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2002/04/27 06:00:00 GMT+2

Un lepenismo de rostro humano

¿Es Le Pen un mal en sí? Quiero decir: ¿lo es él, por nombre Jean-Marie, con su pasado colonial, sus chanzas de mal gusto, su ex faltona, su ojo de cristal y sus discursos de retórica ampulosa? Tal parece.

A mí, el señor Le Pen me parece abominable, por supuesto. Pero como tantos otros. Su persona -porque de su persona estoy hablando- no me suscita una repulsión cualitativamente más aguda o visceral que la de muchos otros políticos. Probablemente porque lo absoluto no admite grados.

Pero a muchos otros se ve que sí.

Me preocupa que la xenofobia anti árabe de Le Pen atraiga muchos votos en Francia. Pero no porque se los lleve el señor Le Pen, sino por sí mismos, porque existen, porque reflejan que gana adeptos el rechazo violento de la inmigración. Pero hete aquí que bastantes políticos y no pocos analistas reflexionan en voz alta y dicen: «Si no queremos que Le Pen capitalice ese estado de ánimo social en auge, hagámonos nosotros eco de él, atendámoslo». Y proponen endurecer las leyes de inmigración y urbanizar más la presencia de los inmigrantes, de modo que su marginalidad social incomode menos a la población autóctona. O sea que, para que Le Pen no progrese, lo que pretenden es que los políticos «del sistema» apliquen su programa. Con mejores modos, más finamente. Pero con la misma voluntad y el mismo espíritu genuinamente xenófobo. Una especie de lepenismo sin Le Pen. Un lepenismo de rostro humano.

Invierten los términos del problema real. Lo preocupante no es que exista un señor como Le Pen, sino que un señor como Le Pen pueda convertirse en representativo de un amplio sector de la sociedad francesa. Emprenderla contra la expresión política del problema sólo tiene sentido si, simultáneamente, se afronta la necesidad de resolver el problema. Pero manifestarse contra él y, a la vez, defender una aplicación vergonzante de sus recetas no pasa de ser un engañabobos.

Es este modo de encarar la cuestión el que permite entender por qué en España no ha surgido un partido como el de Le Pen. Y por qué los intentos de ponerlo en marcha -Blas Piñar, Gil y Gil- han fracasado estrepitosamente. ¿Acaso no hay aquí una ultraderecha sociológica relativamente amplia? Claro que la hay. Pero no siente la necesidad perentoria de tener un partido específico: en lo esencial, el PP ya atiende sus reivindicaciones más sentidas.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (27 de abril de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de abril de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/04/27 06:00:00 GMT+2
Etiquetas: 2002 diario | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

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