Inicio | Textos de Ortiz | Voces amigas

1994/10/08 07:00:00 GMT+2

San Torcuato

Los adoradores de nuestra «ejemplar transición» nos tenían acostumbrados al ditirambo hagiográfico de los dos grandes «motores del cambio»: el Rey y Adolfo Suárez. Ahora, con motivo de una recientísima tesis docto-filial, se nos informa de la inminente canonización de otro «gran español» y gran «hombre de Estado»: Torcuato Fernández Miranda. Se ve que don Torcuato fue tan providencial como los otros dos, y que España, ingrata, estaba cometiendo la cruel injusticia de no apreciarlo suficientemente.

Por lo que cuentan, los méritos inmarcesibles del señor Fernández Miranda fueron básicamente tres:

1º) Fue él quien, apoyándose muy astutamente en el apartado tal del artículo cual de no sé qué Ley Fundamental -fundamental para Franco, mayormente-, persuadió al entonces príncipe de España de que podía jurar total fidelidad a los principios del Movimiento sin que eso le comprometiera a respetarlos. Algo realmente admirable.

2º) A su brillantísima mente de jurista se debió el «diseño» de la singular taumaturgia consistente en sacar el régimen parlamentario de las entrañas mismas de la legalidad fascio-franquista; y

3º) Fue él, y sólo él, quien se dio cuenta de que Adolfo Suárez era el político más adecuado para encabezar el proceso de la reforma, y quien convenció al Rey de que debía asignar ese papel al de Cebreros.

O sea, que don Torcuato fue una bendición del cielo. Todo un fundador de la democracia.

Y yo, pobre de mí, sin saberlo. Se ve que me dejo atrapar por los detalles, por la anécdota de la Historia, y que eso me incapacita para captar su lado esencial y sublime.

Por ejemplo: yo recordaba que Fernández Miranda, tras un paso arrollador por los ministerios de Educación y Trabajo, fue nombrado secretario general del Movimiento en 1969, con lo que se convirtió en jefe máximo del partido único de Franco. Según leo ahora, para esas fechas ya estaba «diseñando» la democracia. Pero lo disimuló estupendamente, lanzando unas arengas fascistas de aquí te espero. En 1973, Franco lo nombró vicepresidente del Gobierno. Eso le permitió disimular aún mejor su alma de demócrata. Su aprobación de la ejecución mediante garrote vil del anarquista Salvador Puig Antich fue, en esa línea, una pieza maestra del disimulo. ¡Qué hábil demócrata fue él, y qué rematadamente torpes los que nos opusimos de frente a la dictadura, en vez de estar en la nómina del Caudillo y estudiar cómo «diseñar» la democracia a partir del escrupuloso respeto de la legalidad franquista!

Y es que fuimos víctimas de un espejismo: pensamos que entre la democracia y el fascismo había un abismo insalvable. Y no. Fernández Miranda ideó un puente gracias al cual los fascistas pudieron pasar a dárselas de demócratas y algunos supuestos demócratas descubrir su verdadera alma de fascistas.

Loado sea. ¡Qué gran español! ¡Qué gran hombre de Estado!

Javier Ortiz. El Mundo (8 de octubre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de octubre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/10/08 07:00:00 GMT+2
Etiquetas: 1994 suárez transición preantología monarquía democracia puig_antich fernández_miranda franquismo torcuato el_mundo | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

Comentar





Por favor responde a esta pregunta para añadir tu comentario
Color del caballo blanco de Santiago? (todo en minúsculas)