«Todo el mundo tiene derecho a cambiar de manera de pensar», suele decirse. Y lejos de mí la intención de negarlo. Pero hay diversos modos de cambiar, y cada uno de ellos merece una valoración específica.
Por ejemplo: no es lo mismo un cambio ideológico-político que se traduce en una significativa mejora de la posición social y económica del mutante que otro que tiene por resultado un apreciable deterioro de su estatus social y una notable pérdida en sus posibles.
Este segundo es poco probable que esté dictado por motivaciones inconfesables. El primero, en cambio, merece un examen ulterior, para comprobar si es fruto de una rigurosa autocrítica o más bien el resultado de una pirueta oportunista.
Tampoco puede juzgarse del mismo modo la transformación ideológica de quien cambia de bando como quien cambia de chaqueta, y aquí paz y después gloria, que la de aquel que cambia radicalmente de concepciones pero asume su pasado y obra en consecuencia.
Obrar en consecuencia obliga, en lo fundamental, a dos cosas.
Una es aceptar que, por razones de honradez elemental, no resulta decente estar al frente de un bando y pasar sin más protocolo a encabezar el opuesto. (Creo que era el vasco Manuel de Irujo el que decía aquello de: «Los conversos, a la cola». Es lo justo.)
La otra es admitir que, si cuando pensaba lo anterior lo hacía con la mejor voluntad y sapiencia, aquellos que siguen pensando como él lo hacía antes merecen ser tratados con el mayor respeto, no poniendo en duda ni su buena intención ni su inteligencia.
Está feo señalar con el dedo, pero me parece inevitable referirme en este punto a los mil y un conversos que en los últimos decenios han defendido causas tales como el derecho de autodeterminación de Euskadi y Cataluña, o como la existencia de diversas soberanías dentro de España, o como la conveniencia de reorganizar el Estado conforme a un modelo federal, y que ahora no sólo se ponen al frente de la manifestación contraria sino que descalifican y adjetivan del peor modo a quienes se limitan a defender los criterios que ellos consideraban fundamentalísimos apenas hace unos años.
¿Que no merecen condena por haber cambiado? No por el hecho mismo de haber cambiado, pero sí por haberlo hecho así.
Javier Ortiz. El que cambia y cómo cambia. Apuntes del natural. 19 de diciembre de 2005.
Este apunte se lo dedicamos a Paul Rios, coordinador de Lokarri (sucesora de Elkarri, a la que otro día le dedicaremos otro jamaica). La dedicatoria tiene que ver con el artículo Los conversos a la cola, frase que cita Javier en el apunte superior.
Si nuestras cuentas no fallan, hoy publicamos el recuerdo número 150 y le ha tocado a Manuel Mazón aparecer en la sección cuando se cumple tal número redondo de textos de homenaje. Gracias, Manuel.
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