2001/02/09 06:00:00 GMT+1
Ya sé que está feo pavonearse, pero no puedo reprimirme: lo dije. Dije que la redada de Garzón contra el grupo Xaki, del que el instructor del Juzgado Central número 5 sostuvo pomposamente que constituía «el aparato internacional de ETA», era una patochada arbitraria carente de base jurídica. Que lo demostraba el propio auto que redactó, que incurría en tres errores de bulto: en primer lugar, ampliaba injustificada y arbitrariamente el ámbito de aplicación de la figura penal de pertenencia a banda armada; en segundo lugar, criminalizaba conductas que no son delito; en fin, imputaba delitos de manera genérica, sin individualizar su comisión. Ahora, la Sección Cuarta de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional le ha derribado el chiringuito entero. Y lo ha hecho empleando precisamente esos tres argumentos. Me alegro.
De lo que no puedo alegrarme es del tratamiento informativo que ha tenido la noticia.
Cuando Garzón realizó aquella redada, todos los periódicos, todas las radios y todas las televisiones con sede en Madrid anunciaron la nueva a bombo y platillo, en grandes titulares, dando por hecho que las acusaciones del juez, ampliamente respaldadas por el ministro del Interior, Mayor Oreja, eran pura verdad revelada. «Desmantelada la red internacional de ETA», clamaron a coro. Naturalmente, los detenidos fueron calificados de «etarras», en aplicación de esa nueva norma periodística que consiste en prescindir alegremente -por «poco beligerante», supongo- de la presunción de inocencia.
En cambio, ahora, cuando el montaje de Garzón se ha venido abajo, la noticia apenas ha merecido mención. Los boletines horarios de las radios, que en su día nos machacaron con esa historia durante dos días, se refirieron ayer a su desmentido una sola vez y de mala gana. Algunas televisiones han dado cuenta de la resolución de la Audiencia Nacional, pero de pura pasada, como un breve. Ha habido periódicos que ni siquiera han encontrado hoy un hueco en su primera página para informar del asunto; otros lo han recogido en una pequeña llamada, con evidente incomodidad.
Si en su momento no hubieran dado un respaldo tan incondicional a la actuación de Garzón, comprometiendo en ello su propia credibilidad, ahora no tendrían que desdecirse. Pero lo hicieron. Están moralmente obligados a rectificar con todas las de la ley. Y las rectificaciones deben hacerse en todo caso -lo saben de sobra- con un relieve similar al que mereció la noticia falsa.
Algo me dice que la deontología periodística no esté pasando por su mejor momento.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (9 de febrero de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/02/09 06:00:00 GMT+1
Etiquetas:
diario
2001
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
2001/02/08 06:00:00 GMT+1
Estoy terminando la lectura de un libro que acaba de aparecer en el mercado, publicado por Ediciones Foca. Se llama 23-F, el golpe que nunca existió. Es obra del coronel Amadeo Martínez Inglés.
La gente ya algo talludita recordará al personaje: en 1990, Martínez Inglés fue encarcelado durante seis meses y luego apartado del Ejército por haber defendido públicamente la profesionalización de las Fuerzas Armadas.
El libro es apasionante, al margen de las habilidades literarias del coronel, ciertamente limitadas.
Pero la literatura, en este caso, es lo de menos. Lo de más, el cúmulo de informaciones que contiene sobre el historial del golpismo militar español desde 1977 a 1983, en general, y sobre la aventura del 23-F, en particular.
Martínez Inglés disecciona los tres planes golpistas que rivalizaban entre sí en vísperas del asalto al Congreso de los Diputados por el teniente coronel Tejero. No es cosa de detallarlos. Me conformaré con decir que, en lo que se refiere al plan que poco después sería bautizado como «la solución Armada», aporta datos, fechas y detalles concretos que, de ser ciertos, demostrarían la implicación directa y personal del rey en la frustrada aventura del general Alfonso Armada Comyn.
Ante lo cual, yo me digo que, una de dos: o Martínez Inglés se ha inventado lo que cuenta, en cuyo caso la Fiscalía debería actuar rápidamente y de oficio contra él, por difamador y libelista, o las informaciones que proporciona son verdad, en cuyo caso el titular de la Corona queda en una posición altamente comprometida, de la que habría que deducir cuanto antes las debidas consecuencias. Porque, de creer los datos que aporta Martínez Inglés, el rey estuvo conspirando con el propio Armada –viejo colaborador suyo– y con el entonces capitán general de Valencia, Jaime Milans del Bosch –otro reputado monárquico–, para que el Ejército diera un «golpe de timón» en el rumbo de la política española sin contar con los medios que la Constitución prevé para tales casos: el Poder Ejecutivo, las Cortes y, en último término, las urnas. Que lo hiciera para evitar un golpe de Estado militar aún más radical del que pudiera derivarse el fin de la propia Monarquía no quitaría ni un ápice de gravedad al hecho mismo.
Ya digo, que una de dos. O Martínez Inglés miente en lo esencial, o dice la verdad. En ambos casos debe haber una reacción. Lo que no cabe es hacer como si todo eso no se hubiera contado, negro sobre blanco.
Pero algo me dice que es eso precisamente lo que se hará.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (8 de febrero de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de febrero de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/02/08 06:00:00 GMT+1
Etiquetas:
alfonso_armada
españa
diario
martínez_inglés
milans
2001
juan_carlos_i
23f
monarquía
| Permalink
| Comentarios (3)
| Referencias (0)
2001/02/07 06:00:00 GMT+1
Mucha gente muestra una curiosa propensión a servirse a modo de insulto de términos que, en principio, tienen un significado totalmente ajeno a los presuntos defectos del objeto de sus iras. «¡Ese tío es un cafre!», clama el uno. En rigor, el gentilicio «cafre» alude a los integrantes de un pueblo que habita en el sureste de África y que, por lo que tengo entendido, no es ni más ni menos cruel que cualquier otro. El DRAE dice que, en sentido figurado, «cafre» es sinónimo de «bárbaro». Bárbaro, del latín barbarus: o sea, extranjero. Otra palabra que ha degenerado, me temo que por razones de flagrante xenofobia.
Ahora la moda es tildar expeditivamente de «fascista» o de «nazi» a cuantos no respetan las libertades o los derechos de los demás. En las más diversas direcciones. Los maridos que maltratan a sus mujeres son fascistas. Milosevic es fascista. Fidel Castro es fascista. Stalin fue fascista. ETA es la quintaesencia del nazi fascismo.
No prestaría mayor atención a ese manejo multiusos del adjetivo si quienes echan mano de él aceptaran que no les mueve otro deseo que el de insultar. Pero es que los hay que pretenden que no; que ellos emplean el término con perfecta exactitud científica.
Y de eso nada.
El fascismo -incluido, a estos efectos, el nazismo- fue un movimiento político social que surgió en la Europa de los años 20/30 como reacción a los avances del comunismo. Su base social fueron las clases medias, y su fuerza de choque, el lumpemproletariado. La esencia misma del fascismo, entonces y después, ha sido siempre su carácter de respuesta autoritaria frente al peligro de revolución social. La debilidad inicial que mostraron las potencias occidentales ante el nazi fascismo, de la que tanto y tan extemporáneamente se habla ahora, encuentra su explicación histórica en la comunidad de objetivos anticomunistas que esas potencias compartían con la gentuza como Hitler, Mussolini... y Franco. Les dieron cuerda mientras pensaron que les estaban haciendo el trabajo sucio. (En el caso de Franco, dicho sea de paso, hasta su muerte).
Un par de precisiones necesarias. Primera: que alguien o algo no pueda ser considerado fascista no le quita ni le pone un dedo de bondad. La gama de posibilidades de la injusticia, la cueldad y el despotismo humanos fue amplísima ya antes de la aparición del fascismo. Y lo ha seguido siendo después. Ni la Inquisición ni la bomba de Hiroshima fueron fascistas, pero no veas qué asco.
Otrosí: resulta curioso ver con qué liberalidad apela ahora al antifascismo alguna gente que cuando tuvo el genuino fascismo delante de las narices no movió ni un puñetero dedo.
En contra, quiero decir.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social y El Mundo (7 de febrero de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de febrero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/02/07 06:00:00 GMT+1
Etiquetas:
preantología
el_mundo
diario
2001
lengua
nazismo
fascismo
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
2001/02/06 06:00:00 GMT+1
Publicó ayer Interviu un reportaje sobre los negocios del ministro de Agricultura, Arias Cañete. Se cuenta en él que el ministro forma parte de diversas sociedades con intereses agrícolas y ganaderos, estos últimos vinculados a la actividad profesional-familiar de su esposa, ella nacida Domeq, como el toro de las carreteras. También parece que tiene algo que ver con un bingo de Ceuta y con una empresa de compra-venta de automóviles, dos ramos empresariales que gozan, a decir verdad, de un limitado prestigio ético.
Las radios se lanzan sobre él desde primeras horas de la mañana. En la Cope, el ministro dice que acaba de enterarse de la existencia de ese reportaje. «He puesto inmediatamente el asunto en manos de mis abogados», dice. (¿Se han fijado ustedes en que la gente importante nunca tiene un solo abogado? Los contratan por puñados, por lo visto).
Bueno, pues ya sabemos algo: el ministro miente.
Media profesión periodística sabe que Arias Cañete se pasó el fin de semana, enterito, tratando de evitar la publicación del reportaje de Interviu. No se separó del teléfono.Trató de convencer a la empresa editora, presionó, desmintió, admitió parcialmente, volvió a la carga, movilizó al ministro portavoz... Hizo de todo. Sin éxito, porque, si bien algunos directivos de Zeta se mostraron sensibles a sus inquietudes, la gente de Interviu tenía muy clara la cosa y se mantuvo en sus trece.
El ministro dice que ha pedido que se investiguen esas participaciones empresariales suyas. Un poco tarde. Tenía que haberlo hecho antes de aceptar la cartera ministerial. O incluso aún antes, cuando entró a formar parte del tinglado agrícola de la Unión Europea.
Sostiene que es posible que lo hayan incluido en algunos Consejos de Administración sin pedirle permiso. Si sabía que estaba metido en actividades empresariales en las que caben prácticas tan insólitas como ésa, no se entiende que se desentendiera alegremente de ello.
Así que ya sabemos otra cosa más de él: no sólo es un mentiroso, sino también un frívolo y un irresponsable.
Seguro que en los próximos días descubrimos más aspectos sorprendentes de su personalidad.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (6 de febrero de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/02/06 06:00:00 GMT+1
Etiquetas:
diario
2001
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
2001/02/05 20:00:00 GMT+1
El lunes 5 de febrero de 2001 se celebró en el Ateneo de Madrid un acto público cuyo principal objetivo era presentar en la capital de España la Declaración de Principios del Fórum Cívic pel Diàleg, la Pau i la Llibertat, plataforma ciudadana que se ha formado recientemente en Cataluña y en la que participan numerosos intelectuales, escritores, catedráticos, profesores y profesionales de otras ramas. Acudieron de Barcelona a estos efectos Félix Martí, director del Centro UNESCO de Catalunya, y Muriel Casals, profesora de Economía de la Universitat Autònoma de Barcelona. El Foro de Madrid me pidió que les acompañara en el estrado e hiciera una intervención expresando mi opinión sobre las perspectivas de una salida dialogada del conflicto vasco. Lo que sigue es el texto de mi intervención.
Suele decirse que acertar a precisar en qué términos se plantea un problema es ya, en buena medida, ponerse en la vía de su solución. No estoy muy seguro de que siempre sea así. Hay problemas que no tienen solución -por lo menos en un determinado momento- o cuya solución requiere de condiciones que no dependen exclusivamente del mayor o menor acierto con que los planteemos.
Pero clarificar siempre ayuda, qué duda cabe. De modo que voy a tratar de contribuir a clarificar al menos un punto de los muchos que suscitan frecuentes interrogantes en relación con el conflicto vasco: qué sentido tiene reclamar para él, en las actuales circunstancias, una solución dialogada.
Quienes nos sentamos hoy aquí en esta mesa somos partidarios de eso que se ha dado en llamar la solución dialogada del conflicto. Pero un pronunciamiento genérico a favor del diálogo no pasa de ser una proclama de buenas intenciones. Y de buenas intenciones -ya se sabe- está empedrado el camino del infierno. Para que una propuesta de ese género cobre visos de alternativa concreta es preciso demostrar que se atiene a los datos de la realidad. Y que tiene viabilidad, por lo menos en el plano de la teoría. Y qué es conveniente. En suma, hay que perfilarla: aclarar a qué diálogo se refiere, entre quiénes, para abordar qué temario, en qué condiciones, etcétera.
Es lo que me propongo hacer a continuación con la brevedad que reclama un acto como éste.
Pero, antes de entrar en ello, creo imperioso despejar un obstáculo: el que ponen aquellos que alegan razones «de principio» para rechazar la idea misma de que se establezca un diálogo entre quienes sustentan posiciones opuestas y defienden soluciones distintas en relación al conflicto vasco.
Me parece necesario afrontar esa objeción no tanto porque resulte de una particular complejidad teórica, sino porque quienes la esgrimen tienen en sus manos en este momento el Gobierno del Estado y cuentan con una formidable maquinaria de propaganda para insistir en ella.
Cuando los representantes del Gobierno del PP afirman que ningún demócrata puede aceptar un diálogo de esa naturaleza, hay que responderles que no sólo no tienen razón, sino que además carecen de legitimidad histórica para defender un criterio como ése.
El PP es heredero directo de Alianza Popular, partido que fundaron algunos de los principales albaceas testamentarios del franquismo. Si, tal como sus dirigentes afirman ahora, fuera totalmente inaceptable en todo momento y circunstancia entablar una negociación política con quienes han lesionado las libertades y los derechos democráticos, ellos no hubieran pasado de ningún modo la prueba de la transición del franquismo al régimen parlamentario. Su propio presidente honorario, Manuel Fraga, habría tenido que olvidarse de ocupar un escaño parlamentario, por no hablar de una Presidencia autonómica: en donde tendría que haberse sentado es en un banquillo judicial, por los desmanes que cometió como ministro franquista de la Gobernación. Aquella transición que tanto ensalzan ahora se basó precisamente en la aceptación de un acuerdo entre los que aparecían como abanderados de las libertades democráticas y aquellos que habían estado machacando hasta entonces esas mismas libertades con inaudita saña.
El recuerdo de la transición es doblemente pertinente en este caso, puesto que hablamos del conflicto vasco, cuyo enquistamiento sólo puede explicarse si se tiene en cuenta la singularidad de aquel apaño de circunstancias, que llevó, entre otras cosas, a que los principales partidos de la oposición democrática española renunciaran a promover el derecho de autodeterminación, que hasta entonces habían defendido sin reserva alguna. Aquel pacto provocó un hondo sentimiento de frustración en una parte importante de la población vasca, frustración que ha sido el caldo de cultivo de las tensiones -y de los horrores- que desde entonces hemos venido sufriendo.
De todos modos, no nos engañemos: el furor intransigente que exhibe en estos momentos la dirección del PP no es fruto de ningún insólito atracón de principios (los principios siguen sin ser su fuerte, ténganlo ustedes por seguro). Es resultado de dos factores tan concretos como tal vez coyunturales: de un lado, el panorama poco prometedor que ofrecen las diversas hipótesis del diálogo; del otro, la vecindad de las urnas vascas. Y, si bien es cierto que un riesgo que suelen presentar los mentirosos es el de acabar creyéndose sus propias mentiras, tengo para mí que, del mismo modo que el PP transitó, forzado por las circunstancias, del «Pujol, enano, habla en castellano» al uso del catalán en la intimidad, pasará del rechazo indignado del diálogo a su elogio más vehemente si los vientos cambian de rumbo.
Lo cual nos devuelve al terreno en el que me he situado al inicio: el del examen de la realidad concreta y el análisis de las posibilidades practicables de diálogo.
¿Qué diálogo? Ése es el primer equívoco que conviene deshacer. Porque hay mucha gente que, cuando oye hablar de diálogo en relación con Euskadi, da por hecho que sólo puede tratarse del diálogo entre ETA y el Gobierno.
Y no es así. Es más: tal como están las cosas, me parece poco menos que evidente que en este momento no hay nada que dialogar con ETA. Sencillamente, porque no se deja. Plantea unas exigencias que pretende mínimas pero que, en realidad, son muchísimo más que máximas.
Estos días todo el mundo bromea con la desafortunada ocurrencia de Aznar, que afirmó el sábado pasado que tiene ganas «de bajar a la tierra». «¡Admite que está en las nubes!», dicen sus críticos. Bueno, no es tan mal sitio. Como me comentó hace ya meses Xabier Arzalluz, representaría un gran avance que ETA estuviera en las nubes, porque desde las nubes por lo menos se divisa la tierra. La actual dirección de ETA navega por los espacios siderales de su subjetivismo. No se da cuenta -no quiere darse cuenta- de que su problema principal no estriba en que el Estado español le niegue lo que reclama. Que mucho peor para ella es que sea la propia población vasca la que, en su gran mayoría, no lo quiera ni en pintura.
El ministro del Interior, Mayor Oreja, está obsesionado por derrotar a ETA en el plano policial. Nada hay en la realidad que permita sostener que tal cosa sea practicable en un plazo razonable de tiempo. Pero es que, además, ésa, con ser importante, no es la cuestión esencial. Lo esencial es que ya está más que claro que ETA no puede vencer. Y no por razones militares -por otro lado obvias-, sino por la rotunda razón política a la que acabo de hacer mención: la sociedad vasca no desea su victoria. ETA no representa ni de lejos, no ya al pueblo vasco, sino ni siquiera a la comunidad nacionalista.
Para que fuera posible una negociación con ETA, ésta habría de empezar por asumir que ya, para estas alturas, a lo más que puede aspirar es a que las autoridades españolas faciliten su abandono de las armas y la discreta reintegración de sus militantes en la sociedad civil. ¿Cómo? Sinceramente, no creo que valga la pena entrar ni siquiera a considerar la materialización de esa eventualidad mientras no se cumpla la condición previa, esto es, que ETA admita que ya sólo le queda negociar su rápido abandono del escenario político.
Entonces, si hoy por hoy no hay posibilidades de diálogo con ETA, ¿qué clase de diálogo es el que defiendo?
El diálogo político. Reclamo el diálogo político -el diálogo entre los políticos, si ustedes quieren- porque me parece evidente que Euskadi alberga un problema político grave que es necesario solucionar por vías pacíficas. O, mejor dicho: que sólo puede solucionarse por vías pacíficas.
Existe en Euskadi un viejo problema político enquistado, nacido del mal encaje de una parte importante de la población vasca en la realidad del conjunto de España, y que no se resolverá hasta que esa parte de la sociedad vasca considere que ha sido debidamente tenida en cuenta. Es un problema político endémico que, con el paso de los años -y por culpa de los errores de los unos y de los otros-, se ha ido convirtiendo en un problema social, que hace cada vez más difícil la convivencia entre las dos comunidades que integran el pueblo vasco: la nacionalista y la no nacionalista.
Ése es el hecho que debemos situar en el centro de la atención, con prioridad sobre cualquier otra consideración, del género que sea, ETA incluida: la sociedad vasca se está escindiendo en dos comunidades crecientemente hostiles y eso representa una auténtica catástrofe a la que hay que poner coto urgentemente.
Para ello, lo primero que se requiere es que los propios políticos tomen conciencia de la realidad de esa catástrofe.
Es necesario movilizar a la opinión pública para que rechace las actitudes irresponsables de quienes, de un bando y de otro, actúan como si creyeran que la solución vendrá dada por el sometimiento de una de las dos comunidades a la otra. Por la victoria del españolismo o por la victoria del nacionalismo. Ninguna de las dos puede vencer. Es más: ninguna de las dos debe vencer. El porvenir de Euskadi depende de que opten por entenderse. Y de que aprendan a entenderse.
Estoy lejos de pretender que la materialización de un diálogo de ese tipo represente un objetivo fácil. Muy al contrario, soy perfectamente consciente de que la marcha hacia él está erizada de dificultades. No hablo ya del éxito del diálogo, sino simplemente de su inicio.
La primera dificultad aparece a la hora de decidir quiénes han de protagonizarlo. En mi criterio, deben hacerlo los representantes de todos los partidos que son representativos de unos u otros sectores de la sociedad vasca. De todos. Sin ninguna exclusión. Desde el PP a EH. Precisamente porque se trata de alcanzar un consenso que implique al conjunto de la sociedad vasca.
Algunos se pretenden defensores del diálogo, pero acto seguido declaran que jamás se sentarán a negociar con éste, con aquél o con el de más allá: con éste, porque nunca ha condenado la violencia de ETA, o con aquél, porque estuvo implicado en los crímenes de los GAL, o con el de más allá, porque condecora a los torturadores.
La exclusión previa es la negación del diálogo. ¡Por supuesto que cada cual siente sus propias y vivísimas repugnancias! Pero jamás ha existido un proceso de paz que no haya sentado frente a frente a quienes se odian (casi siempre, además, con muy buenos motivos).
Otra trampa sobre la que habría que saltar para iniciar el diálogo es la que ponen quienes afirman que no se puede permitir que la búsqueda de la paz sea cosa de las fuerzas políticas vascas, porque -dicen- eso entrañaría oficializar el reconocimiento del «ámbito de decisión vasco», es decir, de la soberanía vasca.
Otro error. El objetivo del diálogo es el establecimiento de unos mínimos de coexistencia pacífica para el conjunto de la ciudadanía vasca, y eso es algo que sólo pueden fijarlo los representantes de la propia ciudadanía vasca, sin injerencias de ningún tipo. El modo en que pudiera encajar en la legalidad española vigente el acuerdo de los partidos vascos, caso de que se lograra, sería, en todo caso, un problema posterior, no previo.
Otro obstáculo más: el que ponen quienes sostienen que no cabe entablar ningún proceso de negociación política mientras ETA no renuncie definitivamente a la violencia. Ése es otro error, y no menos peligroso que los anteriores, porque confunde los planos: pone como condición para el diálogo entre las fuerzas políticas una premisa que les es ajena. Es bien sabido que ETA no actúa al dictado de ninguna fuerza política. A los partidos políticos lo que cabe reclamarles es que acudan a la negociación determinados a superar las causas del enfrentamiento social entre nacionalistas y no nacionalistas y a establecer las bases de una coexistencia civil en paz. Y, si no, que no acudan. Pero nada más.
Me dirán ustedes que estoy dibujando un panorama de diálogo que se sitúa muy, pero que muy lejos de lo que hoy parece posible.
Estoy totalmente de acuerdo. Tanto más cuanto que me consta que los obstáculos que he citado ni siquiera son todos los que habría que superar. Hay bastantes más. Por poner tan sólo un ejemplo: antes de entablar un diálogo de ese género, habría que fijar también el ámbito territorial concernido por los eventuales acuerdos a los que se llegara. ¿Sólo el de la Comunidad Autónoma Vasca? ¿Y Navarra? Otro muy peliagudo asunto, vaya que sí.
Quiero decir, en suma, que nada más lejos de mi intención que dar a entender que la salida negociada al conflicto vasco sería fácil. Ni siquiera pretendo que sea practicable a corto plazo. Lo que digo es que no hay elección. Que, o se encuentra una salida negociada o no habrá salida de ningún tipo. En cuyo caso, el enfrentamiento social entre las dos comunidades en que se está escindiendo el pueblo vasco tomará carta de naturaleza. O se agudizará. Y el veneno resultante irá infectando de intolerancia y fanatismo el conjunto de España.
Lo que planteo, por decirlo aún más claramente, no es una elección entre dos posibles vías, sino entre una vía rematadamente difícil... y un abismo.
Esta mañana, tras exponer yo de modo sintético este mismo criterio en una reunión de periodistas, una compañera ha comentado en tono irónico que mi propuesta le parecía «beatífica». Y Fernando López Agudín, que es miembro del Foro de Madrid y que también estaba presente, le ha respondido lacónicamente: «Ya sólo quedan dos tipos de propuestas: las beatíficas... y las bélicas».
Ya me hago cargo que mi pintura de la realidad no resulta muy entusiasmante, pero no veo qué podríamos ganar, ni ustedes ni yo, cerrando los ojos ante la dura realidad, tal cual es.
Muchas gracias por su atención.
Javier Ortiz. (5 de febrero de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de diciembre de 2017.
© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/02/05 20:00:00 GMT+1
Etiquetas:
españolismo
otros_textos
2001
euskal_herria
navarra
euskadi
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
2001/02/05 06:00:00 GMT+1
Oí ayer en la radio -no certifico la veracidad de la información- que ninguna de las fuerzas sociales que han respaldado a los inmigrantes encerrados en iglesias de Barcelona apoyó su decisión inicial de ponerse en huelga de hambre. Según la noticia, todas las organizaciones solidarias entendieron que era una actitud «excesiva».
La noticia me trajo a la memoria algo que viví de cerca en París, allá por 1974.
Un amplio grupo de inmigrantes pakistaníes a los que la Administración francesa había negado el permiso de residencia se encerró, ya no recuerdo dónde. Los pakistaníes proclamaron que se irían suicidando uno tras otro, hasta que sus reivindicaciones fueran satisfechas.
Al principio, las autoridades de París no se tomaron en serio la amenaza.
La cosa cambió radicalmente cuando se suicidó el primero.
Hubo una reacción colectiva de horror en la opinión pública.
El debate fue intensísimo también en el movimiento de solidaridad con los encerrados, en el que yo participaba. Casi todo el mundo sostenía que el medio de lucha elegido por los pakistaníes era inaceptable y que debíamos presionarles para que lo abandonaran.
Yo defendí que tenían derecho a disponer de sus vidas a voluntad. Argumenté que, además, estábamos hablando de «la vida» como si esa palabra significara lo mismo para todo el mundo. Para nosotros, vivir era disfrutar de muchas posibilidades; para ellos, una larga cadena de padecimientos. Había que considerar igualmente las diferencias de cultura: estábamos discutiendo sobre «la vida» como si el papel que esa idea juega en el universo mental judeocristiano fuera el único posible, y no es así.
Me temo que mis razones no convencieron a casi nadie. Tanto dio, porque los argumentos de quienes no estaban de acuerdo conmigo tampoco convencieron a los pakistaníes, que continuaron suicidándose.
Así que se autoinmolaron cuatro o cinco, la presión de la opinión pública se hizo intolerable para las autoridades. Concedieron el permiso de residencia a los supervivientes y suavizaron las normas legales para la acogida de inmigrantes, en general.
Supongo que es un ejemplo extremo, pero ilustra bien un principio que es fundamental en todo proceso reivindicativo: lo primero que hace falta para que se tomen en serio lo que reclamas es que te lo tomes en serio tú mismo.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (5 de febrero de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/02/05 06:00:00 GMT+1
Etiquetas:
diario
2001
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
2001/02/04 06:00:00 GMT+1
Una de las más llamativas carencias que presenta la personalidad política de José María Aznar es su apabullante torpeza como polemista.
Era un discutidor mediocre incluso en sus tiempos de aspirante, cuando estaba cargado de razones.
Resultaba realmente sorprendente que Felipe González pudiera escáparsele una y otra vez vivo al corral en los debates electorales televisados, disponiendo como disponía el hombre de una amplísima panoplia de argumentos anonadantes que esgrimir frente al entonces presidente del Gobierno.
Los exponía de manera tan deslucida y confusa que resultaban directamente incomprensibles para la mayoría. Daba pena.
Malo incluso en el manejo de razones sólidas, no digamos nada del espectáculo que ofrece ahora, cuando le toca defender posiciones que, en muchos casos, son difícilmente sostenibles, cuando no directamente insostenibles.
Tómese a modo de ilustración práctica de lo anterior la intervención pública que tuvo ayer en Galicia en el mitin de presentación de la enésima candidatura de Manuel Fraga a presidente de la Xunta.
El propio boato del que se rodeó el acto, al que fueron convocados todos los medios de fuera de Galicia, fue un error. Hace falta ser bastante zote para, en un momento en el que el PP está urgentemente necesitado de recuperar imagen centrista, montar ese numerito con Aznar de la mano de Fraga, identificándose urbi et orbi con un personaje que encarna el lado más intolerante y carpetovetónico de la derecha española.
Pero fue todavía peor cuando habló.
Qué despliegue de incoherencia. Ni siquiera se dio cuenta de que, por muchas cámaras y micrófonos foráneos que tuviera delante, aquello era Galicia. Fue cómico: se puso a aleccionar a la audiencia sobre la Ley de Extranjería y el Plan Hidrológico Nacional, sin reparar en que Galicia apenas recibe inmigración extranjera y en que, si hay algo de lo que está sobrada, es de agua. A cambio, no dijo ni una mala palabra sobre el mal de las vacas locas, que es por allí una preocupación prioritaria. ¡Llegó a criticar al PSOE porque «le da igual incluso hablar de las vacas locas», que es lo que debería haber hecho él!
Fue muy astuto también el modo que eligió para descalificar al BNG y al PSdeG: según él, el primero es inaceptable porque ha pactado con «los amigos de Estella», y el segundo, porque «ha pactado con los que pactan con los amigos de Estella». Con gente así, por lo visto, no se puede ir ni a tomar una caña. Pasó por alto que él mismo acostumbra a pactar con CiU, que ha pactado con «los amigos de Estella» tanto como el BNG, porque también es firmante de la Declaración de Barcelona.
Eso sin contar con su ya más que irritante tendencia a reducir al absurdo todas las críticas de la oposición socialista. Las expone de tal manera que sus autores parecen no ya estar equivocados, sino ser directamente imbéciles, cuando no intrínsecamente malvados. Ayer les acusó de toda suerte de extravagancias, entre ellas... ¡estar en contra del desarrollo económico!
Pero su momento cumbre llegó cuando soltó una frase que a él le debió parecer estupenda: «Me apetece bajar a la tierra», dijo, esbozando esa mueca que él acostumbra a utilizar a modo de sonrisa.
¡«Bajar a la tierra»! No podía ponérselo más fácil a sus oponentes, el muy torpe. Creo que no queda ya ninguno que se haya privado de comentar jocosamente este singular reconocimiento de ingravidez política.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (4 de febrero de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/02/04 06:00:00 GMT+1
Etiquetas:
diario
2001
aznar
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
2001/02/03 06:00:00 GMT+1
Una de las prácticas más visiblemente inquietantes -incluso a distancia- de los estados pertenecientes al fenecido bloque soviético era el llamado «culto a la personalidad». El pelotilleo servil que caracterizaba la vida política y social de aquellos regímenes llevaba a que los más variados enclaves fueran bautizados con nombres de los altos dirigentes de turno. Ciudades, barrios, empresas, centros educativos, complejos hospitalarios... a todo se le colgaba el nombre de algún preboste.
En Occidente se hacía mofa sistemática de ello. Y es que por los pagos democráticos lo normal era ya por entonces -sabia costumbre- no elevar a los altares públicos a los dignatarios en ejercicio, a la espera de que su trayectoria vital completa demostrara si eran merecedores de reverencia colectiva o no.
Las monarquías son otra cosa. En las monarquías, como en el socialismo real, se da por hecha la bondad excelsa de los de arriba. Así lo ha hecho España, monárquica de reestreno, que se ha entregado en cuerpo y alma a la práctica permanente del culto a la personalidad.
Echen una ojeada por Internet a nuestro solar patrio: se toparán con la Familia Real hasta en la sopa.
Verán que hay una Universidad Rey Juan Carlos I, un Complejo Residencial Juan Carlos I, un Muelle Juan Carlos I, un Parque Ferial Juan Carlos I, un Premio Nacional de Investigación Juan Carlos I, un Hotel Juan Carlos I (de cinco estrellas, por supuesto), un Jardín Botánico Juan Carlos I y hasta una Base Antártica Juan Carlos I.
La Reina Sofía no le anda a la zaga: su nombre adorna un Museo Nacional, varios hospitales, un premio de rehabilitación, otro de poesía, un hotel, un complejo residencial, un aeropuerto, diversos colegios públicos e institutos, un Aula de Telecomunicaciones...
El Príncipe Felipe tampoco va mal servido: da nombre a un Palacio de Congresos, a un Museo de las Ciencias, a un Centro de Alto Rendimiento, al inevitable hotel de lujo, a los no menos inevitables colegios e institutos, a los consabidos premios e incluso -esto más original- a un barrio de Ceuta.
En fin, las infantas: trofeos hípicos y naúticos, bibliotecas, centros culturales, un concurso de piano, complejos hospitalarios... A uno de ellos debo precisamente haber reparado en esta proliferación: muy cerquita de mi casa mediterránea está el Centro de Parálisis Cerebral Infanta Elena.
Lo mismo es que yo soy muy raro, pero tanta dedicatoria regia me resulta estomagante. Este país cuenta con más que suficientes difuntos homenajeables como para verse obligado a agasajar con tamaña profusión a gente que está viva. Y que, además, vaya usted a saber en qué acaba.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social y El Mundo (3 de febrero de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de febrero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/02/03 06:00:00 GMT+1
Etiquetas:
preantología
el_mundo
felipe_vi
diario
elena_de_borbón
sofía_de_grecia
cristina_de_borbón
borbones
2001
juan_carlos_i
monarquía
españa
| Permalink
| Comentarios (1)
| Referencias (2)
2001/02/02 20:00:00 GMT+1
El colectivo «Liberación», a cuyos promotores me unen muy viejos y sólidos lazos afectivos y de actitud ante la vida, acaba de inaugurar un amplio local abierto al público, situado en pleno centro de Madrid (en el número 4 de la calle San Felipe de Neri, a dos pasos de la Plaza Mayor). El local, en el que han invertido un auténtico raudal de esfuerzos, imaginación y buen gusto, les ha quedado espléndido: cuenta con bar, salón de conferencias, salas de exposiciones y reuniones... Vale la pena conocerlo. El pasado 2 de febrero fue el acto de su apertura oficial, que se celebró con el local abarrotado de público. Los amigos y amigas de «Liberación» tuvieron la amabilidad de pedirme que fuera yo el encargado del discurso inaugural. Fue éste que sigue.
Amigas y amigos:
Yo tenía previsto hacer hoy aquí una intervención de andar por casa, puesto que en casa estamos.
Tenía previsto contaros que, cuando vi en el programa de estos fastos que mi participación en ellos se circunscribía al acto de apertura del local, me alegré mucho, porque pensé que, por fin, alguien me hacía un encargo sencillo -abrir una puerta-, pero que en seguida me desengañaron y me enteré de que, una vez más, me tocaba hablar en público, con lo poco que eso me gusta.
Tenía previsto admitir ante vosotros acto seguido que mi experiencia en materia de inauguraciones, consideradas en tanto que género literario, es directamente nula. Y hasta pensaba bromear un rato a costa de eso, pretendiendo que había pedido consejo al rey y a otros inauguradores profesionales, y cosas así.
Tenía también previsto -sigo repasando mi guión inicial- hablaros de la etimología del verbo inaugurar, y recordar que procede del latín inaugurare, que a su vez deriva del sustantivo augurium, que significa augurio, o agüero. A partir de lo cual pensaba recordar que, en la antigüedad, los actos de inauguración consistían en adivinar o predecir algo basándose en el canto, el movimiento o el vuelo de las aves. Y, tomando pie en eso, mi idea era dedicar un rato -medio en broma, medio en serio- a predecir qué puede ser de este local, basándome precisamente en el canto, el movimiento y el vuelo de las aves de mal agüero que sobrevuelan nuestros cielos, y en la necesidad que hay de locales como éste, que nos pongan a salvo de sus afiladas garras y de sus más que conocidos afanes carroñeros.
Pero, cuando llegué a ese punto, empezaron a abandonarme las ganas de bromear.
Traté de imaginar esta reunión y de pensar en quiénes estarían aquí hoy para escucharme. Y di por hecho que entre ellos -es decir, entre vosotros y vosotras- habría un buen puñado de gente de mi quinta. De gente que ha dedicado 20, 25 o 30 años de su vida, cuando no más, a darse de tortas con la realidad. Y que lo ha hecho, además, a sabiendas, por lo menos a partir de un cierto tiempo, de que jamás conseguiría triunfar, entre otras cosas porque el triunfo -el Triunfo: con mayúsculas, redondo, definitivo- no existe.
Dicen que los amantes, a medida que van haciéndose viejos el uno junto al otro, acaban pareciéndose cada vez más. Incluso físicamente. En los gestos, en el modo de hablar, en las querencias. En su modo de afrontar la vida.
Nosotros, los de mi quinta aquí presentes, somos amantes políticos que hemos ido haciéndonos viejos en compañía. Con algunos de ellos vengo caminando codo con codo casi desde la adolescencia. A otros los conocí cuando llegué a Madrid, hace ya la friolera de 25 años. Pronto cumpliremos nuestras bodas de plata. Con los primeros voy ya a por las de oro.
De lo cual deduzco que es muy posible que lo que yo siento en estos tiempos no sea muy diferente de lo que sienten ellos. Y ellas.
Imagino que no les resultarán demasiado extraños algunos de mis actuales sentimientos más hondos.
El asco, por ejemplo. O el hastío.
O el cansancio.
Mentiría si os negara que estoy cansado.
Me pregunto a veces si la vida no será un capital fijo, y si algunos no lo habremos gastado con demasiada prisa.
Todo se nos pone cuesta arriba.
También en las relaciones cotidianas con una realidad infectada de mediocridad y de uniformismo. Cuesta escuchar las noticias, cuesta leer los periódicos, cuesta soportar tanta banalidad, tanto tópico, tanta superficialidad huera, tanta nadería general. Cuesta a veces hasta salir a la calle, convivir con la mayoría, relacionarse. Las fuerzas escasean.
Por si los rincones oscuros de mi pensamiento no estuvieran habitados ya por suficientes fantasmas, en los últimos tiempos me he topado con uno nuevo: el miedo. No el miedo de siempre, viejo conocido: el miedo a la miseria, al dolor, a la muerte, al desamor... No. Hablo de un nuevo miedo, colectivo e informe. Es el miedo a los tétricos monstruos creados por el sueño de la Razón: vacas locas, uranio empobrecido, virus mutantes, cambios climáticos, desertificación, falta de ozono...
Puedo hacer un análisis frío de cada uno de esos problemas, considerado aisladamente. El conjunto de ellos, en cambio, se me vuelve Apocalipsis. Me desborda. Siento como si la obra de muchos siglos de pretendida civilización estuviera empezando a desmoronarse, atacada por decenas de extraños males invisibles, y como si la Humanidad no fuera capaz de hacer nada para evitarlo.
En esas condiciones -en todas esas condiciones-, se diría que lo más adecuado y prudente es buscarse un refugio. Esconderse, protegerse, encontrar un espacio lo más apacible y confortable que quepa para dejar que pase el tiempo a la espera del inevitable final.
Respaldándonos entre los próximos, convirtiéndonos los unos en el horizonte inmediato de los otros, el exterior se difumina y se vuelve menos hostil.
Hace algunos años, un amigo -al que algunos de vosotros conocéis bien- me propuso un plan curioso. Se trataba de reunir a un buen grupo de rojos y rojas entrados en años, comprar entre todos un amplio terreno a orillas del Mediterráneo y construir en él una urbanización de casitas separadas, pero con servicios colectivos, para pasar allí, en compañía, pero sin aglomeraciones ni agobios, el último tramo de nuestra vida. Una especie de falansterio senil del siglo XXI.
Le respondí que el proyecto no me interesaba en absoluto. Argumenté que mi carácter es decididamente poco sociable y que me espanta cualquier tipo de vida comunal.
En realidad, lo que más me horrorizaba era esa idea de decadencia en común. La posibilidad de ir viendo cómo nos vamos muriendo, uno tras otro.
Pero entendí su proyecto: era un plan para huir colectivamente de la realidad hostil, una vez demostrada nuestra incapacidad para cambiarla.
Aquí me paro. Y vuelvo atrás. Al pasado martes, 30 de marzo.
Eran las 10 y 6 minutos de la mañana. Acababa de escribir y de repasar los párrafos que acabo de leeros. Y volví a pensar en este acto, y en la gente que se daría cita hoy aquí. Pero ya no detuve mi imaginaria visión en los que sois de mi procedencia y de mi generación, sino en el resto. Y me di cuenta de que estaba hablando tan sólo del pedazo de cielo sombrío que percibía desde el fondo de mi pozo particular.
Y me rebelé en contra de mis propias reflexiones anteriores.
Me acusé de ser irreprimiblemente generacional.
Qué generación política tan narcisista, esta mía.
Apenas habíamos salido de la adolescencia y ya reclamábamos a «los viejos» que se quitaran de enmedio. Porque nosotros teníamos muy claro lo que había que hacer, y ellos eran un estorbo.
Crecimos luego, nos hicimos mayores, pero no perdimos ni el aplomo ni la suficiencia. Daba igual cuántas veces hubiéramos demostrado nuestra capacidad para equivocarnos: seguíamos actuando como si los únicos realmente capacitados para criticar a fondo nuestros errores fuéramos nosotros mismos. Nos hemos comportado como si cualquiera que viniera por detrás sólo pudiera actuar correctamente si aceptara estar bajo nuestra tutela.
La prueba de ese elitismo generacional la acabo de dar hace apenas un rato: hasta tal punto nos hemos habituado a sentirnos siempre el centro de todo que hasta encontramos un cierto regusto morboso en la idea de que nuestra propia marcha hacia el ocaso se vea acompañada por el crepúsculo de la Humanidad entera.
Buena parte de quienes hoy estáis aquí probablemente no os sentís identificados ni poco ni mucho con mis reflexiones anteriores. No porque la idea que os hacéis de la realidad sea mucho más halagüeña, sino porque vuestro espíritu está más vivo y más presto que el mío. Porque sentís que, como escribiera el gran Miquel Martí i Pol, «todo está por hacer y todo es posible».
A esa disposición del ánimo se corresponde mucho más la idea real de este espacio que hoy se inaugura. Porque no pretende ser en absoluto ese refugio protector contra el mundo hostil del que he empezado hablando, sino todo lo contrario: un lugar con la puerta abierta, para que pueda franquearla todo el que quiera.
De modo que vuelvo a rehacer mis pensamientos, y me someto a severa autocrítica.
Vamos a ver.
He dicho antes que todo está muy mal. ¿Es cierto? No; es falso. Muchísimas cosas están muy mal. La mayoría. Pero no todas.
Pongamos los pies en el suelo. Madrid es una ciudad enorme. Cientos de miles de personas están muy lejos de cualquier pensamiento realmente crítico. Pero hay varios miles que no, que se sienten a disgusto con el tipo de sociedad que padecemos y que, si no saben por qué, se hacen una idea. Y que se la podrían hacer mejor, si tuvieran la oportunidad de hablar con gente como ellos, de exponer sus inquietudes, de escuchar otros puntos de vista, de afinar el instrumental de su crítica. ¿Qué sentido puede tener refugiarse, esconderse de ellos? Ninguno.
Otra cosa que he afirmado al comienzo: he dicho que estoy cansado, que muchos estamos cansados. ¿Es verdad? Es una verdad, pero no es la verdad completa. El cansancio no es un sentimiento absoluto. Algunos estamos cansados, sí, pero también indignados, y rabiosos. Y vemos la injusticia, y somos solidarios. Y apreciamos cómo nos tratan los que mandan, y sentimos deseos de responder.
Aparte de lo cual, hay muchos otros que están menos cansados que nosotros. O que no están cansados, sencillamente. No conduce a nada recontar las carencias: hay que sumar las aportaciones. Hay que sumar las fuerzas. Que cada cual aporte las fuerzas que tenga, o las que le queden. Quizá la suma no sea insignificante del todo.
Otro apunte que he hecho al principio: he dicho que hay un aire como de apocalipsis en este mundo de hoy. Bueno, ¿y qué? ¿Nos echamos a llorar? Hay ese aire, sí, pero también hay otros.
Vivimos una situación convulsa, crítica, y nadie sabe qué saldrá de ella. Los elementos negativos, tanto en acto como en potencia, son muchos. Pero también se perciben signos de resurgimiento de las fuerzas críticas y rebeldes en muy diversos puntos del mundo. Son signos dispersos, balbucientes, pero no por ello menos claros.
Hace poco tuve ocasión de estar presente en una conversación informal de gente de alto copete. Se trataba de paladines de la globalización con un papel activo en ella, a escala española: banqueros, políticos... en fin, gente de ésa. Os juro que fue para mí toda una inyección de moral. Les oí decir que las cumbres de Seattle y Viena han sido un auténtico desastre para sus expectativas. Estaban literalmente anonadados ante la posibilidad de que la reunión que tienen prevista para mayo en Barcelona les suponga otra bofetada semejante. No les vi nada seguros de la solidez de su tinglado. Decían que sus planes necesitan imperiosamente de un clima de confianza, y que eso les está fallando. En suma: no temen ser derrotados, pero tampoco están nada seguros de tener todas las de ganar. Lo cual, tal como andan hoy las cosas, ya empieza a ser algo.
Para mí fue suficiente, desde luego, como para deducir que lo de Barcelona no hay que perdérselo de ninguna manera.
Ése es un frente abierto, pero no el único, ni mucho menos.
Antes me he referido a los males invisibles que nos azotan: que si las vacas locas, que si el uranio empobrecido, que si los cambios climáticos... Pero no somos nosotros los únicos que sentimos angustia ante ellos. Su aparición está provocando una creciente crisis de desconfianza de la ciudadanía de los países desarrollados en los teóricos responsables del Poder. El personal es crédulo, pero no rematadamente obtuso. Se da cuenta de que le han estado ocultando aspectos de la realidad que eran de primera importancia. Y ve que hoy le dicen que no hay peligro en tal cosa, pero mañana admiten que en realidad era nefasta. Poco a poco, se corroe la fe en los de arriba. Lo cual de momento no se está traduciendo en conflictos sociales de mayor importancia, pero puede ser su germen. Ya veremos qué pasa si las apacibles clases medias de la llamada sociedad del bienestar dejan de disfrutar de su reconfortante medianía y empiezan a pasarlo realmente mal.
Podría seguir enumerando factores de crisis, pero no os hace falta, porque los conocéis igual que yo: la imposibilidad en que se encuentra el Primer Mundo para frenar el imparable flujo migratorio procedente del Tercer Mundo; la fragilidad de la construcción europea, incapaz de establecer una soberanía común, sometida a las presiones soterradas de sus grandes nacionalismos de base estatal; la fuerza con que resurgen aquí y allá los nacionalismos minoritarios...
El mundo bulle de crisis latentes o en acto: crisis surgidas de los intereses contrapuestos de los poderosos; crisis de cada uno de ellos; crisis nacidas de las variadas respuestas que merecen sus desmanes; crisis terribles y extraordinariamente mortíferas que el colonialismo ha dejado como herencia...
Son realidades cambiantes y contradictorias que no encajan en los viejos esquemas de análisis forjados durante el siglo XX: ya no hay movimientos revolucionarios como los de antes; no hay grandes enfrentamientos entre bloques de países con sistemas opuestos; no hay efervescencia de movimientos de liberación nacional; no hay ni uno, ni dos, ni tres Vietnams; no hay una doctrina que unifique -o que haga como que unifica- las luchas de las gentes oprimidas en todo el mundo, ni partidos que las homologuen y representen... Pero hay crisis, vaya que sí. Hay un estado de desazón general: este mundo no se siente a gusto en su piel, y de esa ebullición atormentada puede resultar cualquier cosa, o muchas cosas a la vez, y no necesariamente todas negativas.
Hay, en todo caso, realidades nuevas que reclaman de nosotros una mirada nueva, sin prejuicios ni hipotecas.
Llego al final. Imagino que más de uno se preguntará qué clase de intervención ha sido ésta, que ha empezado en plan agorero y cenizo, y que acaba poco menos que esperanzada.
Imagino que la respuesta tampoco es tan complicada: supongo que es una intervención que refleja los pensamientos contradictorios, y también -y no sé si sobre todo- los sentimientos contradictorios, de alguien que no conserva ya demasiada fe en la posibilidad de transformar el mundo de pies a cabeza, pero que, a cambio, hace lo que puede por ser fiel a sus convicciones.
Entre ellas, la convicción de que, sea como sea, hay que seguir intentándolo.
Y de que, para ello, hacen falta lugares como éste, que ayudan a que se siga luchando y resistiendo.
Muchas gracias por vuestra atención.
Javier Ortiz. (2 de febrero de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de diciembre de 2017.
© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/02/02 20:00:00 GMT+1
Etiquetas:
otros_textos
2001
izquierda
antología
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
2001/02/02 06:00:00 GMT+1
El Vaticano ha aprobado su nueva Constitución. Y la ha aprobado de un modo que resume perfectamente su contenido: con la firma de Karol Wojtyla.
Bien es cierto que no habría sido posible someterla a referéndum, porque en el Vaticano no existe el sufragio libre.
Tampoco habría podido nadie oponerse a su aprobación, porque en el Vaticano no hay libertad de expresión.
Podría haber emanado, eso sí, de su poder legislativo. Pero, teniendo en cuenta que el poder legislativo del Estado vaticano no es más que un órgano delegado del papa, que nombra y destituye a sus integrantes cuando le place, tal trámite no habría pasado de ser una mascarada. Y una pérdida de tiempo.
La nueva Constitución del Estado vaticano tiene veinte artículos, pero pueden resumirse en uno: no existe la soberanía popular; el papa tiene todos los poderes.
El Estado vaticano es, en todo y para todo, una férrea dictadura, que niega los derechos y libertades más elementales.
Pero sus representantes se pasan el día apelando a «la dignidad de la persona humana» y tratando de dar lecciones a los demás al respecto.
«Estás juzgando al Estado vaticano sin tener en cuenta su dimensión religiosa», me objetará alguien.
Por supuesto que sí. Que yo sepa, la «dimensión religiosa» no figura en ninguno de los acuerdos internacionales que regulan las relaciones entre los Estados.
Si el Vaticano no pretendiera ser un Estado, todo cambiaría. Pero no sólo pretende serlo, sino que lo es. Y forma parte de las Naciones Unidas.
Que conste que, de todos modos, no me indigno. El absurdo vaticano no es sino uno de los muchos, de los infinitos absurdos y disparates que conforman eso que solemos llamar «el orden natural de las cosas».
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (2 de febrero de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/02/02 06:00:00 GMT+1
Etiquetas:
diario
2001
| Permalink
| Comentarios (0)
| Referencias (0)
Siguientes entradas
Entradas anteriores