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2014/03/26 14:58:2.735386 GMT+1

El viento de los sueños

Jean caminaba tratando de no tropezar con su propia sombra. En realidad, se sentía como la sombra de su propia sombra, esquivando las piedras de mayor tamaño del camino, que permanecían como si hubieran sido puestas adrede para que volviera a tropezar como tantas veces había tropezado antes.

El viento descolocaba a su antojo los largos cabellos de Jean, descuidados, como los de esos músicos con apariencia de locos que permanecen absortos ante un pentagrama mugriento que grita de soledad en la noche.

El sol, que aparecía a ratos, como en tímidos intervalos, le reconfortaba, amortiguando la sensación de frío. Era un frío que le nacía en su propio interior, en la imposibilidad de esquivar las perturbaciones de melancolía y nostalgia, mezcladas de manera fatal e irreversible. Era un frío que llegaba desde su propio pensamiento, desde el recuerdo. Los árboles eran los testigos mudos de un camino pausado, lento, porque Jean caminaba a duras penas. Más bien, se dejaba llevar, como si hubiera claudicado, empujado únicamente por la monotonía y la liviana sensación de abandono. Jean caminaba nuevamente sin rumbo fijo, como era norma habitual en su biografía.

 Del patio de un colegio cercano llegaba la algarabía de los que juegan, corretean y llenan el espacio de sueños y expectativas. Para Jean ya hacía tiempo que habían desaparecido los sueños, bien por la vehemencia del insomnio, bien por la incapacidad para recordar siquiera si había o no soñado. Se había amputado así su capacidad para escapar de la certeza de una realidad desarmada y previsible.

Un gorrión, también solitario, como Jean, cantaba su individualismo y la quietud de unas alas en insultante reposo. Jean querría para sí esas alas, se las pediría prestadas para volar, para huir, para elevarse y contemplar el mundo desde ahí arriba. Y trataría de entenderlo. Le gustaría observarse a sí mismo. Y traducirse, desenmarañarse, comprenderse, porque Jean andaba siempre como buscando un espejo que le mostrase lo que era, incapaz de leer sus propios trazos vitales. A veces, los demás se lo decían, pero él desconfiaba. Él no se veía así, porque su mirada crítica, severa, casi apocalíptica, permanecía incondicional e inevitablemente rígida.

El roce y la furia del viento provocaban que surgieran lágrimas de los ojos de Jean, como si el aire leyera sus constantes vitales y las plasmase en una improvisada obra de arte íntimo. Era una especie de vaticinio inapelable del dolor que cobijaría al caer la noche, cuando reposan las almas y surgen en tromba las dudas y las deudas, cuando el silencio es un alud sin clemencia, una espada afilada dispuesta a atravesar corazones solitarios.

Jean caminaba sin  saber adónde iba, se dejaba llevar, como una hoja inconsciente en medio de un bosque, buscando de forma incesante la aleatoriedad de una existencia que no conocía siquiera sus raíces.

Jean es hoy, un día más, ese sombrero de Muerte entre las flores que sigue un trayecto imprevisible, que se encuentra a merced de la naturaleza, del vaivén de soplidos que llegan abruptos, golpeado una  y otra vez por el capricho de ráfagas que le infligen dolor y austeridad. Jean preferiría tener las alas del gorrión y enfrentarse al viento, desenvainar su honor y hacerle frente a su realidad, a sus silencios, a sus miedos, a sus incomprensiones,  a sus propios pasos llenos de melancolía. Querría encaramarse a las ramas de un árbol y permanecer en silencio, contemplando el cielo y sus estrellas desde la parsimonia del silencio, desde una inocencia por fin encontrada, desde la plenitud de una pasión que parecía que se había ido para siempre.

Pero Jean sigue siendo ese sombrero que gira y gira aleatoriamente y que, de cuando en cuando, choca contra un suelo cubierto por las lágrimas secas de los árboles. 

Escrito por: Jean.2014/03/26 14:58:2.735386 GMT+1
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2014/03/25 15:06:36.248833 GMT+1

Suárez y la memoria

La ambición recibe hoy un premio excesivo. Adulamos a los insaciables, a quienes persiguen el éxito personal de manera incansable. Nos entregamos a ellos y recompensamos su determinación y éxito no sólo con la admiración, sino otorgándoles parte de nosotros mismos. Quizá por ello algunos luchan por sacar de la plaza en hombros a los matadores de toros, otros por tener el autógrafo de una estrella de la copla, y los de más allá graban en su memoria que un día posaron junto a un futbolista o le dieron una palmada en el hombro. De alguna manera, eso es reclamar nuestra parte alícuota de fama y gloria. Eso es pretender participar de ella.

Adolfo Suárez fue un hombre hábil y trascendental en la política española que facilitó el travestismo de las élites desde el franquismo a la democracia, o como se llame este invento que cojea desde la jefatura de Estado hasta las raíces de una sociedad imberbe y crédula. Suárez, elogiado estos días con la unanimidad de la versión oficialista, representa la confirmación del  presunto éxito de la Transición. Las loas hacia él vertidas no son sino reafirmaciones del modelo tan manoseado como barnizado en que se convirtió la Transición. Justo ahora, cuando las críticas comenzaban  a cuestionar el cuento de hadas político, el acta fundacional de nuestra democracia, o como se llame el invento este, justo ahora homenajear a Suárez es volver a restaurar la obra maestra del siglo XX español. Onanismo de las élites, de los señores de postín, de los amos, de quienes rigen nuestro destino, como antes rigieron el de nuestros antepasados. Ha cambiado la fachada, el andamiaje, pero los cimientos se mantienen fuertes.

Debe de ser un hueso duro de roer sostener la certeza de que el espíritu de la Transición lo decidieron, patentaron y manipularon las élites franquistas o, quienes como Adolfo Suárez, lideraron desde la ambición personal y política un movimiento cuyo guion no escribió precisamente el Pueblo. El andamiaje del salto de un modelo a otro lo levantaron aquellas élites cuyo empeño era sostenerse en lo alto de la tarima del poder, aunque es cierto que tuvieron que bregar todavía con los nostálgicos inmovilistas, pues no había espacio allí para todos, y la soberbia sin ropajes  de los señoritos quedaba como muy pasada de moda. Pero también resultaba imprescindible la claudicación previa de los antagónicos, bebiéndose a sorbos el orgullo definitorio de la lucha de clases. ¿Entreguismo, derrota, concesión o pragmatismo de los tiempos? Cualquiera sabe.

Suárez acabaría políticamente arrinconado, venido a menos, duramente humillado, no sólo por sus contrincantes, no sólo por sus compañeros de partido, sino por el electorado, por muchos de los que hoy pican cebollas antes de salir de casa. ¿Cuántos de los hoy plañideros se han interesado por el estado de Adolfo Suárez en el último decenio?

El apuesto político que soñaba con ser presidente desde su niñez (en dictadura o en democracia, eso era un simple matiz) ya había cumplido su papel.  Ahora, una vez fallecido parece estar cumpliendo otro. Es el utilitarismo indecente de la clase política. El expresidente perdió la memoria de forma involuntaria, curiosa paradoja para alguien que trabajó infatigablemente para que la mayoría de los españoles entregase un acta de defunción de su Historia, de sus recuerdos y vivencias, de su memoria, al fin y al cabo. Y cientos de miles de españoles se tragaron su dolor y pasaron página. Los españoles escribieron en sus carnes el epitafio de la memoria de su país, el epitafio de una España sin Justicia ni Reparación. Era el precio a pagar para entrar en la democracia, o como se llame el invento este.

 

 

Escrito por: Jean.2014/03/25 15:06:36.248833 GMT+1
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2014/02/24 15:23:15.455319 GMT+1

Periodismo y ficción

El periodismo es cada vez más ficción que realidad. Ficción es pensar que te van a dejar hacer periodismo así como así. Realidad es aceptar que hay en el ejercicio del periodismo un poso de ficción que cambia su sabor inequívocamente. La información aparece subvencionada por marcas comerciales, modelada por intereses empresariales,  y condicionada por su dependencia de los favores gubernamentales. Se puede ser un gran periodista en un medio pequeño, se puede dignificar la profesión, pero el escenario de vanidades y la feria de los egos intermitentes imantan mucho más a la audiencia y conducen directos al agasajo, al éxito.  El público es soberano, pero eso no conlleva que sepa distinguir sombras de realidades, ni mitos de acontecimientos verdaderos. Hay un periodismo de ficción, predominante, cosido a la piel de los mercados, de los grupos de inversión y de los confortables sillones desde donde se nos otea y vigila.

La información veraz es una utopía inquieta, vilipendiada, maltrecha y en desuso. El periodismo es para supervivientes, hombres y mujeres, tristes, valientes -o ambas cosas-,  que se afanan en limpiar de maleza el camino en busca de la información. No, el periodismo no es una ciencia exacta, obviemos lo obvio, pero tampoco un ejercicio frívolo sin fuentes fidedignas, hechos contrastados y un respeto a la honestidad de la subjetividad angular, emocional e ideológica. La maraña de equívocos lleva a entender y clasificar como periodismo a vanos espectáculos audiovisuales, adornados de publicidad, adocenados por un grado de conformismo y artificio descorazonadores. El periodismo es un náufrago en lo alto de un volcán, así de contradictorio, así de alegórico, rey en la ceremonia de la confusión, bufón en la corte de los bulos y el control de las mentes. Información y espectáculo; ficción y veracidad. Los directores de informativos cocinan caldos de gallina, los ídolos catódicos juegan a ser Orson Welles, y la audiencia adivina a lo lejos la niebla. Desgraciadamente, es esa cortina subliminal  que no nos dejará ver que a lo lejos hay tierra, un destino prohibido en el que periodismo es un pilar de la sociedad.

 

 Aceptemos que nos hemos perdido en la caverna, asumamos que nos encontramos en las antípodas de esa tierra prometida, validemos que el ilusionista está en su derecho de consumar el engaño, como la audiencia lo está  en el de dictar sentencia, aplaudir, llorar,  gemir... O de  dilatar sus tragaderas, un verdadero deporte nacional en un país de cuyo nombre prefiero no acordarme. 

Escrito por: Jean.2014/02/24 15:23:15.455319 GMT+1
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2014/01/21 16:37:44.359942 GMT+1

Gallardón, Rajoy y el Lago de los cisnes

La próxima vez que un político edulcorante, de esos que van empalagando a la ciudadanía, quiera decir que España ya ha comenzado a salir de la crisis, debería tener el arrojo de hacerlo desde uno de esos comedores sociales que no dan abasto y que representan como pocos las heridas abiertas y el desgarro de esta sociedad. Uno de esos espacios llenos de pesar y de una humildad que se desborda incontenible desde unos ojos derrotados por la realidad inesperada.  Que saboreen esos chapuceros embaucadores sus falacias rodeados de los caídos, de los que tienen su rostro lleno de heridas que no cicatrizan.

Que se rodeen de esos cientos de miles de ciudadanos a los que les han marcado a fuego muecas de fracaso, de culpabilidad. Que nos cuenten cuentos escoltados por esos demacrados,  prisioneros de una expresión de pobreza y angustia que sabe a derrota en lo interno, en esas reflexiones ante la soledad y el yo soñado y huido sin clemencia ni miramientos. Que González Pons, Soraya Sáenz de Santamaría, Cospedal o cualquier otro vendedor ambulante de embustes, charlatán o mequetrefe se vea obligado a mirar a los ojos a esos seres considerados de usar y tirar cada cuatrienio.

La democracia es un voto y, si te he visto, no me acuerdo. Vota y calla es el moderno  Recoge tus cosas y no vuelvas: era sólo sexo, no pienses que hubo amor. Aquí y ahora, como antaño, la inteligencia es una profilaxis puesta en cuarentena, como parte de una tradición histórica. La patria es el olvido y la inconsciencia. Somos lo que somos porque no fuimos lo que debimos ser.   

         Este Gobierno necesita un Lazarillo, que si bien de picaresca anda sobrado, quizá le convenga dejarse llevar por esa jovialidad y lozanía que han perdido ya los ahora canosos vendedores de humo y amnesia. Gallardón, prestidigitador megalómano,   anda edificando castillos de naipes con la fuerza que nace de sus cejas depuradas desde la raíz. El ministro de Justicia se arrastra por el fango de la impopularidad, como un Gollum sin perspectiva ni reino, devorado por sus sombras y por la ensoñación de un tesoro que sólo existe en su imaginación y en su insaciable ego. El anillo lo tiene Mariano Rajoy, que ya posee la mirada férrea que les nace a los presidentes cuando traspasan el umbral de la soberbia y se entregan a la diosa vanidad. El presidente es el ventrílocuo que presta voz a Gallardón, que se limita a mover los labios y seguir el sonsonete que le han dictado desde Moncloa, sabedor de su sacrificio. Albertito tiene las horas contadas y la mirada espesa, errática y temerosa, burbujeante, como si se lo hubiera contagiado el Rajoy de hace un tiempo, el descolocado, el pánfilo, el Rajoy pasmado que ahora lo peta con los cacahuetes chocolateados de Obama.

Mientras Gallardón baila desacompasado y arrítmico el vals de las últimas horas, Mariano se entrega con pasión a una coreografía personal e intransferible. Gloria Lomana se ha esforzado para que el presidente parezca un cisne de nácar y ha echado pétalos de rosas y néctar de ángeles en las aguas del lago. Y Rajoy, sabedor de la dulzura de los sonidos orquestales, acostumbrado a las loas y a las serviciales reverencias de sometimiento mediático,   ha huido del refugio de su plasma y danza ahora anárquico, dulce,  feliz.  Tchaikovski y Rajoy, como pareja insospechada.

Y, entre tanto, el periodismo se ha convertido en un antídoto, en su propio no ser. 

Escrito por: Jean.2014/01/21 16:37:44.359942 GMT+1
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2014/01/16 11:59:37.969000 GMT+1

España, las españas y la toalla

España es hoy un cuadrilátero. La sangre salpica cada centímetro cuadrado de un escenario de corrupción, broncas  y eternos ajustes de cuenta. Las vísceras al viento, como antorchas en la oscuridad, como estandartes orgullosos en la batalla. Y nadie arroja la toalla. Al contrario, la toalla sirve para estrangular al que agoniza.

        El presidente de la cosa vuelve de su viaje de placer, puro onanismo, contento con unos cacahuetes bañados en chocolate. Una monada. O una monería, según se mire. O según se deguste. Que sea lo que la zoología quiera que sea.

        España es hoy un enfrentamiento, una disputa. Vayas donde vayas, hay al menos dos bandos y las reglas del juego, sencillamente, no existen. No hay ética de la lucha, ni reglamento alguno. O lo que hay no se usa, por más que constitucionalmente, de inicio, existieran buenas intenciones. España es una herida reabriéndose. Un monolito abandonado a la suerte del olvido. Me sale el Goya oscuro cuando pienso en esta confrontación desgarrada, nacida de las entrañas, de la concepción vital más elemental, de la proyección del país que se desea. La fractura es una factura que no se desea abonar. Es un agujero de siglos, de deudas pendientes y venideras, de empujones a destiempo, guadañas tétricas y silencios ante un pelotón de fusilamiento.

        España sigue siendo hoy una ecuación sin resolver, un galimatías, un pedazo de trapo que aguarda a la costurera. Hay una España diferente en el ideario de cada español, aunque a muchos esta España no nos entre en la cabeza. Y el puzzle lo arreglamos a hostias, a perdigonazos, a estacazos, vomitando las palabras que no entendemos y las que no queremos escuchar.

        España, esta España de miserias intelectuales, billetes voladores sobre las plumas y las conciencias y poderes adorando al Poder supremo. Esta España de choque, muralla, trinchera y ladrillo. Esta España que edifica paraísos de la discrepancia sobre la barra de un bar y que gime agonizante los goles, los plasmas, los chismes y los putiferios cromáticos. Esta España que desprecia, menosprecia, anula y aniquila la discrepancia edificante, educada, cortés y dialogante. Esta España que tiñe de negro los intentos de regeneración, de integración, de respeto, de progreso, avance y ciencia.

        España es hoy un cuadrilátero en el que los policías se enfrentan a los bomberos, los fiscales a los jueces, los pasados a los futuros. Y, lo que es más triste: la superchería le está propinando una soberana paliza a la Razón.

Y nadie va a arrojar la toalla.

Escrito por: Jean.2014/01/16 11:59:37.969000 GMT+1
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2014/01/15 21:32:53.439000 GMT+1

La locura

Los ojos díscolos, danzando entre las sombras, naufragando en el viento que acompaña los cánticos. Las muecas, perdiéndose en la inocencia del azar. La sangre, ocultándose tras las palabras que no se dicen. Las pestañas, arrojándose al infinito. Las manos, tratando de explicarlo todo, palpando la melancolía, dando forma a los pensamientos, como si fueran éstos el barro incipiente y danzante que se deja hacer.

 

El vendaval que se esconde tras la aparente quietud, la noche estrellada sólo en mi mente, como en la del pintor, como referencia única y original, como materia ahora con vida, con esa vida que fluye de un pensamiento que existe sólo para mí hasta que los trazos del capricho de una palabra lo hacen carne.

 

Piruetas de agonía, laberintos de dudas, anhelos y pretensiones, vagas, sumisas, y también infranqueables, tentadoras, arriesgadas y mustias, como un cóctel incontrolado de sabores antagónicos que se odian. Ingredientes  de una  calma derrotada. Calles de barro, de lunas naciendo en el suelo, plagiando lo inalcanzable.

 

Zumbidos y aves pasajeras que sonríen al fotógrafo demacrado, al hombre que busca en las alas la libertad y en el pico los sonidos de un poema rupestre, escondido tras las llamas de una ilusión.

 

Y, finalmente, una mirada triste que se contempla en el espejo. Una pregunta que se interroga a sí misma. Un bucle de incomprensión. Un quejido que se acurruca en su soledad. Una ventana a la que me asomo. Y, tras ella,  sólo adivino el brillo de la oscuridad.

 

Escrito por: Jean.2014/01/15 21:32:53.439000 GMT+1
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2014/01/14 10:58:48.530000 GMT+1

Rajoy en la Casa Blanca

“Dejadme solo”, se oyó decir a Rajoy. “Ni de coña”, respondió Moragas. Mariano quería recibir a Obama en el despacho oval a puerta gayola, olvidando que era él el invitado y no al revés.  Llevaba despierto tantas horas, le había costado tanto conciliar el sueño. Sólo tenía claro qué ponerse. Los temas, el discurso, las formas, por más que llevara meses atendiendo las súplicas y esfuerzos de sus asesores, estaban por decidirse.  Y eso que Mariano no es precisamente una bestia de la improvisación, tal y como acreditan sus vivas al vino, los chuches o esas melodramáticas y tiernas referencias a los deseos de bienestar y dicha para las niñas que nacen en España (De los niños no dijo ni pío).

            Mariano aún no es Aznar, no corre todavía los mil metros en quince segundos, no se atreve a poner los pies sobre la mesa en presencia del presidente estadounidense, no marca cachas robocopianas y  sigue necesitando que el oxígeno llegue a su cerebro para vivir, aunque, a veces, parezca que más que vivir, balbucea.  Además,  Aznar es irrepetible, único: sólo él  tuvo la suerte de emparentar con Agag, el primer gafapastas de las finanzas tenebrosas y otras consecuciones pardas.

A Rajoy lo afeitaron con dificultes ayer por la mañana, porque no paraba de silbar el Barras y Estrellas. “Presidente, le voy a cortar si no se está usted quieto”. Pero la felicidad de Rajoy, aunque se basara en súplicas y mendicidades diplomático-propagandísticas, era incontenible. Hasta se marcó unos ejercicios físicos, como en sus tiempos mozos (Aquí uno tira de imaginación, porque ni en sus tiempos mozos se imagina a Rajoy con chándal en actitud reivindicativa hacia lo físico).

            Los asesores de Mariano han sudado la gota gorda. Su sitio está en el olimpo de la paciencia y la perseverancia. Después, tocaba meter la gamba e idear alguna negligencia para dejar fuera de la Casa Blanca a algunos periodistas españoles y, de paso, al artículo 20 de esa moribunda ley de leyes que no parece más que un espantajo. Solamente los que cuidan lo que queda de la imagen de Ana Botella supera en mérito a los del mandamás  popular. Se rumorea que, de cuando en cuando, todos ellos acuden a sesiones de terapia siquiera con el fin de ser escuchados y comprendidos, aunque, probablemente, no busquen más que unas gotas de desahogo. En un sinfín de ocasiones estuvieron tentados de fundar “Asesores anónimos”, pero no pueden poner sus jugosas nónimas en juego, no fuera a ser que acabaran maquillando a Floriano o Monago. 

            Mariano aún no ha cerrado la boca. Hablar no habla, pero la boca permanece abierta, como en la agonía del pez. Rajoy es un presidente muy de agonías, huidas, muecas y tics. Conforme se acerca la hora de la cita, sus comentarios resultan más inesperados, como si viajara en el tiempo, concretamente a los tiempos de la infancia. Rajoy es siempre un retorno a la infancia.  Por eso no le dejan improvisar, por eso aparta los micrófonos y se vuelve estrábico cuando las preguntas le pasan como silbidos, rozándole los oídos. En el coche vuelve a ajustarse el nudo de la corbata. Mientras, Moragas revisa que no le falta nada en su mochila y acomete un nuevo “Vamos a repasar, señor presidente”. Pero Mariano no es un buen alumno. Eso sí, sabe teñir como pocos sus carencias, y últimamente se le veía más preocupado y concienzado en endiñarle a Gallardón su decálogo de exigencias en la ley del aborto.

         Moragas sabe lo que es sufrir en silencio. Semanas le costó quitarle de la cabeza al presidente lo de llevar una tortilla de patatas a la Casa Blanca. Lo de la tuna, algunas más. Y es que Mariano es muy  de vehemencias vintage, muy patriota de lo suyo. A cada control de seguridad, la boca de Rajoy va trazando sinuosas expresiones indescifrables. Los asesores se miran entre ellos. Alguno piensa en la idoneidad de la  máscara de Hannibal Lecter. Mariano, de momento, no da mordiscos. 

            Tras meses de preparativos, ruegos, maquinaciones y velas a San Pancracio, por fin, tiene ante sí al que dicen “hombre más poderoso de mundo”. Y, entonces, a Mariano le fluye por su boca colosalmente dilatada un castizo “Jelou”. Y Obama sonríe y piensa: “De Europa, me quedo con la primera ministra danesa”.

 

Escrito por: Jean.2014/01/14 10:58:48.530000 GMT+1
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2014/01/13 16:52:4.407000 GMT+1

Burgos y la revolución

Ardía París, pero eran otros tiempos, otra cultura, casi otro mundo, lejano e inalcanzable. Francia ya había conocido una revolución, y las cabezas rodaban como ahora lo hacen en este país vecino y medio ciego las triquiñuelas bursátiles, o esos avispados banqueros que timan a los ancianos en el país de siempre jamás. Las princesas aquí  no quieren más que ser princesas, estirar sus cuellos, maquillarse las carencias, los traumas y complejos, y jugar a los protocolos y otros caprichos del destino. En el París de la revolución todos eran ciudadanos; aquí perviven las infantas, los besamanos, y la vaselina triunfa como pringue para la penetración del intelecto patrio, que recuerda al Jack Nicholson de Alguien voló sobre el nido del cuco.

 

Aquí, en esta España de bandurria, sardina y migraña, la guillotina solo decapita las aspiraciones. Cuando   hubo intención de pasar páginas en el calendario del olvido, aparecieron los militares y levantaron la España del atraso, la de los señoritos, el avemaría y la sopaboba, la España apenada, gris, derrengada, apretada y tétrica. La España miserable, analfabeta y obtusa, la que huía de los filósofos y daba vivas a la muerte.  Esta España que ha heredado el conformismo y la sumisión, el miedo y la autocomplacencia, el horror a la crítica, la pasión por lo intrascendente, y que se queda ensimismada mirando las musarañas de una democracia que llegó en una lata de conserva.

 

         Hay muchas españas latentes en esta España que se encoge hoy de rubor, que se queda tiesa, que pasa hambre, frío y pena, que tiende una mano a la caridad mientras con la otra juega a la lotería. Ni el paro, ni la pobreza, ni siquiera el hambre han logrado las movilizaciones que han provocado algunos goles. Y ahora, cuando en Burgos se encienden algunas hogueras, muchos miran hacia ese  barrio de Gamonal, quizá con el deseo de que se prenda la mecha de la crispación en un país que languidece en su tradicional autocompasión e inapetencia reivindicativa.

No tengo alma de bombero, ni la intencionalidad pendenciera  de un vulgar aguafiestas, pero no creo que la revolución vaya a comenzar por el enfado de unos vecinos indignados por perder unas plazas de aparcamiento para sus vehículos. Creo, más bien, que se trata de una metáfora, y que ése no es más que el bulevar de una España de anestesias y ronquidos que deambula perdida en un laberinto repleto de trampas.

Y para hacer la revolución, por paradójico que resulte, resulta necesario e imprescindible asumir el riesgo de perder lo poco que a uno le quede. Todo excepto una cosa: la dignidad.

Escrito por: Jean.2014/01/13 16:52:4.407000 GMT+1
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2014/01/12 21:50:39.210000 GMT+1

Ciudad adormecida

Las calles reclaman quietud, el sosiego de la soledad. El avispero enloquecido ha tocado a su fin. Y es ahora cuando el rostro de la ciudad recupera la calma, en la avejentada noche de los tiempos, bajo un cielo somnoliento que sólo levemente permite vislumbrar los guiños de las estrellas. La tranquilidad no tiene apenas quien la perciba. Por eso es tranquilidad, y las calles respiran lentamente, recobrando el aliento. Y las luces, escasas, tímidas, mantienen la guía de los trayectos, las rutas de los sonámbulos y los errantes. Luces de bohemia, de locos cuerdos y trasnochadores del alma. Luces que parpadean, que laten señoriales. Pero también hay sombras, lamentos escondidos a los ojos de la verdad oficial, fotos veladas, oídos sordos. Pliegues de la ciudad donde se resguardan los excluidos, los que escaparon de la fuerza centrípeta de la locura. Lágrimas de barro y frío bajo cartones que otrora envolvieron el éxito. Sombras de bohemia, tachones en un cuaderno que cuenta historias que nadie quiere leer.

 

Es la ciudad adormecida.

Escrito por: Jean.2014/01/12 21:50:39.210000 GMT+1
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2014/01/09 13:13:32.712000 GMT+1

En la noche

Para ti, claro.

 

Musitan los grises oscuros e imantados, llegaron a caballo nubes sigilosas, destellos imaginarios, el enigma irresoluble de una luna de azúcar amarga.

 

Centinelas sonámbulas, lágrimas que aletean sobre las conciencias, ideales fundidos en la esperanza de un amanecer soñado, preconcebido.

 

Palabras que se esparcen, que llenan las almas, que besan las mejillas del ocaso, túneles de tiempo robado, la vehemencia de lo inesperado, el abrazo incesante que atrapa a los amantes, el grito insaciable de un corazón helado en fuego.

 

Una mirada que late y susurra un leve haz de luz al lecho de ramas en el que yace. Estrellas rutilantes, acordes y versos, caricias de la distancia donde no llegan los sentidos, donde no alcanza la razón, donde se pierde enloquecido el deseo.

 

Y un lecho de espuma, cama improvisada desde donde contemplar el teatro celestial, para decir todo en silencio, y acabar cerrando los ojos y ser parte ya de la noche.

Escrito por: Jean.2014/01/09 13:13:32.712000 GMT+1
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