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2000/11/22 06:00:00 GMT+1

Ernest Lluch

ETA ha asesinado a Ernest Lluch y ya están los medios de comunicación entregados a su tarea de siempre: convertir a la víctima en santo.

La universal manía de maquillar las biografías de los difuntos -paralela al trabajo de acicalar sus cuerpos antes de soterrarlos- se vuelve doblemente irritante en estos casos. Es como si se creyera que, de no haber tenido las víctimas una existencia ejemplarmente impoluta, su asesinato fuera menos odioso.

Estamos ante otra variante de ese insoportable rollo de «las víctimas inocentes». Como si las hubiera culpables. La perversión de ETA no estriba en que mata gente estupenda, sino en que mata, y no tiene derecho, y es un crimen hacerlo, y lo sería aunque el asesinado fuera un tipejo vomitivo.

Quienes estamos en contra de la pena de muerte -la aplique el Estado o corra a cargo de una organización con vocación de Estado- no nos oponemos a ella sólo cuando el ejecutable no ha cometido ningún delito (¡estaría bueno!), sino también cuando es un perfecto malhechor, o incluso un asesino.

Sirva este preámbulo no sólo como crítica del inconveniente comportamiento de nuestro establishment, sino también como aclaración previa de lo que sigue.

Porque voy a explicar por qué a mí, lo que es, Lluch no me caía nada bien.

Lo conocí en los inicios de la transición, cuando era uno de los más destacados dirigentes de la Federación de Partidos Socialistas. La FPS agrupaba a diversas organizaciones territoriales de ideología socialista radicalmente enfrentadas al PSOE. Lluch, que aunque catalán ejercía por entonces de valenciano, solía acudir a las reuniones del organismo unitario de la oposición antifranquista, Coordinación Democrática, en representación de la FPS, junto con el madrileño Enrique Barón, el andaluz Alejandro Rojas Marcos, el aragonés Emilio Gastón, el gallego Xosé Manuel Beiras y alguno más.

Tuve varias reuniones con ellos. Recuerdo una en especial, en petit comité, en la que varios de ellos -Lluch y Barón, destacadamente- echaron las peores pestes del PSOE. Pusieron a González, Guerra, Múgica y compañía de sinvergüenzas para arriba.

Cuando la siempre desigual balanza de la transición se inclinó definitivamente del lado de la reforma, la FPS saltó hecha añicos. Lo mismo que el PSP de Tierno Galván.

Algunos de los integrantes de la FPS renegaron de sus anteriores fobias y se pasaron al PSOE. Fue el caso de Lluch y de Barón. Otros, como el valenciano Vicent Ventura o como el ya citado Beiras, no pasaron por el aro. Los primeros fueron debidamente recompensados: González nombró a Lluch ministro de Sanidad de su primer Gobierno. A Barón le asignó -me parece recordar- la cartera de Transportes.

Como ministro, Lluch resultó particularmente decepcionante. Fue escandaloso lo que hizo -o lo que no hizo, si se prefiere- en relación al aborto, burlando sus propias convicciones.

Apartado del Gobierno, recaló en la Universidad de Verano de Santander. Con él como rector, la Menéndez Pelayo se convirtió estío tras estío en lo que alguien llamó acertadamente «un congreso de felipistas en bañador». Allí se juntaban todos para pasarse unos días estupendos en el palacio de La Magdalena, viviendo a cuerpo de rey, trabajando muy poco y cobrando mucho. Encantado del chollo, se mantuvo en el cargo todo lo que pudo, e incluso más, al parecer: alguien me contó que Lluch siguió de rector durante un tiempo en condiciones irregulares, cuando ya se le había agotado el plazo legal.

Le perdí el rastro hasta 1994, año en que se convirtió en adalid, junto con José Luis de Vilallonga, de la denuncia de una supuesta «conjura republicana» en la que, según ambos, estaban comprometidos Mario Conde, Pedro J. Ramírez, Antonio García Trevijano, Luis María Ansón y «alguien próximo a Alfonso Guerra».

Lluch tuvo la estrafalaria idea de mezclarme a mí en aquel invento. Escribió en La Vanguardia que yo era «la guinda izquierdista» de la conjura. Qué mamarrachada.

He oído contar que últimamente, aparte de impartir clases en la Universidad de Barcelona, participaba en una tertulia de la Ser. No la he oído nunca. Dicen que en ella solía abogar por una solución negociada del conflicto vasco.

Acabo de escuchar a alguien por la radio que ha glosado esa posición suya y ha dicho: «Esto hace aún más absurdo su asesinato, si cabe».

Pero es que no cabe.

Quiero decir que su asesinato es una barbaridad y una infamia, sostuviera las posiciones que sostuviera en relación con el conflicto vasco y quepa formular las quejas que se quiera sobre su trayectoria política.

No tiene nada que ver.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (22 de noviembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de mayo de 2017.

Nota: Al día siguiente, Javier Ortiz escribió Ernest Lluch (2).

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/11/22 06:00:00 GMT+1
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2000/11/21 06:00:00 GMT+1

Republicanos adversativos

«No, si yo soy republicano. Pero...».

Mi bueno amigo Gervasio Guzmán, como muchos otros españoles -eso dicen al menos las encuestas-, forma parte del bando de los republicanos adversativos. Se les distingue por su incapacidad para proclamar su presunta adscripción republicana sin añadir a continuación un «pero...».

En España se llevan mucho las convicciones adversativas. Recordemos, sin ir más lejos, los infinitos opositores adversativos a los GAL que han pululado por la vida política española durante los últimos años, todos diciendo a coro: «Desde luego que estoy en contra de los GAL, pero...».

Lo más característico del adversativo político es que su práctica concreta resulta siempre favorable al pero, y nunca a la convicción expresada inicialmente. Jamás vi a ninguno de los enemigos adversativos de los GAL acudir a una manifestación o firmar un manifiesto en contra del terrorismo de Estado. Como jamás me he topado con Gervasio en un acto republicano.

Molesto por mis críticas zumbonas, Gervasio contraataca: «Pero ¿qué sentido tiene ahora ponerse a defender la República?».

Cuando polemiza, mi amigo Guzmán recurre sistemáticamente a otra especialidad celtibérica: atribuir al adversario afirmaciones que no ha hecho para, a continuación, ponerlo de vuelta y media por ellas.

«Yo no he dicho que haya que hacer ninguna campaña a favor de la República, Gervasio», le respondo. «Pero si tú das la cara por la Monarquía, te contesto. Y te argumento que no me parece muy sensato que un pueblo admita que le decidan a partir de factores de sanguinidad masculina quién es su jefe de Estado. Y no te digo nada ya si encima lo hacen por generaciones alternas: el abuelo sí, el padre no, el nieto sí...».

Y le repito lo que he afirmado mil veces: que soy hostil a la Monarquía, pero no demasiado republicano. Como le oí decir en cierta ocasión a Arzalluz: «¿Para qué voy a defender que se instaure una República? Tal como están las cosas, su presidente sólo podría ser o del PSOE o del PP. No veo qué ganaría con ello».

Quizá el error estribe en dar por hecho que no hay más remedio que contar con una de esas dos formas de Estado: o Monarquía o República. ¿Por qué los estados han de tener obligatoriamente un único jefe? Tanto en las monarquías como en las repúblicas no presidencialistas, el jefe del Estado cuenta con funciones de escasísima utilidad práctica, de las que cabría prescindir sin que apenas se notara, salvo en la cuenta de gastos. Siempre me han fascinado los países como Canadá, Australia o Nueva Zelanda que, como miembros de la Commonwealth, tienen formalmente a la Reina de Inglaterra por cabeza del Estado. Pero como la Reina de Inglaterra es lo suficientemente sensata como para no meter sus narices en los asuntos de esos países -y sus gobernadores representantes lo mismo-, de hecho carecen de jefe de Estado. Y no parece que les vaya nada mal así.

Ahora que tanto se habla de políticas de austeridad, ¿por qué no plantearse ésa?

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (21 de noviembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de noviembre de 2009.

El recuerdo de hoy lo hemos recuperado de un blog de nombre precioso: Un mundo mejor para los caracoles. No le va a la zaga el título del apunte, ni su contenido: ¿Qué no arreglará la paella de mi madre? Gracias, Nata.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/11/21 06:00:00 GMT+1
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2000/11/20 06:00:00 GMT+1

Mienten, y lo saben

Leo y escucho los análisis del día sobre la transición del franquismo al sistema parlamentario. Siguen con el cuento de hadas.

A algunos de los fabulistas los conozco personalmente. Sé que son conscientes de que están mintiendo.

De las muchas mentiras que se están repitiendo hasta el aburrimiento -ya escribió Ignacio Ramonet que «en nuestras sociedades mediáticas, repetición equivale a demostración»-, la más ridícula es la que presenta la instauración del parlamentarismo en España como una empresa autóctona, es decir, como fruto exclusivo y original del esfuerzo conjunto de los reformistas del Régimen franquista y de la oposición ilegal.

Como miembro que fui de la Comisión Ejecutiva de Coordinación Democrática -el organismo unitario de la oposición, conocido popularmente entonces como la Platajunta-, tuve la posibilidad de conocer buena parte de las entretelas de los inicios de la transición.

Pude comprobar hasta qué extremos las dos partes en litigio rivalizaron entre sí para merecerse el favor de las grandes potencias occidentales.

Para aquellas alturas, los franquistas menos cazurros -mayoritarios en todos los círculos decisivos- eran plenamente conscientes de que, sin el apoyo de los EE.UU. y de los gobiernos del entonces Mercado Común, su continuidad en el poder era no ya difícil, sino directamente imposible. Desde finales de los 50, la economía española se había imbricado hasta tal punto en el conjunto europeo que la mera hipótesis de un regreso a la autarquía producía escalofríos a los responsables del desarrollismo franquista.

Incluso dentro del alto mando de las Fuerzas Armadas, por mucho que la mayoría de sus integrantes fueran ideológicamente proclives al fascismo, estaba extendida la idea de que España no podía dar la espalda a la OTAN y a sus designios. Hasta entonces Washington no había puesto objeción a la continuidad del franquismo, pero el sentido de sus nuevas recomendaciones estaba ya claro. Había que aceptar los vientos de cambio, por mucho que le desagradaran.

En la oposición, los dos partidos más en boga eran el PSOE y el PCE. Toda la fuerza del PSOE renovado de Felipe González, que apenas contaba con base militante, le venía de la confianza que le prestaba -y del dinero que le daba- la socialdemocracia internacional, que actuaba en estrecho contacto con los EE.UU. El PCE de Santiago Carrillo, por su parte, dedicaba lo esencial de sus esfuerzos internacionales a tranquilizar a las potencias occidentales acerca de la benignidad de sus intenciones nulamente revolucionarias. Hoy sabemos que, antes de la muerte de Franco, Carrillo ya había enviado emisarios a todas las cancillerías que tuvieron a bien recibirlos -y al propio Príncipe- para hacerles saber su intención de reconocer la Monarquía a cambio de la legalización de su partido.

Quiere todo esto decir que los protagonistas esenciales de la transición española, tanto de un lado como del otro, actuaron sistemáticamente con la mirada puesta en el exterior, tratando de agradar al exterior y amoldándose a las recomendaciones del exterior. De esta guisa, si se desconsidera el papel jugado en los acontecimientos de entonces por las potencias occidentales, es imposible entender nada de lo que realmente sucedió.

La voluntad democratizadora del Príncipe, el esfuerzo de aclimatación de los franquistas renovadores, la neutralidad relativa de las FFAA, la renuncia a la ruptura y la consiguiente aceptación de la reforma por las principales fuerzas de la oposición... todos y cada uno de esos factores fueron resultado -no sólo, pero sí de manera decisiva- de la presión que ejercieron las potencias occidentales para que el inevitable cambio político español se hiciera sin poner en peligro sus intereses políticos, económicos y militares, y de la sumisa aceptación de los dirigentes de las fuerzas políticas y sociales españolas de ese "diktat" exterior.

Lo cual no es una valoración, sino una descripción de los hechos.

Ocultan deliberadamente que fueron así. Mienten.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (20 de noviembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de mayo de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/11/20 06:00:00 GMT+1
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2000/11/19 07:00:00 GMT+1

Un régimen nefasto

Gobernar un Estado y el destino de sus gentes no es como reparar coches. Los mecánicos pueden ser mejores o peores. Es cosa de mera pericia. Dirigir los destinos de un colectivo humano no es cuestión de simple técnica. No existe el buen gobierno abstracto, genérico.

Franco fue un buen gobernante para quienes participaban de sus escasas y particularísimas filias y de sus casi ilimitadas y muy patológicas fobias. Y lo fue, sobre todo, para los que con él conservaron y ampliaron sus privilegios materiales y sociales. Y también para aquellos a los que sirvió como buen peón de brega circunstancial, haciéndoles funciones de faro de Occidente en el importantísimo enclave geoestratégico que representa la Península Ibérica. Por contra, fue un gobernante nefasto para la mayoría de sus coterráneos, que se vieron privados de sus libertades y derechos, tanto individuales como colectivos -allá el que tal cosa le diera lo mismo-, y para cuantos se vieron perseguidos, cuando no aniquilados, por ser coherentes con sus convicciones democráticas.

No polemizo: hay materias sobre las que no cabe polemizar sin degradarse. No cabe entrar en disquisiciones circunstanciales sobre la labor de alguien que nunca dejó de imponerse a sangre y fuego. Si un individuo es un liberticida asesino, ese hecho se impone y convierte en anecdótica cualquier otra circunstancia. El juicio moral ha de ser previo y condicionante de cualquier otro.

Hoy en día hay leyes que prohíben negar la realidad del Holocausto nazi. Detesto cualquier prohibición de opiniones, pero sostengo que algunas son radicalmente indecentes. Y, en consecuencia, me niego a considerarlas. ¿Que Franco hizo cosas buenas? Vale: y Hitler excelentes carreteras. Por Dios.

«¡Cuánto cuesta morir!», parece que susurró Franco poco antes de exhalar su último suspiro. Se ve que le sorprendía la lentitud de su propia muerte, sabiendo con qué facilidad él había hecho suprimir de la faz de la tierra a tantos otros.

Lo que no sabía es que enterrar su herencia iba a costar mucho más.

Es lo malo que tiene optar por reformar las dictaduras, en lugar de romper definitivamente con ellas.

Javier Ortiz. El Mundo. 19 de noviembre de 2000. Subido a "Desde Jamaica" el 17 de noviembre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/11/19 07:00:00 GMT+1
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2000/11/19 06:00:00 GMT+1

¡Madre de Dios, la Madre Patria!

En América Latina saben algo de terrorismo. Sobre todo de terrorismo de Estado. Hablo de terrorismo en sentido estricto, esto es, como la violencia ilegal organizada destinada a forzar a la población a aceptar lo que de otro modo no toleraría.

En Latinoamérica el terrorismo se ha practicado en masa. Y se sigue practicando, aunque a menor escala que en los tiempos más negros de las dictaduras militares generalizadas, cuando el Gobierno de los EE.UU. impartía clases de la materia en la Escuela panañena de las Américas.

En Bolivia, donde el golpista Hugo Bánzer ha regresado al poder, ahora mediante las urnas, las Fuerzas Armadas rivalizan con la guerrilla fanatizada a la hora de aterrorizar a la población rural. En El Salvador gobierna todavía el partido de los escuadrones de la muerte, que se ha autoamnistiado para no tener que responder de crímenes tan espantosos como el asesinato de Ellacuría y sus compañeros. De los métodos desplegados por Alberto Fujimori en Perú para amedrentar a la oposición y a la prensa crítica no hace falta hablar. Los paramilitares colombianos de las AUC siguen haciendo sangrientas operaciones de castigo contra la población de las zonas sospechosas de simpatizar con la guerrilla. El comportamiento del Ejército mexicano y de los matones prolatifundistas en Chiapas tiene un componente aterrorizador -si es que no directamente genocida- que a nadie se le escapa.

Pues bien: en este contexto, acude Aznar a la X Cumbre Iberoamericana y presenta un proyecto de resolución sobre el terrorismo... ¡en el que no se habla más que de ETA! Es la representación viviente de la rana de la fábula, que creía que el cielo era del tamaño de la porción que ella veía desde el fondo de su pozo.

¿Ignora el presidente español que sólo los paramilitares colombianos han matado en un año mucho más que ETA en toda su existencia? No; no lo ignora. O tal vez sí, porque le importa un bledo.

Si los gobernantes latinoamericanos tuvieran siquiera un asomo de vergüenza, le habrían respondido al jefe del Gobierno español que una declaración conjunta iberoamericana sobre el terrorismo, si se pretende que sea medianamente seria, no puede dejar de afrontar el fenómeno a esa misma escala. Que las vidas españolas, por muy europeas que sean, no valen más que las latinoamericanas.

Pero no hicieron nada de eso. No sólo para dar satisfacción a Aznar, sino también, y sobre todo, porque maldito el interés que tienen en que se hable seriamente del terrorismo sufrido por sus propios países.

Sólo puso objeciones la representación cubana. Y tuvo razón en lo que dijo, por más que el Gobierno de La Habana, especializado en encarcelar disidentes y en atemorizar a su propia oposición, tampoco sea el más indicado para dar lecciones a nadie sobre coherencia en la defensa de los Derechos Humanos.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (19 de noviembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de mayo de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/11/19 06:00:00 GMT+1
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2000/11/18 06:00:00 GMT+1

Memoria del antifranquismo

Acudí ayer a una mesa redonda en el Ateneo de Madrid sobre la Constitución y sus posibilidades de reforma. Quería saludar a uno de los ponentes: mi amigo José Ignacio Lacasta-Zabalza, al que hace tiempo que no veía.

Lacasta intervino con su tradicional finura analítica y su inseparable humor socarrón.

Retuve particularmente dos puntos de su intervención.

Se refirió al Preámbulo de la Constitución para señalar cómo, a diferencia de la portuguesa, la Constitución Española de 1978 no hace la más mínima referencia al pasado fascista cuya legalidad pretendía sustituir. Recuerda cómo esa ausencia no fue fruto de ningún olvido, sino el resultado de un patético debate parlamentario en el que los padres constituyentes acordaron que de lo que se trataba era de reformar el franquismo y no de romper con el franquismo. (Otro de los ponentes del acto de ayer, Raúl Morodo, confirmaría después ese extremo. Contó que el borrador del Preámbulo contenía una condena expresa del régimen franquista, pero que fue retirada «por consenso». «Se hizo lo que se pudo», dijo, a modo de justificación. Es la enésima vez que oigo la misma excusa, y siempre pienso lo mismo: esta gente busca refugio en el impersonal -«se hizo», «se pudo»- para eludir sus concretísimas responsabilidades. La verdad es que ellos hicieron lo único que ellos fueron capaces de hacer.)

El segundo punto que retuve del parlamento de Lacasta se refiere a la reforma fáctica de la Constitución que viene produciéndose desde hace años. Es algo así como una aplicación del viejo dicho: «Haz tú las Leyes y déjame a mí los Reglamentos». Poco importa los hermosos principios que pueda formular aquí y allá el texto constitucional si las leyes encargadas de regular la práctica ciudadana concreta se dedican a enmendarles la plana. Es el caso, muy especialmente, del Código Penal, llamado muy certeramente «el negativo de la Constitución» (mientras la una proclama los derechos, el otro se encarga de las prohibiciones): el Código vigente vulnera el espíritu de la Constitución en muy diversos puntos. Es también el caso de la Ley de Extranjería, que limita gravemente derechos que la Constitución otorga a todas las personas.

Tras el acto, nos fuimos a cenar. Le dije a Lacasta que en el foro de esta página web tiene lectores que aprecian su trabajo y le hablé de la posibilidad de montar algún día un chat con él como invitado especial. Le pareció una idea excelente y se mostró muy dispuesto a ello.

También estuvo en la cena Eugenio del Río, otro buen amigo y otro excelente politólogo, de dos de cuyas obras hay constancia en esta misma web.

Me dijo Del Río que ha estado dándole vueltas a una idea: la de hacer un Museo del Antifranquismo. Se trataría de reconstruir lo que fue la lucha antifranquista a través de documentos -panfletos, fotografías, periódicos clandestinos...-, de objetos -desde las viejas y entrañables vietnamitas a los instrumentos de tortura usados por la policía política de Franco, pasando por el instrumental de falsificación de documentos oficiales-, de la reconstrucción de escenarios -una celda de comisaría, otra de una cárcel, una imprenta clandestina, etc.-, de testimonios grabados en vídeo, de películas...

Le dije que la idea me parecía muy buena.

«Pues yo la he descartado», me contesto. Y me explicó por qué: «Para empezar, habría que montar un grupo promotor con gente de diversas tendencias... Sus integrantes no tardarían en reñir. En segundo lugar, harían falta fondos ingentes. A ver de dónde se saca el dinero. Luego, habría que decidir dónde lo pones. Madrid sería lo más cómodo, por razones geográficas, pero presenta desventajas. En fin, es muy probable que los fascistas se cebaran con un Museo así. Tendría que soportar agresiones constantes...».

Admití la solidez de los argumentos.

«A cambio, he pensado», prosiguió Del Río, «que lo que sí podría hacerse es un libro que recogiera, en un gran mosaico, todos esos aspectos: descriptivos, de testimonios... Todo lo que se pudiera. Un libro que permitiera a quienes no han conocido la lucha clandestina contra el franquismo hacerse una idea de cómo fue».

Y entonces vino lo peor. Porque concluyó: «...Y he pensado que la persona más adecuada para escribir ese libro serías tú».

Cielos.

Quedamos en vernos para seguir hablando de ello.

Pero desde anoche no paro de darle vueltas a la cosa. ¿Acabaré por tener que trabajar?

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (18 de noviembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de mayo de 2017.

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2000/11/17 06:00:00 GMT+1

Antes y después del 20-N

Es curioso el sesgo propagandístico que está tomando la conmemoración del 25 aniversario de la muerte del general Franco. Es como si se quisiera convertir aquel día -aquel tiempo- en el símbolo de una inflexión tajante en la Historia de España, en el mojón que marcaría la frontera entre dos eras: hasta entonces, la España decrépita de Franco; desde entonces, la España moderna y democrática fundamentada en la Monarquía de Don Juan Carlos.

Y es todavía más curioso -y aparentemente más paradójico- que quienes ahora están poniendo más empeño en esa representación de la Historia sean precisamente los adalides y propagandistas de las fuerzas políticas y sociales que con mayor energía se esforzaron en su momento para que el 20-N no significara el inicio de una quiebra histórica que pusiera término claro y formal a 40 años de dictadura, sino tan sólo el principio de una paulatina metamorfosis del franquismo en parlamentarismo. Es como si se avergonzaran de su obra de reforma del régimen dictatorial y quisieran dotarla, a toro pasadísimo, de una épica idealista y arrojada, de la que, desde luego, careció.

«Después de Franco, ¿qué?», preguntó Santiago Carrillo cuando el dictador llegó a las puertas de su lenta agonía. Y el propio Franco respondió: «Después de mí, las instituciones». No anduvo tan errado. Aunque por veredas parcialmente alejadas de sus planes, serían las instituciones que él apadrinó, o con las que vivió en simbiosis, las que se encargarían de lo esencial: de dar luz verde a la metamorfosis del régimen (las unas) y de tutelar sus sucesivas fases de transformación (las otras).

¿Épica? Hacía ya décadas que las grandes potencias occidentales venían ayudando al ensamblaje de España en el bloque capitaneado por los EE.UU., muy especialmente en sus apartados económico y militar. Está ya probado documentalmente que los dirigentes del llamado Mundo Libre arroparon el régimen de Franco, sacrificando la libertad de los pueblos de España a sus necesidades geoestratégicas, igual que hicieron con el Portugal de Salazar y con la Grecia de los coroneles. Cuando la propia modernización de esas sociedades convirtió en constriñentes las carcasas políticas de los estados policiales que las controlaban, se avinieron a que fueran reemplazadas por estructuras parlamentarias homologables. Para no correr riesgos, pusieron buen cuidado en establecer también sólidos lazos -incluyendo los de dependencia económica- con las principales fuerzas de las respectivas oposiciones. En el caso de España, se esperó a que la desaparición física del dictador hiciera más fácil -más natural- el tránsito.

Funcionaron las previsiones sucesorias. Algunas de las de Franco y casi todas las del Departamento de Estado y sus aliados de Bonn, Londres, Oslo, París y Roma, que tampoco desconocían las del viejo general, y se sirvieron de ellas.

No fue ninguna epopeya. Sólo un bien planificado conjunto de reajustes.

Dicho lo cual, convengamos en que esta España reajustada es mucho más respirable que la que acaudilló aquel torvo general.

P.S. Ya escritos los párrafos anteriores con vistas a mi columna de El Mundo de mañana, veo los resultados de la encuesta en la red que está realizado el periódico. Ganan por holgada mayoría quienes consideran que Franco fue un buen gobernante. Cabe preguntarse, alternativamente, o qué clase de sociedad es la española... o qué clase de gente vota en esa encuesta.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (17 de noviembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de mayo de 2017.

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2000/11/16 06:00:00 GMT+1

El desprestigio de los EEUU

Los sumos sacerdotes de los media estadounidenses se dicen muy preocupados por el desprestigio que está acarreando a su país todo el follón que se han armado entre Bush y Gore, gracias al cual seguimos sin saber cual de los dos se instalará finalmente en la Casa Blanca cuando Clinton ahueque de una vez el ala.

Confunden el síntoma con la enfermedad. El lío del recuento de Florida no es sino una manifestación -aparatosa, eso sí- de dos males de fondo que aquejan al sistema norteamericano. Dos males que son, en último término, el mismo.

En primer lugar, los Estados Unidos de América carecen de legislaciones homologadas sobre cuestiones que son de primera importancia para el conjunto de su territorio. Por ejemplo: no tienen una Ley Electoral Federal. A veces, ni siquiera cuentan para estas materias con leyes específicas de cada uno de sus estados, por lo deben dirimir los conflictos que surgen en ellas sin más referencia legal que la jurisprudencia de sus tribunales estatales.

Lo cual confiere a sus jueces locales un papel desmesurado, puesto que les otorga simultáneamente las atribuciones del poder legislativo y del judicial.

Pero esto, que es de por sí malo, se vuelve mucho peor debido al hecho de que en los EUA no se llega a juez por vía independiente, sino por elección popular, es decir, por vía política. Con lo cual, cuando los jueces norteamericanos se ven obligados a sentenciar sobre litigios políticos, son a la vez -no ya en el fondo, sino incluso en la forma- jueces y parte.

Digamos, por resumir, que el sistema norteamericano hace inevitable tanto la judicialización de la política como la politización de la judicatura. Estos fenómenos no son -como en Europa, cuando se producen- una perversión del sistema, sino su modo normal de funcionamiento.

Lo cual hace posible situaciones como la que se ha creado en Florida.

En los EE.UU. no han matado a Montesquieu: le negaron la nacionalidad desde el principio.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (16 de noviembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de mayo de 2017.

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2000/11/15 07:00:00 GMT+1

El enigma indonesio

Recibo una llamada de mi buen amigo Gervasio Guzmán. Alguien le ha dicho que he visitado Indonesia.

-Qué, ¿cómo es aquello? -me pregunta, curioso.

-Ni idea -le respondo.

-¿Cómo que ni idea? -se me mosquea-. Pero ¿tú dónde has estado, en Indonesia o en Babia?

El bueno de Gervasio está mal acostumbrado. Da por hecho que ver es conocer. Me temo que ha tratado a demasiados tipos de ésos que se pasan el puente del Pilar en Nueva York y que a la vuelta te sueltan largas peroratas sobre las evoluciones de Wall Street como si allí nadie osara ya mover un dedo sin consultárselo previamente.

-Mira, Gervasio -le explico-: he paseado por Yakarta y alguna que otra ciudad, he departido con varios políticos de alto copete, he visto calles, campos, carreteras, monumentos... y he sufrido, eso sí, todo el calor del mundo. Pero sería un perfecto iluso si creyera que los fragmentos de realidad que he contemplado son representativos. Ni siquiera tengo la certeza de haber acertado a interpretar bien lo que he visto. Cabe incluso que sepa más de Indonesia por lo que he leído en Madrid que por lo que he vivido allí.

Siempre me ha sorprendido la soltura con la que algunos emiten dictámenes. Aquí y fuera de aquí. Sobre cualquier cosa. Hay gente tan hábil a la hora de hacerse una composición de lugar que no sólo es capaz de conocer la realidad de un país en cuanto pisa su suelo, sino que ya incluso desde el avión puede escribir las crónicas más aceradas y coloristas sobre lo que todavía no ha visto.

Eso se llama premonición. Es un don del cielo del que carezco.

-¿Y no vas a contarnos cómo está Indonesia? -insiste el buen Gervasio-. ¡Pues vaya periodista estás hecho tú!

Fe es creer lo que no vimos. Para Gervasio, periodismo es levantar acta de lo que no sabemos.

- Probablemente escribiré de lo que he visto, sí. Y también de lo que he oído, si es que le interesa a alguien -le respondo-. Pero con todas las salvedades. Dejando claro que vaya usted a saber.

-¿Pasaste por el aeropuerto de Singapur? -me pregunta otro amigo-. Qué curioso, ¿verdad? Tan enorme, tan moderno... ¡y casi desierto!

Me deja perplejo: en efecto, pasé por ese aeropuerto, pero había bastante gente. Aquello no era Calcuta, desde luego, pero tampoco Gobi.

Es muy difícil distinguir la vivencia de la experiencia. Pero todavía más difícil resulta, por lo que veo, que el personal se dé cuenta del valor que tiene que no trates de venderle tus limitadas vivencias cual experiencias de peso irrefutablemente científico.

Javier Ortiz. El Mundo. 15 de noviembre de 2000. Subido a "Desde Jamaica" el 30 de noviembre de 2012.

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2000/11/15 06:00:00 GMT+1

La ira de Don Juan

Mi entusiasmo por el teatro es uno de esos raros fenómenos humanos que permiten evocar la nada absoluta. Voy poco -lo menos posible, para ser exacto- y, cuando voy, casi siempre me duermo. No puedo evitarlo: los parlamentos ejercen sobre mí un efecto narcótico casi fulminante.

Pese a lo cual, ayer me acerqué al estreno en Madrid de la versión del Tenorio de Zorrilla que ha hecho la Compañía Nacional de Teatro Clásico. (La explicación es sencilla: una amiga mía actúa en la función).

No me dormí, lo que ya es decir bastante.

Según transcurría la obra, y a falta de mayor interés por un texto que, como casi todo vecino de cierta edad, me sé casi de carrerilla, me puse a divagar algo sobre la obra y, más en concreto, sobre Don Juan.

Lo primero que me llamó la atención es que Jaime Mayor Oreja no haya criticado la falta de oportunidad política de este reestreno. La pieza no contribuye en nada a la propaganda sobre la cadena perpetua y el cumplimiento íntegro de las condenas. Que un tipo que se pasa la vida matando acabe al final yéndose de rositas -o de doñainesitas, si se prefiere- es desalentador. (Tengo que acordarme de escribir una nota a Garzón sobre esto, a ver si hace algo. No sé: dictar orden internacional de busca y captura de Zorrilla, por ejemplo).

El otro objeto de mis divagaciones fue el propio personaje.

Es curioso que el individuo ideado por el de Valladolid haya pasado a la Historia, en las más diversas disciplinas, como arquetipo del conquistador de mujeres.

No veo mayor interés al donjuanismo de Don Juan. Su atracción compulsiva por el ligue a la carrera no pasa de ser una caricaturización de la eterna y aburrida misoginia masculina. Otro menda que liga para contarlo, sin más.

Hacen legión los tíos que ligan para contarlo. En los dos sentidos posibles del verbo, es decir: para relatárselo a los demás tíos y para llevar la cuenta.

Según Don Juan hacía ostentación sobre el escenario de sus infinitas conquistas, Charo me susurró al oído una frase para recordarme una anécdota.

Esto le sucedió a un famoso, cuya identidad no citaré, porque da lo mismo.

El hombre participaba en una charla con asistencia nutrida y, no recuerdo a cuento de qué -si es que venía a cuento- soltó en tono petulante: «Pues yo, que me he acostado con unas dos mil mujeres...». Ante lo cual, un conocido nuestro, que estaba a su lado, hizo un muy ostensible gesto de asombro. «¡Dos mil mujeres!», exclamó. «¡Pero eso es imposible! ¡No da tiempo!». Todo el mundo se quedó mirándolo. Mi conocido hizo una pausa teatral: «Espera....», dijo, y se puso a hacer como que contaba con los dedos. «¡Ah, bueno, sí! ¡Ahora lo entiendo...! ¡Ninguna ha repetido jamás!».

No pasan de ser tediosos coleccionistas. Como el que acumula miles de reposavasos de todo el planeta.

En cambio, nunca se ha profundizado, que yo sepa, en otro aspecto del personaje de Don Juan que resulta mucho más curioso desde el punto de vista psicológico: es un tipo patológicamente pendenciero. Se tira toda la obra desafiando y peleando. Con el único varón con el que no se pega es con su criado, pero sólo porque el viejo Ciutti no le entra jamás al trapo: se deja zurrar y calla.

Se ve que en tiempos de Zorrilla había hombres así: de familia linajuda y alma bandida, dispuestos a participar en todas las guerras oficiales y ávidos de sangres supletorias en sus horas libres.

«¿Y en dónde aliviarán hoy en día sus ansias las víctimas de esa terrible agresividad patológica?», me pregunté.

Tardé poco en darme respuesta: «¡En la política, claro, en la política!».

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (15 de noviembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de mayo de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/11/15 06:00:00 GMT+1
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