Hoy he escrito en Público sobre el gremio de los taxistas. Como casi toda la gente de mi edad y de mi medio social, algo sé de eso. Muy en particular de los discursos político-ideológicos con los que muchos taxistas tienden a amenizar su labor.
La parte que mejor conozco, por obvias razones de residencia, es la que ejerce en Madrid, pero podría relatar vivencias curiosas que me ha tocado experimentar no sólo en otras ciudades, sino también en otros países, e incluso en otros continentes. En más de una ocasión me han proporcionado materia para alguna columna.
Pero hoy no pretendo hablar de las especificidades ideológicas de los integrantes de ese sector del transporte público, sino de lo contrario: de lo que sus opiniones tienen de representativas del modo de reflexionar de sectores de la ciudadanía nada desdeñables, así sea por su amplitud numérica.
Hace como diez días, y habida cuenta de que llovía, tomé un taxi en Madrid para hacer un recorrido relativamente corto.
Dispuesto a demostrar al conductor mis buenos sentimientos, le manifesté mi pesar por el reciente asesinato de uno de sus compañeros. Su respuesta fue: “¡Esas cosas con Franco no pasaban!”.
Convendrá que deje constancia, antes de que deis rienda suelta a vuestra imaginación, que el taxista no tendría más de 35 años, vestía una sudadera desaliñada y lucía un pendiente en el lóbulo de su oreja derecha.
“¡Eso que acaba de decir me interesa mucho!”, le respondí alegremente. “Me encanta haber encontrado a un profesional bien informado. ¿Sabe? Es que quisiera escribir sobre ese problema. Me vendría muy bien que me diera datos concretos sobre la cantidad de agresiones sufridas por los taxistas de Madrid entre 1970 y 1975 y sobre cuántos de ellos resultaron muertos. Digo, por tomar como referencia el último tramo del franquismo. Habré de saber también el tamaño de la flota madrileña de autotaxis de entonces para relacionarla con la de ahora y fundamentar debidamente la comparación”.
Me miró perplejo por el retrovisor. No sabía si cabrearse o qué. “¡Y a mí qué me cuenta! ¡Yo no tengo esos datos!”, me espetó.
“¡Oh, qué pena!”, le respondí, poniendo cara de desolación. “O sea, que estaba hablando por hablar, sin tener ni puta idea”.
Continuamos el resto de la carrera –breve, por fortuna– en silencio.
Estaba ya decidido a archivar la anécdota en la carpeta mental en la que acumulo mis reiterados incidentes ideológico-políticos con taxistas cuando, dos días después, me tocó participar en una reunión en la que estaba presente, entre otras personas no menos notables, un prestigioso artista, cuyo nombre no citaré (aunque dé lo mismo, porque se enterará de que he escrito esto y se me enfadará igual).
Salió en la conversación el asunto de la salvaje agresión al taxista madrileño, y el artista sentenció en tono muy solemne: “Lo peor es que, cuando los detienen, entran por una puerta y salen por la otra”.
No pude evitar responderle del mismo modo que al taxista mencionado más arriba. Le pedí muy cortésmente que, para fundamentar su afirmación, nos diera cuenta de la cantidad de personas detenidas por asesinato en los últimos tiempos en España de las que él tuviera constancia que han sido puestas en libertad ipso facto. Le reclamé, siempre de muy buen modo, que comparara, datos en mano, el grado de severidad del Código Penal español con el de los códigos del resto de los estados europeos comunitarios, y le pedí que relacionara también los porcentajes de las respectivas poblaciones reclusas con los censos de población.
Para esas alturas, empecé a sospechar que el siguiente asesino detenido iba a ser él.
Parece que fue G. W. F. Hegel quien dijo aquello de que “los pueblos tienen los gobernantes que se merecen”. Planteada así, parece una sentencia despectiva, cargada de aristocraticismo intelectual. Pero puede tomarse también como una mera constatación.
El problema no es que el género de personajes que he mencionado vote, y su voto valga como cualquier otro. Es que vale más. Porque es gente que opina con mucha determinación, y que seguro que impresiona mucho a sus familiares y vecinos. “Haz caso a Fulano, que está muy informado. No para de oír la radio”. “¿Mengano? ¡Controla todas las entretelas! Está relacionadísimo.”
¿Que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen? El fenómeno es más complejo. Incluso más dialéctico, y que Hegel que perdone. Los unos determinan cómo son los otros y los otros están hechos a la medida de los unos.
La complejidad del pensamiento de los unos está configurada a la medida de las exigencias de los otros.
Javier Ortiz. Los gobernantes merecidos. Apuntes del natural. 10 de noviembre de 2007.
Hoy recordamos un texto que hemos titulado Muchas gracias, maestro y que apareció en la revista 21 siglos del Colegio Siglo XXI. Muchas gracias a vosotras y vosotros.
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