Negociar no es ningún crimen. Tampoco nada que sea específicamente bello. Depende de lo que se negocia, de cómo se negocia y, sobre todo, de lo que cada cual obtiene y cede en la negociación, es decir, del acuerdo al que se llega, en el caso de que se llegue a alguno.
Hay ocasiones en que negociar se vuelve casi imprescindible. Por ejemplo, cuando uno ha emprendido una guerra y ha sido derrotado. Entonces negocia para no perderlo todo. O para perderlo sólo como bando, sin obligar a quienes han participado en la lucha a perderlo también personalmente. Este tipo de negociación, como digo, es casi imprescindible.
Pero sólo casi. Hay ejemplos históricos de derrotados militarmente que prefirieron no firmar la rendición, aun a costa de sus vidas, como modo de transformar la derrota militar en una victoria moral. Es el caso mítico de los esclavos romanos que dirigió Espartaco. Y es el caso, más próximo, de los Federados de la Comuna de París. Perdieron su vida, pero sólo su vida. Pasados los años, parece claro que no fueron ellos quienes salieron más derrotados en aquellas batallas: la memoria de Espartaco y los suyos sigue despertando admiración, así sea gracias a Stanley Kubrick y Kirk Douglas. En cuanto a los Federados, yo les invito a ustedes a visitar el cementerio del Père Lachaise, en París: el muro contra el que murieron los Federados sigue estando lleno de flores, en tanto el panteón de su verdugo, Thiers, tiene en sus paredes el testimonio de lo único para lo que los visitantes se detienen ante él: el musgo de la orina.
En el extremo contrario de las peculiaridades humanas se sitúa la actual ETA, que ha convertido la negociación en un fin en sí mismo. Una y otra vez, los responsables de la organización armada vasca y sus mentores políticos proclaman su firme voluntad de negociar, pero ninguno de ellos aclara mínimamente qué es lo que quieren negociar, esto es, qué pretenden obtener. Saben positivamente que su programa político -los puntos de la llamada alternativa KAS- no tienen la más mínima posibilidad de triunfar, dada no sólo su debilidad militar sino también la escasa fuerza política de su bando, pero no exponen ningún otro inventario de reclamaciones. Sencillamente, insisten en su deseo de negociar. Un aparente absurdo que tiene sentido, en la medida en que lo primero que necesitan es legitimación política, y ésta les vendría dada por el mero hecho de ser aceptados en una negociación abiertamente proclamada.
Entre el rechazo de toda negociación y la obsesión por negociar como sea, hay toda una amplísima gama de posibilidades, practicadas ampliamente a lo largo de la Historia, en las más diversas condiciones y por los más diversos protagonistas. Hay pactos de enorme importancia y pactos de andar por casa; pactos de ámbito militar y pactos de índole familiar, y hasta individual: cada cual pacta consigo mismo a diario para evitarse más de una guerra personal.
Por eso me parece importante empezar por dejar claro eso: que no soy hostil por principio a la tendencia a pactar, al gusto por los pactos. No siento una especial simpatía por la gente pastelera, desde luego, pero tampoco creo que los problemas a los que voy a referirme se deban a que nuestra clase política tenga una especial tendencia al pasteleo. En la reciente Historia de España no ha habido un exceso de pactos, en general, sino un exceso de pactos sin principios, en concreto. Y el origen de esos pactos sin principios no debe buscarse en el afán desordenado de compromisos de quienes los protagonizaron, sino en su falta de principios.
¿Qué entiendo por pactos sin principios? Aquellos que son suscritos por elementos cuya finalidad última no es conseguir lo que proclaman cara al público, sino obtener beneficios no confesados (normalmente, ambiciones que no son confesadas porque son inconfesables).
La Historia reciente de España tiene en su origen un gran pacto sin principios: el alcanzado -en parte explícitamente, pero en mucha mayor medida implícitamente- para poner en marcha la llamada "transición". Ese gran pacto tuvo dos protagonistas principales: de un lado, los sectores más lúcidos del régimen franquista en fase de degradación creciente; del otro, los dirigentes de la oposición antifranquista que gozaban de homologación internacional.
La versión oficial de los hechos presenta lo ocurrido como una ejemplar coincidencia de objetivos entre los unos y los otros. Se pretende que los franquistas menos cavernícolas, conscientes de que el advenimiento de la democracia era bueno para España, se mostraron dispuestos a facilitar la llegada sin traumas del régimen de partidos a cambio de que la oposición antifranquista renunciara a la ruptura que venía preconizando y permitiera la incorporación de los conversos ex-franquistas al nuevo sistema.
Un examen desprejuiciado de los hechos indica qúe las cosas distaron de ser así.
Javier Ortiz. Introducción de la conferencia Tal fuimos, tal somos, pronunciada en julio de 1994 en Maspalomas (Gran Canaria).
Marga es quien firma el recuerdo de hoy. Mil gracias.
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