El bueno de Groucho Marx decía que la expresión «inteligencia militar» encierra una contradicción in terminis.
Le perdían las ganas de ser cáustico.
Por supuesto que hay una inteligencia militar. De hecho, de todas las disciplinas mentales ajustadas a una especialidad, la militar es sin duda de las más inteligentes, dicho sea en el sentido más literal de la palabra. Por imperativo de su finalidad, el pensamiento militar tiene un carácter esencialmente práctico. Como se sabe, muy buena parte de los avances científico-técnicos logrados por la Humanidad han venido de la mano de la investigación guerrera. Cosa bien lógica: el deseo de sobrevivir –de no ser aniquilado– aguza muchísimo el ingenio.
He estado releyendo estos días el De la guerra de Clausewitz. Por tiempo que pase, sus reflexiones sobre la guerra –que el buen prusiano nunca consideró como un arte, sino más bien como un singular trasunto de los modos propios del comercio– siguen mostrándose como prodigios de lucidez.
Hablo de Clausewitz, pero lo mismo podría referirme a cualquier otro gran teórico de la guerra.
Una de las cosas que siempre me ha llamado más la atención de los textos de los grandes estrategas militares, desde Lao Tse a Nguyen Giap, es su apego al sentido común. Su realismo es implacable. Recuerdo un librito del general Giap en el que explicaba a los jefes del Viet Minh, todos ellos entusiastas revolucionarios, cómo un buen estratega, si bien no debe temer enfrentarse a un enemigo muy superior, consideradas las cosas a medio o largo plazo, debe arreglárselas para no enzarzarse en ninguna refriega hasta confirmar que, en ese preciso momento y para ese enfrentamiento en concreto, las fuerzas con las que cuenta son muy superiores a las del enemigo. «Uno contra diez en el plano estratégico; diez contra uno en el plano táctico», era su consigna. ¿Profundo? Todo lo profunda que puede ser la sensatez. Es decir, mucho.
En realidad, la práctica totalidad de las grandes ideas del pensamiento militar están extraídas de la sabiduría popular. Del destilado de la experiencia histórica acumulada por el común de los mortales. La mayoría nos las topamos incluso directamente en el refranero, aunque sea bajo formas muy diferentes.
Cualquier estudioso de los principios de la guerra sabe, por ejemplo –y en la línea de Giap–, que no cabe comprometer todas las fuerzas en una única operación. El refrán lo dice muy claro: es un error meter todos los huevos en la misma cesta.
Si Aznar hubiera leído a Clausewitz y supiera que la política y la guerra responden a reglas equivalentes, sabría que ha cometido un error de principiante. Se ha jugado su carrera al todo o nada. Ha metido todos sus huevos en la misma cesta.
Manifestándose más pro Bush que el propio Bush, ha apostado, además, con desventaja. Porque si finalmente Washington decide recular y retrasa el ataque, así sea para recomponer sus relaciones con Europa, él quedará en ridículo, como defensor del principio inapelable de que no cabía dar más plazos. Y si el ataque se produce de inmediato, a la vuelta de la esquina nadie se acordará de su contribución de correveidile.
Que alguien le regale un par de libros sobre estrategia militar. O un refranero castellano, en su defecto.
Javier Ortiz. Los huevos de Aznar. Diario de un resentido social. 7 de marzo de 2003.
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