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2006/10/20 08:30:00 GMT+2

Julio Anguita

Alguna gente que me conoce de antaño, de cuando tenía 18, 25 o 28 años, suele mostrar a veces su asombro –suelen llamarlo asombro por educación; sería más justo que lo calificaran de desagrado– porque, según ellos, sigo expresando las mismas ideas que entonces. «¡Te quedaste en el 68!», me dicen.

Es rigurosamente falso. Tengo la suficiente memoria como para recordar mis ideas de entonces. Además, como me he pasado la vida escribiendo y no poco de lo que puse por aquellos años negro sobre blanco sigue estando a mi alcance, no tengo apenas margen para ser benevolente conmigo mismo y engañarme. Les ocurre a los que me ven igual que hace 30 o 40 años algo que Manuel Vázquez Montalbán solía decir a su propósito poco antes de morir. «A mí, los intelectuales rojísimos de los años sesenta me acusaban de ser un social-demócrata blandengue. Sucede que la intelectualidad española ha dado de entonces a aquí un giro a la derecha tan impresionante que yo, sin haberme movido prácticamente de mi sitio, les parezco ahora un izquierdista total». Yo no me he mantenido para nada en el mismo sitio, pero como mi proceso de moderación, por así llamarlo, ha sido mucho más discreto que el de casi todos los que me rodeaban por entonces, a ellos les parece que no me he movido.

Una de las cosas que creo haber aprendido con la edad es a prestar menos atención a las ideas acabadas que sustenta cada cual, a juzgar a las personas menos según sus postulados políticos abstractos, y a fijarme más en el instinto que les mueve a tomar partido ante los sucesos de la vida. Cuando pienso en ello, siempre recuerdo una canción que escribió una obrera de los Estados Unidos allá por los años treinta del siglo pasado después de haber sufrido las brutales consecuencias de una razzia policial en su suburbio minero, de ésas que los esbirros de la patronal lanzaban para escarmentar a sindicalistas comunistas y anarquistas. La mujer, Florence Reece, esposa de un líder minero, escribió un estribillo para su canción en el que incluyó una pregunta cuya contundencia me sigue pareciendo definitiva: Which Side Are You On? («Y tú, ¿de qué lado estás?»)

Creo haber desarrollado con el tiempo una cierta intuición para detectar de qué lado (de la trinchera, de la barricada, de la alambrada, del Estrecho) está cada cual. Aunque el ideario que elabore a partir de esa decisión –que es en último término inequívocamente ética– esté mejor o peor acabado, tenga mayor o menor solvencia teórica (o me parezca a mí que la tiene o no la tiene, que ésa es otra).

A veces me he equivocado. Sobre todo en tiempos, cuando cabía esperar más réditos –más reconocimiento público, más fama, mejor posición social, etc.– de las alternativas de la rebeldía jurada. Es un hecho que algunos profesionales de la estafa política son habilidosos. También hay gente terriblemente torturada por dentro, que ni siquiera ella misma sabe de qué lado está y va cambiando de bando según cómo le vengan dadas las cosas. Pero, por regla general, no me quejo de mi olfato. Me funciona.

Creo que me funciona, por ejemplo, con Julio Anguita. Yo no procedo de la tradición del comunismo ortodoxo, ni mucho menos. Para mí, el comunismo que tenía su sede central en Moscú, en general, y las siglas del PCE, en particular, me han suscitado siempre sentimientos extremadamente sombríos. Lo que el PCE hizo en los años treinta, el modo en que encaró la guerra española, su política bajo el franquismo, sus planteamientos en la Transición... Sobre cada uno de esos capítulos tengo muy largas ristras de reproches, a veces muy severos. Pero hay comunistas españoles de ahora que me inspiran una buena dosis de confianza personal. Que me parece que, más allá de los meandros por los que en ocasiones navega la politiquería, tienen claro de qué lado están. Y que están con la gente que lo pasa peor, aquí y en el mundo. Que sienten asco por la injusticia y por la explotación, y que llevan mal las tristezas y los sufrimientos que provocan la una y la otra.

Julio Anguita es uno de esos comunistas de hoy a los que no me cuesta nada sonreír.

Valga todo este largo preámbulo para pediros una especie de favor. Hoy tengo que hacerle a Anguita una entrevista de ésas que en la jerga periodística se llama «en profundidad». Larga y tendida, aunque luego se quede en ocho o diez folios. Me la ha encargado la revista La Clave, que dirige José Luis Balbín. Como es lógico, tengo preparado un cuestionario extenso. Pero me gustaría utilizar los beneficios de este blog para aprovecharme de vosotros, es decir, para que aquellos de vosotros y vosotras a los que os apetezca me hagáis llegar la pregunta –o la crítica, o la duda– que más os apetecería plantear a Julio Anguita. Uniré las que me parezcan de más enjundia a las que yo mismo haya seleccionado previamente y se las plantearé.

Estoy a vuestra disposición. Y ya os daré cuenta de qué resultados ha proporcionado la cosa.

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Nota.– Hora límite de admisión de preguntas: las 16:00 de hoy, viernes, 20 de octubre de 2006. Modo de formularlas: escribid un correo electrónico siguiendo las instrucciones marcadas en el apartado "Para escribir a Ortiz" que figura en la columna de la izquierda de la página de inicio de este blog.

 

Escrito por: ortiz.2006/10/20 08:30:00 GMT+2
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