No sé si todo el oro del mundo vale una simple de vuestras muecas, antesala cualquiera de una de vuestras sonrisas. Ahora sé que éstas se perdieron para siempre.
No sé si las fronteras, artificio desgarrado de nuestra existencia, valen la última de vuestras lágrimas.
Yace ya la oscuridad, epílogo a uno de vuestros inocentes juegos. El juego se acabó. Alguien decidió que debía terminar la partida.
Se me desgarra el alma. Se resquebraja el escaso entendimiento que me queda para construir otro monumento a la incomprensión.
Ya no lloraréis más, pequeños. Os cortaron el tiempo de los llantos.
Ibais a jugar, teníais previstas algunas cosas y unas cuantas sonrisas de esas que saben aún dulces. Saben dulces cuando todavía no conocen el amargor de la vida, dulces cuando aún el amargor no las ha teñido de espanto.
Ahora os veo, alineados en el silencio que provoca en mí un inmenso dolor, una rabia que me retuerce y quema por dentro. Un silencio que incendia mi silencio. Y yo maldigo a vuestros asesinos y maldigo a quienes no les maldicen. Y la rabia forma una vez más un cóctel sangriento con la resignación. No me resigno a caer siempre en la resignación.
Yo estoy llorando hoy por vosotros desde la lejanía, desde la frustración y dominado por la idea de la derrota. Ojalá pudiera veros levantar y salir corriendo a la calle para seguir abriendoos paso en esa senda en la que tantas veces me he perdido.
Maldigo a vuestros asesinos. Maldigo a ese ser despiadado que dio la orden. Maldigo a quien apretó el gatillo. Los maldigo. Hoy ellos sí podrán dormir tranquilos. Dormirán mejor que yo, que hora os hablo, aún a sabiendas de que no me oiréis, de que la vida era para vosotros todavía un juguete que aprendíais a manejar. Un juguete al que han pisado haciéndolo añicos.
Tantas veces hemos llorado que hemos formado una pequeña montaña de lágrimas que se pierden más allá de las mejillas, saltando al vacío, hacia la ausencia y el olvido, lejos de los ojos donde nacieron. Podríamos haber formado ya mares con ellas, pero se pierden, siempre se pierden. Mañana, quizá cuando comience a no acordarme de vosotros, surgirán nuevas lágrimas por otros. Y entonces recordaré vuestros cuerpos desarmados de aliento, alineados, posando para la muerte. Y seguiré maldiciendo a vuestros asesinos y a quienes no les maldicen.
Suena el timbre de mi casa. Asomo la cabeza por la ventana de la cocina y está ahí, alto, delgado, con su sombrero de cuadros. Entrañable, simpático y admirable, así es. El profesor Janesk Girbecek me visita antes de asistir en Barcelona a un ciclo de conferencias al que ha sido invitado. Me hace señas con las manos. Me espera en el portal. En seguida bajo y paseamos durante media hora, charlando de esto y de aquéllo. Es el tiempo que tiene antes de coger un taxi e ir al aeropuerto rumbo a la Ciudad Condal. A él, Barcelona le gusta más que Madrid.
Profesor Girbecek, es una alegría tenerlo de nuevo por aquí. Hay gente que lee mi blog y me dice que le gusta conocer sus opiniones. Me piden que le entreviste más a menudo.
Serán mis hijos, que son muy educados y entran asiduamente en su blog. Añoran España. Aunque me dicen que usted es demasiado negativo, que en pocas ocasiones escribe cosas que le alegren a uno el día. Claro que para eso tienen otros medios, ya les digo yo. Dejad a Jean, que escriba lo que le dé la gana. No hay mejor terapia. Yo le sigo de vez en cuando.
Gracias, profesor. ¿No estará en Barcelona para presenciar el Gran Premio de Fórmula 1?
¡Qué demonios! Yo ni siquiera tengo carné de conducir. Los coches me traen al pairo. Y las motos, igual. Además, creo que tanta carrera influye negativamente en los jóvenes y en su obsesión por hacer locuras al volante o en la moto imitando a sus ídolos. Ahí tiene varios ejemplos de pilotos de F1 que ha sido pillados a doscientos y pico por hora y se les sigue considerando héroes. Debe ser que las autoridades están más ocupadas en otros menesteres y no tiene tiempo para impedir que estos desaprensivos tengan sus permisos de conducir como si nada. Y los datos de Tráfico están ahí. España está mejorando sus datos de siniestralidad, pero tenga en cuenta que este año no ha habido ni tantas lluvias ni tantas nevadas como en años anteriores, y eso influye también. Tienen ustedes mucho que mejorar aún.
Condiciones meteorológicas al margen, lo cierto es que la cifra de muertes en la carretera está bajando.
Es que no se pueden dejar al margen esas condiciones, porque constituyen un factor de riesgo innegable. Además, los accidentes bajarán, pero no porque la gente aplique el sentido común, sino por evitar que les retiren el permiso de conducir y les empapelen con multas. Está antes el miedo a la multa que la salvaguardia de la propia vida. Estamos en plena recesión económica y la gente se lo piensa. Ahora bien, el tema de las sanciones sigue llevándose a cabo de forma parecida al sorteo de la ONCE, o sea, al azar. Parece que hay días en que hay que sancionar, que hay que multar y las carreteras están llenas de agentes. Otros días, sin embargo, los agentes brillan por su ausencia. Esto no tiene lógica. Y luego están los agentes de movilidad. Los de Madrid me tienen fascinado. Muchos se mueven como John Wayne. Parece que han estudiado cada movimiento de Clint Eastwood en La muerte tenía un precio. Eso sí, les preguntas por una calle y te dicen abiertamente que no tienen ni idea. Joder –con perdón- con la movilidad. Por lo menos, que se estudien el callejero. Si no conocen las calles, acabarán moviéndose al tuntún. Eso los que no lo estén haciendo ya.
Se habrá topado usted con un agente de movilidad un poco raro.
Usted también es rarete, Jean. ¿Tiene algo en contra de los raros?
Bueno, como buen misántropo, me dan igual los raros que los normales. Les odio a todos por igual.
No me sea bruto, Jean. Hay gente magnífica por todas partes, a su alrededor, en cualquier sitio.
¿En este planeta?
Demonios, Jean, no me venga con éstas, que ya lo hemos discutido en cientos de ocasiones. Hay gente formidable a borbotones, en cualquier rincón.
Bueno, eso lo dejamos para otra ocasión, que me gustaría que me hablase de lo de las motos y los coches. Ahora están de moda en España. Más que nunca.
Falso.
Hombre, profesor, nunca ha habido tantos aficionados a la F1 en España como hay ahora.
Que no, que no. Permítame que se lo explique. Lo que está de moda es un patriotismo deportivo barato que responde a los instintos más básicos. Esto en antropología está muy mascado, muy estudiado. Hay un sentimiento de pertenencia al grupo y de identificación con el miembro de la tribu que saborea el éxito. Lo que está de moda no es la Fórmula 1. La gente no disfruta con las carreras de coches, sino con la victoria del piloto Español Alfonso.
Alonso, se apellida Alonso.
Perdón, Alonso, claro. No hay afición al deporte; si Alonso anuncia que no corre en Montmeló, no venden ni la mitad de las entradas ni rebajándolas un 50% y regalando una liposucción en Corporación Dermoestética. ¿Qué me dice usted de la pasión por el ciclismo en España? Desde la retirada de Induráin no es lo mismo, ¿verdad?
Bueno, no.
¿Bueno, no? En mi etapa como profesor en España, recuerdo la fiebre por la bicicleta. Se vendieron por miles. Ya nadie compra una bicicleta de carreras; ahora se compra la wii ésa o como se llame y se hace todo enganchado al televisor. Primero con Perico y luego con Induráin, la cosa fue un seísmo social. Recuerde que en el Tour que ganó Delgado, el por entonces ministro Javier Solana tuvo que acudir a París para mover algunos papeles ante el rumor de que Perico había dado positivo.
¿Usted cree que hay mucho doping en el deporte?
A los datos me remito. Mire, hay doping a mansalva, y no sólo en el deporte profesional. Recuerde que, por citar un solo ejemplo, los jugadores de la NBA que acudieron a Barcelona ’92 pusieron como condición para acudir a los Juegos no pasar los controles antidoping establecidos por el COI. Y el ciclismo es una pena. El Atletismo, pues también. Y, de momento, no se atreven a meter la mano en el fútbol. Si yo le contara.
Hombre, profesor, no tire la piedra y esconda la mano…
Allá cada uno con su responsabilidad. A mí me han contado cosas indecentes de equipos de Segunda y Tercera. Imagínese en un Mundial con tanto en juego. Médicos que están muy por delante de los responsables de los controles antidopaje en conocimiento y artimañas.
Déme algún ejemplo, profesor.
A mi edad, no tengo ganas de líos. Que lo investiguen los periodistas jóvenes.
O sea, que, entonces, aquéllos que aclamaban a Perico y a Induráin no eran aficionados al ciclismo.
En absoluto. Eran eslabones de una cadena patriotera. Pasa como con el fútbol. ¿Hay amantes del fútbol? ¿Conoce a alguien, a algún aficionado al fútbol que no sea de un equipo, alguien que ame el deporte y disfrute con los equipos que juegan bien, vistan como vistan y sean de donde sean?
¿Y en Fórmula 1? ¿No cree, entonces, que hay aficionados a este deporte, independientemente de lo que haga o deje de hacer Alonso?
Cuatro gatos. Mire, si Alonso no gana, si este chico no tiene posibilidades de victoria, el negocio se resentirá en España. Por cierto, que en este negocio anda el yerno de Aznar. Je, je…
¿Le hace gracia?
Me troncho, como suelen decir los españoles. O me parto.
¿No ve normal que Agag esté metido en el mundo de la Fórmula 1?
Todo lo contrario. Lo que me pregunto es cómo ha llegado hasta ahí y quiénes habrían sido sus mentores. ¿Cómo se pasa de llevarle al maletín a Aznar a ser un posible sucesor de Ecclestone, el rey Midas de la F1, un negocio que mueve miles de millones de euros? Me hace gracia, en cualquier caso, que el tema de la F1 apareciera incluso en la campaña electoral en España, Agag y Camps mediante.
Volvamos a Alonso. ¿Cómo se lo contempla en otros países?
¡Y yo qué sé! Pregunte usted en Libia, Laos, Islas Feroe o Nigeria. Yo lo único que le puedo decir es que el chico tiene siempre cara de pocos amigos. Eso me gusta.
Bueno, en los anuncios le han cambiado. Es como una especie de lavado de cara.
Para eso están los anuncios.
Claro. ¿Cree que es el mejor piloto del mundo?
Mire, que le den el coche del último y al último le den un Ferrari. En esto no hay más que bailes y especulaciones. ¿Cómo se puede saber quién es el mejor si no parten en las mismas condiciones? Es absurdo. Es un negocio que no me llama la atención ni lo más mínimo. Me aburre. No le veo la gracia a esas carreras. Me parece mucho más épico y romántico ver correr a Zatopek.
Hombre, profesor. Eso ya no es posible.
Claro que es posible; ahí están los documentales. Aquél sí que era una locomotora, una fuerza de la naturaleza, y un gran tipo.
El deporte ha cambiado mucho con la profesionalización.
Sí, se ha pervertido y deteriorado. Del citius, altius, fortius, hemos pasado a ¿cuánto me costaría que…?
¿Tan oscuro ve el mundo del deporte?
Ve, ahora soy yo el que desborda misantropía. Los Juegos están politizados. Mire, Samaranch, un personaje oscuro, un burócrata a los pies de Franco, tuvo en sus manos durante muchos años las manijas del Comité Olímpico Internacional. Recuerde los casos de corrupción denunciados y destapados. Eso da asco. A Coubertain le daría arcadas este panorama.
¿Se acabó eso de que lo importante es participar?
En absoluto. Sigue siendo un mensaje enternecedor y ético para muchos, pero no para quienes tienen los ojos llenos de sangre y sed de triunfo a cualquier precio.
¿Qué les recomendaría a los jóvenes deportistas?
¿Yo? Nada, ¿quién soy yo para recomendar nada a nadie, y menos a deportistas? Bueno, dejando de lado que soy cinturón negro de Judo y que gané varios trofeos de atletismo en mis años mozos, no creo estar en condiciones de dar consejos a nadie. Si acaso, diré que el deporte practicado con moderación es saludable y recomendable. Otra cosa es subir al Everest sin oxígeno, o pegarse las panzadas esas que se pega un tal Marichalar en una moto de agua, que, de verdad, no sirven para nada y uno acaba con el trasero pelado. Cada día veo más situaciones esperpénticas y absurdas. Que si la mayor concentración de mujeres que se llaman Pilar, que si la paella más grande del mundo. Cuánta memez y qué forma de perder el tiempo, oiga.
Cada uno tiene sus ilusiones.
Sí, la mía es que se acabarán estas estupideces improductivas y que dedicáramos nuestros esfuerzos y nuestras energías en ser mejores los unos con los otros.
Eso tiene algo de evangélico…
No me fastidie, Jean. No me venga con ésas. Si sigue en esa línea no le volveré a enviar altramuces.
Hace tiempo me echaron la bronca por llamarlos altramuces. Me dijeron que el nombre correcto es Saladitos.
Y un pimiento. Son altramuces. El origen de la palabra es griego, aunque en español nos llegó del árabe “attarmús”. No hay discusión posible. ¿Qué es eso de saladito? Por favor.
Bueno, profesor, pues al final, como de costumbre hemos terminado hablando de todo un poco. Bueno, no me ha dicho nada del PP, del cisma que tienen montado.
Me gusta eso de cisma. Hace justicia a la situación que viven Rajoy y su prole política. Mire, Jean, a Esperanza Aguirre alguien le ha calentado los cascos tanto que la pobre ha terminado creyéndoselo. Fuera de Madrid, el batacazo electoral que sufriría Aguirre pasaría a los anales de la Historia. De cualquier forma, tarde o temprano tenía que llegar esta situación al PP, y considere a Aznar como uno de los responsables. Por su chirriante soberbia, por su escasa capacidad de análisis y por su ceguera intelectual, él es la simiente que ha terminado convirtiéndose en esta planta carnívora que es el PP en estos momentos.
Ya me voy más a gusto yo con esta entrevista.
Es que a usted le va la marcha, Jean.
Se equivoca.
Haga caso de alguien que le dobla en años, Jean. A usted le va la marcha.
Lo discutiremos otro día. Gracias, profesor.
A usted, Jean. Y recuerdos a Iturri. Déle las gracias por el pacharán.
--------------------
Para contactar con Janesk Girbecek: girbecek@gmail.com
Sebastián terminó de hacer los nudos seguros a sus zapatillas deportivas y salió a la Gran Vía con una bolsa de El Corte Inglés en su mano derecha. No tenía nada que hacer. Ninguna obligación, ningún recado, ningún encargo. El trabajo era ya una especie de pariente lejano al que no se ve más que de pascuas a ramos. Él se había acostumbrado a llevar los bolsillos tan vacíos como su ánimo. No tenía citas a la vista y su teléfono móvil hacía varios meses que no tenía saldo, por lo que ni siquiera podía recibir llamadas. Le gustaba entrar en la Fnac por las mañanas y echar un vistazo a las novedades editoriales. Ahí terminaba su aventura literaria; no disponía ni de un céntimo para recabar algún libro de su admirado Vila-Matas. Ya no le dejaban sentarse en la zona de lectura, porque, según los vigilantes de la tienda, ya había agotado su cupo de leer por la cara. Los últimos libros que habían pasado por sus manos eran de Víctor Hugo, Paul Auster, Susan Sontag y Jack Kerouac. Habían pasado por sus manos y ahora su sustancia permanecía en su memoria.
Sebastián callejeaba durante horas a la espera de toparse con algún viejo conocido que le invitara a un café. Nunca ocurría. También esperaba que Pedro Almodóvar se cruzara con él y le ofreciera un papel en su nueva película. Esto tampoco sucedía. Ni siquiera le llamaba la atención el arte dramático, pero en esos devaneos peregrinos malgastaba sus días y sus esperanzas, desnutridas éstas, toscas y, a veces, famélicas. El ultimátum de Pablo expiraba esa tarde. Sebastián debería hacer la maleta e irse. Su mejor amigo no podía ofrecerle su casa por más tiempo. Las broncas con su novia habían aumentado su frecuencia por culpa de la presencia de Sebastián en el improvisado cuarto de invitados. Sebastián sabía que él no era un invitado, sino un parásito que se había acostumbrado a dar lástima y a vivir bajo el régimen de pensión completa a un precio insuperable. Llevaba tres meses y medio en casa de Pablo y Paula y no había sido capaz de llevar ni un litro de leche. No era capaz, porque para llevarlo lo tendría que haber robado.
Sebastián entró en la Fnac y ascendió por las escaleras mecánicas hasta la tercera planta. Al llegar a la sección de libros de bolsillo su corazón comenzó a latir frenéticamente. A su lado, con gafas de sol y unas zapatillas rojas estaba Pedro Almodóvar. Ambas cosas le habían llamado la atención. Dentro del edificio no hacía sol, y a Almodóvar se lo reconocía más por su corte de pelo que por sus ojos, así que se preguntaba por qué los famosos llevan gafas de sol en los lugares públicos. Puede que se deba a la timidez, pensó. Sebastián se puso extremadamente nervioso. No sabía qué hacer. Imaginó la mejor forma de llamar la atención del cineasta. Primero tosió en repetidas ocasiones. Después, comprobando la inutilidad del método, se interesó por el mismo libro que tenía en sus manos el director manchego. “Es un gran libro”, balbuceó Sebastián. Almodóvar lo miró con algo de desgana y le respondió: “¿Ya lo ha leído? Acaban de ponerlo a la venta hace cinco minutos”. Sebastián puso cara de hombre ridículo y trató de zafarse de aquella escena. Almodóvar le dio la espalda, cargó con el libro y tomó rumbo a la escalera mecánica. Sebastián se quedó inmóvil, desalentado, con la expresión de un hombre al que le ha faltado un número en el sorteo de la Primitiva para ser multimillonario. Almodóvar se había cruzado con él, pero no le había ofrecido un papel en su próxima película. Anestesiado por la frustración, Sebastián parecía una figura rota, la escultura de cualquier museo, petrificada, con la mirada perdida en la alfombra del suelo, con los ojos sin fuerza para recobrar el movimiento. La palabra estúpido le martilleaba la cabeza una y otra vez. Entonces notó que alguien le golpeaba en su brazo derecho. Sebastián no podía reaccionar. “Oiga, oiga”, repetía una voz que le resultaba extrañamente familiar, pero su mente estaba paseando de forma acelerada, casi compulsiva, por los recuerdos. Estaba subrayando su fracaso escolar, el día en que sus padres se divorciaron, la noche en que Silvia, su novia, le dijo que estaba enamorada de otro hombre, un pez gordo del Partido Popular. “¿Se encuentra bien?”, aquella voz familiar permanecía cercana a Sebastián. Cuando por fin pudo huir del hieratismo, sus ojos apuntaron al hombre que tenía al lado. “Tenga, llámeme esta semana sin falta. Me gustaría ofrecerle algo”, le dijo aquel hombre entregándole una tarjeta. A Sebastián le temblaba el pulso, Cogió la tarjeta y le dio las gracias al hombre de las gafas de sol y zapatillas rojas. Aquello ocurrió hace seis años. Hoy Sebastián va a recibir un Oscar, pero él aún no lo sabe. En el bolsillo trasero de su pantalón lleva la tarjeta que le dio Pedro Almodóvar, la contraseña que lo introdujo en el mundo del cine. Su primer papel fue de camarero yonqui. Pablo y Paula han montado una fiesta en casa con sus mejores amigos. Durante toda la madrugada estarán recordando las anécdotas que vivieron en su casa con Sebastián. Lo que no saben es que éste va a ganar un Oscar y se lo va a dedicar a ellos. Lo que no saben es que su amigo del cuarto de invitados al que un buen día le invitaron a largarse, había pensado quitarse la vida justo aquel día en que Almodóvar le golpeó en los brazos para sacarle de la imaginaria ejecución de su suicidio. Lo que no saben es que Sebastián se va a quitar la vida en directo, delante de dos mil millones de personas, con una estatuilla en una mano y una pistola en la otra.