Así que se apercibió de que el hotel de Bombay en el que iba a recalar estaba siendo atacado a tiros, Esperanza Aguirre cogió el petate y salió a escape hacia el aeropuerto más cercano, para que la devolvieran a Madrid cuanto antes, así fuera a cobro revertido. Se desentendió por completo de la situación de sus compañeros de expedición.
Quienes tenemos un cierta cultura marítima, sabemos que el capitán de cualquier nave está obligado, tanto por razones de ética como de estética, a ser el último en abandonarla cuando hace agua. Por decirlo a lo bruto, va en el sueldo.
De modo parejo, quienes tenemos una determinada cultura política (no digo una cualquiera, sino una determinada) siempre lo hemos visto igual: llegado el caso, quien está al mando de un grupo debe asumir la representación física y simbólica de cuantos se hallan a sus órdenes y de todos aquellos de los que se ha hecho cargo. Para lo bueno y para lo malo. En ese caso, si no va en el sueldo, va en la dignidad. No puede salir huyendo y dejarlos en la estacada arguyendo que ha perdido una zapatilla y que sintió miedo.
No todo el mundo vale para el mando, ni tiene por qué; es obvio. Pero quienes carecen de dotes para el mando –el de verdad, el que hay que demostrar en los momentos decisivos– sería preferible que se dedicaran a cualquier otra cosa. Aunque fuera a gestionar subestaciones del AVE, hoteles y centros residenciales en Guadalajara. Lo que resulta grotesco es ver a una gallina dándoselas de gallito y a un gallito ejerciendo de gallina.
Y cuidado que me caen mejor las gallinas que los gallos.
Javier Ortiz. Esperanza Aguirre, entre gallito y gallina. Apuntes del natural. 28 de noviembre de 2008.
Fede (no tenemos más referencias, lo siento) escribió un texto sin título para el acto de homenaje a Javier del pasado 8 de mayo en Bilbao. Lo hemos titulado Huella perenne y lo hemos puesto en nuestra sección de Recuerdos. Muchas gracias, Fede.
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