Para que una sociedad "funcione", es necesario que la generalidad de sus individuos interiorice un conjunto de reglas de conducta, consideradas imperativas y esenciales tanto para la propia convivencia como para la satisfacción del individuo. En los regímenes de democracia parlamentaria, esas reglas suelen presentar ciertos rasgos comunes. Es habitual considerar que resulta lícito obtener beneficio en los negocios legales, pero reprobable enriquecerse ilegalmente. Se entiende que todo servidor público tiene que respetar los derechos y libertades ciudadanas porque es, a fin de cuentas, un asalariado de la colectividad. Se presupone que la actividad política ha de estar regida por normas de moralidad estricta. En cuanto al político profesional, se da por hecho que está en su cargo para hacerlo bien: si los hechos dejan flagrantemente al descubierto su incompetencia, debe volverse a su casa. No digo que esas reglas sean respetadas masivamente, pero sí que hacen las veces de tótems de la conciencia colectiva, de modo que cuando un individuo -y no digamos nada si se trata de un político- es cogido en falta, la colectividad se escandaliza y reclama su castigo. Eso es lo que explica cuán frecuentes son las dimisiones de personajes públicos en los países "de nuestro entorno". Y aclara también la razón de algo que en otros países se produce de vez en cuando y que aquí nos parece propio de extraterrestres: que algunos políticos implicados en escándalos de corrupción opten por el suicidio. Se debe a que son conscientes de que, a partir de ese momento, la sociedad los considera malditos.
En España, las únicas reglas formales de conducta que existían eran las del nacional-catolicismo. Inadaptadas a la nueva realidad colectiva, pasaron al plano de lo privado, donde cada cual hizo con ellas lo que buena o malamente le vino en gana. No fueron sustituidas por ningunas otras. La democracia española no ha generado su propio código ético colectivo, así sea igual de formalista que el del resto de las sociedades con las que convivimos.
La nuestra es una sociedad que, por descreída, no cree ni en sí misma. Las encuestas muestran que tenemos una opinión paupérrima sobre nosotros mismos y sobre nuestras posibilidades como colectividad. El prestigio de las instituciones está bajo mínimos. Sobre los políticos profesionales pesa la sospecha de que todos son corruptos, mientras no se demuestre lo contrario.
He dicho y repetido -me temo que hasta la saciedad- que esta situación se explica por dos factores: el miedo y la doble moral. Entiendo que sólo nos será posible quebrarla y salir de ella en la medida en que consigamos dinamitar esos dos pilares constitutivos de nuestra realidad.
Javier Ortiz. Primera parte del séptimo y último punto de la conferencia Tal fuimos, tal somos, pronunciada en julio de 1994 en Maspalomas (Gran Canaria).
Durante los fines de semana de julio y agosto, no pondremos recuerdos. Esperamos que lo entendáis. Hay que guardar fuerzas.
Comentarios
Aprovecho para agradeceros el esfuerzo a todos los que mantenéis viva la página de Javier.
Para quienes desde hace muchos años empezamos el día abriendo "javierortiz.net" es un lujo poder seguir haciéndolo y encontrar cada día uno de sus comentarios agudos y precisos. Y muchas veces, tan sorprendentemente actuales.
Es una muy hermosa manera de mantenerlo "vivo".
De nuevo, gracias, eskerrik asko, gràcies, grazas.
Remitente: Fleya.2009/07/11 11:22:10.863 GMT+2
Remitente: PWJO.2009/07/11 13:52:07.106 GMT+2
De entre todo lo que escribió Javier, muy posiblemente esta conferencia es lo que más me haya gustado. Es un texto no muy largo pero probablemente el mejor análisis de esta época que haya yo leído.
El otro día cuando lo leí por primera vez escribí un pequeño comentario en mi blog, me gustaría que quede aquí también reseñado.
http://pensaluzdia.blogspot.com/2009/06/tal-fuimos-tal-somos.html
Remitente: Andrés 2.0.2009/07/13 00:56:03.028 GMT+2
http://pensaluzdia.blogspot.com
Remitente: PWJO.2009/07/13 12:28:23.213 GMT+2