2002/03/21 06:00:00 GMT+1
Una de las cosas que más me gusta de mi actual trabajo es que está en Tres Cantos.
Tres Cantos es un pueblo nacido ex nihilo en los últimos 25 años. Fui testigo de su aparición. Vivía yo por entonces en Colmenar Viejo, uno de los escasos pueblos históricos de la provincia de Madrid, y veía todas las mañanas los lentos progresos de su construcción, según me dirigía en coche hacia la capital. Los colmenareños, a cuyo término municipal pertenecía el invento, lo llamaban «Lepe». Consideraban que hacía falta ser tonto de remate para comprar una casa en medio de un descampado carente del menor aliciente paisajístico, fuera de la lejana visión de las cumbres de La Pedriza. Al principio aquello resultaba, en efecto, tirando a desolador: bloques de casas sin apenas ningún servicio, calles mal asfaltadas... Recuerdo que una vez escribí un artículo en el que comparaba las calles del municipio emergente con el escenario de las Campanadas a medianoche de Orson Wells. Es verdad que daba hasta miedo.
Ahora Tres Cantos en una ciudad populosa, alegre y bien pertrechada. Hay bofetadas por vivir allí. Quienes compraron los primeros pisos han visto cómo su precio se multiplicaba por tres, y hasta por cuatro. Se han ampliado los accesos por carretera, hay un moderno tren de cercanías y varias líneas de autobuses hacen el recorrido hasta la Plaza de Castilla en menos de media hora, lo cual, tratándose de Madrid, es como para darse con un canto -o con tres- en los dientes.
En algo no ha cambiado. Como todos los pequeños municipios de esa zona, Tres Cantos vive en la vecindad de varios cuarteles del Ejército, que albergan un buen puñado de unidades acorazadas.
También eso lo agradezco. Me gusta, según vuelvo para la gran ciudad, toparme con las largas hileras de tanques que salen de maniobras. Son tanques vetustos, cuyos motores lanzan al aire grandes bocanadas de humo negro. Supongo que no tendrían gran cosa que hacer en una guerra moderna, pero estorban lo suyo. Y podrían dar un excelente resultado, con toda probabilidad, si fueran utilizados para la función que mejor ha cumplido el Ejército español a lo largo de toda su Historia: masacrar al pueblo.
En medio de la gran autopista de tres y hasta cuatro carriles en cada dirección, en la bruma del atardecer primaveral madrileño, bajo ese sol rojizo, tan hermoso, de los anocheceres de la capital, ya de lleno en el siglo XXI, esos tanques renqueantes, con su tropa de atrezzo a lo Berlanga, me ayudan a recuperar la memoria y a no olvidar que seguimos... en España.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (21 de marzo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/03/21 06:00:00 GMT+1
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2002/03/20 06:00:00 GMT+1
Por fin alguien se ha atrevido y nos ha desenmascarado. Ya era hora.
La audaz proclama corrió a cargo del jefe del Gobierno español, José María Aznar, que se subió el pasado lunes a la tribuna del Congreso de los Diputados para desvelar urbi et orbi la verdadera faz de cuantos nos oponemos a la globalización neoliberal. De todos, en general, y, más específicamente, de los cientos de miles que se congregaron el pasado sábado en las calles de Barcelona: no somos más que una gran masa reaccionaria. Eso es lo que somos.
Resulta extraordinario lo mucho que Aznar ha aprendido desde que es presidente. En todos los terrenos. Incluso ha aprendido cómo se ejerce de oposición, y hasta da lecciones al PSOE de cómo debería comportarse para hacerlo bien. ¡Él, que se las vio y se las deseó cuando tuvo que encabezar la oposición, y acabó poniendo lo esencial de la tarea en manos de la Prensa!
Ah, aquellos viejos tiempos en los que se defendía como podía de la acusación de reaccionario. Ahora ya no: sabe que los reaccionarios somos los demás, y él, el progresista. Porque el progreso está de su lado. La Historia avanza de su mano.
Lo que pasa es que muchos seguimos aún anclados en una vieja concepción del progresismo. Creemos, por ejemplo, que debemos oponernos a que se ahonde el abismo en el que vive la mayoría desheredada del planeta, en tanto las minorías privilegiadas de Occidente se enriquecen más y más. Qué superficiales: no comprendemos que ése es el precio del progreso. ¿Cómo no nos damos cuenta de que, para que los ricos puedan repartir más, tiene que empezar por ganar más? En eso consiste el progreso: en quitar de enmedio los obstáculos que frenan el desarrollo de la riqueza. De la riqueza de los ricos, por supuesto: ¿o somos tan cortitos que no nos damos cuenta de que los pobres no podrían hacerse ricos sin perder ipso facto su esencia?
No acertamos a captar la sutileza del nuevo progresismo. No apreciamos el progreso que han aportado las grandes compañías españolas en Argentina. No sabemos ver el desenfadado progresismo del amigo Berlusconi, cuyo ministro Bossi ha declarado que lo mejor que se puede hacer con el barco cargado de inmigrantes que llegó anteayer a Sicilia es «llevarlo lejos y hundirlo con cuatro cañonazos, para dar ejemplo». Somos insensibles al progresismo del vicepresidente norteamericano, Richard Cheney, que ha puesto en marcha un innovador sentido de la equidad en Oriente Medio, entrevistándose con Ariel Sharon y declarando que no hablará con Arafat mientras éste contemporice con la violencia (palestina, se entiende).
Jopé, qué reaccionarios somos. Como diría Rajoy: además de reaccionarios, tontos.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social y El Mundo (20 de marzo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/03/20 06:00:00 GMT+1
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2002/03/19 06:00:00 GMT+1
Como muchos otros, yo también he rastreado dos líneas de argumentación con respecto a los actos de protesta antiglobalizadora que han tenido lugar el pasado fin de semana en Barcelona.
En primer lugar, he reflexionado sobre el hecho, nada casual, de que el Estado se dedique a disfrazar de jóvenes airados a algunos de sus agentes para que se pongan a tirar piedras, a romper escaparates y a hacer como que hostigan a sus compañeros de uniforme, proporcionándoles con ello la coartada formal que necesitan para zurrar la badana a todo quisque y detener a mansalva.
En este caso el silogismo resulta de cajón: si los paladines del Nuevo Orden desean que haya incidentes es porque entienden que eso les beneficia. Y, si eso les beneficia, el que fomenta la gresca les hace el juego.
Vale.
Segunda reflexión: la gran manifestación congrega a cientos de miles de personas que, en su aplastante mayoría, desfilan muy ordenada y pacíficamente. ¿Balance que hacen de ello los mandamases de la UE y sus acólitos mediáticos? Que fue una fiesta muy linda... y a otra cosa, mariposa. Ninguna reacción defensiva, ningún sofoco: se han quedado tan anchos. No reaccionaron igual en Seattle, ni en Viena, ni en Génova: los follones que se produjeron durante esas cumbres les dejaron atónitos, desconcertados, sin saber dónde meterse. Lo cual parece autorizar un razonamiento opuesto al anterior. En resumidas cuentas, podría formularse así: si el perro ladra, pero no muerde, los cacos se mofan y hacen su agosto. Ergo hay que morder.
Los hay que se quedan con la primera reflexión y cierran los ojos a la segunda. Otros hacen lo contrario.
Se equivocan. Los unos y los otros. Porque las dos cosas son verdad y las dos deben ser tenidas en cuenta.
Hay que reflexionar a fondo para encontrar el modo de escapar de las dos trampas. Para impedir tanto que la protesta se convierta en batalla campal y ahuyente a la mayoría como que resulte tan inofensiva y light que pueda ser dejada a puro beneficio de inventario político y mediático.
Tengo el convencimiento de que, en esto como en casi todo, la clave está en acotar los términos exactos del problema. Hemos de determinar qué tipo de acción es la que hace falta.
Una vez que sepamos qué buscamos, no me cabe duda de que lo encontraremos.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (19 de marzo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de abril de 2017.
Escrito por: todos.2002/03/19 06:00:00 GMT+1
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2002/03/18 06:00:00 GMT+1
Barcelona fue modélica; los manifestantes, muchísimos, muy educados y muy corteses, y los incidentes, mínimos.
El Gobierno de Aznar ya no se acuerda de sus predicciones agoreras. Canta loas a lo bien que estuvo cada cual en su sitio: los mandamases de la UE, reuniéndose para estudiar cómo hacer que sus decisiones sean cada vez más irreversibles, y los manifestantes, desfilando por la calle para que las cámaras retrataran lo bien organizados que estaban.
Peroran sobre lo multitudinaria que fue la gran manifestación de Barcelona igual que podrían hablar sobre la gran afluencia de público que viven las Fallas o de lo concurrida que puede estar la Semana Santa sevillana: como si se tratara de un fenómeno folclórico, de una atracción turística... o de un acto más del programa de festejos de la Cumbre. Ni el más mínimo intento de reflexionar en voz alta sobre la repulsa que suscita su política en amplísimos sectores de la población.
Como no saben qué decir de eso, no dicen nada. Lo citan como si de una circunstancia objetiva se tratara: era por la tarde, no llovió y se reunieron 300.000, tal vez 500.000 manifestantes.
Como si fueran cosas que ocurren. Sin más.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (18 de marzo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/03/18 06:00:00 GMT+1
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2002/03/17 06:00:00 GMT+1
Me despierto a las 4 de la madrugada con un espantoso dolor intestinal. Son como punzadas que van in crescendo hasta alcanzar una intensidad insoportable. Luego el dolor desaparece por completo, pero regresa a los dos o tres minutos. Todavía adormilado, me pregunto a cuento de qué. Cené ligero a eso de las 10 de la noche: aquello tiene que estar más que digerido. No entiendo nada.
Mi hija se despierta sobresaltada por los gritos. Le cuento de qué va la cosa. Me pregunta si quiero que me prepare algo, le digo que no y se vuelve a la cama. Al poco me dice que se ha desvelado y que va a tratar de recuperar el sueño leyendo mi libro sobre Ibarretxe. Me parece una idea excelente, a falta de El Criticón, de Gracián. De joven, a mí me bastaban un par de páginas de El Criticón para caer fulminado. Supongo que Ibarretxe puede muy bien hacer las veces.
Sonrío recordando la conversación que mi padre contaba que había mantenido con un amigo suyo. El hombre había dicho, hablando de no sé qué medicamento: «Me hizo caer en los brazos de Orfeo». A lo que mi padre le apuntó: «No, hombre, no. Orfeo no. Con eme». Y el otro le respondió: «Ah, sí: Orfeom».
El dolor sigue regresando intermitentemente. Comienzo las visitas al WC, inicialmente sin demasiado éxito. Me tomo un vaso de sal de frutas. Me coloco una manta eléctrica en el vientre. Poco a poco, le voy cogiendo el truco a la cosa. Compruebo que si me tumbo en posición decúbito supino -o sea, reposando sobre la espalda, pero dicho en plan forense- el dolor tarda más en venir y es menos intenso. Enciendo la radio, a ver si me distrae, y prendo un cigarrillo con la coartada de que el tabaco tiene efectos laxantes. Terminado el cigarrillo, me adormilo.
Media hora después vuelve a despertarme el dolor. Más visitas al WC, más sesiones de manta eléctrica. Pasa el tiempo. «¡Vaya nochecita toledana!», me digo. Hago memoria para recordar el origen de la expresión. Me viene finalmente: en tiempos, las noches de Toledo eran una juerga de mosquitos, que martirizaban a los visitantes que no estaban advertidos de la gracia.
Entre retortijón y retortijón, me doy cuenta de que hay un tipo en la cadena Ser que está recitando el horóscopo de la semana. Llega a mi signo, Acuario: «Salud: excelente». No me cago en todos sus ancestros porque mis intestinos no están por la labor, pero aprovecho para despotricar a gusto: habrase visto, una radio que se pretende seria, dedicando media hora a semejante estupidez; pero ¿cómo diablos le va a ir igual durante toda la semana a la doceava parte de la Humanidad? «Dinero: bien», dice el menda. Sí, hombre, mayormente a los Acuario de Etiopía y Ruanda. Anda y que te den.
Y en esas estoy cuando por fin me quedo dormido de verdad.
Despierto a las 9:30. Tengo el intestino de mírame y no me toques, pero los retortijones han desaparecido. Deduzco que debía de ser algo de vesícula, habida cuenta de lo bien que me ha sentado echar una abundante dosis de mala bilis contra la emisora de Polanco.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (17 de marzo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/03/17 06:00:00 GMT+1
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2002/03/16 07:00:00 GMT+1
Tienen miedo. Se han rodeado del más aparatoso blindaje que se haya visto jamás a este lado del Pirineo: calles cortadas, policías por todas partes, vigilancia por tierra, mar y aire. No quieren que nadie ajeno a su tinglado pueda verlos, así sea de lejos. Tampoco ellos quieren ver ni de lejos a nadie que no tengan en nómina. Como al pobre niño aquel que mantuvieron vivo aislándolo de toda posible infección, encerrándolo dentro de un pequeño espacio totalmente purificado («el bebé burbuja», lo llamaron), también ellos han decidido enclaustrarse en un espacio de asepsia total, que no pueda ser contaminado por nada que proceda del aire libre.
Ahí los tienen, en Barcelona. Es el alto mando de la Unión Europea. El poder burbuja.
¿Tan temibles son los riesgos que afrontan? ¿Tan peligrosos son los manifestantes que les esperan a algunos kilómetros de su torre de marfil con la intención de hacerles patente su desacuerdo? El ministro del Interior lleva meses rumiando su obsesión y haciéndosela saber a todo aquel que quiera oírle: dice que teme que este fin de semana se junten en Barcelona unos cuantos cientos de kale borrokalaris procedentes de Euskadi con otros tantos okupas con residencia in situ. ¿Y para enfrentarse a esa moderna reedición de la Armada Invencible era necesario aplicar durante varios días un auténtico estado de excepción en la capital catalana, colapsando la vida de varios millones de ciudadanos?
No; no es la hipotética lluita al carrer de unos cuantos cientos de jóvenes lo que les angustia. Lo que temen es la difusión por todo el mundo de las imágenes de un puñado de jefes de Estado y de Gobierno abrumados por el abucheo de una ingente multitud. Quieren evitar que esa multitud tome cuerpo, y para ello han elegido la vía de la intimidación. Porque saben muy bien que la inmensa mayoría de quienes desean manifestarse contra ellos está compuesta por gente pacífica, que ni quiere pegar a nadie ni quiere, desde luego, que nadie le pegue. Su exhibición de fuerza hostil pretende tener un efecto disuasorio de la protesta popular.
Lo quieren todo. Porque, si lo único que deseaban era reunirse al margen del mundanal ruido, les habría bastado con ajustarse a la literalidad de su lenguaje y haber celebrado su cumbre en alguna cima de montaña sólo accesible por helicóptero. O haberse reunido discretamente, sin boato, en cualquier parte. Pero no. Se empeñan en meter su fanfarria en el corazón de las grandes ciudades, todas ellas llenas, por definición, de lo que más les molesta en este mundo: la gente.
Javier Ortiz. El Mundo (16 de marzo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de marzo de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/03/16 07:00:00 GMT+1
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2002/03/16 06:00:00 GMT+1
Me telefonea mi buen amigo Gervasio Guzmán. Le noto cabreado. Le pregunto qué le pasa.
-¿Que qué me pasa? Que acabo de escuchar el enésimo mitin sobre las virtudes de la tolerancia. ¡Estoy hasta los mismísimos de oír loas a la tolerancia!
-Yo también -le tranquilizo.
-Ah, ¿sí? ¿Y qué es lo que te molesta a ti?
-No, tú primero, que eres el que llama. Suelta tu parte.
Noto que coge carrerilla.
-Pues, por molestarme, me molesta hasta el término. Mírate lo que dice el diccionario sobre el verbo tolerar: «Del latín tolerare. 1. Sufrir, llevar con paciencia. 2. Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente. 3. Resistir, soportar, especialmente alimentos, medicinas, etc.». ¿Qué es lo que da a entender el que proclama su espíritu tolerante en relación a tal o cual polémica, o con respecto a esta o la otra diferencia? Que sabe muy bien que la razón y el buen sentido están de su lado, pero que, como es buen chico, prefiere no hacer sangre con las torpezas y desvaríos de sus oponentes. Es un término perdonavidas, prepotente. «Mostremos tolerancia con las costumbres y los hábitos culturales de los inmigrantes». ¡Toma ya! ¿Y quién te ha dicho a ti que tus costumbres son las fetén y que no son los otros los que tienen que tolerar las tuyas?
-Ajá -apunto.
Y, como compruebo que no sigue:
-¿Eso es todo?
-¿Te parece poco, o qué? -se me mosquea.
-Pues sí -tomo el turno-. Estoy de acuerdo con lo que dices, Gervasio, pero no creo que eso agote todas las pejigueras de la tolerancia, ni mucho menos. Añade como poco esta otra: según qué asuntos estén en juego, la tolerancia puede incluso ser un crimen. Por poner el ejemplo clásico: si te topas con un tío que está violando a una niña, ¿debes mostrarte tolerante y «llevar con paciencia» su comportamiento?
-¡Eso es delito, incluso!
-Bueno, depende. Nada es nunca tan sencillo. Imagínate que eres un viejecito tullido: no creo que ningún juez te condene por no lanzarte al combate. Pero dejemos de lado los casos extremos y el Código Penal. De lo que hablo es de la actitud que hemos de tener ante la vida, en general: ¿debemos ser tolerantes con los poderosos que se aprovechan de su fuerza para expoliar a la gente desheredada? ¿Hemos de mostrar elegancia y fair play ante los que justifican la opresión y llenan su cartera cantando los presuntos méritos de las sanguijuelas multinacionales? Por mí, que los tolere su abuela.
-Deja a su abuela en paz. Pobrecilla -me replica Gervasio.
Pero me coge predispuesto ya contra la tolerancia, incluso con él.
-Vete a saber. Lo mismo la abuela es también asquerosa.
Y colgamos los dos sin despedirnos. Como en las películas.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (16 de marzo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/03/16 06:00:00 GMT+1
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2002/03/15 06:00:00 GMT+1
Tienen miedo. Se han rodeado de un blindaje impresionante; el más aparatoso que se haya visto jamás a este lado del Pirineo: calles cortadas, policías por todas partes, vigilancia por tierra, mar y aire. No quieren que nadie ajeno a su tinglado pueda verlos, así sea de lejos. Tampoco ellos quieren ver ni de lejos a nadie que no tengan en nómina. Como al pobre niño aquel que mantuvieron vivo aislándolo de toda posible infección, encerrándolo dentro de un pequeño espacio totalmente purificado -«el bebé burbuja», lo llamaron-, también ellos han decidido enclaustrarse en un espacio de asepsia total, que no pueda ser contaminado por nada que proceda del aire libre.
Ahí los tienen ustedes, reunidos en Barcelona. Ese es alto mando de la Unión Europea: el poder burbuja.
¿Tan temibles son los riesgos que afrontan? ¿Tan peligrosos son los manifestantes que les esperan a algunos kilómetros de su torre de marfil con la intención de hacerles patente su desacuerdo? El ministro del Interior lleva meses rumiando su obsesión y haciéndosela saber a todo aquel que quiera oírle: dice que teme que este fin de semana se junten en Barcelona unos cuantos cientos de kale borrokalaris procedentes de Euskadi con otros tantos okupas con residencia in situ. ¿Y para enfrentarse a esa moderna reedición de la Armada Invencible era necesario someter a la capital catalana a un auténtico estado de excepción durante varios días, colapsando la vida de varios millones de ciudadanos?
No; no es la hipotética lluita al carrer de unos cuantos cientos de jóvenes lo que les angustia. Lo que temen es la difusión por todo el mundo de las imágenes de un puñado de jefes de Estado y de Gobierno abrumados por el abucheo de una ingente multitud de ciudadanos que no los tragan, porque no tragan lo que están haciendo. Quieren evitar que esa multitud de congregue, y para ello han elegido la vía de la intimidación, del amedrentamiento. Porque saben muy bien que la inmensa mayoría de quienes desean manifestarse contra ellos está compuesta por gente pacífica, que ni quiere pegar a nadie ni quiere, desde luego, que nadie le pegue. Su exhibición de fuerza hostil pretende tener un efecto disuasorio que reduzca al mínimo el éxito de las manifestaciones previstas para este fin de semana.
La verdad es que lo quieren todo. Porque, si lo único que les importara fuera reunirse al margen del mundanal ruido, donde el populacho no pueda molestarlos, les habría bastado con ajustarse a la literalidad de su lenguaje y haber celebrado su cumbre en alguna cumbre de montaña que sólo fuera accesible por helicóptero. O haberse reunido discretamente, sin boato alguno, en cualquier parte. Pero no. Se empeñan en meter su fanfarria en el corazón de las grandes ciudades, todas ellas llenas, por definición, de lo que más le molesta en este mundo: la gente.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (15 de marzo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/03/15 06:00:00 GMT+1
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2002/03/14 06:00:00 GMT+1
Un buen puñado de lectores y lectoras del apunte de anteayer en este Diario -o de mi columna de ayer en El Mundo- me han escrito para hacerme una pregunta aclaratoria. Una pregunta que es ya vieja para mí, por nueva que sea para quienes me la formulan. Me instan a que aclare si, cuando digo que todas las ideologías deben gozar de libertad, me refiero también a los planteamientos ideológicos de signo nazi, fascista, racista, antisemita, etcétera.
A lo cual sólo puedo responder que, si digo «todas las ideologías», es porque quiero abarcarlas todas, sin excepción. En consecuencia, incluyo el nazismo, el fascismo, el racismo, el antisemitismo... y cuantos otros idearios se me quiera citar.
Soy hostil por principio a la prohibición de ideas. Defiendo que todas, incluidas las más aberrantes, puedan ser libremente defendidas.
Y libremente atacadas, por supuesto.
Personalmente, no veo qué podría ganar con la prohibición de tales o cuales ideas. Quien crea en ellas, que lo diga, y que trate de justificarlas. Me interesa ver cómo lo argumentan. Me interesaría así fuera sólo para ver por qué flancos atacan, para saber por dónde creen que flaqueamos más sus enemigos.
Convendrá tal vez que precise, no obstante, que estoy refiriéndome a la exposición de idearios, no a la incitación directa a la comisión de crímenes. No es lo mismo tratar de teorizar la supuesta superioridad de la raza blanca que convocar al vecindario para que nos acompañe a cazar inmigrantes negros o árabes. Lo primero es un planteamiento ideológico (imbécil, pero ideológico); lo segundo desborda por entero los límites de la libertad de pensamiento para situarse de lleno en el terreno de la incitación al delito.
«No siempre resulta fácil trazar la frontera entre lo uno y lo otro», se me objetará. Y es verdad. A veces todo tiende a enmarañarse terriblemente.
Pero será imposible acertar con el tratamiento correcto de cada caso concreto si no se tienen claros los principios generales.
Empezando por ese criterio rector: la libertad de todos no gana nada con la prohibición de las ideas de nadie.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (14 de marzo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/03/14 06:00:00 GMT+1
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2002/03/13 06:00:00 GMT+1
En la última Junta General de Accionistas del BBVA, el nuevo presidente del banco, Francisco González, exigió a las autoridades que apliquen un nivel de «tolerancia cero» al terrorismo y sus actividades.
Deduzco que, si el tal González reclama un nivel de «tolerancia cero», es porque considera que aún no lo hay. Es decir, que entiende que las autoridades toleran en una u otra medida la existencia del terrorismo.
No parece una acusación que quepa lanzar de pasada, tal como él la presentó, cual si estuviera refiriéndose a un hecho evidente por sí mismo, que no necesite de mayor demostración. Tampoco creo que las autoridades concernidas puedan dejar a beneficio de inventario la formulación de un reproche de tal gravedad: podría deducirse que lo consideran de recibo.
Si el señor González se cree con derecho a plantear esa exigencia, está obligado a concretar su denuncia, aclararando en qué terrenos hay tolerancia, según él, en qué consiste ésta y sobre quién recae la responsabilidad de que se produzca.
Estaría bien que forzaran al presidente del BBVA a explicarse in extenso. Resultaría altamente ilustrativo. Porque, según me relata una persona que estuvo presente en la citada Junta General, el individuo demostró tener una concepción del terrorismo de lo más sui generis. En el amplio saco que puso sobre la mesa para referirse al terrorismo y sus aledaños metió también, sin cortarse un pelo, al conjunto del movimiento contra la globalización neoliberal y, más en concreto, a cuantos reprochan a su banco la labor de expolio que ha realizado en Argentina. No sólo lo hizo en la teoría, sino también en la práctica, ordenando al servicio de orden del acto que diera cumplida y contundente cuenta de las contadas voces que osaron reprocharle sus desmanes ultramarinos.
En realidad, lo que está pidiendo este caballero es que las autoridades tapen la boca -a bofetadas, si se tercia- a todo aquel que no bese el suelo por el que camina.
Llama a eso «tolerancia cero», pero por las mismas podría llamarlo «tolerancia total». Todo depende de qué lado se mire el embudo que él quisiera ver convertido en ley.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (13 de marzo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/03/13 06:00:00 GMT+1
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