2001/12/06 06:00:00 GMT+1
Dice Aznar que nunca permitirá que el Ejecutivo de Vitoria «sustituya» al de Madrid ante los organismos de la UE.
Es interesante que diga esto. Lo es, particularmente, porque el Gobierno de Ibarretxe jamás ha reclamado tal cosa. Lo que Ibarretxe ha pedido es que, cuando los asuntos que se debatan en Bruselas afecten de modo muy particular a la Comunidad Autónoma Vasca, haya una representación del Gobierno de la CAV dentro de la delegación española. De una delegación que estará presidida, en todo caso, por el ministro o el secretario de Estado correspondiente. Nada de sustituir. Acompañar.
¿Ignora Aznar que es exactamente eso lo que solicita el Gobierno de Euskadi? No; lo sabe de sobra. Pero no quiere responder a la verdadera demanda, porque está empeñado en rechazarla y sabe que no tiene argumentos para hacerlo. ¿Cómo podría convencer a nadie de que es inaceptable incluir a un representante de la Junta de Andalucía en la delegación española que acuda a discutir la política europea sobre el aceite de oliva, o a uno de Canarias en el debate comunitario sobre el plátano? Es de sentido común que los refuerzos de ese tipo no sólo no debilitarían, sino que potenciarían la solidez argumental de las posiciones defendidas por los representantes del Estado español ante los organismos comunitarios correspondientes. Tan es así que ya son varios los Estados europeos -Alemania muy particularmente, pero también Austria, y Bélgica- los que vienen haciendo sitio en sus delegaciones de Estado a representantes regionales o cantonales cuya opinión en unas u otras cuestiones resulta particularmente autorizada.
De hecho, una política como ésa sería de particular rigor en un Estado que se proclama de las autonomías. Lo lógico sería que España concibiera su representación ante la UE como una suma de voluntades e intereses.
La posición cerrada de Aznar a este respecto es el más fiel retrato de su actitud ante la realidad plurinacional de España. Le disgusta y está dispuesto a hacer lo posible para que no se traduzca en hechos.
Los sucesivos gobiernos de Felipe González se dedicaron, todos ellos, a taponar la progresión del Estado de las autonomías hacia el federalismo. Lo que Aznar pretende ahora es que la administración territorial del Estado retroceda hacia cotas más bajas de autonomía. Lo que está intentado, de hecho, es forzar un regreso hacia el más rancio centralismo.
Ni patriotismo constitucional ni gaitas: ese individuo es un nostálgico de la Una, Grande y Libre, al que apoyan entusiásticamente todos los nostálgicos de la Una, Grande y Libre que han vivido agazapados desde hace 25 años.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (6 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/06 06:00:00 GMT+1
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2001/12/05 06:00:00 GMT+1
No entiendo. ¿Por qué supone un «salto cualitativo» en la crisis de Oriente Medio que unos terroristas de Hamas maten a 26 jóvenes israelíes y, a cambio, no tiene nada de cualitativo que el Estado de Israel responda matando a muchas más personas, en absoluto relacionadas con los autores de los atentados?
¿Las vidas de los ciudadanos israelíes son cualitativamente más valiosas que las de los ciudadanos palestinos? ¿En función de qué baremo? ¿De acuerdo con qué ley, declaración o tratado internacional?
Sigo preguntando: ¿qué clase de legalidad sustenta las incursiones militares aéreas y terrestres israelíes en el territorio autónomo palestino? ¿Qué base jurídica respalda que se bombardeen las dependencias de la Autoridad Nacional Palestina con fines intimidatorios, realizadas declaradamente no porque se pretenda que Arafat tenga relación material alguna con los atentados, sino para conminarlo a actuar con más determinación en el sentido que el Gobierno hebreo desea?
Pregunto otrosí: ¿por qué se tolera que el Ejecutivo de Sharon, que cuenta con leyes que autorizan la tortura –¡que autorizan la tortura!- dicte al mundo lecciones sobre a quiénes debemos los demás considerar terroristas y a quiénes no?
Continúo: ¿por qué ningún Gobierno europeo pone objeción alguna al hecho de que George W. Bush declare que las agresiones homicidas ordenadas por el Gobierno de Tel Aviv son correctas, porque Israel «tiene derecho a defenderse»? ¿Qué clase de argumentación es ésa? ¿Tendría España derecho a bombardear el territorio francés y a destruir el helipuerto presidencial de Jacques Chirac y la sede central de la Sûreté Nationale argumentando que el comando tal o cual de ETA procedía del país vecino y que algunos de sus integrantes eran de nacionalidad francesa? ¿De cuándo a aquí los Gobiernos son penalmente responsables de los actos de sus nacionales?
Ahora ya no pregunto, sino que afirmo: mis simpatías por Arafat y su Gobierno son nulas. Sé que su Policía tiene espacio fijo en todos los informes anuales de Amnistía Internacional, y doy por hecho que con sobrados motivos. Me consta que son unos politicastros de dudosísimos principios y de fines todavía más oscuros. Pero no confundo las tribulaciones de Arafat con las desdichas del pueblo palestino. Y, sobre todo, sé que los del otro bando hace años que han pasado ya del castaño oscuro –el color de las bestias pardas– para abrazarse al negro total de las SS. Con el beneplácito y las armas de Washington. Y con la complicidad inane de la UE. Con nuestra complicidad, en suma.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social y El Mundo (5 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/05 06:00:00 GMT+1
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2001/12/04 06:00:00 GMT+1
Mesa redonda sobre la aplicación aberrante de la Ley del Menor y su tratamiento informativo. Ayer, en la Parroquia de San Carlos Borromeo, en Entrevías. La regenta el cura Enrique de Castro, viejo luchador de mil lides. Se suponía que debíamos intervenir Eduardo Haro Tecglen, José Luis Martín Prieto y yo.
Refractario a la impuntualidad, decidí acercarme con tiempo: no sabía ni dónde estaba la Parroquia ni con qué circulación me iba a topar por el camino. Finalmente, llegué con bastante antelación.
La iglesiuca, con una extraña forma de ermita campestre, estaba cerrada todavía. Un barbudo con aspecto de sin techo me gritó: «¡Ahora abren, jefe! ¡A las siete y media!».
Eché una ojeada a la fachada, llena de pintadas, presididas por un cartel de publicidad de un restaurante chino. Jamás había visto publicidad en una iglesia. Bueno, sí, en sentido amplio. Pero no como ésta.
Aproveché para pasear por el barrio.
Me vi sumergido en otro mundo. Los comercios, las conversaciones -incluso el idioma: el modo de hablarlo-, las vestimentas... Me sentí en otro país, en otro continente. La madre diciéndole a la hija embarazada, jovencísima: «¡Pues yo no conozco a nadie que se llame Melodía!». La tienda de «El Pinturas». El dependiente de comestibles, chino, con su niña sentada en el cochecito, detrás del mostrador, mirándola preocupado («¿Pol qué llola?»)...
Era un extraño. Y se daban cuenta.
Estoy acostumbrado a hablar de la pobreza; no a verla. Y está claro que la pobreza tampoco tiene costumbre de verme a mí.
Aquello fue sólo el arranque de un viaje iniciático por el Tercer Mundo del Primer Mundo, que duraría hasta las tres y media de la mañana. Porque luego vino la charla en esa iglesia que ya no es iglesia -o no lo es según los cánones tradicionales-, y mi perorata intelectual, vergonzosa, ridículamente abstracta, seguida del testimonio apasionado de un periodista de Canal Sur Radio que lleva un programa sobre presos o, mejor dicho, con presos, y un coloquio vivísimo de más de dos horas, cualquier cosa menos convencional, en el que fueron saliendo a borbotones los casos de injusticia palmaria protagonizados por funcionarios de un Estado orwelliano para los que una familia pobre es sólo un grupo de riesgo, y la cena posterior con veinte de ellos -más y más testimonios: Dios mío, qué angustia-, y también las risas, cómo no, y la sencillez, y las muestras de afecto...
Esta mañana me he levantado con la sensación de que la noche de ayer me cambió algo. Algo por dentro. O por fuera. No sé qué.
Ah, me olvidaba: Martín Prieto y Haro Teglen no se presentaron.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (4 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.
Nota de edición: Javier volvió a escribir sobre esta parroquia má adelante, en 2007: El golpe 401.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/04 06:00:00 GMT+1
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2001/12/03 06:00:00 GMT+1
Me envían el siguiente diálogo que mantuvo hace algunos días en un chat Federico Jiménez Losantos con uno de sus lectores.
«Pregunta.- ¿Ha leído el artículo de Javier Ortiz en el que, sin nombrarle, le acusa de ser un liberal fanático?
Respuesta de F.J.L.- Más vale ser un liberal fanático que un terrorista disimulado.»
La contestación tiene dos aspectos, y los dos ambivalentes.
El primero es la asunción de su fanatismo. No sólo no lo niega, sino que lo reivindica. Eso puede acabar teniendo, a la larga, efectos positivos -como tiene que haber aprendido en la COPE, la confesión del pecado es previa al acto de contricción-, pero de momento resulta preocupante: estamos ante un fanático que sabe que lo es. Que lo es a posta, vamos.
El segundo aspecto de su respuesta adolece de la misma ambigüedad. Que nos diga que, al menos de momento, va a seguir siendo un liberal fanático y proclame que no tiene intención de convertirse en un terrorista disimulado parece, de entrada, tranquilizador. Pero lo mismo hay que interpretar sus palabras en otra dirección. ¿Y si lo que quiere decirnos oblicuamente es que planea convertirse en un terrorista indisimulado? Con él, cualquiera sabe.
De todos modos, qué tío tan raro. Vaya una alternativa: o liberal fanático o terrorista disimulado. Francamente, si a mí me ofrecieran esa opción me negaría a escoger.
Con lo cual llego a un punto que me parece necesario aclarar. Porque he recibido misivas de un par de lectores que han creído entender que, cuando este señor habla de «un terrorista disimulado», se refiere a mí. ¡Qué absurdo! Se trata de una hipótesis sencillamente disparatada. Si el tal Jiménez tuviera constancia de que soy un terrorista, estoy seguro de que cumpliría con su deber ciudadano y me denunciaría en el primer Juzgado que se topara al paso. Que yo me dedicara a ejercer el terrorismo con disimulo no sólo no le dispensaría de ese deber, sino que lo haría todavía más imperioso: el disimulo es, según establece el artículo 22.2º del vigente Código Penal, una circunstancia agravante del delito.
No seamos malévolos. Bastante tiene ya el hombre con ser un fanático confeso -en general, bastante tiene ya con ser como es- para que, encima, lo acusemos de negarse a prestar auxilio a la Justicia.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (3 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/03 06:00:00 GMT+1
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2001/12/02 06:00:00 GMT+1
Quienes me conocen mejor sostienen la tesis de que me estoy volviendo cada vez más cascarrabias. No es verdad. Aunque eso me obligue a violentar mi natural tendencia a la modestia, debo dejar aquí constancia pública de que mi talante personal sigue igual de risueño, jovial, encantador y estupendo que siempre. Vaya, que soy lo que se dice un cielo.
Lo que pasa es que, con el paso del tiempo, he ido desarrollando cada vez más mi espíritu crítico. De joven, me disgustaban algunas cosas. Hace algunos años, muchas. Ahora, prácticamente todas.
No es culpa mía si la realidad resulta, tomada en su conjunto, una monumental acumulación de absurdos, desastres, estupideces y marranadas.
Hay que considerar también el hecho de que viajo mucho en coche. La conducción automovilística prolongada y solitaria proporciona condiciones muy favorables para la reflexión crítica. Preferentemente sobre algunas materias concretas. Una de ellas es la naturaleza humana (esto es, la imbecilidad humana, incluida la propia). Otra, el estado de la red viaria y su gestión.
Persona de acendrado sentido práctico y de frágil memoria, viajo llevando en el asiento de la derecha un pequeño aparato de cassette para, cuando se me viene a la cabeza una idea eventualmente explotable con fines literarios, dejar constancia de ella y recordarla a mi regreso. El nuevo Código de Circulación habla de teléfonos móviles, pero no dice nada de microcassettes, así que esta confesión no puede tomarse como autoinculpatoria.
Este último periplo mío por tierra vasca me ha resultado particularmente feraz en materia cassettística. Me he venido con el zurrón casi lleno. Iré explotándolo poco a poco.
La primera grabación contenida en mi mini-aparato dice lo siguiente (transcribo literalmente, respetando los errores gramaticales, las reiteraciones y las expresiones de dudoso gusto): «Comentario para una hipotética columna sobre autoservicios. Sobre autoservicios en general, pero muy específicamente sobre gasolineras de autoservicio.
»Vamos a ver: si se supone que me sirvo yo, se supone que usted se ahorra que haya una persona que me sirva. Y, si usted se ahorra una persona que me sirva, ¿por qué el precio de su gasolina es el mismo que el de la gasolinera en la que hay un señor que me sirve... o una señorita, o una señora? Entonces, si usted quiere pasar por algo que no sea exactamente ser un cabrón, un aprovechado de la mierda... lo menos que podría hacer es poner en la carretera un letrero que dijera "Gasolinera autoservicio". Y ponerlo con la suficiente antelación, porque puede haber gente que no se le ponga en las narices parar en esa estación de servicio porque... porque, primero, le jode quedarse con olor a gasolina en las manos... porque esos guantecitos que te ponen no dan ni para cagar...; segundo, porque le jode salir del coche con el frío del carajo que hace en estos tiempos... O sea, por muchas razones. Vale, pues que ves que pone "Gasolinera autoservicio", pues dices, "Hala, a la mierda, me voy a la siguiente". Pero es que, además, ¡joder!, lo menos que podrían hacer es decirte: "Gracias a que esta gasolinera es autoservicio, usted se ahorra 50 céntimos o una pela por litro"... Y entonces tú dices: "Vale, pues yo me convierto provisionalmente en trabajador de tu empresa y me descuento la parte proporcional de sueldo". Pero, ¡no señor! Primero, no te avisan; segundo, te metes y ya te encuentras con la mierda de que ya te has desviado, con lo cual el tiempo ya lo has perdido... porque casi siempre andas con prisas y ya has calculado: "Quiero estar para tal hora en el punto de destino"... con lo cual ya te han jodido la media de velocidad... y, cuando llegas, te encuentras con que es autoservicio y no te lo habían dicho, y además vale lo mismo que en cualquier otro lado... y con que luego tienes que irte al váter para lavarte las manos, para que no te huelan a gasolina... y luego a la caja de dentro, a pagar, y eso cuando les funciona el aparatito de la tarjeta de crédito, que ésa es otra... ¡O sea, que es de un jeta que te cagas, vamos, que es la hostia! ¿Y a qué mierdas se dedica la OCU? ¿Y el Estado? ¿Cómo no hay leyes que prohíban eso?».
A partir de ahí no vale la pena seguir con la transcripción, porque ya sólo se escuchan imprecaciones.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (2 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/02 06:00:00 GMT+1
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2001/12/01 06:00:00 GMT+1
Oí hace meses al irlandés Gerry Adams hacer una reflexión con aire de perogrullada, pero en realidad nada tonta: «Para que dos rivales se entiendan», dijo, «lo primero que se requiere es que quieran entenderse».
Un largo trabajo en el que llevo metido desde hace algunos meses, y que ahora no hace al caso, me ha llevado a entrevistar a muchos dirigentes de la política vasca. De muy distinto signo: nacionalistas y no nacionalistas; de derecha, de centro, de izquierda, de izquierda radical...
Mi conclusión, después de todo este tiempo, es que realmente son muy pocos los que quieren establecer unas mínimas bases de convivencia con sus rivales. O, mejor dicho: los que están dispuestos a aportar algo para que quepa establecerlas. El enfrentamiento parece ser el gran deporte nacional (o autonómico, como quieran ustedes: no tengo ganas de discutir).
Si lo primero que hace falta para que dos rivales se entiendan es que deseen hacerlo, lo segundo es que cada uno de ellos haga un esfuerzo por ponerse en el lugar del otro y entender sus dificultades, para facilitarle las cosas. En la política vasca, lo que más se lleva es exactamente lo contrario: la gracia está en enconarlo todo, y cuanto más, mejor.
El Gobierno central, plenamente solidario con el PP vasco, participa de ese deporte con singular entusiasmo. Lo acabamos de ver con el conflicto sobre la renovación del Concierto Económico. Es absurdo que Aznar presente como una pretensión soberanista la demanda del Ejecutivo de Vitoria de participar en determinadas negociaciones de la UE. Primero, porque lo que el Gobierno vasco pide es que se le permita acudir a Bruselas no por su cuenta, sino dentro de las delegaciones del Estado español. Y, en segundo término, porque lo solicitado por la parte vasca es algo que otros gobiernos europeos (especialmente el alemán) vienen haciendo desde hace tiempo. Por mero espíritu práctico. ¿No sería conveniente que, si la UE debatiera sobre la política de cítricos, la delegación española incluyera algún representante de la Comunidad Valenciana?
Pero, si eso es absurdo, más absurdo todavía es que el Gobierno de Aznar haya decidido unilateralmente prorrogar el Concierto. La esencia misma del Concierto (hasta la propia palabra lo dice) es el pacto. Prorrogar por la fuerza un pacto equivale a romperlo.
Todo esto carecería por entero de sentido si lo que estuviera en cuestión fuera pura y exclusivamente el Concierto Económico. Pero no: hay que entenderlo como otro capítulo más de la eterna lista de desencuentros buscados por quienes han convertido la crispación de la política vasca en su particularísimo modus vivendi.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social y El Mundo (1 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de diciembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/01 06:00:00 GMT+1
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2001/11/30 06:00:00 GMT+1
Un lejanísimo ancestro mío -uno de mis tatarabuelos paternos, o el padre de uno de mis tatarabuelos paternos, o algo de ese estilo- tuvo un destacado concurso en la Guerra de la Independencia, lo que le valió el título de marqués.
La verdad es que, presentado así, cualquiera diría que fue alguien.
Lo contaré de modo más concreto, a partir de las informaciones -ignoro en qué medida verídicas- que he logrado reunir sobre el particular de este singular particular.
Parece que el caballero en cuestión, al que llamaron «el héroe Moreno» -mi abuelo se apellidaba Ortiz Moreno-, ejercía por las serranías del sur de Andalucía, en el tiempo en que José Napoleón y los suyos atravesaron el Pirineo con ánimo de ilustración y conquista, una actividad de dudosa licitud, que los más severos del lugar -no muy dados al tropo y la metáfora- decían que estaba a caballo entre la falsa preservación del orden y el neto bandolerismo.
Lo que parece que nadie discutía, en cualquier caso, es que estaba a caballo.
Llegaron los franceses y él, como no pocos otros de su género, volvió sus iras y su arcabuz contra los gabachos, sin duda porque era difícil entenderse con ellos y, además, llevaban la bolsa llena, lo que confería expectativas de indiscutible interés a la pelea.
Al final, gracias al singular heroísmo español y a la organizada contundencia de los ejércitos ingleses, fueron expulsados los Bonaparte de la península, lo cual tuvo por efecto que Fernando VII regresara de su dorado exilio francés. Un hecho que fue recibido aquí con división de opiniones, porque los enteradillos de la época pretendían que el caballerete se había portado como un cobarde, lo cual presentaba el doble inconveniente de resultar gravemente infamante y de ser verdad.
Andaba Fernando VII necesitado de apoyos entre los héroes de la Resistencia y, como quiera que mi ancestro no estaba dispuesto a prestarle su apoyo, pero sí a vendérselo, el Rey lo nombró rápidamente marqués, a cambio, supongo, de una larga sucesión de arengas terminadas con un puñado de rotundos «¡Vivan las caenas!». Se elevó así mi pariente a las cumbres de la Nobleza, llevándonos con él -estoy seguro de que involuntariamente- a sus imprevistos sucesores.
Tiene el tal Moreno, según me cuentan, una estatua en Antequera.
Cuenta la hagiografía familiar que el «héroe Moreno» debió su sobrenombre a un acontecimiento terrible, en el que demostró una presencia de ánimo «totalmente fuera de lo común». Dícese que las tropas francesas, en una de sus incursiones, lograron prender a su esposa, llamada María, y tomarla presa, tras de lo cual lo conminaron a rendirse, con la amenaza de matar a la pobre mujer. Y que, entonces, él, valiente y soberbio, se negó a deponer las armas y lanzó a su señora por sobre las trincheras, cual Guzmán el Bueno, un grito henchido de entrega patriótica: «¡Aprende, María, a morir por España!».
Soberana tontería, porque aprender a morir, a falta de ejercicios prácticos repetibles, es un objetivo imposible.
No sé. Digo yo que de haber existido por entonces una Ley de Divorcio en condiciones se podría haber evitado un incidente tan grotesco. Mi familia se habría quedado sin su ridículo marquesado, pero lo mismo la pobre María hubiera encontrado una pareja más presentable.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (30 de noviembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/11/30 06:00:00 GMT+1
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2001/11/29 06:00:00 GMT+1
Nuevo viaje a Euskadi para proseguir -para completar, espero- el trabajo de campo de mi próximo libro. Hasta llegar a Vitoria, un tiempo magnífico. A partir de ahí, horrible. Carlos Garaikoetxea ha cambiado de planes y, en vez de encontrarnos en Pamplona, como habíamos acordado inicialmente, me pide que nos veamos en Donosti. Bueno, así aprovecho para ver a mi madre y a mi hermano mayor.
Conduzco con tranquilidad, porque voy con tiempo sobrado. Se ha hecho la hora de comer y, como no quiero volver a soportar un restaurantillo de autopista, tomo por la vieja Nacional I. En Etxegarate, a escasos cientos de metros de la muga de Guipúzcoa, veo un restaurante flanqueado por decenas de camiones. Imagino que se comerá bien -los camioneros saben mucho de eso- y paro. Acierto completo. Un plato de magníficas alubias rojas, una deliciosa ración de hígado encebollado, más el postre y un vino cosechero muy potable, 1.200 pesetas. En Madrid, contando con gente tan ducha en fogones, se apresurarían a poner mantel de tela y cristalería, vestirían a las camareras de uniforme y cobrarían no menos de 5.000 pesetas. Y las delicias del restaurante correrían de boca en boca.
Al salir, decido echar una cabezada en el coche. Caigo redondo y lo que se suponía que era una cabezada se convierte en una siesta de tomo y lomo. Cuando despierto, ya no voy tan sobrado de tiempo. Ha empezado a anochecer. Arranco y culmino el puerto de Etxegarate.
Y me encuentro con la fiesta. Decenas, qué sé yo, cientos de excavadoras, entregadas con feroz entusiasmo a la tarea de acabar con la montaña a marchas forzadas. Desmontes y más desmontes. «¿Y esto?», me pregunto alarmado. Se ve que han decidido convertir ese tramo de la carretera en autovía, para comunicar ya de una vez decentemente Vitoria con Donosti por carretera, y que, como tenían de por medio el puerto de montaña, han optado por enmendarle la plana a Dios y quitarlo de enmedio. Impresionante. Qué atentado contra el medio ambiente. Me quedé de piedra.
Imagino que han aprendido la lección de la autovía de Leitzaran y, en vez de anunciar sus planes a bombo y platillo, para que los ecologistas se enteren y monten el pifostio, han elegido en esta ocasión la vía del silencio: no se dice nada, se hace y a correr. Porque el hecho es que yo escucho con mucha frecuencia las radios vascas y no había oído ni una palabra de este desaguisado.
No soy de los que se oponen por principio a las grandes obras públicas que pegan bofetones a la Madre Naturaleza. Llevo años ciscándome en todo lo ciscable por tener que ir a San Sebastián pasando por Bilbao -y pagando el dineral que te saca esa gentuza en peajes- para no verme obligado a atravesar el cuello de botella que separa Alsasua de Tolosa. Digo lo mismo cuando voy a Santander. Pero sí soy partidario de que, puestos a hacer destrozos, que sean lo más leves que quepa. Hacer unos cuantos túneles es mucho más caro, probablemente, pero dejas las montañas en su sitio y, ya de paso, también la fauna, y los regatos, y el aire puro.
Me sentí mal. Supongo que, a fuerza de dar curvas y más curvas por Etxegarate desde los 18 años -sobre todo esas dos de casi 180º que cogían a todos los foráneos a traición-, les había cogido cariño. Debería esforzarse más esa gente para mejorar las condiciones de vida sin necesidad de pasar la excavadora por nuestros recuerdos.
Nota de régimen interno.-Parece que el servidor de Mundofree anduvo ayer como una patata y bastante gente que intentó entrar en esta página web se quedó con las ganas. Lo siento. Por esta vez, el fallo no tuvo nada que ver con mi conocida impericia técnica. Yo hice bien mi trabajo. O, por lo menos, eso creo.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (29 de noviembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/11/29 06:00:00 GMT+1
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2001/11/28 07:00:00 GMT+1
¿Tiene sentido que se dote de más protección a los jueces y fiscales en el País Vasco? Por supuesto que sí. En el País Vasco y fuera del País Vasco. De hecho, la mayoría de los atentados que ha sufrido la judicatura española se han producido del Ebro para abajo.
No estoy tan convencido de que deban cobrar más no acabo de ver la relación entre el sueldo y la seguridad pero, a cambio, sí veo clarísimo que deben estar más amparados.
Como deben estarlo los representantes políticos, a todos los niveles. Desde el Rey y el presidente de Gobierno al último concejal del último pueblo de España. Todos ellos son víctimas potenciales. Y no sólo los políticos en activo: los retirados también están en peligro.
En realidad, el conjunto de los integrantes de todos los gremios virtualmente amenazados por ETA tienen derecho a que el Estado los proteja: militares, personal civil auxiliar del Ejército, profesores y catedráticos, periodistas, funcionarios de prisiones, empleados de Correos...
Y los policías, por supuesto. Porque también merecen custodia los custodios. Faltaría más.
Los sindicatos de la Ertzaintza acaban de reclamar chalecos antibalas para la totalidad de los agentes, y vehículos blindados para todas y cada una de sus patrullas. Nada más razonable. Es harto discutible que tengan razón cuando amenazan con no patrullar y encerrarse en las Comisarías si se desdeñan sus exigencias me da que la Policía no puede negarse a ejercer de tal pero, a cambio, los medios que reclaman son cualquier cosa menos estrafalarios, visto lo visto.
Y no olvidemos que también hay que proteger a los familiares. A los de todos ellos. Porque está más que probado que ETA y sus huestes kaleborroqueñas atacan a los familiares por el mero hecho de serlo. Y también hay que custodiar los edificios y las instalaciones que pueden convertirse en objetivos del terrorismo. Cómo no. Y...
Detengámonos en este punto y llamémonos todos a capítulo. La cuestión no es determinar quiénes y qué cosas deben contar con estricta y eficaz protección. Porque, considerado cada caso de manera aislada, todos y todo la merecen. Lo que se impone es examinar el problema en su conjunto y dilucidar si la puesta en práctica de ese modelo de seguridad colectiva resulta económica y políticamente viable. Económicamente, porque dudo mucho de que el erario resista el coste que puede tener el blindaje de media sociedad. Y políticamente, porque el resultado de ese blindaje no puede dejar de entrañar un grave deterioro de la vida en libertad.
Esas son las piezas de la reflexión que se impone. A partir de ellas, reflexionemos.
Javier Ortiz. El Mundo (28 de noviembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de diciembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/11/28 07:00:00 GMT+1
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2001/11/28 06:00:00 GMT+1
Disparate de presentación del Diario de un resentido social, ayer en la FNAC de Madrid. Hacía bastante que no me reía tan a gusto subido a una tribuna pública. Nacho Moreno y Julio Rey disparataron cuanto les dio la gana hablando sobre lo que les dio la gana -sólo ocasionalmente sobre mi libro, lo que motivó mis protestas tipo Umbral- y el público, aunque al principio un tanto desconcertado, acabó riendo también a gusto.
De las muchas paridas que dijo Julio Rey -que hasta contó un chiste espantoso* y echó la bronca al personal por reírse, porque él quería perorar en ese momento sobre los chistes que no tienen ni puñetera gracia-, hubo una que no lo fue en absoluto. Comentó que, cuando yo estaba en el periódico, le animaba a analizar los asuntos de Euskadi de manera menos simplista. Y eso es verdad. Recuerdo las muchas horas que metí -bien a gusto, por cierto- con él, lo mismo que con Nacho, para intentar que los chistes de Ricardo & Nacho y Gallego y Rey del día siguiente no cayeran en los tópicos simplones al uso sobre Arzalluz, el etarra encapuchado, el vasco con la piedra al hombro, etcétera. Hace año y medio que no recalo por allí y me da que se nota.
Pero es que es verdad que las cosas de Euskadi son difíciles de seguir -no digamos ya de entender- por quien las ve de lejos y, encima, tiene que interpretarlas con los elementos de juicio que le proporcionan los medios informativos con sede en Madrid.
Un ejemplo: la imagen de ayer -fugaz- del cruce de Beasain donde fueron asesinados el pasado viernes los dos ertzainas, vigilado por policías municipales. Los medios de la capital no han dado importancia al hecho y, sin embargo, es gravísimo. Es de una enorme trascendencia política que los agentes de la Ertzaintza se nieguen a regular el tránsito rodado en ese punto alegando que no cuentan con los necesarios medios de protección y que hayan dejado esa responsabilidad en manos de unos guardias de la porra que, obviamente, tienen todavía menos medios que ellos.
Algo así deja a la Ertzaintza a la altura del barro. Con ese solo hecho, han conseguido desprestigiar a la policía autonóma más que todos los comunicados de la oposición en diez años. Porque todo el mundo sabe que un ertzaina gana bastante más que un guardia civil. De un guardia civil de ésos que jamás se atrevería ni a plantearse abandonar un servicio alegando que la vida está llena de peligros. Por no hablar de los policías municipales.
Nadie obligó a ninguno de ellos a entrar en la Ertzaintza. Si son miedicas -dicho sea con todos los respetos: yo lo soy- que hagan oposiciones para bibliotecarios, o para cultivadores de champiñón, o de guindas. Pero, mientras sigan vistiendo el uniforme, hagan el favor de no salir huyendo, dejando sus responsabilidades en manos de gente que gana mucho menos y tiene muchísimos menos medios de protección que ellos.
Son una vergüenza.
Ya que la pela les obsesiona tanto, espero que la sociedad vasca les pase la factura correspondiente.
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* Para que no se diga que no cuento el chiste. Es el colmo del currito pelota. Va por la calle, ve pasar a una chica muy guapa y dice: «Jodé, qué tía más buena para mi jefe». Espantoso.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (28 de noviembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/11/28 06:00:00 GMT+1
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2001
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