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2017/02/22 08:00:00 GMT+1

La Albufera, un lago frente al abismo

A pocos kilómetros al sur de la ciudad de Valencia se extiende uno de los parajes naturales de mayor riqueza medioambiental, no ya de la península, sino de Europa entera: es el ecosistema que tiene al lago de la Albufera como centro. Víctima de un desarrollo industrial tan fuerte como mal planificado, rodeada de un amplio abanico de núcleos urbanos que utilizan el lago como destino de sus vertidos y sometida a expolios y desconsideraciones sin cuento, la Albufera está hoy en un punto crítico que bien puede calificarse de límite: un poco más allá, el desastre será ya irreversible. Tratando de poner coto a esta situación, la Generalitat Valenciana acaba de declarar al conjunto del ecosistema albufereño Parque Natural. Queda por delante la necesidad de un intenso esfuerzo de recuperación y de reestructuración del conjunto de actividades contaminantes que allí se desarrollan.

De entre todos los colectivos implicados, uno destaca por la urgencia con que reclama la puesta en práctica de las mediadas que el Decreto de Parque Natural anuncia. Hablamos de los pescadores de la Albufera, que tiene en la localidad de El Palmar su centro más importante. HOJA DEL MAR ha visitado la Albufera, ha entrevistado a las diferentes partes concernidas y ha recorrido El Palmar. Una parte de la información recogida da cuerpo al presiente dossier, en cuya redacción han colaborado Juan de Damborenea, José Manuel Montero Llerandi y Javier Ortiz. Antonio Girbés realizó las fotografías.

Hay veces que el agua se torna de un verde oscuro, inquietante. El cielo es entonces gris, y el horizonte se aploma, anunciando la vecina tormenta. Pero aquí no es eso. El agua de la Albufera se ha vuelto in­trínsecamente verde, y verde queda aunque el sol brille fu­rioso, y tinta en verde sigue incluso cuando salta al cho­car contra la quilla de la bar­ca.

Me acuerdo cuando venía con mi padre – dice el pesca­dor–. Tiraba una perra gor­da, y la veíamos caer hasta el fondo, y allí se quedaba bri­llando. Y decía: «El agua está demasiado transparente. No es buen día para la pesca.»

Ahora no es el verde de la esperanza, aunque haya quien diga que se ha abierto una ventana hacia ella. Es, ese sí, el verde de los billetes (miles, dólares) ambicionados por fabricantes, arroceros, cazado­res, dispuestos a teñir de co­lor papel moneda las aguas de esta mar pequeña –así la bautizó algún árabe– vendi­da por un rey al Ayuntamien­to de Valencia en tiempos no tan viejos.

Temps era temps... Hubo un tiempo en que la Albufera se extendía pletórica, y vivía entonces transparente, y peces y gambas cursaban a su an­tojo, y las cañas y el barro (tampoco era rica en aquel tiempo su ribera, don Vicen­te) se enseñoreaban del entor­no, patria de patos y garzas. Fue luego el turno de los aterraments, y las ciudades de desecho, y las industrias mortales.

A eso le llaman progreso, y sólo hay otra cosa más terri­ble: que lo fue.

Vaya que – asegura don Ramón, el viejo sacerdo­te de El Palmar–; entonces que se pescaba. Pero, como apenas pagaban por la pesca,, la gente era pobre. Ahora que la pagan bien, no se pesca casi nada.

Quizá sea por eso– insinuamos.

No, qué va. Es que todo ha subido mucho.

Ya.

Sólo la llisa ha aguantado bien el tirón venenoso del de­sarrollo. Las gambas se suici­daron poco a poco, pese al amoroso cuidado de los pes­cadores, que hasta las besa­ban antes de devolverlas al lago, si alguna caía en sus re­des. Anguilas, pocas quedan: apenas las necesarias para ali­mentar los platos de all i pe­bre local. Hay, eso sí, cangrejos del Mississipi, el viejo río hermano de los negros, que alguien trajo de Sevilla y que se reproducen con fervor, para angustia de los arroce­ros y satisfacción de los pes­cateros de Madrid, que se los llevan en masa. La Albufera se ha vuelto radicalmente darwiniana, como los tiem­pos: no sólo hace falta forta­leza para sobrevivir; es nece­sario también ser capaz de aguantar la corrupción del ambiente.

Decir que está contamina­da no es decir nada. Conta­minar, también la propia Na­turaleza contamina, arras­trando lodos, restos de vege­tación, animales muertos. La Albufera sufrió asimismo, a lo largo de los siglos, el im­pacto terrible de la desecación progresiva del lago, destinada a ampliar la zona de cultivo agrícola, del mismo modo que sus aguas fueron engullendo los desperdicios deja­dos por una población huma­na en continuo crecimiento. Fue mucho, pero no defi­nitivo.

Lo peor vino a traerlo nuestro tiempo, y tuvo tres vertientes desiguales, pero confluyentes en su significado de fondo. La primera, el des­pegue económico, con la apa­rición en la zona de varios miles de industrias –unas 3.000, según los más cautos­– que vierten sus desechos al lago. Algunas de ellas, como las de muebles, envían a las aguas productos particular­mente venenosos, que produ­cen efectos devastadores en flora y fauna. La segunda fuente procede de los vertidos urbanos, que hoy en día in­cluyen materias orgánicas y detergentes muy perjudiciales para el entorno. En fin, en el escalón inferior de la cadena aparecen los productos químicos fitosanitarios utilizados en la agricultura intensiva. Todo ello combinado, la Al­bufera acabó por transfor­marse en un verdadero museo de la toxicidad, hasta llegar al punto límite actual, en el que el adjetivo «irreversible» se encuentra al alcance de la mano.

Y los de El Palmar es ahí donde pescan. No sólo ellos, pero sí ellos sobre todo, como integrantes de la más vieja y representativa de las comuni­dades pesqueras de la Albu­fera.

Pero situémonos. Empece­mos por decir –no es obliga­torio saberlo– que estamos hablando de un gran lago de agua dulce asentado a unos 15 kilómetros al sur de la ciu­dad de Valencia, pegado a la costa mediterránea y separa­do del mar por una estrecha franja de tierra, dehesa bautizada con el nombre de El Sa­ler. Su longitud y anchura media es de unos seis kilóme­tros y está rodeada en el res­to de su orilla por grandes arrozales. Del lado de la De­hesa, cuyo brazo tiene algo más del kilómetro de anchu­ra media, se junta al mar en tres puntos, en los que se sitúan las compuertas o golas por las que, cuando así se de­cide, desagua, y a través de las cuales recupera su memo­ria de vieja bahía.

Hay antiguos relatos, como el del romano Fausto Avieno, que permiten concluir que la Albufera se extendió en tiem­pos desde el río Turia hasta el Júcar, que desembocaban en ella. Tendría entonces una superficie aproximada de 30.000 hectáreas. Para el siglo XVIII éstas ya se habían re­ducido a menos de 14.000. Mediado el XIX, quedaban aún algo más de 8.000. A comienzos del XX, los aterra­ments aceleraron el trabajo desecador, dejando la exten­sión de lago en 5.000 hectá­reas, que en 1903 eran 3.400. A partir de ahí, continuó el recorte progresivo: 3.114 en 1903; 2.950 en 1944... Hasta llegar a las aproximadamente 2.000 hectáreas que suma ahora. El lago tiene una pro­fundidad media, de cerca de un metro.

Y, en medio, El Palmar, que fue en tiempos isla, y que hoy está unido por los aterra­ments al Saler y el interior, a través de una estrecha carre­tera de inverosímiles curvas. El Palmar, rodeado de arro­zales, como casi único here­dero de aquella Comunidad de Pescadores del Lago de Valencia a la que el rey Jau­me I otorgó el control de la pesquería local, y que llegó a dar sustento a millar y medio de pescadores. Vino 1927 y el gobierno de la Dictadura puso término al privilegio de los pescadores de El Palmar, que eran hasta entonces los únicos autorizados a pescar con el redolí (puntos fijos de pesca, asignados anualmente por sorteo) en toda la Al­bufera.

El Palmar pescaba enton­ces en las aguas del término municipal de Sueca, y en los de Sollana, Silla, Catarroja y Valencia– dice Jaume Ferrer, alcalde pedáneo de El Palmar y presidente de la Co­munidad de Pescadores–. Pero salió entonces una ley di­ciendo que cada término muni­cipal tenía derecho sobre sus aguas. Y luego vino la otra dic­tadura, y en 1952 nos quitaron aún más espacio. Nos dejaron sin media Albufera.

Jaume Ferrer pertenece a una saga que, hasta lo que la memoria alcanza, ha sido preeminente en El Palmar. Su abuelo fue ya primer jurado (presidente) de la Comunidad de Pescadores. Su padre unió a ese título, obtenido repeti­das veces en votación, el de alcalde pedáneo. El padre de este Ferrer era cabecilla blas­quista de la localidad y ami­go personal del líder político y novelista Vicente Blasco Ibáñez. Él proporcionó a Blasco la mayor parte de la información que permitió es­cribir la celebérrima Cañas y Barro, cuya acción se desarro­lla precisamente en El Pal­mar. Ahora, por esas cosas de la vida, cuando la gente de El Palmar habla de Cañas y Barro, no lo hace de la nove­la, sino de la serie de te­levisión.

En el puerto de Valencia, una sorprendente exposición, montada con gracia y gran despliegue de medios, evoca la vida y la obra de Blasco Ibáñez, y permite reconstruir el ambiente de la Albufera, tal y como era en las prime­ras décadas del siglo. Pocos motivos se encuentran para mitificar ese pasado: barra­cas, barro, miseria. Por para­dojas del destino, ahora que las artes de los pescadores vuelven casi vacías y el lago corre peligro de muerte, El Palmar se presenta como un pueblo limpio, con casitas só­lidas y bien acabadas, y sus habitantes parecen vivir, ya que no con desahogo, sí al menos al ritmo de sus necesi­dades primeras.

Está, por supuesto, el fruto de esas decenas de restauran­tes, todos de nombre obvio («Palmar», «Isla», «Lago», «Albufera», «Cañas y Barro», etcétera), sobre los que cae cada fin de semana una au­téntica nube de valencianos, dispuestos a disfrutar de la paella, el all i pebre, el arroz a banda y demás especialida­des del lugar. Formica, man­teles de papel, más de una uralita en el tejado: olvídense ustedes de las exquisiteces con que se regalan los que han montado su negocio de lujo en la dehesa del Saler, al otro lado de la orilla, a la vera de urbanizaciones turísticas que son una afrenta para la vista y un atentado para el ecosis­tema. Y está también, cómo no, lo que aportan las 3.000 anegadas de tierra, de las que sale un arroz cuya importan­cia no parece necesario men­tar: lo uno y lo otro permiten completar la economía de este pequeño pueblo de un millar de habitantes, muchos de los cuales siguen saliendo cada nueva temporada a pes­car, sea bajo las leyes colecti­vas del redolí, sea al riesgo del involant, en el que cada cual se las apaña como puede.

La llisa y el cangrejo –éste foráneo, y tal vez problemá­tico para el equilibrio del ecosistema acuático– son los únicos que acompañan a los pescadores en su empecinada lucha contra la degradación del lago. La producción de lli­sa (múgil) se ha cuadruplica­do en un cuarto de siglo, gra­cias a su resistencia frente a los contaminantes y frente a la disminución de oxígeno en el agua. En ese mismo perio­do, las capturas de carpa des­cendieron desde las 100 tone­ladas a cero; las de anguila (maresa y pasturenca) de 90 a 11; el llobarro (lubina), de 30 a nada. En las puertas de la Albufera, los pescadores del Perelló y el Perellonet han practicado tradicionalmente la pesca de la angula (de gran calidad por cierto, como lo prueba el hecho de que bue­na parte de su producción sea encaminada rápidamente... hacia Aguinaga). El descenso de las capturas de angula ha sido también muy notable (tal vez de un 90 por 100, lo que tiene que ver con las pérdidas sufridas por la población de anguilas, de las que las angu­las son larvas desarrolladas. Otras especies, como el fartet, el samaruc, el moixó, han de­saparecido ya de las aguas de la Albufera.

Todos los estudiosos reco­nocen que la comunidad pes­quera de El Palmar ha sido extremadamente cuidadosa del equilibrio ecológico del lago. Que ha combatido contra la contaminación, la pes­ca desconsiderada, la caza furtiva. Que llamó la atención sobre los problemas desde el mismo momento en que em­pezaron a mostrarse. El pes­cador de El Palmar tiene una mentalidad alejada de la que es norma en los puertos de mar: él es más bien un agri­cultor de la pesca. Conoce sus límites, los respeta; cuida el medio hasta los mayores ex­tremos.

Ahora vive en la confianza –o quizá, después de tanto desengaño, simplemente en la espera– de que el decreto que ha declarado la Albufera Parque Natural se lleve a la práctica. De que se frene la llegada de tanto veneno a las aguas del lago. De que no se les muera para siempre.

Javier Ortiz. Hoja del Mar, octubre de 1986.

Nota: publicación del Instituto Social de la Marina que ha tenido diversos nombres desde su surgimiento: "Hoja Informativa del Pescador" (1963), posteriormente la "Hoja del Mar" y, actualmente, "Mar". No recordamos quién nos hizo llegar este texto que permanecía escondido en una carpeta de "Pendientes", pero desde aquí le damos las gracias efusivamente.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2017/02/22 08:00:00 GMT+1
Etiquetas: javier_ortiz 1986 hoja_del_mar | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

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