Carod acudió así de receloso al encuentro, pero doy por hecho que lo que le hizo llegar el candidato de Convergència le desconcertó algo. Se cuenta que le propuso –así, de una sola tacada– la vicepresidencia del Govern, un reparto de consejerías poco menos que paritario, el control de la política exterior de la Generalitat (que no sé en qué podría consistir, pero que supongo que incluiría la libertad de montar reuniones en Perpiñán) y lo esencial de la política del bipartito en materia social. O sea, la tira. Pero una tira muy poco fiable.
En el puesto de enfrente del mercado le esperaba Montilla, que ha tenido en estas primeras horas postelectorales varios gestos de carácter, que a algunos nos ha sorprendido. El primero de todos, el de hacer saber a Mas que no estaba dispuesto a ninguna sociovergencia ni gran coalición a la alemana. Ese mensaje era importante no sólo para tranquilizar a los electores con menos ganas de ser estafados, sino también para cortar las alas, de un solo tajo, a los muchos que, desde las filas del propio PSOE, estaban ya haciendo cábalas sobre la tranquilidad que podía obtener Zapatero de una pax catalana basada en el mismo régimen de pasteleo y «tolerancia cien» que reinó en los tiempos del felipismo-pujolismo.
Pero lo que Montilla ha ofrecido a Carod no les va a salir gratis a ninguno de los dos, ni mucho menos. La vuelta al Ejecutivo de la Generalitat del jefe de filas de los republicanos catalanes –como portavoz, para más inri– va a reanimar los ataques contra el PSC, que será tratado de nuevo de «mal español», no sólo por el PP, y también, claro está, contra el propio Carod, que será inevitable figura de la nueva temporada del pimpampún con sede fija en Madrid.
La verdad: yo no sabría cómo lidiar una situación tan enrevesada. Gracias al cielo, no me toca lidiar nada. Estoy muy lejos de todas las tauromaquias. Incluida la política.