Una persona muy allegada a mí, que se recupera (bien, pero poco a poco) de una importante intervención quirúrgica, se animó ayer a tomar el Metro de Madrid para acudir a una reunión, medio amistosa medio profesional.
Su periplo la metió en una situación bastante desagradable.
Me contó que, por lo visto, hay una huelga que afecta a los servicios de limpieza del Metro madrileño.
En el viaje de ida, comprobó que la gente huelguista había tratado de llamar la atención de los usuarios sembrando de trocitos de papel los pasillos y los andenes, cosa que mi comunicante juzgó lógica y razonable, y que a mí me pareció también perfectamente aceptable: a fin de cuentas, así nos hemos enterado no pocos de la existencia de su conflicto laboral.
Pero, al ir a entrar en el Metro para hacer el viaje de regreso a casa, mi comunicante descubrió que la cosa había ido a mayores y que algún ocurrente había vertido aceite en las cercanías de las máquinas de torno que sirven para que los usuarios validen sus tickets de acceso. (Las describo así porque no sé cómo se llaman).
Por fortuna, a ella alguien le avisó del peligro. Pero hubo otras personas, no advertidas, que fueron a dar con sus huesos en tierra.
Entre varios recogieron papeles tirados y los pusieron sobre los regueros de aceite, para evitar que hubiera más caídas.
Según me dio cuenta del asunto, se me subió la sangre a la cabeza.
Si esa persona, que ya digo que es muy allegada a mí y que se recupera (bien, pero poco a poco) de una importante intervención quirúrgica, hubiera resbalado en el aceite y se hubiera caído, me temo que eso habría tenido un efecto muy poco conveniente para la cicatrización de los hilvanes con los que tiene cosido uno de sus pulmones. Y juro por mis muertos, que ya son demasiados, que, de suceder tal cosa, me habría entrado un súbito interés por averiguar la identidad de quienes echaron ese aceite ayer en el Metro de Madrid, más que nada para meterles a ellos un par de litros de aceite con un embudo por salva sea la parte.
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Lógico, ¿no? Pues no.
Conocí a un grupo de chavales donostiarras que en 1967, tratando de evitar que los jeeps de las fuerzas de Policía del franquismo pudieran llegar al punto donde se celebraba la fundación de las Comisiones Obreras de Guipúzcoa, vertieron varios bidones de aceite pesado en las carreteras de acceso a Rentería. Hicieron más: echaron también al asfalto montones de clavos de cuatro puntas, fabricados para la ocasión, para que todo dios pinchara y se armara el gran atasco, de modo que los antidisturbios franquistas no pudieran acudir a la cita.
Decenas, tal vez cientos de automovilistas normales y corrientes, muchos de ellos seguramente simpatizantes de la causa obrera, sufrieron pinchazos y patinazos. Algunos se vieron involucrados en accidentes de ésos que en Euskadi se llaman “de chapa”. Podría haber sucedido algo peor.
Entre aquellos jóvenes, varios son hoy conocidos profesionales de pro. Dos pasan por ser periodistas de prestigio en la capital del Reino. Los conozco bien.
A mí la memoria suele ayudarme a relativizar las cosas.
A uno no puede hervirle la sangre sólo cuando los asuntos le afectan personalmente.
O, mejor dicho: cuando menos debe hervirle la sangre es cuando los asuntos le afectan personalmente.
El rencor nubla la inteligencia.
Javier Ortiz. Aceite en el metro. 20 de diciembre de 2007.
El recuerdo de hoy es de Julen Iturbe-Ormaetxe. Eskerrik asko, artesano.
Comentarios
Remitente: Massimo Olri.2009/05/21 13:26:24.375 GMT+2