Empecemos por referirnos al campo franquista.
Desde los años sesenta, desde el arranque del Plan de Estabilización de 1959, la sociedad española había experimentado cambios de importancia. En muy diversos terrenos. En el plano económico, se había producido una industrialización acelerada, favorecida por las fuertes inversiones extranjeras, y un crecimiento veloz del sector servicios. Si España seguía sin poder tratarse de tú a tú con las grandes potencias industriales europeas, empezó a militar ya en sus filas, así fuera en el furgón de cola. La estructura social española fue también homologándose aceleradamente -brutal, pero aceleradamente- con la de los países vecinos. Se produjeron intensas migraciones desde las zonas agrarias a las ciudadanas (entre 1964 y 1974, la población agraria pasó de representar un 35 por ciento del conjunto a convertirse en sólo un 23 por ciento). Nacieron grandes núcleos urbanos modernos. Hubo también un potente flujo migratorio hacia los países más industrializados del centro y el norte de Europa, lo que evitó de manera expeditiva que el país tuviera mano de obra excedentaria, a la vez que favoreció la llegada de divisas, fenómeno potenciado a aún mayor escala por el boom turístico. Se expandió la enseñanza. Muchas mujeres empezaron a salir de sus hogares para realizar trabajos asalariados en la industria y el comercio. Los núcleos familiares comenzaron a reducirse, en consonancia con el tamaño de las viviendas. Por anecdótico que parezca el hecho, no hay que despreciar tampoco la repercusión culturalmente homogenizadora que tuvo la aparición de la televisión. Se aunaron, en fin, todo un conjunto de fenómenos que ayudaron -si es que no determinaron-, que capas cada vez más amplias de la sociedad española, con la juventud en primerísimo término, empezaran a sentir y a comportarse, en la medida en que les dejaban, como lo hacían las poblaciones de los países europeos vecinos. El ultracatolicismo entró en crisis y el laicismo empezó a cobrar caracteres de realidad social.
Esa realidad coexistía -cada vez peor, pero coexistía- con el régimen político franquista. Que éste se fue ablandando por presión de la realidad socio-económica es un hecho incuestionable. Que, ablandado y todo, continuaba siendo brutal, es otro hecho igual de indiscutible. No había libertades, no había derechos, y no había libertad ni derecho a dejar constancia de esas carencias. Una parte de la sociedad estaba en contra. Otra, mucho más numerosa, se sentía simplemente molesta, incómoda con ello. Pero no lo decía. Tenía miedo a decirlo. Y tampoco sentía una angustiosa urgencia de hacerlo.
Esa desazón, esa incomodidad -llamarlo oposición sería cometer una grave injusticia con la oposición verdadera-, afectaba a una parte de las fuerzas políticas, económicas, sociales y hasta militares que vivían con y del franquismo. Por más que el aún no presidente de la Xunta de Galicia, Manuel Fraga, quisiera vender la cosa como si de un mérito se tratara, con aquello de que España era "diferente", el hecho es que esa diferencia, bien notable, les resultaba incómoda incluso a ellos. La Comunidad Económica Europea se iba convirtiendo en una realidad cada vez más sólida, y las fuerzas económicas españolas más pujantes eran conscientes de que no había porvenir fuera de ese tinglado, y notaban que nunca lograrían ser admitidos en él con un sistema político como el que arrastraban. Eran cada vez más numerosos los propios políticos del régimen que acudían a foros internacionales y se deprimían al ser tratados con desdén o dejados al margen. Incluso algunos militares empezaron a sentir que, para participar de pleno en las grandes alianzas del ramo, les era necesario contar con unas estructuras políticas más presentables.
Sólo que nadie dentro del bloque dominante hacía nada. O al menos nada serio. De un lado, su interés por la democracia era, en casi todos los casos, meramente utilitarista: la dictadura no les repugnaba; sólo empezaba a no convenirles. O a convenirles sólo parcialmente. Se daban cuenta de que constituía un corsé demasiado rígido para las relaciones sociales modernas nacidas al calor de la rápida industrialización. De otro lado, la fuerza del aparato policial y represivo en general les disuadía de cualquier tentación realmente opositora.
El miedo había sido desde el fin de la guerra un sentimiento popular generalizado. Fruto en lo fundamental de ese miedo -aunque también, en parte, de la adhesión espontánea reverencial que el Poder produce en los sectores culturalmente más atrasados de la población-, la vida cotidiana en España tuvo durante décadas muchos elementos de farsa. Se respetaban exteriormente las normas de conducta impuestas por el régimen; se hacían, cuando cumplía, los signos que avalaban la afección al falangismo; en las escuelas se iniciaban las clases con el canto del himno; los estudiantes introducían en sus exámenes encendidas proclamas de apego a Franco... y, quien no veía todo aquello demasiado claro, o lo veía claramente mal, se cuidaba muy mucho de no revelárselo más que a sus muy íntimos. A veces, ni a ellos. El miedo y el disimulo pasaron a enraizarse profundamente en la psicología popular.
A la altura de los setenta, los hábitos de la farsa se extendieron también a muchos integrantes de la clase dominante. Atendían formalmente a los ritos del régimen, pero no creían en ellos, o creían cada vez menos. En realidad -como ya ha quedado dicho- deseaban desprenderse de la carcasa política del franquismo, que ya no respondía sustancialmente a sus necesidades. Pero estaban atenazados por dos miedos: el miedo al poder represivo del régimen, que cuanto más débil se sentía más ostentación hacia de su arbitrariedad brutal -recordemos con qué frecuencla recurrió en su agonía a la pena de muerte, dictada por tribunales o ejecutada sumariamente en medio de la calle-, y el miedo a que, roto el corsé de la dictadura, los acontecimientos pudieran evolucionar en un sentido hostil a sus intereses.
Javier Ortiz. Segundo punto de la conferencia Tal fuimos, tal somos, pronunciada en julio de 1994 en Maspalomas (Gran Canaria).
Es Desastrando quien aparece en el recuerdo de hoy. Lo de siempre: gracias por el texto.
Envía un comentario