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2008/10/19 06:00:00 GMT+2

La angustia cósmica

Estoy pasando unos días en mi casa del Mediterráneo. Tenía que conseguir que me hicieran algunas reparaciones menores y ésa era una buena excusa para escapar de Madrid, aprovechando que las previsiones meteorológicas eran favorables. Acerté de lleno, porque está haciendo un tiempo magnífico y, además, como en las pasadas semanas ha llovido a conciencia por estas tierras, las plantas y los árboles están rutilantes, preciosos. Da gloria verlos.

Mi problema –uno de mis problemas– es que, cuando viajo solo, mi tendencia a la anarquía personal se acentúa. Decido comer cuando me viene en gana, me meto en empresas informáticas que exceden con mucho mis conocimientos (aunque en esta ocasión, albricias, me han salido todas bien), me accidento de las maneras más tontas (es otra de mis especialidades), duermo a trozos, en horas absurdas, y velo cuando los demás duermen.

Ayer, sábado, me fui a la cama cuando ni siquiera había terminado el partido de fútbol de los dos equipos madrileños (consiguieron aburrirme hasta la somnolencia). Según me eché la sábana por encima, encendí la radio, por si contaban alguna noticia que contribuyera a arrullarme, y se ve que sí, porque me quedé roque de inmediato. Pero a eso de las 2 de la madrugada me he despertado oyendo al pesado de Iker Jiménez, en la cadena Ser, que se estaba soltando uno de sus rollos presuntamente esotéricos. En esta ocasión hablaba de la magia de los espejos. En cosa de nada me he hartado de oír sus banalidades, casi todas más viejas que mear contra la pared, y he optado por levantarme, pinchar un disco de Leonard Cohen y ponerme a escribir. Pero me he quedado rumiando la cosa de los espejos, no por nada que le haya oído al mencionado vendepeines, sino por un recuerdo infantil que me ha venido a la memoria, cualquiera sabe por qué. Me he visto a mí mismo, con 8 o 9 años, situado entre las dos puertas centrales del armario del dormitorio de mis padres, cada una de las cuales tenía por dentro un largo espejo. Puestos el uno frente al otro, conmigo en medio, mi imagen se repetía cientos y cientos de veces. ¿Cuántas? Sentí lo que años después leí al novelista y psiquiatra Luis Martín Santos definir como “angustia cósmica”. El vértigo del infinito.

Pero me he dado cuenta, para mi sorpresa, de que, para estas alturas, el infinito ya no me angustia lo más mínimo. Creo que incluso lo entiendo. ¿Me estaré haciendo budista, sin saberlo?

Escrito por: ortiz.2008/10/19 06:00:00 GMT+2
Etiquetas: martín_santos jor música apuntes leonard_cohen radio aigües iker_jiménez 2008 | Permalink | Comentarios (2) | Referencias (0)

Comentarios

Aupa, Javier, no voy a cometar tu apunte de hoy, sino a agradecerte que nos hayas regalado con uno, después de tanto tiempo. Por favor, que la espera del siguiente no sea tan larga. Eskerrik asko.

Escrito por: Gorka.2008/10/19 16:18:4.817000 GMT+2
zqwjvy

El problema de ese juego de espejos no es el infinito sino la excesiva compañía.

Escrito por: olascuaga.2008/10/19 22:10:39.018000 GMT+2

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