La realidad de la tortura me impresiona desde muy joven.
En los años del franquismo, e incluso en los de la Transición, fui detenido bastantes veces, pero sólo en una ocasión –bueno, en ocasión y media– me sometieron a tratos de violencia física importante.
La media fue en agosto de 1968, en la comisaría de San Sebastián, cuando a un cabo de la Policía Armada le tocó las narices que le dijera a un detenido al que subían a interrogar: “¡Ánimo! ¡Resiste!”. Me sacó de la celda y me dio un repaso allí mismo. Nada del otro jueves. En pocos minutos se dio por satisfecho.
La otra fue más complicada. Eran ya tiempos de la tan celebrada Transición, Martín Villa ejercía de ministro de la Gobernación y me detuvieron a la salida de una reunión de la Comisión Ejecutiva de Coordinación Democrática, que era el organismo supuestamente unitario de la oposición al franquismo.
Esa vez las cosas se complicaron más. Decidieron someterme a la legislación antiterrorista y me tuvieron cinco días en los locales de la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol, en Madrid. En esa ocasión se aplicaron a conciencia. Me pegaron todo lo que les vino en gana. Me hicieron una buena brecha en la mandíbula –culpa de un anillo hortera que llevaba uno de los policías– y me dejaron hematomas y contusiones por todo el cuerpo. (Aunque me esté feo presumir, he de decir que salí a los cinco días, gracias a la intercesión de los entonces fiscales y buenos amigos José Antonio Martín Pallín y Jesús Vicente Chamorro, sin haber declarado ni siquiera mi domicilio, si bien notablemente perjudicado, con no pocos puntos de sutura y la ropa hecha una calamidad, por culpa de la sangre).
Cuento esto para que os hagáis cargo de que, cuando hablo de malos tratos policiales, no abordo un problema teórico y lejano, sino algo que llevo muy metido en mi memoria y en mi resentimiento. De hecho, la única incursión que he hecho en el mundo del teatro en tanto que autor fue una pieza, francamente desagradable, titulada José K, torturado, que me encargó un productor amigo y que nunca se ha podido estrenar, porque ningún empresario se ha atrevido a asumir el riesgo.
Todo esto puede permitiros haceros una idea de por qué me tomo tan a pecho las noticias que huelen a tortura a diez kilómetros.
Javier Ortiz. Torturas kilométricas. Apuntes del natural. 9 de enero de 2008.
Comentarios
Al hilo de la actualidad del reino, ¡y desde Jamaica! ¡Qué arte de pwjo! Eskerrik asko.
Remitente: alargaor.2010/01/12 14:20:11.070 GMT+1
http:minombre.es/alargaor
Remitente: manumenorca.2010/01/12 18:48:09.743 GMT+1