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2002/06/08 06:00:00 GMT+2

Demagogo

Demagogo. n. m. Ant. gr. Jefe del partido popular.
(Gran Enciclopedia Larousse, 1988, tomo 7, página 3.108)

Dolorido por el pescozón que le ha dado la Conferencia Episcopal, Aznar ha cursado instrucciones a sus ministros para que retiren de sus declaraciones sobre los obispos de la Comunidad Autónoma Vasca los adjetivos de calibre más grueso. Pero la cabra tira al monte, y él mismo siguió insistiendo ayer en reprochar a la jerarquía eclesial su «distanciamiento» de la opinión pública española, que –dijo– «respalda mayoritariamente la ilegalización de Batasuna».

¿Respalda mayoritariamente la opinión pública española la ilegalización de Batasuna? Seguro que sí. Mantenida en la ignorancia de la complejidad del problema por unos medios de comunicación que han cerrado filas con el Gobierno de manera tan unánime como zafia, reafirmada por el sólido acuerdo sellado al respecto entre el PP y el PSOE, ¿de qué podría hacerse eco, sino de lo que oye? Sólo la opinión pública vasca, que cuenta con la realidad diaria como fuente primera de información, se sale de la norma.

Y es que, además, los instintos del gentío patrio –de la mayoría de los gentíos– son muy suyos. Los sondeos de opinión que se han hecho sobre la hipotética aplicación de la pena de muerte por delitos de terrorismo son elocuentes: sin agitación previa ni nada, un porcentaje muy elevado de la población española se declara a favor. Ya no llevo la cuenta de la cantidad de gente a la que le he oído decir: «Yo eso de la ETA lo resolvía en tres patadas».

Cualquier propuesta de endurecimiento legislativo o práctico en el tratamiento del problema vasco, por aberrante que resulte, por escasamente considerada que sea con los derechos humanos, tiene asegurada una buena salva de aplausos del Ebro para abajo. Es así de triste, pero es así. Todos recordamos con qué tenacidad la mayoría de la ciudadanía española cerró los ojos durante años ante la actividad criminal de los GAL y cómo, cuando ya salió de todos modos a la luz, la crítica principal que dirigió a sus inspiradores no fue haber hecho semejantes barbaridades, sino haberlas hecho «tan mal».

El demagogo se dedica a aprovecharse de los más bajos instintos de las masas para encumbrarse. Pero los hay que no se conforman con sacar partido del lado oscuro del pueblo y se dedican a ensombrecerlo todavía más. A ésos habría que calificarlos como demagogos cum laude.

Aznar está entre los de ese género.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (8 de junio de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de abril de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/06/08 06:00:00 GMT+2
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2002/06/07 06:00:00 GMT+2

Sangre y Arenas

¡Ah, ese pecado mortal llamado soberbia! Aznar, confiado probablemente en sus excelentísimas relaciones con el Opus Dei -dueño y señor del actual Vaticano-, creyó que podría lanzar un ataque tous azimouts contra la Iglesia vasca para desarbolarla de una vez por todas. Pero olvidó las leyes clásicas de la ciencia china de la guerra, que aconsejan que los grandes ataques se emprendan «con razón, con ventaja y sin sobrepasarse».

Se lanzó a la batalla, empeñado en hacer sangre, fiando sólo en su ventaja. Pero sin razón. Y sobrepasándose tres pueblos.

Al final ha tenido que conformarse con el apoyo del arzobispo castrense -que, como su nombre indica, es de armas tomar- y con el de Valencia, que, fiel a su sede, tiende a ser de traca.

El Vaticano, no queriendo desairar por completo al Ejecutivo español, se limitó a aceptar que la Oficina de Información Diplomática sacara una nota light expresando lo que la Santa Sede no estaba dispuesta a rubricar directamente. Una papelón, más que un papel.

Pero el Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española no se ha conformado con medias tintas y ha hecho público un comunicado en el que, en tono muy comedido pero muy firme, pone al Gobierno de Aznar de vuelta y media.

Resultaba patético ver ayer al ya casi siempre patético Arenas replegando grupas, reprochando a la Conferencia Episcopal no haber «profundizado en el problema» y atribuyendo su enérgica tarascada a «una reacción corporativa». Vaya por Dios, y nunca mejor dicho.

El desaire no ahorra a los periodistas de cámara del Gobierno que, amén de jalear al Ejecutivo, demostrando que sólo atribuyen «autoridad moral» a quienes siguen sus dictados, se habían animado ya a «informar» de que la pastoral de los obispos del País Vasco había estado «inspirada» por José Antonio Pagola, «estrecho colaborador del ex obispo de San Sebastián, monseñor Setién». Pagola ha hecho pública una nota en la que afirma taxativamente: «No he tenido participación alguna ni en la concepción ni en la preparación ni en la redacción de [la] Carta Pastoral».

Ahora a eso se le suele llamar -incorrectamente- «desmentido», convirtiendo el participio en sustantivo. El término correcto es «mentís», palabra mucho más directa y adecuada al caso. Porque cuidado que han mentido, falsificado, intoxicado y manipulado.

En el pecado van a tener la penitencia.

Una gracia divertida: ha habido un individuo que ha escrito que «ahora que monseñor Setién ha abandonado la escena, ha venido a sustituirlo monseñor Ortiz». Me llamaron ayer del Obispado de San Sebastián y estaban muertos de la risa: «¡Un monseñor agnóstico!», me dijeron. Ateo, más bien. Tal vez por ello tengo tan poca afición a las mentiras: no puedo ir luego a confesarlas para que me las perdonen.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (7 de junio de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de abril de 2017.

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2002/06/06 06:15:00 GMT+2

Dos visiones

 

 

Durante los años que viví en Francia, cuando me topaba con el emblema de Carrefour, lo que veía era una extraña flecha azul que apuntaba hacia la derecha y otra roja y más pequeña, que enfilaba hacia la izquierda.

No sabía a cuento de qué podían venir.

La verdad es que tampoco me preocupaba gran cosa.

De repente, un día lo comprendí. Estaba mirando mal. No debía fijarme sólo en lo que había, sino también en lo que faltaba. La mancha blanca del centro, cuyos extremos superior e inferior quedan abiertos, dibuja en negativo una C, la inicial de Carrefour. Viéndolo así, el conjunto se convierte en un cuadrado con la bandera tricolor francesa.

A menudo, cuando me encuentro con el emblema en cuestión -ahora ya profusamente instalado por estas tierras-, me quedo pensando en esas dos posibilidades de mirar la realidad objetiva: una no conduce a nada; en la otra, todo encaja. Pero para que encaje y cobre su verdadero significado es imprescindible que no nos conformemos con mirar lo que resalta, y reparemos también en lo que cuesta ver, por más que lo tengamos delante de las narices.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (6 de junio de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de abril de 2017.

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2002/06/06 06:00:00 GMT+2

Dogmas de quita y pon

Durante el debate sobre la Ley de Partidos Políticos (que, debería llamarse «de partido político», en singular), el coordinador general de IU, Gaspar Llamazares, desempolvó unas declaraciones que hizo José María Aznar a la revista Época el 4 de marzo de 1996. Le preguntaban: «¿Qué opina de que ahora se intente ilegalizar a HB?», y Aznar respondía: «Que es una cuestión absolutamente estéril. Hay que actuar contra las personas que amparan, jalean o hacen apología del terrorismo, contra personas concretas, imputarles los delitos de los que son culpables, ponerles delante de un juez y que sean juzgados. Eso es lo que hay que hacer».

De entonces a aquí, HB ha cambiado de nombre, pero nada más. Los reproches que se dirigen ahora al partido de Otegi son los mismos, punto por punto, que ya entonces se le formulaban.

A los efectos de mi reflexión, me da igual que Aznar tuviera razón en 1996 o que la tenga en 2002. Me limito a constatar que entonces sostenía una tesis y ahora la contraria. Y lo constato no porque ese cambio me parezca reprobable en sí mismo (todo el mundo tiene derecho a variar de criterio), sino porque me cuesta entender que el Aznar de 2002 se muestre tan inmisericorde con el Aznar de 1996, descalificando del modo más brutal a quienes defienden las posiciones que él mismo hacía suyas hace seis años.¿Por qué se insulta retrospectivamente de esa manera, llamándose «cómplice del terrorismo», «inmoral», «insensible al dolor de las víctimas», «agente de los verdugos» y ni sé cuántas cosas más? ¿Tan difícil le es imaginar que lo mismo que él opinaba entonces de buena fe, porque creía que era lo correcto, lo opinen otros hoy con el mismo sincero convencimiento jurídico y político?

Es como cuando afirma muy solemnemente que es aberrante proponer la vía del diálogo para la resolución del problema de ETA. El trató en su momento de transitar por esa vía. Si cree ahora que cometió un error imperdonable, una auténtica felonía, ¿dónde está su mea culpa?

Hago extensible mi perplejidad a quienes hoy aportan como prueba irrefutable de la bondad de la Ley de Partidos el hecho de que ha sido votada favorablemente por la inmensa mayoría de los diputados. Porque muchos de los que esgrimen ese argumento hicieron mofa de él cuando el 14 de diciembre de 1988 la ciudadanía española secundó masivamente una huelga general cuya convocatoria había sido rechazada por la práctica totalidad del Parlamento. ¿Cabía dudar entonces de la infalibilidad del Parlamento, pero no ahora?

Lo menos que cabe exigir a quienes se adaptan con tanta desenvoltura a los meandros de la política es que no traten de presentar como dogmas de fe inapelables sus sucesivos pronunciamientos de quita y pon.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (6 de junio de 2002) y El Mundo (8 de junio de 2002). Hay algunos cambios, pero no son relevantes y hemos publicado la versión del periódico. Subido a "Desde Jamaica" el 29 de abril de 2017.

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2002/06/05 06:00:00 GMT+2

Dime de qué presumes...

A veces, los nombres y los títulos no sólo no reflejan las realidades, sino que las contradicen. Es como si quienes los exhiben los hubieran escogido con la esperanza de que les tapen sus vergüenzas: dime de qué presumes y te diré de qué careces.

Tomemos el caso de Corea del Norte, ahora que tanto sale en la tele su vecina del sur. Como es sabido, Corea del Norte no se denomina oficialmente Corea del Norte, sino República Democrática de Corea. Llamar «democrático» al régimen de Pionyang tiene unos bemoles que rompe los tímpanos. En realidad, resulta discutible incluso que quepa llamarlo «República». Salvo por el hecho de que la familia Kim no figura en el Gotha, su dominio presenta todos los signos externos de una monarquía hereditaria.

Pasaba otro tanto hace años con las sedicentes «democracias populares». Aparte de que la expresión «democracia popular» sea un pleonasmo bilingüe -al estilo de lo de las Hermanas Sixters, sólo que en griego y latín-, aquellos regímenes presentaban un déficit de aúpa en ambos terrenos.

Hubo un tiempo en el que la vida política española, harto más fluida y participativa que ahora, producía sin parar siglas y denominaciones incongruentes. Cuando los partidos sufrían un desgarro -cosa extraordinariamente frecuente-, los partidos o partiditos resultantes de la escisión mostraban una recurrente tendencia a elegir nombres que incluían palabras como «Unidad», «Unificación», «Unión», «Reagrupamiento», etcétera. Por su parte, los grupos universitarios de izquierda rara vez se sustraían a la tentación de hacerse llamar «obreros», o incluso «proletarios». Era evidente que a sus integrantes les avergonzaba su condición de estudiantes, cosa que la mayoría solía demostrar de un modo muy práctico: no estudiando.

Las derechas tampoco se escapan de esta regla. Los más veteranos recordarán la ingente cantidad de «demócratas de toda la vida» que produjo la Transición. Poco importaba que todo el mundo los recordara vestidos con la camisa azul de Falange y haciendo el saludo fascista, brazo en alto: ellos se montaron su Unión de Centro Democrático y se quedaron tan anchos. El propio Fraga afirmó que era él, y no Suárez, quien reunía el máximo de méritos para encabezar la articulación del centro, así que se montó su tinglado aparte, al que llamó, claro está, Alianza. La pelea era digna de admiración: un ex secretario general del Movimiento (o sea, del partido único franquista) y un ex ministro de Franco disputándose la jefatura del centrismo bajo la atenta mirada de un rey -también muy demócrata, por supuesto- entronizado por Franco.

El caso más espectacular de travestismo político que se haya producido por estos lares en las últimas décadas, no obstante, es el que encabezó José María Aznar a partir de 1989: de repente, el líder de la derecha española era un dechado de centrismo, moderación, buen trato a los sindicatos, amplio programa social, celo en la lucha contra el recorte de las libertades (recuérdese su oposición a la Ley Corcuera, a la llamada «Ley Mordaza» y a la primera Ley de Extranjería)... Incluso, tras su pírrica primera victoria electoral, se mostró comprensivo hacia los partidos nacionalistas periféricos.

Aquellos si que eran tiempos. Ahora -desde hace tres años- su ocupación principal es la contraria. Se ha ido quitando, una tras otra, todas las caretas. Ayer declaró: «Hay que quitarse la máscara de hipocresía ante la inmigración». A fe que no sabía que le quedara ésa.

A lo que no renuncia, en todo caso, es a responder a la ley general: sigue presumiendo de lo que carece. Haced recuento de las veces que en sus intervenciones públicas actuales repite las palabras «libertad» y «democracia». Las mete de por medio vengan o no a cuento. Machacona, constantemente.

Tanto más carece de algo, tanto más presume de ello.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (5 de junio de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de abril de 2017.

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2002/06/04 06:00:00 GMT+2

De obispos y criminales

Afirma Carlos Iturgaiz que los obispos vascos «están a favor de los verdugos y los asesinos». Toma ya.

Existen dos posibilidades: que se crea lo que dice o que no. Si se lo cree, parece necesario preguntarle cómo sabe que los obispos vascos -o, mejor dicho, los obispos con sede en Euskadi, porque Blázquez no es vasco- mienten. Porque la pastoral que han hecho pública no sólo no defiende a ETA, sino que condena sin paliativos el terrorismo.

Me temo que sé por dónde va Iturgaiz: ha leído que los obispos en cuestión afirman que la ilegalización de Batasuna puede ser un error, y él tiene clarísimo que todo aquel que no aplaude esa ilegalización es cómplice del terrorismo. No le entra en la cabeza que haya quien considere -quienes consideremos- que la ilegalización de Batasuna no es más que un brindis al sol hecho con fines demagógico-electorales. Y que estemos todavía a la espera de que él o alguno de sus mentores nos explique qué resultados prácticos -fuera de los electoreros, insisto- esperan obtener de semejante abracadabra legal.

Dicen que no pretenden perseguir ideas, pero de momento lo único que hemos visto es cómo toman pretexto en su proyecto legislativo para encelarse con quienes no piensan como ellos.

Arguyen que, para intrasigencia, la de los otros, que pegan, extorsionan y matan a quienes no les bailan el agua. Singular argumento. ¿Desde cuándo la existencia de lo pésimo justifica lo malo? Volvemos a la vieja polémica sobre los fines y los medios.

Son un prodigio. Esta gente no sólo sabe leer entre líneas: sabe incluso leer en contra de las líneas. Aunque las líneas digan lo opuesto. Ayer escuché a Aznar declarar cuán indignado estaba con la euskopastoral, y cómo se contenía a la hora de hablar de ella, por prudencia política. Dijo: «Se llega a afirmar por escrito por parte de unos obispos que lo mejor que les puede pasar a las víctimas es que los criminales anden sueltos». ¡Pues menos mal que se contuvo! Si no, se inventa la pastoral entera. El texto de los obispos no dice nada de eso. Ni parecido.

¿«Que los criminales anden sueltos»? Si al presidente del Gobierno le consta que Batasuna está integrada de arriba a abajo por criminales, lo que tiene que hacer es dejarse de ilegalizaciones genéricas e instar al fiscal a que denuncie nominatim a los militantes de ese partido, uno a uno, ante el juzgado más cercano. Y si no tiene constancia de tal cosa, que no la diga.

Debería recordar, por lo demás, que fueron sus predecesores políticos quienes se distinguieron ya hace un cuarto de siglo por afirmar, explícitamente y a todas horas, que lo mejor que nos podía pasar a las víctimas del franquismo era que los criminales anduvieran sueltos.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (4 de junio de 2002) y El Mundo (5 de junio de 2002). Hay algunos cambios, pero no son relevantes y hemos publicado la versión del periódico. Subido a "Desde Jamaica" el 28 de abril de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/06/04 06:00:00 GMT+2
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2002/06/03 06:00:00 GMT+2

De Pedro

Fin de semana raro. Tenía previsto pasarlo en Aigües tomando el sol, dándome tal vez algún baño en el Mediterráneo. Sin hacer gran cosa. Descansando.

Se me torció.

Literalmente.

Sufrí lo que podría llamarse un accidente doméstico. Estaba solo y me empeñé -jodé, qué cabezota- en cargar un objeto pesado por mi propia cuenta. La espalda me falló. Me sobrevino un desgarrón.

Debió ser importante, porque incluso lo oí. Un crash repelente.

Traté de hacer como si nada, por puro aburrimiento. Mis dolencias me tienen harto. Así que me bajé a El Campello, a charlar con un amigo de Rebelión. Descubrí que nos conocíamos de hace mucho. Fue un grato reencuentro.

Estábamos de cháchara en una terraza a la orilla del mar cuando nos topamos con un periodista amigo, Pepe, de Sant Vicent del Raspeig. La conversación fue muy estimulante. Pepe tiene un proyecto periodístico alicantino, al que le gustaría que me sumara. No desdeñé la idea. Cualquiera sabe.

Regresé a la montaña ya tarde. Casi ni me acordaba de la espalda.

Me acosté pronto.

Ayer domingo me desperté inmóvil. Fijo. Inválido total.

Nada. No había forma. Cada intento de movimiento era un fracaso. Un doloroso fracaso.

Podría detallar la situación, pero me da corte. Una cosa es que esto sea un Diario y otra que funcione como un permanente parte médico.

Resumiendo: acabé incorporándome, pero moverme de aquí para allá era un empeño inútil. Mientras estaba quieto todo funcionaba relativamente bien. Sentado ante el ordenador, o ante la tele, no notaba ninguna molestia. Pero, así que emprendía cualquier tarea, el dolor me asaltaba, inclemente.

De modo que me armé de paciencia y, tras escribir el apunte del Diario, me senté ante la televisión. Y, ya metido en gastos, me tragué de una tacada todos los partidos del Mundial. Vía Vía Digital, valga la redundancia. Argentina-Nigeria, Paraguay-Sudáfrica, Inglaterra-Suecia, España-Eslovenia. Uno tras otro, con cabezadas intermedias, provocadas por el madrugón y los analgésicos.

De todo ello -que fue mucho-, lo que más me llamó la atención fue la actuación de Javier de Pedro, el jugador de la Real Sociedad al que Camacho ha metido en la selección de la Federación Española de Fútbol.

De Pedro nunca me había caído bien. Me parecía un llorón. Como Figo, pero en peor. Un tipo que siempre se está quejando, como aquejado de un permanente ataque de disgusto con la vida, más serio que un palo.

A lo largo de la temporada, en tanto que aficionado realista, lo he visto tropecientas veces. Me he cabreado una y otra vez con ese aire suyo de víctima resignada ante la obligación de jugar con compañeros tan flojos, tan incompetentes. Con esa pose de hastío permanente por convivir con semejante chusma. «¿Qué se creerá que es él?», me preguntaba.

Ayer, de repente, comprendí que estaba equivocado. De Pedro es, efectivamente, un hombre desaprovechado, que está malgastando su carrera profesional en un equipo mediocre. Puesto junto a otros jugadores excepcionales, es buenísimo. Tiene chispa, genio, visión de la jugada. Sabe. Vale. Pero, para que alguien pueda aprovechar un pase tan impresionante como el que él le hizo a Valerón, hace falta que ese alguien tenga la categoría de Valerón.

¿Por qué lleva tantos años ese pobre hombre en la Real Sociedad, en vez de hacerse multimillonario en un equipo grande? Es incomprensible. ¿Sólo Camacho se ha dado cuenta de sus potencialidades?

Llegué a la conclusión de que un equipo de fútbol viene a ser como un equipo de música. De poco vale que el amplificador sea buenísimo si los altavoces son una caca. Al final, suena de pena.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (3 de junio de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de abril de 2017.

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2002/06/02 06:15:00 GMT+2

El negocio de los «manteros»

Un compañero de El Mundo leyó, supongo que en una filmadora, la columna que había escrito yo para ser publicada el sábado y me mandó el viernes por la noche la siguiente reflexión. Como no le he pedido autorización para hacer pública su misiva, no lo identifico, pero la copio, para que se vea que hay periodistas que siguen pensando. Y bien.

Buenas tardes, caballero. Te pongo estas pocas líneas para mostrarte mi acuerdo con lo que escribes en la columna («Piratas y piratas») que saldrá publicada mañana.

La actitud de las grandes discográficas me parece preocupante, además de insultante. Coincido contigo en que el objeto final parece ser el de deshacerse de las pequeñas compañías, para poder quedarse así con todo el pastel.

Además, estoy convencido de que son las propias discográficas las que están promoviendo el negocio de los manteros. ¿Cómo, si no, iban a disponer de todos los títulos que llegan al mercado? Si realmente existieran «fugas» en estas compañías, hace ya tiempo que las hubieran cortado. Basta con ver los medios que están desplegando para exponer su problema.

En mi opinión, han creado así un nuevo circuito comercial que les permite mantener el lucrativo mercado estándar, en el que los cedés se venden al precio estándar.

Los manteros, por su parte, aportan un triple beneficio.

1.- Por un lado, permiten captar el mercado de los jóvenes y de los inmigrantes, que, sin estas series ultraeconómicas, comprarían muchísimos menos discos.

2.- La presencia en la calle de los manteros también garantiza que personas que nunca acudirían a una tienda de discos (amas de casa y transeúntes), compren este tipo de productos.

3.- Por último, las grandes discográficas también se verán «compensadas» por lo que se recaude mediante la tasa adicional con la que se pretende gravar los cedés vírgenes.

En resumidas cuentas, los manteros son un negocio redondo para las grandes discográficas.

Un abrazo.

F. L.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (2 de junio de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de abril de 2017.

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2002/06/02 06:00:00 GMT+2

Discutiendo sobre la huelga

Mi buen amigo Gervasio Guzmán está particularmente cabreado conmigo por mi defensa de la huelga general del 20-J.

–Pero ¿qué tienes contra una ley que lo único que pretende es luchar contra la vagancia? Tú sabes que hay gente que se instala en el paro y que, mientras cobre un subsidio, no va a hacer nada por conseguir empleo. O que está trabajando en chapuzas que cobra en negro y se lleva también lo del paro, con lo que se afana dos sueldos. ¿Te parece bien eso?

Tengo tantos argumentos contra su posición que no sé ni por dónde empezar.

Debería arrancar, tal vez, por recordarle que hay un principio elemental que desaconseja que paguen justos por pecadores. Si hay gente que trabaja y cobra el paro –que la hay, ya lo sé–, que actúe la Inspección de Trabajo, que para eso está. Pero que no se aproveche el Gobierno de las irregularidades de los falsos parados para maltratar a los verdaderos.

Habría de continuar señalándole en qué consiste hoy en día, en muchísimos casos, eso que él llama «empleo». La cantidad de gente que es contratada cada lunes, despedida el viernes y recontratada el lunes siguiente, para que su empleador pueda librarse de pagarle el fin de semana. Y la que es despedida el 31 de julio y vuelta a contratar el 1 de septiembre, para que se costee ella misma las vacaciones. Y la que trabaja diez y doce horas diarias sin papeles y por sueldos que serían de risa, si no fueran de llorar.

No estoy pensando sólo en los plásticos de El Ejido, en los frutales de Murcia o en los campos de claveles de Cataluña. Pienso también en muchos otros sitios y otros muchos sectores. El de la Prensa en Madrid, sin ir más lejos.

Conseguir un empleo precario, agotador y mal pagado no es precisamente la perspectiva más animante.

Se nos dice que en toda Europa se están recortando los beneficios del llamado Estado del Bienestar, y es cierto. Pero no es lo mismo bajar de 70 a 50 –que es lo que está sucediendo en Francia, Gran Bretaña, Alemania o Italia– que descender de 40 a 20, como se trata de hacer aquí. Después de años de ofensiva neoliberal, los trabajadores de la Europa próspera siguen gozando de ventajas muy superiores a las que jamás hayan tenido los trabajadores españoles. La cobertura del paro, las ayudas para vivienda o los subsidios familiares que todavía rigen en la mayor parte de la Europa rica están muy por encima –a veces descomunalmente por encima– de sus presuntos equivalentes españoles. En lo único en lo que España se está acercando vertiginosamente a sus socios europeos es... en el coste de la vida.

Me entra la risa cuando oigo que el Gobierno va a llevar al Congreso el decreto del viernes 24 de mayo, para que sea tramitado como ley. Quiero ver con qué cara hablan de luchar contra la vagancia los diputados y diputadas, muchos de los cuales cobran su buen sueldo por pasarse sesión tras sesión mirando las musarañas, limitándose a apretar el botoncito de rigor cuando llega el momento de votar. Y eso los que van.

Me gustaría, ya de paso, que alguien les preguntara qué apartado de la nueva Ley se aplicará para lograr que no haya vagancia en el mando de las Fuerzas Armadas, ni en la Administración, ni en el clero subvencionado.

Por lo demás, ni la ley afecta sólo a quienes rechazan ofertas de trabajo de manera reiterada con intención fraudulenta, ni la huelga –al menos tal como yo la concibo– está para protestar sólo por el contenido específico de ese decreto concreto. Es también un modo de plantarse ante una política económica general que privilegia del modo más descarado a quienes tienen ya más y que castiga por las más diversas vías –incluida la impositiva indirecta– a quienes cuentan con menos recursos. Sirve para decirle a Aznar que ya le vale, y para decírselo en el momento en el que más le puede zumbar en los oídos.

¿Que los dos sindicatos de más campanillas hubieran debido plantearse mucho antes, en vez de firmar todo lo que les ponían por delante, en plan «ande yo caliente y ríase la gente»? Cierto.

¿Que la gente que está en condiciones más precarias y más motivos tendría para protestar es precisamente la que más dificultades tendrá para hacer huelga –por contar con empleos que penden de un muy frágil hilo– o sencillamente no podrá, porque para dejar de ir a trabajar lo primero que se necesita es tener un trabajo? Cierto también.

Ésta no es, desde luego, la huelga que más me gustaría. Pero es la que hay.

A cada cual le toca definirse. Debe decidir en qué cómputo quiere figurar el 21 de junio.

Yo no tengo ninguna duda sobre el particular.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (2 de junio de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de abril de 2017.

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2002/06/01 06:00:00 GMT+2

El nuncio

Os voy a contar un chiste de los que a mí me gustan. O sea, muy malo.

Resulta que el Gobierno, cabreado como una mona gibraltareña por la pastoral de los obispos vascos, convoca al nuncio del Vaticano para hacerle patente su protesta. Cosa de los usos y costumbres de la diplomacia: podía habérselo dicho por teléfono.

El nuncio, al que la requisitoria gubernamental pilla en Vichy, donde había ido a tomar las aguas, no tiene más remedio que coger un avión y salir zingando para Madrid.

Al pie del avión, aún en tierra francesa, varios periodistas quieren hablar con él. «A las 5 de la tarde llego a Madrid. Allí hablaremos», les responde, creyéndose prudente.

En realidad, ha cometido un error fatal: comunicar su hora de llegada a la capital de España.

Se ignora quién tomó la iniciativa y de dónde partió la convocatoria, pero el hecho es que a las 5 de la tarde, cuando el nuncio desembarca en Barajas, una ingente multitud, henchida de fervor patriótico, le está esperando. Llueven los insultos. Los manifestantes le increpan. Se le acercan amenazadoramente.

Sorprendido, el embajador del Vaticano trata de escabullirse, pero lo único que consigue es que el gentío se cabree todavía más. Desconcertado, echa a correr. Y la masa detrás.

Sale el nuncio por patas, perseguido por no menos de 300 energúmenos que gritan «¡A por él!».

Tira por dónde puede. Atraviesa varios pasillos, sin saber muy bien ni dónde está.

Descubre que se ha metido en el edificio del párking. Sigue corriendo.

De pronto, se encuentra metido en un callejón sin salida.

«Que sea lo que Dios quiera», suspira, agotado. Y se respalda en el muro del fondo.

¡Oh sorpresa! La masa de perseguidores, según le ve contra la pared, para en seco. Hay un momento de desconcierto pero, poco a poco, todos van volviendo grupas y marchándose.

¿Qué ha pasado? ¿Un milagro?

No. Es que, en el muro ante el que el enviado papal se ha parado, justo encima de su cabeza, hay un letrero que dice con grandes letras: «Prohibido pegar a nuncios».

 

Bueno, ya había avisado que el chiste era muy malo.

Lo que más gracia me ha hecho cuando me ha venido a la cabeza es recordar cuándo me lo contaron por primera vez. Fue allá por 1974. Franco estaba por entonces cabreado como una mona con la Iglesia vasca por sus tomas de postura hostiles al régimen.

Qué vueltas da la vida, ¿verdad? A veces muchas. Y todo para acabar regresando tontamente al punto de partida.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (1 de junio de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de abril de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/06/01 06:00:00 GMT+2
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