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2004/07/21 08:00:00 GMT+2

¡Qué mal hablan!

La gente se ríe de las barbaridades que sueltan algunos ignorantes venidos a más por mor de los dinerines: el Jesulín y sus dos palabras, el candelabro de la otra, el estentóreo del occiso... De ésas tengo pilladas algunas con chispa. La más reciente, la que le oí hace como quince días a una señorita -a la que trataban como famosa, aunque yo no supiera quién era- que dijo de algo que le había venido «como anillo al pelo». Tampoco está mal el anuncio de un blanqueador dental en el que una reputada modelo afirma que ella sabe muy bien «lo que significa tener unos dientes blancos».

Pero tampoco tiene gran cosa de particular que un torero cañí o una actriz de tan hermoso exterior como desértico interior o una modelo notable por la feliz colocación de sus huesos suelten unas cuantas patochadas. Más preocupante resulta cuando quienes se lucen en esa suerte son periodistas y comentaristas de radio y televisión. Verbi gratia: uno de los que retransmitieron para Telemadrid el partido México-Brasil en la madrugada del martes demostró su alta capacitación en geografía alternativa calificando en una ocasión a México de «país centroamericano» y uniéndolo en otro momento a Brasil en una reflexión sobre cómo son «estos equipos sudamericanos».

Le sirvió de avanzadilla el locutor de un boletín informativo de RNE, quien días antes se había referido insistentemente a Bélgica como Estado «centroeuropeo».

Está luego el gremio de los políticos, ahora tan encantados con su Comisión parlamentaria sobre el 11-M.

Hace unos días, un diputado catalán habló de «los grupos terroristas presuntamente árabes». ¡Presuntamente árabes!

Dentro de esta misma tendencia a la verborrea sustentada en las flexibles normas del buen tuntún, presencié ayer la seudo facundia de una diputada popular llamada Alicia Castro, que acusó al médico forense José Luis Prieto, convocado a testificar ante la Comisión, de «estar lleno de dudas» porque había dicho que se precipitaron quienes proclamaron que entre los muertos en los atentados del 11-M no había ningún suicida, cuando carecían de base científica para hacer esa afirmación. Prieto tuvo que aclarar a la diputada que decir que no hay datos bastantes para hacer una afirmación no tiene nada que ver con dudar. Se lo repitió, a ver si así lo entendía: él estaba totalmente seguro de que no cabía hacer una afirmación como ésa. A lo que la diputada Castro, tal vez intuyendo que había sido cogida en falta y molesta por ello, replicó que la comparecencia del doctor Prieto estaba resultando «frívola». ¿Frívola, en concreto? ¿Y por qué no casquivana? El forense, visible -y razonablemente- molesto, pidió el amparo del presidente de la Comisión. La diputada, para esas alturas ya algo menos segura de sí misma, optó por eso que llaman -otra cursilería- «retirar sus palabras». (Acabo de oír en la radio, a propósito de este testimonio, que «no se puede descartar que hubiera suicidas entre los cadáveres». ¿Cadáveres suicidas? Para mí que eso sí podemos descartarlo.)

Estaría dispuesto a no enfadarme demasiado por el tiempo que me hacen perder cuando sigo sus trabajos, si por lo menos montaran un espectáculo de esgrima oral que valiera la pena. Pero en esa Comisión -como en la vida política española, en general-, por cada individuo («de ambos sexos», que dirían ellos) que se expresa con un mínimo de precisión y cierta gracia, hay nueve incapaces de construir frases que digan algo concreto (primera condición) y lo digan (segunda) con las palabras precisas, las concordancias adecuadas y los verbos conjugados en la persona, tiempo, número, modo y aspecto requeridos (o sea: lo que se dice hablar correctamente, que es lo menos que debería hacer alguien que tiene en el habla su principal herramienta de trabajo).

Hay algunos políticos que me suscitan auténtico pánico. El secretario de Organización del PSOE, José Blanco, es uno de los que más. Su dequeísmo alcanza extremos realmente insólitos. Para cuantificarlos sería necesario patentar la fórmula «dequé por minuto». Eso sin contar con lo que dice, que a veces es igual o todavía más insólito (ahí habría que servirse de la unidad «acusación no demostrada por minuto»).

El diagnóstico técnico no resulta muy entusiasmante: la mayor parte de la gente con derecho a hablar no sabe hacerlo. No tiene ningún interés lo que dice y además -quizá para no desentonar- lo dice fatal.

Qué cruz.

Javier Ortiz. Apuntes del natural (21 de julio de 2004). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de junio de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2004/07/21 08:00:00 GMT+2
Etiquetas: apuntes 2004 | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

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