2002/04/25 20:00:00 GMT+2
Intervención en el acto celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el 25 de abril de 2002 para presentar su libro Ibarretxe. Intervinieron también Javier Sádaba, abriendo el acto, y el lehendakari Juan José Ibarretxe, cerrándolo.
Quiero empezar estas palabras agradeciendo a Javier Sádaba su participación en este acto. Me consta que para venir aquí ha tenido que interrumpir otros trabajos urgentes y que ello le obligará a hacer algunas horas extras.
Y todos sabemos el precio al que está la hora de filósofo. Se cotiza casi tanto hoy en día como la de fontanero.
Aquellos de ustedes que tuvieron pronta noticia de que iba a celebrarse la presentación de este libro saben que mi primera intención fue reunir hoy aquí, junto al lehendakari Ibarretxe, a sus dos antecesores inmediatos en el cargo, Carlos Garaikoetxea y José Antonio Ardanza. Debo decir que la disposición de ambos fue desde el principio tan favorable... como problemático el encaje de sus respectivas agendas con la del propio Ibarretxe. Al final, el viaje del lehendakari a Cuba obligó a reportar el acto hasta estas tardías fechas, y ya no hubo manera de lograr la coincidencia: Carlos Garaikoetxea está hoy en Barcelona en un encuentro relacionado con el libro que él mismo acaba de publicar, y José Antonio Ardanza se encuentra en Vitoria, presidiendo un Consejo de Administración de la importante empresa que ahora dirige. Aunque lo han intentado hasta el último momento, ninguno de los dos ha conseguido cambiar a otro día sus respectivos compromisos, que implicaban a bastantes más personas.
Debo decirles que, de todos modos, sé lo que el uno y el otro hubieran dicho aquí de haber estado hoy aquí en carne mortal. Porque me lo han dicho. De hecho, lo cuento en el libro.
El ex lehendakari Ardanza habría relatado por qué pensó que Juan José Ibarretxe -Juanjo, como dice él, y como dicen todos sus amigos- sería un buen vicelehendakari, primero, y un buen lehendakari, después. Cómo le llamó la atención su capacidad para orientarse en situaciones difíciles, su tenacidad a la hora de marcarse metas y cumplirlas, y sus dotes de organizador y de director de equipos humanos.
Ardanza me contó cómo, cuando consiguió que Ibarretxe aceptara ser número dos de su Gobierno, descargó prácticamente todas sus tareas en él, salvo las de representación pública y las más netamente políticas. Me dijo: «Los dirigentes de los otros partidos bromeaban diciendo que yo me dedicaba a ejercer de Reina Madre... y algo de eso sí que había».
Ardanza me confirmó algo que él había vivido muy en directo y que ya otros me habían comentado antes: el poco interés que siente Juan José Ibarretxe por ocupar cargos de relumbrón. Las dos ofertas principales que le hizo, ya en el tramo final de su carrera política como lehendakari, -la de ser su mano derecha, primero, y su sustituto, después- se merecieron una respuesta cerradamente negativa, y le costó Dios y ayuda -sobre todo ayuda- conseguir que las aceptara al final.
Aquellos de ustedes que hayan visto la película Gladiator -no gran cosa, en mi opinión, dicho sea de paso- tal vez recuerden la escena en la que el emperador Marco Aurelio, ya en la vecindad de la muerte, le dice al protagonista de la historia que quiere que vaya a Roma y dirija la reinstauración de la República. Él, Máximo Décimo Meridio, le contesta que no, que no tiene ninguna ambición de mando. A lo que el emperador le replica: «Por eso precisamente quiero que seas tú».
Salvadas todas las distancias, tan abundantes como obvias, fue con algo de ese estilo con lo que se topó Ardanza: con alguien que, precisamente porque no sentía la menor fascinación por el Poder, parecía doblemente adecuado para ejercerlo.
Es algo como esto que les cuento lo que les habría relatado sin duda el ex lehendakari Ardanza -mucho mejor que yo, por supuesto, y con bastante más detalle- de haber podido estar hoy aquí con nosotros.
Carlos Garaikoetxea es probable que les hubiera sorprendido, como me sorprendió a mí cuando lo entrevisté in extenso para la redacción de este libro. Les habría sorprendido, creo yo, la franca simpatía con la que habla de Ibarretxe, que, al fin y al cabo, es uno de los principales dirigentes del partido que lo descabalgó de la Presidencia del Gobierno Vasco y del que se marchó con cajas destempladas para fundar otro.
Por razones que sería prolijo exponer ahora -y de las que doy cuenta en el libro-, Carlos Garaikoetxea excluye abiertamente a Juan José Ibarretxe de la lista de sus fobias y sus rencores. Lo considera un político capaz, honesto, leal a sus compromisos y, en lo fundamental, bien orientado.
Para mí que lo único que le reprocha -aunque se cuide muy mucho de decirlo- es que milite en el PNV, y no en Eusko Alkartasuna.
De haber venido, él les habría divertido mucho más que yo contándoles el cómo y el porqué de todo ello. Y lo habrían agradecido ustedes, entre otras cosas porque Carlos Garaikoetxea es, sin lugar a dudas, uno de los políticos de Pirineos para abajo que mejor trata la lengua castellana. Y, cuando digo «de Pirineos para abajo», lo digo en la más amplia extensión del término, es decir, llegando hasta el Teide. Para los periodistas, Carlos Garaikoetxea es una bendición del cielo: dice exactamente lo que quiere decir, y además acostumbra a decirlo bien.
Eso que nos hemos perdido.
Pero, a cambio, hemos tenido la suerte de escuchar a Javier Sádaba, que no sólo presenta la ventaja circunstancial de no ser un político de profesión -lo que le exime de las limitaciones y cautelas que son de obligado cumplimiento en los del ramo-, sino también la ventaja añadida de haber llegado a un punto de reflexión sobre la llamada cuestión vasca que a mí me parece idóneo, mayormente porque se parece al mío: a fuerza de informarse mucho y de pensar más, cada vez entiende menos a los cruzados de toda laya que se han lanzado al combate para exterminar a los infieles de enfrente.
Lo cual me conduce directamente a lo siguiente que quería contarles. A saber: qué pinta este libro que he escrito.
La verdad es que a mí no se me hubiera ocurrido nunca hacerlo. Pero se le ocurrió a Ymelda Navajo, directora de La Esfera de los Libros.
No sólo se le ocurrió la idea. También se le ocurrió que sería bueno que fuera un libro sobre Ibarretxe, no contra Ibarretxe.
Lo que le planteó una dificultad suplementaria. Porque, así como rebosa por los cuatro costados la nómina de los periodistas capitalinos dispuestos a poner a caldo cuanto tenga que ver con el nacionalismo vasco, es más que magra la lista de los que, conociendo aquella realidad, no manifestamos deseo alguno de liarnos a gorrazos con ella para salvar tales o cuales esencias patrias, bicrucíferas o tribarradas.
Así que me lo propuso a mí.
Y me gustó la idea. Porque yo también tenía interés en saber más sobre Ibarretxe: quién es, cómo es, qué pretende, qué le preocupa, cómo entiende el nacionalismo vasco, qué tipo de relaciones quisiera que tuviera Euskadi con el Estado español, cómo cree que podría arreglarse el bollo que está montado allí desde hace ya tanto...
Ibarretxe era para mí por entonces un enigma. Como lo es para la gran mayoría de los que habitan del Ebro para abajo, y también para no pocos de los que viven por arriba de ese río.
Había tenido la oportunidad de hablar con él en una ocasión anterior durante un par de horas. El mejor recuerdo que guardaba de aquel encuentro era el hecho mismo de que se hubiera producido. Porque él tenía previsto recibir a un grupo de periodistas venidos de Madrid y Barcelona, a los iban a sumarse unos pocos más locales. Pero había caído una tremenda nevada sobre media España, las carreteras estaban casi impracticables y el único de los periodistas foráneos que consiguió atravesar la nieve y llegar hasta Vitoria fui yo. Otro político cualquiera se habría excusado y nos habría dado cita para mejor momento. Lo cual, además, me habría parecido comprensible. Pero él mantuvo su compromiso. «Ya que has venido de tan lejos en un día como hoy...», me dijo. El detalle me gustó.
Hace unos días, un jovencísimo lector cántabro me contó algo que le había ocurrido y que se emparenta con esto. Sucedió durante la última campaña electoral vasca. Mi joven lector, que a sus 17 años tiene ya una gran inquietud cultural y política, sintió interés por saber más sobre Ibarretxe, así que se fue desde Santander a un mitin que daba el lehendakari en Bilbao. Al término del mitin, se acercó para saludarlo. Me lo escribía así: «Ya no había cámaras de televisión ni fotógrafos ante los que lucirse. Pese a lo cual, cuando le hice un gesto de saludo desde abajo del estrado, sonrió y se inclinó para salvar la distancia y estrechar mi mano».
Ahora que he tenido la ocasión de conocerlo y de charlar con él bastantes horas, la anécdota me encaja perfectamente. Incluso estoy seguro de que a él le extrañará que a alguien le extrañe que se comporte así.
Eso es probablemente lo primero que muchísima gente no sabe de él y que he tratado de reflejar en el libro: el lehendakari Ibarretxe es una persona considerada con sus semejantes. Nada que ver con esos políticos que van por la vida dispuestos a trepar sobre la chepa de los demás para hacerse un lugar en la cumbre y ganarse un espacio en los manuales de Historia.
En el libro lo reflejo así (y perdonen la autocita): «Cuando un escritor se enfrenta a un personaje, lo que mejor le viene -lo que más le facilita la tarea- es que se trate de alguien llamativamente portentoso. Que ya a los dos años recitara La Ilíada en griego, que a los cinco resolviera ecuaciones de segundo grado, que a los siete escribiera sonetos sáficos y que a los doce obtuviera el doctorado en Física Nuclear. Es muchísimo más engorroso descubrir lo que hay de especial en alguien que presenta todos los signos externos de una persona normal y corriente. Y que, además, no tiene ningún recato en presentarse como una persona normal y corriente».
Trabaja. Trabaja mucho. Sin alharacas, sin aspirar a ningún Guiness. Y no hace el más mínimo esfuerzo por vender sus méritos. A diferencia de la gran mayoría de los gobernantes, perpetuamente empeñados en aparecer ante la opinión pública como gente superior, Ibarretxe no pierde ni un solo minuto en mejorar sus posibilidades como producto de marketing.
No sé si hace bien. De hecho, su imagen publicitaria deja bastante que desear, como sabemos todos (él incluido). Pero me parece una actitud digna de ser resaltada. O digna, a secas.
Ahora bien: se equivocarán quienes piensen que no le saca ningún partido a su sencillez y su falta de ínfulas. Se lo saca, y lo he podido comprobar directamente. Porque ese estilo personal, al menos en Euskadi, genera confianza. En el libro cuento cómo he planteado por allí a mucha gente, rivales políticos incluidos, una pregunta típicamente norteamericana: «¿Compraría usted a Ibarretxe un coche de segunda mano?». Todos me han respondido que sí. Desde Pablo Mosquera, de Unidad Alavesa, hasta Arnaldo Otegi, de Batasuna. Todos lo consideran un hombre honrado y de palabra, por más que se apresuren a hablar de las diferencias ideológicas que tienen con él. Sólo un político se salió de esta pauta. Fue Nicolás Redondo Terreros, que me dijo que él no compraría a Ibarretxe un coche de segunda mano, aunque -me dijo- «estoy convencido de que la gran mayoría sí».
He subrayado esos grandes trazos de su personalidad y de su actitud ante la vida, pero soy consciente de que nada de ello implica una valoración concreta sobre los postulados políticos que el lehendakari hace suyos.
Hablaré ahora de ello.
Todo el mundo sabe sobradamente que Juan José Ibarretxe es nacionalista vasco. Lo que me temo que muchos no sepan es que hay maneras bastante diversas de ser nacionalista vasco. Como las hay de ser nacionalista español, o francés, o ruso. Hay nacionalistas místicos, que tienen una imagen ideal de su propio pueblo y de las metas a las que la Historia lo tiene destinado, y hay nacionalistas que se atienen a lo que su pueblo es en concreto, y que no tienen la menor intención de conducirlo de la oreja por ninguna vía de supuesta perfección.
Ibarretxe pertenece a este segundo grupo. Para él, el pueblo vasco no es ningún ente abstracto, sino la sociedad vasca realmente existente, compuesta por sectores de muy diferentes orígenes y tradiciones, y movida por aspiraciones culturales, sociales y políticas muy distintas. Él considera que a esa sociedad, con toda su diversidad, debe reconocérsele el mismo margen de libertad y la misma capacidad de autodecisión que la comunidad internacional reconoce a tantos otros pueblos con Estado, algunos de ellos -el de Luxemburgo parece un ejemplo bastante ad hoc- mucho menos numerosos y bastante menos diferenciados que el vasco. Es una tesis discutible, como cualquier otra, pero en todo caso nada descabellada. Es la vieja discusión sobre el sujeto de la soberanía, hoy obligadamente matizada -muy en especial en Europa- por la progresiva limitación de las soberanías nacionales impuesta por la construcción comunitaria. Estoy seguro de que, si ustedes tienen la bondad de leerse este libro, descubrirán que el nacionalismo de Ibarretxe -el de Ibarretxe, subrayo- tiene en cuenta ese conjunto de realidades y ofrece un amplio margen para la coexistencia pacífica con posiciones no nacionalistas, como la mía propia.
Pero quizá lo que les pueda llamar más la atención de las conversaciones políticas que encierra este libro no es el punto de vista de Ibarretxe sobre el modo de engarzar la sociedad vasca en el Estado español, sino las opiniones políticas que tiene el lehendakari sobre toda una multiplicidad de asuntos que no apelan ni poco ni mucho a la llamada cuestión vasca. Que se refieren -diré, por poner algunos ejemplos- a la propia construcción europea, al modo de encarar el desarrollo económico en el mundo actual, al papel de los Estados Unidos de América, al conflicto del Oriente Próximo, al fenómeno de la inmigración, a la igualdad de los sexos y al modo de propiciarla desde los poderes públicos de manera efectiva, sin convertirla en una mera retórica huera...
Existe la tendencia, sobre todo fuera de Euskadi, a dar por hecho que el lehendakari del Gobierno Vasco es un señor que se pasa el día meditando sobre la violencia de ETA, la autodeterminación, el euskara, Udalbiltza, las competencias no transferidas y la representación vasca en Bruselas. Me parecía que ya iba siendo hora de que se sepa que no: que reflexiona sobre todo eso, sin duda, pero también, y durante muchas horas semanales, sobre la conservación del medio ambiente, el paro, la vivienda, la marginación social, la seguridad ciudadana, los impuestos... y todo el larguísimo etcétera que conforma esa cosa tan amplia y variopinta que llamamos vida. Sobre la cual, en sus múltiples manifestaciones, tiene también sus criterios, y toma sus decisiones, conforme a las cuales merece también ser valorado, y juzgado, sea a favor o en contra.
El libro que hoy nos congrega se divide en varias partes notablemente diferenciadas. Incluye, para empezar, dos largas entrevistas con el lehendakari: una referida a cuestiones biográficas y personales, aunque inevitablemente salpicada de reflexiones políticas, y otra ya netamente política. El siguiente gran apartado recoge el resultado de un buen número de entrevistas que realicé a otros líderes políticos, para que dejaran constancia de sus opiniones sobre Ibarretxe. Dentro de estas entrevistas, las dos más extensas son las que mantuve con los ex lehendakaris Garaikoetxea y Ardanza, a las que antes me he referido ya. Recogí también, como decía, los puntos de vista de Nicolás Redondo Terreros (por entonces todavía jefe de filas del socialismo vasco), de Pablo Mosquera (máximo dirigente de Unidad Alavesa), de Arnaldo Otegi y de Javier Madrazo. He de hacer constar que todos ellos me atendieron con la mayor de las amabilidades.
Quise que figuraran también las opiniones de Jaime Mayor Oreja, pero fracasé en el intento, y debo reconocer que de manera harto insólita: me concedió la entrevista, pero decidió acabar con ella así que le formulé la primera pregunta (que, dicho sea en evitación de malos entendidos, era perfectamente seráfica).
El libro termina con un breve ensayo, en el que dejo constancia de mis criterios generales en relación al llamado problema vasco, y con alguna documentación de utilidad complementaria.
Bueno, pues eso es todo.
Únicamente me queda agradecer al lehendakari Ibarretxe no sólo su presencia de hoy, sino las muchas horas que perdió conmigo para que me fuera posible realizar este trabajo...
...a la editorial La Esfera de los Libros la libertad que me concedió y los medios que puso a mi disposición para llevar a término el empeño...
...a ustedes su presencia...
...y al pueblo de Portugal su existencia, ya que hoy es 25 de abril.
Muchas gracias.
Javier Ortiz. (25 de abril de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de diciembre de 2017.
© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/04/25 20:00:00 GMT+2
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2002/04/25 06:00:00 GMT+2
Tal día como hoy, hace ya ni me acuerdo cuántos años, asistí a una comida de hermandad con un numeroso grupo de amigos portugueses.
A los postres, nos levantamos todos, lusos e hispanos, y cantamos, como mandan los cánones, Grândola, vila morena.
Grândola, vila morena
Terra da fraternidade
O povo é quem mais ordena
Dentro de ti, ó cidade
Dentro de ti, ó cidade
O povo é quem mais ordena
Terra da fraternidade
Grândola, vila morena
Em cada esquina um amigo
Em cada rosto igualdade
Grândola, vila morena
Terra da fraternidade
Terra da fraternidade
Grândola, vila morena
Em cada rosto igualdade
O povo é quem mais ordena
À sombra duma azinheira
Que já não sabia a idade
Jurei ter por companheira
Grândola a tua vontade
Grândola a tua vontade
Jurei ter por companheira
À sombra duma azinheira
Que já não sabia a idade
Lo recuerdo con verdadera emoción.
También estética.
Por aquel tiempo yo era repugnantemente joven y en la garganta me pesaban un millón de cigarrillos y cien mil botellas de whisky menos. Pude hacer una más que satisfactoria -para mí- segunda voz. Me gustó oír el abrazo armónico del cántico. Fue como una caricia colectiva, hermosa y delicada.
Había electricidad en el ambiente.
Me viene a la memoria la escena de los jóvenes hitlerianos de Cabaret, cuando cantan a coro El mañana me pertenece. Nuestra intención política era la contraria, por supuesto. Pero todas las épicas tienen un aire.
Las lágrimas se me vinieron a los ojos.
Tomorrow belongs to me. O povo é quem mais ordena.
Cielo santo.
Hoy, dentro de unas horas, estaré sentado en un estrado del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Si todo sucede conforme a lo programado, a mi lado estarán el lehendakari Juan José Ibarretxe, el filósofo Javier Sádaba e Ymelda Navajo, directora de la editorial El Mundo de los Libros.
Enfrente habrá público. No sé cuánto. Bastantes periodistas, supongo. Algunas cámaras. Fotos.
Tengo escrito lo que diré. Llevo una docena de folios: un cuarto de hora -más o menos- de palabras amables, políticamente correctas.
Se trata de presentar mi último libro.
Lo haremos. Los demás cumplirán también con el papel que el guión les tiene asignado y el trámite se completará conforme a lo previsto. Navajo dirá que soy un autor muy pulcro, que entrega los papeles como se debe. Sádaba dirá que lo de Euskadi está muy mal, pero que yo soy un buen tipo. Y el lehendakari me agradecerá que haya escrito sobre él sin demasiados prejuicios.
Al final habrá preguntas.
Sé que, en algún momento, mi pensamiento se ausentará de allí y se irá volando hacia el pasado.
Me sentiré de pie, joven, con una copa de cava en la mano, rodeado de amigos y amigas portugueses, los ojos brillantes por las lágrimas que quisieran asomar, cantando à sombra duma azinheira que já não sabia a idade.
Dicen que la vejez comienza cuando el pasado va comiéndose el espacio que deberíamos dedicar al presente.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (25 de abril de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/04/25 06:00:00 GMT+2
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2002/04/24 06:00:00 GMT+2
Me dejó perplejo el arranque de la columna de Rosa Montero en la última página de El País de ayer: «Los judíos son una gente maravillosa», decía.
«Andá, ¿y a qué viene esto?», me pregunté.
Proseguí la lectura. Seguía en el mismo plan melifluo: que qué majos los judíos, que qué cosmopolitas, que qué geniales... Y, además, durante tanto tiempo, y en la tira de países... Admirable lo suyo, vaya que sí.
Seguí sin saber a cuento de qué venía todo ese exordio de exaltación de la presunta tribu de Judá hasta que, llegado ya casi al final de la columna, lo descubrí: doña Rosa lo hacía para que nadie malinterpretara que se dispusiera a criticar la política de Ariel Sharon (cosa que hacía a continuación, aunque ya en plan necesariamente telegráfico, porque apenas le quedaba sitio).
Pues qué mal.
Me sonó como los rollos que se sueltan ésos que, antes de meterse con ETA, te cuentan lo mucho que les gusta San Sebastián, lo bien que se come en la Parte Vieja, lo nobles y trabajadores que somos los vascos, lo que disfrutó con aquel disco de Benito Lertxundi y lo amigos que son de un señor de Orio.
Excusatio non petita, accusatio manifesta.
Personalmente, me siento perfectamente autorizado a poner a caldo a Hitler sin tener que proclamar urbi et orbi que Beethoven me parece genial, que lo de Goethe fue la pera, lo mismo que lo de Heine, y que Kant, para qué te cuento.
¿Que los judíos son «una gente maravillosa»? ¡Pero, bendito sea Yahvé, qué tontería! Los judíos no son nada valorable en general. Ni siquiera son una gente. Son muchísima gente: unos majísimos, otros tirando a bien, otros ni fu ni fa, otros un tanto chungos... y otros -en fin, qué le vamos a hacer- unas malas bestias.
Pero, sobre todo, no hace ninguna falta hablar de los judíos para condenar al criminal Sharon.
Tal parece que algunos europeos -muchos- hayan decidido que la culpa del Holocausto caiga sobre ellos y sus hijos, generación tras generación.
Yo, qué quieren que les diga, lo siento mucho, pero no tengo ninguna culpa en esa barbaridad y, en consecuencia, no tengo nada de lo que disculparme, ni ninguna mala conciencia que expiar. Y, si me topo con un judío, como si me presentan a un mozárabe, o a un señor de Mondoñedo.
A lo largo de mi vida me he proclamado judío en dos tipos de situaciones.
Lo he venido haciendo sistemáticamente cada vez que alguien ha tratado de culpar a «los judíos» de algo.
-¿Qué puedes esperar de Fulanito, ese judío? -me dijo en cierta ocasión un disparate de mujer.
Y yo salté como un resorte:
-Perdone, señora: yo también soy judío.
Últimamente lo vengo haciendo en dirección contraria.
-Sus terribles críticas a Israel demuestran que usted es antijudío -me soltó el otro día un quídam.
-Difícilmente podría serlo -le respondí-, porque soy judío.
Y el tipo se quedó cortado. El muy racista.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (24 de abril de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/04/24 06:00:00 GMT+2
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2002/04/23 06:00:00 GMT+2
Primera paradoja de las presidenciales francesas del pasado domingo: la cuadratura del círculo. ¡La revolución sin cambio!
Así es. Porque, por más que todo el mundo parezca de acuerdo en que Francia ha sufrido una tremenda revolución electoral -incluso un cataclismo- el hecho es que basta con analizar el pormenor del voto para comprobar que, en líneas generales, la sociología electoral del país vecino ha variado muy poco.
A izquierda y derecha.
La suma de los sufragios obtenidos por la izquierda plural arroja un total prácticamente idéntico al que convirtió en 1997 a Lionel Jospin en primer ministro. La izquierda extra muros ha progresado algo, sin duda, pero a costa del Partido Comunista, que se ha quedado prácticamente fuera del mapa.
Es cierto que el Frente Nacional de Le Pen ha avanzado posiciones, robándoselas a la derecha moderada de Chirac. Pero el auge del lepenismo, si se recuenta en votos, no tiene nada de espectacular. Está dentro de los márgenes de lo que ha sido desde hace decenios la derecha autoritaria francesa, siempre caminando sobre la línea fronteriza del facherío. Si el jefe del FN ha acabado situándose en el privilegiado segundo puesto que le permitirá estar presente en la segunda vuelta electoral, es sólo porque la izquierda se ha presentado ante las urnas dividida hasta extremos de auténtica caricatura. Habría bastado con que Chevènement (5,33%) hubiera renunciado a la exhibición de su soberbia personal, o incluso con que la Izquierda Radical de Christiane Taubira (2,32%) se hubiera hecho cargo de los peligros de su afán por no ser menos, y Jospin se habría alzado con el segundo puesto, dejando a Le Pen en donde siempre.
Segunda paradoja: Chirac, que ha perdido votos en la primera vuelta, saldrá elegido presidente en la segunda por una mayoría abrumadora.
Fueron muchos los que creyeron que el presidente saliente cometía un error fascistizando su campaña, convirtiendo la inseguridad ciudadana en monotema. «Le está dando votos a Le Pen. Si de autoritarismo se trata, muchos van a preferir quedarse con el original, en vez de con la copia», decían. Y así ha sido. Pero ese plus que Chirac ha regalado al Frente Nacional es, precisamente, el que le va a llevar en volandas al Elíseo dentro de unos días. Con Jospin enfrente, lo habría tenido complicado. Con Le Pen, ganará de calle. Le ha resultado tan rentable jugar con fuego que cuesta creer que no lo haya hecho a propósito. Y que no insista en ello.
Tercera paradoja: Le Pen, al que algunos presentan en el exterior -en España, por ejemplo- como el secreto instigador de las agresiones contra la comunidad judía en Francia, es el azote, directo y confeso, de la mucho más numerosa comunidad islámica residente en el país vecino. De ahí la proclama de Roger Cukierman, presidente del muy pro-israelí CRIF *, para quien el avance de Le Pen «es un mensaje a los musulmanes para que se estén quietos» y una ayuda para «reducir» el antisemitismo en Francia.
Y es que no siempre lo que parece -o lo que nos cuentan- responde a las realidades de fondo.
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(*) El CRIF es el Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia. El pasado 12 de febrero, Cukierman publicó en Le Monde un apasionado artículo, titulado Au risque de déplaire («Aun a riesgo de desagradar»), en el que sostenía que el Gobierno de Jospin no reprimía la violencia antijudía en Francia «porque esa violencia no proviene de la extrema derecha». E insistía: «El peligro [antisemita] no proviene de la extrema derecha tradicional».
Algunos interesados comentaristas españoles han tomado pie en ciertas posiciones de Le Pen en el plano internacional -su negativa a sumarse al bloqueo de Irak, por ejemplo-, que hay que entender como parte de la hostilidad del jefe del Frente Nacional hacia los EE.UU. y a la UE, para tratar de convencer a la opinión pública española de que Le Pen es «pro árabe». Y nada más alejado de la verdad. Le Pen tiene tics antisemitas, como todo buen heredero de la derecha de Vichy, pero su bicha preferida son los hordas árabes que han invadido la douce France. Cukierman sabe perfectamente de qué habla: ni Israel ni los pro israelíes franceses tienen nada que temer de Le Pen.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (23 de abril de 2002) y El Mundo (24 de abril de 2002). La explicación * sólo en el diario. Subido a "Desde Jamaica" el 22 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/04/23 06:00:00 GMT+2
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2002/04/22 06:00:00 GMT+2
Consternación general: será el ultra Le Pen quien acompañe a Jacques Chirac en la segunda vuelta de las presidenciales francesas. Todo el mundo se echa las manos a la cabeza.
«¡Increíble!», dicen.
¿Sí? A mí no me lo parece tanto.
No sé por qué les asombra el guiso. O el pot pourri, si se prefiere. En realidad, los ingredientes estaban ya todos en la cazuela.
En primer lugar, el más importante: la abstención, que se preveía muy alta, y lo ha sido. Se sabía que el enfrentamiento entre las dos opciones que se presentaban en principio como viables, la de Chirac y la de Jospin, no suscitaba mayor entusiasmo en el electorado, una parte sustancial del cual iba a decirse: «¿Uno de esos dos? Pues cualquiera. ¡Tanto da!».
Ayer en Francia se movilizó el voto más militante. El de quienes acuden a las urnas porque quieren que gane el suyo, el de su partido, o porque están dispuestos a votar aunque su candidato (o candidata) carezca de posibilidades reales de acceder a la Presidencia. Basta con ver la dispersión del voto que se ha producido (casi la mitad de los sufragios ha ido a parar a candidaturas imposibles) para comprobarlo.
En esas condiciones de desmovilización y dispersión, el éxito de Le Pen es importante, pero no arrollador: ha obtenido el 17% de los votos emitidos, pero el 11% de los potenciales. No mucho más que la suma de los alcanzados por la izquierda radical.
A efectos del análisis social -el estrictamente político es otra cosa-, también hay que relativizar la derrota de Jospin. El jefe de los socialistas llegó al Gobierno respaldado por la llamada «izquierda plural», que unía hasta cinco fuerzas del reformismo moderado y la izquierda convencional. Al haber acudido esta vez a las urnas cada una de ellas por su cuenta -más por su cuenta que nunca, con la escisión de Chevènement-, Jospin se ha quedado con los votos raspados de sus incondicionales. Súmense los votos obtenidos ayer por los partidos que dieron su apoyo al jefe de filas del PSF tras las anteriores legislativas y se comprobará que, de haber acudido unidos a las urnas, el todavía primer ministro habría desbancado a Le Pen sin la menor dificultad.
Si nos ocupamos menos de los meandros circunstanciales de las querellas partidistas y más en las tendencias socio-políticas de fondo, convendrá que no perdamos de vista algunos otros factores de la realidad francesa que quedaron reflejados en las urnas de ayer.
Uno es, sin duda, el estrepitoso hundimiento del Partido Comunista. Nada que ver con la pérdida de fuelle de su homólogo español. En España, el PCE se ha desinflado porque buena parte de su base social -que nunca fue tan poderosa como la del PCF- ha ido perdiendo el gusto por la pelea y se ha despolitizado, o se ha acomodado al posibilismo reinante, instalándose en posiciones vagamente reformistas. En Francia, muy buena parte de la base social de los comunistas se ha pasado a Le Pen. Se ha ido a la extrema derecha, pura y simplemente. Sin ni siquiera hacer escala en el centro. Por extraño que pueda parecer, visto a distancia, el hecho es indiscutible: el electorado de los grandes barrios obreros del cinturón de París, otrora fielmente comunista, es ahora el principal bastión del Frente Nacional. ¿Culpa de la falta de alternativas y la molicie de los burócratas del viejo partido? ¿Despecho hacia la corrupción de la política convencional, a la que el PCF se ha aferrado con uñas y dientes? ¿Reacción primaria ante la degradación de las relaciones sociales en sus áreas de afincamiento, achacada de manera simplista a la fuerte inmigración descontrolada? Bastante de todo eso, y más, supongo. Pero la realidad de ese trasvase social es tan evidente que reclama un análisis específico y urgente.
Ligado parcialmente a lo anterior, aunque de significación no sólo distinta, sino incluso opuesta, hay que situar el auge electoral de las diversas opciones de la extrema izquierda, que se han colocado por encima del 10% de los votos emitidos (en torno a un 8% del cuerpo electoral en su conjunto). El descrédito del PCF ha afectado también a los sectores más combativos e ilustrados de la izquierda más crítica, a los que el comunismo de siempre ya no puede retener apelando a un «voto útil» hundido en la miseria. Preocupa, no obstante, la incapacidad de esa izquierda para caminar unida: se ha emancipado de no pocas herencias de la izquierda tradicional, pero sigue siendo víctima de su inveterada tendencia a la sectarización.
Un último elemento para este análisis de urgencia: la constatación del fracaso del bipartidismo a la americana (o a la española). Entre el 28,5% que se ha abstenido y el 65% que ha votado, pero no a ninguna de las dos grandes opciones teóricas, tres cuartas partes de los potenciales electores franceses se han negado a pasar por esas horcas caudinas tan à la mode.
Es interesante. Y demuestra que tampoco es tanto el poder de los grandes mass media.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (22 de abril de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/04/22 06:00:00 GMT+2
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2002/04/21 06:00:00 GMT+2
La emprende Antonio Gala contra los Estados Unidos, en masa, y contra «los norteamericanos», en general *. Según él, USA -así, en inglés- «cae fatal» y «su tipo de cultura» (sic) «aburre a las vacas».
Ignoro cómo se las arregla Gala para englobar la totalidad de las tradiciones y manifestaciones culturales de los EUA en un solo «tipo de cultura». Es más: ni siquiera sé qué diablos puede ser un «tipo de cultura». Pero, claro, a diferencia del excelso tronero cordobés, yo no he escrito novelas que convierten Las uvas de la ira en un pobre ejercicio escolar, ni poemas que harían palidecer de envidia a Walt Withman, ni obras de teatro que para sí hubiera querido Arthur Miller en sus mejores momentos, ni he dado pie a guiones de cine que William Faulkner habría firmado con los ojos cerrados. No he pisado jamás las cimas del Parnaso desde las que él contempla la obra de los pobres mortales trasatlánticos y, en consecuencia, sería vana pretensión de mi parte acceder al entendimiento de la olímpica superioridad de sus desdenes.
Debe de ser por eso -porque hablo a ras de suelo, lo que me impide mirar a nadie por encima del hombro- por lo que, cuando leo o escucho que alguien desprecia a los Estados Unidos de América y al conjunto de sus habitantes -cosa harto común por estos lares-, agarro unos rebotes del copón.
Los EUA tienen una población de más de 250 millones de ciudadanos y ciudadanas, lo que ya de por sí aconsejaría no arriesgarse demasiado a generalizar. Pero es que, además, ese porrón de gente tiene orígenes culturales muy diversos. Y vive en realidades sociales, económicas, geográficas, climáticas y hasta lingüísticas no menos dispares. En muchos aspectos, los EUA son más un continente que un país. «La cultura» de los EUA son muchísimas culturas. Y bastantes de las manifestaciones que tienen esas culturas son sencillamente apasionantes. Otras, en cambio, son de una bobería químicamente pura. Como aquí, sólo que en mucho más grande. Todo.
¿Que la parte de la población estadounidense que vota ha elegido una casta dirigente penosa? Sin duda. Repugnante, incluso. Pero no creo que España proporcione el estrado más adecuado para impartir a ningún pueblo lecciones de sabiduría electoral.
¿Que los productos culturales de masas son allí de un simplismo sofocante? Eche el anatemizador una ojeada a los de aquí antes de darse aires de superioridad.
Gala compara a los EUA, cuyo «tipo de cultura aburre a las vacas», con «Europa», y dictamina que el Viejo Continente está ganando la partida al Nuevo Imperio. No discuto al sublime autor de La pasión turca sus conocimientos en materia de vacas aburridas, pero me parece obvio que como cronista de batallas no llegará lejos. Europa lleva años emulando a los Estados Unidos en todo, incluido -o mejor dicho: sobre todo- en lo peor. Hasta en su bipartidismo de pacotilla. Hasta en su apestoso modelo de relaciones laborales.
El mimetismo y la abdicación ante lo estadounidense lo invade todo. Hasta La Tronera, en donde ya no se nos habla de los Estados Unidos de América, sino de «USA».
---------
(*) Escribía así Gala en su «Tronera» de ayer, bajo el título USA pasó de moda: «No sé si es o no culpa de Bush o de todos los norteamericanos (fracasos, armamentos, fallos tecnológicos, auditorías engañosas, gigantes caídos, pollos fritos o películas bélicas), pero USA no está de moda. Y además cae fatal. Su tipo de cultura aburre a las vacas, no aporta ni brillo ni esplendor ni tranquilidad a nadie. Ni a ellos mismos. Sus mitos han dejado de serlo; sus tópicos enseñan la oreja. Sólo siguen deslumbrando a los más pobres o a los más tontos, que confunden el dólar con el cielo. Europa, poco a poco, medra y USA mengua. Quizá el 11 de septiembre de 2001 puso de manifiesto algo más que un atroz terrorismo.»
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (21 de abril de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/04/21 06:00:00 GMT+2
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2002/04/20 06:00:00 GMT+2
Envié a "El Mundo" ayer viernes por la mañana este texto para que fuera publicado hoy como columna. Que es exactamente lo que el periódico ha hecho y el que aparece hoy en el periódico. Éste es el texto:
La representación del Gobierno de George W. Bush ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha anunciado que ejercerá su derecho de veto para bloquear todo proyecto de resolución que reclame una investigación de la labor de destrucción y muerte llevada a cabo por el Ejército de Israel en el campo de refugiados palestinos de Yenín.
Bush no podía haber adoptado una actitud más clarificadora. Con ella, ha demostrado que conoce bien lo ocurrido en Yenín y que, precisamente porque lo conoce, ha decidido impedir que las Naciones Unidas puedan levantar acta de la realidad y resolver en consecuencia. Su veto es la prueba más palmaria de que actúa como encubridor consciente de una actuación criminal. Con lo cual, él mismo se convierte en criminal.
¿Y en qué posición deja al Gobierno español, que asiste a este espectáculo de ocultación dolosa sin expresar condena alguna? ¿En qué lugar queda su insistente repudio a quienes no condenan los crímenes o se hacen cómplices de ellos con su silencio?
Un periódico israelí dio cuenta ya hace días de unas declaraciones realizadas por Simon Peres en petit comité. El ministro israelí de Exteriores se había mostrado consternado por los efectos desastrosos para el prestigio de Israel que tendría el conocimiento internacional de la masacre de Yenín.
Estamos ante otra confesión de parte. Peres admitió que tenía conocimiento de la matanza pero, lejos de condenarla (y de actuar en consecuencia, abandonando el puesto que ocupa en el Gobierno que la ha causado), se limitó a mostrar su preocupación... ¡ante la posibilidad de que lo ocurrido fuera difundido por los grandes medios de comunicación occidentales!
Muy en consonancia con esa preocupación, las Fuerzas Armadas de Israel aislaron Yenín durante días, impidiendo que los informadores extranjeros y los representantes de organismos independientes, como la Cruz Roja, pudieran constatar en qué estado había quedado el lugar y qué había sucedido con su población. Trataban de ganar tiempo para maquillar la realidad. Ésta, maquillada y todo, ha resultado espeluznante.
El partido que dirige Peres es miembro de pleno derecho de la Internacional Socialista. Es decir, socio privilegiado del PSOE, algunos de cuyos responsables se permiten encabezar manifestaciones de protesta por lo que está haciendo... Sharon. Como si Peres estuviera de oyente en la política israelí.
Yenín no es sólo el escenario de un espantoso crimen contra la Humanidad, sino también el punto de arranque de toda una cadena de complicidades y responsabilidades compartidas, algunas de las cuales tienen sede en Madrid. En La Moncloa y en Ferraz.
Éste era el texto, y esto es lo que aparece publicado hoy en "El Mundo". Pero lo cierto es que, horas después de que yo hubiera enviado mi artículo al periódico, la delegación de los EE.UU. ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se avino a una resolución de compromiso, lo que hacía escasamente congruente el arranque de mi columna.
Lamentablemente, yo no he tenido noticia de ese cambio hasta esta mañana. De modo que me he visto en la obligación de remitir a la Sección de Opinión de "El Mundo" el siguiente correo electrónico:
PARA OPINIÓN
Hola,
Entra dentro de lo posible que recibáis alguna carta al Director de alguien que se queje de que en mi columna de hoy afirme yo que EE.UU. amenazó con vetar cualquier resolución del Consejo de Seguridad que propusiera investigar lo sucedido en Yenín cuando lo cierto es que, de hecho, Washington aceptó ayer que Annan envíe un equipo investigador. Si os llega una carta así, os ruego que la publiquéis añadiendo esta
-------------------
Nota de Javier Ortiz.-- Mi columna fue escrita cuando la representación de los EE.UU. en la ONU comunicó que se proponía vetar una resolución, propuesta por los países árabes, que pedía una investigación sobre la matanza de Yenín. EEUU mantuvo ese criterio hasta el final. A lo que finalmente se avino, a la vista del escándalo internacional suscitado por su actitud, es a que Annán forme un equipo que "reúna información" sobre "hechos recientes" (sic) en Yenín, negándose de plano a que esos "hechos recientes" fueran calificados con palabras que pudieran suponer una condena de la actuación de Israel. De haber tenido constancia de ese cambio de posición, habría redactado mi columna de otro modo, por supuesto. Aunque no habría variado mi criterio sobre la complicidad de Washington en la actuación criminal del Ejército del Estado de Israel.
Saludos,
/Javier Ortiz
Javier Ortiz. Diario de un resentido social y El Mundo (20 de abril de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/04/20 06:00:00 GMT+2
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2002/04/19 06:00:00 GMT+2
-¡Tiene narices!
Mi hija Ane está indignada. Me mira con los ojos encendidos de ira, desde la puerta de mi estudio, en tanto se seca el pelo.
Deduzco que ha estado oyendo las noticias de la radio mientras se duchaba.
-¡Es indignante! -remacha.
-¿Qué, en concreto? -le pregunto. Porque a mí, por indignarme, suelen indignarme hasta los boletines meteorológicos, aunque no me pasee por la casa clamando contra ellos, y menos mientras me seco el pelo, actividad que me es desconocida desde hace ya muchos años.
-¡Lo de la reforma del seguro de desempleo! -responde.
-Ah, sí -le confirmo distraídamente, y me giro de nuevo hacia la pantalla del ordenador.
-¡Pero es que es la hostia! -vuelve a la carga-. ¡Imagínate que llevas 35 años trabajando de periodista, cotizando al Estado todos los meses, y suponte que te quedas en paro, y que empiezas a cobrar ese seguro por el que has estado pagando toda tu vida un pastón... y que vienen entonces y te dicen que te han encontrado un trabajo de camarero en un Burger King de Alcalá de Henares y que, como no lo aceptes, dejan de pagarte! ¡Pero si tú no sabes nada de hostelería, ni te importa una mierda! ¡Pero si nada más que en ir y volver desde Madrid a Alcalá te vas a dejar la mitad del sueldo!
-Sí, te lo quitan durante tres meses. Y, como insistas, para siempre. Y luego está lo del PER.
-¿Qué es el PER? -me pregunta, porque ha vivido demasiado tiempo en Londres y todavía no está al tanto de todo.
La miro fijamente.
-Hija mía -le digo-: me resulta conmovedor que hayas heredado mi tendencia genética al cabreo universal y mis afanes didáctico-agitativos. Pero no vale la pena que desperdicies tus energías echándome mítines a mí, que llevo ya dos días despotricando contra eso para mi coleto y que, además, estoy muy ocupado ahora escribiendo contra un horrible desmán de otro género. Además, vas a llegar tarde al curro.
-Jodé, qué tío -masculla, mientras se va para su cuarto.
Y yo sonrío, y vuelvo a la carga contra GeorgeW. Bush.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (19 de abril de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/04/19 06:00:00 GMT+2
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2002/04/18 06:00:00 GMT+2
-¿Firmas contra la droga?
Había unas chicas muy puestas ellas y muy relamidas, con sus trajes de chaqueta rojos y su pelo teñido de rubio, tirando a clónicas, que solían montar una mesa petitoria tipo Domund en la calle Génova, en Madrid, cerca de la sede del Instituto Social de la Marina, donde yo trabajaba por entonces.
Pedían firmas contra la droga.
-¿Firmas contra la droga? -te preguntaban, saliéndote al paso.
Me encantaba chincharles.
-No. ¿Por qué habría de firmar? ¡Si estoy a favor! -les contestaba.
La ira les cuarteaba el maquillaje.
Había otros que también me ponían de los nervios con su asaltante petición de firmas. Éstos se instalaban en la puerta de El Corte Inglés de Castellana. Recuerdo que exhibían algún emblema de izquierda, pero no me acuerdo de cuál.
-¿Firmas contra el paro? -te decían.
Me tocaban las narices.
-Ah, qué bien -les respondía-. Y si firmo contra el paro, ¿se acabará? ¿Me firmas tú a mí un certificado de eso?
Les fastidiaba que me diera cuenta de que lo de la firma contra el paro no era sino una excusa para tratar de promocionar su tingladillo político.
Con el tiempo he ido alimentando un creciente odio contra todas las iniciativas de recogida de firmas. No sólo contra las pavadas de aurora boreal, como ésa de los senadores norteamericanos que quieren que le retiren a Arafat el premio Nobel de la Paz, sino contra todas. Sin distinción.
Me telefonea mi amigo Gervasio Guzmán.
-¿Firmas para que Sharon sea procesado por crímenes de guerra? -me pregunta.
-Dime, Gervasio: ¿hay algo que te haga suponer que, si se recogen muchas firmas en su contra, lo van a procesar? -le contesto.
-Hombre, no.
-¿Y entonces?
Soy partidario de organizar unas nuevas Brigadas Internacionales para ir a combatir a Palestina. Estoy dispuesto a participar en un Concurso Mundial de Repudio del Sionismo. Me presto incluso a casarme por lo civil en Tel Aviv, para que los guardianes del fuego sagrado de la zarza me detengan por blasfemo. No me importaría nada de nada poner dinero para que se monte un Congreso Internacional contra el Estado de Israel (varios amigos míos judíos lo presidirían muy a gusto). Y hasta pondría mi óbolo para comprar el espacio publicitario de la CNN que dé cuenta de todo ello. Pero no voy a firmar más papeles de ésos que no van a ningún lado.
Que nadie me pida que suscriba documentos inanes que sólo sirven para tranquilizar las malas conciencias de quienes los firman y para que un puñado de onegeístas desenvueltos justifique su injustificable sueldo.
A la mierda. No firmo.
Otra cosa son las iniciativas de envío de mensajes electrónicos, faxes, telegramas, tarjetas postales y cartas destinadas a protestar contra esto o a reclamar lo otro. Las movidas de ese tipo -según cuáles- me parecen bien. Por dos razones principales. Primera, porque a veces no las gestiona nadie que determine qué texto concreto es el que firmas y que se apropie del prestigio de la movilización, en cuyo caso nadie se aprovecha de ti con fines espurios. Y segunda, porque, dependiendo del destinatario, pueden tener resultados positivos. Por ejemplo: estoy seguro de que los responsables de El País están que trinan por la cantidad ingente de mensajes que les están llegado poniéndolos de vuelta y media por su tratamiento seudoinformativo del golpe de Estado en Venezuela. Otro ejemplo: el consejero de Transportes de Madrid está al borde de un ataque de nervios porque la Consejería se le ha inundado de reclamaciones de usuarios de autobuses que piden que se les descuente del abono del próximo mes el dinero que perdieron por la pasada huelga. Bueno, si puedes arreglártelas para amargar la vida a algún desalmado por un sistema tan sencillo, bienvenido sea.
Pero firmitas para que alguien se pavonee por ahí a costa de miles y miles de almas cándidas, no. Rotundamente.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (18 de abril de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/04/18 06:00:00 GMT+2
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2002/04/17 06:00:00 GMT+2
He leído bastantes artículos colgados en la Red durante estos días, referidos a la labor sucia, inicua, bochornosa, repugnante, vomitiva -añada cada cual los sinónimos que quiera- que han perpetrado los grandes medios de comunica(manipula)ción españoles a propósito de la intentona golpista de Venezuela (*). Me han conmovido muy particularmente dos artículos: uno de Adolfo Ribas y otro de Pascual Serrano, por la indignada y fundamentadísima rotundidad con que se expresan. Tienen toda la razón: el periodismo encierra una portentosa capacidad para producir vergüenza ajena a los que hemos tratado durante muchos años de ejercer ese oficio con dignidad, convencidos de lo que tiene -o podría tener- de servicio público.
Pero, incluso en medios intrínsecamente perversos -hablo ahora de Radio Nacional de España-, surgen de repente destellos de honradez y profesionalidad conmovedores. El relato que ayer hizo Fran Sevilla desde Jenín en el informativo de las 14:30 de RNE fue magnífico, se mirara (se oyera) por donde se quisiera. Había conseguido entrar en la ciudad fantasma cisjordana eludiendo los controles israelíes, jugándose el bigote. Pero no hizo nada por vender su proeza periodística. Contó el horror que estaba viendo con una sinceridad, una precisión descriptiva, una sencillez personal y una emoción solidaria realmente impresionantes.
No todo está perdido. El naufragio del periodismo occidental arroja a veces hasta la superficie algunos pecios admirables.
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(*) Ha sido muy meritorio el trabajo realizado estos días por Rebelión (http://www.rebelion.org/), Alai-Amlatina (http://alainet.org/) y otros servicios de información y opinión alternativa presentes en la Red. Deseo expresarles mi reconocimiento personal más sincero. En horas tan amargas como interminables, sus mensajes me hicieron sentirme bastante menos solo.
Un servicio deplorable
Muchos lectores se vieron ayer en la imposibilidad práctica de entrar en esta página. Tardaba tanto en descargarse que la mayoría acabó rindiéndose y renunció a verla. La lentitud del servicio de Mundofree fue tal, incluso desde las primeras horas del día, que yo mismo estuve a punto de tirar la toalla y no actualizar la página.
No vale la pena decir que lo siento: me molesta tanto que los demás pierdan el tiempo como perderlo yo mismo.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (17 de abril de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/04/17 06:00:00 GMT+2
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