Desde el comienzo de la transición, el conjunto de la "clase política" y buena parte de la ciudadanía han actuado como si la española fuera una democracia de mírame y no me toques. El gran pacto nunca firmado pero siempre vigente ha sido ese por el cual todos se han comprometido no sólo a no tocar nada, sino también a hacer como si no hubiera nada que tocar. Del miedo a la doble moral, una vez más. El resultado es que se han ido acumulando los asuntos que hubiera sido imprescindible tocar, para quitarlos de enmedio, y que ahora, cuando comienzan a salir a la luz, los políticos no saben qué hacer con ellos.
La transición elevó la hipocresía a la categoría de principio constituyente. Eso es lo que ha permitido que la corrupción haya ido apoderándose de la vida política española. El mecanismo psicológico en el que se ha basado el proceso es bien sencillo: puesto que se llegó al acuerdo colectivo de que había que olvidar los desmanes del pasado, ¿por qué no iban a tolerarse los del presente? Si se hizo la vista gorda a la corrupción anterior, ¿por qué habría de ponerse nadie puritano ante la corrupción de ahora? La transición creó una complicidad general en la mentira, y la corrupción subsiguiente no ha hecho más que tratar de sacar renovado partido de esa complicidad.
Este proceso se ha visto favorecido por otro elemento distintivo de la transición española: la pasividad popular. He insistido antes en el hecho de que sólo un pequeño segmento de la población combatió realmente contra el franquismo. Durante la transición, la participación de la ciudadanía también fue muy escasa. El común de los ciudadanos no sólo no fue protagonista; en buena medida, ni siquiera fue público, dado que lo más importante de la obra se representó entre bastidores. Como resultado de ello, la mayoría de los españoles no ha estado en condiciones de asimilar las libertades públicas e individuales como derechos inalienables suyos. Las ha tomado mayoritariamente como una graciosa concesión del Poder. El pueblo, en suma, no se ha sentido nunca soberano, ni ha considerado que las instituciones y los empleados públicos, sean electos o funcionarios, estén para servirle. No ha habido entre nosotros jamás la conciencia de que tengamos derecho a pedir cuentas. El ciudadano medio español, por lo general, se conforma con que no se las pidan a él. Lo cual crea el mejor caldo de cultivo para la corrupción.
La conciencia democrática no ha sido nunca el fuerte de la población del Estado español, si se hace parcial salvedad de Euskadi y Cataluña. En vísperas de la inauguración del régimen parlamentario, el sentimiento general era de parcial hartazgo hacia los desmanes de la dictadura, combinado con un difuso deseo de que España fuera un país "normal", homologable a los de "nuestro entorno europeo". El Informe Foessa de 1975 indica que, según una encuesta realizada dos años antes entre estudiantes, empleados y trabajadores de la industria y de los servicios, una amplia mayoría de ellos se declaraban favorables a la libertad de Prensa pero, cuando se les interrogaba sobre la libertad de partidos políticos, la cosa cambiaba sustancialmente: sólo el 42% de los estudiantes, el 40 por ciento de los empleados y el 57 por ciento de los trabajadores se pronunciaban a favor. Incluso mucho después, en 1985, una encuesta realizada sobre el modo en que cada cual reaccionó ante la muerte de Franco revelaba que el 22 por ciento de la población "se entristeció mucho", porque estaba de acuerdo con él; un 20 por ciento se sintió dominado por el miedo y la incertidumbre; un 27 por ciento no sintió nada en especial; un 30 por ciento declaró que se alegró porque pensó que las cosas empezarían a ir mejor..., y sólo un 9 por ciento afirmó que experimentó una sensación de liberación. Item más: por esas mismas fechas, cuando ya el PSOE llevaba tres años en el Gobierno, el 12 por ciento de los españoles seguía declarando que prefería el régimen franquista; el 13 por ciento sostenía que España estaba transformándose demasiado deprisa y el 22 por ciento se proclamaba indiferente ante el asunto.
La pervivencia del aparato -no sólo, ni siquiera principalmente, de las personas: de los hábitos de mando y control, sobre todo- del régimen franquista y la falta de conciencia democrática de muy amplios sectores de la población han creado las condiciones en que la corrupción ha podido crecer y generalizarse.
Los corruptos en el Poder han tratado de cubrirse las espaldas convirtiendo a los ciudadanos en copartícipes de su propia corrupción, así sea en dosis ridículas. Tal como explica Víctor Pérez Diaz en su sugestiva obra La supremacía de la sociedad civil: "El hecho es que se ha creado un núcleo de trabajadores relativamente bien protegidos, rodeado, sin embargo, de un sector periférico de trabajadores en paro (la mayoría jóvenes, pero también mujeres y trabajadores de más edad), que intentan sobrevivir dentro de una "red de seguridad" constituida por el apoyo de familias (extensas) y de dos instituciones peculiares, toleradas o estimuladas por el Gobierno: la economía sumergida y lo que en las zonas rurales se ha solido llamar "empleo comunitario".
Quien cobra unos duros con trampa, el que malvive en la economía sumergida, el que no declara el IVA para llegar a fin de mes, el que sisa cuatro perras en la declaración de la renta..., todos ellos tienden muchas veces -injustamente- a sentirse incursos en la corrupción y, en consecuencia, a justificarla, convirtiéndose en base social de los corruptos de verdad.
Lo que ha dado en llamarse "el felipismo" ha tenido la peculiaridad de recoger los hábitos corruptos del pasado y de "socializarlos", comprometiendo en el gran tinglado de la irregularidad permanente a muy amplios sectores de la sociedad y secuestrando su apoyo con la amenaza -otra vez el miedo- de que pueden perder el papel, así sea ridículo, que juegan en el tinglado de esta farsa colectiva.
El resultado ha sido la desmoralización de nuestra sociedad. Desmoralización que se ha producido en el doble sentido que puede darse a la palabra: como pérdida de moralidad y como desánimo.
Javier Ortiz. Segunda parte del sexto punto de la conferencia Tal fuimos, tal somos, pronunciada en julio de 1994 en Maspalomas (Gran Canaria).
El recuerdo de hoy se lo hemos pillado a Guillermo Zapata. Gracias.
Comentarios
Javier Ortiz, como siempre GENIAL. Su exposición es impactante. No tiene desperdicio. La leo, la releo, me entretengo especialmente en alguna de sus frases y llego a la conclusión de que son estos textos los que tendrían que ocupar un lugar primordial –por pura higiene mental- en las escuelas. Sería la forma de potenciar el espíritu crítico, sería la forma de que esta gigantesca fábrica de vasallos llamada España comenzara a fabricar ciudadanos.
Pero parece que no y el tema va para largo. El gran criminal descansa en su tumba faraónica rodeado de frailes, entre susurros de preces monacales, mientras sus nietas andan moviendo el esqueleto, “pseudobailando” por esas televisiones públicas que pagamos entre todos y…
suma y sigue contando en el ábaco siniestro,
que el caso no ofrece dudas, pues ves morir al tirano,
maestro de pistoleros, de pinochotes, de judas…
en olor de santidad y vivir a sus cuatreros
entre lujos y dineros gozando de impunidad.
Hay consuelos…ya vienen los alemanes y se explican
y con suaves ademanes echan tierra sobre el suelo de Gernika:
- Es el pasado… la guerra… y hacen votos… pero...
¿Dónde están los otros? El… delfín del dictador…
ese que se ve en las fotos con carita de candor
- Las bombas para nosotros, el “picasso” para vos.
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Eskerrik asko, esker mila berriz, Javier.
Remitente: Adar Jotzea.2009/07/09 09:29:16.955 GMT+2