2002/07/03 07:00:00 GMT+1
Hay gastos que, considerados de modo superficial, tienen toda la traza de despilfarros absurdos, pero que, si los examinamos más a fondo, comprendemos que no lo son.
Tomemos por ejemplo los cursos de las Universidades de Verano.
Yo no digo que todos ellos, sin excepción, sean perfectamente prescindibles. No descarto que alguno tenga cierta utilidad académica, aunque mi observación personal no me anime demasiado a abrir ese margen de confianza. De lo que estoy seguro, en todo caso, es de que la mayoría están organizados por gente alérgica al rigor presupuestario: conferencias a las que no acuden más que los alumnos becados (y en ocasiones ni ellos), gente que se pasa cuatro, cinco días y hasta una semana entera (acompañada de sus familia, si se tercia) viviendo a cuerpo de rey en un hotel de lujo para luego medio improvisar una charla en la que repite lo que ya le hemos oído o leído docenas de veces, o para acabar presentando una breve comunicación de 10 minutos...
Eso cuando el que habla sabe de qué habla. Porque ni siquiera eso es obligatorio. A mí hubo una vez que me invitaron a participar en un curso titulado algo así como Perspectivas de Desarrollo de la Europa Comunitaria. Pregunté qué les hacía suponer que yo era experto en esa materia (porque, desde luego, no lo soy). Me respondieron contándome que el curso era... un auténtico chollo. Colgué el teléfono lo más educadamente que pude. Era evidente que me invitaban para hacerme un favor, con la indisimulada esperanza de cobrárselo algún día, mejor pronto que tarde.
Porque ése es un aspecto esencial de muchos cursos de las Universidades de Verano: sirven para que algunos se dediquen a repartir caras atenciones (pagadas con dinero ajeno, claro está) para rentabilizarlas en beneficio propio un poco antes o algo después.
Alguna vez, en tiempos, ingenuo de mí, acepté participar en tal o cual curso, viéndolo interesante sobre el papel. Pero, salvo una honrosísima excepción, salí siempre no sólo decepcionado, sino hasta los mismísimos. No acaba de resultar muy gracioso presentarse con una ponencia cuidadosamente trabajada y escrita y comprobar que los demás ponentes se han llegado hasta allí con las manos en el bolsillos, a parlotear un rato, echar un sueño y cobrar.
Vuelvo al comienzo. Quienquiera que examine todo este tejemaneje con criterios de racionalidad abstracta, clamará escandalizado que supone un despilfarro sin sentido. Pero si uno conoce cómo funciona la maquinaria que permite que la clase política, la intelectualidad y el poder económico trabajen amablemente coordinados, sabe que estas cosas son necesarias.
Sirven para lubricar los engranajes. Para que engarcen sin que chirríen.
Javier Ortiz. El Mundo (3 de julio de 2002). Javier publicó los días 2 y 3 dos apuntes en su diario titulados Un despilfarro sólo aparante y Más sobre despilfarros aparentes. Utilizo básicamente este último para la columna. Subido a "Desde Jamaica" el 29 de marzo de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/07/03 07:00:00 GMT+1
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2002/07/03 06:00:00 GMT+2
Sigo con la reflexión de ayer. Hay gastos que, en efecto, considerados de modo superficial, tienen toda la traza de despilfarros absurdos, pero que, si los examinamos más a fondo, comprendemos que no lo son.
Tomemos por ejemplo los cursos de las Universidades de Verano.
Yo no digo que todos ellos, sin excepción, sean perfectamente prescindibles. No descarto que alguno tenga cierta utilidad académica, aunque mi observación personal no me anime demasiado a abrir ese margen de confianza.
De lo que estoy seguro, en todo caso, es de que la mayoría están organizados por gente alérgica al rigor presupuestario: conferencias a las que no acuden más que los alumnos becados -y en ocasiones ni ellos-, gente que se pasa cuatro, cinco días y hasta una semana entera -acompañada de sus familia, si se tercia- viviendo a cuerpo de rey en un hotel de lujo para luego medio improvisar una charla en la que repite lo que ya le hemos oído o leído docenas de veces, o para acabar presentando una breve comunicación de 10 minutos...
Eso cuando el que habla sabe de qué habla. Porque ni siquiera eso es obligatorio. A mí hubo una vez que me invitaron a participar en un curso titulado algo así como Perspectivas de Desarrollo de la Europa Comunitaria. Pregunté qué les hacía suponer que yo era experto en esa materia (porque, desde luego, no lo soy). Me respondieron contándome que el curso era... un auténtico chollo. Colgué el teléfono lo más educadamente que pude. Era evidente que me invitaban para hacerme un favor, con la indisimulada esperanza de cobrárselo algún día, mejor pronto que tarde.
Porque ése es un aspecto esencial de muchos cursos de las Universidades de Verano: sirven para que algunos se dediquen a repartir caras atenciones (pagadas con dinero ajeno, claro está) para rentabilizarlas en beneficio propio un poco antes o algo después.
Alguna vez, en tiempos, ingenuo de mí, acepté participar en tal o cual curso, viéndolo interesante sobre el papel. Pero, salvo una honrosísima excepción, salí siempre no sólo decepcionado, sino hasta los mismísimos. No acaba de resultar muy gracioso presentarse con una ponencia cuidadosamente trabajada y escrita y comprobar que los demás ponentes se han llegado hasta allí con las manos en los bolsillos, a parlotear un rato, echar un sueño y cobrar.
Vuelvo al comienzo. Quienquiera que examine todo este tejemaneje con criterios de racionalidad abstracta, clamará escandalizado que es un despilfarro sin sentido. Pero si uno conoce cómo funciona la maquinaria que permite que la clase política, la intelectualidad y el poder económico trabajen amablemente coordinados, sabe que estas cosas son necesarias.
Sirven para lubricar los engranajes. Para que engarcen sin que chirríen.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (3 de julio de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de junio de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/07/03 06:00:00 GMT+2
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2002/07/02 06:00:00 GMT+2
La reflexión me vino a la cabeza el sábado por la noche, en la casa que tengo en Aigües, cerca de Alicante. Estaba viendo en televisión un anuncio de Iberdrola, muy largo y muy farde, en el que la compañía contaba lo estupenda que es, y recordé que esa misma mañana me había enterado del último largo corte de suministro sufrido en la zona: seis horas sin fluido eléctrico en medio del tórrido junio mediterráneo. Gracias a la estupenda Iberdrola, por supuesto.
Por allí es el pan nuestro de cada día. Ora porque hace viento, ora porque el frío ha congelado no sé qué, ora porque el calor ha ablandado o derretido no sé cuál. Cortes y más cortes. Casi siempre breves, pero a veces largos, e incluso muy largos. De horas y más horas.
«Mantener niveles óptimos de mantenimiento de una red tan amplia resulta tremendamente costoso», alegan.
No te giba. Y una campaña de publicidad en televisión, ¿qué? ¿Sale barata?
Con el dinero que se gasta en un solo spot, Iberdrola podría tener las instalaciones de la zona de Aigües como los mismísimos chorros del oro.
Pero ése es sólo un ejemplo -pequeño, hasta nimio- del mucho dinero que algunos gastan alegremente a diario y en todas partes para tratar de justificar que no se gastan prácticamente nada en lo que en realidad hace falta.
Muestra mucho más aparatosa: la reciente Cumbre Mundial contra el Hambre. ¿Cumbre? No llegó ni a promontorio. Sólo acudieron a ella dos jefes de Gobierno, y ambos por obligación: el uno, porque era el anfitrión, y el otro, porque ejercía de presidente de turno de la UE. Allí no se tomó ninguna resolución práctica. Ni ganas. Ignoro qué costó la organización del tinglado, incluyendo el traslado de todas las delegaciones, su estancia en los mejores hoteles de Roma, su manduca y sus saraos nocturnos, pero me juego lo que sea a que con el dinero que se gastó en esa seudo Cumbre se podría haber hecho algo bastante más útil contra el hambre. Por ejemplo, haber dado de comer a varios a millones de hambrientos.
Hace años participé en un encuentro propiciado por la entonces CE (hoy UE). Era sobre los problemas de la emigración ilegal. Me pidieron que presentara una «comunicación», o sea, una intervención de chichimoco. Cinco minutos.
Algo así como una quincena de supuestos expertos nos encontramos en un salón de un importante hotel de Madrid. No había público. Cuando pregunté por qué, me dijeron que aquello era «una sesión de trabajo» destinada a ofrecer «enfoques alternativos» a los órganos ejecutivos comunitarios.
Lo cierto es que en toda la «sesión de trabajo» no escuché demasiados «enfoques alternativos». A decir verdad, no recuerdo ni uno. Es posible que lo hubiera y se me escapara, porque, no habiendo lugar al lucimiento, todo quisque leía sus papeles a la carrera, como si se tratara de una competición contrarreloj. Lo único que me quedó claro es que no había nadie que no compadeciera mucho a los pobres inmigrantes y no fuera consciente de la necesidad de hacer «algo».
Una vez concluidas las justas de velocidad expositiva, los organizadores agradecieron «muchísimo» nuestras «interesantísimas» exposiciones y -con cierta elegante displicencia, pero sin demasiado remilgo- nos largaron un sobre a cada uno. En el mío había un cheque por 30.000 pesetas.
Con el cheque en la mano, y un tanto abochornado por el espectáculo, me dirigí a uno de los organizadores y le dije que, vista la predisposición solidaria unánimemente mostrada por todos los participantes, proponía que nos pusiéramos de acuerdo y entregáramos el dinero cobrado con tan poco esfuerzo -y, sobre todo, con tan poco tiempo- para que engrosara las menguadas arcas de alguna organización realmente no gubernamental. Le propuse, en concreto, Algeciras Acoge. La respuesta del menda fue automática: qué buena idea -oh, sí, qué magnífica idea- y cuán indicativa del clima de esta reunión... pero, lamentablemente, impracticable, de todo punto impracticable... y perdóname, Ortiz, que tengo que atender...
La verdad es que esos dineros no son trasvasables.
Iberdrola no tiene la menor intención de renunciar a hacer publicidad en televisión, por mucho que se le demuestre que está desatendiendo necesidades mucho más perentorias.
La ONU nunca dejará de organizar Cumbres vacuas, al margen de que tenga perfecta constancia de que su utilidad es nula.
La burocracia comunitaria no dejará de organizar carísimas «sesiones de trabajo», por evidente que resulte que sólo sirven para que algunos den el pego.
A fines propagandísticos, es lícito decir que con lo que cuesta un avión de combate se puede construir un hospital, pero todos sabemos que el dinero destinado a ese avión, en el caso de que el Estado renuncie a comprarlo, jamás se destinará a la construcción de un hospital.
El despilfarro es sólo aparente. O, mejor dicho, lo es sólo desde la consideración de los intereses colectivos. Pero no lo es si consideramos los intereses de clase o de grupo, que son los que priman en todo y para todo. Porque el hecho es que hay gente que vive de ese despilfarro: de vender humo, de dar el pego, de fingir que se hace algo... y de las sustanciosas comisiones que se sacan de esto y de lo otro.
Gente muy bien situada. Gente dispuesta a luchar a muerte para evitar que cunda esa peligrosa idea de que el dinero podría gastarse racionalmente.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (2 de julio de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de junio de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/07/02 06:00:00 GMT+2
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2002/07/01 06:00:00 GMT+2
Ví ayer en Canal + una película titulada Reglas de compromiso. Un producto bien hecho, bien escrito, dirigido con ritmo e interpretado por actores de primera: Tommy Lee Jones, Samuel L. Jackson, Guy Pearce. La revista de Canal Satélite Digital la describe así: «Intenso drama judicial que gira en torno al consejo de guerra en el que se ve envuelto el coronel Childers (Samuel L. Jackson). Childers era responsable de una importante misión que acabó en tragedia, al intentar proteger la embajada norteamericana en Yemen del acoso de miles de manifestantes y salvar la integridad del embajador y su esposa».
La historia puede describirse más fielmente de otro modo. La embajada de los EEUU en Yemen es cercada por una multitud desarmada de manifestantes y por diversos francotiradores, que comienzan a disparar según llegan el coronel Childers y sus marines para rescatar al embajador. Los francotiradores matan a tres marines y entonces Childers ordena a los soldados que disparen contra la multitud. Ametrallan al gentío, matan a 83 personas y hieren a un centenar más. Entre los muertos y los heridos hay, por supuesto, gente mayor, mujeres y niños.
A partir de ahí, se monta el consejo de guerra. Queda claro que Childers dio esa orden saltándose todas las normas sobre el trato que debe darse a la población civil. Para mejor perfilar su retrato, se nos hace saber que ya durante la Guerra de Vietnam mató con sus propias manos a un prisionero de guerra (aunque, eso sí, siempre para proteger a «sus hombres»). Durante su interrogatorio en el juicio, el coronel llega a decir que, cuando se trata de defender la vida de un soldado norteamericano, él no se para a pensar en «las jodidas leyes».
El defensor (Tommy Lee Jones) no trata de refutar los hechos. Concentra su alegato en que, gracias a la orden dada por Childers, no murió ningún soldado estadounidense más.
El jurado pronuncia un veredicto de «no culpable», Childers queda en libertad y todo el mundo es feliz.
No voy a insultar vuestra inteligencia desmenuzando los componentes de esta repugnante pieza de propaganda imperialista, destinada a entronizar el principio según el cual cualquier medio es bueno si el fin está amparado por la bandera de las barras y las estrellas. Ni siquiera me indigna que en EEUU se rueden películas como ésa, destinadas a justificar las razones por las que la Administración norteamericana se niega a admitir la autoridad del recién creado Tribunal Penal Internacional.
Lo que más me repugna es que el Canal + de la muy «políticamente correcta» empresa de Polanco emita aquí bodrios como ése los domingos después de comer, cuando pueden ser vistos por niños y niñas que tal vez aún no tengan demasiado definidas sus tendencias fascistas.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (1 de julio de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de junio de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/07/01 06:00:00 GMT+2
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2002/06/30 06:00:00 GMT+2
Se ha avanzado, vaya que sí. Todavía me acuerdo de los tiempos en los que Enrique Múgica, a la sazón prohombre del PSOE, respondía a una pregunta sobre las reivindicaciones de gays y lesbianas diciendo: «La Constitución ya deja muy claro que no es admisible ninguna discriminación en razón de sexo». O la contundente afirmación, hecha por aquellos mismos tiempos –finales de los setenta– por un alto dirigente del PCE, creo que Ignacio Gallego: «Yo me tomo una copita de coñac de vez en cuando, claro que sí, porque no soy maricón».
Habrá quien diga –yo mismo, sin ir más lejos– que el trecho que se ha avanzado es en muy buena medida formal. Pero las formas son muy importantes. A la hora del trato social superficial, que es el que tenemos con la mayoría de la gente con la que nos relacionamos, lo que cuenta es la apariencia. Vale con que haga como si no tuviera nada contra nosotros y con que se comporte de manera educada y respetuosa. Por lo demás, los comportamientos sistemáticos, por dudosamente sinceros que sean en sus inicios, acaban casi siempre por calar en el carácter.
Claro que no todo el mundo, ni mucho menos, se comporta de manera educada con quienes evidencian su ruptura con el modelo socio-sexual dominante. Hacen legión por estos lares quienes, cuando se topan con esa realidad en cualquiera de sus variantes, siguen dando muestras de incomodidad, de desasosiego, de rechazo e incluso –ya en el peor de los extremos– de odio violento.
Los cambios sociales nunca son homogéneos. Avanza una parte de la sociedad, otra se deja ir y otra se resiste.
Incluso la que avanza lo hace de manera sinuosa.
Oigo algunas voces representativas de la impresionante manifestación de ayer en Madrid que se felicitan por la presencia al frente del cortejo de dirigentes políticos y sindicales. Ver esa cabecera, en la que lo mismo caminaba gente realmente comprometida en la lucha por los derechos de lesbianas y gays que los aprovechados y oportunistas de un día –¡pero si incluso estaba Esteban Ibarra, que come a diario en el pesebre del PP!–, me produjo tristeza. ¿Ya nadie recuerda lo que hizo el PSOE por la igualdad de derechos de las y los homosexuales durante sus trece años de gobierno de España?
¿Que el PP es peor todavía? Vale, todo resulta siempre empeorable, pero la lapidación no puede servir de coartada a la silla eléctrica.
¿Quieren dar una segunda oportunidad a los socialistas? Allá ellos. Pero, ¿por qué han de dársela poniéndolos por delante?
Me contestaré yo mismo: porque en las organizaciones de gays y lesbianas también hay mucho politiqueo.
Se avanza, pese a todo. Pero a costa de mucho esfuerzo, y de mucho sofoco.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (30 de junio de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de mayo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/06/30 06:00:00 GMT+2
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2002/06/29 07:00:00 GMT+1
El ministro del Interior no oculta su contento por el buen funcionamiento del dispositivo policial que puso en marcha para afrontar la Cumbre de Sevilla y las manifestaciones populares subsiguientes. Se felicita por los resultados obtenidos, pero se abstiene de pormenorizar los medios de los que se ha servido para lograrlos.
En Portugal se ha hablado bastante de algunos de ellos. Han tenido la oportunidad de contemplarlos por televisión. Los noticiarios lusos han mostrado cómo el pasado día 22 la Guardia Civil detuvo en el puesto fronterizo de Rosal de la Frontera a varios autobuses que iban a la manifestación de Sevilla, cómo obligaron de mala manera a sus ocupantes a dar vuelta atrás y cómo zarandearon violentamente a dos parlamentarios que pidieron explicaciones a los agentes españoles por su inaudito comportamiento.
Es una pena que ningún canal de televisión de España haya querido emitir esas imágenes. A mí me parecieron muy impactantes, literalmente hablando.
«Se actuó conforme a las posibilidades de la normativa europea de Schengen», alegó Piqué.
No es verdad. A lo que autoriza el apartado 2 del artículo 2º del Convenio de Aplicación del Acuerdo de Schengen es a que, cuando se produzcan problemas de seguridad nacional, las autoridades de un Estado miembro puedan solicitar de la UE (y obtener, si hace al caso) el restablecimiento del control policial de sus pasos fronterizos, de cara a identificar a las personas que los transiten.
En la frontera hipanolusa no hubo aquel día nada de eso. La Guardia Civil no movió ni un dedo para identificar a nadie. A los que tenían aspecto de turistas, los dejaba pasar sin el menor control, y a los que acudían en autobuses con banderolas, los echaba para atrás en masa, sin el menor distingo. Nuno Sá Lourenço, periodista del diario Público, de Lisboa, contó en su crónica del lunes cómo, cuando se presentó en la frontera de Caia (Badajoz) y comentó a la Guardia Civil que iba a Sevilla para informar sobre la manifestación, le cerraron el paso agresivamente. Hubo de entrar a España por otra frontera... haciéndose pasar por turista.
¿Seguridad nacional? ¿Qué pinta en esto la seguridad nacional? Estamos hablando de la asistencia a un acto legal de ciudadanos pertenecientes a nuestro mismo espacio de derechos y libertades. Si Interior tenía algún motivo especial para temer algo de esos manifestantes concretos, ¿por qué no ordenó que fueran debidamente identificados, y registrados los autobuses en los que viajaban?
Fue un acto de intimidación chulesca que sólo se explica por la frontera en la que se produjo.
Porque, la verdad: no veo yo a la policía española zarandeando a diputados franceses, o alemanes.
Javier Ortiz. El Mundo (29 de junio de 2002). Javier publicó el 28 en su diario Fuerte con el débil. Hay algunos cambios y, en este caso, hemos mantenido ambos textos. Subido a "Desde Jamaica" el 29 de marzo de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/06/29 07:00:00 GMT+1
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2002/06/29 06:00:00 GMT+2
Escribe hoy Eugenio Trías en El Mundo un interesante artículo: «El fanatismo es contagioso». Él se refiere a «el fanatismo», en singular, como fenómeno único, aunque no ignore -y precise oportunamente- que hay muy diversos fanatismos, de muy diferente justificación y de aún más divergentes intenciones, a veces incluso opuestas. Pero todos los fanatismos -como todos los odios, como todos los enamoramientos- responden a estímulos semejantes y presentan un modus operandi equivalente.
Hay un aspecto del artículo de Trías que no me convence nada de nada. Me disgusta su empeño por constreñir el adjetivo humano a la caracterización de las acciones «positivas» de nuestra especie, reservando para las «negativas» la calificación de inhumanas. No tengo nada en contra de la poesía, pero no creo que pinte demasiado como instrumento de análisis. La observación empírica de la Historia -y de la actualidad- demuestra que buena parte de los comportamientos que Trías califica de «inhumanos» no sólo son humanos, sino exclusivamente humanos. Ninguna otra especie animal incurre en ellos.
Dejando esto de lado, vale la pena detenerse en la caracterización que hace Trías de los fanáticos y de la fascinación que éstos ejercen sobre determinados espíritus necesitados de formulaciones unívocas, ávidos de concepciones contundentes e incapaces de caminar por su propia cuenta sobre las arenas movedizas -y necesariamente contradictorias- de la realidad. El fanático, que todo lo tiene clarísimo, que aprueba o condena a la velocidad del rayo y dispone siempre de alguna guerra santa prêt-à-porter (así sea laica), es una auténtica peste para la relación entre los humanos, necesaria incluso en caso de enemistad inevitable y manifiesta. Hasta la guerra tiene sus leyes y normas de comportamiento.
Es apreciable la denuncia que hace Trías del fanatismo presuntamente antifundamentalista que tantos mentores ha encontrado en los países del mal llamado Occidente, lo mismo que su crítica del uso fetichista del término Islam, grosera simplificación donde las haya.
Recientemente me encontré con Trías, al que conozco de cuando ambos éramos miembros del Consejo Editorial de El Mundo (él lo sigue siendo). Estuvimos hablando precisamente de fanáticos, sólo que de modo nada teórico: con nombres y apellidos.
Trías y yo tenemos ideas políticas muy diferentes, pero en este capítulo coincidimos a toda velocidad.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (29 de junio de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de mayo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/06/29 06:00:00 GMT+2
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2002/06/28 06:00:00 GMT+2
El ministro del Interior no oculta su satisfacción (su autosatisfacción) por el buen funcionamiento del dispositivo policial que puso en marcha para afrontar la Cumbre de Sevilla y las manifestaciones populares subsiguientes.
El señor Rajoy se felicita calurosamente por los resultados obtenidos, pero se abstiene de pormenorizar los medios de los que se ha servido para lograrlos.
En Portugal se ha hablado bastante de algunos de ellos. Han tenido la oportunidad de contemplarlos por televisión. Los noticiarios lusos han mostrado cómo el pasado día 22 la Guardia Civil detuvo en el puesto de Rosal de la Frontera a varios autobuses que iban a la manifestación de Sevilla, cómo obligaron de mala manera a sus ocupantes a dar vuelta atrás y cómo zarandearon violentamente a dos diputados del Parlamento de Lisboa que pedían explicaciones a los agentes españoles por su inaudito comportamiento.
Es una pena que ningún canal de televisión de España haya considerado de interés la emisión de esas imágenes. A mí me han parecido muy impactantes, literalmente hablando.
Un incidente similar se produjo tres horas después en Villanueva del Fresno.
«Se actuó conforme a las posibilidades de la normativa europea de Schengen», alegó Piqué.
No es verdad. A lo que autoriza el apartado 2 del artículo 2º del Convenio de Aplicación del Acuerdo de Schengen es a que, cuando se produzcan problemas de seguridad nacional, las autoridades de un Estado miembro puedan solicitar de la UE (y obtener) el restablecimiento del control policial de sus pasos fronterizos, de cara a identificar a las personas que los transiten.
En la frontera hipano-lusa no hubo aquel día nada de eso. La Guardia Civil no movió ni un dedo para identificar a nadie. A los que tenían aspecto de turistas, los dejaba pasar sin el menor control, y a los que acudían en autobuses con banderolas, los echaba para atrás en masa, sin el menor distingo. Nuno Sá Lourenço, periodista del diario Público, de Lisboa, contó en su crónica del lunes cómo, cuando se presentó en la frontera de Caia (Badajoz) y comentó a la Guardia Civil que iba a Sevilla para informar sobre la manifestación, le cerraron el paso agresivamente. Hubo de entrar en España por otra frontera... haciéndose pasar por turista.
¿Seguridad nacional? ¿Qué tiene que ver todo esto con la seguridad nacional? Estamos hablando de la asistencia a un acto legal de ciudadanos pertenecientes a nuestro mismo espacio de derechos y libertades. Si Interior tenía algún motivo especial para temer algo de esos manifestantes concretos, ¿por qué no ordenó que fueran debidamente identificados, y registrados los autobuses en los que viajaban?
Fue un acto de intimidación chulesca que probablemente sólo se explica por la frontera en la que se produjo.
Porque, la verdad: no veo yo a la policía española zarandeando a diputados franceses.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (28 de junio de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de mayo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/06/28 06:00:00 GMT+2
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2002/06/27 06:00:00 GMT+2
El pasado 6 de abril, el secretario general del PP, Javier Arenas, proclamó de modo muy solemne: «El primer día que esté en vigor la nueva Ley de Partidos, los diputados y senadores del PP instarán el proceso de ilegalización de Batasuna. Lo haremos exactamente ese primer día, en defensa de la democracia y la libertad».
Leo ahora que el Gobierno no promoverá el procedimiento de ilegalización hasta que se produzca un atentado y Batasuna se niegue a condenarlo. Véase que abandonan una idea jurídicamente problemática, pero sólo para apuntarse a otra: supongo que habrá más de un jurista estupefacto ante el hecho de que, según la nueva ley, los partidos estén obligados a medir no sólo sus palabras, sino también sus silencios, so pena de verse ilegalizados.
Pero no son los aspectos jurídicos del asunto sobre los que quisiera llamar hoy la atención, sino sobre los más arrastradamente prácticos.
Pongámonos en la siguiente eventualidad: la ley está ya en marcha, ETA asesina a alguien, Batasuna vuelve a salirse por los cerros de Urbasa y, en consecuencia, resulta ilegalizada. Se le retiran las subvenciones oficiales, se clausuran sus locales, se prohíben sus órganos de expresión, etcétera. (Sus representaciones institucionales se mantienen tal cual, dado que los cargos electos no pertenecen a los partidos, sino a sus titulares). Vienen luego las elecciones municipales, pero ahí la ilegalización tampoco tiene demasiado efecto, porque los ex militantes de Batasuna acuden a las urnas encuadrados en agrupaciones de electores.
En suma: imaginemos que, después de tanto trajín, de tanta pelea y de tanto dictamen, va pasando el tiempo y el personal comprueba que, hechas las cuentas, la Ley de Partidos Políticos ha dejado las cosas casi tal cual, porque no ha servido ni para poner coto a ETA ni para limar sustancialmente el arraigo social de Batasuna, que lo que ha perdido por el lado de las limitaciones legales lo ha recuperado por el del cierre de sus filas, al quedarse su creciente disidencia interna sin espacio político en el que respirar.
Si tal hipótesis -nada descartable- se verificara, ¿qué tienen previsto hacer el PP y el PSOE?
Porque imagino que no serán tan insensatos de pensar que su ley está abocada al éxito.
Todos les hemos oído hablar de lo mucho que esperan de la ley. Pero ¿qué harán en el caso de que esperen mucho... y no llegue nada? ¿Envainársela? ¿O sacar más sables?
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (27 de junio de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de mayo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/06/27 06:00:00 GMT+2
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2002/06/26 06:00:00 GMT+2
Comprendo que se resista a admitirlo (supongo que a nadie le gusta constatar su propio declive), pero la pérdida de fuelle político de José María Aznar es más que evidente. Al igual que el profundo cabreo que le produce comprobar que las cosas ya no son lo que eran: desciende su prestigio tanto en el interior como en el exterior, la oposición y los sindicatos se le suben a la chepa, CiU le enseña los dientes... y, para colmo, a la economía, su ultima ratio, le chirrían los goznes de mala manera.
De no ser Aznar como es y no estar inmunizado contra cualquier atisbo de autocrítica, se plantearía (y haría bien) qué parte de responsabilidad le corresponde en la aparición de tan feas grietas en las murallas de su fortaleza. Pero, para él, que se tiene prohibido conjugar el verbo errar en primera persona, sólo pueden ser otros los causantes de su decadencia: los conspiradores, los envidiosos, los demagogos, los irresponsables, los que no dudan en perjudicar a España para promocionarse ellos mismos... En fin, todos esos. Los demás.
Lo peor no es que el presidente de Gobierno rumie esos rencores, sino que los exhibe, y hasta trata de argumentarlos para defenderse de cara al público. Y eso, cuando se tiene sus muy limitadas dotes de polemista, puede (suele) tener efectos deprimentes. Porque, para ocultar la endeblez de sus posiciones, lanza contra sus críticos un tropel de acusaciones sin pies ni cabeza, absurdas, tremendistas, en plan «a mal Cristo, mucha sangre».
Tomemos la última con la que trata de castigar a Rodríguez Zapatero. Le acusa día sí día también de ser un irresponsable que convoca huelgas generales «para conseguir en la calle lo que no logró en las urnas».
Eso no es una argumentación, sino una suma de burdos infundios.
En primer lugar, Rodríguez Zapatero no convocó la huelga general, y pretender lo contrario es insultar a los sindicatos.
En segundo lugar, lo que el PSOE no consiguió en las urnas (el Gobierno) no podría lograrlo de ningún modo con una huelga, ni siquiera con la huelga general más general de todas, como sabemos todos desde la del 14-D, que precedió a un nuevo triunfo electoral de González.
¿Qué pretende Aznar? ¿Llamar golpista a Rodríguez Zapatero? Porque sólo los golpistas consiguen en la calle lo que no logran en las urnas. Golpistas como los que mandan en Argelia, o como los que trataron de hacerse con el poder en Venezuela, sin que, por cierto, Aznar haya dicho jamás ni una palabra en su contra.
Y es que este hombre se lía a pedradas y se olvida de que tiene el techo de cristal.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social y El Mundo (26 de junio de 2002). Hay algunos cambios, pero no son relevantes y hemos publicado la versión del periódico. Subido a "Desde Jamaica" el 1 de mayo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/06/26 06:00:00 GMT+2
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