Radio Nacional de España ha concedido su premio Especial «El Ojo Crítico» al arquitecto Santiago Calatrava. Creo que fue Fermín Bocos quien, al anunciarlo, afirmó que Calatrava es «sin duda el mejor arquitecto español actual».
Me fastidian los que emiten un juicio de valor -el que sea, sobre lo que sea- y añaden que su apreciación es correcta «sin duda». ¿Han preguntado a todo el mundo para confirmar que nadie opina otra cosa o que, caso de ver el asunto de modo distinto, desbarra como un lelo?
En este caso, en concreto, no estoy nada de acuerdo. A mí la arquitectura de Calatrava no me gusta. Y no porque las formas estéticas que elige me desagraden (que también, pero ya se sabe que sobre gustos no hay nada escrito, salvo que hay gustos que merecen palos), sino porque creo que incumple el primer mandamiento de toda construcción arquitectónica: ser útil a quien debe servirse de ella.
Me toca convivir con cierta frecuencia con dos obras de Calatrava, ambas en Bilbao. Una es el puente de Zubi-Zuri, sobre la ría, a la altura del Paseo de Volantín. Su peculiaridad más interesante es que, en cuanto caen dos gotas de lluvia -cosa no del todo infrecuente en Bilbao- se convierte en una estupenda pista de patinaje, gracias a su suelo de vidrio. El listo de Calatrava creyó que él resolvía ese inconveniente dando al vidrio una pintura antideslizante transparente. Pero la pintura en cuestión, que ignoro si recién dada es antideslizante, deja de serlo echando mixtos. Admito que el arquitecto tuvo la prudencia, digna de loa, de poner barandilla a su puente, de modo que puedes recorrerlo bien agarrado, con lo cual no te caes muchas veces y, caso de caerte, no te precipitas a la ría. Pero ese detalle, con ser importante, no justifica un premio de tanto ringorrango.
El otro engendro de Calatrava con el que convivo casi todas las semanas es el aeropuerto de Loiu. No me entretendré quejándome de minucias tales como que el techo presenta goteras -¿qué culpa tiene él de la fijación de Bilbao por la lluvia?- y me concentraré en lo esencial: a don Santiago no se le ocurrió la posibilidad de que los aviones con salida y llegada en Bilbao sufrieran atrasos, por lo que diseñó unos asientos para las salas de espera que es imposible utilizar durante más de diez minutos sin que el culo del usuario/a empiece a cobrar una coloración amoratada característica de los potros de tortura. Por supuesto carecen de nada en lo que apoyar los brazos y el respaldo es de una rigidez que compite ventajosamente con las opiniones de Ángel Acebes.
Tal vez mis criterios sobre arquitectura sean injustos. Es posible que conceda demasiada importancia a la utilidad social de las obras. Pero no creo que mi punto de vista sea rotundamente descartable. Me permito reclamar que un puente sirva para pasar de una orilla a otra sin jugarse el tipo. Y que el mobiliario de una sala de espera ayude a esperar sin desesperar del todo.
Lo que más me llama la atención es que el premio que le han concedido a este señor se llame "El Ojo Crítico". No me imagino qué habría podido ocurrir si en vez de crítico el ojo en cuestión hubiera sido papanatas.
Javier Ortiz. Calatrava y la arquitectura. Apuntes del natural. 25 de noviembre de 2005.
Raimundo Fitero escribió en su día Impropio y lo hemos traído hoy a nuestra sección de Recuerdos. Eskerrik asko, Raimundo.
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