grandes agencias de noticias. Sólo los rotativos más poderosos tienen una red de corresponsales propios que les permite cubrir la información potencialmente relevante a escala internacional. Esta red, de todos modos, y en el mejor de los casos, abarca únicamente las principales capitales de cada continente, lo que conlleva carencias fundamentales. Es cierto que, en casos extraordinarios, los periódicos desplazan a sus enviados especiales, pero éstos no les aseguran la cobertura del día a día. Así las cosas, todos los diarios del mundo deben nutrirse del material que les proporcionan las grandes agencias de noticias.

En el mundo de hoy hay muy pocas grandes agencias de prensa. Está Reuter, controlada por una comisión paraestatal de la Commonwealth; está la Asociated Press (AP), que es una cooperativa formada por los principales diarios de Nueva York; está la United Press International (UPI), que es de capital privado norteamericano, y está la France Press, que es de propiedad pública francesa. La vieja Tass soviética se ha fragmentado y ha perdido buena parte de la influencia que tuvo. En el ámbito internacional de habla española, la agencia española Efe cuenta con considerable acogida.

Aunque no hay cifras oficiales sobre ello, se calcula que unas dos mil personas trabajan diariamente para alimentar de noticias a estas agencias. Pero a esa cifra hay que sumar muchos miles más de periodistas que no son de plantilla, pero suministran noticias a las agencias (o, eventualmente, a los propios periódicos), sea de modo habitual, sea esporádicamente.

Esta enorme concentración de las principales fuentes de información conduce necesariamente a una equivalente homologación de los periódicos que se elaboran con ellas. Y, si bien las grandes agencias tienen a gala utilizar un estilo de redacción aséptico, sin valoraciones explícitas ni adjetivaciones, es obvio para cualquier persona avisada que la propia selección de lo que se considera noticia y los aspectos que se resaltan dentro de ella constituyen un filtro condicionante de las valoraciones que cada periodista y cada medio de prensa en concreto, y finalmente cada persona que lee, pueden establecer con relación a los hechos relatados.

Hoy en día han cobrado gran importancia también los servicios llamados sindicados, que son agencias dedicadas a proporcionar a los periódicos pequeños artículos de análisis, columnas de opinión y hasta editoriales, por extraño que esto último pueda parecer. Un gran número de periódicos locales se abastecen así hoy en día de opinión homogénea servida desde los grandes centros opinantes.

En segundo lugar, el proceso global de uniformización de la prensa diaria, y de los medios de comunicación, en general, viene dado por la importante concentración de la propiedad que ésta ha experimentado a partir de los años 70, pero muy especialmente en la década de los 90.

En el mundo actual, la tendencia principal en el terreno de los medios informativos es la marcada por la constitución y el reforzamiento de los grandes emporios multimedia. Hablo de empresas que publican varios periódicos y revistas, que tienen canales de radio y televisión, productoras y distribuidoras de cine, editoriales de libros y sellos discográficos... Empresas que, en la actualidad, trabajan también en el mundo de la telefonía, de las comunicaciones por satélite, de la informática... Lo más frecuente es que esos poderosísimos tinglados se formen no por expansión del mercado, sino a través de un proceso de concentración de la propiedad previamente existente: las empresas mayores van absorbiendo empresas menores y se fusionan entre sí.

Lo cual tiene dos efectos, y ambos extraordinariamente perversos.

De un lado, conduce a la reducción progresiva del pluralismo informativo y de la variedad de líneas de opinión. Estas empresas ponen a nuestra disposición, sin duda, una oferta enorme, pero sólo en cuanto al envoltorio: el contenido ideológico-político final es siempre el mismo. Es el mismo autor último el que se encarga de todo: de elaborar productos cultos para el público culto y productos basura para la gran masa; de dar deportes al que quiere deportes y cine al que desea cine... Incluso pueden escenificar un falso pluralismo: nada les impide, por ejemplo, elaborar mercancías de elevada religiosidad y, a la vez, porno duro. El mercado se compone de muy diversos sectores y ellos los van atendiendo uno a uno, sacando provecho de las necesidades de cada cual. Pero sus opciones ideológicas y políticas, explícitas o latentes, son invariablemente las mismas.

Este efecto perverso se ve multiplicado por otro: la concentración de la propiedad conduce también inevitablemente a la oficialización de los grandes consorcios de la comunicación.

No podría ser de otro modo. Quien necesita del visto bueno gubernamental para sus negocios -porque precisa que la Administración le conceda determinados permisos y licencias, y que se las renueve cada tanto- no puede permitirse el lujo de llevarse mal con quien ostenta la titularidad del Poder político.

Así como un diario independiente puede tener relaciones de franca hostilidad con el Poder político, e incluso ir viento en popa a toda gracias a esas malas relaciones, la existencia de graves disfunciones en la relación entre un gran consorcio multimedia y el Poder político establecido es un fenómeno difícilmente mantenible. No ya a largo plazo: incluso a medio término. O el Gobierno cede o lo hace el consorcio empresarial. Dos poderes tan importantes no pueden estar en posiciones antagónicas.

Porque esos grandes grupos multimedia son Poder. Y a veces su poder es enorme. Los gobernantes norteamericanos admiten sin demasiado reparo que la posición de las grandes cadenas de TV de su país puede condicionar su política. Así se vio muy claramente hace unos años cuando las tropas norteamericanas desembarcaron en Somalia para realizar la llamada Operación «Restaurar la Esperanza». Aquella "operación" se concibió en función de las necesidades de su retransmisión por televisión: baste con decir que el desembarco de las tropas norteamericanas se hizo coincidir con la hora de inicio de los principales telediarios, y que los soldados estuvieron esperando, cual extras de cine, a que les indicaran en qué momento debían ponerse en marcha porque las cámaras ya habían comenzado a transmitir.

Las televisiones tienen un enorme poder de conmoción de la opinión pública. Convenientemente dosificado, sirve para que los ciudadanos tengan su ración diaria de sensibilidad -digamos mejor de sensiblería-, para mantenerlos entretenidos y para que tengan la sensación de que participan de una conciencia colectiva. Pero las cosas se hacen de tal modo que la información resulta siempre caótica, abrumadora, indigerible, de tal modo que no pueda servir para conformar una conciencia crítica. Por eso es tan importante la constante variación: un día toca encoger el corazón con el drama de tal o cual país misérrimo del África subsahariana, pero al día siguiente hay que estar ya con el pasajero del avión secuestrado en Arabia Saudí -y de la cosa subsahariana, si te he visto no me acuerdo-, y al día siguiente en el quirófano donde se disponen a despegar a dos criaturas que han nacido unidas por el vientre, y al siguiente con la pobre mujer de Murcia que estuvo luchando con el agua tres cuartos de hora para no morir ahogada, y al siguiente con la señora que ingresa en prisión porque ha sido condenada a 15 años de cárcel por darle matarile a su marido pegón.

Cada tragedia cumple la doble función de anonadar sobre la marcha y de hacer olvidar la anterior.

Pero el poder inmediato de las televisiones no vuelve inútil, ni mucho menos, el poder de los periódicos.

Volvamos a España. En este país, los grandes diarios, los diarios que se consideran como de referencia, tienen un fuerte ascendiente sobre personas y grupos que son, a su vez, muy influyentes. Un diario en nuestro país puede ser leído, en el mejor de los casos, por unos dos millones de personas. En cambio, una cadena de radio puede tener un público tres o cuatro veces mayor, y todavía más una televisión.

Pero los periódicos marcan más, condicionan más el orden del día de la vida político-social, y ello porque contribuyen a moldear la opinión -y, por ende, las decisiones- de aquellos que controlan los centros de poder político, empresarial, financiero, judicial, etc. Es más: moldean también la opinión de aquellos que deciden el contenido de los programas de radio y televisión. Casi todos los grandes magazines de radio y televisión se hacen con los grandes diarios como referencia.

En realidad, la prensa española tiene una influencia política desproporcionada. En el mundo desarrollado, hay periódicos cuya difusión está a años luz de la de los periódicos españoles. El Yiomiuri Shimbun japonés edita 14,5 millones de ejemplares diarios. El Asahi Shimbun, 12,8 millones. El Bild Zeitung alemán vende 4,2 millones. Incluso un periódico tan técnico -y tan insoportablemente carca- como The Wall Street Journal se las arregla para vender 2 millones de ejemplares. Los japoneses leen cuatro veces más diarios que los españoles. Los británicos, tres veces más. Los alemanes, más del doble. Y, sin embargo, la influencia directa e indirecta de las tres grandes cabeceras madrileñas no es menor, ni mucho menos, a la que tienen los principales diarios norteamericanos, japoneses, alemanes, franceses, o italianos, aunque éstos tengan más lectores. Dicho en pocas palabras: en España, la prensa se lee poco, pero pinta mucho.

 

He tratado de explicar cómo el mundo de la comunicación está organizado para funcionar como una máquina de reproducción y expansión de la ideología dominante. Pero no sería justo si me olvidara de una pieza esencial en el engranaje de esa máquina: los propios periodistas.

El periodista está muy condicionado, en todos los sentidos, para actuar como un reproductor de la ideología dominante. Sin duda. Pero, en la gran mayoría de los casos, no ve esos condicionantes como un corsé opresivo. Al contrario: le parecen lo más natural del mundo, porque la ideología dominante es su propia ideología. Los periódicos, las radios y las televisiones no están compuestos por una cúpula perversa y una base honrada y paciente. Lo más normal es que, desde el punto de vista ideológico, un jefe sólo se distinga de un redactor de base por su mejor conocimiento de las reglas del juego... y porque, en buena parte, ya ha conseguido buena parte de lo que el redactor de base aspira a conseguir.

El resultado de todos estos factores combinados conduce a lo que ya antes he señalado: a la aparente desideologización de los medios de prensa, que no es, en la práctica, sino la entronización de los dogmas del neoliberalismo y su cristalización en lo que llamamos pensamiento único.

Debemos ser conscientes de la gravedad de lo que está ocurriendo. Como ha subrayado Eduardo Galeano,

«El número de quienes tienen derecho a escuchar y ver no cesa de acrecentarse, en tanto se reduce vertiginosamente el número de quienes tienen el privilegio de informar, de expresarse, de crear. La dictadura de la palabra única y de la imagen única, mucho más devastadora que la del partido único, impone en todas partes el mismo modo de vida, y otorga el título de ciudadano ejemplar a quien es consumidor dócil, espectador pasivo, fabricado en serie, a escala planetaria, conforme al modelo propuesto por la televisión comercial norteamericana. (...) En el mundo sin alma que los medios de comunicación nos presentan como el único mundo posible, los pueblos han sido reemplazados por los mercados; los ciudadanos, por los consumidores; las naciones, por las empresas; las ciudades, por las aglomeraciones. Jamás la economía mundial ha sido menos democrática, ni el mundo tan escandalosamente injusto. » («¿Hacia una sociedad de la incomunicación?», en Le Monde Diplomatique, enero de 1996).

Así es. Se nos ha tratado de convencer de que la aplicación de los drásticos criterios del neoliberalismo contribuye a impulsar el desarrollo de las fuerzas productivas y a crear riqueza, lo que debe revertir automáticamente en un mayor reparto del bienestar. Pero la realidad que se ha producido es exactamente la opuesta: el bienestar material no sólo no se democratiza, sino que se concentra cada vez en menos manos. Según cifras de las Naciones Unidas y del propio Banco Mundial, el sector más acomodado de la Humanidad (el 20%) era en 1960 treinta veces más rico que el 20% más desfavorecido. Treinta años después, en 1990, el grupo de los mejor situados ya era 60% más rico. Y el abismo ha seguido ahondándose.

La conversión en dogma del valor superior de la libre circulación de capitales y mercancías, de la conveniencia de las privatizaciones y de la desregulación de los mercados, de la independencia de los Bancos centrales y, en suma, de la primacía de lo privado sobre lo público -o sea, la victoria del neoliberalismo, plena ya a escala mundial desde la caída del Muro-, supone un golpe brutal para la democracia y, de modo destacado, para la libertad de expresión. El capitalismo se ha desnacionalizado: los gobiernos nacionales han adoptado leyes que cada vez hacen más difícil contrarrestar el poder de las multinacionales. Para estas alturas, ningún voto emitido en ningún país puede alterar las reglas del juego planetarias, impuestas por los grandes poderes financieros mundiales, que no están sometidos a ningún gobierno.

El mundo de los medios de comunicación forma parte principal de esa ofensiva. En dos planos diferentes. Por un lado, asume la misión de difundir esa ideología (que, como señalaba al comienzo, no se acepta como tal, porque el neoliberalismo niega ser una opción entre otras posibles: pretende ser la única práctica racional imaginable). Esta misión es convenientemente estimulada por las instituciones económicas y monetarias (el Banco Mundial, el FMI, la OCDE, la Comisión Europea, el Deustche Bank, etc.) que, dinero en mano, enrolan a su causa numerosos centros de investigación, universidades, fundaciones, etc., cuyo discurso es retomado por los principales órganos de información económica (The Wall Street Journal, The Financial Times, The Economist, la agencia Reuter...), que son frecuentemente propiedad de grandes grupos industriales o financieros. Finalmente, otros periodistas, comentaristas, ensayistas, políticos, etc., reproducen en los grandes medios de comunicación las ideas así adobadas, convirtiéndolas en una especie de nuevas tablas de la ley, aprovechando el hecho de que, como ha dicho acertadamente Ignacio Ramonet, «en nuestras sociedades mediáticas, repetición equivale a demostración». («La pensée unique», Le Monde Diplomatique, enero de 1995).

Pero los emporios de la comunicación no se limitan a hacer esta función de difusión y reproducción de la ideología neoliberal. También la aplican a su propio sector. Ellos mismos se expanden a escala internacional, conquistan mercados, se agrandan y se independizan de cualquier interés nacional. Hoy, el mundo de la comunicación, a escala internacional, está cada vez en menos manos, y esas manos lo abarcan en sus más diversas facetas. Pero, si las manos son pocas, las ideologías son todavía menos: sólo hay una. Es una ideología que explica las desigualdades sociales no en función de la injusticia del orden social vigente, sino en razón de las diferentes capacidades para triunfar: si alguien es pobre, si no tiene, es porque no ha sabido tener, porque no ha sido listo, porque no ha trabajado lo suficiente o porque no ha trabajado lo suficientemente bien. Lo cual no constituye un problema que deban resolver los Estados, sino la caridad: de ahí la devoción de los neoliberales por las ONG.

La situación es perfectamente penosa. El proceso de concentración de la propiedad de los medios de comunicación avanza de modo inexorable, y a gran velocidad. Por otra parte -o por la misma, en realidad-, el mundo de la Prensa ha entrado ya de pleno en la vorágine globalizadora: la propiedad de los medios cambia de manos como si se trata de fábricas de productos lácteos, o de zapatos. Lo cual tiene en ocasiones efectos incluso cómicos: no deja de ser risible ver a los mismos presentadores de tal o cual cadena de televisión o de radio diciendo primero maravillas de estos o aquellos personajes, pasando a ponerlos furiosamente a caldo algo después y volviendo a cantar sus excelencias un poco más tarde, todo en función de los vaivenes político-empresariales sufridos por la empresa propietaria. El caso de los medios comprados por Telefónica está en la mente de todos.

Pero no nos quedemos con el lado tragicómico de la experiencia y reparemos en el hecho de que hoy en día la propiedad de buena parte de los medios informativos está en manos de empresas ajenas por entero al mundo de la comunicación. Así, hay cadenas de televisión y de radio, o periódicos, que son propiedad de compañías dedicadas en lo fundamental a la telefonía, o a la explotación de los derivados del petróleo, o a las finanzas: empresas a las que todo empuja a servirse del periodismo con los mismos criterios que organiza una cadena de montaje.

Los paladines del pensamiento único pretenden que esa realidad es muy positiva, porque proporciona a los medios de comunicación una enorme cantidad de sinergias. Es decir, que cada medio se beneficia de compartir el mismo gran tinglado con muchos otros medios. Según ellos, es estupendo que El País forme parte del mismo emporio empresarial que la Cadena Ser, Canal Plus, Satélite Digital, la red de tiendas Crisol, Santillana, Alfaguara y tropecientas piezas más, porque eso abre al periódico muchísimas expectativas. También les parece magnífico que El Mundo forme parte de la red internacional de Pearson, representada en España por el grupo Recoletos, lo que le abre las puertas de medios tan variados como Marca y The Financial Times. El argumento es de broma. Para lo que eso sirve, vistas las cosas desde el punto de vista de la opinión pública, es para que esos periódicos tengan que hablar necesariamente bien de todas las muchas divisiones y subdivisiones de la empresa matriz. Así, quien publica un libro en Alfaguara ya sabe que tiene derecho a que El País le saque una crítica favorable. Y ya puede Marca publicar todas las tonterías que le dé la gana, que puede dar por descontado que habrá un periódico que por nada del mundo -o sea, por nada de El Mundo- lo criticará. Las supuestas sinergias no son sino otras tantas cortapisas a la libre expresión.

En la España actual hay un gran consorcio multimedia -el del grupo Prisa-, otro de menor tamaño y bastante menos integrado, pero que cuenta con el favor del Gobierno -el resultante de la entente existente entre Telefónica y el grupo Recoletos-y un par mucho más pequeños y bastante menos politizados (el del grupo Correo (Vocento) y el constituido en torno a La Voz de Galicia).

A ciertos efectos, siempre es preferible que el mercado de la comunicación no esté dominado por un solo grupo. La existencia de varios puede redundar en beneficio de los consumidores. Pero no necesariamente. Basta con comprobar la experiencia del fútbol en la modalidad de pago. Canal Satélite y Vía Digital empezaron haciéndose la competencia, lo que les metió en una benéfica carrera de precios. Pero finalmente han llegado a un acuerdo, con lo que en la práctica existe un monopolio de oferta. Por otra parte, e incluso cuando funciona, la competencia puede tener también efectos espantosos. Por ejemplo, cuando los diferentes canales se lanzan a la carrera para ver quién puede captar una cuota más alta de espectadores ávidos de fútbol, de telebasura, de programas de cotilleo o de esa cosa afrentosa del Gran Hermano, el Bus y hierbas parejas.

En todo caso, lo que la competencia entre los gigantes de la comunicación no asegura de ningún modo es una diversidad ideológica digna de tal nombre. Sus grandes opciones en este terreno son uniformemente las mismas. Y lo peor no es eso. Lo peor es que, además, imponen unas reglas de mercado que hacen prácticamente imposible la presencia de productos dignos que escapen del terreno de la mera marginalidad. Antes hacía alusión a ello: hace poco más de una década, fue posible crear en España un medio independiente como El Mundo. En la actualidad, no sería viable. De hecho, tampoco ha sido viable El Mundo como medio independiente. Los macrotinglados multimedia, cuya capacidad para absorber la oferta publicitaria es cada vez mayor, no dejan apenas aire para respirar, y un diario sin una importante facturación de publicidad está condenado al fracaso.

No quisiera poner fin a este capítulo son hacer mención especial de la última de las tendencias que se está haciendo notar en España en el terreno de los medios de comunicación. Me refiero a la creciente conversión de la Prensa en un cuarto poder del Estado.

La expresión cuarto poder no tiene nada de nueva. Hace tiempo que se ha venido aplicando a los medios de comunicación. Pero hasta hace poco se empleaba de manera sólo metafórica, alusiva a la capacidad de la Prensa para influir en la evolución de los acontecimientos.

Ahora creo que se puede empezar a emplear con total literalidad, entendiendo que el poder del Estado se subdivide en cuatro poderes: el ejecutivo, el legislativo, el judicial y el mediático.

No pretendo hacer ninguna humorada. La cosa no está para bromas.

El asunto está en relación con la propia desnaturalización del papel de los tres poderes clásicos, originariamente previstos para vigilarse entre sí y prevenir sus posibles extralimitaciones. En la actualidad, la vigilancia ha cedido su peso específico a la colaboración. El poder legislativo -es decir, el Parlamento- está en manos del Ejecutivo, gracias a la mayoría absoluta de que goza el PP. Por su parte, los integrantes de los órganos políticamente claves del poder judicial -Consejo General del Poder Judicial, Tribunal Supremo, Tribunal Constitucional, Audiencia Nacional- son tan deudores de sus compromisos políticos que rara vez se atreven a llevar la contraria al Ejecutivo en las llamadas cuestiones de Estado. Los casos de colaboración servil del poder judicial con el Ejecutivo, e incluso los de acción concertada entre ambos -la Audiencia Nacional suele ser frecuente muestra de ello-, son cada vez más escandalosos.

El papel de la Prensa no es muy diferente. La colusión entre los principales medios de comunicación y el establishment político es cada vez más descarada. Antes solían coincidir, por pura comunidad ideológica. Ahora siguen ya estrategias convenidas previamente. En determinados casos, establecen incluso campañas conjuntas para crear determinados estados de opinión: la Prensa pone en circulación con aire de espontaneidad tal o cual idea, los políticos se hacen eco de ella, la Prensa se hace eco del eco de los políticos, los informativos lo reflejan, las tertulias lo comentan y, en cosa de nada, ya está en marcha el clamor popular deseado. Llegado el caso, el poder legislativo se hace cargo de su conversión en ley, y el judicial, de su aplicación.

De hecho, va creciendo en importancia el papel de los líderes de opinión que pudiéramos tipificar como transversales: son, a partes iguales, periodistas, políticos profesionales y empresarios. Cada una de sus tres facetas potencia las otras dos y sólo la unión de las tres permite entender el sentido de sus tomas de posición.

 

Así las cosas, ¿existe alguna posibilidad de huir de la voracidad de los grandes tiburones de la comunicación? A decir verdad, lo veo difícil. Extremadamente improbable. Apuntaré muy brevemente, en todo caso, unas pocas líneas de reflexión.

Señalaré, en primer lugar, que los medios de comunicación, aunque fuerzan la realidad, también son reflejo de ella. En la medida en que crezca el movimiento de contestación a la globalización y el pensamiento único, aumentará la viabilidad de medios de comunicación que se sitúen fuera de esas coordenadas de pensamiento.

En segundo lugar, dejaré constancia de mi convencimiento de que el escenario de la contestación actual ya no puede ser otro que el forzado por el propio sistema del Poder. No sé cómo podrá hacerse eso -ni siquiera sé si podrá hacerse-, pero estoy persuadido de que la oposición al sistema también tiene que globalizarse, hacerse internacional.

En tercer lugar, creo que quienes estamos en contra del orden social vigente debemos prepararnos parta aprovechar, en la medida que sea posible, las rendijas que ofrecen las nuevas tecnologías. Algunos estamos demasiado condicionados por nuestra formación: cuando queremos hacernos oír, inmediatamente pensamos en hacer un periódico. Pero la prensa escrita no sólo está monopolizada, sino también en decadencia. Hay que aprender a utilizar las posibilidades que ofrece Internet como arma de información veraz y como foro de expresión del pensamiento crítico. No soy miembro del Club de Adoradores de Internet, pero tampoco desdeño sus claras virtualidades. Sin ir más lejos: yo me he venido hoy desde Madrid -encantado, por otra parte- para contaros esta historia, y vosotros y vosotras os habéis desplazado desde vuestras casas hasta este local para escucharla. Pues bien: todo los días me suelto un rollo diferente en mi página web y más de 300 personas se lo leen también a diario, y ni ellas ni yo tenemos que movernos de nuestros respectivos lugares de origen para realizar ese intercambio de ideas, que de otro modo sería imposible. Internet no excluye el contacto personal, sin duda necesario, pero abre posibilidades antes inexistentes. ¿Cómo iba a arreglármelas yo para reunir a diario a más de 300 personas determinadas a escucharme? Internet hace posible esa inaudita expresión de masoquismo.

Pero son gotas de agua en el océano. Sólo se transformarán en una corriente digna de ese nombre cuando, a fuerza de soportar los desafueros de la globalización, crezca más y más la corriente de rebeldía mundial que ya está empezando a tomar cuerpo.

En esa esperanza estamos los profesionales de los medios de comunicación que nos negamos a pasar por el aro. O que pasamos por él sólo lo imprescindible para ganarnos los garbanzos, a la espera de tiempos mejores y haciendo lo posible para que lleguen cuanto antes.

Javier Ortiz. (26 de octubre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de diciembre de 2017.

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2000/10/26 06:00:00 GMT+2

Atenuantes y eximentes

Todo el mundo está con Tania, la mujer de Rivas Vaciamadrid que mató a tiros a su marido, maltratador profesional, y a la que un tribunal condenó a 15 años de cárcel. Todo quisque dice que es una barbaridad que la hayan encarcelado. Hay un auténtico clamor pidiendo al Gobierno que la indulte. «¡No tiene sentido meter en la cárcel a una pobre mujer en un caso así!», se oye en las tertulias de todas las radios.

Supongo que la culpa es mía, por pretender que los comportamientos humanos se atengan a la lógica, pero hay en este asunto varias cosas que no entiendo. Por lo menos de entrada.

Vamos a ver. Si tan de acuerdo están todos en la inconveniencia de meter en la cárcel a una mujer que acaba violentamente con la vida de su marido maltratador, ¿por qué no reclaman, por elemental coherencia, que se modifique el Código Penal para que, a partir de ahora, el sufrimiento de malos tratos continuados constituya una eximente total en caso de homicidio? Se cambia la ley y sanseacabó: no más Tanias encarceladas.

Digo yo que, en la misma línea, y por analogía -método muy usual en la práctica jurídica-, igual trato exculpatorio habrían de reclamar entonces los ultradefensores de Tania para otras personas que actúen en estados de necesidad parejos al que hubo de padecer ella. Por ejemplo, para los padres y las madres que, no pudiendo soportar que sus hijos pasen hambre, cometan un atraco.

Pero parece que nadie quiere pasar de lo particular a lo general. No desean que la anécdota se les vuelva categoría.

Yo veo las cosas de modo muy diferente.

En primer lugar, creo que no cabe eximir tan alegremente de toda culpa a alguien que ha matado. Tania tuvo la posibilidad objetiva de plantar cara a su marido por vías lícitas -hubo quien se ofreció a facilitárselas- y no quiso hacerlo. Así las cosas, correspondía a los jueces examinar en qué medida su irresolución tuvo un carácter patológico, análogo al miedo insuperable que recoge el artículo 20.6º del vigente Código Penal.

Por lo que he leído sobre el asunto, parece que los jueces examinaron esa hipótesis, pero llegaron a la conclusión de que Tania no perdió en ningún momento su capacidad de discernimiento. En consecuencia, entendieron que no concurría en su acción ninguna circunstancia eximente, y la condenaron.

Obviamente, los jueces pudieron equivocarse en su valoración de los hechos. Pero la gran mayoría de quienes exigen que Tania quede de inmediato en libertad y exonerada de toda culpa no lo hacen porque crean que la sentencia condenatoria fue técnicamente incorrecta. No entran en eso. Se limitan a tener en cuenta el (por lo común) buen comportamiento social de la encausada y las brutalidades que sufrió.

En mi criterio, esas brutalidades deberían haber sido recogidas en la sentencia no como eximentes, pero sí como atenuantes del delito, en la línea de lo consignado en el artículo 21.3º del Código Penal, que considera circunstancia atenuante «la de obrar por causas o estímulos tan poderosos que hayan producido arrebato, obcecación u otro estado pasional de entidad semejante». En el caso que nos ocupa, entiendo que el tribunal bien hubiera podido considerar a Tania autora de un delito de homicidio, en principio castigable con una pena de prisión de entre diez y quince años (CP, art. 138), pero haber decidido acto seguido rebajar esa pena en dos grados, atendiendo a la existencia de una circunstancia atenuante «muy calificada» (CP, art. 66.4º), con lo que -tanto más considerando el tiempo que pasó en prisión preventiva- podría haberse librado de ir a la cárcel.

De este modo, el resultado práctico no diferiría apenas del que solicitan los incondicionales de Tania, pero se evitaría la frívola justificación del homicidio en la que muchos de ellos están incurriendo.

Mi siguiente reflexión desborda ampliamente el plano jurídico. Me pregunto por qué los medios de comunicación están haciendo tanto ruido con el caso de esta pobre mujer, situándose de su lado sin apenas matices. Y me respondo que lo hacen porque esta tragedia les sirve muy bien para cubrir la cuota de sensiblería -de falso humanismo- que les conviene. Al diablo si les importa la Justicia: utilizan a Tania como un objeto de usar y tirar.

Yo me niego, aunque ya sé que no mejoraré precisamente con ello mi cuota de popularidad.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (26 de octubre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de abril de 2017.

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2000/10/25 07:00:00 GMT+2

La paz de las calendas

El presidente del Gobierno exhorta a la ciudadanía a no caer en el desánimo ante los embates del terrorismo. Le pide que tenga paciencia y que no dude ni por un momento de que el Estado va a acabar con ETA.

Eso estaría muy bien si, tras hacer tan contundente afirmación, don José María Aznar trazara así fuera un boceto de cómo piensa lograr esa victoria sobre ETA en lo que le queda como gobernante. Pero no: proclama a palo seco su augurio cual verdad revelada y cambia de tercio rápidamente.

¿Qué ocurre? Que el común de los españoles no termina de fiarse de la profecía presidencial. Por impacientarse, se le impacientan incluso los más resueltos de su propio bando, que ya empiezan a reclamarle que pise el acelerador de la contundencia legislativa. Se ve que en su bando hay bastantes más creyentes que crédulos.

El recelo ante el optimismo del señor Aznar está justificado, y no sólo porque no aporte el menor dato concreto que lo justifique, sino también porque la tendencia que muestra la realidad apunta más bien en la dirección opuesta.

Sabemos que ETA cuenta en la actualidad con un importante stock de explosivos, procedente del robo que perpetró en Bretaña durante la tregua, lo que potencia no poco su capacidad mortífera.

Sabemos igualmente que se ha dotado de una estructura orgánica más ágil e impermeable, que le permite reaccionar con rapidez y que dificulta considerablemente la infiltración policial.

Pero, sobre todo, sabemos -y esto es lo más grave- que no tiene problemas para cubrir las bajas que va sufriendo: la kale borroka le aporta una cantera que apenas ha explotado todavía. Con el inconveniente añadido de que se trata de jóvenes que ya están baqueteados en la refriega, lo que permite incorporarlos sin mayores preparativos al terrorismo de alta intensidad.

Así están las cosas, y don José María Aznar lo sabe.

Sucede que, si lo reconociera, él y quienes lo respaldan tendrían que decirle a la ciudadanía que más le vale ir preparándose para soportar la lacra del terrorismo Dios sabe durante cuántos años más. O durante cuántas décadas. Porque es lo que le espera.

De hecho, toda la política actual de Aznar, diga lo que diga, parte de la presunción de que hay ETA para rato. Para bastante más rato de lo que va a durar él como jefe del Gobierno. Su propio interés en impedir que haya condenados que vuelvan a las andadas cuando sean puestos en libertad dentro de 30 años es concluyente: ¡da por hecho que ETA puede seguir existiendo dentro de tres décadas!

Era eso tan sólo lo que pretendía explicar hoy: que, con el señor Aznar, la paz va para largo.

Javier Ortiz. El Mundo (25 de octubre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de octubre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/10/25 07:00:00 GMT+2
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