2003/04/19 06:00:00 GMT+2
El Gobierno de Bush ha decido enviar un equipo compuesto por -copio- «un millar de militares, analistas del Gobierno, científicos civiles y contratistas privados» (sic) para que encuentren las famosas armas de destrucción masiva de Sadam cuya existencia «indudable» fue la excusa de la que se sirvió el trío de las Azores para decidir que la guerra debía empezar sin ninguna dilación.
Colin Powell ha dicho que las armas aparecerán «sea como sea». Donald Rumsfeld ha afirmado que las encontrarán «antes o después».
La Unión Europea ha recordado que ya existe un equipo de inspectores de las Naciones Unidas que, amén de contar con una importante experiencia en la tarea, es depositario de un encargo del Consejo de Seguridad, cosa que el millar movilizado por Bush no tiene. De querer que se aclare si existen o no las armas de marras, lo lógico sería que la Administración estadounidense facilitara el regreso de Hans Blix y los demás miembros de la Comisión de Control, Verificación e Inspección, poniendo a su disposición, eso sí, todos los medios que reclamaran para trabajar mejor y más rápido. Sin embargo, la Casa Blanca ha hecho saber que «no es aún el momento de discutir ese punto». Sorprendente respuesta: o se discute ahora, precisamente, o no se discute nunca, porque dentro de nada los mil de Bush habrán ya usurpado las funciones de la Comisión de Blix.
¿Qué tiene de malo el equipo de Blix, que tanto empeño pone Washington en mantenerlo a distancia? Mírese el asunto por donde se quiera, la explicación sólo puede estar en sus acreditados rigor e independencia. Rumsfeld, que no es el colmo de la astucia, ha puesto el dedo en su propia llaga al quejarse de que, cuando encuentren las armas, seguro que habrá alguien que denuncie que las han puesto ellos.
Sin embargo, tiene un medio perfecto para que esa denuncia no pueda producirse: dejar que la labor corra a cargo de las Naciones Unidas, con todos los refuerzos que demanden sus expertos.
Pretenden obrar sin que nadie les vea y, a la vez, exigen que los demás nos fiemos de que no hacen trampa. Es demasiado.
Pero no, qué va. No es demasiado. Alguien al que se le tolera todo es imposible que se pase. Haga lo que haga. Aunque se trate de una clamorosa tomadura de pelo.
Ah, y ya que estamos en ello: ¿para qué hubiera podido querer Sadam Husein sus terribles armas de destrucción masiva si no estaba dispuesto a utilizarlas ni siquiera en el último momento?
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (19 de abril de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/04/19 06:00:00 GMT+2
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2003/04/18 06:00:00 GMT+2
El primer ministro griego y presidente de turno de la UE, Costa Simitis, se declaró ayer satisfecho con el contenido de la resolución sobre Irak que acababan de suscribir los representantes de 40 estados europeos reunidos en Atenas. «Hemos orillado las cuestiones en las que las divergencias no permiten un acuerdo concreto», dijo.
Pero es que, justamente, son esas cuestiones «orilladas» las que importan. Al no entrar en ellas, la declaración se convierte en una mera proclama de buenas intenciones, sin valor práctico alguno. Ni aprueba ni condena la agresión de los EUA, ni avala ni rechaza las decisiones que la Administración Bush está tomando para dotar al país de una autoridad formal, ni respalda ni desdeña la reclamación de los inspectores de las Naciones Unidas, que quieren regresar para terminar el trabajo que estaban haciendo y, en fin, cuando se refiere al papel de la ONU en la conformación del nuevo Irak, se limita a afirmar que tiene que ser «central», sin precisar si se refiere a un «centro» único o a un «centro» subordinado a la autoridad de la potencia ocupante. Decir eso y no decir nada viene a ser todo lo mismo.
Esta gente vive de ficciones. ¿Por qué se empeñan en anunciar que han llegado a un acuerdo cuando, de hecho, no han alcanzado nada que merezca tal nombre? Lo hacen -suelen confesar en privado- para no ofrecer al gran público «una deplorable imagen de división». Pero lo cierto es que, en primer lugar, no engañan sino a aquellos que pasan olímpicamente de estas cosas, y, en segundo término, lo verdaderamente deplorable no es la imagen, sino la división. Y ésa ahí está, con o sin declaración retórica.
¡Qué cantidad de tiempo y de dinero pierde toda esta gente para salir de ninguna parte y regresar a ningún lado!
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (18 de abril de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/04/18 06:00:00 GMT+2
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2003/04/17 06:00:00 GMT+2
Pensaba yo que, cuando Aznar decía que sabía que el régimen de Sadam Husein tenía un importante arsenal de armas de destrucción masiva («Créanme, créanme», suplicó en Antena 3), era porque tenía fe ciega en las afirmaciones que en ese sentido hacía el Gobierno de Bush. Daba por hecho yo que había de ser así, dado que los inspectores de las Naciones Unidas no habían encontrado nada parecido a eso y habida cuenta de que, que se supiera, ninguna misión del Ejecutivo español había realizado por su cuenta ninguna misión investigadora en Irak.
Pero ahora se descubre que no, que Aznar no se fía de las afirmaciones de Bush. O por lo menos no siempre. El presidente de los EUA proclama que Siria es «un Estado terrorista» que posee armamento químico, y Aznar responde que nones. O, mejor dicho, hace como si no hubiera oído y pretende que nadie está acusando a Siria de nada. El vicepresidente Rajoy va incluso más lejos -es lo suyo- y afirma taxativamente que Siria no tiene armas de destrucción masiva, presentando para sustentar tan valiosa afirmación las mismas pruebas con las que respaldó la contraria en el caso de Irak, esto es, ninguna.
¿Qué justifica un tan brusco declive de la confianza que Aznar tenía depositada en la palabra de Bush y sus colaboradores? ¿Tal vez le ha servido de escarmiento la experiencia anterior? No tendría nada de extraño, porque el caso es que no sólo las famosas armas iraquíes de destrucción masiva no han aparecido por ningún lado, sino que, además, los inspectores de la ONU han probado -y denunciado- que varias de las supuestas pruebas presentadas por Colin Powell ante el Consejo de Seguridad eran burdas falsificaciones. Si a eso se le añade el desafecto popular que se ha ganado por estos pagos precisamente por mostrar tanta devoción hacia Bush -un rechazo masivo que, diga lo que diga, le trae por la calle de la amargura-, cabe suponer que deben de sobrarle los motivos para huir de una repetición de la experiencia. De una repetición que, además, le sobrevendría con las urnas de por medio.
Eso sin contar con que tiene bastantes más negocios con Siria que los que tenía con Irak.
De modo que es muy, pero que muy comprensible que no quiera ni oír hablar de las acusaciones estadounidenses contra el régimen de Damasco.
Pero con su rechazo de esas acusaciones, Aznar deja abierto otro enorme flanco para la crítica. Porque ¿cómo puede justificar que ahora no conceda crédito a las afirmaciones de Bush y Rumsfeld cuando se lo concedió de manera incondicional en vísperas del ataque contra Irak? ¿Se equivocó entonces? Y, si es así, ¿por qué no lo reconoce? Y, si hizo bien fiándose con los ojos cerrados de los dirigentes estadounidenses, ¿por qué no repite ahora?
¿Cómo era aquello del mentiroso y el cojo?
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (17 de abril de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/04/17 06:00:00 GMT+2
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2003/04/16 06:00:00 GMT+2
Mientras se va aclarando si Siria es «un país amigo» (Aznar) o «un Estado terrorista» (Bush) y si los EUA deciden proseguir su blitzkrieg («guerra relámpago») por ese flanco, arrastrando a Aznar de mejor o peor grado -no va a estropear ahora lo logrado con su duro servilismo durante las últimas semanas-, podemos volver los ojos a la Madre Patria para que no descienda nuestra capacidad de anonadamiento con los asuntos domésticos.
Me detendré en uno que tiene fecha de caducidad inmediata: el de los presos liberados con motivo de la Semana Santa.
Mi apego a la lógica formal me sume de nuevo en el estupor. ¿En razón de qué la Justicia española, parte de un Estado que se proclama «no confesional», pone en libertad a unos cuantos presos (y presas) seleccionados por tales o cuales Cofradías de Semana Santa? ¿Qué clase de autoridad civil tienen las Cofradías en cuestión? ¿Por qué la Dirección General de Instituciones Penitenciarias sigue religiosamente -nunca mejor dicho- las indicaciones de, por ejemplo, el Cristo del Perdón y no, en cambio, las de la Asociación contra la Tortura o las de Madres contra la Droga?
Carece de lógica formal. A cambio, tiene mucho sentido si uno no se cree gran cosa la afirmación retórica que pretende que éste es un Estado no confesional. Entre ofrendas al Apóstol, procesiones del Corpus y enseñanzas concertadas con la Santa Sede, éste Estado tiene de laico lo que yo de cura.
Personalmente, no tendría nada contra el hecho de que soltaran presos, con cualquier excusa, si no fuera porque en este caso la selección se hace teniendo en cuenta criterios ideológicos bastante grimosos. Aquí, en Alicante, han liberado a una presa -«totalmente rehabilitada», según han dicho- argumentando, entre otras cosas, que «es una mujer muy devota».
Otro problema de lógica formal. Existen dos posibilidades: que los presos liberados estén realmente rehabilitados... o que no lo estén. Si lo están, ¿qué falta hace que pida su libertad ninguna Cofradía? Deberían soltarlos por propia iniciativa. Por elemental sentido de la Justicia. Y si no lo están y no ha transcurrido aún el tiempo de condena que les quede, no deberían soltarlos.
Algo falla. ¿Que digo algo? Falla muchísimo.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (16 de abril de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/04/16 06:00:00 GMT+2
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2003/04/15 06:00:00 GMT+2
«Todo se ha ido desarrollando conforme a los planes trazados», dice y repite Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de los EE.UU., encantado con la rápida ocupación de Tikrit por sus tropas.
¿Todo lo que ha ocurrido se ha ajustado realmente a sus planes previos? ¿Hemos de entender que también estaba previsto el caos que se ha adueñado de las ciudades iraquíes desde que las tropas anglo-estadounidenses se hicieron con su teórico control? ¿Debemos suponer que han provocado esa situación a propósito y que el alto grado de tolerancia mostrado por sus soldados ante los actos de pillaje, el asalto a hospitales, la destrucción de bibliotecas y el desvalijamiento de museos responde a un plan previamente trazado?
Hay quien estima que sí. Que lo que Washington pretende no es tan sólo poner término a un régimen político, sino hacer inviable la persistencia de Irak como Estado independiente y soberano y que, en esa línea, cuanto mayor sea la obra de destrucción física y de degradación social, mejor.
No lo creo. Más probable me parece la otra hipótesis: que la situación de descontrol se ha producido porque la Casa Blanca no se había preocupado de trazar un plan previo para organizar el país una vez que su Ejército lo ocupara, ni luego, una vez visto el desastre reinante, ha pasado a situar ese problema entre sus prioridades.
Lo cual demuestra de la manera más fehaciente que existe –por la vía de los hechos– que a la troupe de George W. Bush el pueblo de Irak, su bienestar, su salud y sus bienes se la traen al pairo.
Dice nuestro sabio refranero que «obras son amores, y no buenas razones». De boquilla puede afirmarse lo que se quiera, pero es en la práctica donde cada cual se retrata. El Gobierno de los EE.UU. ni siquiera se dignó pensar en los más de 23 millones de habitantes de Irak. Ni siquiera se tomó la molestia de constatar que, si una Administración se desmoronaba o salía huyendo, habría que improvisar otra que tomara las riendas de la situación y se encargara de que no ocurriera... lo que ha ocurrido. Donald Rumsfeld no miente, probablemente: ellos estudiaron y planificaron todos los detalles. Lo cual demuestra que, para ellos, el pueblo de Irak no alcanza la categoría de detalle.
Hay un dato que prueba que sí tuvieron en cuenta lo que verdaderamente les importa. Desde el principio, las tropas anglo-estadounidenses han cercado y protegido de la manera más eficaz un edificio: el del Ministerio del Petróleo. Da igual que se incendien los incunables de la Biblioteca Nacional de Bagdad, con tal de que nadie toque los archivos de lo que cuenta de verdad.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (15 de abril de 2003) y El Mundo (16 de abril de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de abril de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/04/15 06:00:00 GMT+2
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2003/04/14 06:00:00 GMT+2
No soy demasiado republicano. A cambio, soy radicalmente antimonárquico.
No es que sólo que esté en contra de la monarquía: es que me da asco.
Me repugna que apele a la sangre como fuente de legitimidad. ¡Con sangre se impuso y por la sangre se mantiene!
Me repatea que apele a la superioridad de su cuna y que haya quien, en insolente desafío a la Razón y a los principios de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, apoye semejante barbaridad y nos la imponga.
Odio que sus titulares asuman ese aire de paternal superioridad, cuando la mayor parte de las veces su inteligencia sólo tiene tres aplicaciones conocidas: hacer el vago, decir vaguedades reaccionarias y amasar riqueza.
Aborrezco la monarquía como forma de Estado, en general, esté asentada en donde sea y encabécela quien sea.
Pero la prueba de que todo en esta vida admite grados, por muy extremo que parezca, es que hay algo que me produce todavía más repulsión que la monarquía en general, y es la monarquía española.
Siento una profunda aversión personal por Juan Carlos de Borbón, su señora, su hijo, sus hijas, sus yernos, sus nietos, su familia griega, su familia inglesa y el resto de la intemerata gorrona. Pero eso es lo de menos. Lo que me provoca una grima más intensa es el papel que ha jugado esta monarquía postiza, en sus diferentes fases de gestación, para ayudar a atrofiar el desarrollo democrático de los pueblos integrados en el Estado español. Primero con la pamema de la sucesión franquista, atada y bien atada; luego conspirando para evitar que se produjera una ruptura en condiciones con el franquismo; luego tratando de impedir que la democratización y la autonomización del Estado fuera más lejos de lo conveniente (de la conveniente para sus intereses)...
Todo eso es bien sabido, como son sabidas tantas otras cosas -desde el Porsche de De la Rosa a los favores del rey Fahd-, pero la Prensa española calla. O peor: presenta al titular de la Corona como feliz compendio de virtudes ascéticas, inteligencia y desinteresado amor al pueblo. Banda de hipócritas. Los privilegiados se defienden entre sí.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (14 de abril de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/04/14 06:00:00 GMT+2
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2003/04/13 06:00:00 GMT+2
En tiempos de la democrática Atenas, allá por el siglo V antes de Cristo, la esclavitud estaba integrada en las pautas culturales de la civilización. Incluso los propios esclavos la consideraban «natural». Sabían que carecían de derechos y que, en consecuencia, podían ser tratados como cosas.
Fue ya en las cercanías del comienzo de la era cristiana cuando alguien -el gladiador tracio Espartaco- se atrevió a poner en cuestión la esclavitud y se levantó en armas contra ella. La Historia no estaba madura todavía para esos afanes de igualitarismo jurídico. Hubieron de pasar un buen puñado de siglos hasta que el rechazo de la esclavitud se abrió paso en los países más avanzados.
Hoy, aunque pervivan determinadas formas de esclavitud, algunas de ellas apenas camufladas, la ideología dominante a escala mundial proscribe y condena la esclavitud.
Lo que acabo de apuntar con respecto a la esclavitud podría aplicarse, con las variaciones correspondientes, a muchas otras consideraciones sociales. A su modo y manera, la consideración colectiva de la pena de muerte ha experimentado también una evolución muy notable, sólo que más concentrada en el tiempo: ha cristalizado en el tramo final del siglo XX. Las fuerzas política e ideológicamente más transformadoras, en el pasado muy dadas a la limpieza expeditiva del forro de quienes se interpusieran con malas artes en su camino, han pasado a rechazar la idea de la condena como venganza para dar paso a una concepción más positiva y racional, dirigida a la prevención de la reincidencia y a la exploración de las posibilidades de rehabilitación del reo (me atengo al modelo teórico).
En todo caso, casi todos los estados que se pretenden «civilizados», o que presumen de serlo, han ido aboliendo uno tras otro la pena de muerte. En la actualidad, sólo pervive en estados controlados por fuerzas fanáticas, instaladas en el «ojo por ojo, diente por diente» o convencidas de que la pena capital tiene un efecto disuasorio de la mayor importancia.
¿Que Cuba sufre un bloqueo intolerable? Cierto. ¿Que la Casa Blanca ha intentado toda suerte de tropelías en su contra, desde el desembarco de tropas hasta el magnicidio? Sin duda. ¿Que los tres condenados a muerte y ejecutados secuestraron a punta de pistola y a filo de cuchillo una embarcación de pasajeros para fugarse a Florida? Supongo que será verdad. Pero me da igual. Nada de eso justifica su ejecución. Primero, porque el Gobierno cubano no va a sacar ningún beneficio de semejante barbaridad. Y segundo, porque aunque lo sacara, el dislate ético seguiría siendo el mismo.
Creyendo que da prueba de su fortaleza, lo único que logra el régimen castrista con estas muestras de brutalidad en estado puro es dejar sin palabras a sus defensores exteriores. Que los tiene. O, mejor dicho: que le quedan. Todavía.
Nota. Terminado el texto anterior, leo que Castro ha advertido a Bush de que Cuba está preparada para «una guerra de 100 años». Una fanfarronada absurda. No se la cree nadie. Ni él. Y casi mejor, porque si se la creyera demostraría que no está muy en sus cabales.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (13 de abril de 2003) y El Mundo (14 de abril de 2003), salvo la nota, la cual únicamente se publicó en el Diario. Hay algunos cambios, pero no son relevantes y hemos publicado aquí la versión del periódico. Subido a "Desde Jamaica" el 28 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/04/13 06:00:00 GMT+2
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2003/04/12 06:00:00 GMT+2
Varios lectores y lectoras me han escrito en los últimos días preguntándome si no iba a decir nada sobre todo lo que está corriendo de boca en boca en relación a los problemas reales o supuestos que tenía Julio Anguita Parrado con la dirección de El Mundo. Alguno ha llegado a preguntarme: «¿No será que tienes miedo de decir algo que pueda cabrearles y que ponga en peligro tu relación con el periódico?».
A esto último responderé por la vía directa: y si sintiera ese temor, ¿de qué habría de avergonzarme? No creo que tenga nada de bochornoso preocuparse por contar con algún ingreso fijo y, caso de conseguirlo, cuidarlo. La gente no suele ir por la vida soltando frescas a sus jefes para comprobar cuál es su grado de tolerancia.
Pero, de todos modos, en este caso mi silencio no tenía relación alguna con la prudencia económica y sí, y bastante, con la prudencia intelectual.
Hasta ahora lo que he leído al respecto procede de dos fuentes.
Una es Mercedes Gallego, corresponsal de El Correo, que dice -y yo le creo, porque no tengo razón alguna para no hacerlo- que era muy amiga de Julio y que éste la hacía partícipe de sus sentimientos y sus preocupaciones.
Hay, por otro lado, un montón de correos electrónicos en circulación por la Red en los que diversísima gente asegura que un amigo suyo de Nueva York no identificado les ha escrito contándoles una serie de cosas muy desagradables sobre la dirección de El Mundo que supuestamente le dijo Julio antes de salir para Irak.
Iré por partes.
Dejo sentado un hecho inicial: no tengo ninguna información de primera mano sobre los hechos en cuestión. Hace tres años que cursé baja en la plantilla de El Mundo y casi el mismo tiempo que no visito sus locales. Me veo de vez en cuando con gente del periódico, por supuesto, pero nunca he hablado con ellos sobre Julio Anguita. En esas condiciones, no puedo ni afirmar ni negar por mí mismo nada que tenga que ver ni con su estatuto laboral ni con los medios que el diario le proporcionaba o le dejaba de proporcionar.
Sé bastante, eso sí, de las precarias condiciones laborales que rigen actualmente en el sector de la Prensa. Y me consta cuan implacables y desaprensivos suelen ser los directivos de los grandes medios. También los de El Mundo, por supuesto.
Y los de El Correo (no menos por supuesto).
Sostiene Mercedes Gallego que Julio echaba pestes de Pedro J. Ramírez y que le dijo que, de ocurrirle una desgracia, no quisiera que Ramírez la aprovechara pro domo sua. Es perfectamente posible. Entra dentro del orden natural de las cosas que cualquier periodista de base de cualquier periódico importante, a nada consciente y crítico que sea, sienta una vivísima aversión por el director del medio para el que trabaja. Lo raro suele ser lo contrario. Ignoro en qué condiciones laborales estará Mercedes Gallego en El Correo, pero me cuesta creer que no sepa que en ese periódico que tanto ha aireado sus confidencias sobre Anguita hay un montón de gente tan puteada como él... y bastante más. Lo mismo que en Abc, que también se apuntó a la fiesta. Y que en Tele5.
El enfado de Anguita no es sino otro enfado más de los muchos existentes en El Mundo. Julio Fuentes también arrastraba permanentemente un cabreo de mil pares. Su caso era el opuesto al del otro Julio: él no quería ver ya más guerras, pero le seguían enviando a todas. Y en condiciones de las que él renegaba sin parar.
Ayer, la dirección de El Mundo sacó una nota en la que desmintió algunas de las afirmaciones que el anónimo denunciante de Nueva York atribuía a Anguita. Las precisiones de El Mundo incluyen datos muy concretos que son comprobables. Según éstos, Anguita tenía un seguro pagado por el periódico y llevaba un buen chaleco antibalas. Por lo demás, no cobraba «a tanto la pieza», sin más, sino que tenía asignando un mínimo mensual. Con lo cual, las acusaciones procedentes de la pretendida fuente neoyorquina quedan en muy mal lugar. Y confirman de paso algo que es una regla de oro del periodismo: nunca debe darse por cierto el contenido de una denuncia anónima. Si lo que dice es verosímil y el asunto parece importante, cabe iniciar una investigación. Pero no más.
No pretendo decir, ni mucho menos, que el comportamiento de la dirección de El Mundo con Julio Anguita Parrado fuera el correcto. Lo que sí digo es que, por lo que se ha visto hasta ahora, no parece que ese comportamiento haya sido excepcionalmente inaceptable. Si pintamos como una circunstancia llamativa que alguien tenga que pedir una excedencia porque no acepta el destino laboral que le imponen y porque la dirección no se aviene a destinarlo al lugar donde él desearía ir, entonces no quiero ni contar la cantidad de circunstancias que deberíamos pintar como llamativas, incluyendo la mía propia.
¿Que es cabreante? Vaya que sí. Puedo certificarlo. Pero no excepcional. Lo excepcional en el mundo de la Prensa de hoy es tener unas condiciones laborales que puedan calificarse de dignas.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (12 de abril de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/04/12 06:00:00 GMT+2
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2003/04/11 06:00:00 GMT+2
«Los dos periodistas españoles muertos en Bagdad, que estaban cumpliendo con su deber profesional, conocían el alto riesgo que podía suponer su presencia allí y, desgraciadamente, ese alto riesgo se ha materializado». Es todo lo que José María Aznar consideró que debía decir en la tribuna del Congreso sobre la trágica muerte de Julio A. Parrado y José Couso.
El silogismo desarrollado por el presidente del Gobierno es tan sencillo como contundente: los periodistas estaban desarrollando una actividad de riesgo, ellos asumieron conscientemente ese riesgo, ergo son ellos los responsables de su muerte.
Resuelto así el asunto, el jefe del Ejecutivo dio por hecho que no hacía al caso referirse ni a quienes declararon la guerra pudiendo evitarla ni a quienes ordenaron disparar contra el hotel Palestine sin que hubiera mediado provocación alguna. En su criterio -me atengo a lo que dijo-, las acciones que provocaron las muertes carecen de importancia. Sólo cuenta que ellos sabían que estaban corriendo un alto riesgo y que ese riesgo «desgraciadamente se ha materializado».
Aznar habla de la guerra, en general, y de las violaciones de las leyes propias de la guerra, en particular, como si fueran fenómenos meteorológicos. Sus aliados invaden países -con su bendición- y disparan a plena conciencia contra objetivos civiles porque así son las cosas. Eso no tiene vuelta de hoja. Sería absurdo pedirles explicaciones. Lo que hay que hacer es no ponerse a tiro.
¿Será consciente Aznar de los efectos demoledores que tendría su singular lógica aplicada a otras situaciones? A la de Euskadi, por ejemplo. Consideremos esa posibilidad: «Los guardias civiles muertos sabían que estaban desarrollando una actividad de riesgo; no obstante, decidieron seguir realizándola». O bien: «Ya les avisamos de que ETA mataba, pero optaron por no hacernos caso». O bien: «La culpa la tienen quienes los instalan en casas cuarteles. Si ponen a los niños en el objetivo, que luego no pidan explicaciones».
El presidente del Gobierno habla de los corresponsales de guerra como si su actividad fuera un capricho o un lujo, y no la única vía que tiene la ciudadanía para ver atendido su derecho constitucional a recibir información veraz, particularmente imprescindible en situaciones de tanta importancia y, a la vez, tan propicias a las mentiras. La labor de los corresponsales de guerra responde a una necesidad social. ¿Por qué no invita también a los voluntarios de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja a que abandonen su trabajo de alto riesgo y se vuelvan para casa?
Sólo puede hablar como Aznar alguien a quien le importa muy poco -o peor aún: le molesta- que la opinión pública conozca la realidad de lo que está pasando en aquella espantosa guerra de rapiña. Y que en vez de corazón tiene una caja registradora.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (11 de abril de 2003) y El Mundo (12 de abril de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/04/11 06:00:00 GMT+2
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2003/04/10 06:00:00 GMT+2
Una lectora me dice que no comparte ni poco ni mucho mi afirmación de que Julio Anguita Parrado -ella respondía a un comentario mío anterior al fallecimiento de José Couso- ha muerto en el cumplimiento de una misión social: la de recabar y difundir información veraz, en la medida en que los tinglados mediáticos lo permiten. Según ella, el seguimiento diario y detallado de una guerra sólo puede responder a un interés morboso, y representa una afrenta para la pobre gente que sufre el conflicto y que maldito el interés que tiene en que la vean por medio mundo. En su criterio, una vez que se sabe que ya hay guerra, no vale la pena hablar más, y menos aún verlo: las guerras son todas iguales.
Un corresponsal de guerra, según ella, es «alguien que ha viajado voluntariamente hasta allí para ver ese horror y retransmitirlo como si fuera un acto social o deportivo», «personas vanidosas que desprecian sus vidas supuestamente por nuestro derecho a la información» y «que no muestran respeto alguno por este bien tan preciado que es la vida, puesto que la arriesgan inconscientemente en favor del derecho a la información».
Vale la pena detenerse en la crítica, porque condensa argumentos que -éste por aquí, el otro por allá- se oyen con relativa frecuencia.
Un punto inicial, más que nada para dejar de lado las descalificaciones personales, siempre problemáticas: a nadie que haya conocido a Julio A. Parrado -y, por lo que me cuentan, otro tanto podría decirse de José Couso- se le ocurriría decir que era un chaval vanidoso. Sencillamente porque no lo era. Y menos aún que acudió a Irak a relatar la guerra «como si fuera un acto social o deportivo», entre otras cosas porque los actos sociales y deportivos nunca le interesaron gran cosa.
Pero, salvadas esas acusaciones tan genéricas como gratuitas -y, a decir verdad, innecesariamente ofensivas-, es cierto que Julio y los demás corresponsales de guerra podrían haber viajado a Irak engañándose a sí mismos, creyéndose que iban a realizar una función de interés colectivo, cuando en realidad la cosa era muy otra y su trabajo estaba destinado sólo a alimentar la sed de espectáculo de los sectores más morbosos de la opinión pública.
Pero es que tampoco es así. No me cabe la menor duda de que la amplia presencia de periodistas en esta guerra ha tenido bastantes efectos positivos. Sus informaciones -las de algunos, claro- han servido de argumentos para la movilización contra la guerra. Han obligado a los EUA a limitar su recurso a armas particularmente crueles en sus efectos, tanto inmediatos como posteriores. Han preservado algo -muy insuficientemente, pero algo- a la población civil iraquí. Han deteriorado de manera considerable la imagen de la Administración norteamericana en todo el mundo y han permitido demostrar la falsedad de sus coartadas, lo que puede servir de freno a nuevas y previsibles acciones bélicas.
La prueba más evidente de que la intensa actividad desplegada por la Prensa internacional en el área de operaciones está siendo útil para la causa de la paz la tenemos en los ataques que las Fuerzas Armadas de los EUA están lanzando contra ellas. Bombardean los centros de Prensa, matan y hieren periodistas y, a la hora de presentar sus condolencias, insinúan que la culpa la tienen las víctimas, porque deberían haberse largado ya hace días. Es un secreto a voces que Washington está presionando para que la Prensa desaparezca de allí cuanto antes, de modo que no haya testigos del operativo de represión a gran escala -ya más policial que militar- que proyecta lanzar en cuanto tome el control de Bagdad.
«Todas las guerras son iguales», se alega. Qué va. En absoluto. En este mismo momento, en el corazón de África se viven varias guerras entrelazadas que están provocando muchas más víctimas que la de Irak. Hace justamente hoy una semana, en el Congo hubo cerca de mil muertos. Pero nadie habla de eso. Los periódicos apenas mencionan esas guerras, o lo hacen de pasada. Allí no hay Prensa, de modo que los señores de la guerra pueden obrar a su perfecto antojo, masacrando a quienes les estorban.
Desde la matanza de My Lai, sabemos cuán catártica puede ser, para una opinión pública adormilada, la visión directa y concreta del horror causado por «los suyos». Hoy en día se habla de las protestas contra la guerra de Vietnam como de un admirable movimiento histórico de masas, pero poca gente recuerda que la intervención directa de los EUA en la ex Indochina comenzó en los años cincuenta, y que sólo avanzados los sesenta se generalizó la lucha en favor de la paz. De hecho, muchos críticos estadounidenses reprocharon a su propio pueblo haber cerrado los ojos durante demasiados años. En su estremecedora canción El último tren para Nuremberg («Last Train to Nuremberg», 1970), Pete Seeger no sólo acusaba al teniente Calley y al capitán Medina -responsables directos de la masacre de My Lai-, al general Koster, al presidente Nixon y a las dos Cámaras del Congreso, sino también -decía- «a los votantes, a ti y a mí».*
Hubo mucho silencio, pero al final el silencio se quebró. Y se quebró gracias al trabajo tenaz de algunos informadores, a la labor valiente de un buen puñado de artistas e intelectuales... y a los cientos de miles de jóvenes y no tan jóvenes que se negaron a matar y a morir para que se colmaran las ambiciones de una recua de desaprensivos.
La ciudadanía tiene derecho a ser informada de lo que realmente sucede, y aquellos que estamos enganchados a la vocación de comunicar tenemos el deber de atender ese derecho. Que muchos otros no lo hagan, que los de más allá mientan, que se acaben publicando toneladas de medias verdades o mentiras como castillos... Ninguna de esas circunstancias justifica que nos quedemos mano sobre mano, ejerciendo de jeremías o de plañideras, esperando a que el horror se pare por su cuenta.
¿Vale la pena dar la vida en ese esfuerzo? Darla en el sentido de despilfarrarla, de regalarla, no, por supuesto. Pero correr ciertos riesgos, calculándonos en la medida en que son calculables, sí.
Seamos sinceros: mucha, muchísima gente dilapida su vida por bastante menos.
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(*) Por si a alguien pudiera interesar, trascribo la letra de Last Train To Nuremberg:
Last train to Nuremberg! / Last train to Nuremberg! / Last train to Nuremberg! / All on board! // Do I see Lieutenant Calley? / Do I see Captain Medina? / Do I see Gen'ral Koster and all his crew? // Do I see President Nixon? / Do I see both houses of Congress? / Do I see the voters, me and you? // Last train to Nuremberg! / Last train to Nuremberg! / Last train to Nuremberg! / All on board! // Who held the rifle? Who gave the orders? / Who planned the campaign to lay waste the land? / Who manufactured the bullet? Who paid the taxes? / Tell me, is that blood upon my hands? // Last train to Nuremberg! / Last train to Nuremberg! / Last train to Nuremberg! / All on board! // If five hundred thousand mothers went to Washington / And said, "Bring all of our boys home without delay!" / Would the man they came to see, say he was too busy? / Would he say he had to watch a football game? // Last train to Nuremberg! / Last train to Nuremberg! / Last train to Nuremberg! / All on board! © 1970 by Sanga Music Inc.
[¡Último tren para Nuremberg! / ¡Último tren para Nuremberg! / ¡Ültimo tren para Nuremberg! / ¡Viajeros al tren! // ¿No es ése que veo el teniente Calley? / ¿No es ése otro el capitán Medina? / ¿No son ésos el general Koster y toda su tropa? // ¿No es ése el presidente Nixon? / ¿No son ésas las dos Cámaras del Congreso? / ¿No estoy viendo también a los votantes, a ti y a mí? // ¡Último tren para Nuremberg! / ¡Último tren para Nuremberg! / ¡Ültimo tren para Nuremberg! / ¡Viajeros al tren! // ¿Quién empuñó el rifle? / ¿Quién dio las órdenes? / ¿Quién fijó el plan para asolar la tierra? // ¿Quién fabricó la bala? / ¿Quién pagó los impuestos? / Dime, ¿es sangre esto que cubre mis manos? // ¡Último tren para Nuremberg! / ¡Último tren para Nuremberg! / ¡Último tren para Nuremberg! / ¡Viajeros al tren! // Si 500.000 madres fueran a Washington / y clamaran: "¡Devolvednos a nuestros hijos ahora mismo!", / ¿qué haría el hombre al que han venido a ver? / ¿Decir que estaba muy ocupado? / ¿Diría que tiene que ver un partido de fútbol? // ¡Último tren para Nuremberg! / ¡Último tren para Nuremberg! / ¡Ültimo tren para Nuremberg! / ¡Viajeros al tren!]
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (10 de abril de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de marzo de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/04/10 06:00:00 GMT+2
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