La formación de Coordinación Democrática -conocida popularmente como la Platajunta, por ser producto de la unión de la Plataforma y de la Junta- añadió a las condiciones ya favorables a la liquidación de las instituciones franquistas otra más: ante los sectores económicamente más decisivos del interior y ante las potencias occidentales, aparecía como una oposición estructurada, con presencia de partidos de siglas reconocibles y reconocidas en los foros internacionales (socialistas, socialdemócratas, democristianos, liberales...), agrupados en torno a un programa mínimo, con aspecto de estar en condiciones de dirigir el nacimiento de un régimen democrático.
La oposición se había puesto de acuerdo en definir en qué consistía la llamada "ruptura democrática". A grandes líneas, se trataba de formar un gobierno provisional que proclamara las libertades y derechos democráticos y convocara elecciones a Cortes Constituyentes.
El objetivo estaba claro. El problema era cómo alcanzarlo. Pronto se dibujaron en el interior del organismo unitario de la oposición dos corrientes netamente diferenciadas.
Algunas personalidades independientes y diversos grupos radicales propugnaban una política de intensas y repetidas movilizaciones populares que pusiera contra las cuerdas al Gobierno que formó el ex secretario general del Movimiento Adolfo Suárez tras el fracaso del "espíritu del 12 de febrero" de Carlos Arias. Se trataba de impedir que Suárez pudiera seguir adelante con sus planes de reforma, y de obligarle a tirar la toalla. En ese sentido, ponían el acento en la organización de sucesivas "campañas", dentro de las cuales alcanzó particular notoriedad la desarrollada durante la primavera de 1976 para reivindicar libertad y amnistía, consignas a las que en muchas nacionalidades y regiones se añadió la reclamación de estatutos de autonomía.
Otra parte de los integrantes de Coordinación Democrática desconfiaba de esta política de movilizaciones y trató de frenarla cuanto pudo. En ese campo militaban el PSOE y los grupos de centro-derecha y derecha de la "Platajunta".
Dos eran las razones por las que estos partidos desconfiaban de la política de movilizaciones. La primera, el miedo a que la situación se les fuera de las manos. Lo que podía suceder por dos vías diferentes. Una, que las fuerzas más ultramontanas del régimen, con los militares a la cabeza, no soportara tanto "desorden" y decidieran restaurar su control de la situación retornando a la represión fascista masiva. Otra, que los grupos comunistas y radicales se vieran políticamente potenciados por la respuesta de la calle a sus consignas y arrebataran a la "oposicion moderada" el protagonismo de la transición.
La segunda razón por la que no deseaban que el peso específico de los acontecimientos estuviera en las movilizaciones populares es que veían una posibilidad mejor de alcanzar sus objetivos. Por razones que no hacen al caso, fui testigo de cómo Adolfo Suárez, en julio de 1976, recién designado jefe de Gobierno por el Rey, envió una propuesta de acuerdo a la Comisión Ejecutiva de Coordinación Democrática. Él se comprometía a facilitar la instauración paulatina de las libertades, con sucesivos y dosificados avances, si la oposición, a cambio, no le apretaba las tuercas más de lo soportable.
El máximo organismo unitario de la oposición rechazó la oferta. Pero fue perceptible que, mientras una parte de sus integrantes daba su "no" de manera rotunda e indignada, señalando que no se trataba de cambiar el régimen, sino de cambiar de régimen, y que las libertades democráticas no podían parcelarse -Suárez pretendía favorecer primero la legalización de los partidos no comunistas, y sólo en una segunda fase la de los comunistas-, otros partidos formularon su rechazo de modo mucho menos categórico y entusiasta.
De hecho, estos partidos no tardaron en entablar contactos con Suárez. Unos contactos que ambas partes mantuvieron en secreto, temerosas de que no fueran aceptados por los más radicales de sus respectivos bandos. Pero no por ello los contactos resultaron menos efectivos.
Desde el verano de 1976 a la primavera de 1977, la "oposición moderada" jugó con dos barajas. De un lado, seguía declarando su adhesión incondicional a los principios fundacionales de Coordinación Democrática y proclamando la necesidad urgente de la ruptura democrática. Del otro, negociaba en secreto su colaboración, así fuera por la vía de la neutralidad, con la reforma política de Suárez. Gracias a que contaba con ese apoyo de facto, Suárez pudo provocar la crisis de septiembre de 1976, que le permitió introducir en el Ejecutivo al teniente general Gutiérrez Mellado para que le ayudara a neutralizar al Ejército, y pudo llevar también adelante la Ley de Reforma Política, con su correspondiente referéndum, en diciembre del mismo año.
Gracias igualmente a ese apoyo pudo conseguir una enérgica inyección económica procedente de los Estados Unidos, de la República Federal Alemana y de Francia, países que no se habrían arriesgado a dársela de temer que fuera a caer sobre ellos el anatema de quienes pronto podían alcanzar el Poder en Madrid.
Pasados unos pocos meses, para el bloque de fuerzas de oposición que encabezaba el PSOE -en el que tuvo también un papel decisivo entonces Enrique Tierno Galván y su PSP-, sólo quedaba un obstáculo que le dificultaba pactar a las claras con Suárez la reforma política: la existencia de Coordinación Democrática, con su programa de ruptura a cuestas. Ese último obstáculo se levantó con la formación de la llamada "Comisión de los Diez". El día que Coordinación Democrática aceptó la creación de esa Comisión, encargada de acudir directamente a La Moncloa para negociar con Suárez, quedó firmada el acta de defunción de la lucha por la ruptura democrática. Lo cual se logró con el respaldo del PCE, que lo aceptó -aunque le dejaba en una posición menos que airosa- para no quedar aislado del círculo que, según todas las trazas, iba a tomar la sartén por el mango. Aunque ya desde entonces empezó a estar marginado: la llamada "Comisión de los Diez" fue en realidad una comisión de nueve más uno, puesto que Suárez reclamó que el representante del PCE no estuviera presente en los contactos, para no soliviantar a los militares.
Javier Ortiz. Cuarto punto de la conferencia Tal fuimos, tal somos, pronunciada en julio de 1994 en Maspalomas (Gran Canaria).
El recuerdo de hoy lo hemos encontrado en el blog Euzkadi es la patria de los vascos. Eskerrik asko testuagatik.
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