La música andalusí de Israel, los cantos de las sinagogas del Magreb, los sones judeo-árabes de Irak, los obsesivos ritmos beduinos del Negev, jazz inspirado simultáneamente en músicas turcas, judías y asiáticas, las singulares tonadas etíopes, azeríes y persas... Los responsables del sello israelí Magda no esconden la intención política -humana- de su proyecto: quieren la paz. Y ponen la música al servicio de esa empresa.
Creen que todos los pueblos de la zona podrían coexistir en armonía y exhiben el ejemplo de la música para demostrar cuán ventajoso sería: grupos en los que trabajan juntos palestinos y judíos, intérpretes que echan mano del repertorio tradicional árabe y hebreo, o que incluso los funden en nuevas creaciones... todo ello instalado en el amplio y pujante territorio de lo que se llama ahora música étnica o música con raíces.
Magda es una palabra hebrea que proviene del viejo vocablo meged, que podría traducirse por aceite o, quizá más propiamente, por óleos. El meged era el aceite con el que se ungía el cuerpo y la cabellera de los reyes, no sólo para su embellecimiento, sino también para su relajación. Los promotores de Magda pretenden que, al igual que el meged, también la música amanse a las fieras.
Cada cual puede pensar lo que tenga a bien sobre el Estado de Israel, pero nadie puede negar que su población, proveniente de los más diversos confines, supone un impresionante crisol de culturas. Desde España hasta Rusia, pasando por Europa central y llegando hasta Asia, Estados Unidos y América Latina, en la Israel actual se entrelazan innumerables raíces musicales, que vivifican y potencian las muy variadas tradiciones del Cercano Oriente. El resultado es ciertamente espectacular.
De la mano de los discos de Magda, cabe pasar de los ecos más remotos a los aires cercanos de la new age sin perder el hilo conductor que aporta lo auténtico. Del nutrido catálogo de Magda es inevitable destacar la obra de la Orquesta Andalusí de Israel y de Mauricio El Medioni (Samai Andalusí). Pero no son menos interesantes los trabajos de Alain Chekrun y Taufik Bestanji (Cantos de las sinagogas del Magreb), la obra jazzística de The East-West Ensemble o la polifacética labor de Yair Dalal, investigador y renovador de la música del conjunto del Cercano Oriente, casi siempre de la mano del conjunto Al Ol, muy armónicamente integrado por instrumentistas árabes y judíos.
Javier Ortiz. El Mundo (9 de abril de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de abril de 2013.
Hace días que llevo la cuenta de los informativos de Radio Nacional. Repiten siempre la misma fórmula: dan alguna noticia de peso (las elecciones en Perú, por ejemplo) y, a continuación, pasan ya a hablar directamente de Mayor Oreja y a pinchar alguna intervención suya (mitin, declaración a la prensa o lo que sea). La información sobre la campaña preelectoral vasca incluye sistemáticamente: a) amplia noticia sobre Mayor Oreja con declaración en voz propia suya o de alguien del PP; b) noticia algo menos amplia sobre el PSE-PSOE, que casi nunca incluye toma de voz, salvo que se trate de un fuerte ataque contra el PNV; y c) mera mención de las actividades del día de Ibarretxe y Madrazo. (Las de Otegi ni se citan).
Es algo sencillamente espectacular, tanto más cuanto que altera radicalmente la proporción de los votos que respaldan a cada una de las candidaturas.
Me pregunto si será legal. Puede que sí, puesto que, no estando aún en campaña electoral propiamente dicha, supongo que la Junta Electoral no podrá intervenir para exigir un tratamiento informativo ecuánime o, por lo menos, algo menos sesgado. Pero, legal o no, es de una deshonestidad apabullante.
Es mucho lo que se juegan en estas elecciones, de modo que han decidido pasarse las formas por el arco del triunfo. Mayor Oreja ha desembarcado en Euskadi con todas las baterias de los medios informativos desplegadas. De los medios públicos del Estado y también de la gran mayoría de los medios privados, que le rinden pleitesía.
Si las elecciones no fueran en Euskadi, esa desigualdad de medios le llevaría hasta la victoria en volandas. Sería un paseo. Lo malo para él es que las elecciones son en Euskadi, precisamente. Y puede que haya en mi tierra sectores de la población de tendencia conservadora a los que un ventajismo propagandístico tan grosero les cause una reacción contraria. Por rechazo hacia esa otra forma de violencia que supone la descarada manipulación informativa. Porque puede ser un avance de lo que serían capaces de hacer si llegaran a controlar el Gobierno de Vitoria.
Pero quién sabe.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (9 de abril de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de mayo de 2017.
Acabo de corregir en primera instancia, que dicen los cursis de ahora, las galeradas del Diario de un resentido social convertido en libro. Ya pronto estará en la calle.
He contemplado el pasar de los días a través de los apuntes. Para alguien que escribe tanto y tiene tan mala memoria como yo, la relectura de lo escrito viene a ser como el examen de algo que hubiera salido de otra mano. De una mano gemela, eso sí.
He ido recuperando mis estados de ánimo, mis reflexiones, mis viajes, mis risas, mis enfados, mis paisajes, mis angustias. Y me he acordado de los versos de Walt Withman: «Esto no es un libro. / Quien pasa sus páginas / toca a un hombre».
Hay autores que son capaces de trasvertirse en otros a la hora de escribir. Yo no. Me retrato, en lo bueno y en lo malo: soy como ése que ha escrito esas páginas.
Me doy cuenta de que una editorial va a tratar de vender una parte de mi vida. De mí. No sé. Se me hace extraño.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (8 de abril de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de mayo de 2017.
Gran indignación músico-industrial por el pirateo de discos.
No tienen razón. No, al menos, toda la razón.
Si la gente no compra más discos originales es porque son carísimos. Y son carísimos porque el margen de beneficio de las grandes compañías discográficas es escandaloso.
Yo comprendo que sean caros los discos minoritarios, en los que hay que prorratear un montón de gastos fijos. Pero que cedés que se venden como churros tengan los precios que tienen es, sencillamente, un abuso.
Hay diversos géneros de copia de discos. Uno es el que se hace con fines comerciales. Ese es lógico que se persiga. Y además no es tan difícil: basta con seguir la cadena de la venta ambulante hasta sus orígenes.
Pero hay otras copisterías que no tienen nada que ver con eso.
Por ejemplo: algunos fabrican copias de discos que han comprado, pagando religiosamente su precio, porque no quieren andar paseándolos por ahí. Se hacen una copia para el reproductor del coche, o para el del trabajo, o para el de su segunda residencia. O como mera copia de seguridad, para no estropear el original. ¿Qué pretenden, que se compren cuatro veces el mismo disco?
También hay gente que convierte discos de vinilo en cedés, para tenerlos en un formato mejor y más manejable. ¿Qué sentido tiene que eso sea ilegal?
Es igualmente frecuente el intercambio de discos entre amigos. Ahí volvemos a lo del precio. Me sé de melómanos que quieren estar más o menos al día, y que por ello, y no sin sacrificio, están dispuestos a dejarse hasta 10.000 pesetas mensuales en discos. Pero no 30.000, ni 50.000. Sencillamente porque entonces tendrían que prescindir de comer. Así que se conchaban entre varios para comprar cada uno dos o tres discos e intercambiar novedades.
Luego está lo de Napster. Es una pasada. Primero, porque ir contra el fenómeno del intercambio de música por Internet es tratar de poner puertas al campo. Pero es que, además, Napster también ayuda a los ingresos de la industria discográfica. Ha habido autores cuya existencia he conocido –y de los que luego he comprado discos– porque me he topado con alguna de sus canciones en los archivos de Napster.
Lo que las discográficas tienen que hacer es renunciar a los beneficios astronómicos que venían obteniendo y ofrecer productos más elaborados. Algunas ya han empezado a hacerlo: sus discos adjuntan folletos primorosamente realizados, cuando no auténticos minilibros, que ninguna copia puede proporcionar. Claro que eso implica gastar más y ganar menos. Oye: pues ajo y agua.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social y El Mundo (7 de abril de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de abril de 2010.
Empecé ayer el día de buena mañana, como casi siempre. Escribí el apunte infra, me busqué la noticia del día... en fin, las cosas ésas que hago para la web. Acabé para las 7:45. Me dispuse a subir la actualización. Nada, que ni para tres; que la cosa del efetepé de mundofree no funcionaba. Me dije: «Bueno, estarán metidos en tareas de ésas de mantenimiento. Ya lo haré luego». Así que dejé la tarea a un lado y me dediqué a otras: escribí un artículo para la sección de Cultura de El Mundo, avancé en la preparación de una conferencia que tengo que dar dentro de un par de semanas en Las Palmas... y volví a la carga con el ftp de las narices. Que no, que ni pa'lante ni pa'tras. ¡No te fastidia que incluso me respondía que no estaba autorizado para entrar en las tripas de mi página!
Lo dejé porque se me hacía tarde. Tenía que vestirme «de señorín», que dice Charo -o sea, con traje y corbata-, porque estaba invitado a comer por Mariano Rajoy en el Ministerio del Interior en compañía de Javier Algarra y cuatro compañeros más de La Brújula. Empecé a sacar ropa de vestir para resolver el trámite protocolario cuanto antes. Con que cuanto antes, ¿eh? Oh, espanto: no me cabía ni un puñetero pantalón. No es que me quedaran apretados, no; es que no me cabían en absoluto. Como si fueran de otro. Y se ve que, en efecto, eran de otro: del Ortiz que se ponía trajes de vez en cuando y tenía una cintura 10 centímetros menor. Por fin conseguí enfundarme en un maldito pantalón de traje. De verano. Bueno, mira, no hay mal que por bien no venga. Por lo menos no pasaría calor.
Me las arreglé... para arreglarme y llegar más o menos puntual a la comida.
En cuanto a la comida propiamente dicha, sólo diré que empezó con algo que no sé muy bien qué era, pero que tenía verduras. Espinacas y cosas así. No lo probé, claro. El solomillo, pese a que insistí en que lo quería poco hecho, estaba pasado. La verdad es que no esperaba nada mejor de la cocina de la Policía.
El diálogo con el ministro resultó bastante protocolario. Me extrañó que hubieran pensado que era buena idea invitarme. En todo caso, cumplí con las previsiones que supuse habrían hecho y llevé la contraria al titular de Interior unas cuantas veces. Por cumplir, más que nada. Rajoy es un hombre cordial y me soportó con estoicismo.
Salí con la firme sospecha de que todos habíamos perdido el tiempo y me fui corriendo a recoger el coche del taller de reparaciones. Nada, sólo 110.000 pesetas. Estaba pagando la factura, próximo ya del llanto, cuando recibí una llamada de El Mundo. Me comunicaron que el director quería que prepare unas notas para hacer un editorial sobre el fenómeno Torrente. «¡Pero si ni siquiera he visto la película!», protesté. «Pues vete a verla», fue la respuesta, por otro lado previsible. «¿Y para cuándo queréis eso?», pregunté, temiéndome lo peor. «Para mañana». Justo lo que me temía.
Eché una ojeada a la cartelera. Si corría podía llegar a una sesión de media tarde. Lo hice. Y llegué. En maldita hora. ¡Qué pestiño! ¡Qué cutrerío! ¡Qué tortura! No es que ninguna de sus presuntas gracias me hiciera reír; es que no lograron arrancarme ni media sonrisa. Eso es infumable. El hecho de que esté suponiendo un éxito de taquilla no hizo más que ratificar mis peores suposiciones sobre el estado mental de la mayoría de los españoles.
Regresé a casa. El maldito ftp del maldito mundofree seguía cascado. Ya no aguanté más. Me abalancé sobre el teléfono y llamé para preguntarles amablemente a qué mierdas se dedicaban. No sabían que tuvieran nada averiado. Les invité a comprobarlo. «¡Ah, pues sí, pues es verdad!». Yupi, qué bien. 15 horas de avería y ni se enteran.
No, de verdad, decidme: ¿hay algo que justifique la existencia? Me fui a la cama con un cabreo de mil pares, bastante dinero menos, una seudopelícula más en la memoria y la conciencia de que me estoy poniendo como una foca.
Encima me llevé un chorreo porque por la mañana había puesto una lavadora con ropa mezclada y se destiñó una camiseta.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (6 de abril de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de mayo de 2017.
En mi pueblo se alude así a los diálogos de sordos: «¿Dónde vas? Manzanas traigo». La variante que se han montado entre Garzón y la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional sustituye a las manzanas por José María Matanzas, abogado de Ekin.
A Garzón le basta la coincidencia de objetivos entre ETA y Ekin para procesar por pertenencia a banda armada a los miembros de la segunda. La Sala lo rechaza, apuntando que no hay ningún documento en la causa que establezca la existencia de vinculación orgánica entre ambas organizaciones -«Ni en los documentos atribuidos a ETA se contiene referencia alguna a Ekin ni en los atribuidos a esta organización se contiene mención alguna a la banda armada», dice- y que «tampoco se ha constatado la existencia de contactos, comunicaciones o reuniones entre los imputados y la banda armada, a pesar de que todos ellos han estado sometidos, durante los meses anteriores a su detención, a vigilancias muy estrechas».
Para Garzón, la coincidencia ideológica es suficiente. La Sala insiste en reclamar indicios de relación organizada, material, concreta.
Si fuera la primera vez que ocurre algo así, resultaría sorprendente. Pero ya empieza a convertirse en costumbre. Hay una neta diferencia doctrinal entre Garzón -o, por decirlo claramente, entre el Gobierno- y la Sala de lo Penal de la Audiencia. Ésta se atiene al Derecho clásico -«trasnochado», dice hoy El País-, según el cual no cabe procesar a nadie por sus ideas y que, para que quepa imputar a alguien el delito de pertenencia a banda armada, debe existir algún indicio de que, efectivamente, está integrado en ella.
Veo que El Mundo -imagino que asesorado por Enrique Gimbernat- respalda la tesis de la Sala. El resto de los periódicos madrileños se alinea detrás de la posición gubernamental-garzonita, que ayer enunció el ministro del Interior con ruda simpleza: «ETA y Ekin es lo mismo», dijo, con el mismo fundamento con el que yo podría decir: «Mariano Rajoy e Ynestrillas son lo mismo».
Si la coincidencia de objetivos bastara para condenar, todo el PSOE y todo el PP hubieran debido ser condenados con Barrionuevo y Vera.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (5 de abril de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de mayo de 2017.
«Los yanquis solo se interesan por lo suyo. No tienen ni idea de nada que esté fuera de sus fronteras».
Típico tópico europeo. Tal se diría que por aquí todo el mundo fuera experto en geografía mundial. Yo he probado a colocar un mapa blanco de la Europa actual ante conciudadanos nuestros supuestamente cultos y he podido comprobar... lo que ya sabía: que son poquísimos los que aciertan a identificar cada uno de los estados que hay entre Irlanda y los Urales.
Si los propios europeos no conocemos Europa, ¿con qué cara podemos exigir que lo hagan los estadounidenses?
De acuerdo con que no estaría mal que, ya que no los norteamericanos de pie, al menos los gobernantes de Washington tuvieran una cierta idea de la existencia del mundo exterior. Un ejemplo: está feo, sin duda, que el presidente G. W. Bush ignore por dónde cae Afganistán, según demostró hace unos meses. Más que nada porque se trata de un país conflictivo y no quedaría bien que saliera un día de estos por la tele para anunciar: «He ordenado a nuestra fuerza aérea que bombardee Afganistán, caiga por donde caiga ese jodido país... o lo que sea».
Pero Bush puede defenderse diciendo que no le aventaja el secretario general de la OTAN, el británico George Robertson, que el otro día se plantó en Varsovia y saludó a los periodistas con un festivo «¡Bienvenidos a Moscú!», y que luego se puso a perorar sobre el presidente de Macedonia, Boris Trajkosky, llamándolo «Chaikovsky». Me consta que lord Robertson fue jefe de la GMB, organización que controla la industria del whisky escocés, pero dejó el cargo en 1978: ha tenido tiempo de sobra para que se le pasen los efectos.
A mí, la característica de los gobernantes norteamericanos que me resulta más irritante no es su ignorancia, sino su arrogancia. Su ignorancia no tiene nada de prerrogativa. Su arrogancia, en cambio, llega a cotas inaccesibles para el resto de los humanos.
El Gobierno de Washington protestó ayer ante el de Beijing porque la policía china ha inspeccionado el avión espía de la USAF que se vio obligado a tomar tierra el pasado sábado en Hainan. Dice que el interior del avión «es territorio norteamericano». Como contestaron al punto las autoridades chinas con evidente sorna, ahora ya solo falta que Bush explique cómo puede ser que un trozo de territorio norteamericano haya ido a plantarse en China.
Más que de geografía, de lo que debería recibir Bush un cursillo intensivo es de Derecho Internacional. Alguien tiene que aclararle cuanto antes que el mundo entero no es de su propiedad.
Aunque se disguste.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de abril de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de abril de 2013.
«Los yanquis sólo se interesan por ellos mismos. Les trae sin cuidado todo lo que ocurre fuera de sus fronteras. Les dices que eres español y te preguntan si español de Cuba o español de Puerto Rico».
Si no he escuchado esta sosada cien veces no la he escuchado ninguna. Tal se diría que por aquí todo el mundo fuera experto en geografía mundial. Yo he probado a colocar un mapa blanco de la Europa actual delante de las narices de conciudadanos nuestros supuestamente cultos y he podido comprobar... lo que ya daba por hecho: que son poquísimos los que aciertan a identificar cada uno de los Estados que hay entre Irlanda y los Urales.
Si los propios europeos no conocemos Europa, ¿con qué cara podemos exigir que lo hagan los estadounidenses (que, por cierto, no son necesariamente yanquis)?
De acuerdo con que no estaría mal que, ya que no los norteamericanos de pie, al menos los gobernantes de Washington tuvieran una cierta idea de la existencia del mundo exterior, y de sus usos y costumbres. Un ejemplo: está feo, sin duda, que el presidente G.W. Bush ignore por dónde cae Afganistán, según demostró hace unos meses. Más que nada porque se trata de un país conflictivo y no quedaría demasiado bien que saliera un día de éstos por la tele para anunciar: «He ordenado a nuestra fuerza aérea que bombardee Afganistán, caiga por donde caiga ese jodido país... o lo que sea».
Pero Bush puede defenderse diciendo que no es mucho mejor que él el secretario general de la OTAN, el británico George Robertson, que el otro día se plantó en Varsovia y saludó a los periodistas con un festivo «¡Bienvenidos a Moscú!», y que luego se puso a perorar sobre el presidente de Macedonia, Boris Trajkosky, llamándolo «Chaikovsky». Chaikvosky suena bien, sin duda, pero Macedonia no tiene últimamente mucho parecido con El lago de los cisnes. Me consta que lord Robertson fue durante una década responsable de la GMB, organización que controla la industria del whisky escocés, pero dejó el cargo en 1978: ha tenido tiempo de sobra para que se le pasen los efectos.
A mí, la característica de los gobernantes norteamericanos que me resulta más irritante no es la ignorancia, sino la arrogancia. Su ignorancia no tiene nada de prerrogativa. Su arrongacia, en cambio, llega a cotas inaccesibles para el resto de los humanos.
El Gobierno de Washington alcanzó ayer el Himalaya de la prepotencia: protestó ante el Gobierno de Beijing porque la Policía china ha inspeccionado el interior del avión espía de la USAF que se vio obligado a tomar tierra el pasado sábado en la isla de Hainan. Según los de Bush, el interior del avión «es territorio norteamericano». Como contestaron de inmediato y con evidente sorna las autoridades chinas, ahora ya sólo falta que Bush explique cómo puede ser que un trozo de territorio norteamericano haya ido a parar a China.
Más que de geografía, de lo que debería recibir Bush un cursillo intensivo es de Derecho Internacional. Alguien tiene que enseñarle urgentemente que es el mundo entero no es de su propiedad.
Aunque se disguste.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (4 de abril de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de mayo de 2017.
HB pide a sus simpatizantes que, cuando acudan a votar el próximo 13 de marzo, se identifiquen exhibiendo el llamado DNI vasco.
Su llamamiento plantea, en primer lugar, un problema de lógica. Porque HB sabe -no cesa de decirlo- que ésos son unos comicios propios del Estado español, organizados con criterios del Estado español y tutelados por el Estado español, a los que su organización concurre tan sólo «para aprovechar las posibilidades legales», como se decía en tiempos del franquismo a la hora de las elecciones sindicales.
Pues bien: quien quiere aprovechar «las posibilidades legales» no tiene más remedio que ajustarse a los requisitos legales. Y, decididamente, el uso del DNI vasco no acaba de encajar en la legalidad española actual. Ese carnet no está en la nómina de los documentos que el Estado español admite para la plena identificación de las personas.
No es lógico, ya digo. O decide participar, y en ese caso se atiene a las normas, o decide no participar, y entonces sí, puede elegir la variante de boicot que más le plazca.
El llamamiento de HB plantea, además, un problema de índole práctica. Imagino que los dirigentes de la organización serán conscientes de que quienes presenten el DNI vasco como pieza de identificación el 13 de mayo afrontarán dos posibilidades.
Una es que los responsables de la mesa electoral no les permitan votar, con lo que habrán de optar entre volverse para casa con su papeleta de EH en la mano... o sacar su DNI o su pasaporte español. Con lo que tanto dará que hayan presentado inicialmente el DNI vasco o la tarjeta Visa de su banco.
La otra posibilidad es que sí les permitan votar. En ese caso, el resultado de la votación de la mesa electoral será impugnado, la impugnación será admitida por la Junta Electoral y esos votos quedarán anulados.
Por una u otra vía, ¿qué beneficio puede obtener HB? Provocará un puñado de incidentes en unas cuantas mesas electorales, sin duda, pero a costa de quedarse sin el voto de sus más fieles, que no será contabilizado legalmente.
La pregunta es: ¿quiere HB tener diputados en el Parlamento vasco, si o no? Según escuché el viernes pasado a Otegi, parece que sí. Pero según oigo las consignas que dan a sus votantes, se diría que no.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (3 de abril de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de mayo de 2017.
El lunes 2 de abril de 2001 se celebró en el salón de actos de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid un acto titulado "Comunicación y conflicto vasco". Organizado por la Asociación "George Orwell", empezó con la proyección del reportaje de Telemadrid "Los caminos de Euskadi" -cuya emisión en el canal madrileño provocó la destitución del director general de la radiotelevisión autonómica- y, a continuación, intervinimos el catedráticoGonzalo Abril, Iñaki Gabilondo y yo. El salón de actos, grande como un cine de los de antes, estaba a rebosar, lo que me obligó a decirle a Gabilondo: "Te beneficias de mi popularidad".
Tanto la intervención de Gonzalo Abril como la de Gabilondo estuvieron francamente bien. La mía, que transcibo a continuación, no aporta ninguna novedad a los lectores del "Diario de un resentido social", que me dirán -y con toda la razón- que me repito más que el pepino. Pero, bueno, como la hice, pues la copio aquí.
Ya que estamos en territorio universitario, tal vez no sea mala cosa que inicie esta intervención haciendo una precisión académica para uso de estudiantes de periodismo. Voy a referirme a la errónea visión que en España suele tenerse de esa práctica periodística que se conoce con el nombre de amarillismo.
Imagino que ustedes se preguntarán qué narices tiene que ver ese asunto con el que nos congrega hoy aquí. Les ruego que tengan un poco de paciencia. Ya verán como sí tiene que ver, y mucho.
Les decía que voy a tratar de precisar en qué consiste el amarillismo periodístico.
Durante años, el periódico en el que colaboro fue sistemáticamente acusado de hacer amarillismo.
El Mundo denunciaba la actuación de los GAL, y siempre había alguien que decía que eso era amarillismo. Sacaba a la luz lo de Filesa, o lo de los fondos reservados, o lo de las escuchas del Cesid, y se le acusaba de hacer amarillismo.
Conviene dejar claro que eso no era amarillismo.
La casi totalidad de las denuncias que hizo El Mundo entre 1989 y 1996 fueron pertinentes, basadas en hechos. Y en hechos muy sólidos, y muy poco edificantes.
Cabría haber criticado a El Mundo en aquellos tiempos, como mucho, por hacer una presentación sensacionalista de los escándalos que sacaba a la luz pública. Ésa es una cuestión de criterio periodístico. Hay quien prefiere dar las noticias, incluso las importantes, sin grandes despliegues tipográficos, sirviéndose de un lenguaje sobrio, distinguiendo de manera escrupulosa la información de la opinión, en la línea del periodismo del hecho desnudo, tan caro a la tradición anglosajona. Otros sostienen, en cambio, que el periodismo del hecho desnudo es pura hipocresía, porque la asepsia informativa no existe, y que el público entiende mejor y aprecia más lo que se le dice por la brava y sin tapujos.
Son dos posiciones igualmente defendibles. En todo caso, titular de manera estridente y dar una presentación espectacular a las noticias no es amarillismo. El periodismo amarillista se sirve del sensacionalismo, pero no todo sensacionalismo es necesariamente amarillista.
El amarillismo como práctica periodística tiene dos características esenciales. Una es exagerar la importancia de hechos que objetivamente no la tienen. Magnificar hechos secundarios, irrelevantes o más propios del cotilleo que de la información seria. La otra, inclinarse ante los instintos más cutres y rastreros de las masas, adularlos e, incluso, atizarlos, para ganarse audiencia como sea y al precio que sea.
Volvamos al ejemplo de El Mundo en el periodo 1989-1996. La información sobre los crímenes de los GAL, ¿fue amarillismo? Desde luego que no. A buena parte de los españoles -me atrevo a decir que a la mayoría-, la denuncia del terrorismo de Estado le resultó desazonante, incómoda. Sumamente desagradable, en realidad. Hacían legión los que no querían ni aprobar ni desaprobar lo que había ocurrido. Que lo que hubieran preferido es que no se les hablara de ello. Toparse en los kioscos con la fotografía de los restos de Lasa y Zabala -pongamos por caso- les resultó cualquier cosa menos apasionante.
No; aquellas denuncias no fueron ningún ejercicio de amarillismo.
¿Qué es amarillismo, entonces?
Amarillismo es, por ejemplo -y llego ya con ello al puerto previsto-, lo que se está haciendo con el conflicto vasco.
Tomaré un ejemplo bien reciente y, a mi juicio, extraordinariamente representativo. Me refiero a la escandalera amarillista que se ha montado en relación con el decreto de la Consejería de Agricultura del Gobierno vasco que define los estándares de la raza de gallinas denominada euskal oiloa (o sea, «gallina vasca», pero en euskara). Un alboroto montado para dar carta de naturaleza a la idea de que el Gobierno de Ibarretxe tiene tendencias racistas para dar y tomar.
Proporcionaré algunos datos para que vean ustedes hasta qué punto ese montaje responde a las dos características esenciales del amarillismo: sobrevalorar una minucia y atizar los más bajos instintos del gran público.
La norma adoptada por el Gobierno vasco que ha generado esta historia es mero desarrollo de un decreto firmado en 1997 por la entonces ministra Loyola de Palacio, que establece el catálogo de las 32 razas avícolas autóctonas de la península. Una de ellas es esta euskal oiloa de las narices (o de los huevos, si ustedes prefieren). Entre esas razas catalogadas por el Ministerio del PP hay otra denominada combatiente español, que incluso tiene su propia página web. Pueden encontrarse también tipos como la menorquina, la extremeña, la castellana negra o la andaluza azul y varias más de nombres a veces, como se ve, asaz chocantes.
Se reprocha a la Consejería de Agricultura del Gobierno vasco que haya fijado los estándares raciales de la euskal oiloa y que hable de la conservación de los mejores ejemplares y de la eliminación de los peores. La práctica de protección de las razas avícolas diferenciadas se basa precisamente en la catalogación de sus estándares, en el trato separado que se dispensa a los integrantes de la raza en cuestión y en el cuidado particular que se concede a sus ejemplares más representativos, de cara a favorecer la perpetuación de sus rasgos tenidos por más estimables.
Es así de sencillo. Son prácticas que tienen que ver con la avicultura; no con la ideología.
La protección de los mejores ejemplares y la eliminación de los menos aptos -algo que sería pura aberración eugenésica si se aplicara a seres humanos- resulta habitual en la avicultura y la ganadería. Por poco que sepa de estas materias, todo el mundo ha visto (u oído) que incluso en la mal llamada "fiesta nacional" se indulta a los toros que demuestran mayor bravura, para dedicarlos a sementales, en tanto que a los menos bravos o con taras físicas se les manda al matadero lo más rápidamente que se puede.
¿Qué nos queda, visto esto? Dos cosas. De un lado, un aburrido decreto, que originariamente era de interés exclusivo para los granjeros avícolas, elevado a los altares de las secciones de Opinión de los diarios y convertido en tema de tertulias radiofónicas y de columnas de prestigiosas firmas. Y del otro, el reforzamiento de los peores prejuicios de muchos españoles, que ahora creen ya a los nacionalistas vascos capaces incluso de examinar el Rh de las gallinas para ver si son dignas de alzar la ikurriña.
La anécdota no lo es. Bien puede tomarse como muestra del trato que buena parte de los medios de comunicación con sede en Madrid dan al llamado conflicto vasco.
Pondré algún otro ejemplo.
Veamos. El PP y el PSOE convocan una gran manifestación en San Sebastián en defensa de la Constitución y del Estatuto de Autonomía. (Con todo el derecho del mundo, convendrá decir). Bien. Titular madrileño: «Convocados los ciudadanos vascos a manifestar su rechazo a ETA». Días después, el lehendakari convoca otra manifestación, ésta en Bilbao, también contra ETA. Titular madrileño: «Los nacionalistas se echan a la calle». Así son las cosas: unos se manifiestan; los otros «se echan a la calle».
Otro ejemplo de amarillismo informativo. La Ertzaintza hace una redada y detiene a doce personas. Grandes titulares de primera página: «La Ertzaintza detiene a doce etarras». Y de guarnición, editoriales que dicen que ya era hora, que por fin la Policía del PNV toma cartas en el asunto, etcétera. Una agrupación local del PNV ha salido diciendo que uno de los detenidos es un chaval estupendo. Zapatazo en el morro: ya están como siempre estos nacionalistas, cómplices, etc. Horas después, los detenidos son conducidos a Madrid. La Audiencia Nacional examina el papeleo y decide poner en libertad sin más protocolo a diez de ellos, incluido el que había sido defendido por la agrupación local del PNV. ¿Tratamiento informativo del asunto al día siguiente? En un rincón y en páginas interiores. ¿Autocrítica de los medios por haber dado la calificación de etarras a unos ciudadanos sobre los que ya no pesa la menor acusación? Ninguna. Faltaría más.
Estamos en pleno dominio de «la beligerancia». La clase política dice que los periodistas tenemos que ser beligerantes. Mi idea -seguramente trasnochada- es que los periodistas, como ciudadanos, podemos tener las opciones políticas que nos venga en gana, y defenderlas tan a capa y espada como nos parezca oportuno. Pero que, cuando lo que nos toca es contar una pelea, lo que tenemos que hacer es contarla, sin más; no tomar partido en ella. Sostiene el dicho periodístico que la primera víctima de toda guerra es la verdad. Y acierta de pleno.
El presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, forzó la dimisión del director de Telemadrid, Silvio González, por la emisión del reportaje que acabamos de ver. Ruiz Gallardón acusó a González de haber permitido la emisión de un espacio al que, según él, le faltó «beligerancia y compromiso».
La decisión retrata la idea que tiene el presidente de la CAM -y con él tantos otros políticos del establishment- de las relaciones que debe haber entre los gobernantes y los medios de comunicación públicos. Y también de la labor de la Prensa, en general.
Un medio de comunicación público no es -no debería ser- un coto privado del Ejecutivo de turno. Si Gallardón tiene quejas sobre lo que el medio hace o deja de hacer, preséntelas ante su Consejo de Administración, o formúlelas por vía parlamentaria. Enarbolarlas directamente, manu militari, dedicándose a cortar cabezas por su cuenta, denota que tiene un peligroso talante intervencionista y una grave concepción patrimonialista de los medios públicos.
Pero todavía más grave es su exigencia imperiosa de «beligerancia» a los periodistas.
La Prensa está, insisto, para contar lo que ocurre en los conflictos, no para participar en ellos. El periodista tiene el deber de proporcionar todos los ángulos de enfoque que haya, incluidos los que le disgustan. En la técnica de la información periodística, no hay lugar para la beligerancia. Pura y simplemente: está de más.
Pone Ruiz Gallardón como ejemplo de lo inaceptable del reportaje de Telemadrid el hecho de que recogía hasta seis intervenciones de Arnaldo Otegi, por sólo cuatro de Carlos Iturgaiz. Dejando a un lado que Iturgaiz tiene una pasmosa tendencia a decir siempre lo mismo, a menudo incluso con las mismas palabras, no puede desconsiderarse el hecho de que sus criterios son sobradamente conocidos por los espectadores de Telemadrid, que lo oyen a veces hasta tres veces por día. En cambio, pocos de ellos habían tenido ocasión de escuchar los puntos de vista de Arnaldo Otegi. Considerados el uno y el otro desde el ángulo del interés periodístico y en un medio específicamente madrileño, no hay color.
Por lo demás, tampoco tiene nada de malo dejar que Otegi hable y escuchar lo que dice. Ningún demócrata de verdad aspira a ganar apoyo social para sus posiciones silenciando las del contrario. En principio, nada hay que refuerce más el peso de la razón que su contraste con la sinrazón. El pasado viernes tuve ocasión de estar con Arnaldo Otegi más de dos horas seguidas. Puedo asegurarles que mis simpatías por HB no mejoraron ni un milímetro.
El gesto de prepotencia de Ruiz Gallardón fue, en realidad, una muestra de debilidad. La apelación a la beligerancia es, de hecho, un signo de debilidad.
Se nos dice: «La opinión pública exige...». Tal vez la afirmación les escandalice a ustedes, pero les diré que a mí me importa una higa lo que me exija la opinión pública. Cuando informo, cuento lo que veo. Y cuando opino, digo lo que pienso. No ejerzo el periodismo para halagar ningún oído. Me limito a tratar de ser fiel a mis principios profesionales y a mi conciencia ciudadana.
Eso es lo que he tratado de explicar en estas intervención: que, en periodismo, la «beligerancia» no es sino uno de las muchas formas que hoy en día adopta el amarillismo.
Espero no haberles aburrido. Muchas gracias por su atención.
Javier Ortiz.(2 de abril de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de diciembre de 2017.