Antes de referirme a la posición del PCE en los años setenta, quisiera hacer un breve recorrido por el pasado histórico de este partido. Me parece de utilidad, habida cuenta del desordenado debate que se ha montado entre nosotros a partir de hechos aparentemente tan distantes como la celebración del 75 aniversario de la fundación de este partido y el estreno de la película de Ken Loach Tierra y Libertad.
En la conciencia tópica del régimen nacido de la transición, se da por hecho que el PCE fue en los años de la guerra civil un partido revolucionario, ferozmente anti-capitalista; que, allá por los sesenta, tuvo un primer acceso de sensatez y comprendió que era imprescindible cauterizar las heridas de la contienda fratricida, a lo que contribuyó decisivamente con la política llamada de "reconciliación nacional", y que luego, a la altura de la transición, volvió a tener un comportamiento ejemplar, ayudando a que pudiera pasarse del franquismo a la democracia sin traumas ni violencias.
Este último aspecto lo trataré más adelante. Ahora me limitaré a hacer unas cuantas precisiones sobre los primeros puntos citados.
Sobre el PCE durante la guerra civil:
1) En cuanto a sus fines, la política que asumió no fue revolucionaria, en sentido estricto: preconizó la defensa del modelo constitucional establecido por la República de 1931. No entro aquí a considerar si ésa fue una decisión acertada o no. Me limito a constatarlo.
2) Su modus operandi fue, tanto en la vida interna del propio partido como en sus relaciones con las otras organizaciones de obreros y campesinos, el propio del estalinismo imperante entonces en el movimiento comunista internacional, que justificaba el recurso a métodos ilegales y carentes de escrúpulos morales en razón de la superioridad de los fines perseguidos. (Ahí es inevitable la referencia a Tierra y Libertad: historias como la que cuenta se produjeron muchas).
3) El PCE, inclinándose ante los asesores soviéticos, cometió un error gravísimo en el plano militar. O no se dio cuenta -¡en España!- de las posibilidades que se le ofrecían de combinar las formas regulares (Ejército) e irregulares (guerrillas) de lucha, o prescindió de estas últimas por las dificultades que tenía para controlarlas.
En el fondo, el PCE fue víctima, tanto durante la guerra como después, de la concepción leninista, llevada por Stalin a extremos de caricatura, según la cual su programa era no sólo científico, sino el único científico, lo que daba a su partido el derecho a erigirse en vanguardia única de la Revolución y a disponer sobre vidas y destinos en nombre de la Historia.
Paso a referirme ahora a las supuestas virtudes de la política de "reconciliación nacional".
Se retiene ahora de ésta el esfuerzo que supuso de superación de las banderías que se enfrentaron en la guerra civil. Pero ése fue un aspecto secundario de esa política. Lo esencial de ella, su fundamento, era la pretensión de que el régimen franquista no representaba políticamente ningún entramado de intereses económicos y sociales. Que el franquismo era el poder de una pequeña casta que imponía su voluntad a la totalidad de las clases sociales. Su llamamiento a la reconciliación nacional era el resultado del convencimiento de que la práctica totalidad de la población española tenía intereses comunes y podía unirse para derrocar a la camarilla encabezada por Franco. En función de ese análisis, la dirección del PCE daba por hecho que bastaba un pequeño empujón para conseguir que Franco cayera. Y puso a trabajar a sus militantes para dar ese pequeño empujón: fueron los sucesivos intentos de Huelga General Política y Huelga Nacional Pacífica, que fracasaron estrepitosamente y contribuyeron a llenar las cárceles de militantes comunistas.
Vayamos ahora a la época de la llamada "transición".
Los dirigentes del PCE, encabezados por Santiago Carrillo, actuaban, a la altura de los años setenta, en función de algunos convencimientos. En primer lugar, la experiencia de los fracasos sucesivos de su política a lo largo de los años sesenta les había llevado a darse cuenta de su incapacidad para forzar un cambio de régimen político por la vía de la movilización popular. En segundo término, daban por hecho que, para provocar la caída del franquismo, eran imprescindibles dos condiciones: que la clase dominante quisiera esa caída y la permitiera, retirando su apoyo al régimen, y que las potencias occidentales no vieran en ese cambio un peligro de inestabilidad para sus intereses, sino la posibilidad de reforzarlos.
Fruto de esas ideas básicas fue la política que aplicó la dirección del PCE. En ella, la lucha de masas pasó a cubrir una función auxiliar (servía, de un lado, para sembrar la intranquilidad y las dudas sobre la viablidad del régimen una vez que se produjera "el hecho sucesorio", y, de otro, para afirmar su propia fortaleza).
Su centro del interés se desplazó a lo que se llamó "los organismos unitarios de la oposición". La creación de la Junta Democrática, en 1974, no tuvo como objetivo prioritario aglutinar fuerzas políticas (aquellos que el PCE puso más interés en que participaran en la alianza carecían de fuerza organizada). Su objetivo era empezar a presentar cara al público, interior y, sobre todo, exterior, una oposición que no llevara por delante las inquietantes siglas de un partido comunista.
Pero la Junta Democrática sirvió muy parcialmente a ese objetivo. La preponderancia del PCE en su interior resultaba demasiado visible. Y, además, el PSOE -sobre el que en seguida volveremos en detalle- había conseguido formar otro organismo unitario, la Plataforma de Convergencia Democrática, en el que figuraba también el Equipo de la Democracia Cristiana. Sin democristianos ni socialdemócratas, los dirigentes del PCE, que estaban obsesionados por el modelo italiano de "compromiso histórico", sabían que no tenían nada que hacer. Por eso favorecieron la fusión de ambos organismos en uno solo: la llamada "Platajunta".
Hicieron más que eso: deseosos de no aparecer en primer plano, para facilitar la ampliación de los apoyos internacionales del invento, dieron a los dirigentes del PSOE el papel de primeros protagonistas, y ello pese a la evidencia de que éstos tenían una idea bastante vaporosa de lo que debía llevarse a la práctica para que se produjera una auténtica ruptura con el franquismo, y pese a la notabilísima desconfianza que mostraban hacia las movilizaciones populares.
Llamo la atención sobre un hecho que me parece capital: que lo que explica la política de los dirigentes del PCE durante los años agónicos del franquismo es, sobre todo, la firme voluntad que mostraron de situarse lo mejor posible de cara al postfranquismo. Es decir, su deseo de Poder.
Javier Ortiz. Primera parte del tercer punto de la conferencia Tal fuimos, tal somos, pronunciada en julio de 1994 en Maspalomas (Gran Canaria).
Antonio Álvarez-Solís es quien recuerda hoy a Javier. Gracias, señor Solís.
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