«El Mundo» me pidió ayer, para su sección de debate “En la Red”, que contestara a la pregunta: “¿Es usted partidario de que las tropas españolas participen en la fase terrestre de la guerra de Afganistán?”. Ésta fue mi respuesta.
En los finales de la década de los 60 –en pleno franquismo todavía–, vi en una pared de Barcelona una pintada anónima que decía: Volem bisbes catalans! («¡Queremos obispos catalanes!»). Al día siguiente, me encontré con que otra mano no menos anónima había rectificado la pintada, tachando el catalans y añadiendo un «no» por delante. No volem bisbes! era lo que quedaba.
Podría responder a la pregunta que suscita este debate de un modo semejante: puesto que estoy en contra de esa guerra, no soy partidario de que acudan a ella tropas de ningún país. Ni de España, ni de Gran Bretaña, ni de EEUU. Ni siquiera de Afganistán. Negada la mayor, todo lo demás va de suyo.
Pero es que, en este caso, tengo razones suplementarias con las que reforzar mi negativa.
En primer lugar, España no puede enviar tropas a esa guerra porque no está en guerra. Para que España pueda entrar en guerra, tiene que empezar por declararla. Lo cual requiere de una autorización expresa de las Cortes Generales y de la firma del Rey, según el artículo 63.3 de la Constitución Española. (No faltará quien diga que eso es un mero formalismo. Habrá que responderle que el Estado de Derecho se caracteriza, entre otras cosas, por su escrupuloso respeto de las formas.)
En segundo lugar, España no debe enviar tropas a Afganistán porque no hacen falta para nada. Frente a las paupérrimas fuerzas armadas del Estado talibán, el ejército de los EEUU se basta y se sobra. El Pentágono está en condiciones de derrotarlas sin mayor dificultad. Otra cosa es lo que se encuentre una vez finalizada la fase convencional de la guerra, si quiere quedarse sobre el terreno, como hizo en su día la URSS, a administrar su victoria. Pero no veo qué puede ganar España entrando a formar parte de un ejército de ocupación.
La participación de tropas españolas en esa guerra sólo tendría un valor simbólico. Pues bien: ese valor simbólico constituye precisamente una tercera razón, y bien poderosa, para no asumir un compromiso de tal naturaleza. España no tiene interés alguno en significarse como enemigo de primera línea del integrismo islámico. De hacerlo, pasaría a formar parte de sus blancos preferentes.
En las últimas semanas, a propósito del hipotético peligro de guerra bacteriológica, varios ministros de Aznar han tratado de tranquilizar a la población insistiendo en que España no es objetivo prioritario del terrorismo integrista. ¿Qué quieren, que pase a serlo?
Reflexión sobre un titular.– En una entrevista publicada hoy en El Mundo, se puede leer esta afirmación del vicepresidente y ministro del Interior, Mariano Rajoy: «Lo que desde luego se puede afirmar, porque está absolutamente probado, es que ETA durante mucho tiempo se entrenó en algunos países donde entrenaban también terroristas islámicos» (El subrayado es mío).
En la primera página del periódico leemos el siguiente titular: «Mariano Rajoy: “Está probado que ETA se entrenó con terroristas islámicos”».
¿Recoge fielmente ese titular lo manifestado por Rajoy? ¿Entrenarse «en el mismo país» es lo mismo que «entrenarse con»? Si así fuera, y dado que ETA también se ha entrenado en el Pirineo, cabría titular: «Está probado que ETA se entrenó con gendarmes franceses».
Activistas de ETA se entrenaron en tiempos –eso está publicadísimo desde hace años– en bases del Líbano controladas por organizaciones palestinas... laicas. En otras bases, también del Líbano, activistas islámicos se entrenaban con organizaciones palestinas musulmanas. Mezclar ambas cosas invita a la confusión. Pero todo sea por dar a entender que ETA y Ben Laden son uña y carne.
Javier Ortiz. Un doble no. Diario de un resentido social. 21 de octubre de 2001.
Apunte dedicado a Malalai Joya, activista afgana que anda estos días por estas tierras.
El recuerdo de hoy es de la gente de Irrintzika. Eskerrik asko.
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