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2008/06/02 10:03:2.519000 GMT+1

Días de las Fuerzas Armadas: la soñada normalidad

            Varias son las reflexiones que la celebración del Día de las Fuerzas Armadas en España es capaz de suscitar en los medios de comunicación de nuestro país. De hecho, esa multiplicidad se observa en los no muy abundantes comentarios que precedieron a los actos del domingo, y, en especial, al que tuvo lugar en Zaragoza, presidido por el Rey. A modo de inciso, cabe constatar que la poca expectación despertada por el evento es ya en sí muy significativa: la vieja “cuestión militar” que castigó a España durante una larga época de su historia ha dejado de preocupar a los españoles, y los ejércitos no son hoy motivo de inquietud en su vida cotidiana.

            En un breve repaso de lo publicado estos días se constata la tendencia a resaltar aspectos que van desde las nuevas funciones de los ejércitos en misiones internacionales, hasta los procesos legislativos inconclusos, que deberían conformar el conjunto de los derechos y deberes de los miembros de las FFAA, adaptados a las peculiaridades de la época actual. Nada, en suma, que no pudiera decirse también de otros estamentos oficiales al servicio de España. Algunas cuestiones más específicas, como la frecuente presencia oficial de los ejércitos en actos eclesiásticos, contraviniendo la neutralidad del Estado ante las religiones, son de aplicación a otros ámbitos de la estructura estatal, como se ha podido comprobar con la discusión abierta sobre la presencia de ciertos símbolos en actos de toma de posesión de funcionarios del Estado.

            Son también objeto de comentario algunos aspectos relacionados con las actividades de la nueva ministra de Defensa, aunque aquí es más usual quedarse en la superficie de lo anecdótico y olvidar la importancia de un hecho tan innovador, que pone a España en una elogiable vanguardia a la hora de equiparar entre sí a hombres y mujeres en lo relativo a sus capacidades ejecutivas y responsabilidades políticas.

            Un veterano militar ya retirado, como el que firma estas líneas, que desarrolló su andadura profesional en la segunda mitad del pasado siglo, tiene por fuerza que poner de relieve otros aspectos de la evolución de los ejércitos en España. Valga para ello el recuerdo de dos experiencias personales separadas entre sí casi tres decenios.

            En el verano de 1954, siendo alférez alumno de la segoviana Academia de Artillería a punto de terminar los estudios, por mi rendimiento escolar en el curso precedente fui premiado con un mes de estancia en un hotel de la costa meridional de Gran Bretaña, para mejorar mi embrionario inglés. Cuando tomé contacto con algunas personas que residían en el mismo hotel y éstas supieron de mi condición de militar, nunca olvidaré la expresión en sus rostros cuando me decían: “¡Ah…! Así que es usted un militar de Franco…”. Creo que mi abuela no hubiera mirado de otro modo si le hubieran presentado, de sopetón, a un militar ruso de entonces, a quien hubiera considerado al servicio personal de Stalin.

            Militar de Franco: ésa era su idea. Yo me tenía por militar español, como otros podían ser militares ingleses o franceses. Pero los ojos extranjeros que me observaban no me veían así. Hubiera esperado, incluso, alguna alusión a la Historia, como militar de un país que en el pasado tan negativamente había influido en el destino de la monarquía británica, y no me hubiera chocado algún comentario sobre la Armada Invencible o Felipe II. Nada de eso. Vistos por aquellos civilizados británicos, ciudadanos de un país que entonces se nos aparecía a los españoles como de un nivel casi inalcanzable, los militares españoles éramos simplemente “de Franco”.

            Un salto en el tiempo. En la primavera de 1981 participé en una reunión con militares de la OTAN en una base aérea próxima a Venecia. Mi inglés había mejorado mucho desde aquel verano en la costa de Sussex, pero me vi en grandes aprietos para intentar explicar a mis colegas europeos el espectáculo televisivo que unos meses antes se había producido en el hemiciclo del Parlamento español. Si para describir las prendas del uniforme ostentado por el cabecilla de los golpistas no tuve dificultad en usar la versión inglesa de tricornio (three-cornered hat), bastante más difícil fue verter al idioma franco de la OTAN la breve y punzante expresión “¡se sienten, coño!”, que resonó en el sanctasanctórum de la política nacional. De mis anteriores convivencias con militares estadounidenses extraje los recuerdos necesarios sobre interjecciones técnicas, para explicar aquella vergonzosa anomalía militar con la que España obsequió al mundo el 23 de febrero de 1981.

            Ésta es, pues, la reflexión esencial que creo útil aportar: las Fuerzas Armadas españolas son hoy, por fin, un instrumento del Estado español, homologables a todos los efectos con cualesquiera otras de los países civilizados con los que nos relacionamos. Ni son el soporte de una dictadura personal ni se sienten obligadas a torcer el destino que el pueblo español quiera darse a sí mismo cuando no les gusta. Hemos alcanzado, por tanto, la soñada normalidad que tan difícil parecía años atrás.

 

Publicado en Estrella Digital el 2 de junio de 2008

Escrito por: alberto_piris.2008/06/02 10:03:2.519000 GMT+1
Etiquetas: ejércitos españa golpismo | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

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