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2009/06/05 06:00:00 GMT+2

Compañeros de rejas

Me tocó en mis años mozos pasar varias veces por la cárcel. Varias veces y por cárceles varias.

En las más populosas, los presos políticos vivíamos separados de los reclusos comunes (acusados de delitos de Derecho común). Teníamos algún trato con ellos, pero esporádico y superficial. En cambio, en las cárceles pequeñas, en las que apenas había presos políticos, la relación era constante.

Recuerdo mi paso por la cárcel de Girona, con capacidad para unos 80 presos. Estuve en ella unos cuatro meses, en 1974. Allí sólo había dos políticos: Xavier Corominas Mainegre, sindicalista de la papelera Torras al que trincaron por tratar de organizar una huelga –con el paso de los años sería alcalde de su pueblo, Salt, famoso por sus fuets– y yo. Siempre estábamos juntos, como es lógico, pero también teníamos relación con algunos presos comunes. Sobre todo con dos. Uno era un belga entrado en años –seguramente más joven que yo ahora–, de físico mínimo, ex jockey de carreras y más tarde crítico de hípica, al que habían cogido cuando trataba de atravesar la frontera con una buena carga de hachís. Se me pegaba como una lapa porque no sabía una jota de castellano y conmigo tenía la oportunidad de dar rienda suelta a su amargura. Todos sus conocidos lo habían abandonado y no tenía ni para pagarse una cerveza, pero era muy orgulloso y no permitía que lo invitáramos más que de ciento en viento. Xavier y yo decidimos encargar que le enviaran giros postales desde la calle, como si fueran de algún amigo suyo. Cuando recibía el dinero de alguno de aquellos giros, venía muy contento y nos llevaba a la cantina a tomar unos botellines.

El otro era un gerundense culto e inteligente, de físico parecido al de Paco Rabal, que había trabajado como recepcionista en un hotel de la Costa Brava y que, harto de que no le pagaran su sueldo, una noche afanó el contenido de la caja de caudales –unas 200.000 pesetas, me parece recordar– y se marchó a América, con la mala suerte de que allí lo localizaron y lo extraditaron. Era un excelente jugador de ajedrez. Lo condenaron a 11 años.

Corominas, el belga, el ex recepcionista y yo formábamos una especie de pandilla. Nos tratábamos con mucha consideración. En esas situaciones se establecen lazos muy fuertes.

Lo cual no quiere decir que simpatizara con el tráfico de drogas, ni que planeara dedicarme a robar las cajas de caudales de los sitios en los que trabajara en el futuro.

Cuando leo ahora artículos de prensa en los que se especula con la posibilidad de que ETA tenga vínculos con el terrorismo islámico porque presos de la una y del otro han mantenido buenas relaciones en tal o cual cárcel, me entra la risa. No tiene nada que ver. Lo más probable es que se acercaran los unos a los otros porque buscaban a alguien con quien hablar de asuntos que fueran más allá de la cárcel, el fútbol y las tías buenas. O por mera curiosidad. Tratándose de cárceles pequeñas, estaban condenados –nunca mejor dicho– a alcanzar un cierto grado de entendimiento mutuo.

Para mí que los que escriben esos artículos no han estado nunca en la cárcel ni saben cómo funcionan. Eso que salen ganando, desde luego. Pero deberían enterarse antes de escribir, más que nada para no hacer el ridículo.

Javier Ortiz. Compañeros de rejas. Apuntes del Natural. 9 de octubre de 2004.

El recuerdo que hoy resaltamos es, precisamente, de uno de estos compañeros de rejas: concretamente, de Xavier Corominas. Moltes gràcies.

Remitente: ortiz el jamaiquino.2009/06/05 06:00:00 GMT+2
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