De todas las muertes que se han producido en los últimos días -de las que he tenido noticia- la que más me ha impresionado es la de don José Quiroga López. No sabía que se apellidara así. Regentaba una tienda de frutos secos y chuches enfrente de mi casa, en el barrio de Ventas, en Madrid.
La calle en la que vivo tiene dos aceras, como casi todas las calles. Pero en nuestro caso las dos aceras no marcan sólo la existencia de un lado derecho y un lado izquierdo, según se mire, sino también la frontera entre la parte bien y la parte más modesta, las más castiza y, hoy en día, también la más cosmopolita de nuestro barrio. De un lado, las casas nuevas, con grandes ventanas e imponentes galerías. Del otro, las típicas de ladrillo visto, con balconcillos llenos de tiestos y cachivaches. La tienda de don José estaba de ese lado.
Solía visitarla para comprar patatas fritas, almendras, pipas con sal y gajos de naranja y limón, mayormente. Aprovechaba para charlar un rato con él. Tenía un conocimiento enciclopédico del barrio. Seguro que se sabía toneladas de maldades de todo pichichi, pero nunca hablaba mal de nadie. Me fascinaba la paciencia con la que atendía a los críos, que entraban en su local con cuatro perras y querían comprar un poco de todo. Les sonreía sin pizca de malicia y les aconsejaba con aire de experto, cómplice de sus gustos: «Casi coge dos de éstos y uno de estos otros, y así tienes para pillar este chicle, que es buenísimo». Y los chavalines, lo mismo los oriundos de Ventas que los venidos del Ecuador, se dejaban aconsejar por él, porque sabían que les hablaba un entendido.
Tiempo ha, un día me preguntó:
-Y usted ¿a qué se dedica?
-Escribo -le respondí.
-Ah, ¿sí? ¿Y qué escribe? -se interesó.
-Soy periodista -suspiré mirando hacia la calle, a través del escaparate.
-¡Vaya por Dios! -dijo el buen hombre.
Y cambió de tema. Se lo agradecí. Hace un par de semanas entré a comprarle pipas con sal, porque con tanto fútbol se me estaban agotando las existencias, y le vi con unas bolitas de algodón en los agujeros de la nariz. Me explicó que estaba fastidiado porque sangraba espontáneamente, sin razón aparente.
-Hipertensión, tal vez -le dije, por decir algo.
-Algo así.
No era tan mayor.
Anteayer me acerqué para comprarle patatas fritas -él sabía con qué cantidad de sal me gustan- y me encontré con que la tienda tenía la persiana echada. Y sobre la persiana, un cartelito: «Cerrado por el fallecimiento de José Quiroga López».
Entré en la farmacia de al lado.
-¿Es Pepe el que ha muerto?
-Sí, el pobre. Una pancreatitis.
Me quedé hecho polvo. Pepe. ¿Y por qué él? Karol Wojtyla no formaba parte de mi vida. Rainiero de Mónaco, aún menos (o igual, no sé). Pero José Quiroga López -Pepe, el de los frutos secos-, sí. Lo que más lamento en no haberle dicho nunca que me parecía un tipo estupendo.
Javier Ortiz. Don José Quiroga López. El Mundo. 9 de abril de 2005.
Este artículo de Javier lo traemos hoy porque el domingo, 14 de febrero, publicaron en El Mundo una carta al director escrita por Mª Isabel Quiroga y que subimos hoy a la sección de Recuerdos. Se titula En recuerdo de Javier Ortiz. Muchas gracias, Mª Isabel.
Comentarios
Remitente: Belén.2010/02/16 17:08:40.174 GMT+1
http://www.elportaldebelen.info
Un abrazo.
Remitente: PWJO.2010/02/17 00:31:47.500 GMT+1
Remitente: xose.2010/02/27 16:42:19.394 GMT+1