2001/05/26 06:00:00 GMT+2
En mi comentario de ayer incluí un par de frases -véanse las siete últimas líneas del comentario infra- que no gustaron a algunos de los habituales lectores de esta página. No me interpretaron bien, porque yo no me había expresado con la necesaria precisión.
Pero eso es ahora lo de menos. Lo de más es que casi todas las personas que se tomaron la molestia de escribirme al respecto, a la hora de manifestarme su desacuerdo, me concedían el beneficio de la duda, considerando la posibilidad de que se tratara de un mero malentendido. Que es lo que era.
Hay quien lee -o escucha- tratando de hacerse cargo de lo que el otro quiere decir. Y hay quien lo hace con la esperanza de coger al otro en falta.
Es cuestión de prejuicios. De prejuicios en el sentido más literal de la palabra, es decir, de juicios previos. Favorables o desfavorables.
Imagino que todos los tenemos. De los dos tipos. Según con quien. Nos extrañamos si alguien que nos merece confianza dice o escribe algo que suena a barbaridad, e intentamos averiguar si lo que en realidad pretendía expresar no es lo que nos había parecido a primera vista. A cambio, cuando pensamos que quien habla o escribe es un desastre, no le damos más vueltas: tomamos la aparente barbaridad como otra manifestación más de su modo natural de ser. Como otra más de sus muchas barbaridades.
De esto último Xabier Arzalluz sabe probablemente más que nadie. Cada vez que abre la boca, cientos de periodistas de toda España están con las uñas más afiladas que los lápices, esperando cogerlo en falta. Y si lo que dice da pie a diversas interpretaciones, dese por hecho que la elegida será la peor de todas.
Ayer, el dirigente del PNV criticó duramente el asesinato del director financiero de El Diario Vasco, Santiago Oleaga. Hoy, casi todos los periódicos le atribuyen haber dicho que ese asesinato es una muestra de la «degeneración absoluta» de ETA, porque Oleaga era un mero empleado, que no tenía «ni arte ni parte en la prensa tendenciosa».
Comentarios en tropel: «¡Ya está otra vez el tipo éste con lo de la prensa tendenciosa!». «¡Y qué, si hubiera sido de los que escriben!».
Pero, cualquiera que se tome el trabajo de escuchar la grabación de las palabras de Arzalluz, verá que la expresión «prensa tendenciosa» no la asumía como propia, sino que la ponía en boca de ETA, como la excusa que «suelen alegar» los terroristas. Arzalluz constataba que, antes, ETA pretendía que seleccionaba sus víctimas con algún criterio restrictivo, pero que ahora ya, ni eso. Lo cual no quiere decir para nada que el presidente del PNV considere que lo de antes era mejor, o menos condenable, o que hay gente cuyo asesinato tiene más justificación, o entra más en el terreno de lo entendible: se limita a subrayar que ETA ha descendido otro peldaño más en el abismo de su degeneración. Porque, como decía Machado, no hay nada que sea absolutamente inimpeorable.
También el horror admite grados. Depende del género de análisis que se emprenda. Desde el punto de vista ético, tanto da un atentado como otro. Tanto da que las víctimas sean más o sean menos. Que lleven uniforme o no lo lleven. Con galones o sin ellos. Seleccionadas o pilladas al azar.
Desde el punto de vista político, en cambio, no cabe hacer el mismo análisis del asesinato de un narcotraficante que del atentado de Hipercor, por poner dos extremos.
Ya sé -ya sé- que se trata de asuntos que resulta obligado abordar con pinzas, extremando los matices. Y sé también que Arzalluz no se distingue por su afición a los matices. Pero también sé que no es lo mismo entrar en esas materias cuando quien te lee o escucha está dispuesto a hacer lo posible por entenderte que cuando está decididamente predispuesto a malinterpretarte en cuanto te descuides.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (26 de mayo de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de mayo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/05/26 06:00:00 GMT+2
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2001/05/25 07:00:00 GMT+2
¿Qué sentido tiene la sangrienta ofensiva que ETA ha emprendido contra profesionales de la comunicación desde el fin de la tregua?
Desde criterios de racionalidad y de respeto a la libertad, desde luego que ninguno. Desde su concepción de la realidad, bastante.
Responde a su particularísima idea de la lucha por la liberación nacional.
Trataré de explicar en qué sentido lo digo.
Por anonadantemente concretas que sean las acciones de ETA, su concepción de la realidad es pasmosamente abstracta.
ETA considera que su enemigo es el Estado español (y, teóricamente, también el francés, aunque esto último procure no demostrarlo gran cosa).
Pero, a diferencia de los postulados clásicos de la izquierda sobre el Estado -que ETA asumió durante decenios-, los que actualmente hace suyos no centran su punto de mira en los aparatos coercitivos dedicados de modo profesional al mantenimiento del orden constituido -en lo fundamental: el ejército, la policía y sus mandos políticos-, sino que abarca por igual, sin matiz ni distinción alguna, a todo aquel que, a su juicio, contribuya al mantenimiento de ese orden.
A partir de lo cual, la práctica totalidad de la población española -incluida la gran mayoría de la vasca- puede ser tranquilamente considerada como parte del entramado del Estado o, al menos, de su entorno: quien defiende la continuidad del Estado español trabaja objetivamente para él, y quien trabaja para él, es parte de él. Lo que lo convierte automáticamente en enemigo. Y ya se sabe lo que ocurre con el enemigo en las guerras.
Es todo delirante. Desde el principio, porque aquí no hay ninguna guerra, hecho que convierte en ociosa incluso la exigencia de que se respete a la población civil (un error en el que incurren inconscientemente quienes se empeñan en hablar de las «víctimas inocentes» de ETA, como si las hubiera culpables).
Pero es así como lo ve la organización terrorista y como trata de justificarlo.
Definir un enemigo tan amplio le facilita enormemente la elección de objetivos. Puede serlo cualquiera: desde el cartero que sirve al opresor llevándole paquetes -si le estalla la carta bomba, la culpa es suya: que se hubiera dedicado a otra cosa- hasta el que cocina para los ocupantes.
Pero, como la mies es mucha y los obreros son pocos, ETA selecciona sus objetivos, tratando de lograr la mayor eficacia con el menor coste posible para ella misma. Esa es la razón por la que empezó a cebarse en los concejales del PP y el PSOE, y por la que ahora la ha emprendido contra los profesionales de los medios informativos que le molestan más (que son casi todos).
La elección como víctimas a los concejales del PP y del PSOE responde a esos criterios. Responde por el lado de la sencillez: es imposible que todos estén protegidos. Y responde también por el lado de la eficacia. Eficacia que ETA considera doble: porque, asesinando concejal tras concejal, espera amedrentar al conjunto del estamento político, y porque logra una elevada repercusión pública, lo cual confía en que empuje a la ciudadanía española al hartazgo. (No se olvide que ETA cifra sus esperanzas en que, al final, la opinión pública española acabe por tirar la toalla y exclame: «¡Pues que se hagan independientes y nos dejen en paz!» ).
Los profesionales de los medios informativos «del enemigo» ofrecemos un blanco y unas posibilidades semejantes. Probablemente no sea demasiado fácil para ETA, ya para estas alturas, atentar contra los más caracterizados, pero también la Prensa tiene sus equivalentes a los concejales de Durango y de Hernani. José Luis López de Lacalle era uno. Santiago Oleaga ha sido otro. ¡Hay tantos más!
Hasta cierto punto, lo extraño es lo que ha tardado en poner en práctica lo que estaba implícito ya desde 1991, cuando acuñó la expresión «alto mando periodístico-policial para Euskadi».
Es evidente que también en el caso de la Prensa, como en el de los concejales, confían en provocar una reacción de miedo en el conjunto del estamento afectado. El eco mediático va de suyo. Lo mismo que la ira hastiada de la opinión pública.
Hay quien cree ver en los tres últimos atentados de ETA -el que mutiló salvajemente a Gorka Landaburu, el fallido del miércoles contra un guardia jurado de Leioa y el fatídico de ayer contra Santiago Oleaga- una respuesta histérica de la organización terrorista al revés electoral que EH sufrió hace doce días.
No comparto esa opinión. Para empezar, ETA no demostró tener ningún interés en ayudar al éxito electoral de EH. El atentado de Zaragoza lo confirmó elocuentemente.
De hecho, fuimos varios los que señalamos la posibilidad de que tras el 13-M se produjera una oleada de atentados terroristas. Por pura lógica. Sabíamos que, tras las elecciones, el PNV iba a abrir la mano al llamado «frente constitucionalista». Y que era probable que ese gesto encontrara cierta respuesta positiva, inicialmente en el PSOE, después tal vez en el propio PP, y que empezara a tenderse un puente sobre el abismo anterior.
A partir de lo cual, sólo faltaba sumar dos y dos para llegar a la conclusión de que ETA querría dinamitar ese puente, tan desfavorable a los intereses del soberanismo excluyente. ¿Y qué mejor modo de dinamitarlo que crear las condiciones para que el «frente constitucionalista» vuelva a enfrentarse con el PNV, acusándolo de tibieza, si es que no, directamente, de complicidad con el terrorismo?
Concluyo mi razonamiento: la respuesta más eficaz a los atentados de ETA pasa por no caer en su trampa y reforzar los pilares de ese puente. Porque la paz habrá de pasar por él.
Javier Ortiz. El Mundo (25 de mayo de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de mayo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/05/25 07:00:00 GMT+2
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2001/05/25 06:00:00 GMT+2
No creo que haya habido ni un solo movimiento subversivo de la era contemporánea -qué digo subversivo: incluso meramente disidente- que no haya alimentado una viva animadversión contra la Prensa, como estamento. Me viene a la memoria una canción escrita y difundida clandestinamente tras la derrota de La Comuna de París: «Los periodistas policías / mercaderes de calumnias / han extendido sobre nuestro osario / sus mares de ignominia...».
El grueso de la Prensa da siempre la cara por el Poder: lo ensalza, lo justifica y vitupera a sus enemigos. Hablo del Poder; no de los gobiernos que circunstancialmente lo encabezan. Del Poder: de las relaciones económicas imperantes y del orden social establecido. Los diferentes medios de comunicación pueden -y suelen- enzarzarse en animadas disputas sobre qué partido es el más apto para llevar las riendas del Poder. Pero, cuando lo que está en cuestión es el Poder mismo, cierran filas sin fisura alguna. Recuérdese qué actitud tomó el muy objetivo, muy progresista y muy ponderado Le Monde durante los acontecimientos de Mayo del 68: defendió al Estado como el que más.
Si el MLNV se limitara a poner de vuelta y media a la Prensa española, no haría más que continuar la tradición. Y responder a la Prensa española, que pone de vuelta y media al MLNV.
Pero no se queda en ese terreno, estrictamente político, sino que mata. Y mata, además, a alguien cuya función dentro del periódico para el que trabajaba era meramente técnica: ni escribía, ni mandaba escribir, ni marcaba la línea. Era un directivo del equipo empresarial. «La próxima vez asesinan al jefe de máquinas», dijo ayer un desalentado Arzalluz. Ésa es la cuestión. No han matado a Santiago Oleaga porque fuera Santiago Oleaga, sino porque era alguien que tenía un puesto en un periódico, sin más.
Lo cual es más que inaceptable: es aberrante.
No es que ETA no pueda vencer, como dicen los de la corriente Aralar de EH. Es que, a la vista de los fundamentos con los que se decide a matar, más nos vale que no gane.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (25 de mayo de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de mayo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/05/25 06:00:00 GMT+2
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2001/05/24 06:00:00 GMT+2
Aznar dijo que «la sociedad vasca no está madura para el cambio» -ahora Moncloa afirma que no se equivocó: que el presidente lo dijo a propósito- y se ha armado una escandalera.
Algunos, aficionados al «pues mira que tú», han respondido recordando que ya hubo unas elecciones tras las que Alfonso Guerra sentenció: «El pueblo español se ha equivocado». Lo cual, al parecer, es todavía más aberrante.
Mucho me temo que aquí se esté confundiendo el respeto con la aquiescencia, si es que no con la pleitesía.
La democracia consiste en que las decisiones se toman en función del voto de la mayoría. Eso obliga a la minoría a chincharse, a respetar la decisión y a amoldarse a ella; no, en absoluto, a decir que qué bien, y menos todavía a aplaudir.
El pueblo español lleva 25 años vota que te vota, y todavía estoy a la espera de que la mayoría vote de una puñetera vez algo que me parezca digno de aplauso. Empezando por la Constitución: yo hubiera preferido que se hubiera producido una abstención masiva que hubiera obligado a las Cortes a elaborar un texto más avanzado, que dejara de lado la Monarquía y no autorizara a las Fuerzas Armadas a intervenir en cuestiones intestinas, dicho sea en el más amplio sentido de la expresión.
La gente ha votado una y otra vez sin hacerme caso, y yo he tenido que aguantarme. Pero jamás me he sentido obligado a decir que las decisiones apoyadas por el electorado fueran muy sabias. Habría sido un hipócrita.
No es ya sólo cuestión de elecciones. Podría ampliar el razonamiento al conjunto de la realidad social de España. ¿Cómo diablos podría considerar que da prueba de madurez -desde mis criterios, se entiende: ¿desde qué otros podría hablar yo?- una sociedad que se encandila mayoritariamente con programas de televisión que son pura bazofia, que vive partidos de fútbol como si le fuera la vida en ello, que se pasa media vida hablando de las idas y venidas de los personajillos más hueros y que reconoce impúdicamente, en cuanto le dan ocasión, que la cultura se la trae al pairo?
Hace unos meses leí una encuesta del CIS que revelaba que a la abrumadora mayoría de la población española la política apenas le interesa y que sus conocimientos al respecto son pocos y superficiales. ¿Cómo no concluir que así vota luego lo que vota? Es como si me piden a mí que decida quién es el mejor homeópata de Extremadura. Lo mismo respondo que Rodríguez Ibarra, que es el apellido extremeño que más me suena.
Otra cosa es que Aznar sea la persona más adecuada para quejarse de la madurez de este o aquel pueblo. Porque su elección como presidente por mayoría absoluta también se las trajo.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (24 de mayo de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de mayo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/05/24 06:00:00 GMT+2
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2001/05/23 07:00:00 GMT+2
Sostienen que se le escapó: él tenía previsto afirmar que «la situación vasca» no está madura, pero dijo «la sociedad vasca». Hay quien cree saber que se dio cuenta de su error sobre la marcha, y que ésa es la razón del balbuceo en el que incurrió acto seguido.
Y, si se dio cuenta del error, ¿por qué no se enmendó?
No faltará quien responda: porque hace tiempo que ha olvidado qué significa enmendarse.
No fue ese, de todos modos, el punto que resultó más inquietante del discurso de José María Aznar en Zaragoza. Mucho peor -por más trascendente- me parece el paralelismo que trazó entre la situación que afrontó el PP cuando perdió las elecciones generales de 1993 y la que encara en estos momentos, después de haber perdido en las vascas.
La comparación es preocupante no sólo por lo que encierra de política y éticamente abusiva -¿será necesario explicar al presidente del Gobierno las diferencias que hay entre el Felipe González de entonces y el Juan José Ibarretxe de ahora?-, sino incluso, y sobre todo, por lo que puede tener de augurio de la táctica política que se dispone a aplicar. Lo que hizo el PP hace ocho años tras su derrota electoral fue redoblar el ataque, acentuar su agresividad, no pasar ni una a su oponente, hostigarlo de continuo. ¿Es eso lo que se prepara a hacer ahora con el Gobierno de Ibarretxe?
Si lo hace, se equivocará de medio a medio. Porque la realidad del felipismo de 1994 no sólo permitía, sino que incluso exigía una política de oposición pura y dura: afloraban los crímenes de los GAL, se desataban uno tras otro los escándalos de corrupción, trascendía la utilización de los medios materiales y humanos del Estado para actividades de dudosa moralidad, cuando no abiertamente delictivas... Esa evidencia explica que la oposición pudiera ser igual de tajante desde perspectivas tan distintas, e incluso divergentes, como las asumidas por el PP y por IU.
¿Con qué mimbres tejería el PP una política de acoso permanente al Gobierno de Ibarretxe? No, desde luego, con mimbres parlamentarios: está claro que los socialistas no tienen la menor intención de oficiar de acólitos en semejante ceremonia.
Sólo se me ocurre una posibilidad: que ETA lance una nueva ofensiva de sangre y muerte -una hipótesis nada descartable, por desgracia- y que ese escenario permita al PP volver a presentar día sí día también al nacionalismo vasco y al terrorismo como unidos por una inextricable relación de causa y efecto.
Quizá piensen que de ese modo el pueblo vasco -perdón: la situación vasca- irá madurando.
Javier Ortiz. El Mundo (23 de mayo de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de mayo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/05/23 07:00:00 GMT+2
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2001/05/23 06:00:00 GMT+2
Me parece que fueron De Miguel y Gutiérrez quienes, en un libro dedicado a Felipe González, contaron una anécdota sucedida durante un viaje que realizó a Moscú el entonces presidente del Gobierno.
Como es lógico, las autoridades rusas asignaron al mandatario español un intérprete, para que lo siguiera en su periplo, le tradujera lo que decían las autoridades rusas e hiciera el ejercicio inverso con sus palabras. Naturalmente, la persona escogida conocía muy bien la lengua castellana. No obstante, transcurrido el primer día del viaje oficial, el intérprete presentó su dimisión. Alegó que no tenía ningún problema para traducir al castellano lo que decían los dirigentes rusos, pero que se consideraba totalmente incapaz de traducir al ruso buena parte de lo que decía González, sencillamente porque no entendía qué sentido tenían sus palabras.
Pusieron en su lugar a otro traductor no menos experto, pero el resultado fue el mismo: lo intentó, fracasó y renunció, igual que el anterior.
Felipe González pasaba, y sigue pasando, por ser un orador brillante. Pero, si uno se toma el trabajo de leer sus intervenciones públicas, descubre de inmediato que desgrana sin parar frases que carecen de la más mínima lógica. Unas veces falla la lógica gramatical (la frase carece de verbo, el sujeto no concuerda con el verbo, etcétera). Otras, lo que hace agua es la lógica mental: saca conclusiones de premisas que no tienen nada que ver (sus famosos «por consiguiente») o da tan por supuesto que quien le escucha está tan al tanto de sus segundas intenciones que, como éste las desconozca -en el supuesto de que existan y no sean una mera argucia- se hunde en un océano de perplejidades. Ése fue el drama de los traductores rusos.
Me he acordado de aquella anécdota escuchando por la radio una de las intervenciones de Aznar en su actual viaje a Moscú, traducida sobre la marcha al ruso.
Con Aznar hubiera podido servir cualquier estudiante ruso de segundo de castellano.
«España es amiga de Rusia. Rusia es amiga de España». My taylor is rich.
«España espera desarrollar al máximo sus relaciones económicas con Rusia». J'ai trouvée la plume de ma tante.
«Las relaciones entre nuestros dos países pasan por un excelente momento». M'en vaig cap al poble.
Frases de una perfecta simplicidad -no faltará quien prefiera decir simplismo- que malamente podrían haber complicado la vida a ningún traductor.
Con González los intérpretes se desesperaban. Con Aznar supongo que se habrán aburrido.
No es mal retrato de ambos.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (23 de mayo de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de mayo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/05/23 06:00:00 GMT+2
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2001/05/22 06:00:00 GMT+2
Arzalluz dice que si patatín y que si patatán. Felipe González afirma que si esto y que si lo otro. Rajoy responde que el uno es un tal y el otro un cual. Y con eso ya tenemos cubierta la sección de política nacional de los medios informativos.
Porque en el mundo de la economía, hay gente que dice cosas, pero muchas otras cosas suceden: suben los precios de los carburantes, se dispara el IPC, se congelan los salarios, las eléctricas reclaman subidas tarifarias para que no haya cortes de suministro eléctrico durante el verano (?)... Y en el mundo del deporte, tres cuartos de lo mismo: hablan, sí, pero aparte de eso meten goles, encestan, obtienen marcas, ganan -o pierden- copas... Y tres cuartos de lo mismo en eso que los periodistas llamamos «Sociedad»: se accidentan helicópteros, se caen los obreros de los andamios -o los tiran, según se mire la cosa-, hay inundaciones...
En la práctica totalidad de los campos en que la Prensa divide la realidad, hay declaraciones, pero también hay hechos.
En el terreno de la actualidad política, a juzgar por el contenido de los medios de comunicación, no. Sólo hay palabras.
Basta con mirar los titulares. Apenas hay alguno que no incluya verbos verbales: decir, sostener, afirmar, denunciar, replicar...
Políticos y medios de comunicación se potencian y jalean mutuamente: los unos no paran de hablar y, como los otros no paran de hacerse eco, el ciclo se retroalimenta. Además, como hay una relación directa entre la contundencia de lo dicho y el tamaño de los titulares -cuanto más gruesas son las palabras, más gruesa también la tipografía empleada-, las escaladas verbales se suceden la una a la otra. El que quiere estar presente en prensa, radio y televisión -y todos quieren estarlo- ya sabe lo que tiene que hacer: meterse a tope con los demás.
Entretanto ocurren cosas, claro que sí, pero apenas se ven. Están enterradas bajo montañas de palabras.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (22 de mayo de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de mayo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/05/22 06:00:00 GMT+2
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2001/05/21 06:00:00 GMT+2
Aznar dice que el pueblo vasco, como las uvas de la fábula, aún no está maduro y Rodríguez Zapatero le responde que el electorado siempre demuestra una gran madurez.
Vaya par.
Una cosa surrealista que suelen hacer los políticos españoles es atribuir al conjunto del electorado tal o cual intención, como si el electorado fuera una entidad pensante y dotada de una sola voluntad. Frases típicas: «El electorado no ha querido que haya mayoría absoluta», «El electorado nos ha conminado a que dialoguemos»... El electorado, señores míos, ni tiene voluntad ni da órdenes. Cuando no hay mayoría absoluta es, sencillamente, porque la gente que vota a unos, perfectamente dispuesta a darles la mayoría absoluta, se tropieza con que hay otras gentes que votan a otros, con idéntico afán de triunfo. El electorado, tomado en su conjunto, no obra en ninguna dirección determinada; la dirección que toma finalmente es el resultado de los empujones de los unos y de los otros.
Escuché el otro día a alguien -no recuerdo a quién- bromear sobre este tipo de generalizaciones abusivas: «Es como si el médico de una planta hospitalaria», argumentaba, «le dijera a la enfermera: "Señorita: no tengo tiempo de examinar a los enfermos uno por uno, así que deme la temperatura media del conjunto"».
La frase de Aznar («El pueblo vasco no está maduro para el cambio») sólo quiere decir una cosa, traducida a román paladino: que la mayoría de la población vasca es nacionalista. Cosa que ya habíamos comprobado todos el mismo domingo 13. Y la respuesta de Zapatero, sometida al mismo proceso de descenso a ras de suelo, debe entenderse como un mero ejercicio de resignación: «Qué quieres, hijo; a mí tampoco me ha gustado el resultado de las elecciones, pero es el que hay».
Más preocupante que esos florilegios de trivialidad es la comparación que vienen haciendo últimamente los del PP entre el resultado de las elecciones vascas y el de las generales de 1993, cuando el PP también se quedó con un palmo de narices. Porque eso significaría que confunden dos realidades que no tienen punto de comparación: por mucho que Ibarretxe les toque las narices, su gobierno no ha montado ninguna banda de asesinos y secuestradores, ni se ha repartido a manos llenas el dinero de la caja. Si pretenden tratar a Ibarretxe como a González, comprobarán que, al margen de la sabiduría del electorado, el personal, por regla general, no es tonto.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (21 de mayo de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de mayo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/05/21 06:00:00 GMT+2
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2001/05/20 06:00:00 GMT+2
Frente a la casa de Ortiz, situada en una colinita a las afueras de Aigües, en Alicante, hay un hermoso valle.
A Ortiz le gusta mucho el valle porque pone ante sus ventanas un muy amplia y bella vista. También le gusta la tranquilidad del paraje, donde el único ruido que se oye habitualmente es el trinar de los pájaros (aunque a Ortiz, en realidad, no le gusta nada que los pájaros se instalen en los árboles de su casa, y detesta francamente la tendencia de los bichos a posar sus excrementos en cualquier lado, incluyendo la tumbona de Ortiz).
Con estos antecedentes, se entenderá la extrañeza que sintió ayer Ortiz a media mañana, cuando oyó un considerable estruendo en el valle (en su valle, como dice él, con un espíritu de propiedad que, amén de no resultar nada socialista, dista de estar avalado por ningún Registro de la Propiedad).
Asomóse Ortiz a su valle prismáticos en mano y comprobó que el estruendo procedía de una fila de coches de ruidosos motores que se habían situado a medio kilómetro de su casa, en la entrada de la estrecha carretera que conduce desde Aigües a La Vila Joiosa pasando por el pantano de Amadorio. Ortiz vio que los coches iban pintados con colores muy chillones, que llevaban pegados muchos anuncios, que cada uno tenía inscrito un gran número en la puerta y que el conjunto estaba regulado por unos señores de verde con papeles en la mano. Con su conocida perspicacia, Ortiz dedujo que aquello era un rallye.
Lo cual le molestó sobremanera, porque si a Ortiz le fastidia que le importunen los pajaritos, no digamos nada de los coches que hacen mucho ruido, ruido que, además, su valle amplifica cual caja de resonancia.
Ortiz vio con disgusto que los coches iban arrancando a razón de uno por minuto, y que cuando arrancaban hacían todavía más ruido. Entró en la casa, cerró puertas y ventanas, encendió el equipo de música, insertó un cedé de Benny Bailey –poderosa trompeta jazzística– y se aisló del ruido de fuera por el singular sistema de organizar dentro un ruido mucho mayor.
Una bandada de estorninos que estaba depredando alegremente el único cerezo que le queda a Ortiz –el otro murió hace unos meses, víctima de la falta de atención de Ortiz y del exceso de atención de los estorninos– huyó despavorida.
Nuestro hombre se quedó un rato abstraído, evaluando las ventajas y desventajas del jazz como espantapájaros. Sin haber llegado a ninguna conclusión definitiva, se sentó ante el ordenador y se puso a escribir cualquier cosa de ésas que él escribe.
Al cabo de una hora cesó la música. Y, al hacerse el silencio, Ortiz comprobó que su valle había recuperado la calma. Se asomó. Ni rastro de los coches.
–¡Bien! –se dijo. Y encendió la radio.
Nuevo disgusto. Las noticias locales de Radio Alicante le trajeron la mala nueva de que la gente ésa de los coches atronadores estaba perpetrando una cosa llamada Rallye Alicante-Costa Blanca y que, aunque efectivamente había abandonado su zona para ir haciendo la puñeta por otras, tenía previsto regresar.
Ortiz se quedó pensativo. No tenía la menor intención de soportarlos de nuevo. Así que decidió bajarse a la costa. «Aperitivo con lectura de periódicos en una terraza, arrocito a banda a la orilla del mar, sobremesa con copa y puro... Vale. Y, para cuando regrese, esos locos ya habrán acabado con su historia», se dijo.
Se afeitó, se vistió, cerró cuidadosamente la casa, montó en su coche y emprendió ruta camino de Campello.
No duró mucho el descenso. Al salir de Aigües hubo de parar, a señas de un agente de la Guardia Civil.
–La carretera está cortada. Hay un rallye –dijo el de uniforme.
–¡Cómo que hay un rallye! ¡Y a mí que me cuentan! –bramó Ortiz.
Convendrá tal vez precisar que el talante y la paciencia de Ortiz, lejos de atemperarse con el paso de los años, han experimentado un notable empeoramiento, sobre todo en sus relaciones con la autoridad.
Miró al agente con gesto conminatorio.
–Mire usted: yo vivo aquí y ésta es la carretera que me lleva a la costa. No la pueden cortar. Imagínese que me ha dado un infarto y me llevan al hospital. Esto es un abuso intolerable.
El guardia civil le sonrió con simpatía:
–Es lo mismo que he dicho yo. Tiene usted toda la razón. Pero no puedo dejarle pasar.
–¿Y entonces?
–Tendrá que ir por otro lado.
Otro lado.
Ortiz hizo el cálculo. Hay otras dos posibles salidas de Aigües: una, la que conduce al pantano de Amadorio, que es por la que habían partido los coches ruidosos de las narices; la otra, la que lleva a La Vila a través de Relleu, Sella y Orcheta: un recorrido de unos 35 kilómetros por una carretera mala y llena de curvas.
De saber lo que le esperaba, Ortiz habría tomado la decisión más sensata: regresar a su casa y resignarse a sufrir pacientemente otra razzia automovilística. Pero, como no sabía lo que le esperaba, optó por dar la vuelta y enfilar la carretera de Relleu.
No bien había hecho un par de kilómetros por ella, se le vino encima el primer coche ruidoso, de vivos colores, con muchos anuncios y un número muy grande en la puerta.
Lo esquivó con no poca habilidad y mucha fortuna.
–¡¡¡Pero ¿será posible?!!! –se indignó.
Era posible.
Prosiguió su camino francamente asustado. Y con razón. En los 15 kilómetros siguientes, aparte de dejar bajo mínimos la batería del coche a base de tocar el claxon incesantemente, hubo de salirse tres veces de la carretera para eludir otros tantos choques con vehículos ruidosos, de vivos colores, etc., .etc.
Llegó a Relleu con un convencimiento: si no había sufrido ningún ataque de corazón, es que lo tiene hecho a prueba de bomba. Lo que viene a confirmar que no hay mal que por bien no venga.
Volvió a toparse con una pareja de guardias civiles. Bajó del coche indignado. Les soltó el chorreo. Curiosamente, éstos también le dieron la razón, le sonrieron, convinieron en que todo lo que estaba ocurriendo era indignante, intolerable, un abuso merecedor de las más encendidas críticas... pero que ellos no podían hacer nada.
Ortiz empezó a sospechar que era la táctica que los patrulleros de la Guardia Civil habían convenido para quitarse de encima a los protestones como él.
Cuando llegó a La Vila eran más de las 3 de la tarde. No consiguió encontrar abierto ningún puesto de venta de prensa. De todos modos, tampoco hubiera podido tomar ningún aperitivo en una terraza, porque, además de no ser ya la hora del aperitivo, había comenzado a llover. Tampoco era ya hora de encargar ningún arroz, como no quisiera merendarlo.
Así que se metió en un chamizo y pidió unos calamares fritos.
Le pusieron unos mal descongelados y poco hechos.
Pidió un café y se dispuso a esperar a que pasara el tiempo para volver a casa sin tropezarse de nuevo con el rallye.
Cuando por fin salió, alguien había aparcado el coche en segunda fila, cerrándole la salida al suyo.
Tocó el claxon durante un buen rato –ya le había cogido costumbre–, pero sin éxito. Tuvo que salir subiéndose a la acera.
El dolor humano tiene un punto de saturación.
–Son cosas que ocurren –se dijo, resignado.
Y marchó para casa.
Que no se queje demasiado: vivió para contarlo.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (20 de mayo de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de mayo de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/05/20 06:00:00 GMT+2
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2001/05/19 07:00:00 GMT+2
Aznar dice que su Gobierno y su partido «han estado, están y estarán» abiertos al diálogo institucional, pero no al diálogo «contra las instituciones».
Es una falsedad manifiesta. Durante la pasada legislatura vasca, Iturgaiz desdeñó no pocas convocatorias del lehendakari Ibarretxe. Pero es igual. Interesa más precisar que los diálogos no son obligatoriamente institucionales o antiinstitucionales. Hay otros diálogos posibles.
Uno es el diálogo con ETA, que Aznar intentó (y que Mayor Oreja boicoteó).
El problema del diálogo con ETA, en este momento, no es que pudiera resultar institucional o antiinstitucional. Es que no conduciría a nada. Las condiciones que pone la organización terrorista para el cese de su violencia son inaceptables. No ya para el Estado sino para la propia población concernida (especialmente la de Navarra y el País Vasco francés).
Mientras ETA no se avenga a tener en cuenta el ser y los deseos del pueblo vasco realmente existente, dialogar con ella, por mucho ánimo constructivo que se tenga, sería perder el tiempo. En consecuencia, y hasta que ETA descienda a tierra, hemos de prepararnos para la pervivencia del terrorismo.
Pero prepararse no es resignarse. Cabe afrontarlo. Y contrarrestarlo.
Cabe recurrir, por supuesto, a las fuerzas policiales y judiciales. Y hay que hacerlo (con más rigor jurídico y menos vedetismos, a poder ser).
Pero, en todo caso, conviene no atribuir efectos taumatúrgicos a la aplicación de la ley, por necesaria que sea.
La ley sirve para lo que sirve. El generoso uso que de ella se ha hecho en los últimos años apenas ha recortado el apoyo social con el que cuenta ETA. (Se equivocan quienes creen que EH perdió el 13-M el 50% de su base electoral. Se ha quedado sin la mitad de sus escaños, pero no de sus electores. El pasado domingo obtuvo el favor de 143.000 ciudadanos: sólo 17.000 menos que en las elecciones de 1995. Otra cosa son los 223.000 votos que logró en 1998 en las tres provincias de la comunidad vasca: entonces EH estaba en Lizarra y ETA de tregua. Eran otras circunstancias).
El modo de minar la base social de ETA pasa por privarle de argumentos.
¿Cómo? Eso es precisamente lo que debe establecerse mediante el diálogo.
Joseba Egibar ha hablado de la conveniencia de un «desarme verbal». Comprendo que cualquier expresión que aluda a las armas en relación al País Vasco, así lo haga de manera metafórica, suscita una inevitable prevención. Pero está claro lo que ha querido decir: para que pueda existir un diálogo constructivo entre el conjunto de las fuerzas políticas comprometidas con la causa de la paz, lo primero que tiene que haber es una disposición mutuamente favorable. Dar por hecha la buena fe del otro. No demonizar por principio ninguna ideología: ni el nacionalismo vasco ni el nacionalismo español. Lo cual implica renunciar a servirse del activismo armado de ETA como arma arrojadiza a la hora de las inevitables querellas políticas. Por decirlo gráficamente: dejar de pintar de una puñetera vez a Arzalluz con capucha. O a Aznar revestido de Santiago matamoros.
Establecida esa premisa -ciertamente elemental- y entablado el diálogo con ánimo constructivo, el objetivo no podría ser otro que el de reflexionar conjuntamente sobre cómo conseguir que la amplia mayoría de vascos que está disconforme en una u otra medida con el actual marco constitucional encuentre el modo de convivir leal y pacíficamente con la muy amplia minoría -igual de vasca- que se siente plenamente española y quiere seguir siéndolo.
El enunciado es fácil. Ya sé que su materialización no. Pero tengo para mí que el reconocimiento colectivo de que ese problema existe, y de que existe en esos términos -como un problema social, humano; no como un conflicto entre dogmas o presupuestos abstractos e intangibles-, sería ya un gran avance con respecto a la situación actual.
No soy yo quién para indicar a los partidos políticos a qué principios deberían atenerse a la hora de dialogar y de tratar de buscar una salida razonable al maldito embrollo vasco, pero se me ocurren algunos criterios generales que tal vez no estaría mal que tuvieran en cuenta.
Uno, en el que me parece que convendría que fueran reflexionando los dirigentes del PP, empezando por el propio Aznar, y también los del PSOE, e incluso los del PSE: sería bueno que el conjunto de la población vasca tuviera constancia concreta de que existen vías pacíficas por las cuales puede plantear -y, llegado el caso, materializar- sus aspiraciones mayoritarias. Llámenle ustedes a eso, si quieren, «ámbito vasco de decisión». Yo prefiero llamarlo democracia, sin más.
Otro, que creo que deberíamos considerar los vascos que no nos sentimos abertzales (quiero decir: tanto los que no somos nacionalistas como los que son nacionalistas españoles): la mayoría del pueblo vasco tiene derechos que merecen ser respetados. Y atendidos.
Un tercer criterio, este para uso de los partidos abertzales: deben entender que la inmensa minoría del pueblo vasco que no comulga con su ideario también tiene derechos, igualmente respetables y no menos atendibles. En consecuencia, deben renunciar a propugnar cualquier solución que maltrate o haga la vida imposible -o incluso difícil- a quienes constituyen el 40% de la población vasca.
Por lo que sé y le conozco, Juan José Ibarretxe -no hablo de todo el PNV, ni tampoco del conjunto de EA- aceptaría sin pestañear estos criterios generales. Y está dispuesto a trabajar en esa línea.
El asunto es cómo atraer a ese terreno de concordia a todos los demás, nacionalistas y no nacionalistas.
¿Será posible? Lo ignoro. A fuer de sincero, diré que lo veo más bien improbable. Pero por intentarlo no se pierde nada.
Javier Ortiz. El Mundo (19 de mayo de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de mayo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/05/19 07:00:00 GMT+2
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