Hay, sin embargo, frente a éste, otro modo de considerar la victoria de la reforma sobre la ruptura, al que no veo mayor interés. Me estoy refiriendo a las especulaciones que suelen hacerse a veces, tratando de establecer qué habría podido ocurrir si la "oposición moderada", en lugar de sustentar la reforma política, se hubiera mantenido en posiciones rupturistas. ¿Habría llegado realmente la ruptura? ¿Se habría producido, por el contrario, un golpe de Estado militar, con el consiguiente regreso al fascismo descarnado?
Mi criterio es que tales especulaciones son perfectamente ociosas, porque ninguno de los actores que intervinieron en aquel drama se salió del papel que tenía asignado.
La "oposición moderada", con el PSOE como portaestandarte, no traicionó nada. Sólo sus palabras. El problema no es real: es exclusivo de quien se creyera esas palabras. La dirección del PSOE no trabajó nunca para forzar la ruptura. Naturalmente que, si se la hubieran regalado, la habría tomado. Pero no estaba dispuesta a sacrificar nada para lograrla. Su objetivo central, y casi único, aquel al que no estaba dispuesta a renunciar bajo ningún concepto, era el de situarse en condiciones de acceder al Poder. En cuanto comprendió que podía alcanzarlo por la vía de la reforma, apostó por ella. Tanto más cuanto que eso le permitía tomar ventaja sobre otros posibles competidores -en particular el PCE- y llevar las aguas hacia un terreno en el que los radicalismos tuvieran escaso o nulo porvenir.
¿Habría podido la dirección del PCE haber cambiado el curso de las cosas, rompiendo con el PSOE y encabezando la causa de la ruptura? Tampoco. Eso habría contradicho toda su trayectoria, encaminada a abrirse un hueco en la nueva "clase política". Que la opción del PCE estuviera abocada a volverse contra el propio PCE a medio plazo no cambia las cosas en nada. José Ramón Recalde, a la sazón dirigente del FLP y hoy alto cargo del PSOE en Euskadi, dijo: "Carrillo se las da de lobo vestido con piel de cordero. El día en que se quite la piel, se descubrirá que debajo sólo hay un cordero despellejado". Fue profético. Ha sido necesario que el PCE hiciera la dolorosa travesía del desierto que ha sufrido en los últimos quince años para que a su frente pudiera aparecer un dirigente como Julio Anguita: alguien que parece -digo que parece- que actúa movido por principios que no empiezan y acaban en la ambición de Poder.
Tampoco las fuerzas herederas del franquismo hicïeron nada, al fin y a la postre, que no resultara inevitable. ¿Que Suárez tuvo la habilidad de sortear obstáculos difíciles? ¿Que toreó a estos personajes reçalcitrantes, que engañó a aquellos otros, que llevó a los de más allá a hacerse un semi-harakiri? Cierto. Pero, como ha quedado dicho, una España revestida de los signos exteriores del fascismo tenía mal entronque en la Europa que estaba tomando cuerpo en aquellas fechas. El Estado español no podía seguir navegando en solitario en tan agitados mares. De un modo o de otro, necesitaba "homologarse". Lo hizo de aquella manera. Si no, lo habría tenido que hacer de otra, probablemente no muy diferente.
La ruptura sólo fue realidad en las esperanzas de los grupos radicales y de una parte de la población española. Lo que ocurrió ocurrió porque era lógico que ocurriera. Con aquellos mimbres era casi imposible tejer otro tipo de cesto. Las gentes sin principios promueven pactos sin principios y hechos sin principios.
Lo que parece conducirnos naturalmente a otra pregunta: si era inevitable, ¿qué sentido tenía oponerse a ello? Porque algunos lo hicieron. Lo hicimos. ¿No era un esfuerzo inútil?
Justamente: no. Sólo quien concibe la política en términos de cuotas de Poder, como ambición mezquina, puede razonar así, al modo de esos que hoy repiten sin parar que "los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía".
Las conciencias individuales y las líneas de los partidos políticos no pueden -digamos mejor que no deberían- funcionar como las marcas comerciales. El que fabrica un producto que apenas nadie compra, más vale que piense en fabricar otro. Pero, en la vida política, uno debe defender lo que cree que es justo, con independencia de que eso le lleve al éxito o no. El triunfo de la reforma y el fracaso de la ruptura podían ser inevitables, pero ello no hacía obligatorio ponerse a favor de la corriente. Ouizá la defensa de causas imposibles conduzca a la melancolía. Lo que es seguro es que la falta de principios conduce a la amoralidad y a la desvergüenza.
En todo caso, conviene no perder de vista que los actores de esa tragicomedia que fue la transición no representaron la obra que les vino en gana. Fueron agentes de una modernización política que vino determinada por cambios fundamentales en la estructura económica de España, los cuales, a su vez, dieron origen a una estructura social sustancialmente diferente de aquella que, mal que bien, pudo coexistir con el franquismo.
Javier Ortiz. Segunda parte del quinto punto de la conferencia Tal fuimos, tal somos, pronunciada en julio de 1994 en Maspalomas (Gran Canaria).
El recuerdo de hoy es de nuestra voz amiga Samuel. Gracias.
Envía un comentario