Diario de un resentido social

Semana del 10 al 16 de febrero de 2003

 

¡Qué poder de convocatoria!

Cuando las tropas del III Reich entraron en París, el mando alemán dio seguridades a Pablo Ruiz Picasso de que podría seguir trabajando en la capital francesa sin ser molestado. Picasso aceptó la promesa. Y, en efecto, no tuvo problemas para continuar pintando en su mítico estudio de Grands Agustins, escenario de tantas glorias artísticas de Francia. 

Corrieron por entonces rumores bastante desagradables para el malagueño, al que se le reprochaba mantener sospechosas relaciones de amistad con algunos integrantes del alto mando ocupante. Lo cierto es que el pintor contaba con varios rendidos admiradores entre los oficiales alemanes de mayor rango, algunos de los cuales lo visitaban de vez en cuando para contemplar sus obras. Tal vez fue para cortar de raíz con esas murmuraciones por lo que, nada más producirse la liberación de París, Picasso anunció su adscripción al Partido Comunista.

Se cuenta que, en una de sus visitas al enorme estudio de Picasso, un alto oficial alemán reparó en el Guernica, que el glorioso calvo había pintado por encargo del Gobierno de la República Española en 1937 y que, hundida la República, se había quedado sin hogar ni dueño. Impresionado por el tremendo y angustioso vigor de la obra, el alemán, que sabía que Pablo Ruiz guardaba allí también obras de otros autores, le preguntó: «Dígame, señor Picasso: ¿este cuadro es también obra suya?». A lo que el autor de Les demoiselles d’Avignon respondió secamente: «No. Éste es obra de ustedes».

Recordé la anécdota ayer, tras la manifestación de Madrid, cuando un amigo que iba escuchando la radio me dijo que Arenas estaba declarando que el PP se sentía «totalmente» identificado con las multitudes que abarrotaban las calles, pero que no se había sumado «formalmente» a la convocatoria para no hacer el juego a «los oportunistas». No pude evitar la respuesta: «¿Que dice que no han convocado? ¡Qué falsario! ¡Por supuesto que han convocado! ¡Son ellos los que han conseguido que esta manifestación sea la mayor de la historia de esta ciudad!»*.

Las impresionantes manifestaciones que ayer cubrieron el conjunto de nuestra geografía peninsular e insular hubieran sido imposibles sin ellos. Sin sus muestras de pleitesía ridículamente babosas hacia el belicismo de Bush, rematadas con el discurso penoso, de una estupidez verdaderamente supina, que perpetró Ana Palacio ante el Consejo de Seguridad. Sin las patochadas de Aznar que, informado de que el electorado católico del PP simpatiza más con el Vaticano que con la Moncloa, trata ahora de ejercer de exégeta del Papa. Sin las salidas de tono del propio Arenas, que perdió sus nervios hace semanas y deambula por la escena política cual Diógenes con su lámpara, a ver si se topa con su extraviado equilibrio emocional en alguna emisora de radio o en algún plató de televisión.

Su poder de convocatoria no se limita al peligro de guerra. Abarca también a Mayor Oreja hablando del «proceso de batasunización» de Nunca Mais, a Fraga justificando la retirada del apoyo de la Xunta a los premios de teatro diciendo que él no subvenciona a nadie para que le critique –como si las subvenciones a la cultura que otorga el Estado (no él: él no pone ni un euro) llevaran aparejadas una obligación de pleitesía política–, a Rato apuntándose cualquier brizna de mejoría económica y llamándose andana en cuanto aparece un dato negativo,  de esa pareja intercambiable que son los ministros de Interior y Justicia, imposibles de distinguir...

Las manifestaciones de ayer las convocó el PP. Vaya que sí. Y arrasó.

 

––––––––––––-

(*) El País hace un cálculo bastante ajustado –más retraído que generoso– y fija la cantidad de asistentes a la manifestación de Madrid en casi un millón de personas. Los comentaristas oficiales aseguran que fue de tamaño «semejante» a las celebradas tras el 23-F y el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Están obligados a decir eso, porque en ambas ocasiones ellos mismos hablaron de un millón de manifestantes.

A lo que se ve, hay millones y millones, y algunos millones son más millones que otros. Porque en las otras dos manifestaciones de referencia no se produjo en absoluto la saturación que ayer registró el centro de la capital del Estado. Aquellas fueron manifestaciones enormes, pero con su cabecera y su cortejo, al modo tradicional. Quien quería podía bordearlas, ir de arriba abajo, moverse a través de ellas, cruzarlas de acerca a acera... Lo de ayer fue de género totalmente distinto: era una masa compacta, sin comienzo ni fin definidos, casi imposible de bordear. Las apreturas llegaron a ser tan grandes en algunos puntos que empecé a temer que se produjeran avalanchas. Los padres que acudieron con niños estaban asustados (y con razón). Si en las otras manifestaciones hubiera habido realmente un millón de personas, ayer habríamos acudido dos millones. Pero no: aquellos millones fueron interesados; el de ayer, de cajón.

 

 

(16 de febrero de 2003)

Para volver a la página principal, pincha aquí


Repetir no es demostrar

Consciente de las vísperas guerreras en que vivimos, la edición europea de la revista Time está realizando diversos sondeos entre sus lectores internautas. Uno de sus test de opinión plantea la siguiente pregunta: «En su criterio, ¿qué país representa el principal peligro para la paz mundial en 2003?».

La revista propone elegir entre Irak, Corea del Norte y los Estados Unidos de América.

Para ayer a media tarde, Time Europe había registrado el voto de 427.259 lectores. De ellos, el 85,7% había manifestado que, a su juicio, en este momento, el principal peligro para la paz mundial lo constituyen... ¡los Estados Unidos de América!

La revista se interesa también por las razones por las que tantos europeos se oponen a los planes de guerra de George W. Bush. Una amplia mayoría de las respuestas atribuyen esa oposición, directamente, a la desconfianza que suscitan las motivaciones del presidente norteamericano.

Meticulosa en su trabajo, la dirección de Time Europe deja claro que estas catas de opinión carecen de valor científico y no deben tomarse como indicativas de la opinión general. Convengamos en que, al menos, dan cuenta del estado de ánimo de un número significativo de lectores de la propia revista (que, como es sabido, no se distingue precisamente por su radical izquierdismo).

Bush reclama una y otra vez que le creamos: lo que él quiere es imponer el respeto a las resoluciones de las Naciones Unidas. Pero, ¿cómo creerle, si a continuación afirma que actuará por su cuenta si la ONU no le respalda? ¿Se bombardeará luego a sí mismo para obligarse a respetar las resoluciones de las Naciones Unidas? La gente no le cree, pero no porque sea de natural muy suspicaz, sino porque suelta unas incongruencias que no hay quien se las trague.

Es como Aznar, que monologa sin parar pidiendo que le demos crédito cuando asegura que Irak tiene armas de destrucción masiva y que maquina entregárselas a no se sabe qué grupos terroristas. Si lo sabe de tan buena fuente, ¿por qué no pasa la información a los inspectores de las Naciones Unidas, que insisten en que ellos no han encontrado nada de eso por ningún lado? ¿Se ha pensado este hombre que por aquí la gente mata el tiempo entre urna y urna chupándose el dedo?

Los analistas de los actuales grandes emporios de la comunicación solemos decir que, en nuestras sociedades mediáticas, repetición equivale a demostración: a fuerza de repetir y repetir algo, los media consiguen que la mayoría acaba tomándolo como un hecho indiscutible.

Convendrá que tengamos en cuenta esta primera gran excepción: cuanto más repiten sus coartadas absurdas estos señores de la guerra, menos creíbles resultan.

 

Una información.– Me topo con mucha gente enfadada porque, siendo hoy en día de pago el acceso a los contenidos de las ediciones electrónicas de bastantes diarios y no teniendo dinero para afrontar las correspondientes suscripciones, bastante caras, se queda con un palmo de narices, sin poder leer muchos artículos de interés. Por lo que voy comprobando, parece que muchos no saben que esos contenidos, en lo que se refiere a editoriales, columnas de opinión, artículos de fondo y noticias principales, pueden leerse sin problemas todos los días desde primeras horas de la mañana en www.periodistadigital.com. Esta página web se sirve sistemáticamente y en masa de la vieja fórmula periodística: «Por su interés, reproducimos a continuación...» para reproducir decenas de artículos.

Algún lector se ha dirigido a mí preguntándome si no creo que los responsables de El Periodista Digital corren el riesgo de que las empresas editoras de los periódicos cuyos contenidos copian los demanden y la Justicia les impida seguir realizando su labor. No, no lo creo. Por una razón: los periódicos están cobrando por un servicio que ellos tampoco pagan. Revenden artículos y reportajes de su edición en papel sin abonar ninguna cantidad suplementaria a los autores. Dudo que ningún juez considerara que las empresas editoras de los diarios de papel tienen derecho a revender esos trabajos sin pagar nada. La Ley de Propiedad Intelectual no reconoce a nadie el derecho a cobrar y no pagar.

 

(15 de febrero de 2003)

Para volver a la página principal, pincha aquí


El ejemplo de Gaspart

Los comentaristas han sido muy severos con Joan Gaspart. Le han criticado duramente por lo mucho que ha tardado en dimitir. Según ellos, debería haberse ido mucho antes, una vez que se vio más que claro el rechazo masivo de los seguidores barcelonistas a su gestión. 

De veras que no les entiendo. Gaspart fue nombrado presidente tras unas elecciones legales. Estaba en su perfecto derecho a mantenerse en la Presidencia del Barça hasta las siguientes elecciones. Si la oposición no fue capaz de ponerse de acuerdo para presentar una moción de censura contra él, es culpa de la oposición, no suya.

Estaría de acuerdo con los reproches si se empleara la misma vara de medir para todo el mundo. Lo que no entiendo es que la misma gente exhiba unos criterios con él y se los guarde cuando se refiere a otros teóricos representantes que también han perdido la representatividad.

José María Aznar, por ejemplo.

Aznar tiene en contra a la inmensa mayoría de la población en un asunto que puede considerarse cualquier cosa menos secundario: se dispone a asumir en nuestro nombre una responsabilidad gravísima, que va a implicar la muerte de decenas de miles de personas inocentes. Me atrevería a decir que la cuestión es de importancia algo superior a la que cabe atribuir al lugar que el Barça ocupa en la clasificación del Campeonato de Liga.

Sin embargo, nadie exige a Aznar que cambie de posición o que dimita.

Aznar no está dirigiendo los asuntos de España con mucho más éxito que Joan Gaspart los del Barça. El balance de su gestión como jefe del Gobierno –incluso dejando de lado el problema capital de la guerra– es francamente desastroso. Veamos: lo del Prestige no es un pecadillo venial, precisamente; ha evidenciado su incapacidad para embridar la economía, que marcha a su aire; su única receta para los problemas que acaban traduciéndose en inseguridad pública es el aumento de la dureza de las leyes y la extensión de las penas de cárcel; se está distanciando peligrosamente de los países que constituyen el eje de la construcción europea, convirtiendo su viejo lema «las dificultades de Europa se resuelven con más Europa» en otro absurdo: «las dificultades de Europa, que las resuelva Bush»...

Según todos los últimos sondeos, el electorado le da un suspenso. Es decir, no aprueba el conjunto de su gestión.

¿Por qué no sigue el ejemplo de Gaspart y se va? ¿Porque el estadio no le abuchea lo suficiente? No es fácil, con sus energúmenos tapando la boca de los que disienten.

En fin, volvamos a intentarlo mañana, llenando las calles. A ver si se oye la voz del socio.


(14 de febrero de 2003)

Para volver a la página principal, pincha aquí


Entrada libre

Hice ayer en el apunte correspondiente de este Diario un comentario final tirando a misterioso sobre lo movida que podía resultar la conferencia que iba a dar por la noche en Valencia. Cuento ahora lo que sabía. Mi conferencia iba a celebrarse –y se celebró– en el mismo centro en el que, en otra sala y media hora antes, debía intervenir el lehendakari Ibarretxe, que había acudido a Valencia para explicar sus posiciones ante la realidad vasca, frecuentemente tergiversadas por los medios de comunicación. Según mis informaciones, el facherío valenciano tenía previsto montar el pollo. Me temí que los energúmenos del brazo en alto pudieran sentir la tentación de descargarlo sobre algunos asistentes al acto de Ibarretxe... o al mío, y que se liara la cosa.

Finalmente, los fachosos, ruidosillos pero escasos en número, fueron controlados, y los dos actos pudieron realizarse sin problemas. No pude acercarme a la charla del lehendakari, pero me contaron que había estado muy concurrida. La mía, convocada mano a mano por la gente de Revolta y el Grupo Mixto del Ayuntamiento, estuvo de bote en bote. La sala, bastante amplia, se vio abarrotada, tanto en el patio de butacas como en el anfiteatro, y hasta hubo gente que hubo de sentarse en las escaleras o quedarse en los pasillos. 

Cuando ya estaba terminando el acto, nos hizo una visita el lehendakari. Yo le había invitado a acercarse, para que dirigiera unas breves palabras a nuestra audiencia. Lo hizo en términos muy afables, hablando del carácter pacífico y pacifista de la mayoría del pueblo vasco y lanzando “un NO como una casa” –dijo– a la guerra que preparan los EEUU con la colaboración del Gobierno de Aznar. La gente lo recibió con cordialidad y aplaudió sus tomas de postura antibelicistas.

Resultó un acto muy satisfactorio.

Me movió a reflexionar sobre los tiempos que corren.

Hace un año, más o menos, fui a Valencia a dar otra conferencia, no recuerdo ya sobre qué. Convocaba también el Grupo Mixto del Ayuntamiento. Acudieron apenas 50 personas. Ayer el local estaba, como he dicho, lleno hasta la bandera. ¿Qué ha cambiado? No el Grupo Mixto del Ayuntamiento. No yo, que, aunque soy un año más viejo, digo más o menos las mismas tonterías.

Ha cambiado la actitud de la gente. Hay ganas de moverse, de hacer cosas, de participar, de luchar contra la realidad que tratan de imponernos. Alguien habló desde el público y dijo que, en su criterio, «la sociedad civil que el PSOE trató de cargarse vuelve a aparecer».

No sé si será eso, pero está muy bien. Y –perdonad mi muy interesado comentario– es fantástico para el que se ha hecho muchos cientos de kilómetros para largarse el rollo.

 

Un momento de la intervención de Ibarretxe en la conferencia Quan la Premsa fa la Guerra. La pancarta

dice: «Aturem la guerra» (“Paremos la Guerra”). En el centro, Rosa Solbes, presidenta de la Associació

de Periodistes Valencians, que presentó la conferencia de Javier Ortiz (a la izquierda). Foto: Els Mistos.


(13 de febrero de 2003)

Para volver a la página principal, pincha aquí


Aprendizajes nacionales

Ayer pasé el día en Aigües. Dediqué la jornada casi entera a preparar mi conferencia de hoy en Valencia. Creía que tenía material previo más que sobrado para una charla así pero, a medida que me fui sumergiendo en lo escrito de antemano, con la intención de actualizarlo –de actualizarme–, me di cuenta de que tenía mucho que corregir, mucho que quitar, mucho que añadir... Al final, la actualización de la charla me llevó tan sólo... ¡diez horas! ¡Diez horas corrigiendo un texto que acabaré leyendo en menos de una!

Hubiera debido bajar a Campello para hacer algunas compras, contactar con alguien que suba a repararme una persiana que ha decidido quedarse fija, recoger lo que me haya llegado al apartado de correos...

Pero no hubo nada que hacer: el día se me fue entero escribiendo.

Ni siquiera tuve tiempo de responder el correo electrónico, siempre abundante (me llegaron varias misivas poniéndome a parir por seguir evocando el papel del PSOE con los GAL: hay gente que no entiende que sólo se puede eliminar lo que se digiere, y no se da cuenta, o no quiere darse cuenta, de que algunos dirigentes del PSOE –caso de Rosa Díez– no han digerido en absoluto ese episodio: lo siguen regurgitando con tan evidente como insoportable delectación).

También recibí la misiva de un buen amigo que me reprochaba mi insistencia en hablar bien del pueblo norteamericano. Me critica por el cariño que le muestro y dice que acabaré arrepintiéndome. Se equivoca al menos en un punto: lo mío no es que ame apasionadamente al pueblo de los Estados Unidos de América; digamos que lo disculpo con la misma determinación que pongo en excusar a mis vecinos vascos, madrileños, valencianos...

Según leí su mensaje, me acordé de algo que escuché hace unos días en un mitin. Y lo metí sobre la marcha en el texto de la conferencia. Puse:

«El otro día, en un mitin contra la guerra al que me tocó asistir, me quedé estupefacto cuando un orador expresó su firme deseo de que los Estados Unidos de América desaparezcan del mapa. Y el público, en vez de abroncarlo por semejante apología del genocidio, lo aplaudió con enorme entusiasmo.

»Otro de los mitineros llamó a Bush "vaquero de mierda" en medio del regocijo general, sin que ninguno de los asistentes pareciera darse cuenta de que acusar a un norteamericano de "vaquero" es como llamar en España a alguien "destripaterrones", "pueblerino" o, más directamente, "jornalero", o "bracero". ¿Os imagináis que alguien llamara por aquí a otro "jornalero de mierda"? ¿Pensáis que tendría mucho éxito en el caso de hacerlo en un mitin de izquierdas?

»Bush tiene de vaquero lo que Aznar de bailaor. Bush es un niño bien que sólo ha montado a caballo para contar los pozos de petróleo de papá.

»Nos pasamos el día hablando de la globalización, y diciendo que en estos tiempos de globalización nuestra oposición tiene que ser también global. Y luego nos dedicamos a alimentar rencores nacionales. Españoles. Vascos. Catalanes. Andaluces. Yanquis.

»Los llamados "yanquis" –término bastante absurdo, porque en rigor tiene que ver sólo con los estadounidenses del norte– son tan culpables del mandato de Bush como la mayoría de los españoles de que Aznar presida el Gobierno de Madrid. En términos proporcionales, son menos los estadounidenses que respaldaron la llegada de Bush a la Casa Blanca que los españoles que propiciaron la entrada de Aznar en La Moncloa.

»Y qué le haremos. Pobrecitos ellos. Pobrecitos nosotros.

»También los pueblos deben hacer sus propios aprendizajes.»

No me disgustó el razonamiento. Por eso os lo copio.

Ya os contaré qué cara pone el público de Valencia cuando lo diga. El acto promete ser movido, pero ya os contaré mañana por qué. Hoy estoy obligado a ser discreto.


(12 de febrero de 2003)

Para volver a la página principal, pincha aquí


No tienen experiencia

«Más sabe el diablo por viejo que por diablo», dice el refrán castellano. (Ayer me tocó un adagio chino: se diría que voy de trópicos en tópicos). Lo que quiero decir que hay cosas que algunos tenemos asimiladas no tanto porque hayamos estudiado mucho como porque llevamos bastante en esto de vivir.

Si el Departamento de Estado norteamericano me hubiera consultado un día que estuviera comunicativo –un día cualquiera, como quien dice, porque lo mío no es precisamente el hermetismo–, le habría avisado de algo que me sé por muy dilatada experiencia: no conviene fijar a la gente inconveniente en un papel muy definido, porque lo mismo el papel le gusta y luego no hay manera de sacarla de él.

La Historia nos proporciona ejemplos muy llamativos.

Pondré uno muy viejo, para no molestar a nadie que esté en vida. Recordaré a Francisco Largo Caballero, que fue un socialista reformistón, que incluso colaboró con la dictadura de Primo de Rivera (que ya es colaborar). Las circunstancias de la Segunda República, tan especiales, lo radicalizaron un poco, dijo entonces el hombre algunas cosas algo exaltadas, a unos cuantos periodistas les dio por llamarlo «el Lenin español», el apodo le cayó en gracia, se sintió importante... y ya no hubo manera de apearlo.

Hasta se creyó en la obligación de defender la dictadura del proletariado, el pobre, que tenía de leninista lo que yo de físico cuántico.

¿A cuento de qué se puso el Gobierno de Washington a dar caña a «la vieja Europa»? ¿De dónde se sacó que podía ser buena idea poner de vuelta y media a Francia y Alemania, convirtiéndolas en adalides de la oposición europea al hegemonismo estadunidense? Lo único que ha logrado es transformar a Chirac y Schröder en paladines de una actitud con la que simpatizan millones de europeos... mucho más que ellos mismos. Ahora están encantados de la popularidad que les han granjeado los insultos de los dirigentes norteamericanos. Dudo mucho que vayan a retroceder.

Menos todavía ahora que se les han sumado Putin, el Papa y los belgas.

Si hubieran llevado la disputa de manera discreta –como si apenas pasara nada, o como si se tratara de un pequeño malentendido–, tal vez habrían logrado liquidar la crisis sin mayores dramas. Pero ahora ya hay de por medio graves cuestiones de imagen. Ahora ya tienen que afrontar el pavo subido de los de por aquí.

Se debía pensar que todos los europeos son tan dóciles y ridículos como Aznar.


(11 de febrero de 2003)

Para volver a la página principal, pincha aquí


Siempre pasa algo

Mi tía Eduvigis me manda un mensaje al móvil que dice: «¿Todo bien? ¿Sobrevives a los catarros? Cuídate. ¡Y no a la guerra!».

De mi tía Eduvigis pueden decirse muchas cosas –si lo sabré yo–, pero no que sea una persona extremadamente politizada. Con todo lo que mi tía Eduvigis ignora no ya sobre la realidad política y económica internacional, sino incluso sobre la española, se podría escribir una enciclopedia en 700 tomos. Mi tía Eduvigis sólo se entera de los acontecimientos cuando ya constituyen un clamor estruendoso.

Créanme: si mi tía Eduvigis se ha animado a terminar su mensaje familiar con ese rotundo «¡Y no a la guerra!»,  es porque le parece un gesto de obligado cumplimiento. Lo ha escrito con el mismo espíritu con el que me pone «¡Un tirón de orejas, viejo!» el día de mi onomástica, o cuando me castiga con el consabido «¡Feliz Navidad!» al filo de todos los cambios de año.

Es abrumador el consenso que se ha formado en España en contra de la nueva guerra del Golfo. Para estas alturas, lo del personal de la farándula y los platós es ya casi historia: ¡si hasta hay modelos de haute couture que salen a lucir su palmito por las pasarelas exhibiendo pegatas pacifistas!

«Nosotros también estamos en contra de la guerra», musitan los aznaristas, quejosos. Pero no convencen más que a sus incondicionales, que tampoco son tantos. La coartada es demasiado tosca: estarán todo lo que quieran contra las guerras, en general, pero van a meternos de hoz y coz en esta guerra, en particular.

¿Cómo explicar esta súbita reacción de la inmensa mayoría en contra de los designios del Gobierno de Aznar? «Ningún río se hiela a seis metros de profundidad en una sola noche», dice un viejo proverbio chino. Cierto, pero el hielo sólo se vuelve visible tras la última noche.

Estamos ante un largo runrún, ante una insatisfacción que ha ido creciendo y avanzando por vías subterráneas durante mucho tiempo. Es más que probable que bastantes sectores de la población ni siquiera hayan sido plenamente conscientes del cambio que iba experimentando su estado de ánimo. Pero ha cambiado. El desastre del Prestige –tanta torpeza, tanta desidia, tanta chulería juntas– ayudó a que ese descontento fuera tomando cuerpo. El evidente disparate de una guerra injustificable –o sólo justificable desde el más impúdico afán de rapiña– ha hecho el resto.

A menudo, en estos tiempos de ahora –como en tantos otros de antes–, miramos la realidad y sólo vemos calma chicha, apatía, conformismo. El Nunca pasa nada del bueno de Bardem.

Pero siempre pasa algo. Aunque no se manifieste.

Vemos la superficie tranquila y se nos olvida que el subsuelo está que arde. Pero, de tanto en tanto, se abre una grieta en la tierra fría y se asoma lo que oculta.

 

Nota.– Algunos lectores con conocimientos en la materia me han reprochado un par de cuestiones de ortografía: que escriba Sadam¸ en lugar de Saddam, e Irak, en lugar de Iraq. Son asuntos de diferente orden, pero de significado parejo. La ortografía Saddam es más fiel al nombre árabe, que –por lo que me cuentan– alarga la pronunciación de la “d” (o casi la duplica, con pausa en medio). Iraq, por su parte, es la grafía tradicional que el castellano utilizaba para referirse a ese país hasta que empezó a imponerse la angloamericana, con k.

Si tuviera alguna posibilidad de éxito, trataría de conseguir que nuestros medios de comunicación se ajustaran a las grafías más adecuadas y menos serviles. Pero mi influencia –en el caso de que tenga alguna– no da para tanto. Y, como tampoco es cosa de adoptar unas normas pro domo mea y otras para cuando me toca escribir en El Mundo u otros medios de amplia difusión, me atengo a lo que es costumbre en ellos, aunque me disguste.


(10 de febrero de 2003)

Si quieres leer los apuntes del pasado fin de semana, pincha aquí

Para volver a la página principal, pincha aquí