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2010/02/18 10:42:54.101000 GMT+1

Los datos reales del turismo

Acaba de hacerse pública una estadística sobre las cifras básicas del turismo internacional relativas al año 2008, elaborada por la OCDE (Organización para la cooperación y el desarrollo económico), que permite comparar el peso de la industria turística en varios países.

En la clasificación por ingresos turísticos, figura en primer lugar EEUU, cuyos ingresos por turismo duplican sobradamente al segundo país de la lista, que es España, seguida a corta distancia por Francia e Italia (los dos grandes países de secular tradición turística). Y como no podía ser menos, el 5º lugar lo ocupa China, cuyo ascenso hacia los primeros puestos en casi todas las categorías imaginables parece imparable, y que en esta clasificación ha rebasado a sus inmediatos seguidores, Alemania y el Reino Unido.

¿De dónde proceden esos turistas que con sus recursos alimentan el negocio? Los tres países que contribuyen, muy por encima de los demás, a sostener el turismo internacional son Alemania, EEUU y el Reino Unido, por este orden. Sus turistas aportan globalmente lo mismo que los que proceden de los siguientes nueve países, entre los que se halla España, que ocupa el 11º puesto.

Pero los datos de mayor interés son los que revelan la importancia social y económica que el turismo tiene para los distintos países. El país que en el año 2008 destacó sobre todos los demás por el porcentaje de mano de obra dedicado a actividades turísticas fue España, donde casi el 13% del empleo total del país estaba dedicado a ese sector. Italia, Nueva Zelanda y Hungría nos seguían a cierta distancia.

Un dato que mostraba ya entonces la mayor vulnerabilidad de nuestro país ante cualquier crisis internacional que afectara al turismo es el del porcentaje del producto interior bruto obtenido por el turismo. En esta clasificación España ocupaba el primer puesto, seguida a muy poca distancia por Portugal, y algo después por México y Grecia.  Más de un 10% de nuestros ingresos como país dependían en 2008 del turismo. Ni siquiera en los viejos países de gran tradición turística, como Italia, Francia, Suiza, el negocio suponía más del 5% del PIB.

Y ahora el lector es quien ha de extraer conclusiones y exponer sospechas. ¿Por qué un país que depende del turismo más que ningún otro, ha dejado deteriorarse este negocio, cubriendo de cemento sus costas, masificando su oferta y promocionando un turismo de sol, sexo y cerveza, como bien saben los británicos que hace unos días arrasaron un restaurante argentino en Lanzarote? ¿Es que no se pudo prever que, ante cualquier crisis que afectase al turismo, España sería el país donde más crecería el paro? Pues es esas estamos.

Escrito por: alberto_piris.2010/02/18 10:42:54.101000 GMT+1
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2010/02/17 10:30:1.109000 GMT+1

EEUU y Rusia ponen a punto sus estrategias

Mientras en numerosas ciudades de todo el mundo los pueblos se preparaban con alborozo para celebrar unos carnavales que les permitieran olvidar por unos días las variadas tribulaciones que aquejan a la humanidad, en Washington y en Moscú se hicieron públicos sendos documentos que nos recuerdan que para los instrumentos de guerra no hay pausa ni jolgorio relajante.

En la capital de EEUU, el Secretario de Defensa, Robert Gates, presentó la denominada "revisión cuatrienal de la defensa", a la que, sin andarse con miramientos, calificó como "de tiempo de guerra". Es el documento oficial que pone al día el pensamiento estratégico por el que ha de regirse la actividad militar del país.

Casi por las mismas fechas, se difundió en Moscú la nueva versión de la doctrina militar rusa que Medvedev ratificó con su firma. La coincidencia en el tiempo de ambos documentos es una casualidad, pero no lo es el hecho de que, concluida y debidamente enterrada la Guerra Fría, los residuos de la hostilidad y la desconfianza que crearon tantos años de enfrentamiento afloran periódicamente y siguen envenenando las relaciones entre Rusia y EEUU. Lo que también tiene serias repercusiones para la Unión Europea que, en muchos aspectos (económico, militar, político, social, etc.), sigue ocupando una difícil posición de puente -además, bastante endeble- entre ambas superpotencias, con las que no puede ignorar la existencia de vínculos insoslayables y de muy complicada compatibilidad entre sí.

El Pentágono ha decidido aprender las lecciones de Iraq y de Afganistán. No más armas visionarias frente a inexistentes amenazas espaciales o de otro tipo, como ocurrió en la era Bush. Sus ejércitos serán dotados de "armas utilizables, a nuestro alcance y que sean verdaderamente necesarias"; léase aeronaves no tripuladas de observación y ataque, helicópteros, vehículos acorazados especializados, etc. Aumentará también el contingente de las fuerzas dedicadas a operaciones especiales, listas "para abordar una gran variedad de misiones preventivas y disuasorias".

El presupuesto militar que propone el flamante Nobel de la Paz alcanza cifras récord y roza los 900.000 millones de dólares, aunque parte de él se invertirá en compensaciones por los programas de rearme ahora cancelados. Aquí se le presentará a Obama un hueso duro de roer: la segura y tenaz oposición de amplios sectores del Congreso, impulsada por los poderosos consorcios de fabricantes de armas, que temen ver esfumarse los provechosos contratos de desarrollo de armas futuristas, que tantos beneficios les han reportado siempre.

La nueva estrategia suprime la anterior exigencia de que las Fuerzas Armadas de EEUU debían estar preparadas para afrontar y ganar dos guerras simultáneas. Ahora se tendrán más en cuenta los conflictos bélicos de menor escala (como los de Iraq y Afganistán), incluyendo acciones preventivas contra el terrorismo y la proliferación de armas de destrucción masiva, sin olvidar el peligro que supone Al Qaeda y la necesidad de preservar la hegemonía en el ciberespacio.

Por su parte, la nueva estrategia rusa es predecible y apenas aporta novedades. La existencia de la OTAN es, para los planificadores rusos, la garantía de un perpetuo desequilibrio en la seguridad de los Estados en todo el mundo y, en especial, en Europa. Cualquier conocedor de la historia rusa está familiarizado con la intensa percepción de amenaza procedente del Oeste. La continuada expansión de la OTAN hacia las fronteras rusas solo ha venido a reforzar ese inveterado recelo. La necesidad de un espacio de seguridad que sirva de aislamiento ha sido obsesiva para los gobernantes rusos desde hace siglos. Esto apenas se entiende en Washington, a pesar de que toda la historia moderna de EEUU -nación que nunca ha compartido frontera con ningún país enemigo- ha venido configurada por sus frecuentes intervenciones militares en lo que allí se considera su "patio trasero": Centroamérica y el Caribe. Desde Moscú esto es visto como una prueba más de la doble vara de medir que aplica Occidente a las cuestiones rusas.

El rechazo occidental a las renovadoras propuestas de Medvedev sobre una nueva "arquitectura" de seguridad para toda Europa, que haría inútil a la OTAN, viene a confirmar todo lo anterior. Y aunque los misiles Patriot que EEUU prevé desplegar en Rumanía, Bulgaria y Polonia son esencialmente defensivos, todo ello contribuye todavía más a incrementar la desconfianza rusa, porque, según el documento citado, es un serio peligro "la tendencia a aproximar la infraestructura militar de la OTAN a las fronteras de la Federación Rusa".

Empujado Obama por las tensiones contradictorias de la política interior estadounidense, que le fuerzan a abandonar los aspectos más idealistas de su programa electoral y a regresar a la realpolitik (con la que nunca hubiera ganado la presidencia), y forzados los gobernantes de Moscú a no dejarse avasallar por una OTAN que no ceja en sus esfuerzos por extender sus fronteras, muchos son los ciudadanos que en todo el mundo miran con consternación el renacer de algo que, sin ser propiamente una nueva guerra fría, sí anuncia nuevos tiempos de zozobra y pesimismo. Parece como si a quienes dirigen los destinos de la humanidad les costara mucho aprender de los errores del pasado.

Publicado en CEIPAZ el 17 de febrero de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/02/17 10:30:1.109000 GMT+1
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2010/02/14 11:17:3.720000 GMT+1

Los españoles que juraron fidelidad a Hitler

Ahora que varios grupos de nostálgicos han celebrado en Madrid y  otras capitales diversos actos de conmemoración de la participación española en la Segunda Guerra Mundial, formando parte de la unidad militar conocida como "División Azul", no viene mal un ligero repaso de la Historia.

El 31 de julio de 1941, los miembros del contingente militar español que Franco puso al servicio de Hitler, vistiendo el uniforme alemán de campaña, participaron en la ceremonia de juramento de fidelidad.

Esta fue la fórmula utilizada, pronunciada por el Jefe de Estado Mayor de la citada división: "¿Juráis obediencia al Führer alemán en la lucha contra el comunismo, cumpliendo cuanto mande en relación con esta lucha, por sí o por los jefes en quienes delegue, hasta el sacrificio de la vida?",

A lo que los hombres allí formados respondieron sonoramente: "¡Sí, juro!". El jefe de la división, general Muñoz Grandes, en su posterior arenga recordó que "Lo que mi pueblo jura, lo cumple o muere". Y concluyó así la alocución: ¡Viva el Führer, viva el Ejército Alemán,  viva Alemania!

No está de más recordar que ni siquiera los militares profesionales españoles juraban expresamente fidelidad personal a Franco, aunque ésta se diera por sobreentendida. La fórmula del juramento de Bandera del ejército español comenzaba así: "¿Juráis a Dios y prometéis a España...?". Nadie se atrevió a modificar la tradicional fórmula del juramento militar, introduciendo en ella el nombre del dictador, lo que, por otra parte, no hubiera sido motivo de extrañeza ya que la omnipresente figura de Franco reinaba por doquier, desde los sellos de correos hasta las invocaciones con las que se cerraba cualquier acto oficial.

A la luz de que aquí se comenta, se puede valorar en su justa medida, en esta España del siglo XXI, las extrañas concesiones que se siguen haciendo, con la benevolencia de muchos, a esos residuos históricos que en Europa ni siquiera tienen voz y, en muchos países, han sido declarados ilegales y perseguidos por las autoridades.

¿Es que los que juraron fidelidad a Hitler, o los que les apoyan todavía, lo consideran un honor personal, como para recordarlo tras haber conocido el horror que aquél trajo al mundo?

Escrito por: alberto_piris.2010/02/14 11:17:3.720000 GMT+1
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2010/02/07 10:30:59.298000 GMT+1

En las cloacas del Estado

Muchas operaciones antiterroristas suelen desarrollarse en el ámbito de las cloacas del Estado, por su turbidez, ilegalidad y secreto, sea cual sea el lugar donde se lleven a cabo o la calidad más o menos democrática del Gobierno que las ejecute. Un factor que contribuye a que se llegue a aceptar esta aberrante situación es la inherente crueldad del terrorismo, su fanatismo y su capacidad para sembrar el miedo y la desconfianza en amplios estratos de la población. Si se está de acuerdo en que su actividad es dañina y repugnante, se argumenta, no debería haber razones para rechazar cualquier acción del Estado que tenga por objeto combatirlo y destruirlo.

Un crítico informe publicado en el semanario estadounidense The Nation por Anand Gopal, periodista del Wall Street Journal y del Christian Science Monitor especializado en Afganistán, describe algunos detalles de esa guerra oculta que EEUU libra en Afganistán, dentro del amplio espectro de la guerra contra el terror que puso en marcha Bush y que nadie parece decidido a terminar o a reconducir por otros rumbos.

En la ciudad afgana de Khost desapareció el invierno pasado un joven funcionario del Gobierno. Se le vio por última vez con unos amigos en el bazar. La intensa búsqueda emprendida por amigos y familiares fue infructuosa. Los ancianos de la localidad tomaron contacto con los jefes talibanes del lugar, que podrían haberlo secuestrado, con resultado negativo. Hasta el gobernador de la provincia se implicó en su búsqueda y la policía efectuó redadas entre los sospechosos de la zona, sin éxito alguno.

El tiempo transcurrió, el asunto fue olvidado y la búsqueda fue suspendida. Varios meses después, el correo entregó a la familia del desaparecido una carta manuscrita por él, en papel de la Cruz Roja, en la que les informaba de que se encontraba en Bagram, una de las prisiones de EEUU en Afganistán, sin saber cuándo sería puesto en libertad ni cuáles eran los cargos que se le imputaban.

El funcionario afgano, sin embargo, podía darse por satisfecho de haber salvado la vida y haber podido comunicar su paradero a la familia. No todos los que sufren las actividades ilegales del antiterrorismo estatal pueden contarlo después. Aunque parezca olvidado en la noche del pasado, el llamado "caso Lasa y Zabala" fue en su momento un grave motivo de escándalo para la opinión pública española. En 1983, dos miembros de ETA fueron secuestrados en Bayona por agentes del GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación), sometidos a tortura en el cuartel donostiarra de la Guardia Civil y trasladados a Alicante, donde tras ser obligados a cavar sus propias tumbas fueron asesinados y enterrados en cal viva.

Pero no todo lo que describe Gopal tiene un final incruento. La noche se ha hecho temible para muchas familias afganas, a esas horas intempestivas en las que, si suena el timbre y se trata de una democracia, solo puede ser el repartidor de la leche. Pero si se trata de Afganistán, los que irrumpen en la vivienda suelen ser unos hombres fuertemente armados, tatuados y con el rostro tiznado, miembros de las fuerzas especiales de EEUU, que arrasan y destrozan el domicilio, buscando las pruebas que permitan arrestar a algún presunto culpable de actividades terroristas.

Escribe el periodista: "Las incursiones nocturnas solo son el primer paso en el proceso de arrestos en Afganistán". Los sospechosos son trasladados a alguna de las prisiones secretas establecidas en las bases militares de EEUU". Y en ellas nada puede impedir que se repitan escenas como las conocidas en Abu Ghraib o en Guantánamo. Tortura, violencia, humillación y, a veces, muerte. En muchos casos, desaparición y pérdida de todo rastro.

Todo obedece a una pauta conocida. Los talibanes atacan un convoy militar que atraviesa una localidad y se esfuman después. Los soldados regresan por la noche y buscan sospechosos. Si en la emboscada han sufrido bajas, no se andarán con miramientos y apenas podrán reprimir sus ansias de venganza. Es común aceptar que no es posible combatir a la insurgencia sin efectuar incursiones y detenciones, procediendo con violencia y a menudo en forma humillante. Pero esto crea resentimiento y alimenta también los deseos de venganza entre la población. La espiral de odio no deja de crecer.

No se sabe cuántos jóvenes se incorporaron a las filas etarras cuando fue de público conocimiento el modo en que fueron asesinados Lasa y Zabala por las fuerzas de seguridad del Estado. Pero en Afganistán se ha comprobado el efecto de reclutamiento en las filas de la insurgencia producido por algunas de las más violentas acciones de las fuerzas de ocupación.

El efecto de las actividades ilegales de un Gobierno en su lucha contra el terrorismo no es solo aumentar el número de ciudadanos que se suman a la insurgencia. Hay algo peor y de más difícil solución: concierne a la pérdida de los más elementales valores morales y éticos del Estado, sin los que la democracia pasa a ser un engaño y la autoridad que confiere el poder se corrompe hasta su más honda esencia. De ese modo, al fin, solo queda un triunfador: el terrorismo que ha logrado corromper los fundamentos básicos del Estado.

Publicado en CEIPAZ (www.ceipaz.org) el 7 de febrero de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/02/07 10:30:59.298000 GMT+1
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2010/01/28 18:02:25.474000 GMT+1

No es oro todo lo que reluce

Se tiene al Parlamento británico como "la madre de todos los parlamentos" aunque, para empezar, habría que distinguir entre la Cámara de los Comunes -el verdadero parlamento, elegido democráticamente- y la Cámara de los Lores, que tiene muy poco de democrática y donde, para colmo, se sientan unos llamados "lores espirituales", asunto que quizá suscite cierta envidia entre algunos de nuestros obispos, tan dados a enredar en la cosa política, añorando a aquellos purpurados que fueron "procuradores" en las extintas Cortes Españolas.

Como la House of Commons viene funcionando sin interrupción desde el siglo XIV, ha depuesto a algún rey (Ricardo II) y ha ordenado la ejecución de otro por traición (Carlos I), se considera normalmente que sus credenciales democráticas son sólidas y de larga tradición. También se aprecia el hecho de que disfruta hoy en el palacio de Westminster de una atmósfera igualitaria, como se ve en los diarios televisados, donde los honorables miembros se sientan en íntima comunión de posaderas, sin apenas sitio para moverse y, desde luego, incapaces de poder hablar por el móvil, hacer crucigramas o sudokus, dar una cabezadita o pulsar la tecla del vecino a la hora de votar, como ocurre a  veces en la Carrera de San Jerónimo.

Hasta resulta admirable para nosotros que un parlamentario pueda votar contra lo que propone el jefe de su partido y que necesite mantener contacto frecuente con los habitantes de la circunscripción por la que fue elegido, tomándose una cerveza en el pub local y charlando con las amas de casa, no solo en periodo preelectoral sino como parte de su actividad permanente.

Pero no es oro todo lo que reluce y la madre de todos los parlamentos se ha estremecido al publicarse los datos estadísticos de un órgano democrático donde son aplastante mayoría los hombres de raza blanca y de media edad, con lo que está muy lejos de ser un reflejo representativo de la población británica. Aún más. El semanario británico The Guardian Weekly acaba de publicar que el actual Parlamento incluye cinco parejas matrimoniales (hetero, por supuesto), dos pares de hermanas y uno de hermanos, ocho parlamentarios hijos o hijas de parlamentario, diez nietos de parlamentario y una variada macedonia de hijastros, sobrinos y sobrinas de ídem. Con lo que viene a demostrar que la política parlamentaria sigue siendo, para muchos, un asunto de familia. Y también de educación, pues 3/5 de los conservadores y 1/6 de los laboristas han sido educados en los carísimos centros de élite para las clases privilegiadas, los public schools, así denominados para mayor desconcierto del lector no avisado.

Pues eso. A la hora de admirar algo conviene observar a fondo lo presuntamente admirable. Porque no suele ser oro todo lo que reluce.

 

Escrito por: alberto_piris.2010/01/28 18:02:25.474000 GMT+1
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2010/01/24 20:15:16.059000 GMT+1

Terror y seguridad

Un joven estudiante de 19 años envió el siguiente texto en un correo electrónico: "Me imagino cómo tendrá lugar la gran guerra santa, cómo triunfarán los musulmanes, con la ayuda de Dios, y cómo dominarán todo el mundo y restablecerán el más grande imperio". Podría decirse, si se deseara quitar importancia al asunto, que se trata de una frase grandilocuente de un muchacho ilusionado por un futuro mejor. Algo no muy distinto a lo que conocimos aquellos jóvenes de la posguerra española, bombardeados con fórmulas de análogo tenor, como "¡Por el Imperio hacia Dios!". Precisamente ésta tenía su correlato musical en el viejo himno "Montañas nevadas", que cantábamos mientras recorríamos formados las calles de nuestra ciudad en el llamado "Día de la Canción", y cuya letra nos hacía imaginarnos avanzando "...por rutas imperiales, caminando hacia Dios".

Pero ese joven ilusionado con la yihad, que aspiraba a un mundo totalmente islamizado por la guerra y regido por la ley de Mahoma, cuatro años después de escribir el texto citado ha sido el protagonista del último grave incidente de terrorismo islámico, cuando el pasado día de Navidad inició la activación de un explosivo unido a su cuerpo en el avión que le llevaba desde Amsterdam a Detroit. Si el atentado no hubiera sido neutralizado por algunos viajeros que lo abortaron a tiempo, hubiera provocado una terrible catástrofe aérea y la muerte de casi tres centenares de personas.

Dos centenares menos -recuerdo ahora, de paso- de los que, según oí sugerir a un compañero de profesión, bastaría "liquidar" en aquella España de los meses previos al 23-F, para asegurar un proceso de transición política apacible y más conforme con los deseos expresados en el testamento del difunto general Franco, que se exhibía en casi todas las instalaciones militares en aquellos días. Visto ahora, se trataba también de una forma de yihad, algo menos violenta, que permitiría a algunos seguir soñando con otros dioses y otros imperios.

En todo caso, tanto en la España que pretendía salir de la dictadura hacia formas democráticas de gobierno, como en un mundo en crisis que hoy no encuentra su rumbo entre problemas cada vez más acuciantes, un poco de miedo es algo que muchos gobernantes estiman positivo. Hasta nuestra Constitución española tiene en su texto residuos del miedo al ruido de sables que algunos, interesadamente, contribuyeron a magnificar. Pero yendo al asunto que aquí nos interesa, hemos de recordar cómo Dick Cheney, el todopoderoso vicepresidente de Bush, declaró entonces: "Estoy totalmente convencido de que la amenaza que ahora afrontamos, la de un terrorista con un arma nuclear en una de nuestras ciudades, es muy real y tenemos que tomar medidas extraordinarias para anularla". La inefable Condoleezza Rice, felizmente hoy olvidada, remachó: "La próxima vez, la pistola humeante será un hongo nuclear" [la nube producida por una explosión nuclear terrestre].

Bush lo supo aprovechar. Utilizó el terror para reforzar el control social de la población, la militarización de EEUU, la supresión de muchos derechos ciudadanos y, de paso, aumentar sus réditos electorales. Que desde la invasión de Iraq todo le saliera mal, por su incompetencia y la de sus asesores, no obsta para insistir en el extendido uso que hizo del miedo con fines de gobierno.

Al menos en dos ámbitos distintos se aprovecharon, y se siguen aprovechando bien, de esta "guerra contra el terror", que empezó amedrentando a los propios ciudadanos que decía proteger. El primero son los centros de reclutamiento del terrorismo islámico, adonde afluyeron todos los que allí fueron empujados por la brutal invasión de Iraq y su posterior ocupación militar, por las cárceles, la tortura y la humillación como métodos habituales de trabajo, y por la sensación de impotencia frente a una máquina militar que no hacía distinciones entre ciudadanos y terroristas.

El otro nos es mucho más próximo y hoy no solo sigue activo sino que se multiplica aceleradamente. Responde a la fórmula usual de que el miedo trae dinero. Los que ya piensan en embolsárselo son los fabricantes de los escáneres de cuerpo entero que se van a instalar en muchos aeropuertos de EEUU y el Reino Unido, y que Europa aceptará sumisamente, igual que aceptó otras limitaciones impuestas por el socio trasatlántico. Es lo que ocurrió con las medidas de seguridad implantadas después del 11-S, orientadas a los aviones comerciales -que fueron utilizados en los atentados contra Washington y Nueva York en 2001- y que no se aplican en los transportes urbanos de ferrocarril y metro, donde precisamente se produjeron los sangrientos atentados de Madrid y Londres.

El terror siempre trae beneficios a algunos. No solo a los que proyectan y venden instrumentos a los que exageradamente se atribuye la cualidad de proporcionar seguridad total. También a los empresarios e intermediarios que intervienen en el proceso, a los políticos que apoyan los intereses de los fabricantes y con ello obtienen ventajas electorales, a los medios de comunicación convertidos en portavoces de la industria y a las agencias de publicidad contratadas para seguir alimentando en la población la llama del miedo.

En su reciente visita a España, la actual responsable de la seguridad en EEUU, Janet Napolitano, siguiendo la línea arriba apuntada por Cheney y Rice (aquí no se aprecia el cambio anunciado por Obama), ha insinuado que algunos terroristas podrían introducir en su cuerpo los explosivos, lo que obligaría a concebir nuevos sistemas de detección y más estrictas medidas de segurida. Contribuye así, claro está, a aumentar el miedo general. De nada sirve recordar que, estadísticamente hablando, la probabilidad de sufrir en un vuelo un incidente terrorista ha sido inferior a 1 en 10.000.000 durante el pasado decenio, mientras que la de sufrir un accidente en automóvil es más de mil veces superior. Y que de nada serviría una utópica seguridad total si fuera unida a la pérdida de las libertades que nos son más necesarias para vivir.

Publicado en CEIPAZ  (www.ceipaz.org) el 22 de enero de 2010

Escrito por: alberto_piris.2010/01/24 20:15:16.059000 GMT+1
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2009/05/05 16:24:27.178000 GMT+1

A Javier Ortiz, una semana después

Te has ido, Javier, y ya no estás con nosotros. Por eso no pudiste verme apesadumbrado ni evocar aquella balada de Brel, al que ambos admirábamos tanto: "Voir un ami pleurer".

            Te fuiste mientras yo enviaba, a esta ESTRELLA DIGITAL que me acoge desde hace ya unos años, la columna de todos los martes. Por eso he esperado una semana para dedicarte un recuerdo en estas páginas electrónicas, a ti, Javier, cuyo nombre, tecleado en ese Google tan socorrido para los escribidores impenitentes, ha surgido unos cientos de miles de veces en una fracción de segundo; "la tira de veces", hubieras dicho tú. Más sencillo. Más explícito.

            Durante los días que han transcurrido he tenido tiempo de enjugar alguna lágrima y de escribir estas líneas como a ti te gustaba hacerlo, con sobriedad, intención y corrección. Me faltarán tu humor y tu sarcasmo. Pero, sin duda alguna, me han facilitado la tarea las sonrisas que brotaban espontáneas cuando leía tu espléndido "autoobituario" (sé que me aceptarías este neologismo), donde ha quedado la mejor fotografía de tu vida, que guardaré con esas otras fotos de los momentos que compartimos con nuestras incomparables y abnegadas compañeras en la vida: Charo y Elena.

            No sé cómo me saldrán estas líneas. Son, sobre todo, sinceras líneas de evocación, y éste no es el género en el que mejor me desenvuelvo. Tú me ayudaste a entrar de lleno en ese mundo periodístico en el que yo había comenzado a moverme de refilón, casi por chamba, y por afición más que por devoción. Compartimos actividades en algunos diarios y poco a poco fuimos conociéndonos mejor.

            Previamente habíamos compartido también otras cosas, sin saberlo. Los dos vivimos en Donostia los primeros años de nuestra vida, en el mismo barrio de Gros, y hasta fuimos al mismo colegio infantil, con algunos años de diferencia, claro: los que yo te llevaba. Procedíamos de orígenes profesionales distintos, más aún: opuestos. Pero la vida nos fue llevando hacia un camino común, por el que nos movimos años después bastante al unísono.

            Mientras yo daba mis pasos en la ortodoxia propia de un militar profesional en los tiempos del franquismo, tú ya luchabas contra todo aquello que no te gustaba. Cómo pudimos llegar a encontrarnos, entendernos y apreciarnos recíprocamente, daría materia para un pequeño estudio de sociología aplicada, que evidentemente no voy a hacer aquí.

            Gracias a ti entendí mejor el periodismo. Y también, gracias a ti, tuve oportunidades para exponer públicamente algunas ideas que fui desarrollando poco a poco, y que, con su pequeño granito de arena, contribuyeron en cierta medida a que los españoles entendiesen mejor a sus ejércitos, y éstos encajasen más cabalmente en la sociedad que los sostiene. Tarea nada fácil en aquellos críticos años en que todo parecía cambiar y tambalearse.

            Pero ahora no voy a ponerme serio, Javier. Como todos los que, con cierto fundamento, sospechamos que una vez muertos sólo sobreviviremos en el recuerdo de los demás, prefiero evocar algún reciente ágape conjunto, regado con un vino aceptable y adobado con una conversación insólita y apasionante, para despedirte diciendo ¡Hasta siempre!, porque decir ¡Salud! resultaría ahora un poco paradójico.

            Si empecé este recuerdo citando a Brel, lo concluiré con palabras de Alberto Cortez: "Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío...". Y la vida, mientras dura, se nos va llenando de espacios vacíos. ¡Qué le vamos a hacer!


 Publicado en Estrella Digital, el 5 de mayo de 2009

Escrito por: alberto_piris.2009/05/05 16:24:27.178000 GMT+1
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2008/12/30 11:22:2.515000 GMT+1

Poder y religión

En su biografía de Descartes, Richard A. Watson alude al cardenal francés Jacques Davy du Perron, de quien el filósofo derivó, al parecer, su título nobiliario de "señor de Perron". El citado cardenal, antes de alcanzar tan alta categoría eclesiástica, en audiencia concedida por Enrique III, rey de Francia, formuló un ataque devastador contra el ateísmo y dio varias pruebas de la existencia irrefutable de Dios. Ante ello, el rey mostró honda satisfacción y le hizo saber en cuánto estimaba su elocuencia y su preparación teológica. Acto seguido, escribe Watson, "Du Perron objetó, con modestia, que no tenía importancia, y ofreció regresar al día siguiente y usar las mismas pruebas para argumentar a favor del ateísmo y demostrar que Dios no existía. Enrique se escandalizó y expulsó a Du Perron de la corte. No por largo tiempo, porque su lengua áurea era útil".

            Cuando la religión vuelve a ser motivo de conflictos en vastas zonas del planeta, esta anécdota tiene validez hoy. Conviene recordar que se produjo en la segunda mitad del siglo XVI, cuando Francia se desangraba en las guerras de religión entre católicos y protestantes (ocurrió en 1583, entre la 7ª y la 8ª guerras), con su secuela de ejecuciones en la horca o en la hoguera, edictos sobre prácticas religiosas, asesinatos en masa de quienes no profesaban la propia religión, conjuras y conspiraciones sin cuento.

            Si lo ocurrido en la corte francesa hubiera alcanzado difusión entre el pueblo -como lo permiten hoy los medios de comunicación-, a éste le hubiera sido más fácil conocer que, tras la fachada de una disputa sobre lo que parecían ser esenciales aspectos teológicos, lo que había en realidad era un forcejeo por el poder. No solo dentro de Francia, entre las estirpes más influyentes y ambiciosas, sino también entre las potencias de la Europa moderna, donde el Papado seguía interviniendo, aunque carente ya del ascendiente que había tenido en épocas anteriores.

            Eso no habría evitado la sangre derramada en la llamada "Noche de San Bartolomé", el masivo asesinato de protestantes perpetrado once años antes del hecho narrado, pero las pasiones reinantes, azuzadas por el poder político, que se apoyaban en elementos de la teología, se hubieran atemperado y no hubiera sido tan fácil engañar al pueblo por motivos religiosos. Poco más de un siglo después bastantes ciudadanos rusos murieron a causa de la pugna entre los partidarios de santiguarse con dos o con tres dedos, en la época de las reformas europeizantes con las que el zar Pedro I el Grande quiso modernizar por la fuerza a sus rutinarios y supersticiosos súbditos.

            En estos y en otros muchos casos análogos, era el ejercicio del poder lo que estaba en juego, entre grupos que perseguían intereses que poco tenían que ver con la religión, aunque para forzar los movimientos de masas en los que apoyarse fuera preciso recurrir a la manipulación de unos pueblos incultos, ciegamente entregados a sus dirigentes religiosos. Conviene, por tanto, contemplar los conflictos aparentemente religiosos, que también hoy nos acosan, a través de la óptica que permite descubrir dónde está en ellos la pugna por el poder.

            Estas reflexiones son de aplicación en España, cuando la jerarquía católica viene promoviendo concentraciones públicas, casi siempre hostiles al Gobierno, con diversos pretextos religiosos, como defender su propio concepto de la familia (que no está amenazado porque se acepten también otros conceptos no coincidentes con él) o impedir que quienes desean abortar o profundizar en las investigaciones genéticas, por citar solo dos ejemplos, lo hagan libremente. Se utilizan absurdos neologismos de resonancias teológicas (como "cristofobia" o "estadolatría") para calificar lo que no es otra cosa que la simple ejecución de lo que la Constitución establece respecto a las relaciones entre Estado e Iglesia.

            Esto permite deducir que en el fondo de lo que sucede existe, aquí y ahora también, una lucha por el poder. El poder perdido por la jerarquía católica española desde que fue derogada la anterior legislación del Estado, uno de cuyos principios fundamentales era: "La Nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará su legislación". Y que no puede ni desea adaptarse al texto de la Constitución de 1978: "Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones". Texto que, por otra parte, muchos desearían reformar, por lo que encierra de preferencia hacia una religión concreta.

            Poder o religión: esta es la cuestión, podríamos concluir, parafraseando modestamente a Hamlet. La respuesta, en la mayoría de los casos, es la del título de este comentario: "poder y religión"; cada uno utilizando o intentando utilizar al otro, como la Historia sobradamente nos muestra.

 

Publicado en Estrella Digital el 30 de diciembre de 2008

Escrito por: alberto_piris.2008/12/30 11:22:2.515000 GMT+1
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2008/06/02 10:03:2.519000 GMT+1

Días de las Fuerzas Armadas: la soñada normalidad

            Varias son las reflexiones que la celebración del Día de las Fuerzas Armadas en España es capaz de suscitar en los medios de comunicación de nuestro país. De hecho, esa multiplicidad se observa en los no muy abundantes comentarios que precedieron a los actos del domingo, y, en especial, al que tuvo lugar en Zaragoza, presidido por el Rey. A modo de inciso, cabe constatar que la poca expectación despertada por el evento es ya en sí muy significativa: la vieja “cuestión militar” que castigó a España durante una larga época de su historia ha dejado de preocupar a los españoles, y los ejércitos no son hoy motivo de inquietud en su vida cotidiana.

            En un breve repaso de lo publicado estos días se constata la tendencia a resaltar aspectos que van desde las nuevas funciones de los ejércitos en misiones internacionales, hasta los procesos legislativos inconclusos, que deberían conformar el conjunto de los derechos y deberes de los miembros de las FFAA, adaptados a las peculiaridades de la época actual. Nada, en suma, que no pudiera decirse también de otros estamentos oficiales al servicio de España. Algunas cuestiones más específicas, como la frecuente presencia oficial de los ejércitos en actos eclesiásticos, contraviniendo la neutralidad del Estado ante las religiones, son de aplicación a otros ámbitos de la estructura estatal, como se ha podido comprobar con la discusión abierta sobre la presencia de ciertos símbolos en actos de toma de posesión de funcionarios del Estado.

            Son también objeto de comentario algunos aspectos relacionados con las actividades de la nueva ministra de Defensa, aunque aquí es más usual quedarse en la superficie de lo anecdótico y olvidar la importancia de un hecho tan innovador, que pone a España en una elogiable vanguardia a la hora de equiparar entre sí a hombres y mujeres en lo relativo a sus capacidades ejecutivas y responsabilidades políticas.

            Un veterano militar ya retirado, como el que firma estas líneas, que desarrolló su andadura profesional en la segunda mitad del pasado siglo, tiene por fuerza que poner de relieve otros aspectos de la evolución de los ejércitos en España. Valga para ello el recuerdo de dos experiencias personales separadas entre sí casi tres decenios.

            En el verano de 1954, siendo alférez alumno de la segoviana Academia de Artillería a punto de terminar los estudios, por mi rendimiento escolar en el curso precedente fui premiado con un mes de estancia en un hotel de la costa meridional de Gran Bretaña, para mejorar mi embrionario inglés. Cuando tomé contacto con algunas personas que residían en el mismo hotel y éstas supieron de mi condición de militar, nunca olvidaré la expresión en sus rostros cuando me decían: “¡Ah…! Así que es usted un militar de Franco…”. Creo que mi abuela no hubiera mirado de otro modo si le hubieran presentado, de sopetón, a un militar ruso de entonces, a quien hubiera considerado al servicio personal de Stalin.

            Militar de Franco: ésa era su idea. Yo me tenía por militar español, como otros podían ser militares ingleses o franceses. Pero los ojos extranjeros que me observaban no me veían así. Hubiera esperado, incluso, alguna alusión a la Historia, como militar de un país que en el pasado tan negativamente había influido en el destino de la monarquía británica, y no me hubiera chocado algún comentario sobre la Armada Invencible o Felipe II. Nada de eso. Vistos por aquellos civilizados británicos, ciudadanos de un país que entonces se nos aparecía a los españoles como de un nivel casi inalcanzable, los militares españoles éramos simplemente “de Franco”.

            Un salto en el tiempo. En la primavera de 1981 participé en una reunión con militares de la OTAN en una base aérea próxima a Venecia. Mi inglés había mejorado mucho desde aquel verano en la costa de Sussex, pero me vi en grandes aprietos para intentar explicar a mis colegas europeos el espectáculo televisivo que unos meses antes se había producido en el hemiciclo del Parlamento español. Si para describir las prendas del uniforme ostentado por el cabecilla de los golpistas no tuve dificultad en usar la versión inglesa de tricornio (three-cornered hat), bastante más difícil fue verter al idioma franco de la OTAN la breve y punzante expresión “¡se sienten, coño!”, que resonó en el sanctasanctórum de la política nacional. De mis anteriores convivencias con militares estadounidenses extraje los recuerdos necesarios sobre interjecciones técnicas, para explicar aquella vergonzosa anomalía militar con la que España obsequió al mundo el 23 de febrero de 1981.

            Ésta es, pues, la reflexión esencial que creo útil aportar: las Fuerzas Armadas españolas son hoy, por fin, un instrumento del Estado español, homologables a todos los efectos con cualesquiera otras de los países civilizados con los que nos relacionamos. Ni son el soporte de una dictadura personal ni se sienten obligadas a torcer el destino que el pueblo español quiera darse a sí mismo cuando no les gusta. Hemos alcanzado, por tanto, la soñada normalidad que tan difícil parecía años atrás.

 

Publicado en Estrella Digital el 2 de junio de 2008

Escrito por: alberto_piris.2008/06/02 10:03:2.519000 GMT+1
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