2003/03/09 06:00:00 GMT+1
Retomo unas palabras de Rafael Escuredo, ex presidente de la Junta de Andalucía y ahora contertulio de Radio Nacional de España. Comentaba Escuredo en la radio pública, creo que el pasado lunes, las ya manidas declaraciones que hizo Pasqual Maragall sobre las denuncias de tortura formuladas por el director de Euskaldunon Egunkaria, y reprochaba a su ex compañero que hubiera admitido que le parecían creíbles.
Ésta es la trascripción que hice de sus palabras: «Hasta podría ser verdad... ¿Por qué no? Hasta podría... Se les podría haber ido la mano... Pero, mire: ¡piénselo usted, pero no lo diga usted!»
Éste es el punto al que ha llegado nuestra lozana y estupenda democracia. Las mentes supuestamente más preclaras del establishment se preguntan: «¿Cabe que las denuncias de tortura respondan a hechos ciertos?» Y se responden: «Cabe, claro que sí. Pero eso es secundario. Lo esencial es negarlo de cara al público, para no socavar el prestigio del Estado».
De otro modo: tanto les dan los medios; sólo les importan los fines.
Patético, este Escuredo (1). Alardea de listillo, pero es un zote. De ser mínimamente perspicaz, se habría aplicado su propio cuento. ¿Por qué reconoció que la Guardia Civil es perfectamente capaz de torturar? ¿Y por qué tuvo que admitir a continuación que, si realmente ha habido torturas, él considera que hay que ocultarlas?
Debería haberse aplicado su propio cuento: «¡Piénselo usted, pero no lo diga usted!».
No seré yo quien le reproche su involuntaria sinceridad, de todos modos.
Gracias a su seudopicarona torpeza, nos ha mostrado cómo le funcionan las neuroncillas. A él y a los que carburan como él. Y a los que le ríen las gracias.
Resumamos: no les importa el Estado de Derecho, sino las apariencias del Estado de Derecho. Lo que oculte esa fachada les da lo mismo, con tal de que no se vea.
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(1) Un lector me recuerda que Escuredo fue galardonado con la Gran Cruz del Mérito Policial por su brillante actuación como intermediario durante el secuestro de Anabel Segura (que, como se recordará, apareció muerta). Los ministros del Interior suelen tener una muy fina intuición a la hora de colgar medallas. Por eso todos los jueces de la Audiencia Nacional -con la excepción de Gómez de Liaño, en su día- han recibido condecoraciones policiales, algunas con derecho a pensión mensual.
Me cuenta también el mismo lector que no es la primera vez que don Rafael se excede en su sinceridad. En una campaña electoral celebrada cuando aún era presidente de la Junta de Andalucía, amenazó directamente a la población cordobesa, diciendo que si Anguita salía elegido, la Junta tomaría buena nota de ello a la hora de las subvenciones. Don Julio resultó electo, Escuredo cumplió su amenaza, castigó a Córdoba... y la hizo buena: Izquierda Unida subió hasta casi el 60% de los votos en las siguientes elecciones y el PSOE perdió la mitad de los que tenía.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (9 de marzo de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/03/09 06:00:00 GMT+1
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2003/03/08 06:00:00 GMT+1
La noticia ha sido bastante comentada por los medios de comunicación de Cataluña, pero me da que mucho menos por los de Madrid y otros andurriales. La Audiencia de Barcelona ha dictado veredicto de inocencia a favor de cuatro jóvenes que fueron condenados en un juicio rápido como culpables de delitos de agresiones y resistencia a la autoridad a raíz de la última gran manifestación contra la globalización. La Audiencia ha hecho algo más, y mucho más importante: ha instado el procesamiento de los policías que detuvieron a los manifestantes y que testificaron en su contra. Les acusa de falso testimonio y de fabricación de pruebas.
¿Qué es lo que ha pasado? Que, cuando fueron sometidos al primer juicio, inmediatamente después de los hechos, los acusados sólo pudieron defenderse apelando al testimonio de otros manifestantes. El juez, forzado a elegir entre la credibilidad de los agentes de la Policía Nacional y la de otros presuntos alborotadores, no dudó en dar por bueno el testimonio de los miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado, lo que le condujo directamente a emitir un veredicto de culpabilidad. Pero, acabado el juicio y dictada la sentencia, fue posible encontrar filmaciones periodísticas de los hechos juzgados. Y pudo comprobarse cómo los cuatro jóvenes en cuestión no sólo no habían atacado a los policías, sino que habían sido detenidos arbitraria y violentamente por ellos. A la vista de las nuevas pruebas, a la Audiencia Provincial no le ha quedado más posibilidad que absolver a los agredidos y promover el enjuiciamiento de los agresores y falsarios.
El suceso sería en todo caso digno de mención, pero lo es doblemente porque, además, es representativo. Según ha puesto en evidencia la defensa de los cuatro manifestantes condenados injustamente, la gran mayoría de los detenidos por las FSE en aquella manifestación y conducidos acto seguido a la autoridad judicial, o bien fueron puestos en libertad sin cargos a las pocas horas o bien han sido absueltos en los juicios celebrados con posterioridad. No es una apreciación subjetiva, sino un hecho estadístico, establecido por la autoridad judicial, que la Policía Nacional se entregó aquel día en cuerpo y alma a la realización de detenciones arbitrarias y a la formulación de acusaciones sin pruebas. En algún caso, como el que nos ocupa, lo aderezó con la fabricación de pruebas falsas.
Retendré de esta relación de hechos probados algunas conclusiones.
1ª) Está claro que las Fuerzas de Seguridad del Estado se comportan a veces de manera injustificablemente violenta.
2ª) Ha quedado establecido que hay miembros de las FSE que son capaces de mentir y de fabricar pruebas para apoyar acusaciones falsas.
3ª) Conceder por principio más credibilidad a lo declarado por miembros de las FSE que a lo testimoniado por los detenidos puede conducir a dar por verdadero lo falso y lo falso por verdadero.
Son conclusiones de un sentido común apabullante. A ver si el Gobierno deja de negarlas de una vez. A ver si se entera que la verdad no puede estorbar nunca a la verdadera lucha contra el terrorismo.
Y, ya de paso, a ver si aparta del servicio a los agentes acusados de malos tratos y falsificación de pruebas. Porque los mantiene en servicio, como si esos delitos le parecieran fruslerías.
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Post scriptum.- Aunque sea de manera lateral, añadiré otra conclusión, ésta de tipo técnico jurídico: la vía de los juicios rápidos, si bien presenta ventajas, debería elegirse sólo cuando los hechos juzgados no tienen vuelta de hoja. Así que el caso ofrezca perfiles más o menos confusos, debería optarse por la vía procesal tradicional. Eso sin contar con que, en este procedimiento concreto, enfrentado a los testimonios contrarios de los policías y los testigos, el juez bien podría haberse atenido al principio in dubio pro reo («en caso de duda, sentencia a favor del reo»).
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (8 de marzo de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/03/08 06:00:00 GMT+1
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2003/03/07 06:00:00 GMT+1
El bueno de Groucho Marx decía que la expresión «inteligencia militar» encierra una contradicción in terminis. Le perdían las ganas de ser cáustico.
Por supuesto que hay una inteligencia militar. De hecho, de todas las disciplinas mentales ajustadas a una especialidad, la militar es sin duda de las más inteligentes, dicho sea en el sentido más literal de la palabra.
Por imperativo de su finalidad, el pensamiento militar tiene un carácter esencialmente práctico. Como se sabe, muy buena parte de los avances científico-técnicos logrados por la Humanidad han venido de la mano de la investigación guerrera. Cosa bien lógica: el deseo de sobrevivir –de no ser aniquilado– aguza muchísimo el ingenio.
He estado releyendo estos días el De la guerra de Clausewitz. Por tiempo que pase, sus reflexiones sobre la guerra –que el buen prusiano nunca consideró como un arte, sino más bien como un singular trasunto de los modos propios del comercio– siguen mostrándose como prodigios de lucidez.
Hablo de Clausewitz, pero lo mismo podría referirme a cualquier otro gran teórico de la guerra.
Una de las cosas que siempre me ha llamado más la atención de los textos de los grandes estrategas militares, desde Lao Tse a Nguyen Giap, es su apego al sentido común. Su realismo es implacable. En realidad, la práctica totalidad de las grandes ideas del pensamiento militar están extraídas de la sabiduría popular.
Del destilado de la experiencia histórica acumulada por el común de los mortales. La mayoría nos las topamos incluso directamente en el refranero, aunque sea bajo formas menos pendencieras.
Cualquier estudioso de los principios de la guerra sabe, por ejemplo, que no cabe comprometer todas las fuerzas en una única operación. El refrán lo dice muy claro: es un error meter todos los huevos en la misma cesta.
Si Aznar hubiera leído a Clausewitz y supiera que la política y la guerra responden a reglas equivalentes, sabría que ha cometido un error de principiante. Se ha jugado su carrera al todo o nada. Ha metido todos sus huevos en la misma cesta.
Manifestándose más pro Bush que el propio Bush, ha apostado, además, con desventaja. Porque si finalmente Washington decide recular y retrasa el ataque, así sea para recomponer sus relaciones con Europa, él quedará en ridículo, como defensor del principio inapelable de que no cabía dar más plazos. Y si el ataque se produce de inmediato, a la vuelta de la esquina nadie se acordará de su contribución de correveidile.
Convendría que alguien le regale un par de libros de estrategia militar. O un refranero castellano, en su defecto.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (7 de marzo de 2003) y El Mundo (8 de marzo de 2003). Hay algunos cambios, pero no son relevantes y hemos publicado aquí la versión del periódico. Subido a "Desde Jamaica" el 7 de marzo de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/03/07 06:00:00 GMT+1
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2003/03/06 06:00:00 GMT+1
Excelente acogida a Saramago en el Ayuntamiento de Barcelona: abarrotado su histórico salón de juntas, tuvieron que disponer dos salas complementarias, provistas de grandes pantallas de vídeo que retransmitían el acto. Tras mi presentación -los diez minutos que me habían pedido-, José dictó su conferencia, titulada Un mundo en transformaciones. Con su conocido hablar pausado, sin alzar jamás el tono, sin más recurso que algunos toques de ironía dejados caer por aquí y por allá, sin ningún papel de apoyo, desgranó su visión del momento político internacional. Sé por qué no llevaba papel: tiene un esquema mental muy trazado, su memoria es excelente y se atiene a una disciplina expositiva espartana. Tan claro tiene el hilo de su discurso que, cuando se aparta momentáneamente de él, avisa: «Y ahora, a modo de paréntesis, viene a cuento una anécdota...», o bien: «Perdonen ustedes si, a modo de digresión...».
La tesis que defiende José parte de una constatación: hace semanas que apenas nadie habla de globalización (o de mundialización, al modo francés). ¿Tal vez la realidad ha experimentado cambios fundamentales? ¿Se han movido los pilares del orden mundial? No. Se han hecho más visibles algunos hechos preexistentes que los analistas críticos tendían a menospreciar, y se han difuminado determinados rasgos cuya importancia se estaba exagerando. No era verdad -insiste José- que el capitalismo se hubiera desentendido de sus rasgos nacionales y funcionara ya como un solo tinglado sin bandera a escala de todo el planeta. El gran capitalismo norteamericano, con los fabricantes de armamento y la industria del petróleo al frente, se han hecho cargo por completo del poder político, mandan ya sobre la Casa Blanca sin mediaciones, y han puesto en marcha su maquinaria para hacerse con el control del globo. Irak es sólo un primer objetivo. Lo quieren todo.
Éste es un muy breve y tosco resumen de la parte expositiva (o descriptiva) de la conferencia de Saramago, que luego pasó a explicar la urgente necesidad de rebelarse contra ese estado de cosas en defensa de la raza humana, sobre la que esa gentuza está dispuesta a pasar sin miramientos.
Retengo del hilo argumental de José algunas ideas en las que, como saben quienes me han escuchado en mis últimas conferencias sobre la Prensa y la guerra, también he venido insistiendo: las técnicas globalizadas de la manipulación son universales; los intereses de los diferentes consorcios no están ni mucho menos homologados. Hay un solo capitalismo, en tanto que sistema, pero hay varios frentes capitalistas (e imperialistas) con intereses diferentes y, por lo tanto, eventualmente contradictorios. Cualquier dibujo simplista de la realidad contribuye a desdibujarla.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (6 de marzo de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/03/06 06:00:00 GMT+1
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2003/03/05 20:00:00 GMT+2
(Ayuntamiento de Barcelona, 5 de marzo de 2003)
El Ayuntamiento de Barcelona, a instancias de los responsables del Centro de Estudios Históricos Internacionales de la Universidad, tuvo la amabilidad de invitarme a presentar la conferencia que dictó José Saramago en el solemne salón consistorial el 5 de marzo de 2003. La invitación, aparentemente exótica, lo era menos si se considera mi excelente relación con dos de los responsables del Centre d'Estudis... y el hecho de que fui yo quien medió para que Saramago aceptara la invitación. Dado que el tema de la conferencia era abiertamente político ("Un mundo en transformaciones"), opté por seguir en mi presentación un hilo singular.
Lo que sigue es lo que dije.
Mi presencia en este acto encierra una aparente paradoja.
Se supone que estoy aquí para presentar a José Saramago. Pero no tiene sentido que alguien presente a José Saramago. Tanto su persona como su obra son bien conocidas. No diré «de sobra», porque en la presente circunstancia difícilmente cabría el exceso, pero sí «muy» conocidas.
Y, en todo caso, de tener que presentarlo en esta ocasión -así fuera por razones meramente protocolarias-, lo que no parece demasiado puesto en razón es encargar de ello a un periodista y ensayista ocasional, que no sólo no es catalán, sino que encima, y para más inri, es vasco. Un vasco quejica. Con los tiempos que corren. Como si el propio Pasqual Maragall no tuviera ya suficientes problemas por prestar atención a los vascos quejicas.
Puestos a tomarse la cosa con humor, cabría plantearse si no sería más adecuado que José Saramago me presentara a mí, que gozo de una popularidad más bien doméstica (quiero decir: circunscrita prácticamente a mi casa y sus aledaños). Aunque seguro que, de ser así, tampoco faltaría el gracioso que objetara que ni siquiera Saramago podría superar la dificultad que conlleva presentar a un impresentable.
Todo tiene su lógica, sin embargo.
La invitación que recibimos ambos para participar en este acto surgió hace meses, en un momento en que él había aceptado echarme una mano -o las dos- para afrontar la confección de un libro colectivo sobre la trágica situación de Palestina.
El libro se construyó tomando como piedra angular una accidentada entrevista que le fui haciendo en las escasas horas libres que tuvo durante una gira de conferencias que le llevó a recorrer los Estados Unidos de América a lo ancho y a lo largo.
Sobre esa base fue posible obtener la colaboración posterior de varios reputados escritores afincados en aquella orilla del Atlántico (Noam Chomsky, Edward Said y James Petras) y de un experto militar pacifista (el general Alberto Piris), todo lo cual fue arropado por el catedrático catalán Antoni Segura, que añadió al conjunto un resumen histórico-crítico que constituye, en mi opinión, un prontuario verdaderamente imprescindible para todo aquel que quiera adquirir una visión de conjunto honesta y rigurosa sobre el conflicto israelo-palestino.
Fue en ese momento, como digo, cuando se planteó la posibilidad de llevar a cabo este acto y, como la idea surgió vinculada al libro al que me estoy refiriendo, pareció razonable a los organizadores solicitar también mi presencia. Cosa que les agradezco infinito. Y muy sinceramente.
Decía al comienzo que no tendría mucho sentido que nadie -y menos alguien como yo, para nada experto- se pusiera a detallar las excelencias estilísticas de José Saramago, por lo demás conocidas y reconocidas. Renuncio de antemano a nada que pueda parecerse a un exordio literario.
Lo único que puedo decir al respecto, en mi calidad de escribidor pertinaz y reincidente, es que envidio su capacidad de síntesis. Saramago es capaz de retratar en cinco o seis líneas lo que yo no sería capaz ni de sugerir en un folio. Y admito no sólo mi envidia, sino también mi asombro, porque sé que él también fue pobre, como yo, y todos los escritores que hemos sido pobres -o que seguimos siéndolo, o que no tardaremos en volver a serlo- nos educamos en la triste habilidad de explicar las cosas con la máxima extensión posible, mayormente porque las empresas solían pagarnos a tanto el folio. Media docena de adjetivos podían hacernos ganar lo que nos cobraban en el bar de la esquina por un bocata de calamares. Si les añadíamos de paso cuatro o cinco adverbios, lo mismo teníamos también para la caña de cerveza.
José Saramago renunció a vender verborrea al peso ya en los tiempos en los que seguro que no le sobraban los bocatas de calamares.
Lo cual me lleva directamente al meollo de lo que quería comentar esta tarde con ustedes: el género de personaje que es José Saramago. La pasta de la que está hecho.
Mi paisano el escultor Jorge Oteiza, que cometió el doble error de interesarse por mí en mi adolescencia y de animarme a persistir en la escritura, se daba -y nos daba a todos, en general- un consejo fantástico: «Nunca ensucies tu carrera de perdedor con un éxito de mierda». La primera vez que se lo oí me dejó de piedra: ¿cómo podía hablar de «carrera de perdedor» un hombre que había obtenido el máximo reconocimiento en las bienales de Venecia y Sao Paulo, y que figuraba ya en lugar destacado, a los cuarentaitantos años que tenía por entonces, en todas las enciclopedias del Arte? ¡Perdedor!
Pues sí. Porque él no hablaba del reconocimiento que la sociedad bienpensante no había tenido más remedio que concederle ante la evidencia de su genio, sino de lo que hubiera podido lograr sin mayor esfuerzo en el caso de haberse inclinado, de haber dicho amén, de haber sonreído a los reyes y los millonarios que llamaban a su puerta.
Conocí a Oteiza en la villa que tenía en Irún, cerca de la frontera de Hendaya: tenía 16 años y llamé a la puerta de su casa, digna pero modesta, y le dije que quería leerle unos poemas que había escrito. Y aquella puerta que estaba cerrada para los millonarios y los príncipes se me abrió de par en par.
A esa actitud es a la que Oteiza se refería cuando hablaba de «una carrera de perdedor», por mucho que a los demás nos chocara oírselo decir. Y a esa misma actitud, que yo he reconocido tantas y tantas veces en los actos de José Saramago, es a la que creo que puedo apelar cuando digo que nunca ha ensuciado su carrera de perdedor con un éxito de mierda.
Cuando José llegó a Israel, y allí le dijeron que podía criticar al Gobierno de Sharon (por supuesto, todo lo que quisiera, faltaría más, etcétera), pero que nunca pronunciara la palabra prohibida ("holocausto"), José supo que todo estaba decidido: tenía que hablar, indeclinablemente, del holocausto que los sionistas estaban cometiendo con el pueblo palestino. En esos términos. Literalmente.
Y cuando le anunciaron que si decía eso cometería un gravísimo error muy perjudicial para sus intereses, porque en Israel sus libros se estaban vendiendo en ese mismo momento como churros, su determinación se hizo doble.
Saramago tiene el Premio Nobel. Bueno, y qué. También lo tiene Kissinger. ¿Qué el suyo es de Literatura? Bueno, y qué. También lo logró Echegaray.
El más preciado premio que tiene José Saramago es, en lo profesional, como artesano de la palabra, la devoción de sus lectores, y en lo político (o en lo humano, que viene a ser lo mismo), la credibilidad. La cualidad de creíble.
Creo que fue en El año de la muerte de Ricardo Reis donde escribió: «Lo que decimos es verdad sólo en la medida en que los demás nos creen». (Tal vez no lo dijo exactamente así: espero que me perdone por citar de memoria.)
Lo que él dice es verdad porque los demás le creemos.
No creemos que acierte obligatoriamente. Faltaría más. Creemos, eso sí, que lo dice porque lo cree. No porque espere obtener nada diciéndolo. Y creemos que vale la pena tomarse en serio lo que dice porque proviene de un cerebro acostumbrado a pensar, y a pensar bien, sin miedo. Y que si ha llegado a esas conclusiones y no a otras es porque le han parecido las más certeras y las más honradas.
Habrán observado ustedes que las críticas que se le dirigen a José Saramago nunca apuntan por la vía retorcida de las dobles intenciones, del doble lenguaje o de la hipocresía. Salvador Dalí podía decir de Picasso aquello de que «Picasso es un genio; yo también. Picasso es comunista; yo tampoco», y todo el mundo le reía la gracia, porque era de general conocimiento el culto que don Pablo Ruiz rendía al poderoso caballero.
Los enemigos de Saramago (que los tiene, vaya que sí, aunque se agazapen) nunca tratan de asaltar el castillo de su prestigio por esa almena. Saben que no van a pillarlo ni por el flanco de la fatuidad ni por el del vil metal.
Lo atacan entonces diciendo que es un soñador, un utópico... o un amargado.
No llevo ya la cuenta de los cortos de luces -o, por decirlo más finamente: de los tontos del culo- que me vienen con la historia de que Saramago es un triste. Valiente estupidez. He compartido con él las suficientes carcajadas como para saber que cuenta con un envidiable sentido del humor y con una espléndida capacidad para encontrar a cada suceso su lado más ridículo, o más cáustico, o más surrealista.
Es un hombre extraordinariamente vivo, despierto a todas las percepciones. Incluida, por supuesto, la del humor.
Lo que nadie espere de él es que se tome a broma el sufrimiento ajeno. Ni que frivolice con el padecimiento de los pueblos. Ni que se ponga a decir que qué bien va todo, cuando lo cierto es que casi todo va realmente muy mal.
Bueno, no sé si se me habrá notado mucho, pero, si es así, lo admito: José Saramago me cae muy bien.
Hace años, un crítico se enfadó conmigo por mis gustos musicales. Dijo que yo defendía a Mísia -otra persona nacida en Portugal, vaya por Dios- porque es mi amiga. Le respondí explicándole que la verdad es exactamente la inversa: no me gusta Mísia porque sea mi amiga; me interesé por ella y nos hicimos amigos porque me gustó su trabajo.
Ahora estamos en las mismas, sólo que elevado al cubo. No les hablo bien de Saramago porque lo tenga por amigo. Lo tengo por amigo, y con orgullo, porque me parece de rigor hablar bien de él. Porque sería un tonto de remate si no me diera cuenta de que, como decía la vieja canción de Phil Spector, "conocerlo es amarlo".
Pero escúchenle a él, que les será mucho más productivo.
Muchas gracias por su atención.
Javier Ortiz. (5 de marzo de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de diciembre de 2017.
© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/03/05 20:00:00 GMT+2
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2003/03/05 06:00:00 GMT+1
Estoy en Barcelona. Hoy habré de sentarme en el estrado del histórico salón de actos del Ayuntamiento, presentando a José Saramago y siendo presentado a mi vez por el alcalde.
He comentado a los organizadores que lo mismo digo algo a favor de Pasqual Maragall, al que están despellejando por haber declarado que le parecen verosímiles las denuncias de torturas formuladas por los detenidos de Euskaldunon Egunkaria. Les ha parecido muy puesto en razón.
He añadido que lo mismo comento también algo sobre los okupas que protestaban contra la guerra y que han sido desalojados a hostias por la Guardia Urbana barcelonesa del edificio en el que se habían suspendido (porque la cosa iba de cuerdas). Esto ha tenido una acogida francamente menos favorable, tal vez porque la Policía de la Ciudad Condal no responde propiamente a órdenes del PP, ni siquiera de CiU.
Cuanto lío. Me cuesta volver a la reflexión de anteayer sobre lo mal que nos lo hemos montado los vascos -excepciones aparte- a la hora de ganarnos defensores fuera de nuestras fronteras.
Tenía previsto comentar una conversación con un amigo de la izquierda abertzale, que hace algo así como 15 años, cuando le hablé de las reivindicaciones nacionales del País Valenciano (del conflicto que tomó pie en la vieja batalla de Almansa -que a tots alcança-, del papel de los blaveros, de la estúpida disputa lingüística que estaban promoviendo, etcétera), me respondió sin cortarse un pelo: «Oye, pero, eso del País Valenciano... ¿va en serio?».
Seré del todo sincero: conozco poquísimos abertzales de pro que hayan manifestado alguna vez un interés real por algo de lo que sucede en el informe magma denominado España. Todavía en Catalunya... Pero, ¿en Castilla, en Andalucía, en Extremadura, en Murcia o en Canarias? ¿Interesarse por la perversión castellanoide del gallego -por esa cosa que farfulla Fraga, más que nada por no perder la costumbre de torturar-, o por las peculiaridades de la fabla aragonesa, o por el catalán de Mequinenza, o por el asturiano? Estamos tan ocupados denunciando la opresión que sufre el milenario pueblo vasco que no tenemos tiempo para denunciar las opresiones -no menos milenarias, por supuesto- que padecen todos y cada uno de los pueblos que nos rodean.
Para mí que muchos se han dado cuenta de nuestro sistemático ombliguismo. De que, salvo excepciones dignas de gran estima -el chapapote gallego, por ejemplo- sólo nos interesamos por lo nuestro. Y que, probablemente sin ni siquiera pensarlo, nos están pasando factura.
Dicho sea como pintura de trazo gordo. Todo es matizable, por supuesto. Y hay más elementos dignos de consideración. Por ejemplo: también hay en España mucha gente que cree que la mayoría de los vascos somos muy poco sensibles ante lo mal que lo pasan en nuestra tierra algunas minorías (por ejemplo, los que ejercen militantemente de no nacionalistas). Pero eso es, en cierto modo, una variante del ombliguismo: consideran que sólo nuestro propio y específico sufrimiento nos obsesiona.
¿Y de verdad que no padecemos ese mal?
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (5 de marzo de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/03/05 06:00:00 GMT+1
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2003/03/04 06:00:00 GMT+1
Hace ya bastantes años que paso buena parte de mi tiempo en una casa situada en las afueras de un pueblecito mediterráneo que aún no ha sido engullido -ya veremos lo que dura- por el turismo de masas.
Rondan por mis cercanías gentes que todavía se dedican a la agricultura, e incluso al pastoreo. Tampoco me pilla lejos la costa, abarrotada de urbanizaciones, aparthoteles y discotecas.
Se entenderá que, con ese entorno, me ha tocado reflexionar más de una vez sobre los problemas del agua. Y que, cuando oigo gritar «¡Agua para todos!», sé de qué se habla.
El agua es un bien escaso. Esté donde esté. Incluso en Aragón. O en Cataluña. No se dejen engañar ustedes por los demaogos que dicen que los miles de litros que el Ebro está vertiendo al mar «inútilmente» durante estas semanas de crecidas bastarían para cubrir las necesidades que tenemos en todo un año los que vivimos en el Mediterráneo seco.
Es un doble disparate. Primero, porque el agua que el Ebro arrastra hasta Tortosa no se desperdicia en absoluto: el Mar Nuestro la necesita para alimentarse, para no morirse. Y, en segundo lugar, porque no habría modo de almacenar y dosificar todo ese caudal irrefrenable.
Afrontamos una cadena de problemas que se derivan, en muy buena parte, de la elección de alternativas económicas inadaptadas al medio, corrompidas por una ambición cortísima de miras. Si no tenemos el agua que hace falta para abastecer las exigencias de millones y millones de veraneantes, ¿a qué viene seguir atrayéndolos como moscas?
Y si nos dejamos buena parte del agua que tenemos cubriendo las exigencias de una infraestructura turística elefantiásica, ¿cómo podemos aspirar a desarrollar una agricultura que reclama más y más riego?
Cientos de miles de personas se manifestaron el pasado domingo en Valencia al grito de «¡Agua para todos!».
La consigna me parece de perlas. Agua para todos, muy bien. Pero no agua para todo.
Ya vale de seguir empecinándose en un modelo básicamente cuantitativo de expansión turística -cuantos más millones de visitantes, mejor- que está dejando la costa hecha unos zorros, que cuesta cada vez más y que aporta cada vez menos.
Ya vale de fomentar cultivos que requieren un agua de la que carecemos.
Ya vale de construir campos de golf que chupan lo que no está escrito (Albufera incluida).
Ya vale de permitir la plantación de césped en donde el césped es literalmente un crimen ecológico.
Ya vale de malmantener conducciones que dejan escapar buena parte del agua que transportan.
Empecemos por administrar adecuadamente los recursos que tenemos. Adaptemos nuestras expectativas al medio en el que vivimos.
Y si después de eso seguimos a falta, tiempo habrá de pedirle al vecino lo que a él tampoco le sobra.
-------------------
Todo se andará.- Ayer inicié una reflexión [«¿Qué hemos hecho mal? (I)»] que había previsto continuar hoy. Pero luego me di cuenta de que tenía que escribir también mi primera columna de la semana para El Mundo -que ahora, momentáneamente, sale los martes, en lugar de los miércoles- y que, además, debía terminar de preparar la intervención que he de hacer el próximo miércoles en el Ayuntamiento de Barcelona para presentar a José Saramago, al que el consistorio de la capital catalana quiere rendir homenaje. Demasiado, y de demasiada responsabilidad -lo de la presentación de Saramago me tiene bastante impresionado- para un solo lunes. Así que decidí incluir hoy en este Diario el texto que sale también hoy como columna en El Mundo, y dejar para otro momento la continuación del «¿Qué hemos hecho mal?». Espero afrontarla mañana, pero cualquier sabe, porque ahora salgo para Barcelona y allí me espera un programa de festejos fino, que incluye también la moderación de una mesa redonda sobre Periodistes i militants en la Universidad, con participación de Josep M. Ureta, Josep M. Huertas, Ignasi Riera y Humbert Roma. Bueno: se hará lo que se pueda.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social y El Mundo (4 de marzo de 2003), salvo la nota, la cual sólo aparecía en el Diario. Subido a "Desde Jamaica" el 5 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/03/04 06:00:00 GMT+1
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2003/03/03 06:00:00 GMT+1
Está claro. O yo, por lo menos, no tengo la menor intención de discutirlo: el pueblo vasco arrastra una larga historia de malos tratos, el Estado español es un engendro amorfo que lleva varios siglos tratando de construir una nación a capones... Etcétera, etcétera.
Si tuviera que discutir con alguien que negara esas premisas, volvería a detallarlas hasta el infinito, deteniéndome todo lo que hiciera falta en cada punto. (Me he detenido tantas veces que, total, una más, tanto me daría).
Pero esta vez -así sea como excepción- no voy a hablar ni de la maldad intrínseca del enemigo, ni de lo mucho que nos odia a los vascos desafectos, ni de cómo a los sucesivos gobiernos de Madrid se les ve el plumero de la una, grande y libre en cuanto consiguen una mayoría parlamentaria confortable, ni de cómo los unos y los otros se han empeñado -y han logrado- sembrar por toda España la desconfianza y la antipatía hacia todas las señas de su identidad vascas que no son reductibles a los patrones del uniformismo ramplón.
No; por esta vez voy a abstenerme de insistir en todo eso y me voy a centrar en nuestro bando. En el bando en el que sitúo a un montón de buena gente que aspira sencillamente a vivir en una Euskadi en paz, sin bombas, sin imposiciones, sin torturas. En una Euskadi libre de decidir qué quiere (por mayoría, como se toman las decisiones colectivas en las sociedades civilizadas, pero sin imposiciones apabullantes para ninguna minoría). Libre para albergar consensos y disensos libres, gustos libres, sentimientos libres.
Muchos me dicen que en esa onda estamos un montón: el 60%, el 70% de la población vasca, o más. No lo sé. Puede ser.
En todo caso, no creo que eso nos dispense de la necesidad de hacer una reflexión sincera y sin concesiones ñoñas sobre nosotros mismos; sobre nuestras ventajas y sobre nuestros inconvenientes.
Estos últimos días he leído varios artículos que afrontan más o menos el problema que estoy tratando de plantear, y que cabría formular así: el fuerte antivasquismo que se percibe en capas muy mayoritarias de las sociedades que habitan del Ebro para abajo -y para la izquierda-, ese sentimiento de viva antipatía y desconfianza reconocibles que hace que sean muy pocos los que se ponen de nuestro lado cuando reivindicamos nuestros derechos nacionales o protestamos por tal o cual atropello -caso muy reciente del cierre de Euskaldunon Egunkaria-, ¿es una actitud que viene provocada exclusivamente por la burda propaganda de los partidos centralistas españoles o los vascos hemos contribuido también de algún modo a su generación y desarrollo?
¿Qué hemos hecho mal?
Hoy me limito a formular la pregunta. A poner el asunto sobre la mesa. Porque a lo mejor no hay problema y me lo he inventado yo.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (3 de marzo de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/03/03 06:00:00 GMT+1
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2003/03/02 06:00:00 GMT+1
Escribe El Mundo en sus páginas editoriales, bajo el título «La denuncia de torturas no es verosímil»:
«Martxelo Otamendi, director de Egunkaria, ha denunciado que la Guardia Civil le sometió a torturas durante su detención incomunicada. PNV, EA y, por supuesto Batasuna, se han apresurado a acusar al Gobierno de torturar a los detenidos vascos. Sin embargo, como ayer advirtió el ministro del Interior, los presuntos malos tratos no son verosímiles por muchas circunstancias. Primero: Otamendi no las ha denunciado donde debe hacerlo, que es en los tribunales de Justicia. Segundo: tales acusaciones las formulan todos los detenidos en relación con ETA, sea contra la Ertzaintza o contra la Guardia Civil. Tercero: no se percibe por ningún lado la motivación de los presuntos malos tratos. Cuarto: él y el resto de los arrestados fueron examinados por un forense cada uno de los cuatro días que duró su detención incomunicada. Quinto: alguna supuesta tortura como la de repetir los límites geográficos de España es un sarcasmo que no puede tomarse en serio.»
Con el espíritu fraternal que en este caso no me podría faltar, dadas mis relaciones con El Mundo en general y con su sección de Opinión en particular, quiero responder a los cinco argumentos en que se basa la afirmación contenida en el título del breve editorial.
Primero. Otamendi sí ha denunciado las torturas ante la Justicia. Lo hizo en su declaración ante el juez de la Audiencia Nacional, que es sobre quien recae ahora la responsabilidad de investigar y aclarar lo sucedido, fijando las responsabilidades de cualquier tipo que puedan deducirse.
Segundo. Que todos los detenidos por su presunta relación con ETA denuncien siempre haber sufrido torturas, aparte de ser incierto, no invalida la posibilidad de que haya habido torturas en este caso. ¿O habremos de entender que si un detenido ajeno a ETA recibe malos tratos lo que debe hacer es callárselo, para no comportarse como si fuera un detenido de ETA?
Tercero. ¿Cómo es eso de que «no se percibe por ningún lado la motivación de los presuntos malos tratos»? Yo sí la percibo. Se me ocurren muchas posibles motivaciones, de hecho. Desde las inspiradas en el rencor y el odio –sentimientos nada inverosímiles en Euskadi, créanme– hasta las más pragmáticas, vinculadas al deseo de obtener falsas confesiones de culpabilidad
Cuarto. En efecto, Otamendi fue visitado a diario por un médico forense. Y, si el forense en cuestión es interrogado y no miente, revelará que Otamendi le denunció una y otra vez que estaba siendo sometido a malos tratos, a la vez que le encarecía que recomendara su traslado a los calabozos de la Audiencia Nacional. ¿Que el forense no apreció ni heridas ni hematomas en el detenido? Cualquier persona medianamente informada sabe de sobra que hay determinadas torturas que no dejan huellas visibles en el cuerpo de la víctima. Basta con que le impidan dormir, o con que lo obliguen a estar de pie durante horas y más horas. La introducción de la cabeza del detenido en una bolsa de plástico, llevándolo al borde de la asfixia una y otra vez, tampoco deja rastro apreciable a simple vista. Lo mismo que los golpes dados con objetos tales como guías telefónicas. (A decir verdad, resulta bastante chocante que sea necesario recordar el abecé de la tortura en un país que tiene una más que dilatada y documentada experiencia al respecto.)
Item más: Otamendi ha declarado que tuvo un compañero de celda, detenido por un presunto delito común, que presenció algunas de las sevicias que le fueron infligidas. Me parece extremadamente improbable que, de estar mintiendo, diera pistas sobre imposibles testigos.
Quinto. La tortura consistente en obligar al detenido a repetir una y otra vez, hasta la extenuación, una afirmación que para él resulta hiriente o humillante, lejos de resultar «un sarcasmo», es extremadamente habitual, según sabe cualquiera que se haya tomado el trabajo de leer alguno de los miles de informes que existen sobre la tortura en el mundo. Es un método bastante eficaz –y, en consecuencia, muy usual– que se emplea para provocar en el detenido la pérdida de su autoestima.
Otamendi no ha dicho que sus interrogadores le obligaran a repetir «los límites geográficos de España» –así, en general–, sino la idea que la mayoría de los miembros de la Guardia Civil –y mucha más gente, sin duda, pero no los nacionalistas vascos– tienen sobre el ámbito geopolítico abarcado por la nación española.
Por resumir: que las presuntas «muchas circunstancias» –cinco, a la hora de la verdad– que se suponía que convertían en «no verosímil» la denuncia de torturas hecha por Otamendi carecen de la más mínima fuerza probatoria.
No demuestran en rigor estrictamente nada.
Por lo menos nada de lo que pretenden.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (2 de marzo de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de febrero de 2010 .
Viene a cuento este apunte de Javier en estas fechas en las que se cumple el séptimo aniversario del cierre de Euskaldunon Egunkaria. Más ahora que estamos a la espera de la sentencia del primer juicio.
Hoy tenemos también un recuerdo relacionado con esta cuestión. La Coordinadora para la Prevención de la Tortura ha organizado en Sevilla los días 5 y 6 de marzo las IV Jornadas contra la Tortura. El viernes, a las 12:00 del mediodía, se presenta el libro José K, torturado de nuestro admirado Javier. Muchas gracias a la organización y a los editores del libro.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/03/02 06:00:00 GMT+1
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2003/03/01 06:00:00 GMT+1
Supe de la muerte de Alberto Sordi mientras estaba de viaje. Me dije que debería escribir algo sobre él. Bueno, no sólo sobre él: sobre toda esa magnífica, inimitable raza de actores, guionistas y directores italianos que nos protegieron durante toda una época, que llenaron nuestra infancia y nuestra adolescencia de inteligencia, de humor y de picardía. Para rendirles homenaje.
No estaba pensando en Antonioni, ni en el Visconti más espeso, ni en el Fellini más pretencioso, ni siquiera en Pasolini, sino en Gassman, en De Sica, en Tognazzi, en Mastroianni, en Manfredi... y en Dino Risi, y en Francesco Rossi... Y en Vasco Pratolini. Qué libros: Crónica de los pobres amantes, Un héroe de nuestro tiempo, Las amigas... Ya sabía que me olvidaría de mil nombres: Monica Vitti, La chica de la maleta, A pie, a caballo y en coche, Claudia Cardinale, Anna Magnani, Arroz amargo... Yo qué sé.
Cuando se habla del viejo buen cine español de los 50 y los 60, del mejor Berlanga -del de antes de que se asiera como un poseso a la escopeta nacional para cazar millones con cartuchos de sal gruesa-, del más entrañable Bardem, del primer Ferreri, de Bienvenido Mr. Marshall, de Calabuig, de Plácido, de El cochecito... ¿de qué hablamos, sino de la modesta sucursal española de la gran Italia de la época?
Aquí éramos italianos por delegación. Y neorrealistas por envidia. Hasta cantábamos en italiano: Endrigo, Modugno, Mina, Carosone...
De haber estado en casa y no danzando por ahí con la vorágine de estos días, me habría tomado un respiro para poner en el vídeo aquella espléndida Vida difícil de Sordi (1961), hecha mano a mano con Risi y Lea Massari. Para recuperar la genial interpretación de Sordi del papel de aquel partisano chapucero, convertido tras la liberación en periodista más o menos izquierdoso y tramposete.
A falta del vídeo, traté de recrear la película echando mano de la evocación.
De regreso a Madrid, he tenido ocasión de cotejar mis recuerdos con el original. Y he comprobado con curiosidad los cambios que mi memoria había hecho en la película desde hace 40 años, cuando la vi, a ahora.
El primer cambio y más sorprendente: recordaba al protagonista como un pícaro, un desenvuelto, un semi-lumpen cargado de patética verborrea izquierdosa. En el original, en cambio, es un pobre hombre entrañable que quisiera sacar adelante a su familia, y que está dispuesto a pagar por ello tragándose su dignidad, pero que no puede soportar el oportunismo y la desfachatez de la Italia de posguerra, puesta por los Estados Unidos en manos de la Democracia Cristiana. No es ningún héroe, pero sí un hombre de principios que odia el mundo del dinero, del sable y del hisopo.
La película es la misma. Se ve que quien ha cambiado en estos 40 últimos años he sido yo: parece que a mis 14 o 15 años era mucho más implacable juzgando a los demás.
A cambio, hay una escena de la película que recordaba con pasmosa fidelidad, aunque yo la situaba al final de la historia (y no). Sale Sordi de una fiesta de postín celebrada a las afueras de Roma, trajeado pero desaliñado, con la corbata suelta, dando traspiés, cagándose en todo lo cagable. Echa a andar camino de la ciudad por una vereda de campo. Empieza a amanecer. Ve que viene hacia él un pastor con su rebaño. Sonríe. Se acerca al hombre con aire amistoso, vagamente paternalista.
-Dime, campesino, ¿eres feliz? -le dice.
Y el otro le responde:
-Déjeme en paz, tío borracho.
La recordaba tal cual, ya digo. Curioso.
Otra curiosidad notable: no guardaba el más mínimo recuerdo del auténtico final, cuando por fin su mujer no sólo no le critica por rebelarse, sino que le anima a hacerlo cuando ve que él flaquea y está dispuesto a humillarse para lograr un lugar al sol que más calienta.
De esa escena no recordaba nada de nada.
Por misoginia infantil, probablemente.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (1 de marzo de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de febrero de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/03/01 06:00:00 GMT+1
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